Lafoucheaux III

Cada sección de Lafoucheaux ya dije que podía ser un cuento y el conjunto tiene elementos para suponer una novela en potencia. Pensando en “cuento fundamentalista” hay una forma de duplicidad al quererle sumar a la historia retenida una escenografía de encuadres sociales, el espectro de las fuerzas negativas que operaban en el país. Había una historia íntima y retirada entre los enamorados sucediendo en la casona de Las Manzanas y otra más expuesta, prosaica y social que ocurría en el boliche “la última curda”. El dueño era un tipo derecho y tío de David -que fue el cordero de la ceremonia- se gana como puede la vida (más bien la pierde); es tanguero de la guardia nueva y quemado por la existencia, halla una forma de consuelo dejando que los muchachos se reúnan en el local. Antes, siendo yo joven, cuando los muchachos se juntaban era para armar un equipo de fútbol. Otra variante era formar una banda de música; yo me compré una guitarra, pero nunca llegué demasiado lejos, prefería escuchar a los maestros Luiz Bonfá, Bola Sete y Baden Powell de Aquino.

La tercera tentación era publicar una revista literaria, no la pude hacer ni lo supe hacer y por eso la inventé en el medio del camino de la vida. Sabemos por qué se llama Lafoucheaux y debía estar por tal razón en el libro sobre Horacio Quiroga; conocía de tertulias y talleres por procuración, debido a coincidencia de educación literaria y amores de estudiante, conocí a poetas jóvenes de Tacuarembó de la tradición Washington Benavídez. Fuimos compañeros de cursos -en el Ipa, Humanidades y algunas otras andanzas- sobre todo con Víctor Cunha y Eduardo Milán. Los conocí felices cuando publicaron sus primeras plaquetas, una tarde vinieron a casa y trajeron a Eduardo Darnauchans. Momento mágico; Eduardo D. era otra cosa y tenía sus andares de músico; para mí era muy superior a Bob Dylan: tenía que ser así porque yo lo oí cantar, compartimos alguna copa y habló con mi madre, que seguro nos preparó aquella tarde una bebida caliente porque hacía frío.

Puede que algún domingo Milán haya venido a almorzar con Jorge Media Vidal a la casa materna de la Avenida 8 de octubre. Medina Vidal era T. S. Eliot, decidí que estaba ante T.S. Eliot, era mi estrategia de convencimiento y única manera de salir en expedición a robarle a los dioses el fuego del relato: el tiempo presente y el tiempo pasado están todos presentes en el tiempo futuro… Medina era T.S. Eliot porque nos hablaba de la canción de amor de J. Alfred Prufrock, de la tierra baldía y los cuatro cuartetos porque nos quería y respetaba. Los poetas eran Víctor y Eduardo, yo andaba cerca aprovechando el aura; los podía imaginar pensando una revista, leyendo sus versos a doncellas, emulando trovadores de la estirpe Arnaud Daniel; como el Pato, yo escuchaba para memorizar y después contar con el correr de los años. 

Nadie nada nunca volvería a ser como antes, el país del Danubio F.C. y Los Delfines, Discodromo Sarandí y Roberto Barry estaba enterrado. Había que hacer lo posible para negociar la transfiguración y en eso cada verso es capital; en esa noche del boliche de la parte III, había meteoritos que venían con su propia carga de perdición a cuestas Quedaban en la vuelta algunos valijeros vendedores de libros, conocí varios y al mío le inventé una debilidad carnal, lo bauticé en recuerdo al Club de lectores de Banda Oriental. El Pato comprende y el Banda asume la perdición que lo consume, siendo capaz de hacer del vicio sentimental y lascivo un capítulo de “el amor tiene cara de mujer”, donde se oía a Luigi Tenco cantado “o capito che ti amo”, si bien prefería una versión fronteriza. El Pato es el narrador que nos cuenta a nosotros, tiene distancia, el relato lo necesita para salir del horror donde los hechos se llevan el relato hacia las cañadas del olvido. La tragedia está en movimiento y todos serán arrastrados, veremos la explosión de una Estrella, el resto está en expansión bien fuera del cuento.

Eduardo Milán publicó “Salido” en Varasek Editorial en 2018 en Madrid; Jorge Medina Vidal murió diez años antes: junio 2008 fue un mes tan cruel como el abril que engendra lilas y mezcla memoria con deseo.