Lafoucheaux V

Me había prometido aguantarme pero al final reventé, fue algo incontrolable, soy un animal. Debía evitarlo a cualquier precio me repito ahora y sin embargo lo hice a propósito, sabiendo que iniciaba una provocación. 

Bah, después de todo hasta ahora la saqué barata… el único dolor persistente es acordarme de la muerte de mi  querido hermano y ya pasaron tres años de eso. Mi pasado es una masa confusa de recuerdos, pero siempre aparecen nítidos esos tres años que comenzaron con la muerte de mi hermano. 

De la familia sólo quedábamos con vida mi hermano y yo. Esta noche estoy sólo yo y mañana no vivirá ninguno de los nuestros para contarlo.

Ahora los veo a los muchachos entusiasmados. En especial David que está desacatado, él y todos los otros son locos, se creen estar viviendo una gran joda. Por suerte nos dimos unos minutos para que cada uno pensara por su lado. El Pato me mira a cada rato, él sabe lo que pasará a más tardar mañana al mediodía. Me quiere como a un hijo y sería incapaz de lanzarme ni un reproche por lo de esta tarde, por eso hoy nos deja tomar sin fijar límite. 

El Banda igual que siempre juega al billar en solitario, cómo será la cosa que vino al boliche temprano y faltó a la cita amorosa de los atardeceres con la brasilera. En ese mismo billar donde el Banda calcula energías de trayectorias mi hermano y yo pasábamos horas jugando a la carambola. Hasta que un día se lo llevaron porque sí. Lo tuvieron encerrado diez días y lo devolvieron muerto. Yo era un muchachito solo en el mundo y no sabía qué hacer. No pertenecía a ningún grupo político que pudiera darme una mano y mi hermano estaba muerto, él era lo que yo más quería en el mundo. 

Por algo será, decía la gente en voz baja mirándome como a un apestado. 

Como si fuera poco llorarlo tenía que imaginar qué pudo haber hecho el bueno de Ramiro; yo que lo lloraba, debía hallar la culpa causante de que lo hubieran condenado a muerte, aunque dijeron que fue un accidente. Una ventana abierta en el piso superior de las dependencias, el tropezón involuntario y abajo un patio de baldosas rotas con instinto homicida. Al menos, agregaron en tono divertido, que él se hubiera tirado en un descuido.

Los responsables de la muerte de mi hermano eran simplemente ellos o nadie en particular: ellos que eran la instalación, el grupo de edificios que visto desde lejos tenía el aspecto de una fortaleza enemiga. 

Yo iba todos los días a mirar desde lejos la instalación. Los caminos recientes, barricadas recién pintadas, campos de deportes donde siempre había efectivos uniformados en ejercicios de entrenamiento. Las cercas alambradas y electrificadas, la ceremonia de la bandera en el mástil de la entrada, guardias protegidos detrás de bolsas de arena. Me parecía estar en país de gitanos ocupado por una horda oriental. Creía que nuestro pueblo era la última trinchera del país de los miserables y que ellos, que hormigueaban dentro del castillo prefabricado tenían por misión impedirnos avanzar. Exterminarnos de a poco, cortándonos los víveres, obligando a irse a los inestables, matando los mejores. 

Más allá del cuartel no había para mí el prometido paraíso que traería la revolución: más allá estaba la estampa de mi querido hermano jugando al casín en mangas de camisa y tarareando tangos de antaño cuando le iba bien enganchando carambolas. Más allá había el mundo que yo desconocía, al punto de dudar de su existencia. 

Podría irme del pueblo como ellos dijeron. ¿Pero a dónde ir? A pintar paredes, rasquetear puertas viejas, arreglar cañerías en ciudades de nombres difíciles de pronunciar y donde hablan lenguas extranjeras. No tenía donde ir ni sabía donde ir, tenía miedo de subirme a un ómnibus de Onda y marchar a Montevideo. 

Cuando me quedé solo, acompañado por el espectro de Ramiro entendí la expresión pueblo de ratas. Nosotros, los que quedamos vivos éramos las ratas. 

La muerte facilita la clasificación del universo. El cuartel era el poder, el edificio donde murió mi hermano, el lugar donde ellos lo mataron. Los soldados de tropa no tienen cara, son una fuerza ciega entrenada para eliminar lo que se opone a las órdenes superiores. Los oficiales van a fiestas sociales y patrióticas en la capital del departamento. Los policías del pueblo tenían miedo de aclarar un robo de gallinas pensando en el uniforme y botas del ladrón. 

Los que quedamos solos, el Pato por ejemplo, el conejo Neira, el Banda y yo nada temíamos y menos teníamos para perder si exceptuamos la vida. Sólo el flaco Carve insistía en ser el vínculo entre esos dos universos, quería el poder y el convencimiento. 

El flaco Carve decía con sorna que él era el hombre nuevo y se paseaba insolente por la ciudad como en una campaña electoral sin candidatos. Se decía amigote de nombres que en algunos años no querrán decir nada. Álvarez, Varela, Seco, Duarte, esos apellidos serán menos que nada. Un carné plastificado para cobrar jubilaciones de rico tratando de no ser reconocido en la cola. Esos, que serían menos que nada en pocos años se llevaron por puro gusto la vida de mi hermano.

Fue así que quedé guacho por unos cuantos meses. Me comportaba como un bicho, caminaba durante horas sin rumbo a campo traviesa igual que un demente. Más de una vez tuve la tentación de colgarme de una rama de quebracho. Para mí era imposible dominar el proceso que llevaba del duelo al abandono. El Pato me salvó de la locura; él me mira desde detrás del mostrador, él quisiera sonreír y sabe que sería mentira. Sabe que estoy liquidado, que lo que no pudo destruirme la muerte de mi hermano lo podrá la pedorrea de esta tarde. Fue más grave sabotear el recital poético de Estrellita que haberme echado al monte con un fusil, como hicieron otros amigos más corajudos. 

Ellos pasaron una vez a buscarme. El Pato estaba al corriente, pero si yo me iba del pueblo ¿quién guardaría la memoria de mi hermano? Si llegaba a matar alguno de ellos como deseaba, igual nada me devolvería la voz de mi hermano. Esa manera irrepetible que tenía de entonar tangos de la guardia vieja y que escuchaba embelesado todas las noches. El Pato me mira ahora mismo desde el mostrador y es como si me dijera andáte Fede, rajá sin pensarlo dos veces. 

Es curioso, ahora en plena crisis nos divertimos como en los mejores tiempos de “Lafoucheaux” y justo cuando mi vida vale menos que nada. 

Los observo, me resulta inconcebible verme entre ellos, parece que de verdad estoy y también ya soy un espectro. Ninguno de ellos me verá mañana dando vueltas por el pueblo como sucedió esta mañana. 

El Banda se puede pasar horas haciendo carambolas enganchadas. El socarrón del Pato dice que la joroba le hace al cuerpo en contrapeso justo, que la brasilera del quilombo le restituyó al hombre el buen pulso y la vista, que la Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland le destruyó con bebidas destiladas en varios años de íntima colaboración. El Banda parece no querer darse cuenta, él es pájaro de paso y sabe lo que puede esperar del mundo, creo que le importa un pepino dónde puede sorprenderlo la muerte. En el baño mugriento de un boliche, un banco al aire libre de una estación de ómnibus, el patio de un quilombo, poco importa. El Banda es hombre muerto, pertenece al tomo anterior; al fascículo agotado de nuestra historia y ahora agoniza. No volverá a ser el hombre de antes ni aunque cambie la situación social: es aquella parte del país que murió. 

Fue observando al Banda que aprendí a tomar sin terminar arrastrado por el suelo. Los observo y sé que los voy a extrañar a partir de mañana. 

Antes de los últimos meses fueron malos tiempos para mí y el Pato me tomó a su cargo cuando yo andaba mal. Le mentía, le decía que marchaba para las chacras de las afueras a hacer alguna changa. La verdad era que disparaba a emborracharme, huía a la afueras del pueblo para evitar la vergüenza de que los conocidos me vieran pegado a la botella. Lo hacía para cagarme encima sin pudor y estar solo cuando me dormía con la mejilla apoyada en el vómito. Tirarme en el arroyo a lavarme en pleno invierno y las más de las veces tentado de dejarme llevar por el cuerpo entregado que se congelaba en el agua. 

Desde allí era que podía ver el cuartel, observar el lugar donde mataron a mi hermano; desde allí miraba el espejo de mi impotencia para cambiar el pasado y por eso tomaba hasta perder la razón. 

Estaba ante lo inexpugnable, me inventaba maneras de sabotearlo, formas de hacer volar las instalaciones en mil pedazos. Quise de todo corazón que los brasileros nos declararan la guerra revanchista para ver a nuestros militares hocicar bebiendo el trago amargo de la derrota, que en la batalla decisiva mueran todos los hombres que estaban ahí adentro cuando ellos asesinaron a mi hermano. 

Mi hermano: un hombre que recordaba solitario, silbando tangos de la guardia vieja y que jugaba horas al casín, que sin saberlo le había hecho mal a alguien y que fue dragón de Estrellita cuando ella cumplió quince años. Así me pasé aquel otoño, con un odio en aumento y que se volvió contra mi persona.

Una noche a mediados de un agosto terrible vine hasta el boliche y encontré al Pato que aun estaba trabajando. Recuerdo que lo miré a los ojos y comencé a llorar. “Pato, le dije, vine a robarte y a matarte si te metías en mi camino. Ayudame Pato”. 

El Pato no me dijo nada, me abrazó y esa noche comenzó a purgarme. Me aguantó cinco días hasta que terminé el viaje y llegué a distinguir el gusto del apio en una sopa caliente. Esa fue la época en que empecé a leer los libros que traía al Banda en sus recorridos difíciles de entender. 

La flaca Laura venía de perder al padre y empezó a visitarme con la excusa de los libros, saturada de dolor. A la semana nos hicimos novios. Ella protesta y sostiene que deliro cuando le digo que es mucha mujer para un tipo como yo; estoy seguro de que un día cercano se irá del pueblo y ahora le voy a ganar de mano. 

Hasta ayer para mí era impensable verme en la situación de tener que abandonarla siendo insensato e injusto. Lo ordenó todo en nuestra rutina, es ella la inteligente en este despelote de existencia y que contemplo todo junto por última vez ahora, que tengo decidido largarme mañana al amanecer. 

La voy a extrañar a la flaca. Esta noche tengo que inventar algo, si duermo con ella me quedo aquí para siempre. Fue ella quien tuvo la idea de sacar una revista de poesía y después dice que fuimos David y yo. Una vez me dijo cómo se le había ocurrido el nombre pero lo olvidé. Los números de “Lafoucheaux” que sacamos es lo único mío en el mundo. Allí es el único lugar donde figura mi nombre por entero, lo que falta después del Fede que me atribuye la gente. De lo que publiqué en la revista hay un único poema que me satisface. Me gusta tanto que me dio vergüenza estar asociado a él y olvidé firmarlo. 

Mis camaradas están delirando, jamás habrá un número especial de “Lafoucheaux” coordinado por el Banda sobre la inspiración guachesca de almanaque, ni derivas estéticas de mi gesto de hoy de tarde. Si mañana a esta hora sigo en el pueblo seguro estaré muerto, bien temprano mañana antes de que salga el sol tengo que rajar. 

Lo único que sé es que nunca más volveré.

Es extraño: ellos que están en el boliche se mueven despacio, el conjunto parece el cuadro de un grupo captado por el pintor que nunca tendremos, ni fotografías de nuestra aventura dejamos para la posteridad. Lo que observo tiene aspecto de escena muerta y lo necesario para ser un instante eterno. 

El Pato apoyado en el mostrador tomando su ginebrita. El Banda haciendo carambolas sin prisa recordando a la brasilera y el espectro de mi hermano que lo mira hacer con admiración, sonriendo. Me veo yo sentado en una mesa y con la copa vacía. 

La flaca quedó con los otros fumando como un murciélago, tomando grapa con jerezano, escuchando solos de Mark Knopfer. Me mira despreocupada, ella me interroga con los ojos a la distancia y desconfiada. La flaca anda bebiendo demasiado, la conozco y esta noche está tomando demasiado. Es viva y algo se ve venir. La flaca quiere marearme, sigue fingiendo como si tal cosa, lee en voz alta, selecciona poemas de manera arbitraria y defiende críticas discutibles. 

Quiere lanzar una lista de suscriptores y está segura que hará el milagro de algunos envíos. Sr. César Vallejo, Sr. Vicente Huidobro, Sr. Julio Herrera y Reissig, Sr. Federico Ferrando. Con envidiable tenacidad ella escribió los sobres, va al correo, los envía como botellas al mar de la poesía y después espera sin alterarse confiada en que algo pasará. 

Ella ahora está nerviosa, los mismos nervios que aquellos días cuando David volvió al pueblo después de la infancia y se conocieron. Hace ya tres años. David está sentado en un rincón, solo, escribiendo febrilmente el texto de insulto y desafío. Documento que es de alguna manera mi despedida y testamento. “Fede, me dijo la flaca mirándome a los ojos, él es un muchacho tierno” y yo como si fuera el hermano mayor de la flaca, le di el consentimiento para que siguiera viviendo su pasión inocente, sin pedirle nada a cambio. 

La flaca es así, ella nos embrujó a los dos. Desde entonces David es mi hermano. Ella con su ternura femenina me trajo un hermano adoptado, moviendo sin proponérselo el espectro de Ramiro que nos abandonó desde entonces. Recién regresó entre nosotros esta noche a ver al Banda jugando al billar y estar conmigo en un trance que se presenta difícil. 

La flaca hizo que mis sueños de odio sin sentido, mi afán de borrachera constante y desprecio irracional por todo lo que me rodaba comenzaran a explicarse. 

Algún día ella nos faltará y no estaré para asistir al final de la historia.

Será mañana temprano, un bolso, algunas chucherías inútiles y me rajo del pueblo. Dentro de algunos años los que habitamos La última curda estaremos dispersos, por lo menos amnésicos, seguramente muertos, traicionando ideales de la juventud y ¿quién recordará mi gesto de esta tarde en los salones del Club Social Democrático? 

Si me lo preguntaran diría que no sabría decir por qué lo hice. Que fue la memoria de Ramiro que me empujó a hacerlo para cobrarle a Estrellita algún desdén inolvidable de cuando eran inocentes. 

El pedo de la poesía, el honor mancillado de la patria amenazada, el ultraje público a las instituciones y una manera de vivir uruguaya que se termina. A veces resulta tan fácil de explicar y sin embargo es tarde…

El hermano David da pitadas de satisfacción final, lee su texto y sonríe, es un hombre contento del resultado de su concentración. “Lo tenemos” me dice hablando de una mesa a otra y le sonrío aprobando con la cabeza. 

David es el segundo hermano que perderé y yo saldré mañana a la ruta sin despedirme de nadie. 

Siempre hay un camión que pasa rumbo al sur. 

A los camioneros hay que anunciarles tramos cortos así se evita despertar sospechas. Irrumpir en su ruta liviano de ropas, en alpargatas y con un bidón de plástico vacío en una mano. 

Algo tendría que decirle a mis amigos antes del amanecer, hago como que los escucho, me quedo callado dejando mi destino en sus manos. Nada digo sobre las ideas disparatadas que se vienen manejando a medida que avanza la noche, ojalá ellos pudieran salir indemnes de esta broma y que no se las agarren contra ellos. 

La flaca está desconcertada por lo que sucede. Doy largas a la noche y le explico que debemos terminar de retocar el documento. Me parece que David tampoco entiende la gravedad de lo que nos aguarda y dudo que yo pueda aguantar hasta el amanecer en este estado de excitación. 

Necesito esta noche para pensar y escribir las últimas cartas. En pocos meses haré como mi amada, enviaré cartas imaginarias y escribiré en el sobre: a la atención de la Flaca, boliche La última curda, en algún lugar de La Memoria.

Mañana a esta hora estaré lejos de aquí y nada se interpondrá en mi camino, ni el espectro volvedor de mi hermano Ramiro.