Alma, Inclínate sobre los cariños idos

“Debo ser modesto y reconocer el trayecto cumplido sin triunfalismo: no ya en el último escalón de la especie humana, como en Navidad por ejemplo, o en enero y febrero en que, aparte de somníferos y tranquilizantes podía tomar cuatro o cinco litros de vino por día, y en que pasaba el tiempo entero de la vigilia sentado frente al televisor mientras ella iba muriéndose de a poco en la habitación de al lado; no, de ningún modo en el último ya, y no estoy para nada jactándome, sino en el penúltimo. Durante meses y meses estuve en el último: el agua negra barrosa me manchaba los zapatos, las medias, las bocamangas del pantalón y un golpecito nomás, un soplo, me hubiera mandado al fondo.”

Lo imborrable (inolvidable) (indeleble) (permanente) se organiza a partir de esa declaración fundadora. Del recuerdo descompuesto buscando una escena convincente para fijarse y la imagen del penúltimo escalón que decide el personaje para hacer pasar lo ocurrido, que los otros lo entiendan y él antes que nadie pueda llegar a saber lo que está ocurriendo. Claro y turbio a la vez, parece que no hubiera nada que se pueda agregar para ir más al fondo de las cosas, la sensación agotadora de que está todo dicho.

¿Pertinencia entonces de un prólogo a Lo imborrable novela de Juan José Saer publicada en 1992? Eso se discute, al menos que ya estemos en mayo del 2042 a cincuenta años de la primera edición. De ser así las cosas serían simples en su finalidad de ir despejando el panorama y proponiendo un plan de vuelo aceptable. Las nuevas generaciones de lectores confrontadas al vértigo del texto, agradecerán unas palabras liminares al entusiasmo de entender las causas del empecinamiento y la poesía. La tautológica evocación del título que se incrustó en la literatura argentina y en la Novela a secas. Si todavía estamos aquí donde yo pienso como sin entender lo que nos ocurrió, en el campo magnético de Saer andando por las calles de uno y otro lado de la zona de su vida, un prólogo a esa novela generosa para el lector, tan terrible en la lucidez y divertida por momentos, parece fuera de lugar por innecesario; y claro que el recurso este –el viejo truco del prólogo que se niega pero existiendo- puede aparecer como una maniobra retórica y hasta puede decirse que fuera de lugar.

Habría pues que frenar en seco el malentendido desde el primer envión, decretar una tregua transitoria y postular otro pacto para leer mientras tanto Lo Imborrable. Entonces recién, luego, después, sabiendo de qué se trata, al menos en líneas generales, retomar la conversación sobre el asunto, esa segunda charla cargada de sobreentendidos. Juan José Saer no fue escritor del convencimiento trabajoso de los otros textos ni de los propios, para él valía la evidencia de lo alcanzado en el fulgor, que se expandía cuando recitaba poesía de todos los registros, desde la metafísica incluyendo asuntos del Deseo y la Memoria, hasta coplas de Manuel Ortega Juárez y Manolo Caracol dando cuenta de crímenes pasionales. Así entendió los prólogos que se decidió a escribir y sus artículos teóricos, que habida cuenta de la producción narrativa adquieren la dimensión de una verdadera poética. Nunca buscó el deslumbramiento del lector que acompañaba sus meditaciones sobre el arte de narrar de los otros, desde la ventaja relativa de la práctica, sino proponiendo una empatía directa con la vivencia de un texto del cual él se consideraba apenas lector admirativo. 

No necesita pistas de lecturas secretas la novela titulada Lo imborrable que debería estar después de este hipotético prefacio, pero no estará por la naturaleza del proyecto del libro o está, pero de manera más intensa. Las carreteras de ingreso a Lo imborrable están abiertas al entendimiento y despejadas casi de obstáculos para quien esté dispuesto a recorrerlas. Si alguien comienza la lectura de Lo Imborrable es casi seguro que leyó otros títulos de Saer con anterioridad y recibió el impacto. Lo más probable es que se trate de un iniciado y si eligió Lo imborrable para desatar hostilidades, debo felicitarlo por la intuición y osadía. Allá él, pero que luego no se culpe a nadie ni se diga que no estaba advertido. Tampoco hace falta haber finalizado la lectura de la novela para retomar esta conversación; si el lector ya tiene noticias del finado Walter Bueno -malogrado escritor que se mató en un accidente de auto en la ruta a Mar del Plata y no aparece en la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik- comienza a saber lo que lo imborrable puede significar. Se puede disponer pues a dar las cartas sabiendo que se juega contra naipes marcados.

En Lo imborrable coexisten por lo menos dos textos como suele suceder en Saer. Un territorio que se integra al conjunto de la obra total, dominio textual que desdeña fronteras fijas y se interacciona de libro en libro, de novela en novela. Parte del todo, intersección de conjuntos donde escritura y personaje principal cristalizan tendencias estéticas, pulsiones del magma saeriano anteriores al año 1992, se abren perspectivas para la recta final y hay personajes –Carlos Tomatis, obvio- que lo acompañaron hasta las últimas páginas escritas en París. Postulo lo de Tomatis porque resulta incalculable el tiempo que pasaron juntos esos dos, si se suman las horas de meditación y escritura, lectura y notas en cuadernos y papelería de hoteles del mundo; parecen hermanos de sangre, no hay casi texto que no deje recuerdo de su complicidad. Parodiando a Flaubert, Tomatis podría afirmar “Saer soy yo”. Esa persistencia y perseverancia es más que una tramoya narrativa, está diciendo algo del misterio de la creación literaria, sobre la membrana que separa / une la escritura de lo real. 

La ventaja de Saer es haberle dado a la escritura y su pregunta sobre la encarnación una solución que en cierto momento se llama Tomatis. Luego está la novela redactada esa, esa novela en la que estamos, entidad publicada entre la palabra “pasaron” que abre el texto y la palabra “fuerte” que lo cierra. Leída en su intensidad propia, con la incertidumbre entre certeza y duda que atrapa como un agujero negro y ese barro de la depresión donde chapalea el protagonista mientras ella agoniza. Ella es la madre que murió en el mes de marzo, allí donde el texto se convierte en la única referencia autosuficiente. En un principio, cuando apenas salía del horno Lo Imborrable fue considerada una obra lateral, no estaba en el reparto de las medallas y venía entreverada en el pelotón. Con el paso del tiempo –más ahora que estamos en el año 2042 o después de tener noticias de que la novela de Walter Bueno se titula La brisa en el trigo– arrecia con fuerza de lluvia. Arremete de atrás como esos caballitos criollos en las pencas cuadreras que ganan por un pescuezo en los últimos metros. Irrumpe en todo caso -ya es más que suficiente- como libro de transición y pieza ineludible de una trama en tres dimensiones: algo se termina, algo se anuncia. 

Para entender el sistema Saer es prudente conocer Lo imborrable que imanta los títulos que la rodean. Más que escribir novelas que se suman Saer emprendió una obra infinita por definición. Como si la novela de 1992 donde es a la vez el mismo y el otro, pudiera parangonarse a Invenciones y Sinfonías de Bach, a la Obertura a la Francesa para que podamos entendernos. Luego de la publicación de Glosa en 1985 a mi parecer una de las etapas insuperables de la escritura del autor, momento de epifanía de la novela en tanto género en cualquiera de las categorías que se consideren, después de La ocasión de 1986 con la cual ganó el premio Nadal en España, escritura y legitimación internacional parecían haber coincidido por aquellos años. Doblete significativo en pocos meses, y claro que era interesante estar atento a la próxima movida del escritor que no aparecía tan evidente. El progreso de su obra no se podía adivinar; como si el autor más allá del innegable poder, también se cotejara con fuerzas que provienen de la sinergia secreta de textos anteriores y escrituras potenciales.

Debieron de pasar seis largos años para que se resolviera la incógnita, acceder al nuevo proyecto con la impronta de los afectos. Emula un recordatorio de la educación literaria y sentimental, como si en la cuarentena del creador la juventud propia comenzara a ser tema pasado y la existencia de personajes recurrentes fuera marca indeleble pautando el paso de los años. Dedicada al pintor Juan Pablo Renzi amigo del escritor y cuya obra ilustra la cobertura de la mayoría de sus libros, fallecido el mismo año de la publicación de la novela; un verso de acápite de Juan L. Ortiz casi anónimo –que da título a nuestro prólogo – y la novela “personaje en progreso” en tanto proyecto, orientada a Carlos Tomatis, que tal vez se impuso como presencia en la secuencia de Saer, en ese paréntesis, en pleno ajuste de cuentas con la vida sentimental, la depresión polifacética y la literatura. Dentro de la integral Saer (de la obra completa, de la biblioteca) quizá ninguna novela está tan asociada a esas referencias de cercanía humana y a un personaje del ciclo y que, mediante ese hecho textual, se transforma en pieza de discusión de la que se puede denominar comedia humana saeriana. 

La distancia de la ficción se fragiliza, por ello la toma de riesgo es más peligrosa, la coexistencia del mundo real y el ficticio se adelgaza, el pasaje de una condición a otra es menos dominada. Saer lleva allí el texto a la dimensión de reflexión y a una filosofía de la escritura. Lo integra a un drama reconocible del escritor secreto de provincia demasiado distraído por la vida: “Yo que me había pasado mi vida pensando en Cervantes y en Faulkner, en Quevedo y en Vallejo y en Dostoievsky, me descubrí a los cuarenta años rumiando para conmigo mismo todo el santo día historias de suegras.” Hasta se podría conjeturar que en Lo Imborrable Saer explora, en práctica de relato, la compleja relación de un autor con un personaje –mucho más cuando se trata de un recurrente del “elenco estable” como decía el autor-. Estrecha colaboración que suprime casi la convención retórica del narrador como figura intermedia de la cual, por una vez, puede prescindirse en razón de una conexión directa que dinamita los puentes de la función poética del lenguaje. La novela incorpora el tema de esa distancia. Es una relación la de esos dos que viene de lejos y que podemos rastrear desde los primeros principios, hasta la sospecha de que Tomatis se integra al anecdotario virtual del autor.

Es En la zona de 1960, en el relato Algo se aproxima donde se escucha un “él” que ya dice de Tomatis cuando afirma: “Estoy hasta la coronilla de literatura.” En Palo y hueso de 1965 comenzamos a frecuentar el Tomatis habitual de las definiciones radicales y la relación indisoluble con la escritura. “A Tomatis lo único que parece interesarle seriamente es la literatura. De todas maneras, a él no le queda más remedio que trabajar en el diario, porque a esta altura, y como van las cosas, en este país la literatura no es una profesión: es una changa.” Del conjunto de los personajes recurrentes Tomatis resulta el más preocupado por conocer su naturaleza verdadera, el que está dispuesto a desenmascarar la estrategia y la persona que está detrás de sus gestos; sin que lo explicite, conoce tanto de poesía que puede incluso suponer que necesariamente hay un creador detrás de su existencia. No cree en dios, pero adora el soneto y es capaz de deducir su antropología cultural poética, descender hasta su fondo de ficción sin temor a contar los escalones. Como lo hacía el tío farmacéutico a la búsqueda del hombre no cultural, el mismo tío que le legó unos bienes para alivianarle la vida en la madurez, y acaso lo reconcilió con la profesión luego de la experiencia con la otra farmacéutica de Lo imborrable. La veterana elegante, la suegra del mundo de los notables de provincia que le pudrió la vida, le pudrió la última pareja y lo desbarrancó en la depresión por la zancadilla de los valores en el episodio de la flaca Tacuara. La abuela de Alicia, su única hija.

Será en La vuela completa de 1966 que la figura insinuada comienza a tener opacidad densa y reclamar algo más que propósitos efímeros y réplicas ingeniosas. A querer ser algo y otra cosa que un espectro de palabras, oscilando entre el llamado de la vida cotejando el vértigo de la escritura. La creación y crecimiento de la obra coincide con la construcción de Carlos Tomatis, presentado en sociedad como un amigo de vieja data, alguien que llegó para quedarse por una larga temporada. Interesarse por la literatura es para un personaje asumir a la vez una ontología y una metafísica. Si tiene una actitud cínica gestionando la vida es porque, ante la ilusión de los otros que se suponen reflejos convincentes de lo humano él sospecha su densidad de ente de ficción. Se sabe personaje de una novela que no llega a leer y por ello Saer –que conoce el secreto de su angustia- lo atiende como corresponde: “-Qué tal –dijo Tomatis. Era un muchacho de unos veintiséis años, bajo y macizo, con la espalda ligeramente abombada. Su gran cabeza, cubierta por un desordenado pelo oscuro, descansaba sobre un cuello corto y grueso. El rostro de Tomatis era áspero y dulce al mismo tiempo; sus grandes ojos cálidos se hallaban separados por una nariz ganchuda que caía a pique sobre una boca de labios gruesos e irónicos. Tenía las mejillas y las mandíbulas oscurecidas por una barba de dos días y llevaba puestos un pantalón gris y una remera de gruesa lana negra.” Silva por ahí un aire de Bach, puede que una de las Sinfonías, tal vez la segunda del BWV 787-801. “-El defecto principal de Tomatis es que es escritor, dijo Pancho. // Pero cada vez que Carlitos ha estado lejos de nosotros ha sido por culpa de la literatura. La literatura lo ha llenado de afección y le ha quitado humildad muchas veces; lo ha hecho juntarse con gente estúpida; le ha oscurecido la mente con prejuicios sobre la decencia, así como a otros se les oscurece por prejuicios sobre la indecencia. Cuando todos nos hemos sentido peor que nunca, él, bajo cuerda, cuando más lo necesitábamos, se las ha tomado a su altillo a escribir cuentos y novelas. Y los bolsillos de toda la ciudad están en peligro cuando a él le da por sostener que la miseria económica del escritor es una injusticia, y la colectividad debe alimentarlo, quiera o no. Pero ésos son gajes del oficio. Si rascamos por debajo de su talento, nos encontramos con un pibe de buen corazón y sobre todo, sumamente inteligente.” 

Es también en La vuelta completa que se comienza a hablar sobre él, participa de las situaciones o está en el cruce. Tiene algo para decir o corregir, juega en diagonal o apenas desliza una presencia, se vuelve cara conocida, figurita repetida: yo a ese fulano lo tengo de alguna parte. Se preocupa más de la literatura como especulación que en tanto creador sistemático, se advierte cierta incoherencia o desajuste entre la densidad literaria que presenta y el intento de pasaje al acto, se contenta con rondar la poesía.

Al respecto, creo que es en Unidad de lugar de 1967 donde menos me agrada, cuando ataca a la poetisa Adelina Flores. Tiene razón, pero abusa del enemigo y no llega a distinguirlo con claridad, como lo hará quince años después. Emite un juicio que no está a la altura de sus modelos de la madurez, parece fatigado por el distanciamiento pueblerino de la práctica literaria y puede que lleve encima una copa de más, como suele decirse en voz baja para apaciguar su salida algo patotera. “La señorita Flores –dijo, riéndose y poniéndose como pensativo- ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa?” Que es cínico lo sabemos, que Adelina no es ni siquiera miss provincia y linda lo ridículo también, lo que no parece soportar no es tanto la previsible obra de Adelina, sino que en alguna parte de la mecánica la poesía haya permitido la representación de una mujer como Adelina.

En Cicatrices de 1969, la novela de la violencia circular es cuando Tomatis –casi en contra del planteo ideológico de la obra- avanza su poética. Parece allí el encargado de teorizar sobre el proyecto en el que está metido para recordarnos cada tanto la existencia meramente ilusoria, nada menos, de su propia persona y también del lector. “No hay más que un solo género literario”, dijo Tomatis. “No hay más que un solo género literario, y ese género es la novela. Hicieron falta muchos años para descubrirlo. Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo.”  Tomatis es el agente doble que infiltró Saer en su obra para avanzar algunas evidencias literarias sobre su proyecto. 

La maravilla de Lo imborrable y luego, es que no lo confronta con un momento de la creación sino de la depresión. Es la apoteosis de Tomatis no en cuanto escritor, sino en cuanto lector acosado por la existencia. Claro que hablando de la escritura de los otros está hablando de la escritura, y que diciendo de la crítica por el juego de espejos está dando cuenta de un canon. En La mayor de 1976 en el cuento A medio borrar lo vemos confrontado a la escritura y a lo que deja cuando pasa el tiempo, “Tomatis, que después compaginó y prologó una plaqueta con dos poemas de Higinio –“El balneario” y “Regiones”- dice que entre sus papeles había un montón de aforismos escritos, cosa curiosa, a lápiz. Le costó descifrarlos porque ya estaban medio borrados.” En Nadie Nada Nunca de 1980 funciona como periodista en medio de la violencia: “Dos o tres días atrás, por otra parte, Tomatis, que había venido a tomar un café a la oficina, le había dicho que la cosa era oscura y que nadie, ni en el ejército ni en la policía ni en el diario ni en el Tribunal, estaba en condiciones de dar una visión aproximada de los hechos.”

Será en Glosa de 1985 donde el sistema Saer y Tomatis se aproximan, insinuando la novela de 1982 en una iluminación de lo que vendrá. Los vimos funcionando en la educación sentimental y en las apreciaciones literarias, y si bien el asunto es otro. En Glosa Tomatis asume una presencia que se impone interiormente desde la necesidad temática y estructural, crece en la opinión de otros personajes, por varias razones y sean las principales: a) El grado de amistad con el homenajeado –fiesta de aniversario mentada desde la ausencia- que lo convierte en invitado clave para los interesados por saber lo ocurrido en la fiesta de que tanto se dice: “Para que Tomatis haya lavado las ensaladas y vuelto a lavar los pescados, tiene que estimarlo mucho a Washington.” 

b) La latencia y duda escrita del cruce de la conciencia con lo que suele llamarse el mundo, cuestión superior en la obra de Saer: “Desde el despertar, la realidad lo amenaza –la realidad, ¿no?, que es otro nombre, y de los menos felices, posible para eso, y que puede ser, a causa de su opacidad obstinada, adversidad y amenaza.” 

c) Escribe el acápite de la novela que estamos leyendo: “-Yo también escribí un comunicado esta mañana –dice, y, sin otra aclaración, se pone a leer lo que está escrito en la hoja: En uno que se moría / mi propia muerte no vi, / pero en fiebre y geometría / se me fue pasando el día / y ahora me velan a mí.” 

d) Tenemos su versión de los hechos para los otros dos, que se están haciendo la novela sobre lo ocurrido; pero él estuvo allí, él estuvo esa noche y lavo lechuga y luego en un par de visitas le liquidó al poeta Washington Noriega, que venía de festejar sus 65 años el jamón que le habían regalado los mellizos Garay: “-Más vale me callo –dejan pasar, sobreentendiendo el colmo de la abyección, los labios nerviosos de Tomatis y, demostrando triunfales la inconsistencia del plano denotativo, prosiguen sin transición (y más o menos): poco más o menos, el cumpleaños de Washington ha sido un rejuntado de borrachones, pistoleros y cabareteras.” 

e) Su visión de las mujeres y que puede explicar mucho de Lo imborrable: “Tomatis, para quien todo ejemplar del sexo femenino cuyas medidas de torso, cintura y caderas no coinciden con las de Miss Universo es un ente borroso y transparente.” 

f) Tomatis visto por el Matemático: “Pero Carlitos es así. Es así. No hay nada que hacerle. Capaz de lo abyecto y de lo sublime. Que un muchacho como él puede tener esos bajones es algo que se me escapa. Hay días en que no se controla. Yo creo que lo afectan demasiado las dificultades y cuando se le presenta un obstáculo en vez de tratar de resolverlo como cualquier hijo de vecino no se le ocurre nada mejor que empezar a desparramar mierda sobre le prójimo.” 

g) Sabemos el regalo que le hizo al poeta, lo que dice de su conocimiento del homenajeado y también de él, sobre todo de él: “Tomatis, un álbum de grabados pornográficos japoneses del siglo XVIII;” 

h) En tres páginas maravillosas se expone el proyecto total de Lo imborrable, la maqueta de la novela a venir, que aparece como el desarrollo posterior, años después, de una oración de Glosa, como si la novela posterior en fecha pero seguro que coexistente en lo que no sabemos, resultara la proliferación de una frase de otra novela: “En esos tiempos Tomatis estará sufriendo de eso a lo que los individuos que llaman psiquiatras, llaman una depresión, de la que unos meses más tarde ya habrá salido a flote, pero que en los días en que Leto lo visitará estará en lo que esos mismos individuos hubiesen llamado su fase crítica.” Eso se llama la escritura en los paréntesis y en los intervalos, ello lleva la escritura al momento crucial de otros procesos que acaso debamos llamar metafísicos del arte, aún a riesgo de parecer un lector de la guardia vieja.

Las citas previas serían el verdadero prólogo a Lo imborrable entendiendo por tal no los párrafos de otros que preceden la obra, sino lo insinuado sobre la novela que escribió el autor antes; en su segunda acepción se vuelve una ordenación de materiales de lo que tiende a, de lo que anuncia. El prólogo secreto se venía escribiendo desde antes, los temas estaban dispuestos y la novela es nada más, pero nada menos, que la puesta en novela dentro de un todo. Lo imborrable tiene algo inquietante de previsible e inevitable. Como la materia que se apelmaza hay fragmentos de Tomatis girando en el espacio con mayor o menos intensidad buscando su centro gravitacional; era también el autor que se estaba buscando y luego de Glosa irrumpirá lo de Tomatis, que es todo eso que venimos de ver. 

La novela del 92 comienza con esa memoria diseminada en los textos, es el experimento de inmersión a una historia personal más densa –al menos me lo parece o lo quisiera-. Un testigo con un destino de segundo plano que se ve asignado a llevar adelante una misión de extrema importancia. Quizá había el proceso y la adolescencia de las ilusiones poéticas en una ciudad metonímica (que podía ser provincia, país y el cosmos mismo) que tritura con sistema. Saer lo destinó a pasar una temporada en el infierno y luego nos cuenta los tres primeros días del reencuentro con el mundo ese, que puede ser la suma de las cosas que acaecen y con lo que hay que lidiar cada mañana después de afeitarse, si la cosa camina después de tomar el primer café del día: sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. Una novela desencantada del segundo aprendizaje, el post grado luego de la secuencia de los fracasos, del catálogo desencantado de la poesía, del amor en pareja, del periodismo como glosa de la realidad, del tiempo que pasa, la muerte de la madre y la delicuescencia mental de los amigos como Mauricio. 

No sea que después de la gran novela y del premio de Editorial Destino, uno termine por creerse eso contra lo que batalló toda la vida y entonces Lo imborrable resulte lo opuesto de lo que podía esperarse de la situación socio- estética del escritor o al contrario: paciencia y barajar que comienza otra partida, el escritor que evalúa la situación y opta por el riesgo, que es una postura ética ante la literatura. Eso es Saer, genio y figura. 

Lo imborrable parece, tiene la tragedia de la ficha fetiche en el bolsillo del pantalón cuando se escucha el último hagan juego señores entre las mesas del casino, de la última ronda de champagne trucho para todos en el cabaret porque las coperas están bostezando. La literatura de aspiración coral se hace solista y el elegido es Carlos Tomatis. La condición humana para profundizar –en el horizonte temporal donde evoluciona la obra de Saer- es la que corresponde a los años de formación del autor. De ahí que sea la novela de la escritura y tiene la triple fuerza de los textos capitales: incita a pensar en el autor porque allí está lo anterior, induce a considerar el contexto porque es el relato de una circunstancia irrepetible, obliga a que se hable de la novela porque siempre es cuestión de la novela, de su redefinición formando parte del acto creador.

En una primera aproximación puede glosarse de dietario no escrito y delimitado, una meditación sobre las paradojas de la existencia que funciona a manera de memoria y confesión, espejo y desintoxicación que insinúa la recaída y aludiendo una redención. El plan del relato asume cierta libertad de la errancia urbana; periodista y captado por la rotación del juego, hombre reservado en su poesía y dialoguista en los cruces con los otros en la Polis, Tomatis es emblemático del antihéroe de la modernidad. Trata de ser derecho sabiendo que puede tener reacciones de canalla, tiene un grupo de amigos para sonsacar la polaroid de manera socrática de esa zona fugitiva de la juventud. Entre el dónde están que denuncia el paso de los años, las nieves de antaño como interrogante de la poesía y la obligación del intenso presente, él toma distancia y prima el imperativo de dejar para luego, cuando no estemos y menos interese un cuadro de familia devastada. Esas reuniones de asado junto al río o despedida de soltero: así éramos, asumiendo esa configuración, probando la manera de cotejarse a la tradición y la región, el amor y la historia, los desajustes de la vida ética y sexual -y claro y siempre-, la tentación de la literatura. La amante más desdeñosa entre todas.

Como habitualmente en Saer el relato se inscribe en una temporalidad que puede ser la sesión de psicoanálisis, de un curso universitario o una película: la reiteración del mes de mayo que llega después de la crueldad de abril y repetido cuatro veces en el plan obsesivo de Cicatrices. Saer capta los segmentos significativos, momentos fragmentados de cambios radicales allí donde la vida no es sólo la vida que resulta insuficiente e incluye el despliegue, la detonación o la ocasión de que circulen las crisis y contradicciones: cuando de tan intensa escapa a la banalidad y se vuelve novela. En Lo imborrable las cosas pasan en el tiempo dual del reloj y el calendario. Entre el martes de nochecita al viernes al mediodía, algo así como unas 72 horas pero que, por la fuerza de la escritura se expanden en la temporalidad doble que supone el tiempo novelado. La versión parodiada de la expresión sabida, como cantaba Alberto Castillo con los Indios de Ricardo Tanturi: por cuatro días locos que vamos a vivir. 

Entre lo que ocurre en esas horas, no es lo menos interesante la concentración de momentos simbólicos de Carlos Tomatis y se puede evocar la indagación en un personaje. Tratándose de Tomatis es un viaje al lenguaje y diagnóstico puesta a punto relativo a la literatura. Por estar Tomatis tangente a la experiencia novelesca y poética, no sólo puede esperarse intensidad sino expedición a las fronteras del relato y el poder de la ironía, la extensión de la glosa y eficacia del epíteto. En ese imperativo de la modernidad (“Están incontrolables desde que vieron La Dolce Vita, le he oído decir a Tomatis con desdén distraído, la semana anterior.” en Glosa) el planteo de las secuencias, los planos, el montaje, habla de técnicas de realizador: traveling, flasback, fundido encadenado, corte y montaje con una réplica final digna de guionista de cine.

De la primera lectura de la novela recuerdo escenas como el viaje en automóvil al aeropuerto para llevar a Julio César Parola, el especialista en marketing venido de Buenos Aires y la presentación formal sobre la página. Un juego referencial con el cual el lector entra y sale del texto, ayuda memoria al margen de la página y ahuecando el párrafo. Cartel breve de cine mudo, lectura con subtítulos como en los periódicos de la tarde. Referencias al margen (203) que señalan el centro, notas imprescindibles (evocación de Roland Barthes, “Fragments d’un discours amoureux” de 1977) por si se borra el resto, la novela escrita en su forma más breve. Notas que están ahí “después” del texto o “antes” del texto: sostén al narrador con la ayuda del autor (¿quién escribe esas notas?) replicante a cada vuelta de esquina, cartelitos parecidos al de “Moro vende” en La grande. 

Repitiendo el procedimiento de otros libros, Saer se apoya en los dioses de la casualidad acaso inducida, como si la fuerza fuera el sino indetectable de los juegos de azar y los personajes buscaran otra martingala ante el girar de la existencia. A falta del Olimpo hablamos de efecto mariposa y en lugar de la fatalidad de las antiguos, de energía de mecano, artefacto, la trama dependiente como en un Casino donde el secreto es que el destino se juega en varias mesas, rigiendo un orden oculto ante el cual los hombres se desesperan en su ignorancia. Estamos en el otoño de nuestro descontento y en la salida de la depresión. Siendo asimismo la salida de lo otro sabido, el borrón imborrable en la memoria colectiva y que se superpone o se fusiona con el dolor personal. La salida es la memoria selectiva y el ajuste de cuentas, la exposición más que denuncia de fenomenología bajo el fascismo; la violencia tiene otros soportes que el militar: es el discurso mediático televisivo y el ingreso de la infamia en la familia. Es axiología de relatos consumidos y pequeñas traiciones. 

Para qué insistir en lo que podía adelantarse: el testimonio y denuncia del primer plano sería abundante, la redundancia al respecto siendo necesaria puede terminar por ser ineficaz. Con Tomatis vemos la constancia del desastre en el escritor, en el discurso, en la escritura que necesita el sostén de esas palabras al margen, en la novela, en sistemas pervertidos de legitimación y el entusiasmo de la lectura. En el estado de alerta ante el olvido y su forma social que es la amnesia programada. En eso que tiene de intimista Lo imborrable es un alegato irónico e implacable contra la industria cultural, por si hiciera falta eso de entrar en detalles. Estamos en el otoño, en mayo mes paradigmático y a dos meses de la muerte de la madre; también veinte años después y cinco o seis años atrás. La depresión tiene la relativa virtud de concentrar la existencia y hacerse relato. Ese Aleph no muestra en sus escalones el prodigio del mundo sino el pasado personal, como si el ayer llegara en auxilio a dar explicaciones de un malestar que no las tiene, mostrando para ver claro en la salida y si las tiene no puede llegar a reconocerla. 

Hace ocho años que no publica una sola línea. Está en los cuarenta años. “Pasaron, como venía diciendo hace un momento, veinte años: anochece.” Es la primera oración de la novela. Luces de neón del emblema del hotel Conquistador. La salida de la depresión y la muerte de la madre, más la separación en una combinación demasiado fuerte. En esa orfandad de la madurez llegó el momento de confrontarse con la existencia, en ese magma de vida social y educación sentimental. La relación de la literatura como juego amañado entre teoría y praxis. 

Resumamos la historia: Carlos Tomatis está en la calle a la intemperie en un casi renacimiento. Un hombre lo interpela y lo invita a juntarse con ellos en el bar. Allí entrará en relación con la pareja en cuestión de Vilma Lupo (inminencia de la treintena, llamada vagina dentada por las malas lenguas) y el pelado Alfonso (cincuentón largo) de Bizancio Libros, que organizan su llegada en cruzada cultural a la ciudad bajo temporal. Es cuestión la coincidencia de una novela de Walter Bueno, La brisa en el trigo que resulta el denominador común de los implicados y el general Negri. La asociación es inmediata sin que haga falta organizar un coloquio sobre las relaciones entre dictadura y literatura. De las secuelas de la novela de Bueno, desde similitudes de argumentos y vida hasta la redacción de un brulote incendiario, también de relaciones peligrosas con las mujeres. El famoso artículo de Tomatis (“La idea que Walter Bueno se forja de la novela y el camino elegido por toda novela lograda son divergentes”) fue publicado dos o tres años atrás en el suplemento literario de La Región. Eso que se repite, más un ejemplar de la novela de Bueno anotada con saña por Alfonso son pasaportes para la idea que está flotando y se va consolidando: la propuesta de la dirección de una revista cultural para Tomatis, que aparece como una garantía intelectual. 

El CV vigente cuando se mira hacia atrás el sótano de la depresión, es la crónica de la vida amorosa; el catálogo es este, escuchen y lean conmigo. Un primer matrimonio con Graciela que se parece a un error de casting de la juventud. La relación con Haydée, que tiene una madre farmacéutica y le dio una hija de ocho años que se llama Alicia. Del segundo matrimonio con Marta que se suicidó, como Blanca que era la esposa de Alfonso; pero todo eso es bien fácil de hallar porque el amor tiene cara de mujer diría un personaje de Bueno. Cada una de esas relaciones tiene una patología de la sexualidad que parece conformar las tesis más populares del doctor Freud, tan manoseadas por las revistas del corazón. Y los amigos:

“-Tu mujer y los chicos bien supongo –digo.

-Bien. Ningún problema. ¿Y vos? –dice Reina.

-Yo algunos –digo-. Me separé de Haydée. Dejé el diario. Y murió mi madre también.

-Supe algo de todo eso, si. Un buen paquete –dice Reina-. Me hablaron de depresión también. Pero por la voz, me doy cuenta de que ya estás saliendo.

-Más o menos –le digo.

-Si, si –dice Reina-. Nunca se sale del todo. No se es el mismo después. En cierto sentido es ser mejor.

-Llamo al hombre – le digo-, y me topo con el psiquiatra.”

La labor literaria del convaleciente del alma parece reducida al trabajo sobre cinco sonetos: Lucy (del cual conocemos una versión) / The blackhole (que también podemos leer) / La mañana / Eco y Narciso / s/t. Ese es uno de los centros de la probable salvación: “La medida, el verso, la rima, la estrofa, la idea pescada en alguna parte de la negrura y que hace surgir, ondular, plegarse al vocabulario, acumulado misteriosamente en los pliegues orgánicos, se vuelven rastro en la página, forma autónoma en lo exterior, floración cristalina que centellea y, que, por haber puesto un freno a la dispersión, a causa del prestigio heroico de toda medida, ya imborrable, me apacigua.” 

La última etapa viene durando unos siete meses: el episodio Tacuara que el lector descubrirá y la separación irreversible con la mamá de Alicia, la vuelta a la casa familiar y la muerte de la madre. La poesía funciona como bote salvavidas en el naufragio en medio de la tormenta. Hasta podría decirse que hay una lección de axiología, como si en el momento en que el ser humano no sabe lo que es, al menos que sepa donde se halla la literatura y que funcione como faro de referencia en la costa escarpada. Saer hace ingresar la crítica de la literatura en la sociedad contemporánea como un tema de la novela. No sólo es criticar la textura técnica de Walter Bueno, sino que allí están ante nuestros ojos algunos párrafos significativos de su prosa en un desdoblamiento que desafía la esquizofrenia y resulta magnífico. Por otra parte, el material publicitario de Bizancio Libros resulta un verdadero curso de novela contemporánea. Constancia de naufragio de la industria cultural, crítica de la recepción y decadencia del mesurado arte de la lectura. Hay en ello algo de lúcido y desesperado, de una utopía de la excelencia. Juego del vale todo y falla en el rechazo de ciertos textos de tránsito, útiles para despertar conciencias pausadas. Consideremos el caso paradigmático William Somerset Maughan y que supone recordar la estampa de Tyrone Power, de traje y sombrero en El filo de la navaja, vista en la función vermú en algún cine de barrio. 

Al final, al menos dos preguntas esenciales se instalan en el lector. La primera: ¿qué es lo imborrable? Lo imborrable es una noción y en Amigos de La Mayor Leto incorpora el concepto. “Y a medida que se desplegaba, como el pájaro que se come a sus huevos, el tiempo iba borrando los acontecimientos, sin dejar de la vida humana otra cosa que su presencia indeterminada, una especie de grumo solidario que iba reduciéndose y encontrándose en algún punto impreciso del infinito y del que todos los individuos, como consecuencia justamente de su condición mortal, formaban parte. Ese grumo, pensaba Leto, tenía una sola cualidad: era imborrable.” Lo imborrable es la vivencia de esa depresión asociada a la muerte de la madre, por una vez parece tener causas que se ven y se comprueban. Lo imborrable es el general Negri, sus secuaces y los que quedaron por el camino. Lo imborrable es una traducción posible de El retrato de Dorian Grey del doctor Ernesto López Garay en Cicatrices, “Alzo una de las lapiceras a bolilla de sobre el escritorio, y me dispongo a trabajar. La última frase escrita en el cuaderno es la siguiente: “Ahí había un imborrable (perenne) (siempre presente) (eterno) signo de la ruina (perdición) que los hombres llevaron (atrajeron) sobre sus almas”. Lo imborrable es el final de la Cicatrices donde se llama como Pablo a Corintios a la necesidad de la herejía: “Entonces comprendo que he borrado apenas una parte, no todo, y que me falta todavía borrar algo, para que se borre por fin todo. NAM OPORTET HAERESES ESSE”. Lo imborrable es la novela de la que venimos y la que nos espera, en el descubrimiento y la relectura, en la vuelta a la peregrinación de Tomatis con la cúpula de Bizancio Libros, porque lo imborrable es lo que se sigue leyendo en el 2042 y luego. Lo imborrable es transfiguración de la escritura cuando Saer supo la terrible verdad: “Maintenent, ce que tu n’as pas fait, tu l’as fait; ce que tu n’as pas écrit est écrit: tu es condamnée à l’ineffaçable.” Maurice Blanchot en “De Kafka à Kafka”

La novela puede admitir una segunda pregunta más barrial del lector escéptico y que queda suspendida en el texto: ¿irá Carlos a buscar a Alicia el viernes por la noche a las siete en punto? 

La fiesta: master take. Chick Corea

Aquí se cuenta la llegada confirmada y que nunca ocurrió de Chick Corea a la ciudad de Montevideo, es el último cuento del libro “In Memoriam Robert Ryan”; los ocho relatos que lo integran tienen un principio organizador cronológico. Todos acaecen el día de la muerte de Elvis Presley el 16 de agosto de 1977 y yo estaba ahí, por eso me acuerdo del paisaje afectivo como si fuera hoy. El relato de esos años quedó captado por los protagonistas de la acción que asoma a la superficie y exhuman historiadores, sociólogos y el periodismo. El narrador siempre llega atrasado, es el que lee los papeles tirados por el piso, espía debajo del agua tratando de zurcir la historia natural de la sociedad a la intemperie, el último que pasa por la feria vecinal para hacer el puchero con los restos. Así, las peripecias allí evocadas nunca aparecieron en ninguna historia de esos años publicadas posteriormente, ocurrieron en el tercer reino espectral de la ficción. Los escritores trabajamos con materiales del olvido y la amnesia, que a veces es premeditada entre los celosos cronistas de lo real. 

La anécdota comienza con una experiencia personal que se hizo frustración, evoca alguno de los viajes de entonces a la ciudad de Buenos Aires a buscar por unas horas el centro extraviado. Un rodeo ilusorio de corta duración, comprar mocasines porteños, vagar por Corrientes viendo que el cabaret es una fuerza resistente considerable, comer un bife con papas fritas en las parrillas de la calle Montevideo, recorrer las mesas de saldo de Fausto y escuchar la porteña jazz band, los sábados pasada medianoche en el sótano de Tortoni, en Avenida de mayo: estrategias de supervivencia mental. Recuerdo haber ido especialmente a escuchar a Roberto Goyeneche en el Viejo Almacén, haberlo cruzado y decirle dos pavadas en los corredores que llevan a los baños. Al rato, sentir la piel de gallina cuando empezó la actuación a menos de tres metros -cantar arriba y atormentado por llegar- con Cristal (Mariano Mores y José María Contursi): tengo el corazón hecho pedazos… rota mi emoción en este día… noches y más noches sin descanso… y esta desazón del alma mía…

En el año 1981 fui a ver a Chick Corea que tocaba con Gary Burton en el gran Rex. Esa es la escena chispa del relato y el tener que haber cruzado el charco para verlo fue raro, aceptando con dolor que ellos nunca irían a Montevideo. La dictadura también era eso: Chick Corea nunca iría / vendría a Montevideo. El cuento trata de esa frustración y de las mañas para salir de ese trancazo emocional; mediante un error o una ficción de bolsillo que uno decide armar y leer para salvar la memoria falsificada. Maquinaciones mentales del tercer whisky, el hábito de la imaginación sin collar o resultados imprevisibles cuando el cerebro comienza a desarreglarse. Después, llegan figuras retóricas que se imponen y son estrategia política; el paseo nocturno por una ciudad triste de luces apagadas, la sensación de soledad y aislamiento y esta desazón del alma mía. Conciencia de los otros mundos paralelos que están en este: nosotros ahí jodidos y David Bowie inventando la trilogía de Berlín… 

Todos los personajes que ahí aparecen son reales y eran mis amigos. Es cierto que la vida claro y que yo mismo me distancié, pero aquellos años hicieron que explotara el divino tesoro y me pregunto dónde están los amigos de la juventud, mucho más nobles que los infantes de Aragón. Casi un espejo menos luminoso de lo que aconteció con los ancestros del 900, que poéticamente son nuestro no futur. Ahora releo y escucho aquellas voces, recordarlos es un gesto político, el relato es confrontación y no hay que dejar que viaje en su solo sentido; tampoco es cuestión de protagonista, sino de asediarlo al olvido. La resolución de los tramos finales del cuento tiene una apariencia de trip sicodélico y fue escrito sin ayuda del Dr. Walter White. En aquellos años la moral dominante era menos decadencia de paraísos artificiales y más justicia del reino de este mundo; había que recurrir a la dialéctica con síntesis y adrenalina de escritura para alcanzar los nirvanas azules. Ahora que la venta de marihuana es libre en Uruguay y Marley se escucha más que Chico Novarro, en la ciudad vieja del león rojo y el perro que fuma, los atajos a la creatividad deberán ser más fluidos. 

Haberlo sabido antes… ese día que murió Elvis corroboro -cuarenta años después- que Chick Corea actuó en Montevideo, y también tocó “Spain”. ¿Habrá vida en Marte?

Alma, inclínate sobre los cariños idos

El mes que viene hará quince años de la muerte de Juan José Saer, el tiempo contaminado que pasa arrastrándolo todo y la memoria insistente prosiguen su mismo combate. El proyecto donde se inscribe nuestro trabajo, fue iniciativa de Paulo Ricci en el 2010, cuando se cumplían cinco años del fallecimiento del escritor; consistió en convocar a narradores y críticos, pedirles un prólogo sobre una de las obras de Saer, publicar luego un libro que editó Seix Barral Buenos Aires en el año 2011. Fue un episodio feliz para valorar la obra de Juan José, de la misma manera que las actividades del año Saer (2016-17) en Rosario y Santa Fe; así como el memorable congreso fundador en la Grande Motte, organizado por la profesora Milagros Ezquerro en mayo del año 2001. 

La ironía del jugador nostálgico, hizo que los últimos años Saer los viviera contemplando el vuelo de halcones citadinos de la calle Mouchotte, en Montparnasse; allí seguía escribiendo a su ritmo y dictando cursos en la universidad de Rennes. La nombradía aumentaba pendiente del comando de amigos fieles, con episodios esporádicos de tiempo tormentoso; la amistad perseverante de los editores, teniendo como buque insignia a Alberto Díaz que entendió antes que todos, aguantó la travesía a pie firme y editó luego los cuadernos inéditos, ordenados por el amigo Julio Premat. Después de la muerte comenzaron movimientos estratégicos, en ese período misterioso de escisión entre vida y obra; la episteme distraída que se pone al día y trata de entender, con retardo, cómo su vida cruzó la literatura sin saberlo en tanto la postmodernidad se devora a sí misma. 

Saer está sujeto al canon en nuestras actividades literarias; lo que viene después de… aquello destacado del lote entre las novedades, lo que resistirá al olvido, la articulación pertinente entre tradición y originalidad. Es pasaje obligado si uno quiere estudiar literatura antes que extraviar sin beneficio los trabajos y los días en lo perecedero; ello en los círculos concéntricos de la piedra en el charco, con discusión en cada dominio activado, que para resumir serian: la literatura argentina después de, la lucha por una hipotética influencia latinoamericana, narrativa en español y luego la novela a secas. Sus libros son cursor preciso para reconocer editor, críticos, docentes universitarios y lectores; siendo los péndulos de la novela más tenaces que la existencia humana y el suplemento dominical, digamos que esto recién empieza. “Zona de prólogos” título adecuado entre la definición y lo difuso, el adentro y el afuera, reúne veintidós trabajos con aportes entre otros, de Beatriz Sarlo y Alan Pauls, Martin Kohan y Nora Catelli. Cuando manifesté al compilador que elegía “Lo imborrable” al parecer estaba el puesto vacante; es verdad que no resalta entre las obras de más referencia, lo que es un descuido a mi entender. 

Tratando de recordar los años en los que transcurre la novela -circa 1980- miré unos archivos que se encuentran en la red sobre actualidades argentinas. Fue juntar fragmentos de juventud, montaje de identificación inmediata en medios audiovisuales y presa escrita, aviones de Pluna que dejaron de aterrizar en Aeroparque y alíscafos de Buquebus. La historia trágica fusiona en parodia con la peripecia personal, testimonio de documentos históricos y crónica mundana menos gloriosa. Pinky en la tele pasando del blanco y negro al color, escenas sentimentales de “Rosa… de lejos”, Federico Luppi cortándose la lengua en primer plano y Raffaella Carrà haciendo estragos sin parar de moverse. Galtieri, Reutemann y Olmedo son apellidos con metonimia antagónica y relanzan narraciones diferenciadas en la memoria; lo que ocurría en el mando despótico, la espuma en la apariencia -propaganda e industria cultural- y lo que se urde en la novela. 

Esa confusión premeditada se verifica en la literatura como experiencia social que todos guardamos en recuerdo; “Lo imborrable” lo captó de manera lúcida mediante la estrategia de conocer al enemigo por dentro. La realidad es algo confuso tramándose entre la espera de justicia, tics chistosos de cultura popular y memoria de escenas novelescas; todo es muy raro, tiene algo de vidriera irrespetuosa donde se mezcla la vida: el viernes 6 de marzo del 81 Queen, con Freddie Mercury actuó en Rosario, a unos 173 kilómetros de Santa Fe y del Hotel Conquistador. Ser lúcido como programa sería la lección, distinguiendo entre lo efímero y lo imborrable que nos aguarda antes de que sea demasiado tarde. 

Sigo teniendo una persistente debilidad admirativa por esa novela; quizá la ciudad bajo la lluvia y hoteles de provincia, las notas al margen, proyectos de revistas literarias y sellos de divulgación a lo Bizancio -unos meses intenté vender diccionarios puerta a puerta para editorial Jackson de Montevideo-, quizá la forma donde la violencia se acomodaba a la vida real; del resto hablo en el texto. Explora por caminos transversales la relación menos simple de lo aparente entre historia y literatura; “Lo imborrable” es la novela de la literatura en la sociedad argentina de aquellos años, con sus máscaras tétricas y ediciones de tapa dura.

Si tuviera que elegir una razón y apostarle la última ficha, seria sorprender al héroe en crisis de muerte y transfiguración. Carlos Tomatis tiene aquí algo del hombre sin atributos pegado a su paisaje urbano en tanto destino, negociando los términos de la depresión, observando y siendo el avispero social, aceptando las arritmias de la vida amorosa y teniendo la poesía como puerta de emergencia. Los primeros versos del poema de Juan L Ortiz le dan título al ensayo, veamos si con la última estrofa del mismo poema podemos ser más claros,

La gran piedad, alma, es la del héroe,

pues que ella toca toda, toda, la cadena del tiempo…

Y esos cabellos al viento, con la edad del porvenir,

son, a pesar de su alegría, si,

los del héroe visible…

París: ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero

A la memoria de Jorge Cuinat

la música favorita de los conejos es el Quinteto en La mayor op. 114 «La trucha», de Schubert.

Compartir algunas reflexiones sobre «París» la novela del uruguayo Mario Levrero resulta pertinente y oportuno en ocasión del presente coloquio, que se desarrolla en la ciudad real objeto de la metáfora urbana del escritor; con una dosis de espiritismo estando yo ausente y siguiendo los debates a distancia desde Montevideo. Pertinente pues induce e invita a considerar la producción de un escritor secreto según los actuales criterios de visualización social literaria, con mucha obra publicada y escasa crítica; por permitir focalizarnos bajo mi entera responsabilidad sobre un texto de título significante y austero que, desde su enunciación escueta se abre a diversas lecturas dispuestas acaso en sinergia. 

París, la ciudad ésta donde están quienes escuchan y la de ahí afuera del anfiteatro, en tanto tema se trama en laberinto como una de las recurrencias obsesivas del narrador por el momento. Tal nuestra hipótesis de trabajo inicial y congruente, porque hay en ello más de extrañeza creativa que de confirmación retórica. Nos parece oportuno pues el tema ilustra de manera ejemplar, el espíritu de esta convocatoria: encuentro e interacción de dos culturas -la francesa y la uruguaya- consideradas desde el punto de observación del año 1987. 

Texto y evento parecen legitimarse recíprocamente, actualizando un intercambio regular actualizado periódicamente desde hace bastante tiempo. El contacto se ilustra, oficialmente, en episodios de política cultural y también bajo modalidades de dependencia sutilmente oníricas, reiteradamente metafóricas e insistentemente simbólicas. De esta última especie citada son las que nos depara la obra de Levrero, siendo lógico el imperativo para la ocasión de estudiar el tema, un título y esta novela considerando el conjunto de lo publicado hasta esta fecha coloquial; sin perder de vista que se trata de un corpus en constante movimiento. 

Propiciando un tráfico pautado por instituciones orgánicas de honestas buenas costumbres, se filtran vínculos con apariencia de polizón, intercambios indocumentados, experiencias que prescinden desconfiando de aduanas y visados. De forma desesperada marginal también se acercan las culturas y las pesadillas bilingües. intercambios paranoicos y perversos signados por pasión y miedo, amor y odio, rechazo y deseo de conectarse mediante modalidades subterráneas: de ser posible falsificados en la clandestinidad. La sociología de la literatura es la sociología de la literatura, pero está lejos de discernir el conjunto de los enigmas que componen el misterio. El contexto de producción literaria de los últimos años en Uruguay es por demás conocido y tampoco pretendemos reiterar las características de ciertas categorías que se proponen determinar lo parecido, sino auscultar zonas excluidas del catálogo y carentes del análisis legitimante -precisamente- por su tendencia centrífuga. 

En este interregno histórico Levrero escapa a los paradigmas recientemente instaurados en su formulación pura. Período extenso donde, las cuestiones de la historia relativas a la verdad, puede decirse que anegaron las rutas laterales de la ficción; incluso al punto de hacerla parecer como prescindente para la memoria de una colectividad. En un período histórico de altísima confusión axiológica, cuando se evoca la literatura -tras la apariencia de una claridad luminosa que anega todo posible cuestionamiento- su narrativa conocida no parece afiliada a la resistencia sistemática ni a la huida premeditada de lo real. Se configura, si acaso pudiera concebirse, a una escritura de la autoeliminación, sin la experiencia traumatizante de la prisión. Alejado de foros y concursos, de sellos editoriales internacionales y congresos universitarios, Levrero optó por los inciertos espectros de la imaginación, ensayando una estrategia de legitimación alternativa por los márgenes. 

Observando y de sesgo la evolución sincopada de su producción, puede suponerse un proceso trabado; que partiendo de lo humorístico y superficial, se orienta cada vez más a categorías simbólicas, teniendo en «París» -la novela- una de sus estaciones más intensas. En consecuencia, con una carga de representación infrecuente, a pesar de inclinarse el autor a la estirpe de escritores alejados de la denuncia inmediata, ajenos al realismo mimético y testimonio ejemplar pedagógico. Tendencias que se afincaron en zonas de la literatura descontextualizadas, en apariencia, de los tiempos que corren. No es este momento para catalogar a sus representantes (algunos de los cuales Ángel Rama llamó los «raros») ni acaso evaluar su evolución en los años que restar para finalizar el siglo. Bástenos saber que Levrero es, quizá, quien insistió más en dicha línea de trabajo, haciendo a partir de lo extraño una producción dispar y sistemática. La imaginación no era vehículo de evasión sino petición de principio. Supòsiciones para ajustar el punto de vista, conocer la realidad -intentarlo- desde otra perspectiva, camuflando para integrarse y confundirse de manera diferente. 

En la obra de Levrero, lo que comenzó siendo lúdico, por extraños laberintos de la vitalidad simbólica, se transformó en insólita categoría de la realidad. Las historias de Kafka y los juegos matemáticos de Carroll parecían encontrar en el lejano sur una posibilidad inesperada de reactivarse. Tratándose de las ficciones de Levrero, puede afirmarse que la historia dio sentido a sus códigos: cacerías, pesadillas, monstruos, torturas, locura y aberraciones. Pero no se trata aquí de presentar al escritor como un visionario iluminado, que intuyó parasicológicamente la historia, sino de constatar el desafío que nos somete y transita por revisar mecanismos que articulan la relación sociedad / literatura, desprendernos (aunque sea transitoriamente) de obvias deducciones causa / efecto y originadas en condiciones de producción. Ello para considerar lecturas de significado y referencia levemente visibles en el horizonte inmediato. 

El imaginario de Levrero acciona un diagnóstico inquietante, sus textos rechazan competir con el testimonio y la historia narrada. Se instalan de manera singular en la superestructura de nuestra sociedad y haciéndolo bajo modalidades heterodoxas. No se detecta en el proyecto Levrero una intención de comunicación controlada y premeditada, su imaginación desborda ignorando los límites que olvidan la trasgresión en tanto proyecto. Ese afán o persistencia de la marginalidad conlleva por momentos la ausencia de autocrítica, lo que conecta o hace coexistir textos de valor dispar. Obvios malabarismos visibles del oficio alternan con textos de altísima factura, hasta parecer la obra de dos autores contagiados de una poética escindida. Si en consideración textual ello puede merecer reparos, a nivel de propuesta de escritura proporciona reveladores elementos para el análisis. 

Esa dualidad resulta la traducción textual de cierta alienación. Como es de conocimiento, Mario Levrero es un seudónimo. El verdadero (?) nombre del escritor es Jorge Varlota, con el cual firmó solamente una obra. El paródico folletín que responde al nombre de «Nick Carter» y luce un subtítulo prometedor: «Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo» (2). Esa alienación inicial, controlada y voluntaria, conlleva algo más que el tema del doble (era inevitable que apareciera en su obra) para aproximarse al dejar de ser yo. Una suerte de Gregorio Samsa rioplatense condicionado por la historia y que comparte el discurso con sus personajes. Imágenes de espectáculo, circo, maquillaje, actuación y todo aquello que se orienta a la fragmentación de la personalidad.

Lo dicho parece conducirnos a una pátina de surrealismo, anclado en una realidad incomprensible, indeseada, rechazada. Los narradores designados movilizan una sobre realidad donde existen conejos parlantes aficionados a la música de cámara. En la configuración Levrero la imaginación no es liberación sino desplazamiento de pesadillas. Las utopías, lugares y ciudades son urbanizaciones del horror; provocan espanto, deseo de huir, conciencia de frecuentar lo imposible y resignación de decidir quedarse a habitarlas. En esos mundos se desactivó la noción de escape y predomina un lento acomodarse a situaciones fláccidas, donde los implicados ignoran la razón primera de la instauración, un derrotado asumir del extrañamiento que conlleva la alienación. 

«Si, ahora veo que siempre me moví entre extraños, sin amarlos; y que yo mismo soy un extraño para mí. Tan ajeno como esta ciudad, como esta casa, como aquella otra ciudad y sus selvas y sus túneles. El extraño soy yo.» (3)

La duplicación como sistema de vida, ese vivir partidos en un país partido, refleja una circunstancia verificable en los signos de la realidad. Es la experiencia de «Necrocosmos» la novela de Héctor Galmés y la Santa María onettiana. Utopías uruguayas que retornan cada tanto para recordarnos, acaso, que la tarea más sublime pudiera ser la instalación de un prostíbulo de provincia. La variante Levrero consiste en instaurar lo excepcional entre lo cotidiano próximo, en cualquier momento y lugar. La ruptura de las leyes racionales nunca se anuncia, se produce. No se trata entonces de preverlas buscando el antídoto sino de sobrevivir. En tanto crónicas de esos mundos paralelos, tan reales como hipotéticos, las ediciones de Levrero consideradas como indicios, tienen trazas de esa deformación refractaria. Revistas que se interrumpen, sellos de suerte incierta, pero con editores de infrecuente fidelidad, títulos fuera de colección, ejemplares secretos de difícil obtención, evidencias -hasta en el acto de la lectura- de un itinerario en la cuerda floja, tensada entre lo real y la imaginación.

La obra conocida de otros autores del período dictatorial parece ser una mejor ilustración de lo sucedido en Uruguay. No obstante, en tanto generador de ficciones Levrero, es uno de los paradigmas más notorios del escritor uruguayo de los últimos tiempos. Huidizo, escudado en seudónimo, publicado en clandestinas y subterráneas páginas, alejado del circuito literario del sentido común, fue tramando en silencio de murmullo una obra profunda; siendo prototipo de supervivencia del creador desapercibido, alguien inidentificable en tiempos de peligro para la escritura. Ejemplifica asimismo e indirectamente, la disparidad de tendencias provocadas por la violenta fractura de la traducción cultural ocurrida. 

La dictadura es verdad que pudo muchas cosas, pero no legisló por decreto sobre cuál es la mejor manera de asumir el gesto creador. La literatura del período no tiene representantes absolutos y canónicos, al menos por ahora y si es que ello fuera necesario; a pesar de indudables éxitos editoriales, fidelidad de lectores en número suficiente o fortuna crítica periodística. Todavía persiste la insistente confusión entre episodios de la literatura y otros de la sociología de la narrativa; y no se trataría de valores discutibles, sino de asumir que el reconocimiento de la colectividad en ciertos textos del último período, no está normalizado por el momento. Mucho menos cerrado. En ese reacomodar textos y autores, la figura de Levrero tendrá una altísima movilidad en los próximos años. 

En principio, deberá sacudirse ese estigma de ser objeto de culto, efecto reivindicado de celosos lectores periféricos -que pueden llegar a ser quienes sacrifiquen el oscuro objeto de la adoración- y luego superar las lecturas sesgadas; ensayos periodísticos que -hasta el momento- privilegiaron su marginalidad y heterodoxia, una escritura que se volvería mirada que hipnotiza. Resaltando de tal manera lo diferente excepcional, la alteración de la cadena y el elogio del contraste casi biológico, que desestimaron su real circulación en el corpus de la literatura uruguaya. En un intento por decodificar las partes integrantes de la alienación básica citada, nos interesa volver sobre uno de los temas recurrentes del autor. Decimos Paris, signo polisémico e indudable eje de buena parte de la obra.

II 

«-Escribí sobre París antes de conocer esa ciudad donde viví menos de un mes. París aparecía con frecuencia en mis sueños, etc. Eran símbolos subconscientes.

– ¿Y qué sucedió después de conocer la ciudad Luz?

-Que París no tenía nada que ver con mis sueños. Vi que era una hermosa ciudad, tal vez la más atrapante que he visto, pero no era el París de mis sueños y de mis pesadillas. Sin duda alguna, me quedo con el verdadero París: es mucho más rico y luminoso que mis fantasías.» (4)

De forma independiente a la novela «París», el tema París regresa a lo largo de la narrativa de Levrero. Lo hace cumpliendo varias funciones en lo contextual, que van desde la mera referencia ocasional hasta la metáfora. Lo interesante, es que el tema admite variaciones y en cada una el valor es diferente. 

La necesidad responde a variadas raíces y el objeto de su presencia es multilingüe; es posible afirmar que se trata de tentativas y aproximaciones, que tienen en la novela evocada su punto máximo de realización. Consideremos tales variaciones. 

◊ El tema de la capital francesa hasta parece haberlo condicionado a nivel extrañamente personal. En una publicación reciente (5) y que reúne cuentos de diversas etapas de la obra de Levrero, entre los inéditos se halla «El factor identidad».  Más que por el hecho de que buena parte del relato se desarrolla en París, lo citamos por la luminosa aclaración que lo acompaña y contribuye lateralmente a la cuestión que nos ocupa. Allí Levrero afirma lo que sigue, 

«Este cuento fue escrito en 1975, especialmente para el concurso de la revista «7 Días», respetando todos los requisitos expuestos en las bases. El premio era un viaje a París. Finalmente no lo envié al concurso, entre otras razones por temor a ganarlo y tener que viajar.»

◊ En el libro «Nick Carter» y cuyas señas de identidad evocamos, el tema París se retoma. Esta vez, en la serie televisiva que aparece en el folletín inspirada en las aventuras del héroe. El aparato anuncia «El episodio de hoy: la Zona Siniestra de París» (6). La geografía allí presentada recuerda las descripciones folletinescas de Sue y los paisajes nocturnos de Fantomas. El texto anticipa, en clave paródica lo que luego será el París de pesadilla, citemos la descripción. 

«La zona siniestra de París, es un lugar que, en realidad, no tiene nombre; así es como la llamo simplemente. Es un lugar de terror puro, donde en muy raras ocasiones ocurren hechos reales. Me gusta moverme por ella, ya sea en estado de vigilia o en sueños, aunque a veces la dosis de terror es demasiado alta y me resulta insoportable. Las autoridades de París han colocado grandes carteles sobre las distintas vías de acceso a la zona, dirigidos especialmente a los extranjeros, por cuya seguridad no se hacen responsables dentro de esos límites.» (7)

◊ Sin duda, uno de los mejores relatos sobre el exilio uruguayo es «Alice Springs (el Circo, el Demonio, las Mujeres y Yo)» (8). Los lugares de desarraigo allí evocados alternan entre Australia y París. Las líneas de conexión con París son múltiples, desde personajes franceses hasta el descubrimiento y deslumbramiento de la ciudad. En cierto momento del texto, se incluye una breve pero admirable descripción de la ciudad y cuyo final es oportuna transcribir. 

«Inmediatamente después, uno, si tiene el coraje suficiente, puede volarse los sesos.» (9)

La ciudad ya anuncia su vocación de metáfora, aquí mediante el juego del estar sin estar y estar sin haber llegado. Dice el texto, 

«Muchas veces había soñado durante años y años, con llegar un día a París; sin embargo ahora ya no estaba allí, había llegado a París sin llegar.»

Y luego,

«Nada es real. Del mismo modo que se puede viajar a la luna sin moverse del camastro de un altillo en un pueblito perdido de Australia, también se puede estar en París sin estar en ninguna parte.» (10)

En el mismo cuento -que acaso condensa a nuestro entender la mejor escritura de Levrero- el tópico de París comienza a fundirse con otro tema clave en toda consideración del autor; nos referimos a la infancia. A pesar de preferir la imaginación a la memoria, cuando conecta ambas funciones lo hace de manera impecable. He aquí un buen ejemplo.

«Seguí internándome por los túneles del metro, marcado por ese olor particular, no del todo desagradable, que me hacía pensar en el ozono, y por las luces brillantes de los escaparates, hasta que me fui dando cuenta de que aquello no era ya una estación y ni siquiera se trataba ahora de París: estaba en una tienda montevideana antigua, la misma donde había trabajado mi padre durante casi toda su vida.» (11)

La imagen así elaborada se confirma en otro pasaje, que funde de manera excepcional las obsesiones de las fuentes y las primeras motivaciones de la escritura. 

«Me crucé con mi padre, disfrazado de conejo gigante, que miraba un enorme reloj unido a su chaleco por una larga cadena de oro y repetía que era tarde, que era muy tarde, que era demasiado tarde.» (12) 

Las filiaciones nunca son únicamente literarias.

◊ En otra narración del mismo volumen y titulada «La cinta de Moebius» (13), el tema es abordado desde una proliferación de significados. Como en la novela homónima, París es el destino de un viaje, pero asimismo se conecta con subtemas que hemos intentado identificar. Por lo pronto, se clausura la referencia a la infancia iniciada en las citas previas. 

«Pero de Francia me interesaba sobre todo París -por más que mis bisabuelos provinieran de una ciudad del sur que se llamaba Decazeville. Porque mi padre trabajaba en una tienda que se llamaba «London-París»…» (14)

Se incorpora -mediante referencias a un paisaje urbano, altamente identificable para nuestra memoria- el segundo tramo de la comparación metafórica. Si la consigna es dispararse a la metáfora, ello también sucede por el ahondamiento de los datos de la realidad recuperada. 

«El ómnibus nos dejó en un hotel del Barrio Latino, que se llamaba «Grand Hotel Saint-Michel». La dueña era una señora que se llamaba Madame Salvage, a quien le gustaban los uruguayos y les hacía precios especiales.» (15)

Es también en el domino de las fracturas de las coordenadas cartesianas, donde París aparece como la posibilidad del sueño y la metáfora; cuando alternan mundo empírico e imaginación, París ya había merecido una novela. Era previsible entonces, que el tema se fragmentara. Estamos en territorio de conexión y pluralidad, en las secuelas del gran símbolo parisino, que suponía exilio y pesadillas, infancia y literaturas marginales, líneas aéreas y la guía Michelin para los viajeros.

 «Ellos pensaban pasar pocos días más en París; yo tenía necesidad de quedarme allí mucho más tiempo, aunque yo no supiera por qué. El tiempo y el espacio parecían tener allí otras características.» (16) 

Y al interior de lo extraño, un episodio de irrupción inevitable.

«Vi a Isidoro -dijo Groj-. Dijo que estaba escribiendo algo. Pobre muchacho. Creo que delira.» (17)

◊ Pero es en el cuento «Todo el tiempo» (18) que integra el mismo volumen con «Alice Springs» y «La cinta de Moebius», donde se da lo que podemos denominar la toma de conciencia del agotamiento del tema. 

«A veces me resulta muy fácil hablar de París, pero ahora trato de evitarlo porque temo repetirme.» (19)

◊ Esta presencia múltiple de París en los textos, apunta a consideraciones más ambiciosas que la de ser un recurso circunstancial. Un entramado de referencias tangenciales, el desplazamiento en diversas direcciones e indica un capítulo de necesario estudio. Textos que van a y textos que vienen de. Obsesiones que pueden rastrearse en la infancia, ciudad luz con zonas siniestras y cuentos que no llegaron a destino. Temor al viaje efectivo desencantado, confrontación entre la ciudad de invención y la otra verdadera. Aún sin considerar la novela, París es en la obra de Levrero el tema que más se acerca a una aproximación poética. Zona donde la imaginación depone su fuerza ante la memoria y lo cotidiano. La pesadilla que se quiere volver la gran metáfora capaz de sustentarse, y tiene un poderoso argumento a su favor: todos creemos en su existencia.

París es el Levrero el paisaje de muchos episodios y la traducción urbanística de sentimientos, temores y actitudes. Es, finalmente, el único lugar nombrado donde todo es posible que irrumpa hasta con laberintos incluidos. Como la América de Kafka es la región que se describe sin conocer, donde circulan ferrocarriles con fogoneros y que tiene, como en el praguense (en Levrero sucede en «Alice Springs») un circo de Oklahoma. Tan irreal el de Kafka como el magnético de Levrero, pero en ambos casos (otro tema para investigar) apuntando a la metáfora del gran teatro del mundo y del mundo como espectáculo, con los hombres como actores de obras que no entienden. 

La novela «París» será el intento de acotar textualmente las obsesiones y articular una metáfora cuyo plano desplegable necesita de más de cien páginas.

III

«Estoy harto -repetí-. Voy a juntar dinero para irme a París. Merezco morir en un lugar más hermoso que éste.» (20)

En una París intuida transcurre la acción de la novela editada en 1979. Año difícil para retener la atención: intervención soviética en Afganistán, Khomeini toma el poder en Irán, Margaret Thatcher gana las elecciones en Londres y en Nicaragua cae Somoza. Se estrenan “Alien” y Apocalypse now”, salen al mercado “Si una noche de invierno un viajero” de Italo Calvino y el sexto trabajo de Supertramp “American Breakfast” En la nueva novela de Levrero contrariamente a lo que sucedía en «La ciudad» (1970) y sucederá en «El lugar» (1982), el escenario parece hallar -o pautar- una de las coordenadas cartesianas, quedando lo temporal a los vaivenes de la imaginación. Las tres novelas conforman lo que el propio autor dio en llamar una trilogía involuntaria, atendiendo no a las fechas de publicación sino de búsqueda; asumiendo el viaje en tanto meta o huida. 

El hasta ahora tópico temático adquiere la jerarquía de un texto mayor. La metáfora global se construye con mapas y líneas de metro, túneles y callejas, gente y techos. Es París el sitio donde se pretende sublimar la huida hasta la posibilidad limítrofe de volar y se renuncia a ello para aceptar la condición humana, abdicada de la magia de la excepcionalidad. Allí se traban las preguntas y responsabilidades de huir reflexionando si ello vale la pena. Llegados al sueño de París, el autor descubre que esa es en verdad otra estación más para seguir, detenerse o regresar; como lo fuera Itaca para el valeroso Ulises. 

La ciudad de la novela tampoco resiste el criterio de la verosimilitud. Adivinamos una actitud deliberada de querer confundir al lector, alternando historia y magia, lugares reconocibles con otros supuestos. Se cuestiona de base la coincidencia entre espacio y tiempo; hacerlo implica cuestionar la razón, como fundamento de la creación literaria y mecanismo de conocimiento. Es inclinarse por la pre razón de los alquimistas o la post razón del surrealismo. En ambos casos, París fue el gran escenario de todos los cuestionamientos. 

En la novela aparece un singular personaje. El catalán Juan Abal, Catedrático de Filosofía de la Universidad de París, autor de «Toda la verdad», un opúsculo que entra en la categoría de los textos malditos. Abal es catalán, pertenece a una tradición de filósofos, pintores, arquitectos y cineastas -como Buñuel- obsesionados por los espacios neo euclidianos. Ese descrédito del racionalismo cuando se cruza con la historia, parece acercar el escritor a las tesis de la revista «Planeta», en los supuestos del secreto, el complot y los misterios. Una visión con ópticas parasicológicas, lúdicas y esotéricas que, acaso y de ahí su atractivo, son determinantes del devenir más que los datos empíricos. Esa desarticulación de la historia en instancias azarosas y menos lógicas está presente en la novela y forman parte de la ficción. 

«Entre todas las corrientes que fluían y se ubicaban había una que se destacaba especialmente, que las recorría todas sin encajar con ninguna: la idea de que había realizado un viaje en ferrocarril de trescientos siglos, de que en ese viaje había sucedido algo, tal vez conmigo mismo, que lo invalidaba: que el propósito que me había llevado a emprenderlo ahora yacía olvidado e inútil. Que mi presencia en París no tenía, ahora, ningún motivo.» (21)

 El París resultante es una ciudad posible de quien no lo conocía o lo conocía de manera diferente. Argumentalmente se opera un retorno a la ciudad; el único testigo del pasado es un fotógrafo, mediante el cual el protagonista procura rescatar parte de su propio pasado. Un fotógrafo que casualmente se llama Marcel y está embarcado en un singular plan.

«-Un viejo proyecto, un número especial de la revista PARIS-HOLLYWOOD. Sobre la necrofilia, y etc… Modelos que comenzaban a decaer firmaron contrato para documentar las etapas de su envejecimiento y fotografiar su muerte violenta veinte años después; será un número sensacional, esperado ansiosamente por un millón de onanistas, coprófagos y tipos así, de esa clase, en todo el mundo. Tendrá mil páginas, dos mil quinientas fotografías, y sobrecitos de obsequios especiales…»(22)

A pesar de tener acotado el paisaje general, Levrero hace funcionar en la novela otra de sus técnicas: componer lugares cerrados y minuciosamente descriptos, como una suerte de ciudad cerrada dentro de la ciudad. Aquí se trata de un Asilo de monjes, donde sucede buena parte de la peripecia, ubicado en la calle Rimbaud y que bien podría suscribir una frase de otra novela. 

«Sobre una puerta, la de salida, alguien había escrito una frase en español: decía «NO HAY SALIDA. ESTO ES EL INFIERNO.» (23) 

Lugares recurrentes que son pasajes a otras dimensiones, ya sea del espacio o del tiempo. Si tuviéramos que detectar una empatía del espacio Levrero nos inclinaríamos por Jean Ray; no solamente por el clima onírico de «Malpertuis», sino también por la saga folletinesca de Harry Dickson, que en Levrero tiene su equivalente en las aventuras de Nick Carter. Si bien se admite que los modelos del uruguayo están en otras zonas, la configuración del universo de Levrero parece concordar con algunas propuestas de Ray. 

Por ahora, ésta se nos ocurre como una simple vinculación operativa que merecería ser estudiada con mayor profundidad. Los extrañamientos -que sucede en ambos autores- de los protagonistas al verse en situaciones imprevistas, pueden quedar ejemplificados en el siguiente texto. 

«Desde que llegué a París, no he podido encontrar nada coherente. Hagan lo que quieran. Estoy cansado.

– ¿Extranjero? – preguntó el jefe.

-No sé, respondí-. Al principio creía que lo era, que venía a Paris por primera vez; luego comprobé, o al menos me pareció encontrar suficientes elementos de juicio como para creer que ya había estado aquí antes. Fue un viaje muy largo -expliqué-. Muy largo.» (24)

El extrañamiento, la fractura del tiempo, son sutiles formas de la violencia. El mundo ficcional de Levrero es violento. Desde la degradación por la supervivencia, la ausencia de solidaridad, un erotismo de modalidades perversas y que en la novela «París» llega hasta la guerra. Guerra como constante; aun cuando desautoriza a la historia. 

Con episodios de romance con guerrillera de la resistencia y secuencias que recuerdan el final de «Casablanca». Nos cruzamos los alemanes avanzando en caballería por la campiña rumbo a la ciudad y la guerra como espectáculo de la televisión, que suele confundirse con el fútbol. 

«Una breve toma, casi en primer plano, muestra fugazmente a Hitler sable en mano, dirigiendo la tropa sobre un caballo blanco.» (25)

Con breves y groseros trastoques del tiempo, Levrero pone en juicio la racionalidad de la llamada realidad y sustenta su cuestionamiento de la historia, que puede transfigurarse en un devenir sin sentido. Una máquina de movimiento perpetuo sin otra finalidad que suceder, reiterarse a manera de castigo infernal. Cualquier acción colectiva es inútil en la medida que no puede modificar la condición humana y todo pierde sentido. 

Hasta el viaje en busca de la salvación, en tanto ignoramos los poderes que nos condicionan o nos gobiernan. Toda empresa al final resulta innecesaria. 

«Aunque mi memoria no arroja ninguna luz que las confirme o que las niegue, me ocupo en desarrollar esta teoría que algo, en mi interior, me impulsa a tomar como cierta; la razón de mi viaje de trescientos siglos en ferrocarril había sido encontrarme en París esta noche, en el momento en que los seres voladores surcaron el cielo, para unirme a ellos.» (26)

Más que ante un escritor que desacredita la historia con finalidades estéticas, estamos ante un poder militar que desacreditó al escritor; obligándolo al refugio en una retórica de lo indirecto bajo pena de eliminarlo, y que llegó a condenarlo a lugares mucho más surrealistas que los imaginados por Levrero. Mejor, a la síntesis de dos tesis sobre la fuente del relato que pueden ser tan complementarias como antagónicas y se acercan tan sólo por una coincidencia -el año 1979, pongamos por caso- en las cronologías sociales y biográficas. Obstruido el camino de la historia es posible tentar el de las mitologías; y para un joven país (que puede decir con Baudelaire que tiene más recuerdos que si tuviera mil años) la única mitología posible es la popular. 

Años antes del éxito de la película «Tangos. El exilio de Gardel.», Levrero había resucitado al cantor. En ese espacio de lo posible que es el París de Levrero, entre asedios germánicos, inmigraciones variadas, libro maldito de autor catalán y personajes alados, en ese desenfado de la imaginación, sobre el escenario del teatro Odeón canta Carlos Gardel. Varias razones pueden explicar esta exhumación. 

Desde la tradición tanguera, que tenía en París la meta de peregrinación, hasta el probable origen francés del cantor tendiendo a la impostura. Ese tranco constante de mitologías parciales entre París y el Río de la Plata, sumado a la denominación popular de «mago» para Gardel, habilitaban el aguardar lo inesperado. 

El protagonista, al comienzo del episodio, se niega a aceptar esa fisura doblemente fantástica, aun sabiendo que habita un sitio fuera de la legalidad. 

«… y de pronto adquirí la certeza del engaño, comprendí que Gardel estaba irreversiblemente muerto, y que había sido un perfecto imbécil al dejarme convencer por Anatol.» (27)

El cambio, la anagnórisis, el querer creer en esa irreverencia del tiempo se produce. A pesar de la ironía de Levrero, que hace cantar a Gardel en primer lugar un Fox-Trot y no un tango. 

«Una breve pausa en la música y emerge, sin micrófono y abarcándolo todo, la voz de Carlos Gardel.

-«Betty, Peggy, Mary, July, rubias de New York…»

Agrega, 

«Y de pronto supe que no era un disco; había variantes fundamentales en las letras y en la entonación de las canciones, pero la voz era indudablemente la suya, y el hombre que estaba en el escenario indudablemente era él.» (28)

La narrativa de Levrero incluye un rescate de mitologías y literaturas populares; queda por saber si estamos ante un artilugio de oficio o un intento de comunicación, por caminos no fáciles de transitar para lectores de comic, literatura de kiosco o revistas esotéricas. 

De forma simultánea y partiendo de paradigmas en apariencia desvalorizadas, Levrero trabaja con temas que lo vinculan a las cuestiones medulares de la literatura contemporánea. Excéntrico en su país, su obra sin embargo puede ser leída desde la línea del Alfil como representativa de lo subvertido por la dictadura militar. Son de recibo otras lecturas; sus textos pueden, inclusive, trasmitir la sensación de haber sido escritos en circunstancias distintas a las previsibles en un hombre que propone crucigramas para publicaciones de ocio. Juegos de palabras donde París puede ser la línea 12 vertical: capital de Francia, cita de letra de tango, mitología griega, extraña novela y metáfora de lo posible.

Delineados los elementos básicos de la acción, construida la metáfora en la ubicación concreta, la imaginación de Levrero se despliega. Libros condenados, organizaciones secretas, misiones incomprendidas, la perpetua sospecha de lo otro. En la obra de Levrero París tiene otra condición. Es el nombre de lo innombrable, el refugio de una circunstancia de época que va acorralando las manifestaciones de deseo. La operativa de sueños, y traslación al cotidiano de formas de vida que pudieran desagradarles a los profesionales de la guerra. 

La novela está dedicada 

«a la ciudad de París, con las disculpas pertinentes» 

e integra una densa y valiosa obra de un importante escritor uruguayo actual, que siguió escribiendo en tiempos y lugares difíciles, pues sabía que, como se lee en «Caza de conejos»,

«el otro enemigo era el silencio.» (29)

J. C. M.

NOTAS

1) «Caza de conejos», Ediciones de La Plaza, Montevideo, 1986. pg. 30.

2) «Nick Carter. Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo», folletín. Autor: Jorge Varlotta. Equipo Editor. Buenos aires, 1970.

3) «El lugar», revista «El Péndulo», Buenos Aires, 1982. pg. 149.

4) Reportaje de Enrique Estrázulas en el diario El Día, 26 de marzo de 1977.

5) «Espacios libres» Puntosur Editores, Montevideo, 1987.

6) Ibid. 2. pg. 37.

7) Ibid. 6. pg. 39.

8) «Alice Spings (el Circo, el Demonio, las Mujeres y Yo», «Todo el tiempo», Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1982.

9) Ibid. 8. pg. 34.

10) Ibid. 8. pg. 35.

11) Ibid. 8. pg. 36.

12) Ibid. 8. pg. 37.

13) «La cinta de Moebius», en «Todo el tiempo», Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1982.

14) Ibid. 13. pg. 42.

15) Ibid. 13. pg. 57.

16) ibid. 13. pg. 61.

17) Ibid. 13. pg. 63.

18) «Todo el tiempo», En «Todo el tiempo», Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo. 1982.

19) Ibid. 18. pg. 96.

20) Ibid. 18. pg. 89.

21) «Paris», El Cid Editor, Buenos Aires, 1979. pg. 82.

22) Ibid. 21. pg. 16.

23) Ibid. 3. Pg. 118.

24) Ibid. 21. pg. 131.

25) Ibid. 21. pg. 86.

26) Ibid. 21. pg. 109.

27) Ibid. 21. pg. 97.

28) Ibid. 21. pg. 99.

29) Ibid. 1. pg. 39.

La noche cuando Gilda cantó Amado mío

La historia del relato bajo el signo Gilda se articuló en cuatro episodios extratextuales que se ensamblaron a lo largo de varios meses: invitación, presencia, libro colectivo y epílogo accidentado. Hasta persiste un pequeño perfume de obra abierta, en tanto el texto contiene una promesa de cuento fantástico en suspenso. Para escritores y lectores, la relación entre navegación y relato es uno de los enclaves más sólidos de la tradición literaria. El mar y la mitología de los ríos compiten contracorriente en misterio cuerno de bruma con el transhumanismo, los criminales en serie y la conquista del cosmos; quizá porque somos en gran porcentaje cuerpo de agua, desde el origen embrionario hasta la mar que es el morir.

Habiendo tantas historias marinas en todas las culturas, allí navegan buenos esquifes de enigma, aventura y perdición. Tratar esos asuntos abre estimulantes rutas de incertidumbre, Navigare necesse vivere non necesse era la consigna de Marcha el semanario uruguayo y aparejando el resto del alegato, es suficiente enunciar un catálogo de astillero para tenerlo presente. Se pueden recordar siete ejemplos clásicos: El submarino biblioteca del capitán Nemo, la caza amputada de Moby Dick en el Pequod, el viaje de los Argonautas tras el vellocino de oro, el vapor de la carrera del Rio de la Plata, la batalla de Tsoushima ganada por el Almirante Tögö, E la nave va del Gloria N, el Titanic verdadero sin Leonardo DiCaprio y El corazón de las tinieblas bombeando el Rey de los Belgas; y se pueden sumar las 1186 naves del Canto I de La Ilíada, que recité por primera vez entre las versiones de Juan B. Bergua y Luis Segala y Stalella.

Después está el proyecto faraónico de la Cunard Line, por aquello de una nueva corriente de la historia; estaba antes el Queen Mary original, armado en astilleros de Escocia hacia mediados de los años 30 del siglo pasado y luego el remake previsto en Saint-Nazaire en los comienzos del nuevo siglo. Alguien pensó en los botes literarios en la casa de escritores y traductores (MEET) de la ciudad atarazana. La idea en su maqueta era seductora, fui reclutado porque me conocían de antes y Montevideo era puerto de destinación de la época dorada de los cruceros transatlánticos. Se trataba de hacer un libro distinto, escrito y diseñado en paralelo a la construcción del QM2. El objeto final fue un libro que resultó de los más bonitos en los que participé; testimonia la historia de la construcción con fotos, buen papel, un tamaño generoso, edición trilingüe español, francés, inglés con textos literarios -en completa libertad temática- producidos por siete escritores en el proyecto, lo que le daba a la conspiración algo del filme de Kurosawa con samurais o la versión western Yul Brynner y Steve McQueen. 

La tripulación retenida fue: Edward Carey (Inglaterra), Carlos Cortés (Costa Rica), Patrick Deville (Francia), José Manuel Fajardo (España), Jean Rolin (Francia), Carl Watson (USA) y Juan Carlos Mondragón (Uruguay); las fotos eran de Bernad Biger. Dependiendo de las agendas, cada escritor pasaba algunos días en la ciudad invitado; nos trataron muy bien, participábamos en actividades culturales con la municipalidad, teníamos carta libre en tres restaurantes, hacíamos visitas (colectivas para la información, en solitario para urdir el propio proyecto) y se nos dejaba tiempo libre para notas personales. 

Yo decidí escribir sobre la visita al astillero y la búsqueda de la historia, que debía redactar después y refería a obsesiones personales, el deseo de emular o haber asistido a lo imposible real de escenas descubiertas en mis lecturas o el cine. Debo admitir que, siendo niño entre la escuela y el liceo, al ver en la pantalla por primera vez a Rita Hayworth (que no era su nombre) cantando Put the Blame on Mame (que no era su voz) antes de que huyera de Buenos Aires a Montevideo, fue escena fundadora del topos Cabaret. El libro resultante y a pesar de sus calidades, se disolvería en la amnesia del infinito marino, quizá algunos pasajeros lo hojearan, pero no muchos; sería producto de promoción destinado a autoridades que lo regalarían a su vez a subalternos, se hallará en mediatecas de la región y ofrecido a la venta en sitios Internet. 

Los escritores nunca nos cruzamos, cada uno habrá seguido su propia ruta y yo nunca pensé que mi texto regresaría a la superficie en un Cabaret literario. Si todo hubiera continuado así, nada sería discordante, pero el Queen Mary 2 y el libro que lo acompañó estaría asociado a un episodio que lo habitó de sentido retrospectivo. Alguna vez divagué que sería invitado a participar en el primer crucero y recordaba a Carlos Gardel cantando “volver” sobre la cubierta falsa en la película “el día que me quieras”. Seguía los últimos días del QM2 en los astilleros por la prensa mientras se acercaba a la botadura, la salida al mar que siempre es emociónate; los adioses a Saint-Nazaire y miles de espectadores en la costa, embarcaciones en el estuario haciendo sonar las sirenas: la bestia de 345 metros de largo y más alto que un edifico de 12 pisos avanzando y todos mirando hipnotizados, hasta que la digiere la línea del horizonte que está apenas a 4 kilómetros de nuestra mirada.

Los hechos como siempre ocurrieron de otra manera; los armadores previeron una visita para los funcionaros, quienes trabajaron durante meses en las calas remachadas y las familias orgullosas. La curiosidad era enorme el 15 de noviembre de 2003, la prensa internacional se dio cita en Saint-Nazaire, el ambiente era festivo y estaba todo preparado; ello sin contar con la ironía de los dioses. A las 14h. 22 una de las pasarelas que llevan de tierra a cubierta se desploma por causas mecánicas, errores de cálculo humano y designios misteriosos. El horror imprevisto se concreta, al final de cuentas 29 heridos de diversa gravedad y varios muertos. Ganar el mar se sigue pagando con hecatombes y la osadía sacrificó sus 16 Protésilas en menos de un minuto. Después el tiempo pasa, vendrá la comedia a medida que se suman los cruceros navegando el Atlántico con los 1200 camarotes reservados, al estilo “the love boat (el barman negro se llamaba Isaac Washington), pero antes había que pasar por el canto de las sirenas. Cuando escriba la historia prometida en el informe, deberé tener en cuenta lo ocurrido aquella tarde de noviembre.

La utopía virtual

C’est une grande question, dit Candide

Voltaire

Isla a la vista

Contrariamente a lo ocurrido con el slogan «el fin de la historia», la fórmula «fracaso de las utopías» tiene un origen menos personalizado pero resultó expresión con suceso, la recuperación periodística y su ingreso a la doxa lo demuestran. Por asociaciones y amalgamas escasamente rigurosas parece que asistimos a un auto de fe planetario de las utopías, las llamas pretenden dar cuenta sin discriminaciones del campo semántico elaborado a partir de la palabra. Utopía resulta vinculada a quimeras lindando la demencia, males absolutos de la sociedad supuestos en los totalitarismos del siglo XX con marcada predilección sobre aquellos de orientación marxista. Todo lo relativo a la utopía e incluyendo la dimensión teórica de «función» parece sentir el azufre, el intento de recordar el asunto en otros términos a los de una fraternidad universal caracterizada por el libre mercado, el derecho de injerencia y la industria del entretenimiento resulta cuestionado de manera iracunda; a pesar de tanto espanto asociado al término no se llega a erradicar por completo la cuestión. 

Comencemos por aceptar la situación, quizá haya mucho de verdad en el juicio y siguiendo la interpretación del fracaso nuestra tarea consista en observar fragmentos resultantes de la colisión ideológica. Luego del mentado fracaso, si bien vivimos un período de baja intensidad de utopías acordes al modelo original (paradigma de 1516), puede que por la declaración catastrófica en términos absolutos y reflejo de la imaginación crítica, asistimos a un creciente interés por el tema en sus más curiosas formulaciones. No faltan especulaciones como las de Alain Pessin proponiendo una lectura desde una metáfora teatral: «Antes incluso de ser una isla feliz en la cual sería agradable dejarse ir, ella es una isla arrancada por una voluntad a los paisajes de los mundos antiguos. La convención literaria de la utopía se basa pues sobre un principio que puede expresarse de dos maneras: en términos de Bachelard, diríamos que se realiza en el tránsito de una ensoñación de la voluntad a otra ensoñación del reposo; en términos más antropológicos, podríamos decir que es una cultura que pretende darse los rasgos de una naturaleza» (1) Tampoco faltan lecturas del texto original, como la de Miguel Abensour que impone un retorno a la fuente, traza un puente con el siglo veinte y se interroga si está allí la genealogía del totalitarismo: « Es necesario entonces tender un puente entre “el espíritu de la utopía” y eso que nosotros denominamos, para designar la persistencia de la utopía más allá de sus muertes pretendidas, el nuevo espíritu utópico » (2) 

En la línea más crítica, salvándola a partir de un enroque hacia la técnica hay cuestionamientos sobre la pertinencia y peligros de reivindicar la utopía (3). El tema es trabajado por Fernando Ainsa en la perspectiva de su reconstrucción (4) y hace poco se lo estudió en los concursos de la Agregation (5). Es luego del fracaso que se incentivaron los estudios sobre las relaciones entre utopía e historia, ya sea en los relativo al siglo XVIII (6), el XIX (7) y los primeros tanteos por entender lo sucedido en el siglo XX (8). Se suman enfoques revisando vanguardias estéticas del siglo pasado, proyectos urbanísticos, feminismo y ecología; la exposición montada hace pocos meses sobre el tema en la BNF y que cerró el 27 de enero del año 2001 en New York, puede ser un ejemplo de la ausencia de indiferencia (9).

Basta una enumeración para concluir que el tema parece abierto a múltiples posibilidades de asedio, sin embargo, la recordada asociación utopía / totalitarismo debe imponer un rigor adicional. Sobre la utopía nada se puede dar por adquirido, el término resultó asociado a una realidad histórica de tal gravedad que enunciar la propuesta de una utopía poética, puede ser considerada el principio del estalinismo del ritmo. La comunicación trata fragmentos de la cuestión; el tema impone por momentos la redundancia siendo imposible hablar de la utopía sin considerar el modelo original y las relaciones que guarda la función utópica con la historia. Nos detendremos en la argumentación del fracaso que busca vaciar de sentido la utopía y su utilización como impugnación del totalitarismo, para observar si estamos ante una metástasis localizada en la vertiente marxista o el contagio ganó al conjunto del pensamiento utópico. Consideraremos las relaciones con la ideología y terminaremos con un panorama del mundo desembarazado del asunto; cerciorarnos si el mal estaba ya en los decires del viajero portugués Rafael Hythloday que, como su nombre lo indica refiere al patrón de los viajeros, ángel que cura la ceguera y experto en pamplinas (10). 

Contra el dr. Pangloss

Desde siempre la función utópica acompañó el pensamiento filosófico, político y retórico occidental. La configuración del término emana de la concepción moderna del mundo y es invención de Thomas More hacia 1516. Luego se sucedió la dialéctica entre verificadores de frustraciones y adelantados de la imaginación, las especulaciones alcanzaron a la teología lo que provocó recordadas fogatas con científicos como protagonistas involuntarios. Todo resulta conmocionado cuando la función se orienta a lo social, se incrusta en lo político y cuestiona el poder. «En consecuencia no son tanto las doctrinas utópicas aquello que las autoridades morales y políticas temen. Son las esperanzas que ellas engendran en la irrupción de un movimiento social, revelador de plurales disfuncionamientos políticos» sostiene Michèle Riot-Sarcey. (11) Línea que tiene su momento de esplendor en la esfera de influencia de la revolución francesa. 

Desde entonces se verifican dos tendencias, por una parte la voluntad de instaurar máximas de la utopía en la sociedad. El principio de igualdad es suficiente para trastocar el llamado orden natural de las cosas; por otro lado, asistimos al crecimiento e intensidad de las fuerzas opuestas a la utopía. La utopía es un conjunto de energías atravesando un campo de resistencia opuesto a su avance en la praxis social y hace lo posible por destruirla: proponer una utopía debe pasar por considerar la fuerza que intentará eliminarla. 

Utopía es disputa y la idea que resta luego de la confrontación nunca es la derrota simple de la utopía sino acaso su erradicación. Se insiste sobre el fracaso siendo una manera astuta de desplazar responsabilidades de «todos» los excesos a la utopía y colocar las razones del fracaso al «interior» del plan utópico. Se opera una sustitución consistente en la propuesta de otra ilusión, estamos en el mejor de los mundos posibles, bienvenidos a la utopía virtual. Es tiempo de reivindicar al Dr. Pangloss. Ello en la convicción de que la lectura del fracaso cierra, declara la muerte y condena por adelantado la imaginación crítica relativa a lo social. 

Podemos pensar otra manera de relacionarnos con la naturaleza, pero los términos de la autoridad aparecen como incontestables. La imaginación crítica que se pretende obturar es cualquier cosa menos lúdica, afecta a dominios concretos: relaciones con la ideología, configuración del poder, procesos de legitimación de la autoridad, esfera de lo político y la gestión social, imaginario simbólico de las colectividades, objetivos supraindividuales de una sociedad. Aceptarlo equivale a renunciar a una visión crítica de la realidad en la que estamos llamados a operar, insistir en el fracaso de la utopía anestesia potencialidades críticas y creativas, lleva a admitir mandatos de la utopía virtual. Antes de la proyección descriptiva el paradigma original supone una lectura nada idílica de la sociedad sobre la cual se confrontará el modelo imaginado. Ante la estocada repetida del fracaso hay que pensar como Scalambri, personaje de «Todo modo» de Leonardo Sciascia: «Es lo que yo siempre digo mi querido comisario, siempre… aquello que hay que encontrar en prioridad es el móvil… el móvil…»

El discurso de la utopía y viceversa

Al estar integrada de manera lateral y discursiva a la realidad (literatura y otro género, geografía y ninguna parte, política e imaginación), por ser reivindicada como categoría histórica y antihistórica la captación del espíritu operativo de la utopía resulta compleja. Política intencionada y subjetividad la reclaman de la militancia, la historia de las ideas y la retórica del discurso la incorporan sin violencia a sus dominios. La voluntad de muchos hombres la concretó en episodios precarios de sociedades posibles, desde una modesta experiencia agrícola hasta la más radical internacionalización que asocia Thomas Müntzer y Ernesto Guevara. Su condición incierta y plural lleva a toma de posiciones opuestas y radicales; cuando citamos la utopía estamos hablando de nosotros mismos, la utopía es revelador de la ideología del investigador. Interviniendo en diálogo permanente con otros saberes, la iluminación utópica aparece como concepto irreductible, incluso con una ubicación excéntrica en relación al discurso teórico. En el archipiélago del pensamiento y en paralelo coherente a su condición primera ocupa un «no lugar» dentro de los sistemas. De manera operativa puede ser utilizado como un concepto de «control y prueba» para los sistemas de conocimiento e incluso los proyectos políticos, en especial aquellos que la desacreditan. Podría conjeturarse que la utopía se convirtió en concepto insular y satélite, suerte de joker del pensamiento relativo al poder, la utopía afecta y depende de otras fuerzas gravitacionales pretendiendo atraerla hasta pulverizarla, acelerarla para alejarla del sistema. 

Se trata de «algo» vinculado a la historia de la humanidad, a la manera como los hombres conciben la vida social, inmejorable cursor para determinar la injusticia de un sistema, la distancia histórica entre el hoy y cierta idea de igualdad midiendo la capacidad de imaginación de la sociedad. Ficción al comienzo, es un monstruo retórico de apariencia sociológica que hizo fortuna, más que un horizonte de expectativa social a mediano plazo, se incrusta en una zona de inconformismo perseverante relativo al presente, que necesita «vitalmente» la confrontación con modelos sustitutivos. A los que se llega (he aquí una de las debilidades) por el milagro «de haber perdido la ruta» y acaso sin pasar por la historia siempre demasiado humana. Es bueno que se llegue a ella casualmente o dando un rodeo que deje intactos los privilegios del sistema del que la utopía -se supone- es instancia crítica con aspiraciones por lo menos de reforma.

Su puesta en movimiento se traduce en un interesante proceso de conocimiento. Estaríamos en otro paso epistemológico, al paradigma se le puede agregar la función y a ello el método utópico de conocimiento donde la confrontación con lo posible destacaría contradicciones del presente. Se trata, más que de argumentar sobre la verdad de lo inexistente, de tener acceso a lo real por el desvío de la imaginación. Un aspecto resulta irrefutable, las diagramaciones utópicas en su descripción son detestables, el exceso de reglamentación las condena de antemano así como su falta de consideración de lo imprevisible humano. 

En su matriz los prototipos clásicos ya contienen características de lo irrealizable, sin embargo el suceso de tales modelos por lo general ignorados, es la combinación de imaginación, deseo y alteridad proyectados en el cuerpo social. Nos incumbe porque esa «isla» de sueños colectivos participa de una crónica paralela de los avatares del mundo tal cual los conocemos: ingreso de América en la historia mundial, irrupción del capitalismo, evolución de la ciencia, cierta concepción del arte y metamorfosis de la novela moderna. En ese reacomodo de las mentalidades el genio de la utopía fue trasladar el peso crítico a un espacio no real y la posible felicidad «colectiva» en una formulación insular no escatológica. 

Es ocioso recordar el efecto espejo y de retorno que el procedimiento instauraba. En esas circunstancias de origen surge la utopía, incluso en un juego de tensiones relativas a otros poderes: «La profunda mutación de las condiciones sociales, políticas y económicas plantea numerosos problemas, que dan lugar a nuevas teorías del derecho y el Estado. Los temas debatidos son: relaciones entre Iglesia y Estado, entre Estado y ciudadanos, entre reyes y parlamentos, relaciones internacionales, la guerra, el derecho natural, cuestiones derivadas del descubrimiento, conquista y civilización del Nuevo Mundo, derecho de gentes e internacional, cuestiones económicas: comercio, precios, usura; tratados sobre la educación de los príncipes, etc.». (12) A lo que se agrega la perspectiva de alterar no sólo un sector sino al «conjunto» de esos saberes actuando en sociedad. En algún momento se intuye que lo que está en juego es también el alma del hombre. Beatificando a Thomas More en 1886 y canonizándolo en 1935 la Iglesia, que tanto cuestiona las revoluciones comenzando por las planetarias recuperó algo, acaso intangible y poderoso de la utopía. Las utopías llevan en sí estigmas del momento histórico que las engendran y espectros de las ideologías que las condenan. Del corpus textual al respecto que se conoce, ninguna supuso una ruptura absoluta con el entorno o propuso una panoplia simbólica disociada a preocupaciones de las mentalidades dominantes. 

Esa dualidad es definitiva y caracteriza el funcionamiento del género de acuerdo al prototipo 1516. La propuesta original está dividida en dos partes y el orden de redacción de los libros es cuestión que todavía preocupa a los especialistas. Esa estructura es reveladora, antes de llegar al cuento del viaje casual a la isla y la rememoración detallada consecuente, se debe pasar por un análisis crítico de las miserias que legitiman la voluntad de imaginar un plan alternativo. Como si el procedimiento procurara, más que una imposible milagrosa sustitución y un traslado masivo, mostrar por el contraste tendiendo a la tercera configuración. Lo que se procura es hacer de la tensión utópica una fuerza de cambio, dicha cercanía y recepción ininterrumpida, forma parte de la estrategia de escritura determinante para caracterizar el efecto utopía. 

Siendo una idea atacada -el inventor terminó decapitado, el joven Gracchus Babeuf guillotinado y los grandes discursos fragmentados: «Pero buscando los resplandores de la utopía allí donde ellos alcanzan a brillar, el historiados inevitablemente reencuentra la utopía en esquirlas, lo sueños rotos» (13)- la utopía aparece como un concepto relativamente intacto. De hecho cada época renueva la totalidad de la cuestión. Recuperación y proyecto, intento de puesta en realidad, liquidación por la violencia y vuelta a empezar. La idea parece a salvo de la usura que afecta a otros términos prestigiosos de la filosofía y la economía política. A medida que arrecian los certificados de defunción la utopía recobra la condición de «concepto complejo e irredutible», su característica de «necesidad», la puesta en funcionamiento en tanto forma parte de los atributos de la imaginación. Acaso porque reivindica su condición de indefinible, siendo una suerte de función poética de la sociedad: enjuiciar la utopía (curiosa inversión del procedimiento original) desplaza a la isla las contradicciones y aceptar el mundo tal cual es, señalando con el dedo el no-lugar donde fluye Amaurote el río sin agua y las puertas de calle que se cambian cada diez años. 

La novela de un fracaso

«Yo llamo mundo a toda la serie y colección de las cosas existentes, para que no se diga que pueden existir muchos mundos en diferentes tiempos y lugares» escribió Leibniz resumiendo su concepción del cosmos. La lectura que del filósofo alemán hizo el Dr. Pangloss es uno de los más poderosos martillos que cayó sobre la utopía, estamos en el mejor de los mundos posibles. Pero si «Candide» es una refutación de ese juicio donde los desastres de la historia son labor de dios y la codicia humana, la utopía conoce en los últimos tiempo un cuestionamiento pertinaz. Es una ofensiva poco original.

En el Renacimiento, junto con el sistema capitalista que no tiene problemas de articulación entre ideales y puesta en historia, irrumpen dos conceptos que afectan a la geografía: colonia y utopía. Isla inexistente y continente americano, excepción y dependencia, saber puro y materias primas, comunidad de los hombres superiores y esclavitud, desprecio por el oro y destrucción por la plata de Potosí, religión libre y el Santo Oficio. La conquista de las tierras americanas y la puesta en práctica del sistema colonial explica la ausencia notoria de utopías españolas. Mientras ingleses e italianos se esmeraban considerando mundos alternativos, Castilla activó la maquinaria jurídica, económica, militar y teológica con objetivos concretos. 

La utopía del castellano será la literatura y en especial la novela. Alguien lee novelas de caballería, quiere llevar ese universo a la realidad y fracasa, he aquí una parábola bastante exacta del pensamiento utópico. La diferencia entre More y Bernal Díaz del Castillo puede ayudarnos a desatar el nudo retórico del género. Uno trama crónicas de un mundo ilusorio que le fuera contado por un viajero portugués; otro rememora un mundo que existió y destruido por el propio cronista. El espacio entre esos dos discursos marca el ingreso de América a la doble instancia de las quimeras y la aceleración del sistema capitalista. Continente que luego de varios siglos no se repone de haber sido a la vez el probable paraíso terrenal y la geografía a expoliar.

Incidiendo en la historia la utopía nunca pierde su condición de discurso, impugnar una utopía es atacar su discurso, la utopía se concreta en una escritura. A la tradición de la escritura política que remonta a Platón la utopía agrega la crónica del marino; a la vertiente de escritos de viajeros, incorpora el descriptivo social detallado y a ello algo novelesco que hoy llamaríamos realismo ficción. El discurso utópico se apropia del principio de verosimilitud con intencionalidad crítica. 

En el principio está el escuchar el cuento de alguien que dice que fue testigo y esas buenas nuevas nunca son inocentes. Conllevan un juicio intencionado que en ciertas circunstancias puede coincidir o convencer las opiniones del receptor. ¿El objetivo es partir hacia allá? ¿Se insinúa que esto puede mejorar en tanto se sabe que hay un allá mejor?  Ese espectro de posibilidades constituye el enigma y el atractivo de la utopía. La relación que mantenemos con esa latencia discursiva funciona como signo de nuestro vínculo con lo real social. La opinión sobre la utopía permite deducir un universo ideológico. 

«Candide» debería haber clausurado el debate por la técnica de la ironía, allí están puestas en narración las argumentaciones que todavía se siguen utilizando. ¿Dónde están las razones de tal persistencia? Se pueden avanzar tres respuestas. a) la utopía es parte del sistema capitalista, antimodelo necesario para continuar perpetuándose y que acaso puede derivar en algo incontrolable. b) afecta a una situación más profunda y antropológica: como en lo sexual y lo sagrado hay en el hombre una pulsión de deseo social, una configuración colectiva de la felicidad. c) «La atención dispensada a las utopías, sobre todo traduce una tendencia más general a revalorizar el peso del imaginario y de la imaginación, a reconocerlos como otro modo social específico e indispensable de la vida colectiva» (14)

Su condición discursiva es interesante, en general se la acepta como un género literario, lo que debería establecer resistencias. No existen noticias de ningún otro género que viera su poética confirmada por los recordados desfiles del 1o. de mayo en Moscú. Esa paradoja –casi una aporía- no es considerada para distanciar la utopía de la literatura. Si se trata de un género literario, su activa incidencia en lo real debería alterar los estudios literarios, hace saltar en pedazos las estéticas autosuficientes del lenguaje y reivindicaría las hipótesis del realismo socialista. Se trata de un discurso al que se aplican prácticas hermenéuticas de las más variadas disciplinas, es espejo de la sociedad reflejándola transfigurada. El discurso utópico se devora a sí mismo, se autogenera sin cesar, se metamorfosea en actos.

Esa situación literaria se observa con mayor claridad en el siglo XX, ficcionalmente la utopía se reproduce en las novelas antiutópicas. Si consideramos tal proliferación de relatos, la condición de «fracaso» sólo se aplica a la vertiente social: es un fracaso político. Utopía no designa un lugar de sublimación sino un condado maldito al que es desaconsejable orientarse. Admitir la vertiente del fracaso, que propicia un rechazo en bloque y sin necesidad de arqueo presenta un inconveniente práctico, posterga o elimina lo que debería ser una crítica objetiva de ciertas desviaciones totalitarias que afectan a las libertades; y tratar de percibir valores positivos de esa experiencia. 

Persistir en la dicotomía utopía / fracaso supone aceptar que lo sucedido en Europa entre digamos 1844 y 1989, es la puesta en escena de una operación utópica; ello sería exagerado y acota lo sucedido a la historia parcial de las utopías.  La misma línea plantea cuestiones de territorios y zonas. ¿Dónde está la frontera entre historia y utopía? ¿La batalla de Leningrado sucedió en la historia de las utopías o de la humanidad? Si se pudieran «aislar» los hechos pertenecientes exclusivamente a proyectos utópicos: ¿cómo denominar las experiencias que «quedan fuera» del conjunto? ¿Verdad, Historia, Principio de Realidad? Hacia el final del siglo pasado la formula del fracaso de las utopías sufre de «exceso de evidencia» que se acompaña de una proliferación de argumentos sustentados en la constancia. 

La utopía sin extremaunción queda en una situación de catalepsia intelectual, se le permite reacciones en la convalecencia y necesita una reeducación cuya prescripción mayor es no cuestionar el poder. Ninguna otra idea podría soportar tanto fracaso acumulado ni cargar con tantos muertos sin desaparecer de la escena de la reflexión. 

La reacción -si nos atenemos a las publicaciones recientes- muestra una reactivación, obligado afinamiento de los cuestionamientos avanzados. Se comprueba una reacción que supone la asimilación de un diagnóstico contundente y otra operación que está sucediendo consistente en el desmontaje de las piezas hasta saber lo ocurrido realmente. Como si la historia por su lado, el pensamiento marxista por el suyo e incluso la maltratada utopía se aplicaran a la decodificación de la caja negra para determinar la cadena de errores que llevaron a la catástrofe. La fórmula tiene la virtud de incentivar la autocrítica de todo proyecto alternativo, en especial los relativos a la sociedad, poniendo en evidencia ideas, estrategia y otras fuerzas que se opusieron a la utopía. Sería ingenuo circunscribir el fracaso a causas interiores, quizá el ejemplo chileno sea suficiente para entender lo que queremos decir. 

Sin duda utopía e historia volverán a encontrarse, pero hay otra evidencia asociada al fracaso. La máquina liberal gira ahora de acuerdo a su propia lógica, en lo ideológico y en lo económico visible. Estando ubicada en ninguna parte se juzga a la utopía por no haber respetado sus límites. Si toda utopía supone una estrategia de acceso al poder y una idea del arte de gobernar, toda crítica se hace para legitimar otro poder o desde la convicción de otro poder. Como escribió Marx en la 2a. tesis sobre Feuerbach «La disputa sobre la realidad o no realidad del pensamiento –aislada de la práctica- es una cuestión meramente escolástica.»

Ideas imprudentes

El llamado fin de las ideologías participa de la misma estrategia intelectual que enunció el fracaso de las utopías, un proceso que Bronislaw Baczko resumió de manera admirable: «La producción de los sueños sociales puede devenir una práctica intelectual específica en tanto que ella impone ciertas exigencias imprescriptibles. Una vez producidas y puestas en circulación, las ideas / imágenes utópicas penetran en los circuitos de la representación simbólica. Es así que se presentan a ellas las oportunidades históricamente variables de intervenir en los conflictos y las estrategias que tienen como discusión el poder simbólico sobre la imaginación social» (15)

Optamos aquí por un sintético estado de la cuestión siguiendo los planteos de Paul Ricœur (16). En su libro considera los clásicos de uno y otro discurso, pero el aporte original es que se trata de un ingreso a la problemática ubicando ambas nociones en el mismo marco conceptual. La misma línea de Karl Mannheim en su famoso ensayo «Ideología y Utopía» de 1929, año crítico en que eran otros los fracasos. Ricœur plantea como hipótesis que ambos conceptos, opuestos en apariencia, asumen funciones complementarias incidiendo en la «imaginación social y cultural». Observa en la ideología y utopía dos elementos comunes: a) ambos son fenómenos ambiguos, cada uno presenta un lado positivo y otro negativo, una pendiente constructiva y otra negativa, una dimensión aglutinante y otra patológica. b) en ambos casos, la vertiente patológica es la primera que asoma cuando se los considera.

 El autor comienza estudiando aspectos menos estimulantes tratando de llegar a las funciones positivas, lo que supone partir de manifestaciones superficiales de la ideología y la utopía. En la ideología se trata de la distorsión de la realidad o simulación, que expresa la situación de un grupo o un individuo sin que los mismos la conozcan y ni siquiera se reconozcan en ella. La utopía sería una construcción esquizoide exterior a la historia, forma de protección y desatenta a las etapas necesarias para la puesta en práctica de su teorías. Tienen en común el establecer una distancia y una no-congruencia con la realidad. Ricœur deduce que los individuos o los grupos no se refieren a sus vidas y la realidad social sólo en términos de relación visible verificable. Lo hacen en términos de no-congruencia o coincidencia coherente con la realidad. «Todas las figuras de la no / congruencia deben formar parte activa de nuestra pertenencia a la sociedad: considero como una verdad irrefutable que la imaginación social es constitutiva de la realidad social» (17) Esas variantes de la única imaginación social y cultural, operando en su doble función construcción / destrucción integran nuestra percepción del presente social.

En relación a la ideología la definición considerada emana de los escritos del joven Marx. Ricœur recuerda que el sentido original del término viene de la física de la imagen fotográfica, que da una visión de la realidad «invertida». Ejemplo inicial, considerado por Feuerbach fue el de la religión y que Marx extendió al mundo de las ideas. Cuando el marxismo se hace sistema, la ideología se identifica a la etapa precientífica de la lectura de la sociedad y «hasta considerar incluso, que el concepto de ideología engloba el de utopía» (18). Es el momento cuando Engels establece la famosa dicotomía socialismo utópico socialismo científico, en tanto perteneciente a un tiempo previo al materialismo dialéctico la utopía es asimilada por la ideología. 

Esa línea de pensamiento evolucionó en dos vertientes que son la Escuela de Francfort y el marxismo estructuralista. Lo que debe importarnos es el pasaje que hace Ricœur a los valores positivos de la ideología incorporando el concepto de «ideología como distorsión».  La operativa acepta que la vida social supone una dimensión simbólica, la sociedad no es sólo la suma de los hechos que acaecen. Para Ricœur una idea sólo puede emerger de la praxis social si aceptamos la dimensión simbólica de lo social, la ideología cumple una función constitutiva en la vida social. Definidos los caracteres de la ideología se pregunta cómo puede jugar ambos roles y cuál es el campo de movilidad de tales dinámicas. La halla a partir de Max Weber: uso de la autoridad, sistema de dominación, legitimación del poder, incidencia en lo político. En tal vertiente la ideología es capital, ningún poder gobierna sólo por la fuerza. La dominación necesita una legitimación que sea aceptada y que pasa por la retórica simbólica. La ideología está en las tensiones de la construcción de la legitimación por parte del poder, en la «creencia» en esa legitimación que pueden aceptar y elaborar los ciudadanos.

La utopía requiere un trabajo de elaboración conceptual que la extraiga de su condición de idea pre-científica marxista, sostiene Ricœur y diseña un sistema de identificación de la utopía. Las obras utópicas se reclaman como tales, la utopía es autodescripción que se reconoce como tal. Se trata de una obra personal con firma de autor, puede decirse la utopía «de» y comenzar una larga lista. Situación opuesta a la lectura de la ideología, que es raramente asumida y se utiliza para hablar de los otros. 

El aspecto patológico de la utopía sería la falta de unidad temática; las utopías hablan de muchas cosas, de innumerables instituciones y se pretende buscar la unidad de la función en la propuesta de perspectivas nuevas. Ricœur observa que la imaginación, pasando por la función utópica tiene la tarea constitutiva de contribuir en permanencia a repensar la naturaleza de nuestra vida social. El «ninguna parte» permite tomar distancia de la dimensión simbólica y del sistema cultural, la importancia de la utopía se concentra en la dimensión de distancia e integración. El punto en común es nuevamente el poder, Ricœur se pregunta si las utopías no son posibles porque hay un problema de credibilidad en el conjunto de sistemas de legitimación de la autoridad. Simulación y huida son patologías análogas de la ideología y la utopía, sin embargo, en ambos casos de la señalada no-congruencia con la realidad siguen despertando interés. «Sin anticipar en exceso, yo resumiría una problemática tal como sigue: ¿no es la función excéntrica de la imaginación (la posibilidad de “en ninguna parte”) que concentra todas las paradojas de la utopía? Es decir, dicha excentricidad de la imaginación utópica ¿no resulta el antídoto a la patología del pensamiento ideológico, que precisamente resulta ciego y estrecho en razón de su incapacidad a concebir un “en ninguna parte”?» (19)

El retorno de los brujos

Es apoyándose en las capacidades de la imaginación simbólica que podemos evaluar características y consecuencias del llamado fracaso. Además de los errores internos, indudables, es oportuno preguntarse en cuáles napas de la función utópica el mal estaba localizado. 

Las dudas se dirigen al discurso, que prometiendo felicidad conduce al horror. El reproche puede ir a la Iglesia, por haber santificado al hombre cuyas ideas se volvieron contra ella. A la revolución francesa, en tanto propicia el racionalismo, precipita la utopía en la historia y la comunica con el poder. Se puede lamentar la impericia del proletariado, por haber fallado en la legitimación del poder y pensar en los dilemas del alma rusa. La lista se amplía a hombres y mujeres, partidos, sindicatos, el cuestionamiento puede parecer perpetuo y la sentencia tan implacable que impide apelar.

Tarde o temprano el balance del período se hará en términos históricos y con objetividad, será una tarea larga necesitada del máximo rigor. El impacto histórico hace visible una segunda serie de constancias, la idea clásica del socialismo está en retirada, la economía de mercado se impone y sólo resta adoptar el modelo que prescinde de nuestro parecer. La mundialización aparece como incuestionable y la bipolaridad se convirtió en hegemonía estadounidense. Esos aspectos tienen relación directa con lo sucedido en América Latina y son inevitables en cualquier reflexión de connotación social relativa al continente. Las lecturas de la utopía referidas a las nuevas, recientes o a inventar se desplazan hacia los hechos referidos. Por los procesos evocados y si nos atenemos a las funciones de la utopía (allí donde no es necesario ser un historiador de formación) el fracaso también se verificó en el imaginario social y simbólico. Pasaron más de diez años de la separación del gran enemigo bajo forma de Estado y aparecieron otros, América Latina está lejos de avanzar en las vías del desarrollo y los efectos de la nueva economía -ahora financiera- parecen una tormenta del desierto empobreciendo los países del mundo. 

Recordábamos al inicio que antes de proyectar otro pensamiento, el paradigma original requiere un balance del presente de la sociedad, allí donde se hará activo el imaginario alternativo. Una conciencia lúcida del presente es ya un enorme paso en la estrategia; como sostenía Ernst Bloch, se trata de incorporar la esperanza en el hic et nunc. La proximidad es propicia a la dimensión utópica, la voluntad de eliminar la oscuridad también del instante vivido: «La conciencia utópica aspira a ver más lejos; pero, al fin de cuentas, ello es para mejor penetrar la oscuridad más próxima del “vivir en el instante”, dentro del cual todo lo existente está en movimiento y a la vez se oculta a sí mismo.» (20) Se trata de evitar que la extensión del fracaso afecte la imaginación y se acompañe de una amnesia programada. La tarea consistiría en refutar la devaluación de la función utópica para caer en una teodicea de la historia, donde se legitima el actual sistema a partir de una razón endeble de aceptación en bloque. Es allí donde la imaginación social demuestra su utilidad. Evitar volver a pensar el futuro de la sociedad con las figuras del Tarot y la Astrología, rechazar la concepción esotérica de la historia.

Lo que llamamos la «utopía virtual» es el creciente convencimiento de estar en el mejor de los mundos posibles y creerlo, admitir mentalmente que lo sucedido fue inexorable y no será de otra manera hasta el fin de los tiempos. «El capitalismo debía triunfar tarde o temprano, porque es “superior” considerando su consubstancialidad con la democracia y los derecho humanos, además del hecho de su dinámica económica. [ …] La Historia se desvió en una mala dirección, ella recupera la vía recta y verdadera» (21) Un principio de asentimiento que afecta nuestra concepción de lo social y el resto. Esa aceptación condiciona y obtura tareas como la evaluación de la experiencia socialista entre otras. Tarea complicada estando inmersos en una fase superior y triunfante del capitalismo. «Gran vencedor de la guerra fría, el sistema liberal para nada favorece la imaginación utópica.» (22) Es un sistema que prefiere los destinos manifiestos, como dice Tony Andréani «Esta situación es probablemente inédita en la historia, en el sentido que es, sin duda, la primera vez que la humanidad se halla privada de un sentido colectivo.» (23)

Latinoamérica presenta claros ejemplos de las secuelas del nuevo orden mundial. La fuerza de la utopía virtual hace que cualquier reivindicación tenga la sospecha de contener un totalitarismo futuro. Como espejo del fracaso de las utopías asistimos a una hegemonía americana, hecho contundente y verificable. Supremacía que tiende a la totalidad en cuanto influencia económica y financiera, política internacional e industria cultural, tecnología y códigos de comunicación, científica y militar. Cuáles son las consecuencias de esa situación es otra enorme cuestión. En lo que a nuestro tema refiere, se trata de un predominio simbólico que puede afectar el imaginario social y su traducción en conductas concretas. Repensar las utopías latinoamericanas pasa por la doble tarea de aguzar la imaginación, intentar el cuestionamiento de la utopía virtual y resistirla en cuanto legitimación del poder. 

Ya que la imaginación no llegó al poder después del 68 y se encarna en el naufragio simbólico versión siglo XXI de Daniel Cohn-Bendit, al menos enfatizar el poder de la imaginación. La utopía de 1516 empezó siendo un no-lugar, quizá la nueva configuración se aproxime a la intuida por Italo Calvino: «La utopía que yo busco en el presente, es menos sólida que etérea: es una utopía pulverizada, crepuscular, una utopía en suspensión.» (24)

J. C. M.

NOTAS

  1. Pessin, Alain, «L’imaginaire utopique aujourd’hui», PUF, Paris: 2001. p. 44
  2. Abensour, Miguel, «L’utopie de Thomas More à Walter Benjamin», sens&Tonka, Paris: 2000. p. 26.
  3. Godin, Christian, «Faut-il réhabiliter l’utopie?», Editions Pleins Feux, Nantes: 2000.
  4. Ainsa, Fernando, «La reconstrucción de la utopía», Ediciones Unesco, México: 1999.
  5. Desbazeille, Michèle Madonna, «Utopie», Ellipses, Paris: 1998.
  6. Baczko, Bronislaw, «Lumières de l’utopie», Payot & Rivages, Paris: 2001.
  7. Riot-Sarcey, Michèle, «Le rèel de l’utopie», Albin Michel, Paris: 1998.
  8. «Les utopies moteurs de l’histoire ?» , Les Rendez-vous de l’Histoire, Blois 2000, Editions Pleins Feux, Nantes : 2001.
  9. UTOPIE, «La quête de la société idéale en Occident», Bibliothèque nationale de France /Fayard, Paris : 2000.
  10. More, Thomas, «L’utopie», prèsentation par Simone Goyard-Fabre, GF Flammarion, Paris: 1987.
  11. Ibid. 7 p. 265.
  12. Fraile, Guillermo, «Historia de la Filosofía» Vol. III, Del Humanismo a la Ilustración, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid: 1966. p. 293.
  13. Ibid. 6. p. 8.
  14. Ibid. 6. p. 27. 
  15. Ibid. 6. p. 7. 
  16. Ricœur, Paul, «L’idéologie et l’utopie», Seuil, Paris: 1997.
  17. Ibid. 16. p. 19.
  18. Ibid. 16. p. 23.
  19. Ibid. 16. p. 38.
  20. Citado por Alain Touraine en «La societé comme utopie», Ibid. 1. p. 36.
  21. Andréani, Tony, «Le socialisme est (a) venir», Vol. 1, L’inventaire, Editions Syllepse, Paris: 2001. p. 7. 
  22. Ibid. 6. p.V.
  23. Ibid. 21. p. 21.
  24. Calvino, Italo, «La machine littérature», Seuil, Paris: 1993. p. 187.

París, ciudad metáfora en la obra de Mario Levrero

En el segundo semestre del año 1986, Olver Gilberto de León visitó Montevideo para informar y promocionar un coloquio, programado para mayo de 1987 en la Sorbonne, donde él dictaba cursos. Reunió gente entendida en varias instancias, habló de un cupo generoso de invitaciones y pidió colaboraciones con criterio abierto. A decir verdad, era una buena noticia para la cultura uruguaya, el encuentro tenía algo de reivindicación y exorcismo, clausurar parcialmente una experiencia dolorosa y regresar a ella de manera insistente. 

   Entre octubre y febrero del año siguiente, habiendo sido sensible al llamado, con una problemática en mente busqué libros, afiné un tema y redacté esta ponencia de inspiración universitaria. El anunciado Boeing en surbooking de escritores viajeros, a medida que pasaban los meses, bajaba en densidad y se redujo para el despegue a dos o tres nombres prestigiosos. De los otros no sé, en mi caso y sin el pasaje de Air France, pregunté qué harían del informe. Los organizadores -el comité fue presidido por Daniel-Henri Pageaux- me solicitaron que igual lo enviara, sería leído en mi ausencia lo que era lógico y extraño; en el primer párrafo quedan trazas de ese avatar a la contigo en la distancia, lo envié en los tiempos estipulados, nunca supe si lo leyeron y además es sin importancia. 

   El trabajo sobre París en la obra de Levrero tendría luego un histórico agitado. A pedido del poeta Fernando Beramendi, se publicó por primera vez en Carta Cultural -suplemento de El Popular- en setiembre de 1988. En el 2006 salió una segunda vez en la revista Hermes criollo, en 2013 me lo pidieron para el antológico “La máquina de pensar en Mario” editado en Buenos Aires y reaparece ahora en el Cabaret literario La Coquette. Agregué para la presente ocasión algunas líneas referidas al año 1979, que fue el de la primera edición de la novela que hacía las veces de común denominador.

   Un año después encontré por única vez en mi vida al autor en su departamento de Buenos Aires y departimos muy brevemente sobre las opiniones de mi testimonio. Levrero se retiró a leerla en soledad y negó la influencia de Jean Ray -el autor de Malpertuis- que creí detectar partiendo de las aventuras del detective Harry Dickson, cuyas novelitas llenas de situaciones de aporía -previas a la sorprendente resolución- yo compraba en la Feria del Libro, de la familia Maestro, en 18 de Julio y Yaguarón a fines de los años sesenta. 

   De todo lo anterior lo más importante es la cifra 1986; fue el año encrucijada de Tchernobyl y cuando el MLN pide ingresar al Frente Amplio, con repercusiones políticas que se sienten hasta ahora mismo. Después fue estimulante acercarme a ese universo no euclidiano; resultó una novela policial folletín hallar el “corpus” por aquellos tiempos en Montevideo, pero para eso me daba maña, conocía buenos informantes y tenía perseverancia suficiente. Después y evitando repetir lo que se sabía sobre el escritor del seudónimo, busqué notas corroborando una episteme liviana y supe más tarde de una reseña importante publicada por esos tiempos en Buenos Aires; contrariamente a lo que ocurre en el presente donde abundan análisis de gran calidad, en la prensa de los orígenes el horizonte teórico se limitaba al “hipnotismo”, como si el escritor fuera pariente de Tusam (técnica, unción, sabiduría, amor, mística… todo un programa y casi una poética narrativa), un mentalista de talento y bigote nacido en el barrio de Villa Urquiza en Buenos Aires.

   La ponencia fue una avanzada en la crítica nacional, confieso con la mano sobre “la novela luminosa” que para nada quise ni pretendí redactar un texto premonitorio; ni adelanté tampoco un magisterio saboteado o asalto al canon antes de que finalizara el siglo. Si bien colegía en esa obra un temblor espiritista, no supuse -hacia fines del 86- que tendría en los años siguientes una recepción unánime en ámbitos críticos y editoriales, así como un gran contingente de lectores y followers incondicionales. Al final, resultó que había algo de la dimensión desconocida versión Rod Serling en los volúmenes dispersos, creando un micro clima poderoso y circuitos integrales afectando el campo magnético narrativo.

  Mis intenciones en 1986 eran menos devotas y más bien políticas. Literatura y política, novela y sociedad, mirada hacia el pasado, el testimonio más poderoso que la ficción eran los términos del debate y discusión. Una suerte de orientación hacia las que estaban dirigidas el relato, la poesía y el conjunto de las fuerzas del espectáculo en sus manifestaciones escénicas, musicales y carnavalescas. Más que la transgresión asumida, eran otras empresas al margen que buscaban su lugar, apelando a paradigmas multimedia en tanto réplica y respuesta, oposición y retorno. Se puede recordar Montevideo Rock y el auge de las bandas, las Ediciones de Uno de Macachín y las lecturas públicas de poesía, el teatro de Cerminara y Restuccia teorizando a lo Artaud y la praxis esperando a Godot; el Arte en la lona homenajeando a Martín Karadagian y agites variados que aparecieron, como la famosa foto de La Oreja Cortada, la concha de Delmira y otras intentonas under en locales como “Juntacadáveres”. Siendo dialéctico, sabía que una sola tesis carbónico mimética era insostenible para soportar el relato de los años duros y si tuviera que apostar una antítesis -emulando el título de la antología de Salvador Bécker Puig- pensé en Levrero en tanto metonimia. Por la variedad de las situaciones, perseverancia en el encierro y cierta coherencia surrealista definiendo un carácter; tampoco se trataba de un icono sustitutivo a las venas abiertas, apenas decir atención: ahí pasan cosas. Hay algo de crónica freak de todo eso ocurrido en los años 80, cuando se tentaban relatos heterodoxos que quedaron por el camino unos y relegados otros, nuestros cuentos artrósicos de quienes estábamos ahí y fuimos envejeciendo como el perro Pongo, en la mejor de las hipótesis.

Martillo de brujas: el capítulo Naccos

   Nuestra hipótesis de lectura se focaliza en la confrontación entre los cantineros de Naccos y el cabo Lituma con doña Adriana para conocer toda la verdad de los asesinatos cometidos en la novela. Intenta explicar asimismo la persistencia de ciertas imágenes narradas que la indagación de “Lituma en los Andes” nos produjo, hace de ello casi veinte años, cuando fue la novedad del Premio Planeta.    

   La experiencia aquella y la memoria incidiendo en lecturas recientes nos llevaron a tres conclusiones subjetivas que se vuelven hipótesis de la comunicación. 1) “Lituma en los Andes” puede ser considerada una novela un tanto romántica. 2) admitir la intuición de que esa convergencia de historias comenzaba en libros anteriores del autor. 3) en la estrategia sumergida, el argumento ahonda el conflicto entre dos personajes instalados en el dominio de lo innombrable y la obsesión. Tres pistas escarpadas porque la novela se organiza a partir de la forma terceto o tríptico, como un icono abierto a veces y que se pliega llegado el momento ocultando secretos. Cada dominio textual presenta un desarrollo que podemos seguir con cortes de la linealidad, suspenso y recuperaciones con efecto.

   En paralelo, se dispone una trama de interacciones provocadas por la necesidad y el azar, la coincidencia de territorio y personajes. Pensemos en la duda de Lituma sobre si Mercedes era Meche, la muchacha que Josefino alquiló una noche a la Chunga; en don Menardo Llantac, oculto en la tumba de Florisel Aucatoma y que será Demetrio Chanca, tercer desaparecido de Naccos y primero en la serie del relato. Se les puede llamar versiones, variaciones, circulación de punto de vista narrativo probando la complejidad de la pasión amorosa, el curso sangriento de la historia en tiempos de Sendero Luminoso e intercambios temerarios con potencias agazapadas. Tres mujeres, tres operativos senderistas con víctimas humanas, tres desaparecidos y la cosecha roja puede comenzar.

   Referiremos a varios de esos aspectos, pero desde el título se advierte la orientación privilegiada que huele a azufre y carne quemada por las llamas infernales. Todo colabora para una zona central explotable decidida por interés y sospecha, percepciones archivadas y pertinencia poética. En tanto pactamos que -como filón de un mineral raro que existe sólo en los Andes- algo maléfico recorre el texto, impregna los procedimientos técnicos y se instala en el proyecto novelístico. Nos referimos a doña Adriana y su cruce desafiante con el cabo Lituma. Ellos construyen en la relación directa y en diálogo por ausencia el pacto inconveniente que condensa e ilumina.

   Célula narrativa desde la cual se expanden las nociones de poder y violencia dadas ciertas condiciones: cuando los perímetros se precisan y circunscriben a la cantina. Decorada con imágenes de mujeres desnudas para exacerbar la libido reorientándola y boleros como audio de fondo, donde corre el anisado casero dinamitando barreras de todo tipo, en el campamento de Naccos y el horizonte andino que contemplan cada día los personajes, límite del mundo cerrado. Asistidos por la crónica de los atentados sabidos y los cuentos de las mil y una noches de amor del guardia Tomás Carreño.

   Tendiendo al equilibro con el objeto proponemos tres partes a considerar. En la primera expondremos la violencia doméstica de la relación amorosa. Luego, tres puntos de apoyo previos en otros textos de Vargas Llosa, sabiendo que pueden ser varias las pistas referenciales internas. Finalmente, privilegiamos la novela de aprendizaje de la muchachita de Quenka, quién como el Ivan de Vladimir Propp, sale al campo y se encuentra no una sino dos maravillas.

DOS GARDENIAS PARA TI

   Una novela donde se evoca al trío Los Panchos cantando “Rayito de luna” y a Agustín Lara compositor de “Noche de ronda” perdido por la belleza de María Félix, dispone de anticuerpos sentimentales suficientes para aceptar el tratamiento de la violencia sin caer en excesos. Amor y violencia son vivencias colindantes que se vinculan por fundido encadenado; Eros y Tánatos circulan del principio al fin de la novela y hasta podría suponerse que “Lituma en Los Andes” es una novela con tendencia romántica. Allí se evoca el encuentro tenso de tres parejas inverosímiles y asistimos a flechazos fulminantes; al folletín meloso de adversidades superadas por los amantes, con traiciones y enemigos, apoteosis pasional, deseo erótico de arduo pasaje al acto –recordemos la postergada noche de bodas de Adriana y Dionisio- y el final diverso de seis personajes en busca de una novela.

   El perfume de mujer y olor a pólvora quemada rondan en cada capítulo. Sabremos de los amores de doña Adriana y Dionisio, de la piurana Mercedes con Tomás Carreño, que mata por ella la segunda vez que la cruza, de Asunta y Casimiro Huarcaya conociéndose en la fiesta de Gabriel Arcángel en una única y última noche que pasaron juntos, que quisieron olvidarla pero no han podido. Mantienen tres vínculos con el paisaje andino que afectan lo sagrado, la geografía itinerante y la escena del final feliz para una atracción fatal, que se comenzó a escribir en Tingo María y a puro balazo. Carreño abraza la apoteosis de su pasión en las mismas horas del Epílogo, cuando el cabo Lituma le sonsaca al barrenero la verdad de lo sucedido con los tres infelices.

   Tres relatos dentro del relato e imprescindibles en la interpretación conjunta de la novela. Funcionan por interacción y contraste a la violencia más espectacular, al asesinato de los extranjeros cuya única culpa fue tener un amor sin condiciones por el Perú. Tampoco es casual que las primeras víctimas de Sendero Luminoso sea aquí la parejita de enamorados franceses. Michèle y Albert. Oriundos de Cognac que van a Cuzco por carretera, llevados por la fascinación andina, tal vez por alguna lectura de “Los ríos profundos” preparando el Capes; ejemplo que ilustra la confrontación de amor y violencia.

   Los senderistas de la ruta no suprimen una sociedad para cambiarla, según la tesis de la novela sino que violentan a la comunidad más íntima del ser humano. Si bien abren la novela social, luego del tercer desaparecido denunciado es un episodio orbital al imán narrativo de Naccos. Los muchachos masacrados tienen aquí, como la señora d’Harcourt en el capítulo IV, una función de enjuiciamiento político y esgrimido como prueba del horror más que de situación argumental que se modifica. Recordemos que se trata de la primera novela del autor después de la campaña por la presidencia del Perú; publicada el mismo año de las memorias sobre ese episodio político bajo el título “El pez en el agua”.

   Esas parejas son el espejo donde se refleja la violencia en sus diferentes declinaciones, la visión indirecta de Perseo en el escudo pulido, que le permite observar y derrotar la monstruosidad de la Medusa sin sucumbir a la confrontación directa que petrifica. La trama amorosa, además de alternar con escenas crueles tiene finalidades estructurantes de forma y sentido, proporcionan la respiración de la pasión próxima frente al asesinato y dejan a Lituma en libertad espiritual para cumplir la misión de hacer inteligible el caos desatado.

   La novela juega con pasiones turbulentas que se expanden a procesos sociales de la comunidad. Carreño mató por amor. Mercedes viene al fin del mundo por amor. Asunta evoluciona por una pena de amor y Adriana es por amor que abandona el hogar de la infancia. Ellas ilustran las modalidades de violencia que propone la novela. La ancestral, los crímenes de pasión y la guerra que sacude la región andina. Además de la interioridad de cada historia de emoción, deseo y traición consiguen en el entrecruzamiento efectos causa / consecuencia que son el anisado de la narración.

   Cada caso es una novela rosa con matices. Asunta y el albino Huarcaya oriundo de Yauli, que se fugó siguiendo a don Pericles Chalhuanca, proponen una historia de seducción y abandono, paternidad discutible y vergüenza familiar, de inesperado reencuentro y venganza en dos tiempos. Asunta, integrada a Sendero no suprime a Casimiro cuando lo encuentra en una de esas vueltas de la vida; lo orienta para una deriva de víctima: se las daba de pishtaco en el mal momento, en el peor lugar para esa bravata y ante la audiencia menos receptiva. Carreño fue tocado por la pasión inmediata, escuchó las súplicas de la sirena sin poder soportarlo y la vida le cambió, cuando al comienzo de la novela dice, “-No le entendí bien, mi cabo.” ya es un asesino que mató por celos, responsable de un crimen pasional justificado acaso e impune. Con 23 años está en el infierno con vida y como el Paolo del Canto V lo único que hace es contar una y otra vez las penas sentimentales que lo llevaron a la melancolía; por el amor de una mujer cantaría Julio Iglesias.

   La historia de Carreño señala un contraste con los tonos oscuros de la crónica de los desaparecidos. El muchacho recuerda su pareja improbable si nos atenemos a la escena del crimen, el pasado de los enamorados, circunstancias rocambolescas de las primeras horas, personajes secundarios, pruebas entre adrenalina y el absurdo que viven, el viaje en fuga que no desgasta la pasión intacta, los desgarrones de la separación y el regreso con final feliz. Hay allí la tentación de culebrón a lo Pedro Camacho antes de que lo cubriera el poncho boliviano de la locura. Si el Chancho, que Tomasito conoció en Pucallpa hubiera sido argentino la historia rondaría la perfección. Mercedes, llegando por el camino, tiene algo de tango de Gardel, acaso “Volver” escuchado en el Rincón de los Recuerdos.

   Y están ellos… no los podemos perturbar demasiado, pues si estamos aquí sabemos quienes son y de lo que son capaces. Los conocemos por el aura que le atribuimos a los seres que tememos y nos fascinan, dos fuerzas de la naturaleza potenciando una sinergia que arrastra, como un huayco inducido a las otras historias de la novela. Resultan dos sublimes de mala voluntad movidos por la epifanía de las tinieblas, endurecidos por pactos inconfesables, pasajeros habituales del mundo de los muertos, lectores de signos cósmicos, conocedores de debilidades humanas y cobardías, promotores de la danza sensual por decirlo de alguna manera, escanciadores de anisado, descubridores del animal interno, incitando con la certeza de quienes se consideran inmortales: yo no sé si tendrá amor la eternidad, pero allá tal como aquí en la boca llevarás sabor a mi.

   Los seis personajes forman un elenco subsidiario de vidas coexistiendo en Naccos. Considerada como novela sentimental, variante del policial o testimonio de un período de la historia peruana, son lo improbable y lo posible. Rotan en la alternancia de ser víctimas y verdugos, participan de su historia de amor y violencia. Mercedes es pasión proyectada como telenovela por entregas acompañando el presente del relato. Asunta un episodio concreto, drama común de la región, donde el horror repetido de las expediciones punitivas, las que ella lidera, tiene una falla de emoción cuando se encuentra con el albino que la embarazó. Adriana es presencia invasora que se apodera de anécdotas, transfigurándose en pishtaco textual que desgrasa otras anécdotas. Las tres mujeres tienen relación con Lituma. Asunta es la muerte que se espera cada día, los terrucos que pueden sacrificarlos con dinamita. Mercedes está en la juventud agitada del cabo, cuando frecuentaba la noche hasta el final cerca del estadio de Piura. Adriana, la fuerza provocadora que lo considera el enemigo a suprimir. El amor nunca está fuera de tema. Desde la Ilíada pasión y violencia se implican en asuntos de poder; por pasión Aquiles se retira del combate y el poder como se escucha al comienzo de Macbeth, necesita de las brujas para recordar que lo bello es feo y que lo feo es bello.

LOS PROTOCOLOS PREVIOS

   Si tal es la educación sentimental de la novela, los usos amorosos en la montaña, importa la forma en que esas historias se vinculan en el texto. Los destinos cruzados forman la espiral del sonido y la furia que unifica. Entre crónicas y novelas ejemplares, incluso considerando las desapariciones que abre las hostilidades “Lituma en los Andes” comienza antes de las palabras en quechua de la mujer de Demetrio. Decidirse por Lituma desde el título, utilizar el personaje recurrente inventado en la juventud eran tender un puente hacia el pasado. La novela acepta antecedentes como si hubiera otros comienzos aclarando ese estar ahí del cabo Lituma. Con esos procedimientos, recuperar a Lituma, los amores intensos y los desaparecidos, la novela avanza la ilusión de comenzar antes, ser actualización de asuntos ocurridos con anterioridad.

   El cabo llega con los archivos de su pasado agitado en “La casa verde” y sobre el que existe información abundante; pueden proponerse con provecho asimismo otros nexos que sostienen el recurso del personaje recurrente.

   Uno se encuentra en “¿Quién mató a Palomino Molero?” la novela de 1986. En ella es transparente la adecuación de los artificios de la novela policial en un juego de pistas eficaz. El aprendizaje en crímenes rebuscados, coartadas desafiantes, amenazas repetidas, pesquisas oblicuas, sospechosos evidentes y confesiones inducidas Lituma lo aprende dentro de una novela policial modélica. Texto consciente de los traslados de géneros y ambientes que tiene por escenario la Base Aérea de Talara, allá por el año 1954, es un antecedente implicando al personaje.

   Dos aspectos pertinentes al asunto Naccos retienen la atención en esa novela. Podemos considerar por ejemplo el nombre de Adriana; para un autor de capacidad inventiva de nombres propios, la duplicidad de Adriana en posadera y objeto del deseo es significativa. Repite el laberinto clonando el mantra sonoro y la capacidad femenina para rondar lo inquietante. Lo segundo, es el recuerdo del teniente Silva; mentor y astuto pesquisa a la antigua, que inicia al joven recluta en el arte del interrogatorio en espiral, el encadenamiento inexorable de preguntas, la técnica hablador de sacar de mentira verdad y atajos de retórica para sustraer la versión definitiva.

   Ambos logran el resultado con subalternos y fracasan en la confrontación con las Adriana respectivas.

   “Se las sabe todas”, pensó Lituma. “Es capaz de hacer hablar a un mudo.” (1)

   Y así es la manera de hablar del Teniente Silva:

“Pero, aunque algunos detalles estén todavía oscuros, creo que las tres preguntas claves están resueltas. Quiénes lo mataron. Cómo lo mataron. Por qué lo mataron.” (2)

   Lituma retomará ese espíritu indagador y pragmático de sus años de juventud, entenderá con la madurez que en cuestiones del Mal si las preguntas pueden ser las mismas las respuestas serán otras.

   Ahora bien, si nos interesamos en la figura del narrador, aceptamos la actividad de fuerzas ambiguas en el mundo novelesco autosuficiente; si admitimos por unas horas la existencia de las brujas “Lituma en los Andes” se insinúa al final del capítulo IV de “Historia de Mayta.” Esa novela de 1984 indaga sobre los protagonistas de la célula inicial de la violencia revolucionaria en el Perú moderno. Grado cero de una interpretación marxista y réplica armada de la sociedad peruana, privilegiando la zona de los Andes, por razones históricas y estratégicas, de la cual el episodio Sendero sería su avatar más espectacular.

   “Historia de Mayta” se articula en dos instancias de meta relato, donde se cuenta una novela en progreso, la preparación del proyecto. En el final del capitulo IV y a manera de alto en el camino de la investigación el autor narrador se detiene una tarde en el museo de la Inquisición. Con efecto impresionista estupendo, fusionando reacción del narrador y personaje que viene construyendo el texto resultante será una escritura en colaboración. Hay allí otra respuesta a la famosa pregunta al inicio de “Conversación en La Catedral”.

   “Desde esta sala de audiencias, tras esta robusta mesa cuyo tablero es de una pieza y tiene monstruos marinos en vez de patas, los inquisidores de blancos hábitos y un ejército de licenciados, notarios, tinterillos, carceleros y verdugos, combatieron esforzadamente la hechicería, el satanismo, el judaísmo, la blasfemia, la poligamia, el protestantismo, las perversiones. “Todas las heterodoxias y los cismas”, pensó. Era un trabajo arduo, riguroso, legalístico, maniático, el de los señores inquisidores, entre quienes figuraron (y con quienes colaboraron) los más ilustres intelectuales de la época: abogados, teólogos, catedráticos, oradores sagrados, verificadores, prosistas.” (3)

   Unas líneas más adelante leemos:

    “Pensó: “Es un museo que vale la pena.” Instructivo, fascinante. Condensada en unas cuantas imágenes y objetos efectistas, hay en él un ingrediente esencial, invariable de este país, desde sus tiempos más remotos: la violencia.” (4)

   Y al salir del museo:

   “La violencia detrás mío y delante el hambre. Aquí, en estas gradas, resumido mi país. Aquí, tocándose, las dos caras de la historia peruana. Y entiendo por qué Mayta me ha acompañado obsesivamente en el recorrido del Museo.” (5)

   Un entrenamiento forzando en novela policial, la violencia ancestral unida a la inquisición cazadora de brujas entre pishtacos y la experiencia final de tentar la lucha por el poder. Personaje primero, narrador desdoblado luego y finalmente el mismísimo autor.

   La próxima cita no será de novela sino de algo vivido por el Vargas Llosa candidato en 1990. Un encuentro que en las memorias, redactadas con ironía a veces, sin olvidar los ajustes de cuentas, entrevistas con personajes de todo tipo, la verdadera comedia humana del Perú, alteraciones de la intimidad y distancia crítica, llama la atención por la asperidad del testimonio. Incidente ocurrido en el interior de Piura, la región sublimada de su personaje fetiche.

    “Mi más ominoso recuerdo de esos días es mi llegada, una mañana candente, a una pequeña localidad entre Ignacio Escudero y Cruceta, en el valle del Chira. Armada de palos y piedras y todo tipo de armas contundentes, me salió al encuentro una horda enfurecida de hombres y mujeres, las caras descompuestas por el odio, que parecían venidos del fondo de los tiempos, una prehistoria en la que el ser humano y el animal se confundían, pues para ambos la vida era una ciega lucha por sobrevivir. Semidesnudos, con unos pelos y uñas larguísimas, por los que no había pasado jamás una tijera, rodeados de niños esqueléticos y de grandes barrigas, rugiendo y vociferando para darse ánimos, se lanzaron contra la caravana como quien lucha por salvar la vida o busca inmolarse, con una temeridad y un salvajismo que lo decían todo sobre los casi inconcebibles niveles de deterioro a que había descendido la vida para millones de peruanos. ¿Qué atacaban? ¿De qué se defendían?” (6)

  La violencia y el hambre, brujas con iniciativa y memoria activa de la inquisición, un personaje en exilio preparado para crímenes escabrosos y de pasión se dan cita en Naccos por algunas semanas para decidir la suerte incierta de la carretera.

LA MUCHACHA DE QUENKA

   Decíamos que en la memoria personal Adriana vencía a la obsolescencia y el olvido; quizá porque la insinuación de bruja está asociado a miedos pretéritos masculinos y a una tradición de poder e ignorancia en todas las culturas. Si tuviéramos que argumentar sobre las causas de la persistencia algunas se imponen: la manera como ella se apodera del texto desde que asoma, su orgullo desmedido que la lleva al desafío y la pérdida, la importancia que desde el horror le restituye a la muerte.

   Considerando las citas anteriores, la violencia se vuelve tautológica y está en cada capítulo de la novela. Si Mercedes atempera con el amor y Asunta con la doctrina revolucionaria, Adriana aporta el misterio haciendo que la novela escape de un maniqueísmo posible. Otro tanto sucede con el poder; que aquí puede resistir el análisis del amplio espectro en que se puede especular. Desde el poder del amor hasta el supremo de ser presidente del Perú, todos son pertinentes; pero hay un poder que no se comparte, es el poder sobre el texto y ese lo conquista doña Adriana. Ella decide sobre vida y muerte; además de descifrar el lenguaje de la naturaleza acepta vivir una noche de bodas poco convencional y desafiar a los varones que se le cruzan en el relato. Luego, en los capítulos de la segunda parte sus relatos y escenas de vida ocupan los segmentos que en la primera correspondían a Sendero; finalmente altera el orden del capítulo final, reordena el dispositivo para quedarse con la última versión, demostrando que el asunto medular era la forma en que ella forzó los acontecimientos.

   Adriana, siempre perseguida es el desafío perpetuo y altera los términos de crimen y castigo, con ella cada paso delictivo es distinto siendo otro el sistema de creencias cuando opera su poder. Al crimen industrializado en las representaciones actuales le opone el misterio de la desaparición, lo transforma en sacrificio ritual, diluye la culpa en la colectividad en una suerte de Fueteovejuna de ángeles caídos y agrega la antropofagia llevando la muerte a regiones que creíamos enterradas. Para el primer sacrificio ataca frontalmente el símbolo del poder estatal que es obstáculo, si en apariencia las desapariciones responden a un azar aleatorio, la elección de Pedrito Tinoco es un gesto de crueldad premeditada y soberbia. Puesta en marcha de las otras procesiones para conjurar, es prueba –en impunidad cómplice- de que la vía está abierta. En estas situaciones se sabe cuál es el primer muerto y se ignora quién será el último.

   Adriana demuestra conocer el enemigo; si el futuro no tiene secretos, la población de Naccos sorprendida en sus intimas miseria es para ella asunto sencillo de diagnosticar. Hay que golpear a Lituma porque se retira temprano de la cantina, es impedimento a sus designios ceremoniales nocturnos y por ello lo provoca. Esa primera muerte es ejemplar por la designación de la víctima y la truculencia de comenzar con los pobres de espíritu a quienes les estaba prometido el reino de los cielos. Matando al mudito se asegura el silencio de los comparsas; si el primer sacrificio es contra el más simple entre todos, nada puede impedir el segundo y los que sean necesarios. Es un escándalo sagrado porque era un sobreviviente; de la miseria social, de Sendero en la masacre de las vicuñas y de la tortura de los militares al mando del teniente Poncorvo.

   Fue a la cantina a buscar una cerveza en la circunstancia equivocada, Pedrito Tinoco es el Kaspar Hausser de los Andes. Con su muerte, Adriana reta a la autoridad y hiere al cariño que tenía Lituma por el muchacho. Es el error mayor de Adriana, que agrediendo los afectos implantó en Lituma la obsesión; es un hombre castigado y lo único que le interesa en esta peripecia, no es la justicia de sentencia sino conocer las circunstancias de la muerte del mudito.

   Nosotros que sabemos, releemos el cap. II en un estado alucinado superponiendo el prisma de la resolución final. Adriana le entrega a la autoridad la verdad de lo ocurrido en el segundo desafío frente a frente. A la manera de Poe en “La carta robada” ella dispone el misterio a los ojos de todos porque nadie cree en lo evidente. Lo hostiga concertando con Dionisio la entrevista en la que prometiendo datos a cambio de dinero, lo que pretenden es conocer la información de que dispone el cabo y su estado de espíritu para continuar con la búsqueda o dejar el caso por el camino.

   A medida que el circulo se reduce la novela gana en intensidad, los temas de violencia y poder se potencian al funcionar en ese micro clima social, una sociedad de obra y falansterio, de cantina y círculo infernal; sin otra mujer que una bruja, mujer que hechiza a extraños y enamora a Dionisio, suprime un pishtaco y desvela a Lituma. Trastoca el romance de Mercedes y Tomás en un final que ya no se estila, las acciones de Sendero en crónicas periodísticas y hace del sacrificio de un perjuro, un mudo y un albino una carnicería que moverá las montañas: ella se apropia de la ficción.

   La inquietud proviniendo de Adriana es que lo que le interesa es la muerte humana, ella valora la vida porque sublima la excepcionalidad de la muerte dándole finalidades sagradas. Le restituye a la muerte el miedo, incorporándola en la argamasa de una colectividad mezclada con la supervivencia de fuerzas ocultas que están en todas partes. Frecuentó lo monstruoso y acompañó a Dionisio al Hades; les demuestra a esos hombres simples que la muerte no es el límite final y que la carne puede tener otra función de comunión. Ella extrae fuerzas de sus enamorados, forma con Dionisio una complicidad entre carnavalesca y mitológica devaluada de los modelos originales. Acepta mandatos más poderosos que las prohibiciones y el tabú, que el crimen y el pecado, oficia y sacrifica, seduce para utilizar. Con el cantinero –proveedor del anisado que lleva a la locura- acelera un círculo orgiástico, modesta noche de Walpurgis reeditando los aquelarres goyescos de la península ibérica. A los operarios los cotejan al animal que llevan dentro y les abren las puertas del infierno, regresándolos a creer temiendo en divinidades que la historia moderna despreció y a vivir experiencias de horda que la civilización supone aplacadas. Servicio y beneficio, conducción y camino de perfección, vivificando una recóndita desarmonía olvidada con la naturaleza.

   Adriana es la sacerdotisa que regresa a los dioses del exilio; con ella las nociones de violencia y poder se vuelven secretas, vinculándose a los medios íntimos, circulando en la proximidad. Adriana es huidiza en la verdad mediante la palabra, cultiva la confusión sobre sus orígenes y su presente, de ella ni se sabe lo que hace en la cantina cuando la autoridad se retira. A pesar de su aspecto lerdo y desaliñado conserva la ambigüedad de sexo y adivinación, seducción que pierde y misterio intacto. Esa suma de ignorancias masculinas condensadas en la palabra bruja nos abre otra puerta de la adivinación. Con ella las supersticiones se encarnan, la muerte es un rito social necesario y transforma la mina abandonada de Naccos en pozo de tránsito a un territorio tercero; donde las palabras pierden contornos y obligan a ajustar definiciones de ciertas nociones elementales. Adriana es lo que no cambia y permanece persistiendo por debajo de los acontecimientos de la historia, en sus creencias actualiza aspectos supersticiosos y arcaicos, sublima la percepción, vivifica creencias elementales, recuerda los súcubos entre los hombres y trafica con muertos. Destraba la costra de civilización por la danza, el alcohol y lo orgiástico; hace evidente que lo negado por el modelo racional forma parte de la realidad.

   La elección de la historia de Adriana tiene algo a la vez de arbitrario pero que conduce asociaciones al viaducto que transita la literatura. Entre la vida y la muerte, la verdad y la superstición resulta personaje de frontera: es novelesca oscilando entre verdad y mentira. Adriana parece salir airosa porque su designio original de detener la construcción de la carretera se cumple, es derrotada porque Lituma salvado del alud por milagro accede a su estrategia y el secreto es descubierto. De cierta manera los dioses de la naturaleza están de su parte porque lo salvan en la avalancha, en esa experiencia de muerte y transfiguración es que el cabo alcanza la iluminaron, accede al conocimiento depurado de dudas. Lituma se reconcilia con la montaña; halla la parada pertinente, se quita de encima la obsesión por la muerte del mudito y fractura el círculo del silencio tan necesario en el poder de la bruja. El personaje cumple la misión: Lituma descabeza la serie.

    Ella, siendo bruja que mata requiere un pesquisa de otras dimensiones. Para mujeres como Adriana la Iglesia dispuso de instituciones implacables y en la tradición del hispanismo de martillos poderosos que golpearon sobre el yunque de las creencias populares, como en esta visión de las heterodoxias en España:

   “Por igual razón el culto diabólico, la brujería, expresión vulgar del maniqueísmo o residuo de la adoración pagana a las divinidades infernales, aunque vive y se mantiene oculto en la Península como en el resto de Europa, del modo que los testifican los herejes de Ambato, las narraciones de El Crotalon, el Auto de Fe de Logroño, los libros demonológicos de Benito Pererio y Martín del Río, la Reprobación de hechicerías de Pedro Ciruelo, el Discurso de Pedro de Valencia, Acerca de las brujas y cosas tocantes a magia, el Coloquio de los perros de Cervantes… y mil autoridades más que pudieran citarse, ni llega a tomar el incremento que en otros países, ni el refrenado con tan horrendos castigos como en Alemania, ni tomado tan en serio por sus impugnadores, que muchas veces lo consideran, más que práctica supersticiosa, capa para ocultar torpezas y maleficios de la gente de mal vivir que concurría a esos conciliábulos. Y es cierto, asimismo, que el carácter de brujas y hechiceras aparece en nuestros novelistas como inseparable del de zurcidoras de voluntades o celestinas.”  (7)

   Ella altera la tonalidad de los relato y para llegar a visualizar la escena del crimen, el retrato robot de la sospechosa, el storyboard de las escenas claves si pensáramos en un telefilm debemos recurrir a otros especialistas gráficos. La novela rosa de Carreño, los rojos sangre de Sendero se transforman en brumas de la retina cuando de ella se trata; en el sentido de las pinturas negras de Goya que preceden a las novelas del mismo color. Es la ambigüedad del grabado, la tinta, la prensa, el papel y esto tiene consecuencias: la fiesta del toro se vuelve una tauromaquia con cóndor. Los sueños de la razón producen monstruos en el virreinato del Pacífico, incursiones de terrucos y militares revitalizan los desastres de la guerra con corte de bufones, violaciones, bobalicones y viejas desdentadas, fusilamientos, ejecuciones brutales, masacres y cadáveres mutilados. La sombra evocada de la inquisición y Dionisio, que parece bailar entre las llamas como un oso de gitano porque está condenado culpable de concupiscencia reiterada; en el todo si consideramos el conjunto peruano hay una nación Saturno que devora a sus hijos sin distinción.

   En tiempos en los cuales estamos tentados de cuerpo y alma por suponer que el misterio de la muerte está en los DVD, donde el talentoso Anthony Hopkins encarna al doctor Aníbal Lecter, especialista en Dante que cocina a sus víctimas según las recetas de Alexandre Dumas, mientras escucha las Variaciones Goldberg en la versión Glenn Gould parecería cosa de museo limeño eso de creer en brujas. Al menos que… como diría doña Adriana.

Notas

1) Mario Vargas Llosa: “¿Quién mató a Palomino Molero?” Biblioteca Seix Barral. Sudamericana-Planeta. Buenos Aires, 1986. pag. 131

2) Idem. pag. 153

3) Mario Vargas Llosa: “Historia de Mayta”. Biblioteca Seix Barral. Sudamericana-Planeta. Buenos Aires, 1984. pag. 120

4) Idem. pag. 123

5) Idem. pag. 124

6) Mario Vargas Llosa. “El pez en el agua”. Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, 1993. pag 520

7) Marcelino Menéndez y Pelayo. “Historia de los Heterodoxos Españoles”. Biblioteca Emecé de Obras universales. Tomo I Emecé Editores. Buenos Aires: 1945. pag. 96

Lefaucheux III

Cada sección de Lefaucheux ya dije que podía ser un cuento y el conjunto tiene elementos para suponer una novela en potencia. Pensando en “cuento fundamentalista” hay una forma de duplicidad al quererle sumar a la historia retenida una escenografía de encuadres sociales, el espectro de las fuerzas negativas que operaban en el país. Había una historia íntima y retirada entre los enamorados sucediendo en la casona de Las Manzanas y otra más expuesta, prosaica y social que ocurría en el boliche “la última curda”. El dueño era un tipo derecho y tío de David -que fue el cordero de la ceremonia- se gana como puede la vida (más bien la pierde); es tanguero de la guardia nueva y quemado por la existencia, halla una forma de consuelo dejando que los muchachos se reúnan en el local. Antes, siendo yo joven, cuando los muchachos se juntaban era para armar un equipo de fútbol. Otra variante era formar una banda de música; yo me compré una guitarra, pero nunca llegué demasiado lejos, prefería escuchar a los maestros Luiz Bonfá, Bola Sete y Baden Powell de Aquino.

La tercera tentación era publicar una revista literaria, no la pude hacer ni lo supe hacer y por eso la inventé en el medio del camino de la vida. Sabemos por qué se llama Lafoucheaux y debía estar por tal razón en el libro sobre Horacio Quiroga; conocía de tertulias y talleres por procuración, debido a coincidencia de educación literaria y amores de estudiante, conocí a poetas jóvenes de Tacuarembó de la tradición Washington Benavídez. Fuimos compañeros de cursos -en el Ipa, Humanidades y algunas otras andanzas- sobre todo con Víctor Cunha y Eduardo Milán. Los conocí felices cuando publicaron sus primeras plaquetas, una tarde vinieron a casa y trajeron a Eduardo Darnauchans. Momento mágico; Eduardo D. era otra cosa y tenía sus andares de músico; para mí era muy superior a Bob Dylan: tenía que ser así porque yo lo oí cantar, compartimos alguna copa y habló con mi madre, que seguro nos preparó aquella tarde una bebida caliente porque hacía frío.

Puede que algún domingo Milán haya venido a almorzar con Jorge Media Vidal a la casa materna de la Avenida 8 de octubre. Medina Vidal era T. S. Eliot, decidí que estaba ante T.S. Eliot, era mi estrategia de convencimiento y única manera de salir en expedición a robarle a los dioses el fuego del relato: el tiempo presente y el tiempo pasado están todos presentes en el tiempo futuro… Medina era T.S. Eliot porque nos hablaba de la canción de amor de J. Alfred Prufrock, de la tierra baldía y los cuatro cuartetos porque nos quería y respetaba. Los poetas eran Víctor y Eduardo, yo andaba cerca aprovechando el aura; los podía imaginar pensando una revista, leyendo sus versos a doncellas, emulando trovadores de la estirpe Arnaud Daniel; como el Pato, yo escuchaba para memorizar y después contar con el correr de los años. 

Nadie nada nunca volvería a ser como antes, el país del Danubio F.C. y Los Delfines, Discodromo Sarandí y Roberto Barry estaba enterrado. Había que hacer lo posible para negociar la transfiguración y en eso cada verso es capital; en esa noche del boliche de la parte III, había meteoritos que venían con su propia carga de perdición a cuestas Quedaban en la vuelta algunos valijeros vendedores de libros, conocí varios y al mío le inventé una debilidad carnal, lo bauticé en recuerdo al Club de lectores de Banda Oriental. El Pato comprende y el Banda asume la perdición que lo consume, siendo capaz de hacer del vicio sentimental y lascivo un capítulo de “el amor tiene cara de mujer”, donde se oía a Luigi Tenco cantado “o capito che ti amo”, si bien prefería una versión fronteriza. El Pato es el narrador que nos cuenta a nosotros, tiene distancia, el relato lo necesita para salir del horror donde los hechos se llevan el relato hacia las cañadas del olvido. La tragedia está en movimiento y todos serán arrastrados, veremos la explosión de una Estrella, el resto está en expansión bien fuera del cuento.

Eduardo Milán publicó “Salido” en Varasek Editorial en 2018 en Madrid; Jorge Medina Vidal murió diez años antes: junio 2008 fue un mes tan cruel como el abril que engendra lilas y mezcla memoria con deseo.

La utopía virtual

La idas y vueltas del canon literario -preferencias, reediciones, axiología, traducciones, temas para tesis…- se articulan partiendo de criterios que nunca hacen unanimidad; desde que comencé a enseñar asistí a las evoluciones operando al interior de grupos de estudio, movilidad que es estímulo, opacidad, renovación y pleitesía de paradigmas forjados lejos. La formación en el IPA y profesores amigos, me instalaron en un andarivel de filología clásica, en la cual traté de mantenerme: biblioteca abierta mostrando asimismo el listado de mis limitaciones receptivas. Busqué la amistad de Antonio Carlos Jobim y Eduardo Arolas y descuidé la Velvet Underground o la narrativa de Nike Cave. Seguí con ese arsenal las evoluciones en los años setenta por la novela latinoamericana, la adicción al texto (formalistas, estructuralistas, lingüistas, retóricas y poéticas) y hacia fines del siglo pasado los sacudones del motor crítica y la praxis literaria.

Corpus y discusión, recepción e industria comenzaron un bailoteo intricado que podría resumir -a rasgos groseros- en la apología de la post modernidad, la rueda auxiliar de una post post modernidad -a la espera de una post post post modernidad inevitable…-, el final de los grandes relatos de explicación del mundo y aprendizaje de la opinión periodística según los riff de Slash de Guns N’Roses y Os Paralamas do Sucesso. La reflexión universitaria se volvió hacia temas preexistentes o inventados sobre la marcha; luego derivó a una articulación forzada de explicación de texto, donde el juego consistía en hallar relatos que coloraran primicias salidas de especulaciones varias o correntada de tesis imponderables. La novela dejaba de ser exploración de los posibles partiendo de textos precedentes y resultado de trapecistas sin red retórica, para ilustrar temas reivindicativos de minorías con mono de contestación. Hubo un desplazamiento que fue capitulación, hallando interés en la narración vehiculada por soportes como el cine, el comic y valoraciones de expresiones mediáticas; había en ello sincera iniciativa por despertar el interés del alumnado, un agotamiento del modelo precedente -con estigmas que se atribuye al poder cultural dominante- y cierto acomodo de facilidad: revancha histórica y operativo de desmantelamiento simbólico, desdén al misterio de la tradición hermética y felicidad de afirmar que las Musas se convirtieron en divas de culebrones, donde los ricos también lloran; si bien había perlas raras, como “Amo y señor” con Luisa Kuliok y Arnaldo André. 

Durante años me limité a ser observador de dichas evoluciones, desde los signos de decadencia de la prensa y la invasión de pastores sin rebaño en radio y televisión (tenía interés por los sermones volcados al español caribe de Jimmy Swaggart, con fondo de órgano electrónico, lo que se explicaba siendo Jimmy primo de Jerry Lee Lewis: Great Balls of fire) consideraba que los Media narraban distorsionando una suerte de realidad paralela al servicio del poder entre intereses financieros y algoritmos; de eso trata la comunicación. Una revolución de las conciencias, el gusto y consumo donde el discurso universitario perdía pie iniciando los cien años de soledad. Todo ello es en 2020 más espinoso por la sumisión y caída profesional de periodistas en su individualidad, la avalancha de redes sociales, la teoría y práctica con cacería de fake news, el poder de Twitter desde la Casa Blanca y la tecnología 5G sospechada de Huawei.

Cuando respondí al llamado del coloquio sobre la utopía a comienzo de siglo XXI decidí reorientar el modelo; vi en la utopía tradicional un género literario pertinente para pensar el futuro global partiendo de consideraciones argumentadas en relato. La actualidad de la imaginación así considerada, formaba una biblioteca reducida de otros mundos creados en la trama humana con escasa intervención divina. Lo real se forma con lo inexistente, la verdad objetiva nunca bloqueará la duda reincidente sobre poderes ocultos ni la patología complotista con antena en Ganimedes. La visión de las religiones funciona con la existencia de dios como primera hipótesis de trabajo, que es la mayor fake new creada por la humanidad, excepción hecha de la danza Tandava de Shiva, que tiene en su voluntad cósmica el poder de aniquilar lo que nos rodea, haciendo al fin de sus 108 danzas tabula rasa del pasado… y pensar que no estaremos ahí para contarlo.