La tele de Babel

El relato en cuestión tiene aire de comedia italiana, una simulación de juego de pistas debido a tres circunstancias. Eran los años noventa de la circularidad uruguaya, acelerada tanto en lo social como en lo personal; aparte del cursor inquietante de la cuarentena, recuerdo que todo el país estaba todavía moviéndose en el reflujo del final de la dictadura. Alternando euforia con melancolía, lo que provocó dos tendencias o temporalidades en medio de la espiral dialéctica incesante, como recuperando el refrán de una canción del melense Tabaré Etcheberry: ¡Vamos! No miren para atrás, que la Patria va adelante. Una retrocedía al centro cercenado tras una recuperación improbable, memoria cíclica, testimonio consignado, justicia retrospectiva, entender recomenzando el engranaje imposible del punto cero; otra tendencia tras la extensión a veces de manera descontrolada, tomando el atajo por la salida del país, la pesadumbre del futuro abatido que sólo aguarda la muerte, la creación de bandas de rock, el aquelarre a la manera de Arte en la Lona, donde el happening era subido al ring del Palermo Boxing Club, en Gonzalo Ramírez 1409. En lo personal me habían excomulgado de la enseñanza, trabajé años en la publicidad, dicté cursos de semiótica en la Católica y conocido Barcelona, que por algún tiempo creí seria la destinación final.

Había una intensa actividad editorial en Uruguay, las novelas míticas de los cajones, los recitales poéticos de la resistencia, las sociologías restauradoras invirtiendo el paradigma de praxis y teoría retrospectiva, las memorias del calabozo, recuerdos de la vida cotidiana interna, retiro de los derrotados a cuarteles de invierno, la tarea de la muerte, crónicas del exilio y la exploración de imaginaciones marginales. Las nuevas generaciones apostarían por la narrativa luminosa de Jorge Varlotta como literatura canónica más que por las rimas del cantar opinando. Ediciones Trice tuvo en ese entorno la excelente idea de publicar unos libros de ficción temáticos; se proponía un tema que pudiera interesar a un público potencial y se pedía -a un equipo de escritores que propusieran un cuento. Salieron varios títulos en la colección y participé en dos de ellos. Uno erótico con el texto “Monólogo interruptus por Miss Candy Loving”, en resonancia de la coneja maravillosa oriundo de Oswego Kansas, del número 25 aniversario de Playboy, enero de 1979. También formé parte del elenco en la redada policial cuando Trilce publicó “Cuentos bajo sospecha”. El cuento a pedido se llamaba “El nombre de la muerte”, retruécano a la famosa novela de Umberto Eco sobre la semiótica medieval de Guillermo de Baskerville, que tanto me había gustado pues traducía en narrativa popular lo teorizado en sus estudios universitarios que utilizaba para mis cursos; y ahora tiene título en versión un tanto más Amazon y Netflix.

El tercer condicionamiento refiere a la estrategia de escritura; sabía que el género policial era seguido de éxito popular, como lo fue desde los inicios de la televisión, con Mike Hammer, Ballinger de Chicago, En la cuerda floja y Johnny Stacatto. Era tarde en mis planes narrativos para inventar un detective recurrente, pensar en los misterios de Montevideo o un asesino serial que viviera en la calle Besares. De haberlo hecho se hubiera parecido -y seguro que no tan bien resuelto- a las historias de Omar Prego, que creo que daban en lo justo, leía con gusto e incluso prologué para Banda Oriental una de ellas. Opté por la comedia musical al estilo de la RAI, aproveché el entrenamiento intenso que tenía en códigos de la cultura de masas y quise divertirme. Fue así que nombres, códigos, coartadas y motivaciones, escenas del crimen e incluso los blues del pesquisa son un pastiche de la semiología. Disciplina en auge por entonces, que conocí por la escuela de Barcelona, gracias al apoyo de Miquel de Moragas Spa. Esas lecturas aportaban un aparato deductivo para decodificar la Babel desbordante de mensajes icónicos, eran activismo superestructural con sentido político. Hoy día las recientes tecnologías elaboraron nuevas connotaciones, atractivas, amenazantes, nadie quiere descifrar el mensaje imperialista del pato Donald o los mensajes subliminales de Coca Cola y Lucky Strike, sino divertirse con Nemo y Toy Story. ¿Quién le teme a Mick Jagger, ícono veterano del poder capitalista triunfante y que no le hace mal ni a una mosca del sistema? Era un juego del intelecto ideológico y defensivo, intento militante de desarmar las conspiraciones alienados de los mass media; tampoco pensé que cuarenta años después lo que era recelo se haya transformado en sumisión.

En el cuento presentado, la tele objeto está presentada como arma del crimen, la investigación avanza signo a signo siguiendo procedimiento semiológicos y falta en el epílogo el nombre del asesino: gesto de protesta al cliché del género, incapacidad del autor de dar en el clavo del desenlace, duda sobre la perspicacia real del protagonista o deseo de confirmar aquello de Opera Aperta del maestro de Urbino. Circulaban esos aires semióticos por todos lados, sin excluir Casa Leopoldo en el carrer de Sant Rafael. El fragmento que sigue lo leí después de publicado el cuento; como me faltan pruebas al respecto, a quienes incriminen a los abajo firmantes sobre un posible plagio, les aseguro que conocí al autor y existe prescripción del supuesto delito.

“-En todo mensaje hay un emisor y un receptor, a través de un canal. Pero a veces esa trasmisión se interrumpe por un ruido. Pues bien, el delito es un ruido no total. Es un ruido transitorio que deja desviado el mensaje. Aquí nos anuncian una muerte. Nos la quieren comunicar, insisto en la palabra, comunicar. Remontándonos por ese canal podemos llegar al comunicador, el emisor, es decir, el presunto criminal, el que puede llegar a ser criminal

Contreras les guiñó el ojo y dijo:

-Ojo al parche.”

Manuel Vázquez Montalbán / “El delantero centro fue asesinado al atardecer” (1989)

Lola de Lodz

La ecuación del relato era complicada inclusive antes de comenzar la escritura, debía considerar la salida del asunto a la superficie de la conciencia, la adecuación dentro del proyecto “El submarino Peral” conectando con otros cuentos, su resolución narrativa formal así como una serie de dudas sobre el escollo tratándose de cuestiones de naturaleza tan delicada. La zona del relato propuesto a la lectura que trata de Lola patrona de un taller de zapatería, es un recuerdo verdadero de la infancia. Ese segmento del relato era diferente a un simple ejercicio de rememoración, miraba al reloj de la plaza de Praga que avanza sus agujas en sentido contrario: era encontrar una foto extraviada después de medio siglo, donde uno aparece de pantalón corto y quedarse así mirando, tratando de entender la distancia entre esa figura y el hombre canoso que la observa. Si la terminé escribiendo de adulto fue porque terminé por reconocerme durante el proceso, había en la figuración mental algo de escena fundadora, sin la madalena mojada en té una parcela de recuerdos emergió, localizada entre la memoria que registra por primera vez en la conciencia y el final de la escuela primaria.

La zapatería estaba ubicada en la esquina de Juan Jacobo Rousseau y Smidel -calle que va desde la Avenida 8 de Octubre hasta la cortada después de Pavón- en la misma manzana de la casa de la infancia. Éramos camaradas cercanos con el hijo de Lola, teníamos más o menos la misma edad con Marcos, al que luego perdí de vista. Mi madre la quería mucho y Lola venia -como se hacía en los años sesenta del siglo pasado- algunas noches a casa a ver la primera tele, supongo que Ruta 66 o el genérico del Dr. Ben Casey (Vince Edwards y Sam Jaffe: hombre, mujer, nacimiento, muerte, infinito). Fue recién con el correr de los años que comprendí el sentido de los números grabados en el antebrazo de Lola; recobrado el núcleo del recuerdo, dudé si debía escribir sobre algo para lo que uno nunca está preparado. Tenía el freno de quien mira de lejos sin añadidos fuera de lugar, secuela de ignorancia, temor a ingresar por efracción en asuntos de otros. Decidí por ello glosar el recuerdo, hacer el cuento del recuerdo y seguir un hilo conductor del recuerdo, hasta que algo interno dijera basta con el recuerdo y los filamentos fraseados tocaran tramas cercadas en otros campos de trabajo. Siempre me intrigaba -lo mismo con vecinos gallegos, un peluquero armenio y varios más- el largo viaje de esa mujer desde su niñez hasta esa esquina del barrio donde había feria los sábados y nunca sabré lo que ocurrió cuando dejamos de vernos. Tal vez con otra juventud, años de dedicación documental y otra vida que no tengo hubiera trazado esa ruta, que sería otra variación del horror sabido; más prudente, preferí el misterio, divagaciones de personajes como puntos de fuga, intermitencias de la memoria, posibles desvíos de la ficción e inventarle una vida otra donde ese número nadie tatuó en su antebrazo. Nunca supe su verdadero apellido o pude confirmar su pueblo de nacimiento; ahora mismo recuerdo el grano de voz, la sonrisa de los ojos acariciándome la cabeza cuando entraba al taller, a preguntar por Marquitos o buscar alguna media suelta para el tío Rúben. Como era fuerte para escribir como un recuerdo propio, le pedí una mano a Denis Diderot en el arranque de los primeros párrafos y el recurso del diálogo entre personajes. Por el resto me revolví con mañas de viejo dactilógrafo, parroquiano tardío del bar Antequera de Plaza Independencia, cinéfilo intrigado por películas con exteriores en paisajes de Polonia.

Lefaucheux III

Hoy es lunes de pleno verano, peor combinación imposible. La cosa viene chaucha y calavera no chilla. Son apenas las nueve de la noche, se rajaron los extraños del boliche, los pájaros de paso y ahora la cosa seguirá en familia. Que locos bravos… Cuando hay forasteros, considerando hasta el último parroquiano que viene a tomarse la del estribo, el grupo parece una compañía de teatro, son un decorado humanizado y nadie diría que están juntos. En cuanto el último desconocido dice buenas noches y se pianta, un camionero rumbo a la frontera, pareja de automovilistas extraviada en el mapa, alguno de la junta municipal o jubilado del barrio, entonces el ambiente del boliche cambia. Ellos dicen que lo hacen por mí y puede que tengan razón, sólo admiten a un intruso por razones intrínsecas al personaje. 

El Banda, vendedor de libros valijero y que aparece cuando cierra la gira mensual por el departamento. Viene de la editorial Banda Oriental de la capital, llega bastante puntual por estas fechas; dicen los de la revista que es la menstruación y también el tampax de la cultura en este pueblo de mierda. Aquí vende poca cosa, los tiempos están bravos para los libros en general. Vender bien vendía antes, de seis clientes de una enciclopedia de historia uruguaya que entregaba en fascículos, uno murió, dos se rajaron a Buenos Aires a tentar suerte y otro está en cana. Mala suerte o gualicho él igual sigue viniendo, trae alguna cosita discreta, nunca falta y tiene una conversación agradable. Alguna vez le pregunté por qué seguía viniendo cada pocas semanas por estos lados, él respondía muy digno y sin pestañear que lo hacía para mantener la moral crítica de los clientes en tiempos difíciles. La gente al escucharlo se emocionaba por esa lección de militancia del espíritu. No hacía falta ser un lince de las finanzas para saber que las cuentas finales le cerrarían con dificultad, apenas ganaba para pagarse un plato de ravioles minimalistas con estofado y unos vasos de vino en damajuana. 

La verdad como siempre era otra; el Banda venía al pueblo porque estaba recaliente con una brasilera, muy atorranta la fulana, que trabaja en el único quilombo de la zona. Alguna vez y medio en pedo me lo confesó: «dejó hace tiempo de ser una chiquilina don Pato. Bah… a usted para qué mentirle. Digamos que va para vieja, pero nunca en la vida me dijeron «papito» como lo dice ella. Debe ser el acento o algo peor.. mire Pato, mire, si cuando la recuerdo hasta se me pone la piel de gallina». A mí y lo digo de todo corazón, al principio esa marcada debilidad del forastero por la pupila fronteriza del quilombo me desagradó, me daba un poco de asco tanto regodeo. Lo tomé por un degenerado baboso, vicioso empedernido que podía manotearle la bragueta a cualquiera, manosear una clienta en el mostrador. 

La conducta pública del sujeto, esa fidelidad a la rutina valijera que sí era una forma de militancia, sobre todo la carita impagable de satisfacción que traía regresando de sus incursiones por el chalé del pecado, terminaron por convencerme de la verdad de su pasión por la brasilera. “Mire amigo Banda, le dije un día, si paga puta vieja y extranjera allá usted. Desde ahora se ahorra la pensión y si quiere puede dormir atrás del boliche en un galpón, poca comodidad pero es mejor que nada.” El hombre se emocionó hasta las lágrimas al escuchar mi proposición y juró gratitud eterna.

Igual estaba insistente con la mujer, cegado: «Pato, mi situación actual resulta lastimosa pero así es la vida… ella me hace precio de amigo, para mis economías es como tener de amante a Sonia Braga. Su oferta me cae del cielo y en cuanto me enderece, prometo pasarle algunos pesos». “Claro hombre” le dije conciliador pasándole la mano por la joroba, creo que exageré cuando agregué: “faltaba más… papito.” El Banda lo tomó a mal. «Los griegos, le recuerdo don Pato, daban hospitalidad sin ofender al viajero en desgracia. Usted jode con aquella don Pato pero tiene miedo de ir y probar. Le juro don Pato, esa mano de lavandera le pone las pelotas de fuego». El argumento era fuerte; “usted, le dije, ha de tener una pudrición que ríase del adelantado Mendoza.” 

El Banda, como le decíamos los del pueblo tenía familia constituida en Montevideo. Muy solemne, una vez me confió que sólo aquí le pasaba lo que le pasaba; lo suyo estaba lejos de ser un satanismo perpetuo y se acercaba a una verdadera pasión, que si bien equívoca bastante identificable, como lo juró por la hija que estaba crecidita. Ni yo ni nadie se atrevió a dudar de su palabra. «Cada cual carga su cruz –sentenció el Banda- y la mía está brotada de pendejos enrulados». Los primeros tiempos de aproximación al grupo el Banda permanecía callado, más bien escuchaba. 

Era entendible, el equipo de la revista Lafoucheaux llenaba la noche del boliche de vida y juventud. En una de esas veladas el conejo Neira, que es el electrón loco del cuadro, propuso que para joder a los poetas crípticos que no los entiende ni la madre, capaz que hasta dijo cajetillas, estoy seguro que habló de vendidos y alienados –porque el discurso del conejo oscilaba entre leninista y chacarero-, lo que debía hacerse era una reivindicación de los poetas camperos. «Una antología de El alma que canta, la flor nueva del almanaque del Banco de Seguros, el cancionero de los Ateneos despreciados por la capital, el dolce stil nuovo de las amas de casa» culminó el conejo. Para qué. 

Mientras el resto del grupo intentaba digerir con obvias dificultades el exabrupto del conejo, la imagen del Banda comenzó a crecer; parecía que el hombre hubiera esperado toda la vida ese momento, que en una aparición de semidiosa semidesnuda la semiputa semibrasilera le susurró al oído: «papito, ahora o nunca» y acto seguido le hubiera metido la lengua empapada de saliva en la oreja. Entonces fue que el Banda se largó con el recitado de un interminable poema telúrico que lo contenía todo. Algo similar a la condensación modélica del género, la famosa descripción del escudo de Aquiles pero en guachesca. Había en la tirada rancho transfigurado en tapera, chinas fieles y otras traidoras, tareas hercúleas a la intemperie escarchada, clinudos taimados, facones justicieros y tres estrofas finales dignas del famosos cisne de Avon, pero destripado cual gallineta de arroyo por una comadreja hambrienta. 

De ese encuentro fortuito de la idea del conejo y la sorprendente dicción del Banda al interior de La última curda, surgió la propuesta de un número especial de Lafoucheaux. El arbitrario Nº 7 para incluir en el sumario final a la desprestigiada figura del lobizón. Uno de los números anteriores se había titulado «el piojo en la axila», otro «cayó la flor al río», un tercero «seré un escándalo en tu barca». El nuevo número planteado respondería a la viril denominación de «¡ah, carajo!», que compensaba por la síntesis ciertas carencias de repercusiones metafóricas. Por voto unánime y espontáneo del colectivo Lafoucheaux el Banda fue designado, a pesar de ciertas reticencias del interesado, responsable de la coordinación del número especial; y el muy guapo vendedor de libros, que venía de manifestarse como una especie de dios telúrico en capricho apocalíptico, largó una furtiva lágrima como china erotizada de trenzas renegridas cuando escucha el galope de bagual conocido arrimándose a la tranquera.

La noche que interesa es la noche de antes. aquella noche y una pavada, locura de muchachos que olvidaron por unas horas el presente del país. Es siempre así que empiezan las tragedias calladas en los pueblos chicos como el nuestro. Tal vez este pueblo ya estaba muerto antes que llegara la violencia, venía agonizando a fuego lento y ellos terminaron de matarlo. 

La imposición de los mandos en la región era cosa seria. Ahí cerca está la base, una de las más brutales del sistema implantadas en el territorio nacional. En pocos meses lo lograron, hicieron crecer un odio que parecía venir de nacimiento. Rabia sorda que desbordaba los ficheros, un resentimiento más poderoso que la impunidad y el desprecio por contrabandos a la vista de todos; más que la desconfianza por toques de queda impuestos a capricho. Hasta la alegría de los bailes sociales estaba sujeta a órdenes estrictas. Los pocos muertos del pueblo que nos tocó pagar fueron suficientes para comprender la totalidad, aceptando que estábamos en una situación interminable. La muerte bajo tortura del doctor ruso había decretado la irreconciliable hostilidad de los dos territorios. Nadie en el pueblo pretendía conocer quién fue el responsable directo de la muerte del médico. Honor de la patria en peligro y secreto militar. Se sabía el nombre de los responsables de la unidad donde ocurrió el incidente, la primera línea de mandos. Así sería para siempre, por más leyes de amnistía que pudieran publicarse, decretos votados en el Palacio Legislativo, gestos de reconciliación y medidas futuras de amnesia colectiva. Los forasteros, comerciantes y viajeros de paso huían del pueblo como de la peste. Despacio se fueron sumando los dispuestos a la colaboración; la situación era una mierda, con uno pesos podía comprarse una etiqueta de asistencia a la lucha armada para un enemigo y cinco años de calabozo; algunos oficiales vendían arrestos, un ajuste de cuentas, cuando faltaba el coraje para hacerlo de frente podía derivarse a la justicia militar. Poca cosa, por un puñado de dólares.

Estrellita Rincón de Carve era el crédito de las poetisas intensas de la región, ella se presentaba a todos los concursos líricos a tiro y arrasaba. La pechugona Estrellita era inteligente y tenía talento de bicha, dos tetas enormes de belleza hipnótica contribuían a su encanto. Se vestía con marcada elegancia, desde que un crítico del suplemento dominical la comparó con Juana de Ibarbourou nadie podía soportar su arrogancia. Tenía indudables condiciones para la poesía y la arruinaron las condiciones objetivas de producción. Ella solía estar en nuestros comentarios nocturnales; se le perdonaba que hubiera hecho magisterio, se toleraba que siendo jovencita hubiera ganado un concurso de belleza departamental en buena ley. 

Con lo dicho vaya y pase, pero a la hora de la verdad que le llega a toda mujer, cuando estaba reventona de tan buena y tenía caliente a todo el pueblo, Estrellita Rincón vendió alma y cuerpo al diablo. Terminó casada con un rematador de ganado; hasta eso le hubiéramos perdonado estando tan buena, de no haber sido el flaco Carve el elegido. Tipo inteligente, remero, familia de muchísima guita y ante todo un facho avant la lettre de los que festejaron con champán francés el golpe de estado. Había más, se ofrecía para escribir los discursos políticos al general del destacamento y elogiaba en público el curso de educación cívica de Craviotto. 

Lo que se dice un vocacional de la infamia; luego de ganadas las batallas posibles por la supremacía de la civilización occidental y cristiana, el flaco Carve anhelaba vencer también en el frente cultural. Se empeñó en organizar mesas redondas, recitales poéticas de dudosa calidad donde brillaba el talento de su señora esposa. Para los redactores y amigos de “Lafoucheaux”, heridos en el amor propio del transcurrir de la vida cotidiana –necesitados de proyectarse al mundo para salvaguardar el alma a la espera de improbables tiempos mejores- el auge poético de Estrellita era un inaguantable tumor a la laringe del alma. Las desventajas en relación al poder eran enormes, se trataba de dos universos paralelos que podían marchar por separado hasta la eternidad; después de algunos años parecería que tal sería el funcionamiento del país o al menos de nuestro pueblo. 

Las líneas paralelas terminan por cruzarse y sucede mucho antes de alcanzar el infinito. El factor desencadenante fue un reportaje a la señora Carve que apareció un domingo en El País, allí había corrido mucho dinero discretamente o aquello era el resultado de las influencias sociales del matrimonio. El Banda auguró que lo más probable era la imbecilidad del cronista de turno, que por envidia quería poner sobre la literatura uruguaya una losa más pesada que la levantada por Zorrilla en el Tabaré. En la nota vimos a Estrellita departiendo en uno de los salones de la estancia Carve como si fuera dueña de la revista Sur. Se publicaban dos poemas inéditos, confirmando mi opinión en cuanto a que no es ninguna mediocre. Después había el largo reportaje, pieza medular del conjunto y que para el equipo de redacción de la revista, ponía punto final a toda esperanza en una justicia escatológica. En sus respuestas nuestra musa traidora se despachaba a gusto sobre variados temas, hablaba de las escasas oportunidades de los artistas del interior para publicar y ponía el ejemplo de nuestro pueblo, al que en una bofetada de desprecio se atrevió a calificar de páramo lírico. «Conchuda» dijo la flaca Laura, ella que es tan recatada. La indignación iba en aumento a medida que la lectura en voz alta del reportaje avanzaba; al final las dudas se disiparon, estábamos frente a una declaración en forma de hostilidades. Era insuficiente concluir el incidente con una separata especial de desagravio a los dichos de Estrellita a la prensa, hacía falta un acto superior. Signo fuerte, algo digno de Dadá y nuestros poetas de principio de siglo, una performance apuntalada por un brulote injurioso. En el calor de la noche se evaluaron las consecuencias poéticas del gesto olvidando las políticas; unas horas antes sin premeditación sucedió el gesto. Faltaba la redacción del brulote que mi sobrino, con ingenua visión cosmopolita, pretendía llevar al terreno personal. Avanzaba la noche amenazante alumbrando la redacción del libelo –incendiario, colérico, devastador-, que debería estar a la altura de lo acaecido esa misma tardecita, lo que suponía un desafío inconmensurable.

Las llamadas adicionales

Fue un par de años más tarde que comencé a trabajar ya no en la educación sino en la ciudad vieja y el centro. El eje era la Avenida 18 de julio, la escala sin manzana plaza Independencia y luego Sarandí, siendo las perpendiculares del cuadrilátero Ejido y Misiones, la siguiente después de Treinta y Tres; era el centro activo de Montevideo, faltaba inaugurarse el Shopping Center cerca de Rivera y Punta Carretas era todavía la cárcel que adquirió fama en 1971 con la famosa fuga de los tupamaros. La acción del relato se centra en la última semana de 1975 cuando el poder cívico militar decretó que fuera el año de la Orientalidad, una exaltación agitada con charangas y deformaciones de valores telúricos nacionales en lucha contra las ideologías foráneas. Se trataba de ganar también la batalla de las ideas, alterar la opinión pública, darle un discurso positivo al quiebre de las instituciones, instalar una suerte de circo o parada del folklore y relato patriótico embanderado.

La dictadura había comenzado y entraba en su tercer aniversario, no había retroceso a la vista, había que sobrevivir con la circunstancia, nadie era capaz de predecir cuando la situación cambiaría y volver a la normalidad nunca sería lo mismo. Considerando la demografía y a pesar de los números concretos, el país parecía signado por la suerte de las minoría y también subsidiarias de portar el relato visible al menos del país, la metonimia lucha armada fue pronto convertida en prisión con rehenes y represión que de cuarteles pasó tentada al Palacio Legislativo. ¿Cómo dividir en categorías esa sociología? Acaso se podría cuantificar los presos, los militares en actividad y favorables al giro que tomaban las cosas, los exilados por razones políticas, los expatriados llevados por el envión, la saturación y hacer vida lejos. Difícil de establecer porcentajes, pero podría decirse que la mayoría de los uruguayos vivimos en el insilio; por inercia, incapacidad de reacción, en situación de latencia, en una categoría inventada que quería decir quedarse a barrer la casa, estar con los padres, zambullirse al mediodía en el Cabo Polonio. La información circulaba, se aguardaba el amanecer del otro día y el unicornio azul, mientras el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos, se armaban estrategias de resistencia cultural con cacerolas de canto popular y cotidiana leyendo la vida entre líneas; tampoco se pueden cuantificar a los indiferentes y satisfechos por el final del caos zurdo. Cualquiera que fuera la situación, el país había cambiado y ello repercutía en todas las capas sociales y actividades. Algunos entre los más ancianos debieron resignarse a eso de morir en dictadura; los niños vivían la educación sentimental de la ignorancia, sin haberlo decidido y algunos años después, fueron protagonistas de la cultura punk, anticultura crítica, arte en la lona, bandas musicales, la simpatía por la droga llevando a los riff australianos y que arrastró muchas vidas tronchadas en la motosierra rock. El conglomerado de izquierda estaba atento a las señales de Suecia y España, de Libertad y Jefatura, vivía de manera vicaria lo ocurrido en otros países a la espera del volver a empezar.

Había también una fuerza social con su entropía, inercia de eros más fuerte que los mandos, haciendo que la gente decidiera casarse, nadara en Neptuno, tramitar un crédito ante el Banco Hipotecario, fuera al cine Liberty los sábados a medianoche a ver a Led Zeppelin en “La canción es la misma”, se acercara a los fogones con tablita del Mercado del Puerto tras el colesterol a las brasas, a los bailes erotizados de Casa de Galicia y al casino del Parque Hotel a tirarse alguna ficha. De cierta manera chambona la vida continuaba y en el trabajo chico conoce a chica; se esto trata el relato porque la historia se repite. Como Romeo y Julieta, el Aniceto y la Francisca, Ana Belén y Víctor Manuel, Sid Vicius y Nancy Spungen remasterizados donde Florencia o el Hotel Chelsea es la agencia de viajes Jetmar y los tortolitos maduros. Para German y Luisa no se trata de descubrimiento de la vida sino de una segunda chance, que quizá sea la última y parodiando al colombiano, sería una crónica de amor entre adultos en los tiempos de la orientalidad. A su manera la pareja protagónica tiene cicatrices que duran en cerrar los puntos, arenita en el motor, fallas en el corazón del reactor, secuelas de lo social vivido la década pasada, que se vuelven obstáculos confusos en el intento de ser felices o meterse en la cama. La primera tarde que pasé contigo quisiera olvidarla pero no he podida, la intimidad como puente esperanzado a un año más llevadero se cruza con desperfectos técnicas de la central telefónica. El aislamiento nunca es solución liberadora, recomenzar luego de una separación es bravo, los chicos de una primera unión son nexo con el pasado y el buen pasar tampoco impide tener trastornos compulsivos de carácter. Desde aquella madrugada de fin de año les perdí la pista, Luisa y German tienen cincuenta años más como yo mismo; sus historias eran una exploración de los posibles, quizá se separaron, puede que ese cuento tenga un final feliz hasta con hijos grandes, como si alguien pudiera saber el verdadero significado de la formula tener un final feliz.

Amapola de invernadero

Hace varios minutos que la espero en el salón principal de la casona en las afueras de Colón, acostumbrando mis ojos a la penumbra del lugar, intimando con la maquinaria del reloj colocado encima del bargueño, ganado por el desagrado de saber que cada objeto está dispuesto en su sitio adecuado. Ella siempre me hace esperar un tiempo que supongo calculado, como si yo fuera un espectador algo infantil de teatro de marionetas. El sillón donde estoy instalado es cómodo y desde allí logro entreoír (una ventana está abierta) crujir los cristales del invernadero, reagrupándose después de soportar la presión térmica del sol durante el día. A la derecha, en una mesita ratona y sobre una bandeja de plata hay una servilleta blanca con monograma bordado y la misma copita de guindado de mis visitas anteriores. Detrás de mí, está la lámpara de pie de cuerpo de bronce torneado con uno sólo de los picos de luz encendido. La pantalla es de raso bordó plisado y del borde caen flecos de hilos dorados, uno de los alambres ocultos del armazón se desoldó y sale hacia arriba agudo como lanza de pigmeo.

Lo primero que escucho de ella cuando la presiento es la puerta del dormitorio cerrarse en el primer piso. Después sus pasos tenues por el caminero espeso, el taconeo sobre la madera bajando uno a uno los peldaños de la escalera y deslizándose sobre la baranda de caoba, el tintinear de las pulseras de la mano izquierda, pesadas de libras esterlinas engarzadas con la efigie de la Reina Madre. Elegante a su manera –así fue desde el primer día- ella ingresa sonriendo hasta llegar al centro del salón.

-Buenas tardes Emilio, me dice. No se moleste por favor y perdone la demora, puede comenzar cuando lo desee.

Bebí un sorbito de guindado después de saludarla, el gusto dulzón me impregnó de inmediato la lengua y paladar. Abrí el libro al medio como si se tratara de un misal, busqué con los dedos la página señalada con un marcador de pergamino, verifiqué el título en la parte superior de la página y comencé a leer :

“-Había una ciudad que a mi me gustaba visitar en verano. En esa época casi todo el barrio se iba a un balneario cercano. Una de las casas abandonadas era muy antigua: en ella habían instalado un hotel y apenas empezado el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo sus mejores familias y quedaba habitada nada más que por los sirvientes. Si yo me hubiera escondido detrás de ella y soltado un grito, éste en seguida se hubiera apagado en el musgo.”

Al terminar la lectura del primer párrafo hice la pausa acostumbrada, aguardando la primera reacción de Amapola y para saber si el resto de la hora podía seguir con ese cuento.

-Es muy bonito Emilio. Algo melancólica la evocación de las casas tristes, me dijo. ¿Me haría el favor de recomenzar?

Entonces me retraje como un caracol extraviado en una enorme hoja verde de esqueleto de caballo, pensando que me hubiera gustado ser actor de verdad. Carraspee para marcar el tránsito y sin oponer ninguna resistencia, dejándome llevar por la corriente del relato elegido. Que imaginé sucediendo en un cuarto contiguo al que estaba ocurriendo la escena donde yo intervenía.

“-Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano.”

Por aquellos meses de Amapola yo estaba sin trabajo fijo. Después de tanto tiempo diluido me confundo de año, podía estar todavía cursando el Instituto de Profesores o recién egresado, sin horas asignadas en secundaria. Me ganaba la vida dando clases particulares, preparando alumnos para exámenes de literatura que, angustiados por urgencias de tribunales próximos, digerían sin chistar lo que yo pudiera decirles sobre la despedida familiar de Héctor antes de morir habiendo conocido el miedo, el misterio de la cueva de Montesinos, los olvidados belgas en la jungla misionera transfigurados en personajes de cuento. Era un trabajo mustio al que, con el correr de los semestres le tomé cariño. Había un método en la continuidad laboral de ese oficio algo trovador, medio gitano y que yo ignoraba. 

Cada tanto sonaba el teléfono en casa durante las vacaciones de verano y comenzaba la consulta: “Tengo seis días de dedicación total, quinto curso, opción científica del liceo Bauzá y vivo en la calle Nueva Palmira.” Yo pedía unos instantes de reflexión, como un cirujano estresado del Hospital de Clínicas consultaba un cuaderno marca Tabaré de escolar, más próximo a una libreta de almacén que a una agenda, adelantaba una tarifa prudente a la hora de asistencia y sugería un plan de trabajo urgente teniendo en cuenta el escaso tiempo disponible. 

Durante la misma llamada de presentación iniciaba el apoyo psicológico y trataba de imaginar cómo serían la cara y la casa de la otra persona. La tarea me consumía algún tiempo, contribuía a mi voluntad de escapar a todo compromiso que me hiciera pensar.

Luego de perder a Leda me despreocupé del futuro de la sociedad y del universo en general, incluyendo a dios. Escéptico de casi todo, hallé en el moroso descubrimiento de los barrios montevideanos un motivo secreto de satisfacción y felicidad cauta, la medida más reveladora de mi verdadera ignorancia. 

Para cada contrato apalabrado buscaba establecer una rutina de autobuses, bares con la radio prendida a la hora de la quiniela, recorridos diferentes de las calles aledañas para llegar al domicilio de los pacientes destinados a la terapia. Después de terminada la lección me quedaba un largo rato en las mesas de los cafés, tomando cerveza; sin pensar en nada más que en cómo sería mi existencia de vivir en la casa de enfrente al ventanal donde perdía el tiempo. Curioseando, por si había en el boliche sobre el mostrador de madera o debajo de las mesas un gato tuerto vigilándome. 

Me dilataba en una ausencia total de ambición que prescindía de la respuesta al día de mañana. Por entonces tenía cierta pericia en el manejo de los puntos claves de los programas de literatura y el promedio de éxitos era satisfactorio. A ello contribuía, creo, mi concepción firme del trabajo por objetivos diarios y la humildad con que concebía mi propia tarea. Nunca busqué trasmitir a los discípulos contra reloj un amor excesivo por las letras y lograba descongestionarles la angustia paralizante frente a la lectura. Con eso me daba por satisfecho; mi propia fe en las letras flaqueaba y mi vida tenía cierto parecido a una laguna profunda de agua estancada. A veces leía un libro nuevo buscando recobrar el gusto de la transferencia absoluta y comprobaba, hasta con cierto asombro, que era capaz de contagiarle a los alumnos particulares el ánimo para seguir los relatos que yo creía perdido definitivamente. Ese sistema de trabajo, que también lo era de vida, me duró bastante y lo organicé de acuerdo al calendario de exámenes, desentendido por completo del decurso de las estaciones. Con cada nueva llamada ingresaba a mi vida una curiosidad que nunca fue decepcionante. 

Recuerdo casas modestas del barrio Atahualpa con escaleras empinadas que llevaban a altillos donde me esperaban, con lápices nuevos y cuadernos forrados de celofán celeste, muchachas flacas de piel blanquísima, vestidas como muñecas de porcelana, ansiosas por sofocarse memorizando sonetos de Julio Herrera y Reissig. Conocí hombres mayores, con familia numerosa que mantener, que vivían en apartamentos enormes en la zona de Villa Biarritz, con ventanales que iban del techo al piso y me provocaban un vértigo de luz desagradable. Ellos lo tenían todo en apariencia y asistían a los liceos nocturnos del centro para terminar secundaria, con el espíritu de estar pagando una antigua deuda de juego, puede que cumpliendo una promesa a la madre moribunda. 

Ante la evidencia burocrática que mi designación como profesor se postergaba, yo continuaba con esa ocupación clandestina, de contrabando poético podía decirse. Con el correr de los períodos de exámenes y la aceptación de mi voluntad, me convertí en algo parecido a un exterminador de polillas y ratones caminando por la ciudad a todas las horas; entrando al perímetro aprensivo de los barrios con el portafolios del cierre metálico roto, en cuyo interior cargaba fichas manuscritas sobadas, programas mimeografiados por La Casa del Estudiante, dos o tres libros de la colección Austral. 

Estoy seguro de que mi propio inconsciente lo promovió, tal vez sucedió por necesidades internas del mercado que me resultaban desconocidas; lo concreto, es que mis actividades se ampliaron sin razón justificable ni la intervención diligente de mi voluntad. Comenzaron a llamarme las gentes más extrañas pidiéndome que comentara y retocara poemas inéditos, diera charlas sobre Susana Soca, hasta me propusieron (lo rechacé por temor a la malaria sin mosquito anofeles hembra) organizar un taller de escritura. Algunas de esas tareas adicionales tenían un raro encanto y exigían un mayor trabajo de preparación; gracias a ello algunos domingos, por primera vez en mi vida me quedaban sueltos en los bolsillos billetes de los ganados durante la semana. Debía admitir que estaba en camino de la profesionalización, entonces seguí una regla de oro: jamás permití que la mejora económica opacara y me hiciera olvidar mi debilidad por verme implicado de cerca en situaciones excepcionales. En principio aceptaba todos los requerimientos de mis servicios, lo hacía con la esperanza de hallar por ahí ambientes escondidos, situaciones fuera de la vida cotidiana permitiéndome una fuga necesitada –ya dije lo de Leda- por otras cosas que sucedían en la ciudad.

La historia que interesa comenzó de casualidad, fue el resultado de una de esas combinaciones extrañas evocadas, desatada o iniciada esa vez por una muchacha algo mayor que yo conocía de manera informal.

-Te estuve buscando, me dijo. Anotá, agregó y me dictó un número de teléfono cuya característica correspondía al Centro. Es la parienta rica de la familia. El lunes pasado tomé el té con ella, se rompió la pierna de la manera más estúpida y está enyesada. Se aburre una enormidad la pobre. Pensé enseguida en vos. Le conté de los cursos a domicilio y se entusiasmó. Está impaciente esperando tu llamada, es algo distraída pero simpática y tiene mucha plata.

Desde el primer momento adiviné la falta de ternura en la eventual relación. El período de trabajo intenso preparando exámenes había decaído y tenía previsto ir a pasar una semana a Castillos a descansar. Le agradecía al yeso que la tuviera quieta, aunque hubiera sido más justo hacerlo con la yegua que la tiró en el campo. Fui a la cita a la espera de ganar unos pesos antes de marchar hacia el este del país. El trabajo resultó más sencillo de lo previsto, a decir verdad ella sólo me necesitaba para estar ahí a su lado escuchando. Yo me limitaba en mis modestas funciones, a ser picador de una memoria femenina empachada y trabada por el accidente de equitación. La manera de vivir desde su niñez y la cirugía plástica en el pasado cercano habían hecho de ella una mujer seductora; aunque se acumulaban una punta de años en esas tetas altaneras y firmes mostradas como al descuido, con cierto orgullo provocador. Su pelo era rubio luminoso de tintas importadas y se había casado varias veces. 

Me hubiera gustado sodomizarla con la escayola puesta, pero entendí que su mente comenzaba a despreciar cualquier aventura que la distanciara del ayer seductor recobrado frente a mi escucha. La técnica para su caso suponía una conversación sobre temas generales, pero degeneró y no por cierto de acuerdo a mis planes desde la primera sesión. Si, por ejemplo, yo comenzaba a esbozar el paisaje de los campos de Castilla para introducir a Machado, ella me replicaba con el crujir del cuero del cochinillo asado partido con el canto del plato de loza Calatrava en lo de Cándido en Segovia. Cuando perfilaba la semblanza de Carlos Reyles, ella me recordaba el parentesco de su familia con los Reyles y de ahí al desastre actual de la Asociación Rural, llena de chacareros groseros sin la clase del heroico intelectual novecentista. Ingenuamente tenté un Baudelaire y acabé escuchando el menú de réveillon 1964 en el Georges V de París. Debí aceptar pasada la humillación el juego suyo que sabía desplegar de maravilla. 

Reaccioné mal, abruptamente le imprimí a las sesiones una dosis exagerada de grosería. Venía de descubrir una variante nueva de la envidia, me enardecía que sus narraciones fueran y así de simple verdades encadenadas. Comencé a inventar situaciones de novelas inexistentes, con deformados personajes inverosímiles y que hacía vivir en ciudades exóticas, buscadas la víspera en el diccionario Espasa Calpe. 

-Que curiosa coincidencia, me dijo una tarde la enyesada. Ahora que su charla comienza a desinteresarme me sacan esta porquería de la pierna. Es mejor así, presiento que nuestras relaciones hubieran terminado mal… en el fondo usted es un muchacho moderno, interesado por las novedades de la ronda y habrá observado en nuestros encuentros mi debilidad por los universos clásicos.

La pinacoteca del living tenía cuadros de pintores famosos. Ni el último día le pregunté por esas telas colgadas que fueron testigo de nuestro disparate, temía que detrás de cada una de ellas estaría agazapada, pegada y firmada como la autentificación una  historia con viajes espléndidos, de inversiones en dólares y subastas reñidas en Londres. La literatura engaña y encierra poquísimas historias semejantes a la realidad. La experiencia mundana con esa mujer me había dejado vacío, por unas semanas fui una rata de laboratorio que en cada experimento equivocó el camino de salida. Sin llegar al odio pudo inocularme un vertiginoso deseo de venganza, l final terminó recomendándome como si fuera una cocinera de confianza que prepara unos deliciosos bifes a la portuguesa.

-Cuando regrese de su viaje a Castillos, supongo que viajará en esos horribles ómnibus de Onda, llame a este número y pregunte por Amapola, me dijo. Es una parienta lejana que vive las secuelas de un drama juvenil, pero es muy culta. Sería bueno que pudieran entenderse.

Sin decir nada, tal vez porque el gesto formaba parte del método de reclutamiento guardé la tarjeta en el bolsillo de la camisa y acomodé las hojitas con los apuntes.

-Usted conoce el camino hasta la puerta, dijo y me sentí al final de una escena de melodrama inglés.

Me acerqué a ella para despedirme y la besé en la boca. Ella me dejó hacer hasta que quise abrirle los dientes con la lengua, entonces se retiró y con la mano derecha –tenía los dedos manchados por la edad y cargados de anillos de piedras preciosas- me acarició la mejilla, luego se acomodó el pelo sobre la oreja como hacen las colegialas.

-Si un día se decide a viajar a Praga entonces llámeme, pero nunca antes. Aunque le parezca ridículo fue bastante gratificante conocerlo. Hasta entonces y adiós.

En Castillos dormí unas siestas interminables y terribles, soñaba las vidas posibles que me estaban deparadas si viviera en otro lugar, lejos de aquí. Durante esos días me vi involucrado en incidentes extraños que ahora sería largo de contar, quizá al regreso de Praga y resultan menores porque lo imprescindible es Amapola. Del viaje a Castillos volví a casa sin un peso pero tampoco desesperado, en mí la bancarrota era una situación común y corriente. La idea de Amapola me rondaba el pensamiento, luchaba entre el olvido de su nombre y el vicio de responder a otro llamado del misterio, queriendo espantar la lentitud de las horas que comenzaban a sobrarme.

El primer fin de semana del regreso mi madre preparó ravioles caseros, el sábado de tarde la casa se llenó de mesas cubiertas de harina, vapor de acelga hirviendo en enormes cacerolas y la intensidad de un tuco fuerte espeso y desafiante. El domingo me levanté tarde y cuando estuve despierto recuperé un gesto de la infancia que me enseñó el abuelo de la parte italiana de la familia. Mojé un pedazo de pan marsellés en el tuco hirviendo, lo soplé para no despellejarme el paladar y lo mandé a bodega. 

Me senté con mi padre a mirar delante del televisor un partido de fútbol entre dos cuadros de pataduras, intercambiando comentarios sarcásticos nos terminamos la botella de vermú Oyama. Cuando se acercaba la hora de pasar a la mesa fui a buscar vino al almacén de la otra cuadra y comenté los eventos del barrio con algunos vecinos. Entendí que podía vivir así el resto de la vida, pero esa configuración de la felicidad estaba destinada a desaparecer en pocos años. 

Vino a casa uno de mis tíos y nos divertimos durante el almuerzo escuchando las aventuras de su último salto a Buenos Aires. Allá viajó con un conjunto de recitadores criollos y payadores vocacionales en gira artística, una banda de atorrantes. Tomé mucho vino y comí más ravioles de los necesarios, al final mamá me trajo dos digestivos efervescentes, Afuera estaba lloviendo y me vino un agradabilísimo sopor, hasta podía disfrutar por adelantado el placer de la siesta.

-Al sobre, dijo mi padre y yo me sonreí.

Mamá se quedó limpiando la cocina sin parar hasta guardar en su lugar el último tenedor utilizado desde la víspera. Esa tarde soñé que era vendedor de flores en el cementerio del Norte, entonces venía a mi puesto un viejo barbudo y de corbata acompañado de una niña gordita arrastrando un cochecito.

-Mi nieto murió anoche, dijo el viejo. La madre viene a enterrarlo, deme cien pesos de flores surtidas.

-¿Puedo verlo? le pregunté. Seguro que así puedo aconsejarles mejor.

Pero era mentira, lo que yo quería era ver la criatura que había parido la muchachita.

-Si claro, dijo ella. Es un hermoso bebé, lástima que se murió. Mire, mire, me invitaba.

Levantaba el rebozo del cochecito como si fuera la funda de una jaula de pájaros parlanchines, apenas me inclinaba para ver yo comenzaba a sentir un olor nauseabundo y me desperté. 

Salí de la cama con la imperiosa necesidad de llamar a Amapola.

-Mire lo que son las casualidades, me dijo una voz muy dulce de mujer desde el otro lado de la línea. Hoy, sesteando, soñé que un señor simpático venía a venderme un ropero.

De esa manera y sin otro preámbulo empezó la otra historia. Al principio me molestó que la casa de Amapola quedara lejos de todos lados, me hubiera gustado que la dirección correspondiera al Cerro que era un barrio que conocía mal y me tenía intrigado. 

Resultó que era por la zona de Colón y debería viajar en el 145 de Cutcsa por más de una hora. En general tomaba dos coches desde casa y subía al segundo –el 145- en la salida de la línea sobre la costa sur junto al Templo Inglés. Otros días lo interceptaba en el cruce de 8 de Octubre y Propios. Prefería la primera variante para elegir un asiento con ventanilla. “Qué lindo, pensaba. La línea pasa por avenidas que conocía de a pedazos.” 

La tarifa convenida era mayor de la habitual por el tiempo de viaje requerido para ir hasta lo de Amapola. Después de llegar al destino del ómnibus en Colón, debía caminar unos veinte minutos. Una vez ella me ofreció un carruaje para llevarme y traerme desde la parada hasta la casa, con gentileza y prontitud decliné el ofrecimiento del transporte. Temía que las personas me vieran subir al carruaje y dijeran: “Allí va Emilio, el amiguito de Amapola.” Estaba convencido de que los vecinos del lugar conocían a todos los piantados del barrio, los carros tirados por caballos que todavía circulaban y a los mismos caballos.

La caminata del último tramo me transportaba a otro país. El asunto sucedía así: bajaba del 145 y durante cinco cuadras, lo que formaba el centro de Colón, el paisaje se parecía a cualquier barrio de la ciudad con mercerías en penumbras y puestos de zapateros remendones. Llegaba después la zona de las manzanas con muchos árboles, allí las casas viven sin pared medianera, solas, orgullosas por tristes, húmedas en los cimientos y separadas entre ellas. Lo suficiente como para no poder escuchar a los vecinos pelearse apoyando una copa de cristal sobre la pared y luego pegando la oreja contra el fondo.

Por ese rumbo las casas son islas y se hace dificultoso encontrar las chapas esmaltadas con la numeración, cada tanto por esas calles pasaba un auto distraído, perdido. Mucho Citröen negro, el modelo de antes de la última guerra mundial. La calle conde vivía Amapola es de las que se encuentran después de doblar seis veces, por la vereda de enfrente caminaban viejos trajeados apoyados en bastones, señores parecidos al del sueño con el nietito muerto. A los jardines de las casas tupidos por desidia y abandono entraban las sirvientas vestidas con batones sin cinturón, a lunares. La mayoría tenía el aspecto de niñas con desarrollo prematuro, movían los pezones al caminar mientras se les metía la bombacha de algodón ordinario por la entrepierna, comida por el ritmo apuradito de la marcha. Tenían trenzas renegridas y duras, yo las suponía venidas del campo para ser ahijadas, criadas de la señora, manoseadas junto a los armarios por parientes de visita algo bebidos y el embarazo a la vuelta de la esquina, dependiendo de la osadía del repartidor del mercadito. Ellas pasaban con la chismosa trenzada de los mandados colgada a un costado pegando en la pierna. Podía verse el pan flauta, un paquete sanguinolento de pulpa picada, medio kilo de azúcar para los mates dulces del atardecer en la cocina, una botella oscura de Crush llena de aceite de girasol suelto y tapada con un corcho recortado a cuchilla.

Era un paisaje de otra ciudad que se llamó Montevideo hace casi un siglo. A mi me gustaba andarla por un ayer desconocido que echaba en falta, lo hacía para encontrar la paz agradable de escaparme por esos desplazamientos en los bordes del tiempo histórico. Me hice el firme propósito de venir el próximo verano a los alrededores de Colón, golpear los llamadores de todas esas casas ofreciéndome para dar clases ya que me sabía inepto para ser ladrón y engañar a los perros emboscados entre las plantas.

La primera vez recordé el orden de las instrucciones recibidas por teléfono y di con el portón que separaba el terreno de la vereda. La casa propiamente dicha se protegía al final de una estrecha senda de pinos parecidos, que tenía el ancho suficiente para permitir el paso cómodo de una tartana tirada por dos matungos. Metido en esa línea recta, un segmento separando dos universos con problemas de entendimiento, supe cuál era el camino más corto entre lo indefinible y mi realidad presente. Antiguo incondicional de atardeceres sin interferencias que pasan en la costa, estaba descubriendo los sortilegios de la otra luz que, a pesar de ser tan rápida -trescientos quilómetros por segundo dicen- remolonea y se entretiene en los recovecos de cada árbol que cruza en su trayecto. 

La caminata desde la parada del 145 me dio sed, adentro, una vez en la sombra interior de la casa, cuando me preguntaran si quería tomar algo diría que sí: una limonada con mucho hielo y un helado casero de vainilla con escarcha en los bordes. Arrastraba los zapatos por el pedregullo y las mariposas del camino se espantaban. Desde lejos daba la impresión de ser una casa con muchas habitaciones, suponía en el interior algún movimiento a la espera de mi llegada anunciada. El estado de ánimo era sereno, tenía preparado mi discurso inicial con la experiencia de un corredor de seguros para ofrecer varias pólizas en opción, desde hurto por ausencia de moradores hasta secuelas de un temporal de granizo. El jardín estaba descuidado y próximo al abandono, la escalera de entrada tenía que ser como era, estaba seguro de haber visto ese mismo paisaje con anterioridad en otro lugar olvidado intencionadamente. Miré el llamador al costado de la puerta, era una manito de bronce agarrotada sobre una esfera como de momia petrificada saliendo del puño puntilla de un cuadro del Greco. El primer golpe fue tímido evaluando la resistencia, el segundo sonó con eco de impaciencia. 

Al rato escuché pasos en el interior y el movimiento del picaporte. La mujer que abrió la puerta estaba uniformada para recibir invitados a una recepción, sonrió y luego me cató de arriba abajo.

-¿Usted es el literato?, preguntó. Lo estamos esperando hace rato.

Tampoco era ese el mejor momento para establecer ajustes terminológicos. Respondí que sí con gentileza, entré y me limpié los zapatos en el felpudo como si viniera de caminar durante una tarde de temporal.

La mujer que me recibió tenía un delantal blanco y almidonado, de su cuerpo emanaba un olor agrio de almizcle segregado por alguna parte íntima. Mezclado al de una colonia lavanda ordinaria y empalagosa impregnando un cuello tenso de parda, lindo para lamer durante horas acompañando palabras obscenas.

-Es por aquí, sígame.

La parda avanzó, ella movía las caderas a propósito igual que una potranca en celo. Eso y su andar ligerito me impidieron hacer la primera inspección ocular del recinto; caminábamos sobre mullidos tapices orientales, vi cuartos de puertas entreabiertas que parecían prontos para una mudanza esa misma tarde. 

Seguí dócil a la potranca hasta un gran salón donde hasta mi sillón estaba indicado, ese sería mi espacio de trabajo las próximas semanas. Una de las ventanas estaba abierta y daba a otro jardín, que me dio la impresión de estar cuidado con esmero.

-La señora Amapola viene en algunos minutos, me dijo. ¿Quiere tomar algo fresco?

-Si, contesté. Un vaso grande de limonada con hielo y azúcar.

-Hace una calor… ¿no?

-Yo prefiero lo natural a las melazas químicas.

-Ah sí, dijo ella como en un suspiro y se marchó por el corredor que daría a la cocina.

Pasados unos minutos llegó otra criada con la bandeja, era una niña parecida a la que vi volviendo de los mandados en el camino hacia la casa de Amapola. Me miró y se puso colorada como si hubiera adivinado mi comparación, tenía los bracitos flacos y era linda de cara, el pelo negro largo estaba atado con una moña celeste. 

La muchachita andaría entre los doce y los catorce años, era imposible adivinar de qué departamento del interior la trajeron hasta las cercanías de la capital. Tomé un trago largo de limonada fresca y pensé en las dos mujeres de la servidumbre como un prólogo sin mayor importancia de lo que vendría luego, más parecido a la decoración del salón del que intentaba retener detalles aislados. 

De repente ella estaba ahí como las cosas inmateriales, manifestación espontánea de un espíritu gentil vestida de negro y colorado.

-¿Llegó sin inconvenientes Emilio? me preguntó antes de sonreír. Yo soy Amapola, tenía muchos deseos de conocerlo para ver quién se escondía tras esa voz del teléfono. Veo que le sirvieron algo fresco. Bien, bien… Supongo que conoce los términos de nuestra relación.

-Para serle sincero, los desconozco, dije.

-¿Mi parienta no le adelantó nada? preguntó como si mi ignorancia la hubiera sorprendido.

-En absoluto.

-Esa pituca siempre igual, dijo y pasó de la sonrisa a una mueca de fastidio con la boca.

-Si estamos ante algún malentendido…

-Oh Emilio, nada de eso, explicó y en un gesto de mano dio a entender que recuperaba el dominio de la situación. Sucede que la desidia de quien usted conoce me obliga a explicar ciertos aspectos difíciles de entender. En esos casos una puede, por más buena voluntad que tenga, mostrar apenas las apariencias.

Reaccioné sobre algo que me molestaba sin haberme percatado; Amapola tenía el aspecto de venir de un concierto y estar a punto de salir para una mesa de bridge entre amigas, de lo contrario era inconcebible que me hubiera esperado vestida de esa manera en un día caluroso. Era una estampa cómica con aire arrebatado de daguerrotipo sacado del viejo semanario Mundo Uruguayo, mostrando una párvula insegura como la amada inmóvil y antes de declamar de memoria poemas escogidas de don Amado Nervo. Perlas Negraspongamos por caso, versos de quien tuvo la curiosa ocurrencia de expirar en Montevideo. 

El peinado de Amapola denotaba la gracia producto de largas horas delante del tocador, el corte del vestido decía la maniática perfección de modistas de barrio y el maquillaje esplendores adecuados a una señorita educada de antes de la primera guerra. Las piernas las cubrió hasta las pantorrillas con una cascada de volados sucesivos y las medias, negras y caladas, estaban a medio camino de virgen de suburbio y mantenida descocada de aspecto revival. Los brazos levemente ajamonados eran apetecibles, los dedos de las manos tenían una tensa agilidad adecuada para tocar las Czardas de Monty en una trascripción para piano de Ferruccio Busoni. Negros resultaron el cinturón, los zapatos brillantes de medio taco y las flores de tules. La cara de Amapola, incluyendo polvos de arroz y el bermellón cubriendo los labios, era de belleza prerrafaelista: el pelo lacio y tirante hacía pensar en una planchadora española, la mirada era de animal apaleado, no importa cuál y todo se defendía por la máscara facial, que dentro del anacronismo sobresaliente resultaba una obra de arte digna de porcelanas de dinastías chinas medievales, de una Miss simpatía de kermés finisecular. 

La arrogancia de ese desajuste logró la finalidad o lo inquerido de desacomodarme y pensando en categorías objetivas, ella carecía de la belleza propia de los años actuales. Destilaba cierto color tenue de hermosura cercana a la locura contenida, una concepción estética arraigada en la irremediable decadencia. Me parecía paradojal que en la misma familia coexistieran mujeres tan distintas como Amapola y su parienta enyesada. La misma casa de Amapola probaba la existencia de espectros que retornan cada tanto y me consolaba pensando que hoy mismo, más tarde, después que pasara lo improbable, llegaría hasta el centro de Colón y me sentaría en una silla al aire libre y pediría cerveza embotellada. Si había anochecido o al menos el sol no estuviese a la vista, comería papas fritas con huevos fritos.

-Usted dirá, dije iniciando con formalidad una suerte de consulta médica.

Era obvio que Amapola estaba lejos de la angustia adolescente previa a la semana de exámenes extraordinarios. Su educación debía ser –lo intuí sin esfuerzo- resultado de preceptores extranjeros que como yo llegaron a esa misma casa. Conservatorios estrictos que la llevaron hasta los Nocturnos de Chopin, el adiestramiento precoz en modales apropiados para desempeñarse con gracia en sociedad. La supuse en gustos literarios encaminada a las églogas con pastores tañedores de flautas de pan, hacia parnasos del siglo diecinueve en su versión autóctona de cartón piedra y rima consonante.

-Me pregunto si usted será la persona adecuada a mis necesidades, me dijo una vez sentada en un sofá que estaba en diagonal, poniendo las manos sobre la falda. Es probable que me haya apresurado y usted no desea disponer de su talento en una tarea menor y opaca.

-Mi talento… dije moviendo una mano en tirabuzón ascendente.

-Usted es demasiado modesto. Mi prima, que es menos descocada de lo que parece, me contó que habitaba en usted el espíritu de un joven muy leído y yo necesito alguien que lea.

-Debió pensar en un actor, dije y comencé a pensar que ahí sentado estaba perdiendo el tiempo.

-Pensé en el sentimiento, dijo y lo acentuó con un rictus de la cara cargado del orgullo que merece una indelicadeza. Ellos, los actores, se conformarían con actuar. Yo busco el sentimiento de alguien con preparación literaria, que lea con la emoción de entender, igual que si las oraciones formaran una partitura. ¿Me explico?

-Más o menos.

-Déjeme terminar… Emilio: soy consciente de tener la apariencia de una solterona de familia venida a menos, hay varios espejos en la casa y jamás los evito. Para mí, llámelo manía, defecto, destino, da igual… es inevitable ser como soy. Con el tiempo, si decide acompañarme una temporada, es probable que llegue a entender que “debo” ser así. Es una condición diría que heredada que me acompaña desde jovencita. Varios de mis mayores terminaron sus días en hospicios psiquiátricos, sin saber quienes eran cuando se despertaban y ese temor reaparece en estas habitaciones cada amanecer. Quizá si la vida me ve así, un poco desajustada, decida dejarme tranquila unos años adicionales. Emilio, perdóneme el derecho a persistir con la apariencia que tuve durante un otoño lejanísimo en el tiempo y muy cercano en el corazón.

Amapola dijo su alegato con voz serena, muy digna a pesar de algunos términos graves y otros que se me escaparon, segura de que su argumento era irrebatible. Ella hizo una pausa y luego, como si leyera en un libro sin tapas, dijo:

 “-Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillarnos, pero una cosa, o un número infinito de cosas, muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo, como han conjeturado los teósofos.”  Eso, Emilio, lo escribió un poeta de la otra orilla que fue amigo de mi padre, hace tanto tiempo… Sin embargo, cada vez que lo recuerdo me entristece.

Por curiosa coincidencia conocía la continuidad del texto del argentino y entonces yo continué en voz alta : 

“-¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética y deleznable perderá el mundo? ¿La voz de Macedonio Fernández, la imagen de un caballo colorado en el baldío de Serrano y Charcas, una barra de azufre en el cajón de un escritorio de caoba?”

A medida que sumaba una palabra detrás de otra era testigo ocular de cómo la luz se debilitaba en un tiempo que presentí lejano, donde era posible la irrupción de una emoción olvidada de esas que hacen tragar saliva.

Cuando se apagó el eco de la palabra caoba Amapola me dijo:

-Gracias.

Recortada en el marco de la doble puerta de entrada, distinguí la silueta de la ahijada sirvientita, confundiéndose con un telón difuso de cretonas excitadas. Fue ella quien apoyó la palma de la mano en los interruptores de la luz artificial. Había en el ambiente una conspiración que pudo encerrarme en una celada de literatura y sensibilidad. La dueña de casa logró afectar en mí resortes íntimos y novedosos, tensar una cuerda del lenguaje ausente en los programas de enseñanza secundaria y la limonada dentro de la jarra de cristal se había entibiado. Amapola, sus palabras y los silencios me conducían a territorios para mí más reconocibles que las ciudades aquellas arrasadas por la insaciable voracidad de la parienta enyesada. 

Durante ese tiempo sin medida, consentí que haría cualquier cosa que ella me pidiera para ganar tiempo y acercarme al encanto de la casa Amapola. A las confesiones de las sirvientas que merodeaban nuestra entrevista, al juego embriagador de limones amarillos del huerto familiar. Así comenzaba una relación que duraría muchísimos meses y que cada jueves traía algo inesperado, como si de una misma cajita de música cada vez que se la abriera saliera una melodía distinta. Villa Colón, Amapola y su casa eran el descubrimiento de un mundo intocado. Constancia de ignorancia inexcusable de mi parte, conocimiento progresivo del lado en penumbras de mi mundo: olores nunca antes sentidos de vainilla y jazmines de un blanco inmaculado, gusto de dulce de higo recién salido de inmensos bollones, el sabor de oportos portugueses guardados bajo llave desde el apogeo del Bazar del Japón montevideano. 

El mundo podía seguir su mascarada de progreso más allá de la puerta cancel, adentro de los dominios de Amapola un capítulo complejo de la realidad se resistía al presente, un rechazo cargado de desprecio echándole en cara el derecho a vivir en su obstinada prescindencia del calendario. Viajar a Colón me transportaba a un tiempo lúcido en su agonía, tiempo recluido en quintas semiderruidas habitadas en un sector reducido, condenando el resto a la amnesia del abandono, amparado en recintos clausurados infranqueables para intrusos depredadores. En aquellas incursiones aprendí el arte íntimo de los tejidos sensuales venidos desde lejos, la voluptuosidad insospechada del brocado y el terciopelo, el recato de la pana, el color de una tela de araña tejida entre los caireles de cristal de Murano suspendidos sobre nuestras cabezas. Supe que la riqueza es la acumulación de objetos, formas caprichosas de la madera, el cristal, los metales y porcelanas cuya gratuidad adquiría dentro de esa casona la animación despertando desconfianza y ternura; hasta un piano vertical sin pretensiones que había en el salón se volvió una presencia animal. 

Pero ahora se trata de evocar hechos concretos y olvidar mi desencanto por haber llegado algunas décadas tardes al tiempo de las tertulias en el café Tupí Nambá. Si dijera que la propuesta de Amapola me sorprendió estaría mintiendo, me disgustó no haberla adivinado desde el comienzo antes de que hablara, viéndola bajar la escalera. Ni deducirla de manera sencilla cuando habló con desdén de la parienta. Recuerdo que Amapola lo dijo al descuido, simulando una ocurrencia súbita para que desechara tramas secretas que igual comencé a elaborar de inmediato.

-Lo llamé, Emilio, para que me lea las obras completas de Felisberto Hernández.

Así lo dijo, sin más y como quien habla de un primo común, sosteniéndome la mirada, moviendo una mano sobre la falda queriendo sacarse miguitas de budín con pasas. 

En mis largos meses de trabajo a domicilio elaboré una coraza de Quevedos y Daríos, me defendía con eficacia de las propuestas estrafalarias que me salían al paso. Tan inusual pedido que venía de escuchar, era una pica de fresno que rompió mi carne por una juntura descuidada de la armadura literaria. Ello podía entenderse mejor si recuerdo algunas condiciones de mi primer encuentro con los relatos de Hernández, que explicarán sólo en parte mi prolongada complicidad con Amapola. La claudicación sin reservas a su ceremonia, mi necesidad de acompañarla en aventuras que ponen en entredicho la estabilidad de mi propia conciencia.

Cuando supe la lista de autores para el examen de ingreso al Instituto de Profesores, entre los nombres propuestos estaba el de un compatriota de patronímico más apropiado para un violinista de la orquesta típica de Miguel Caló. Lo primero que me pregunté al repasar el comunicado, fue si alguien llamado Felisberto podía haber escrito algo de valor. Con ese prejuicio pendiente de muchacho insolente y la voluntad de superar la prueba de ingreso, fui conociendo argumentos curiosos, historias parecidas a valses que salían del interior de cualquiera de las casas de mi barrio. 

A los paisajes que él describía podía llegar caminando unas pocas cuadras, los personajes tenían mucho de los vecinos que saludaba todos los días; el tal fulano me embromaba el proyecto de una prueba de selección de neto corte estructuralista y objetivo para anegarme en las ganas de leer porque sí, en cualquier lugar. Por primera vez una realidad próxima que yo reconocía y quería como propia se había hecho literatura. Mi pasión por los escritos y libros de Felisberto daría para largo, inician sin ir más lejos el vínculo con Amapola, curioso corolario de una cadena de relaciones causa-efecto que sólo puede concretarse en Montevideo y sus inmediaciones. 

Calvino escribió que Felisberto no se parece a ninguno; sin poner en cuestión tamaña verdad irrebatible, es sencillo no obstante entender su sistema húmedo y excepcional a primera vista. Para una correcta iniciación, alcanza con proponerse la aventura discreta de conocer los secretos de Montevideo. Meterse a fisgonear en los últimos conventillos de la calle Ibicuy con aljibes en el patio, entender el peregrinaje irracional de gente de origen centroeuropeo para morir a uno y otro lado del camino Maldonado, hacerse invitar al menos una vez en la vida a casas como la de Amapola y que por miedo se esconden de los espíritus prácticos. Haber escuchado junto a un tablado callejero al aire libre, la orquesta de bandoneones infantiles del maestro Jaurena, reconocer al ciego que hacía sonar una lata de arvejas Cololó con monedas en la entrada principal de la tribuna Olímpica del Estadio Centenario los días de partido, haber fregado veteranas teñidas y encorsetadas en los bailes de la quinta de Casa de Galicia mientras duraban los domingos de verano. 

La prosa resultante de Felisberto es un malentendido de la ciudad y él un tipo raro que habiendo sido pianista de concierto, terminó escribiendo “El caballo perdido” y en el intento de ser fiel a la cara de Ana, se casó con muchas señoras, encandiló sensibles corazones verdes de muchachas proclives como Amapola. ¿Y si lo otro fuera la triste historia de todos los días? Mi descontrol provenía de sospechar que Amapola era un reflejo inenarrable de Montevideo y el resto simple pirotecnia de poder. La ciudad rememoraba un animal fantástico en estado de coma, encierro voluntario de las horas a cal y canto, un vegetar entre avenidas arboladas y gorriones picoteando lombrices vivas. Miedo a moverse y quedarse inmóvil sentado en un sillón de ruedas, tomando copitas de anís del Mono. 

Montevideo sólo seguiría existiendo mientras exista esa Amapola, pensaba. Era clarísimo luego: fatalmente Amapola pediría que le leyera cuentos de Felisberto. La relación quedó definida como un ajuste estable a partir de los sobreentendidos. Si se pudo descartar la desconfianza inicial restaban preguntas trancadas en pliegues de manteles que llegan hasta el suelo, enterradas en macetas de malvones colorados y apoyadas en estantes inaccesibles de la alacena.

El primer día, me comentó al pasar, deseaba limitarse a establecer las generalidades de nuestro trabajo en común.

-El orden de lectura lo decide usted, dijo. Yo bajaré siempre por la misma escalera y sabiendo que vengo a una fiesta del espíritu. Una vez que me ponga cómoda usted comienza la lectura… algún día me gustaría que hablara de él como lo haría de un amigo, que lo recuerde con afecto, me ponga al tanto sobre lo que dice de sus escritos la crítica nacional y extranjera.

Con elegante generosidad Amapola zanjó los aspectos prácticos y económicos de nuestra relación, incluyendo los de la primera entrevista y se despidió.

La primera de las criadas que me recibió me acompañó hasta la puerta.

-¿Le gustó la limonada? me preguntó. Yo misma la preparé, les saqué el jugo hasta la última gota; sentí a mis espaldas una risita y el golpe seco del cerrojo. 

Una vez fuera se me ocurrió pensar que Amapola podía ser prisionera de una conjura, me preguntaba de qué manera llenaría los días hasta llegar al jueves próximo. 

La tarde se oscureció, el paisaje todavía podía distinguirse sin peligro de tropezar con los arbustos del camino. Marché despacio, primero por el sendero, luego por calles laterales y el camino cortado hasta desembocar en la gran avenida –decorado conocido- y me arrimé al bullicio de la plaza Colón que nada sabía de los silencios de Amapola. 

Por costumbre me senté a la mesa de uno de los bares en la vereda, entre parroquianos comunes y corrientes, distanciado de la atmósfera que había respirado unos minutos antes. El tránsito por las calles a esa hora era fatal, había mujeres con paquetes caminando en todas direcciones y muchachas que venían de hacer deporte en el Club Olimpia, recién duchadas. 

Sin que yo lo llamara el mozo que atendía la vereda se acercó y pasó un trapo gris por la mesa de latón.

-¿Qué le hago marchar? me dijo.

-Una cerveza de a litro bien fría y un plato de papas fritas con dos huevos fritos.

El primer mes de trabajo en casa de Amapola pasó sin sobresaltos y me disgustó que otra gente me llamara para preparar exámenes. Mi cometido con Amapola era sencillo, pero algo empezaba a interponerse con el resto de mis clases. Olvidaba la angustia de los adolescentes y sólo pensaba en los licores, la comodidad de una bergère verde inglés de Colón, los ejemplares de Felisberto que ella me daba para leer, todas primeras ediciones. 

Una parcela de mi conciencia se estaba enamorando de Amapola y todo marchó bien hasta el último jueves del segundo mes. La encontré irritada; pensé sin imaginación en las consecuencias de una menstruación dolorosa, pero era imposible afirmar si alguna vez le había venido la regla o si estaba en la menopausia. Fue el mismo día que escuché la discusión; a pesar de los inconvenientes para reconocerla nunca la había escuchado gritar de esa manera, Una de las voces era de Amapola, la otra me pareció de un hombre mayor. Hecho circunstancial o fijo, la cuestión era que había un hombre en la casa y lo escuchaba por primera vez; mientras duró la discusión descubrí a las sirvientas cuchicheando entre ellas. Luego pasamos una hora de lectura desagradable y tensa, sé que mis celos tuvieron algo que ver en ello.

Al otro jueves el ambiente mejoró, buscando protegerme había decidido jugar un poco fuerte y leí “Menos Julia”. Desde el primer minuto me propuse imponerme como un declamador de teatro aficionado, buscando llegar con mi voz a todos los rincones de la casa: a la cocina para seducir como galán meloso de radioteatro a las domésticas, que estarían escuchando, tomando mate dulce y comiendo pan tostado con mermelada de durazno casera. Desafiando al tipo oculto en alguna de las habitaciones, hasta hacerle entender que existían misterios más interesantes que eso de esconderse de las visitas.

Terminé la lectura con la garganta seca y tomé de un trago la copa de vino dulce, me recosté en el respaldo capitoneado. 

Estaba cansado y ofuscado.

-Usted es rencoroso Emilio, me comentó Amapola. Le pido disculpas si en algo lo ofendí con mi conducta del jueves pasado. Una tiene también sus problemas íntimos. Hoy leyó sin ser usted, a mí el cuento me gustó mucho, pero mire: las porcelanas, la platería, las flores, hasta el piano están asustados.

-¿Le parece Amapola ? respondí.

-Emilio, si yo lo siento ellos también. Quédese un ratito más conmigo y ayúdeme a entender el cuento, el sentido del túnel, lo que se mueve debajo de una estridencia sensual.

Ella tenía razón sobre mi vanidad aunque fueron otras las palabras utilizadas. Quería atribuirle un misterio a Amapola y me dolía la sola idea de que, para los ojos de otros que conocían su pasado ese misterio fuera ridículo.

-Yo tampoco lo sé, quise argumentar. Eso es lo lindo, acepto la existencia de otros territorios que escapan a explicaciones lógicas.

A pesar del rencor le decía la verdad. Por razones que me parecen evidentes, en las últimas semanas había regresado a la literatura de Felisberto y el vínculo ahora con la intermediación de Amapola, se volvió cuestión personal difusa, la tranca emperrada impidiendo mi avance a otras lecturas hasta que algo estuviera resuelto. 

La deducción intuitiva de Amapola desbarató mis defensas y lo que solía ser mi actuación, con un aplomo de convicción fingido desde las pobres interpretaciones que podía darle a los textos, se volvió confesión disimulada.

-Lo que más se acerca a dilucidar ese punto es un texto del propio Felisberto, proseguí queriendo salvar así con algo de dignidad el desastre de la lectura.

Me sentía alguien preparándose para leer un extenso poema al final de un banquete, es más: fui por unos minutos engolado presentador de concurso de cantores aficionados, un animador de fiesta de fin de curso de conservatorio de señoritas.

-Existe una bonita página de Felisberto Hernández que lleva por título un sugerente… “Explicación falsa de mis cuentos.”

Mi primera intención era hacer una brevísima exposición del contenido de dicha página releída infinidad de veces y lo hubiera hecho de haber sabido por donde empezar. 

De pronto sucedió algo increíble, podía ser el empuje desatado de la memoria y hasta un socio que me la leyera al oído. Lo cierto es que encontré una tonalidad, recordé una melodía y una palabra fue trayendo la otra. Era desconcertante, tocaba el texto con los dedos a la manera de los ciegos. En mí y en quienes escuchaban esa especie de trance mediumnico tuvo un efecto hipnotizador. 

Encontré la melodía y resultaba imposible escapar del texto, que crecía incesante aunque la habitación donde estábamos permaneciera en penumbras. 

“-Obligado -comencé- o traicionado por mi mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Prefiero decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma está destinada a ser, ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intensiones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene una vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.”

Cuando terminé Amapola tosió como si se hubiera atorado con miguitas de galleta malteada. Estaba emocionada más allá de mi intención al recordar la falsa explicación. Por una vez evoqué un texto para mí mismo y que lograba desconcertarme, abriendo puertas cerradas hasta que mi conciencia arreglara asuntos pendientes con esa botánica de la imaginación.

-Ahí está todo, Emilio, todo…

-Sin embargo es apenas el comienzo, le dije, todavía medio atontado por la recitación.

-Pobrecito, se ve que sufría mucho…

La frase quedó en suspenso, Amapola se interrumpió para caer en un acceso emotivo como si fuera tos con carraspera. 

De algún lugar secreto entre el vestido y la piel extrajo un pañuelo con olor a sándalo y se lo llevó a los ojos, viviendo la caída de la última página de un folletín de amores desgraciados, hipó dos veces y lagrimeó como una chiquilina.

-Disculpe, dijo y se levantó anunciando una crisis.

Recuerdo que llegó hasta la puerta del salón caminando con esforzada entereza. Después de haber cruzado ese límite tal vez simbólico aceleró el paso y cuando llegó a la escalera estaba corriendo, buscando la soledad protectora de su dormitorio. 

Me sentía culpable y deprimido por la sola idea de haberle causado dolor a esa criatura desamparada, clienta generosa, fina anfitriona. Permanecí sentado unos instantes para reponerme de la doble emoción, luego me levanté por hacer algo y por primera vez recorrí el salón con la excitación de un intruso nocturno, entreteniéndome en pensar una historia para cada objeto que me hacía señas de su existencia. Sólo me restaba retirarme con discreción.

En el zaguán me estaba esperando la mayor de las sirvientas.

-Hoy está en uno de esos días, me dijo. Quedate tranquilo literato, agregó acentuando tonos de falsa complicidad. No le hagas caso… ella fue medio novia de ese tal Filiberto y algo raro pasó entre ellos dos, imaginate… pero vos tranquilo que en esta casa nadie quiere perderte. Eso sí, un consejo de amiga, andá con cuidado porque la patrona se dio cuenta que la guacha te tiene caliente y así como la vez tan emperifollada es medio celosa.

-¿Y el tipo?

-Es un hermano. Vive en Paso de los Toros todo el año y cuando viene se pelean por cueros y la lana. ¿Cómo te crees que se paga todo esto, y a vos?

Salí de la casa sin desearlo, lo que de veras quería era quedarme. Afuera había pocas cosas que pudieran interesarme, qué importaba si la Pocha me dijo la verdad sobre los líos de familia, lo escuchado era perturbador y fascinante. 

Me dije que lo inventó para embromarme, pero la sabía incapaz de una mentira tan sutil y preferí creerle del principio al fin, dejándome arrastrar por esa pendiente sin final a la vista. Creí estar en ventaja respecto a Amapola por esa sucia confidente de zaguán y nunca abordé el tema para no pasar por un metido. 

En los encuentros posteriores osé algunas insinuaciones más bien tibias.

-Amapola, le dije un día. Usted es la flor más hermosa de alguna planta excepcional, espero que algún día me permita leer sus hojas de poesía.

Si era cierto el drama oculto de Amapola vinculado a mis lecturas ella, que fue mujer olvidada en la vida de Felisberto, quería permanecer en la ilusión de un cariño latente, ganarse el derecho a ser personaje de un cuento que Felisberto dejó sin escribir. 

Hacía lo indecible por forzar la reparación de ese olvido, malentendido inconcluso entre realidad y literatura. Cuidaba su vestuario desde la ropa íntima y el maquillaje sin olvidar detalle. Se rodeaba de objetos con historia, de lámparas firmadas e incorporó un piano para crear las condiciones necesarias a su propio milagro postergado. En el amor primero y en la escritura después; es verosímil que eligió a las sirvientas confiando que la despreciarían a sus espaldas.

Igual que una mariposa multicolor con el paso de quién sabe cuántos años, la mujer se encerró en su propia trampa. Si alguna vez en el pasado dominó la distancia para entrar y salir a voluntad de la teatralidad, estaba ahora con las alas pegadas en un néctar de anémona y herida en el alma por aguijones zumbones, condenada a una locura deliciosa y por razones que nunca llegaría a reconocer en sociedad. Antes, en otros hombres seguro y últimamente en mí Amapola buscó un cómplice comprensivo y distante; por esa intuición inexplicable decidí ser el último de los elegidos. Fue así que semana tras semana, perfeccioné el ritual de las visitas. 

Un jueves llegué con un paquetito de coquitos frescos de regalo, al siguiente con un ramo de siemprevivas como lo haría un pretendiente tímido y devoto. Leía cada vez menos y hablábamos de los bailes enmascarados de carnaval, de la recia apostura de Santiago Gómez Cou cuando entraba en escena, de las locuras radiales de Pepe Iglesias el Zorro.

Hasta hace unos pocos días la situación estaba bajo control y de acuerdo a mis intereses, pero comenzaron a ocurrir cosas raras. La tarde que había conseguido por un amigo una caja de serranitos de Minas, la encontré desmejorada. Pensé en un mal pasajero pero estábamos al final de la visita y ella pasó la hora sin probar el mate de leche, ni los pan con grasa calentitos de la tarde, sin abrir el paquete de la confitería Irisarri. 

Me percaté que desde hacía semanas había dejado de llamarme por mi nombre, sentí un escalofrío de espanto, parecía que mi presencia podía ser prescindible.

-Sabe Emilio, estoy preocupada, dijo. ¿Usted se dio cuenta? Me parece que el piano está triste. ¿Ellos sufrirán mucho cuando están desafinados?

-Son tan raros, dije.

Sobrevino un silencio sin partitura, sentí que debía hacer algo y pronto, tomar una iniciativa. Dar un paso arriesgado si quería pertenecer al desarrollo futuro del delirio Amapola, que como  ante un cambio de viento dejaba atrás las lecturas en voz alta de su antigua pasión. 

Sentí en la espalda como si lo hubiera convocado de urgencia, el peso infantil de las sufridas clases de acordeón piano, cuando me obligaban a tocar Serpentina en fiestas familiares del vecindario. Prefería  enfrentar el peligro de improvisar a dejar de comportarme como Amapola esperaba que lo hiciera. Me puse de pie, caminé hasta el piano que a ella le parecía triste y me senté en el taburete redondo, después de hacerlo girar repetidas veces con la pericia de un intérprete consumado.

-Vamos a ver qué tan triste está, dije.

Levanté hasta el teclado sólo la mano derecha y toqué sin errores de digitación la melodía del vals Desde el alma de Rosita Melo. Cuando se apagó la vibración de la última nota miré hacia el sillón, la silueta de Amapola estaba saliendo del salón y antes de desaparecer del todo se paró para hablarme.

-Es muy bonito Emilio, dijo. La semana próxima me gustaría escuchar un tango de la guardia vieja y un fox-trot, de los que se escuchan en carnaval en los bailes del Teatro Solís.

Cuando Amapola comprendió mi buena voluntad para continuar el juego sin pedir explicaciones, me dejó una puerta entornada desde donde continuar espiando su comedia. Era ahora un pianista a domicilio yendo a tocar en comedores oscuros, pendiente de pianos tristes y como tantas veces había leído en los cuentos de Felisberto.

Estoy a solas con mis manos, es estúpido que pase tantas horas para descifrar la partitura de La Morocha. Una llamada telefónica bastaría para terminar con la confusión, pero temo que ella se sienta decepcionada y le dé por envenenarse si el próximo jueves llego a Colón sin el tango de Villoldo en el repertorio. 

Me contactaron esta mañana dos muchachos desesperados para preparar un examen y debí rechazarlos. La mano izquierda insiste en desobedecerme y tengo que adiestrarla como a un perrito para pulsar bien los acordes bajos. Lograr que los dedos caigan en las notas escritas en el pentagrama y en mi cabeza florida no se confundan los tiempos.

Der Tod un das Mädchen

Estaba lejos de la estrategia de un melómano, pero otro título no salía -y eso que me doy maña para esa apertura del texto- y La muerte y la niña ya había sido utilizado en un cuento por un ilustre compatriota. Guardé el título en alemán para expresar lo intraducible de la anécdota y porque en la crónica musical de la obra había un principio previo de arquitectura. La historia comenzaba en el ámbito romántico alemán y el cruce determinante muerte con juventud que podía aplicarse el mismo Schubert. Luego se trataba de un lieder de belleza sombría, breve, pieza solitaria diamantina entre los grandes ciclos del compositor, como el Viaje de invierno que me acompaña en varias versiones. Música y palabra establecen un diálogo entre lo femenino perecedero y el final con la brutalidad de la muerte; tenía algo de cuando en secundaria estudiábamos el romance del Enamorado y la muerte. El lieder sublima un cuento breve oral y luego se fusionará en un conjunto mayor -así como el cuento se diluye en el conjunto de cuentos “El submarino Peral”- en el cuarteto de cuerdas N 14. A esa articulación la llamaría arquitectura ideal ateniéndome a sus campos narrativos imbricados, siendo lo preestablecido anterior al cotejo con la realidad.

Digamos que socialmente me interesaban dos aspectos; el primero era quizá porque ahora se sabe, la violencia contra la mujer que exploré con más detenimiento y suerte discutible en la novela “Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta”. Cuando el cuento progresaba buscando su perfile, además del feminismo tradicional de la generación anterior, comenzaba a conocerse el movimiento me too, la irrupción mediática del asunto que pasó del crimen pasional al feminicidio, con algunos casos internacionales estremecedores. Desde el varón en retirada nada podía aportar de original a nivel testimonio y todo intento de realismo o poner en relato algún caso sonado estaba predestinado al fracaso. En la discusión pública sería de escasa utilidad tardía mi opinión, tal vez con paradigmas fuera de contexto; creo que se trata de una decadencia antropológica  de la masculinidad y a la vez los violentos son hombres que frecuentamos a diario en la ignorancia. Recordé entonces aquello de la banalidad del mal -los casos de las guerras o los torturadores caseros sin ir más lejos- que toda tragedia de ese tipo siempre comienza por un hola que linda que sos, ¿fuiste al cumple de Vero?, acaso una canción de Leonardo Favio o Banana Pueyrredón. Luego se agrega la articulación doble neo narrativa en los discurso de la información y la ficción cuando se trata de violencia de género como se dice ahora. La información en caliente con la prensa espectacular en declive y los medios audiovisuales, más los movimientos vertiginosos de las redes sociales, se observa que el circuito se articula en la exploración de todas las líneas; hasta un género intermedio de la docu ficción, donde se escenifican casos de lo que en viejos tiempos se llamaba la crónica roja, la denuncia tardía de situaciones con dos o más décadas de sufrimiento, el desenmascaramiento de mitos circunstanciales del mundo del espectáculo y el deporte. Quizá la musiquita de crónicas tv y los selfis robados de las novias desnudas podían colmar no solo el deseo lógico de información; sino algo perverso subterráneo, malsano, que con viejas fórmulas estereotipadas de páginas policiales, podía llamarse satisfacción por procuración de los bajos instintos.

El otro fenómeno es la ficción de la industria cultural; al respeto hay mucho para decir, pero en cuanto a lo que aquí tratamos, basta con pensar en la arborescencia de series que tratan el tema. La estrella es el asesino desde Jack el destripador, la ciencia da lo mejor de sí para atraparlo, las mejores mentes deductivas piensan sin cesar en su psicología sicótica, el profiler viaja al fondo de las mentes no de músicos sino de aquellos que asesinan mujeres, siguiendo protocolos cada vez más sofisticados y crueles, de cruce entra ajedrecista y carnicero. La industria cultural y los Intrusos de la violencia dejan poco espacio para ellas y de ahí el cuento explorando otro dominio del mismo terreno en una suerte de tregua; a todo eso la mujeres son siempre las fotos fichadas en los paneles de los equipos de investigación, de las cuales sólo se espera que tengan un elemento en común que explique su integración a la serie. El relato tiene algunas aperturas donde la víctima es vista con ojos de una madre destruida, que solo esperaba nietos y recoge el testimonio indirecto de la hija asesinada por la escritura a escondidas. Quizá intenta un gesto rebelde ante expresiones del tipo hacer el duelo, como si alguna vez finalizara el dolor o la resiliencia, como si la próxima navidad se pudiera retomar el gusto por el budín inglés. Luego se especula con un viaje al tiempo futuro dentro de la misma vida; cuando el criminal no necesita un psicólogo criminalista, ni la reeducación para integrase a la sociedad, viva la senilidad del asesino que despierta una piedad a contratiempo, sin que sepamos si recuerda con sorna u olvidó entre pañales geriátricos, la fecha del aniversario de bodas, el nombre de la muerta, la fiesta que pagaron los suegros.  

Lefaucheux IV

Ir en enero era perder plata, igual yo necesitaba pasar dos o tres días a como diera lugar por aquellos pagos. Para mejor caí en el peor momento, justo cuando los Carve, que como todos los años veraneaban en Punta del Este, vinieron ellos también unos días de pasada por el pueblo. Cuando me enteré de la noticia, me dije que aquello se estaba pareciendo a un relato de Faulkner. Demasiado calor estival hasta tarde en la noche, mucha presencia espiritual viciosa concentrada en el mismo lugar cargando las pasiones. Puede que fuera yo el equivocado cuando pensaba que el olor a muerte violenta se olía a la legua. 

Cuando la rata de Carve corta de golpe las vacaciones es porque hay mucha guita en juego; seguro que agarró algún chacarero infeliz contra las cuerdas y vino a ejecutarle una hipoteca, para fundir así a otro competidor haciendo un negocio redondo. Lo que el flaco hizo regresando durante la tregua, fue una agresión al pacto de convivencia de la localidad en esta época. Su ambición desmedida, la prepotencia comercial del resto del año se da por descontada; afloja en verano por imperativos de la vida mundana, una especie de feria judicial para que los otros puedan ganar unos pesitos. Este verano la rata Carve estaba cebada. 

La llegada imprevista de la familia era una violencia contra los muchachos de la revista, unos buenos muertos de hambre que tienen que morfarse aquí los meses de verano y cuya única satisfacción es la ausencia circunstancial de los hijos de puta. El flaco lo sabía, era por eso que se hizo ver por la plaza y pasó con el auto frente al boliche de don Pato. Sabíamos que el flaco estaba en el pueblo, aún sin haber visto mal estacionado el BMW sabíamos que estaba aquí; había en el ambiente esa electricidad desagradable de cuando trasladaban del cuartel alguno de los presos rehenes. De las semanas cruzando niños tristes y mujeres quebradas, viniendo de lejos por si las dudas, por si los dejaban entrar a ver un pariente, para quienes la única consigna de hospitalidad era la humillación.

Las desgracias nunca llegan juntas. Estrellita andaría supongo con uno de esos calores agobiantes del alma. Quizá vivía un rapto de elevadísima inspiración, puede que estuviera ebria de satisfacción por haber terminado un libro de dejar la boca abierta. Ignoro la razón primera de su iniciativa -más bien calentura lírica-, lo cierto es que de un día para otro, organizó en un salón del Club Social Democrático, que queda pegado al bar que atiende el gordo Acosta, una lectura pública para amistades y una que otra vieja curiosa. Me consta que algunas personas hicieron varios kilómetros desde su lugar de vacaciones para estar ahí esa tarde, el resto del auditorio fue rejuntado a los apurones por teléfono. Sería exagerado decir que se trataba de su público cautivo; eran infelices arrastrados por la admiración que tampoco comprendían del todo, motivados por una finalidad interesada especulando con el beneficio futuro. 

El Pato agregó una probable fascinación de vedette intelectual, estrella del Parnaso entre la pobre gente que, olvidándose del jodido del marido, identificaba a Estrellita con la poesía. Ella era La Poesía, El Arte, Lo Inefable condescendiendo a manifestarse esa tarde precisa de verano en ese pueblo de mierda. Como si el marido, en lugar de ovejas sucias al montón y vaquillonas preñadas, rematara gacelas y centauros, sátiros y unicornios. Yo sabía que Lo Inefable residía más lejos, en una casita de las afueras del pueblo y estaba impaciente porque llegaran las seis de la tarde para darme una vuelta por allá, que es cuando aquella empieza a recibir. 

Estaba allí digo, cuando sucedió el recital. A causa del calor, los organizadores dejaron entreabierta las dos puertas uniendo la sala de actos y la cantina, un descuido lamentable. El bar se llenó de curiosos más los que venían siempre, clientes despistados sin conciencia del acto cultural y dispuestos a tomarse su serie completa de Espinillares dobles sin importarles el agite cercano. El día había sido infernal desde el principio del amanecer y la sed hacía estragos en los aficionados a bebidas fuertes, entre los que me incluyo sin vergüenza ninguna. Si había una buena razón para estar allí a la espera, esa era la mía. En eso veo llegar a tres redactores de la revista, Fede, el conejo Neira y el sobrino del Pato; esos chupan sólo de noche como los vampiros, si estaban ahí era con el objetivo de espiar al enemigo. 

Al verlos entrar al local me mandé mi whisky nacional triple y llorón de un solo trago. Estaba clavado que me haría lagrimear pero necesitaba prepararme para lo que se venía, porque algo se venía. «¿Anda apurado esta tardecita don?» me preguntó malicioso el gordo Acosta y yo le dije: “poné aquí lo mismo de inmediato gordo. Mala tos le siento al gato.”

Puede parecer contradictorio con mi estado de espíritu, admito que la tarde aquella era clara y en el ambiente general, la corriente uniendo el saloncito con el bar en un tercer modelo de la audiencia, trasuntaba un admirativo respeto. Las palabras de la hembra Carve colmaban el ámbito, hasta las botellas alineadas en el bar contribuían a la calidad acústica. Los versos eran empujados con tal orgullo, que Estrellita parecía querer hacerlos llegar al infinito, hasta los oídos atentos de San Pedro. La cosa sucedió en el transcurso de un largo poema muy inspirado, es lo menos que puede decirse, en la leyenda del paraíso perdido. 

La autora estaba panteísta hasta el desbordamiento, su sensibilidad rozaba arcanos de alguna escatología contemporánea, si se me permite. En cierto momento pensé en la película Fantasía, había la descripción de una amenaza de tormenta poniendo en peligro la existencia del valle feliz, evocado con severos y precisos acentos bucólicos pertinentes a la ocasión. Era cuando llegaba, invocado por la invención algo beata e inocultable de la poetiza un Ángel. Tal cual: El Ángel enviado por el supremo en misión imposible. Sin reparar que plagiaba un Homero traducido al español peninsular, el Verbo encarnado para la ocasión en Estrellita Carve, dijo que las palabras del Ángel salían de su boca dulces como la miel. Así, en la inminencia del pasaje, cuando el asexuado representante celestial se disponía a hacer uso de la palabra, en ese instante supremo, cuando hasta los borrachos más empedernidos del pueblo tenían el alma en vilo, el vaso petrificado a medio camino entre el mostrador y la boca abierta, fue ahí que se escuchó una pedorrea algo sincopada cierto, exhalada con artística convicción hasta sus últimas consecuencias. 

Me dije: esto que vengo de presenciar y oír no está sucediendo. Algunas almas elevadas por pudorosas pudieron conjeturar que, producto de la milagrosa coincidencia poética cósmica, el Neuma de la naturaleza, el Numen auténtico ateniense, se había desplazado para el lado de la carretera nueva y manifestándose mediante truenos veraniegos. Curiosa analogía, porque ni los viejos vecinos del lugar recordaban amagos de tormenta en la zona en esa época del año. Modestamente repetí: esto no está sucediendo zampándome de un solo trago el contenido del vaso. La poetisa y hay que entenderla, bajó del arrebato ingrávido como si le hubieran acertado un cascotazo con una honda en pleno vuelo. Alguna gente recién comenzó a tomar conciencia de lo sucedido cuando Fede avanzó lentamente por el salón, digno y mamado. La atención de la concurrencia se centró en el muchacho, el público comenzó lentón a establecer un vínculo entre lo escuchado y ese andar del Fede, con algo del Marlon Brando primera época. Nadie de los que allí estaban aquella tarde, yo para empezar, podía concebir el tamaño de lo ocurrido y menos comprenderlo. 

La cosa pudo haber quedado en un accidente de trabajo, una negación colectiva, chiste irreprimible excusable por la mala calidad de la cerveza producida ese año. Si alguien comprensivo hubiera intermediado, bien pudo desplegarse el recatado manto del olvido sobre el incidente. Estoy convencido de que hubiera podido negociarse si Fede, al pasar frente a las puertas del salón de actos, se hubiera callado pasando de largo directo al baño. Pero se paró y sin siquiera dignarse mirarla le dijo a Estrellita: «pintalo de verde». Ahí sí, fue el acabose. La tensión que la poetisa había elaborado por casi una hora se fue al carajo. Al menos todos quienes estaban agazapados en el bar reventaron en una carcajada olímpica; luego, se comentó que fue la mayor alegría colectiva del pueblo después de veinte años, de cuando el Independiente salió campeón de fútbol del interior. 

Las puertas del salón fueron cerradas con fuerza y desprecio, la mala educación activada fue tan enorme que escamoteaba todo espacio para una reacción. En menos de un minuto, el paraíso perdido se convirtió en un chiquero donde los chanchos se comían un souflé de margaritas; después se paseaban con un escarbadientes de plástico en el hocico y cagándose de risa del Ángel lloriqueando. Hubiera apostado lo que me falta que del otro lado de las puertas, apenas repuesta de la sorpresa, Estrellita juraría venganza. Ese sentimiento era más poderoso en ella que el orgullo poético, que estaría tratando de liquidar pronto la comedia del recital desnudado de dignidad. 

Afuera en el bar, en las mesas y el concurrido mostrador, se asistía a un vértigo de pedido de vueltas. Nadie lo decía abiertamente, pero había una atmósfera de festejo indudable. «Bueno, dijo uno. Ahora se nos viene la maroma grande. Dale gordo, serví aquí a los amigos lo que están tomando. Resultó con huevos el mozo… que joda, pobre pibe, tan joven y ya boleta.”

-Aquello fue apoteótico, les contaba David esa noche en el boliche a quienes habían estado ausentes. Grandioso por increíble, coloso por inesperado, finalizó.

Pasada la excitación de las primeras informaciones del suceso, la dirección de la revista decidió capitalizarlo de alguna manera. Si bien lo hecho por Fede revestía características de acto individual, típico gesto solitario asumido sin consulta previa, su espontaneidad igual concitó de inmediato una ola de solidaridad catártica. La confirmación colectiva de la agresión debía solucionarse con premura. Era clarísimo que el campo enemigo estaría preparando represalias, que podrían adquirir formas diversas de ejecución y exentas de comprensión. Los sentimientos del grupo de muchachos se disparaban en posiciones encontradas, un batiburrillo de ideas que postergaba el hallazgo de la solución consensual más bien utópica. 

El Pato –yo lo miraba desde mi lugar- estaba preocupado; la intempestiva flatulencia de Fede, justiciera e inoportuna, echaba por tierra cualquier proyecto de futuro contando con la discreción y concentraría sobre La última curda las iras renovadas del flaco Carve. Me atreví a proponerles, a medio camino entre Helenio Herrera y Sun Tzu una actitud ofensiva; les dije, recordando a Osvaldo Heber Lorenzo y a don Luís Víctor Semino, cuando ellos comentaban por radio el campeonato uruguayo de fútbol, que no hay mejor defensa que un buen ataque. El conejo Neira y en nombre del realismo socialista sugirió la huida de Fede, su expatriación urgente a otras tierras menos poéticas y más hospitalarias. El interesado se negó siquiera a considerar era eventualidad: «Yo soy Fede y no me rindo» dijo, emulando una famosa captura de aquellos tiempos.

El Pato, hombre sabio, prudente e inclinado por la hipótesis del olvido, se lanzó en una arenga relativa al valor del instante, el ridículo y desprecio, oponiendo la incompatibilidad del ámbito poético con esa insolencia gamberra de Fede ,que pareció escenificar esa tarde un chiste viejo muy vulgar. «En el fondo, estoy seguro que Estrellita sigue siendo una buena muchacha» concluyó el Pato y quedó satisfecho de su juicio ecuánime. «Pintalo de verde, Pato, él le dijo en público pintalo de verde» recordó el conejo Neira; en lo que era un manifiesto apelando a la contundencia de la realidad, a las tres palabras cromáticas que reforzaron el gesto anterior. «Cállese conejo, cada vez que lo pienso…» dijo el Pato, que venía así de concienciar la dimensión de la cagada, su condición de irreparable.

David, a quien la situación parecía divertirlo muchísimo, estimó que se debía continuar hasta las últimas consecuencias y de alguna manera me daba la razón. «La senda está trazada, nos las marcó el Fede» dijo el guasón. Su idea era simple. Fede debería pasar a replegarse a una segunda línea, él declararía su amor secreto y reprimido de larga data por Estrellita. Ello debía ir acompañado por una apología pública de las tetas de la poetisa, dual punto de partida del amor carnal que osaba manifestarse urbi et orbi. Dos razones lactantes más que suficientes para justificar el que estuviera dispuesto a raptarla, cual una Sabina de tierra adentro y llevarla en ancas hasta una tapera preparada de antemano a tales efectos. Lugar donde retozaría en la satisfacción postergada de sus bajos instintos, de ser posible con el consentimiento expresado con vulgaridad de nuestra clone de Marina Tsvétaiéva. De paso, cañazo, desafiaba al odiado marido al disputarle los favores turgentes de esa mujer excepcional, «fina voz reluciente en el opaco Parnaso Oriental, encerrada por el efecto de pócimas y encantamientos en un establo maloliente impregnado de odio e ignominia» dijo David. «Señores del jurado –continuó-, los efluvios vicarios de mi amigo del alma, por otra parte naturales y propios de la humana condición, responden a la sentida expresión de una queja íntima dicha por la boca de los pobres de la tierra. ¿Quién puede rebajar a lágrima o reproche esa declaración de la maestría intestina, ese grito interno desgarrado e incontenible, sabiendo que el hombre que retiene a esa vestal es sensible sólo a tal calidad de razones? Respuesta que, por otra parte, dan yeguas y vacas cuando se sienten manipuladas por las viciosas manos del susodicho. Fede reaccionó como lo hizo porque en ciertas circunstancias las palabras no entienden lo que pasa. ¿Qué clase de felicidad puede vivir nuestra emperatriz de la China junto a un hombre cuya inconfesada fuente de satisfacción es inseminar, artificialmente, a vaquillonas con su propia mano derecha?» finalizó David, antes que la concurrencia estallara en una cerrada ovación.

Fue así que quedaron establecidos los términos de la querella. El reparto de tareas para las próximas horas se hizo rápido, fijándose las bases argumentales del panfleto y se prometió una redacción más o menos colectiva que quedaría pronta antes del amanecer. Yo los miraba hacer sabiendo que algo marchaba mal, estábamos en el lugar menos apropiado del planeta para esa broma de inspiración surrealista. Ellos en la euforia lo ignoraban y estaban dándole una interpretación poética a la brutalidad. Podía haberles dicho algo al respecto, pero se les veía tan contentos que hubiera sido una puteada arruinarles la fiesta. Sabía que aquello terminaría mal y que estaba en la misma bolsa, pero dejé tanto por el camino que mi situación era lo de menos. 

Como sólo espero reventar por sífilis o cirrosis, a manera de venganza suprageneracional me divertí viviendo esas dos horas. Durante las cuales los muchachos olvidaron la historia, despreciaron el chantaje de la muerte y se rieron del Cosmos amenazante. Y yo, que sólo conozco una caricatura de la felicidad tirándome alguna horita en la abyección, al verlos tan entusiastas sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta; no era la emoción la responsable sino la tristeza por la pérdida definitiva de la juventud. El dolor por quedar afuera del fervor de ellos y que mañana sería pisoteado.

«Mañana será nuestro día» dijo David y colocó sobre la mesa un par de botellas de cerveza. «Es todo una locura» quiso replicar Fede. «Fuera locura pero hoy lo haría, pintar todo de verde un suspiro del ano, Neuma del invisible ojete, voz de las heces rumiantes, trueno perfumado del recto camino, aliento equidistante y fétido del placer de la mesa, discreto llamado de amor para una parte de más en más numerosa de la humanidad, preludio y fuga de materias innegables de la humana condición, breve romanza de imprevisto registro, rey de la noche, bajo continuo del diapasón del mundo, silogismo sonoro de la razón del culo, inopinado delator de nuestra dieta privilegiando el garbanzo, suspiro del amor alternativo, metáfora del trabuco del corsario con parche, descarga insolente de pasiones rumiados, decibeles trombonescos capaces de eclipsar el golpe de dados, el grito del albatros, el aleteo de aquellas golondrinas porque de la músique avant tout chose, coprofagia enchastrando de habano subido la piedra de sol, el blanco, irónico resumen de la vida, puerta de servicio del alma cuando deja nuestra envoltura carnal. Hoy estoy inspirado» dijo David. 

Era verdad, el muchacho parecía un iluminado yendo a un destino prefijado desde años atrás. Hablaba con la gracia de alguien llamado a reparar el desorden evidente del Dispositivo Divino. Creído de que el Universo Imperfecto tiene la configuración del larguísimo poema que siempre escriben los otros. 

Lefaucheux V

Me había prometido aguantarme pero al final reventé, fue algo incontrolable, soy un animal. Debía evitarlo a cualquier precio me repito ahora y sin embargo lo hice a propósito, sabiendo que iniciaba una provocación. 

Bah, después de todo hasta ahora la saqué barata… el único dolor persistente es acordarme de la muerte de mi  querido hermano y ya pasaron tres años de eso. Mi pasado es una masa confusa de recuerdos, pero siempre aparecen nítidos esos tres años que comenzaron con la muerte de mi hermano. 

De la familia sólo quedábamos con vida mi hermano y yo. Esta noche estoy sólo yo y mañana no vivirá ninguno de los nuestros para contarlo.

Ahora los veo a los muchachos entusiasmados. En especial David que está desacatado, él y todos los otros son locos, se creen estar viviendo una gran joda. Por suerte nos dimos unos minutos para que cada uno pensara por su lado. El Pato me mira a cada rato, él sabe lo que pasará a más tardar mañana al mediodía. Me quiere como a un hijo y sería incapaz de lanzarme ni un reproche por lo de esta tarde, por eso hoy nos deja tomar sin fijar límite. 

El Banda igual que siempre juega al billar en solitario, cómo será la cosa que vino al boliche temprano y faltó a la cita amorosa de los atardeceres con la brasilera. En ese mismo billar donde el Banda calcula energías de trayectorias mi hermano y yo pasábamos horas jugando a la carambola. Hasta que un día se lo llevaron porque sí. Lo tuvieron encerrado diez días y lo devolvieron muerto. Yo era un muchachito solo en el mundo y no sabía qué hacer. No pertenecía a ningún grupo político que pudiera darme una mano y mi hermano estaba muerto, él era lo que yo más quería en el mundo. 

Por algo será, decía la gente en voz baja mirándome como a un apestado. 

Como si fuera poco llorarlo tenía que imaginar qué pudo haber hecho el bueno de Ramiro; yo que lo lloraba, debía hallar la culpa causante de que lo hubieran condenado a muerte, aunque dijeron que fue un accidente. Una ventana abierta en el piso superior de las dependencias, el tropezón involuntario y abajo un patio de baldosas rotas con instinto homicida. Al menos, agregaron en tono divertido, que él se hubiera tirado en un descuido.

Los responsables de la muerte de mi hermano eran simplemente ellos o nadie en particular: ellos que eran la instalación, el grupo de edificios que visto desde lejos tenía el aspecto de una fortaleza enemiga. 

Yo iba todos los días a mirar desde lejos la instalación. Los caminos recientes, barricadas recién pintadas, campos de deportes donde siempre había efectivos uniformados en ejercicios de entrenamiento. Las cercas alambradas y electrificadas, la ceremonia de la bandera en el mástil de la entrada, guardias protegidos detrás de bolsas de arena. Me parecía estar en país de gitanos ocupado por una horda oriental. Creía que nuestro pueblo era la última trinchera del país de los miserables y que ellos, que hormigueaban dentro del castillo prefabricado tenían por misión impedirnos avanzar. Exterminarnos de a poco, cortándonos los víveres, obligando a irse a los inestables, matando los mejores. 

Más allá del cuartel no había para mí el prometido paraíso que traería la revolución: más allá estaba la estampa de mi querido hermano jugando al casín en mangas de camisa y tarareando tangos de antaño cuando le iba bien enganchando carambolas. Más allá había el mundo que yo desconocía, al punto de dudar de su existencia. 

Podría irme del pueblo como ellos dijeron. ¿Pero a dónde ir? A pintar paredes, rasquetear puertas viejas, arreglar cañerías en ciudades de nombres difíciles de pronunciar y donde hablan lenguas extranjeras. No tenía donde ir ni sabía donde ir, tenía miedo de subirme a un ómnibus de Onda y marchar a Montevideo. 

Cuando me quedé solo, acompañado por el espectro de Ramiro entendí la expresión pueblo de ratas. Nosotros, los que quedamos vivos éramos las ratas. 

La muerte facilita la clasificación del universo. El cuartel era el poder, el edificio donde murió mi hermano, el lugar donde ellos lo mataron. Los soldados de tropa no tienen cara, son una fuerza ciega entrenada para eliminar lo que se opone a las órdenes superiores. Los oficiales van a fiestas sociales y patrióticas en la capital del departamento. Los policías del pueblo tenían miedo de aclarar un robo de gallinas pensando en el uniforme y botas del ladrón. 

Los que quedamos solos, el Pato por ejemplo, el conejo Neira, el Banda y yo nada temíamos y menos teníamos para perder si exceptuamos la vida. Sólo el flaco Carve insistía en ser el vínculo entre esos dos universos, quería el poder y el convencimiento. 

El flaco Carve decía con sorna que él era el hombre nuevo y se paseaba insolente por la ciudad como en una campaña electoral sin candidatos. Se decía amigote de nombres que en algunos años no querrán decir nada. Álvarez, Varela, Seco, Duarte, esos apellidos serán menos que nada. Un carné plastificado para cobrar jubilaciones de rico tratando de no ser reconocido en la cola. Esos, que serían menos que nada en pocos años se llevaron por puro gusto la vida de mi hermano.

Fue así que quedé guacho por unos cuantos meses. Me comportaba como un bicho, caminaba durante horas sin rumbo a campo traviesa igual que un demente. Más de una vez tuve la tentación de colgarme de una rama de quebracho. Para mí era imposible dominar el proceso que llevaba del duelo al abandono. El Pato me salvó de la locura; él me mira desde detrás del mostrador, él quisiera sonreír y sabe que sería mentira. Sabe que estoy liquidado, que lo que no pudo destruirme la muerte de mi hermano lo podrá la pedorrea de esta tarde. Fue más grave sabotear el recital poético de Estrellita que haberme echado al monte con un fusil, como hicieron otros amigos más corajudos. 

Ellos pasaron una vez a buscarme. El Pato estaba al corriente, pero si yo me iba del pueblo ¿quién guardaría la memoria de mi hermano? Si llegaba a matar alguno de ellos como deseaba, igual nada me devolvería la voz de mi hermano. Esa manera irrepetible que tenía de entonar tangos de la guardia vieja y que escuchaba embelesado todas las noches. El Pato me mira ahora mismo desde el mostrador y es como si me dijera andáte Fede, rajá sin pensarlo dos veces. 

Es curioso, ahora en plena crisis nos divertimos como en los mejores tiempos de “Lafoucheaux” y justo cuando mi vida vale menos que nada. 

Los observo, me resulta inconcebible verme entre ellos, parece que de verdad estoy y también ya soy un espectro. Ninguno de ellos me verá mañana dando vueltas por el pueblo como sucedió esta mañana. 

El Banda se puede pasar horas haciendo carambolas enganchadas. El socarrón del Pato dice que la joroba le hace al cuerpo en contrapeso justo, que la brasilera del quilombo le restituyó al hombre el buen pulso y la vista, que la Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland le destruyó con bebidas destiladas en varios años de íntima colaboración. El Banda parece no querer darse cuenta, él es pájaro de paso y sabe lo que puede esperar del mundo, creo que le importa un pepino dónde puede sorprenderlo la muerte. En el baño mugriento de un boliche, un banco al aire libre de una estación de ómnibus, el patio de un quilombo, poco importa. El Banda es hombre muerto, pertenece al tomo anterior; al fascículo agotado de nuestra historia y ahora agoniza. No volverá a ser el hombre de antes ni aunque cambie la situación social: es aquella parte del país que murió. 

Fue observando al Banda que aprendí a tomar sin terminar arrastrado por el suelo. Los observo y sé que los voy a extrañar a partir de mañana. 

Antes de los últimos meses fueron malos tiempos para mí y el Pato me tomó a su cargo cuando yo andaba mal. Le mentía, le decía que marchaba para las chacras de las afueras a hacer alguna changa. La verdad era que disparaba a emborracharme, huía a la afueras del pueblo para evitar la vergüenza de que los conocidos me vieran pegado a la botella. Lo hacía para cagarme encima sin pudor y estar solo cuando me dormía con la mejilla apoyada en el vómito. Tirarme en el arroyo a lavarme en pleno invierno y las más de las veces tentado de dejarme llevar por el cuerpo entregado que se congelaba en el agua. 

Desde allí era que podía ver el cuartel, observar el lugar donde mataron a mi hermano; desde allí miraba el espejo de mi impotencia para cambiar el pasado y por eso tomaba hasta perder la razón. 

Estaba ante lo inexpugnable, me inventaba maneras de sabotearlo, formas de hacer volar las instalaciones en mil pedazos. Quise de todo corazón que los brasileros nos declararan la guerra revanchista para ver a nuestros militares hocicar bebiendo el trago amargo de la derrota, que en la batalla decisiva mueran todos los hombres que estaban ahí adentro cuando ellos asesinaron a mi hermano. 

Mi hermano: un hombre que recordaba solitario, silbando tangos de la guardia vieja y que jugaba horas al casín, que sin saberlo le había hecho mal a alguien y que fue dragón de Estrellita cuando ella cumplió quince años. Así me pasé aquel otoño, con un odio en aumento y que se volvió contra mi persona.

Una noche a mediados de un agosto terrible vine hasta el boliche y encontré al Pato que aun estaba trabajando. Recuerdo que lo miré a los ojos y comencé a llorar. «Pato, le dije, vine a robarte y a matarte si te metías en mi camino. Ayudame Pato». 

El Pato no me dijo nada, me abrazó y esa noche comenzó a purgarme. Me aguantó cinco días hasta que terminé el viaje y llegué a distinguir el gusto del apio en una sopa caliente. Esa fue la época en que empecé a leer los libros que traía al Banda en sus recorridos difíciles de entender. 

La flaca Laura venía de perder al padre y empezó a visitarme con la excusa de los libros, saturada de dolor. A la semana nos hicimos novios. Ella protesta y sostiene que deliro cuando le digo que es mucha mujer para un tipo como yo; estoy seguro de que un día cercano se irá del pueblo y ahora le voy a ganar de mano. 

Hasta ayer para mí era impensable verme en la situación de tener que abandonarla siendo insensato e injusto. Lo ordenó todo en nuestra rutina, es ella la inteligente en este despelote de existencia y que contemplo todo junto por última vez ahora, que tengo decidido largarme mañana al amanecer. 

La voy a extrañar a la flaca. Esta noche tengo que inventar algo, si duermo con ella me quedo aquí para siempre. Fue ella quien tuvo la idea de sacar una revista de poesía y después dice que fuimos David y yo. Una vez me dijo cómo se le había ocurrido el nombre pero lo olvidé. Los números de “Lafoucheaux” que sacamos es lo único mío en el mundo. Allí es el único lugar donde figura mi nombre por entero, lo que falta después del Fede que me atribuye la gente. De lo que publiqué en la revista hay un único poema que me satisface. Me gusta tanto que me dio vergüenza estar asociado a él y olvidé firmarlo. 

Mis camaradas están delirando, jamás habrá un número especial de “Lafoucheaux” coordinado por el Banda sobre la inspiración guachesca de almanaque, ni derivas estéticas de mi gesto de hoy de tarde. Si mañana a esta hora sigo en el pueblo seguro estaré muerto, bien temprano mañana antes de que salga el sol tengo que rajar. 

Lo único que sé es que nunca más volveré.

Es extraño: ellos que están en el boliche se mueven despacio, el conjunto parece el cuadro de un grupo captado por el pintor que nunca tendremos, ni fotografías de nuestra aventura dejamos para la posteridad. Lo que observo tiene aspecto de escena muerta y lo necesario para ser un instante eterno. 

El Pato apoyado en el mostrador tomando su ginebrita. El Banda haciendo carambolas sin prisa recordando a la brasilera y el espectro de mi hermano que lo mira hacer con admiración, sonriendo. Me veo yo sentado en una mesa y con la copa vacía. 

La flaca quedó con los otros fumando como un murciélago, tomando grapa con jerezano, escuchando solos de Mark Knopfer. Me mira despreocupada, ella me interroga con los ojos a la distancia y desconfiada. La flaca anda bebiendo demasiado, la conozco y esta noche está tomando demasiado. Es viva y algo se ve venir. La flaca quiere marearme, sigue fingiendo como si tal cosa, lee en voz alta, selecciona poemas de manera arbitraria y defiende críticas discutibles. 

Quiere lanzar una lista de suscriptores y está segura que hará el milagro de algunos envíos. Sr. César Vallejo, Sr. Vicente Huidobro, Sr. Julio Herrera y Reissig, Sr. Federico Ferrando. Con envidiable tenacidad ella escribió los sobres, va al correo, los envía como botellas al mar de la poesía y después espera sin alterarse confiada en que algo pasará. 

Ella ahora está nerviosa, los mismos nervios que aquellos días cuando David volvió al pueblo después de la infancia y se conocieron. Hace ya tres años. David está sentado en un rincón, solo, escribiendo febrilmente el texto de insulto y desafío. Documento que es de alguna manera mi despedida y testamento. «Fede, me dijo la flaca mirándome a los ojos, él es un muchacho tierno» y yo como si fuera el hermano mayor de la flaca, le di el consentimiento para que siguiera viviendo su pasión inocente, sin pedirle nada a cambio. 

La flaca es así, ella nos embrujó a los dos. Desde entonces David es mi hermano. Ella con su ternura femenina me trajo un hermano adoptado, moviendo sin proponérselo el espectro de Ramiro que nos abandonó desde entonces. Recién regresó entre nosotros esta noche a ver al Banda jugando al billar y estar conmigo en un trance que se presenta difícil. 

La flaca hizo que mis sueños de odio sin sentido, mi afán de borrachera constante y desprecio irracional por todo lo que me rodaba comenzaran a explicarse. 

Algún día ella nos faltará y no estaré para asistir al final de la historia.

Será mañana temprano, un bolso, algunas chucherías inútiles y me rajo del pueblo. Dentro de algunos años los que habitamos La última curda estaremos dispersos, por lo menos amnésicos, seguramente muertos, traicionando ideales de la juventud y ¿quién recordará mi gesto de esta tarde en los salones del Club Social Democrático? 

Si me lo preguntaran diría que no sabría decir por qué lo hice. Que fue la memoria de Ramiro que me empujó a hacerlo para cobrarle a Estrellita algún desdén inolvidable de cuando eran inocentes. 

El pedo de la poesía, el honor mancillado de la patria amenazada, el ultraje público a las instituciones y una manera de vivir uruguaya que se termina. A veces resulta tan fácil de explicar y sin embargo es tarde…

El hermano David da pitadas de satisfacción final, lee su texto y sonríe, es un hombre contento del resultado de su concentración. «Lo tenemos» me dice hablando de una mesa a otra y le sonrío aprobando con la cabeza. 

David es el segundo hermano que perderé y yo saldré mañana a la ruta sin despedirme de nadie. 

Siempre hay un camión que pasa rumbo al sur. 

A los camioneros hay que anunciarles tramos cortos así se evita despertar sospechas. Irrumpir en su ruta liviano de ropas, en alpargatas y con un bidón de plástico vacío en una mano. 

Algo tendría que decirle a mis amigos antes del amanecer, hago como que los escucho, me quedo callado dejando mi destino en sus manos. Nada digo sobre las ideas disparatadas que se vienen manejando a medida que avanza la noche, ojalá ellos pudieran salir indemnes de esta broma y que no se las agarren contra ellos. 

La flaca está desconcertada por lo que sucede. Doy largas a la noche y le explico que debemos terminar de retocar el documento. Me parece que David tampoco entiende la gravedad de lo que nos aguarda y dudo que yo pueda aguantar hasta el amanecer en este estado de excitación. 

Necesito esta noche para pensar y escribir las últimas cartas. En pocos meses haré como mi amada, enviaré cartas imaginarias y escribiré en el sobre: a la atención de la Flaca, boliche La última curda, en algún lugar de La Memoria.

Mañana a esta hora estaré lejos de aquí y nada se interpondrá en mi camino, ni el espectro volvedor de mi hermano Ramiro.

Domingo

Le retour à San Carlos / El sueño de Daniel Urrutia / Lucero y Emprendedor / Pegando la vuelta / DHL, WhatsApp y dados cargados.

Este mes del 2022 tenía la intención inicial de remasterizar un solo cuento. Como la lista tiene algo aleatorio cruzando libros de diferentes épocas, la bolilla noviembre cayó en “Domingo” que es el último relato de “Siete partidas”, publicado por Linardi & Risso en el año 1998. Del libro recuerdo que la unidad la sustentaba el número decreciente de palabras contenidas en cada título del conjunto; el primer cuento tenía siete palabras y una sola el último. Habiendo antes trabajado la estrategia del relato breve me propuse incursionar en el relato largo o de media distancia, historias que podían leerse de una sentada o más, creando la ilusión pasajera de la micro novela. Lo que en su momento supuse algo logrado y que podía considerarse cerrado, veinte años después presentaba en la relectura ciertas dificultades. Había algo ahí en latencia narrativa exigiendo desarrollos anexos, como si el original fuera una novela involuntaria de mediana extensión que quedó a medio camino. Incluso llegué a preguntarme si no sería esa la buena intervención, necesitando cincuenta páginas más, pero el efecto proyectado como hipótesis era otra novela que pude haber escrito acaso en el siglo pasado, alejada de los proyectos actuales que andan encarpetados.

A punto estuve de postergar la salida en La Coquette de “Domingo” para más adelante; di entonces algunas vueltas a lo perro, hasta entender que de haber alguna falla del oficio estaba en los orígenes. Se trataba más bien de una molécula de anécdotas complementarias que decidí bombardear en el laboratorio; en conclusión resultó que la tal molécula estaba integrada por cinco átomos que a su vez podían responder a tratamientos de escritura diferentes. Al final la historia sigue siendo una, pero la diferencia estaba en los soportes verosímiles que la constituían y fue entonces que se bifurcó hasta con cierta naturalidad. A partir de esa constancia las cosas parecieron presentarse más claras a la distancia, lo que quedaba en evidencia era una manera coral de trabajar, la misma combinatoria que quizá repetí en otras oportunidades. El título contiene la polisemia del nombre de un vecino del barrio de la infancia, el día de la reunión en familia y la ida al estadio con mi padre, la simbología del séptimo día, la parroquia donde pasé la primera comunión o una vieja canción italiana cantada por Mina. Después especulé con la trampa o manera de cómo, una anécdota venida del exterior, colisiona de frente un proyecto literario secreto, ahondando más el misterio insalvable entre la supuesta realidad y la ficción tan temida. Una zona de verdad o sucedido siempre es bienvenida, aquí la parte real es el viaje de ida y vuelta a la ciudad de San Carlos para visitar a Daniel Urrutia; al menos de eso había de testigo incorruptible un perro que lo podría confirmar de ser necesario ante la exigencia de lectores descreídos. Diría que sin esa expedición preliminar preparatoria, seguro que la segunda parte nunca se habría redactado. Eran trotes pendientes con un mundo narrativo ante el cual los capitalinos somos chambones, el paso un par de veces por la plaza hípica de Siena y el recuerdo de los primeros caballos varados que vi, paseando delante de la casa de los abuelos Mondragón en el barrio del hipódromo de Maroñas. Lo último es la tarea de taller, buscar los elementos de diferenciación, lo otro que asoma después que uno queda satisfecho con el trabajo; esto está bien, pero hay que escrutar sin embargo la novedad como supongo que hacían los poetas nuestros del 900. Buscar la música original, el matiz inesperado, una astucia aun tomando el riesgo de que todo -como le sucede a uno de los personajes- pueda terminar en naufragio entre dos puertos. Ello puede ser el narrador que hace trampa, el fullero que puede ser atrapado con las manos en la masa, el recurso a la mentira en una sociedad interconectada empachada de verdad. En “Domingo” el narrador estaba atrapado entre dos intervalos, como para un buen final estaba dispuesto a lo que fuera y acaso para desbaratar los planes del azar, en la última mano de la madrugada hace una maniobra reprensible. Tira los dados cargados, escribe una carta simulando ser una viuda con memoria, llama por larga distancia a esa misma viuda desmemoriada haciéndose pasar por un muerto. Hay algo de cierto todavía en aquello tan mentado de que un cuento narra dos historias o acaso alguna más, depende una vez más de los dados tirados sobre la mesa de las apuestas, la psicopatología del croupier de turno, del talante de fulanas y fulanas que rodeamos la mesa del casino.

Lefaucheux VI

Yo que estoy muerto sé lo que sucederá y nada podré hacer para evitarlo. Estar muerto despeja de algunos sentimientos que se sienten en vida, los induce hacia el olvido, otra forma impotente de incidir en los hechos. Soy el espectro de un muerto y paseo en los lugares que solía habitar cuando tenía un cuerpo, me bato sin poder solucionar ninguno de los entuertos que cercan a los vivos que amo, para ellos es tarde y para mí el tiempo dejó de tener duración. Los muchachos comienzan a dirigirse hacia un destino que se les escapa de la imaginación. Ahora el Pato amaga cerrar el boliche y el Banda, remolón como siempre se queda callado junto al billar enganchando carambolas despacito, como si el paño verde fuera suficiente para proyectar la breve felicidad a la que aspira en vida si así pudiera quedarse fijado. Escuchando el sonido del choque de las tres bolas hasta que la muerte lo alcance. Ese rincón en penumbras cerca del billar es uno de los lugares que él elegiría para venir de mi lado. Va a caer sereno de madrugada, afuera la noche estará fría de verdad pero será muy corta. En un par de horas comenzará a clarear. Siempre amanece, el día y su duración cronometrada nunca puede saltearse. La luz del día es inexorable como la oscuridad nocturna, la palabra más luminosa que el silencio. Nadie está atento al callar de los muertos y nos degradamos para enviar mensajes espirituales. Cuando llega la aurora por aquí algunos gallos cantan, la misma escena se sucede y avanza en todo el occidente. Eso lo vemos los muertos. La flaca, David y mi hermano Federico caminan por las calles del pueblo. Nadie se cruza en su camino y en el mundo de los muertos se murmura lo que sucederá en las próximas horas. Es la noche que huye hacia la aurora, hacia el fin y es el Tiempo que pasa. Alcanza con que se vea a lo lejos un paisano en alpargatas y pedaleando una bicicleta, una luz de farol que se apaga en una ventana cualquiera para consolar al insomne. Alcanza un pájaro que cruce la plaza en diagonal, el ruido asmático de un motor para anunciar que el nuevo día comenzó y nada podrá detenerlo. Esa luz inminente. La luz del día es distinta para quien sale del sueño reparador que para quien pasó una noche blanca. Lo es más para quienes ni sueño ni noche ni cuerpo tenemos. No es el Tiempo que pasa sino la luz que regresa de dar la vuelta al mundo. Nadie lo reconoce. La condena para los muertos es dejar errante sus fantasmas en el lugar allí mismo donde murieron. Al entrar en la muerte hay potencias que nos despojan del amor y la venganza que son objetos personales que nunca volveremos a usar. El alma asume una pátina de neutralidad y se nos impone la prohibición de anunciar malas noticias. Ni siquiera asoma un simulacro de paz y el dolor más agudo persiste. Es falso que la muerte empareja porque seguimos vivos en la memoria de quienes siguen con vida. Aquí estoy yo para probarlo, que vago por los sitios que quise saturado de recuerdos. Cada tanto regreso al galpón donde me dieron palo hasta matarme y trato de entender. Es así con la eternidad por delante y sin que nadie espere en ninguna parte. Me gustaría hacer alguna otra cosa pero nada más mirar las instalaciones –igual que mi hermano Federico- y me da por pensar en lo absurdo de esta situación errante. Hay millones de espectros circulando y la muerte es soledad. 

Esta es mi última noche de vigilancia, mañana desaparezco de aquí para siempre. Será David quien me reemplazará en la ronda nocturna, a David en poco tiempo lo seguirá el Banda y lo que suceda después prefiero ignorarlo… Los miro caminar a los tres rumbo a la casa, me distingo en el reflejo de una muerte que está amaneciendo, es así la costumbre. Los espectros aparecemos cuando hay perfume de muerte que insiste, mientras la tragedia termina disolviéndose en pequeños dolores entre amigos. El origen se incorpora en la memoria colectiva de las familias y la historia se confunde con relatos inventados. Anécdotas para contar en boliches con billar en el fondo y a un tipo atento a los otros como el Banda. Prefiero dejarlos ir a su destino sin seguirlos y quedarme sin saber los pormenores de la tragedia que se avecina. Que eso lo cuente otro. La eternidad es el Banda solitario, avanzada de espectro entre los vivientes y jugando al billar hasta bien entrada la madrugada. Me gustaría estar vivo para desafiarlo, jugar con él y si él me dejara enganchar algunas boladas yo me pondría a silbar tangos de la guardia vieja. Para que así entre los dos intentar olvidar el mundo tal cual es y la historia de las mezquindades. Jugar a ser dos pequeños dioses con ambrosía entre pecho y espalda, hacer entrechocar los pequeños mundos esféricos a veces a tres bandas. Las trayectorias resultan imprevisibles como la de esos tres enamorados que abandono a su suerte y pierdo de vista porque ahora sí clarea. 

Es impropio para un espectro estar por ahí dando vueltas y estoy sufriendo en avance por las horas que vienen. Los espectros hablamos poco y nadie nos escucha.