Julio 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Cuento para la cuerda sol

Un apócrifo: “Martillo de jesuitas

LOS RIOS FICTICIOS

BRUXELLES PIANO-BAR

Capítulo II: ELLA FUMABA DUNHILL VERDE

Partes 8 a 15.

(continuará)

EL ASTILLERO

Mi primer Felisberto

VII) Espía vocacional

VIII) El pianista y los personajes

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

CIRCE MAIA

En la figura de Circe Maia se concentran varios paradigmas claves de la literatura uruguaya contemporánea; tiene algo de prodigioso en este mes de Julio, que su palabra -en el espacio- viaje desde Tacuarembó y ascienda hasta la nube virtual de La Coquette. Una precocidad infantil en verso y la perseverancia cuando las nieves del tiempo, la dictadura hurgando dentro del hogar y sus secuelas dolorosas en la poesía, trayectoria accidentada en la docencia y el taller de la traducción. Su presencia de debe a la generosidad de varios amigos; recuperamos un texto que se dice prólogo y poética vigente de cuando Maia tenía veinticinco abriles. Las editoras de su obra del sello Rebeca Linke (Graciela Franco, María del Carmen González, Patricia Núñez) autorizaron la difusión de varios poemas y a ellas nuestro reconocimiento.

Carina Blixen los seleccionó y había escrito el 2 de mayo de 2021 en El País Cultural lo que sigue. “Clara, audaz, difícil y hospitalaria: los adjetivos surgen juntos al querer presentar, en forma apretada, la poesía de Circe Maia. Agregar que es, a un tiempo, clásica e irreverente tal vez ayude un poco más a dar idea de la vastedad de la provocación que supone esta obra de apariencia humilde. Maia estudió Filosofía y fue docente en esta disciplina, pero no es el pensamiento abstracto su modo de “responder al mundo”, sino la poesía.  Como señalaron, en los años ochenta, los responsables y colaboradores de la revista rosarina Diario de poesía, su obra reniega de un lenguaje que se vuelva sobre sí mismo. Por eso la “transparencia” es posiblemente la noción más convocada en el momento de interpretarla. Las fuentes de los variados registros de su actividad poética se encuentran -ha explicado en diversas entrevistas- en lo leído y en lo vivido. Al mismo tiempo, concibe la poesía como un acto, impulsado frecuentemente por una sensación. Es un estado que surge cuando se echa a andar la escritura. No expone ideas, pero muchos poemas tienen una elíptica estructura argumentativa. Es una manera de crear la necesidad de un lector activo, que se involucre en un razonamiento al que generalmente asiste cuando ya ha comenzado.”

CARINA BLIXEN

Por primera vez asistimos en La Coquette al diálogo espejo entre dos visitantes, a los poemas de Circe Maia le responde un ensayo esclarecedor de Carina Blixen publicado en el libro homenaje “Circe Maia: palabra en el tiempo” (APLU y Rebeca Linke Editoras, Montevideo: 2021). Blixen es docente de literatura egresada del IPA y periodista cultural; vivió en Madrid a comienzo de los años ochenta en pleno destape español, donde estudió la obra de Juan Benet y el período catalán de Joaquín Torres-García. En 2013 defendió en Lille su tesis de doctorado sobre Carlos Liscano, que luego se hizo libro: “Cuando la literatura es el surco. Figuras del desplazamiento en la narrativa de Carlos Liscano.” Quizá la tarea reservada y con obra más visible de Blixen, es la de estudiosa en el Departamento de Investigaciones y Archivos literario de la Biblioteca Nacional. En el pretil de lo fantástico transitó por el tríptico Marosa (y sus variaciones), Felisberto y Levrero. Avanzó en los secretos de las mujeres solas del 900 y a los nombres de María Eugenia y Delmira, le fue sumando avatares poéticos de Juana, Idea, Clara Silva y Alicia Migdal. En 1997 cuando casi todos glosaban sobre el centenario de Faulkner, Carina decidió rescatar a un atleta olvidado apodado en Brasil o terror das pistas -muchacho moreno de mirada taciturna, nacido en 1897 en el montevideano barrio Guruyú-; escribió y publicó en el 2000 “Isabelino Gradín: testimonio de una vida”. Dramas de la intolerancia como los del Sur del Norte suceden aquí también, a la vuelta de la esquina, mientras en la vereda una cuerda improvisada de tambores va templando las lonjas.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

SEXTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Rolando Villazón / “La danza” de Giacomo Puccini.

Lalo Schifrin / “Mission : Impossible”.

John Coltrane / “My favorite things” de Richard Rogers y Oscar Hammerstein.

Ignacio Corsini / “La pulpera de Santa Lucía” de Héctor Pedro Blomber y Enrique Maciel.

Dick Annegarn / “Bruxelles”.

Astor Piazzolla / “Boedo” de Julio de Caro.

Lucio Battisti / “E penso a te”.

Charles Aznavour / “J’aime Paris au moi de mai”.

Robson Miguel / “Aquarela do Brasil” de Ari Barroso.

Deep Purple / “Smoke on the water”.

María García Vigil / “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

A través de una nube de polvo

A la hora del radioteatro se hace un silencio de misa. En los meses de invierno cuando oscurece temprano y hace mucho frío la ilusión de escuchar esas voces nos mantiene despiertas. Un rato antes de las ocho, acomodo la cama turca que sirve de platea mientras la abuela busca el dial en la emisora y vamos entrando en tema:

 —Vos qué decís, ¿Al final lo perdona o no?

Ella responde siempre con otra pregunta.

—¿Vos te acordás nena lo que pasó cuando ella estaba enferma? Más vale que se lo piense muy bien.

Y ahí me quedo con los ojos muy abiertos, sumergida en los vaivenes y en las preguntas de esas otras vidas que también son nuestras. Por eso no toleramos ni un chistido durante la media hora que duran los episodios, es un momento sagrado y a Terencia, mi tía, justo en ese momento, siempre se le da por gritar. No le importa el radioteatro, tiene el suyo propio adentro de la cabeza.

Yo sé lo que le pasó. Cuando la llevaron en la ambulancia para dar a luz, un camión militar los chocó de atrás y ella se ligó un golpe en la cabeza. El bebé nació muerto dijeron y Terencia enloqueció. Ella dice que era una niña y que la escuchó llorar. Y nunca dejó de escucharla. Por eso llora y a veces también grita. La abuela piensa que su sobrina nunca se va a curar y por eso deja que se quede como parte del mobiliario de esta casa. Y la verdad es que todos nos acostumbramos a ella.

En invierno estamos las tres solas y en esos meses se me da por pensar en mi madre y preguntarme si algún día me vendrá a buscar. Durante las vacaciones de verano vienen mis primos y nos divertimos juntos. Terencia juega con nosotros carreras de embolsados y nos ayuda a fabricar hondas, arcos y flechas. Cuando joroba o se le da por llorar, la mandamos a juntar huevos, nísperos, papas voladoras, pitangas, moras y mburucuyás. Ella vuelve con el balde repleto de frutas y la cara y los brazos llenos de arañazos y picaduras. Los días bravos, cuando molesta mucho, le inventamos una misión más complicada. Le pedimos un huevo de avestruz, una mulita o una tortuga. Uno de esos días demoró tanto en volver, que nos preocupamos. Llegó casi de noche con ramas de espinas de la cruz clavadas en las piernas ensangrentadas. Ella no se daba cuenta, no sentía el dolor preocupada por haber llegado con las manos vacías. 

En las noches de verano, ponemos música y la hacemos bailar a cambio de un cigarrillo. Baila en trance, con el pelo erizado y nos hace reír porque es tan flaca que parece un títere. Hay noches que son especiales. Al amparo de las sombras, Terencia se adorna la cabeza con una flor de ibisco o con un malvón, se endereza, su talle se alarga y parece más alta. En la radio suenan milongas, sambas y también rock and roll, pero ella va a contramano de la música y baila un ritmo que sólo resuena en su cuerpo. Rebolea una servilleta o un mantel que sirven de pañuelo o pollera en su partitura imaginaria y gira ágil y armoniosa. Cuando termina se transfigura y vuelve a bailar.  Se saca la flor del pelo, las alpargatas vuelan lejos, se anuda las manos en la espalda y zapatea descalza con una fuerza desconocida. Su mirada se vuelve seria y fulminante. Después de los aplausos, reclama su cigarrillo y se sienta a fumar sobre el pasto, entre las marquesinas de los bichitos de luz. El olor y el humo del tabaco negro la envuelven en un limbo donde ella parece aspirar sus recuerdos. A su marido lo había conocido en un grupo de danzas populares en un pueblo perdido a orillas del Cebollatí. Era un peón bajito con un bigote fiero y negro y los ojos de un perro triste. Al principio él venía a visitarla, le traía jabón de olor y agua colonia. Pero un día, no vino más.

A la hora del radioteatro de las ocho, soy yo la encargada de llevarla al galpón y encerrarla ahí por si llora o grita y, apenas termina, la voy a buscar. Ahí tiene un sillón de mimbre, la aguja de crochet y ovillos de lana para que se entretenga. Terencia teje siempre lo mismo, cientos de cuadraditos que terminan convertidos en colchas, carpetas, bolsos o fundas de almohadones. Hace un tiempo que ovillamos los cuadrados otra vez para que vuelva a empezar porque se acabó la lana. Los días de lluvia se queda con nosotros ya que el ruido del agua contra las chapas de zinc del techo es tan estruendoso que no podemos escuchar nada. Esos días leemos cuentos o jugamos a la escoba del quince. Antes de irnos a dormir, Terencia nos da siempre el beso de las buenas noches y nos hace repetir la única oración que conocemos: ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día.

En febrero, unos días después de mi cumpleaños, mi madre avisó que me viene a buscar. Se consiguió un novio con plata que está de acuerdo en vivir con nosotras. Recuerdo los pies de mi madre, los dedos largos y las uñas chiquitas pintadas de rojo y puedo ver el vestido azul con botones blancos y todavía siento olor de las naranjas que me daba con un agujerito arriba para chupar el jugo. Pero no me acuerdo de la cara de mamá y eso me hace sentir muy mal.

Una gota de agua cae encima de mi cabeza y me despierta. Siento el diluvio que golpea fuerte sobre el techo. Tengo miedo de que el puente viejo quede tapado por una crecida y mi madre no pueda venir. A las siete sale el sol y al rato ya estoy lista y peinada ayudando a mi abuela en la cocina. Cada tanto me asomo al patio y vigilo el camino de tierra. Trato de no pisar las grietas y los charcos que todavía quedan sobre el piso de portland porque no quiero que se arruinen mis alpargatas nuevas.

Llegan al mediodía. Mamá tiene el pelo largo, rubio, casi blanco y se puso un short de jean y sandalias doradas. Está preciosa. Vuelvo a recordarla tal cual era la última vez que la vi. El novio es grandote y fuma mucho. Lleva una camisa ajustada, amarilla y manchada de transpiración. No se saca nunca el sombrero y cuando se ríe le brilla un diente de oro.  Mamá le dice Micielo y lo mira embobada. Creo que todavía no se da cuenta de que cumplí trece años y estoy casi tan alta como ella. En cambio, él me mira con mucha atención, con los ojos saltones, entrecerrados, como los de un lagarto.

Almorzamos todos juntos en una mesa afuera, abajo de las parras. Alrededor muestro, revolotea una multitud tornasolada de guitarreros y a lo lejos se siente el ruido áspero de los grillos. El calor es tremendo y me transpiran las manos. Dice mi madre que en la casa nueva tengo un cuarto para mí sola, con cortinas rosadas y me van a regalar un canario blanco con su jaula. Trato de imaginarme ese cuarto, pero no puedo verlo.

A la tarde nos despedimos de todos y yo me acomodo arriba de un colchón en la caja de la camioneta, con el bolso de cuadrados de crochet tejidos. Ahí cabe toda mi ropa y también llevo una frazada enrollada que me da la abuela por si siento frío. A través de la nube de polvo, veo a mis primos y a Terencia que corren atrás nuestro, gritan y saludan con los brazos en alto hasta que se vuelven diminutos y borrosos.

Mi madre por fin me vino a buscar, estoy viviendo mi sueño, pero a medida que nos alejamos, me envuelve una tristeza insoportable. La camioneta se detiene en el lugar donde el camino de tierra se cruza con el asfalto de la carretera. Los autos y ómnibus pasan veloces rumbo a Montevideo. El motor hace un ruido constante y molesto y el olor del gasoil me da nauseas. A mis espaldas, en esa cabina llena de humo, mi madre va recostada contra Micielo que sigue con el sombrero puesto. Son dos extraños. Las nubes se volvieron rojas, se acerca la puesta de sol. Mi brazo izquierdo descansa sobre el bolso y los dedos se me enredan entre los huecos del tejido. Siento que me falta el aire y no aguanto más.  Me deslizo silenciosa hasta el borde de la caja y me dejo caer. Quedo inmóvil, en cuclillas, abrazada a mi ropa y tengo miedo. ¿Qué digo si me descubren? La camioneta arranca enseguida y apenas se pierden de vista, empiezo a correr. No paro hasta llegar al galpón. Saco la tranca, libero a Terencia y nos vamos las dos, corriendo hasta la casa. Llegamos justo a tiempo para el radioteatro de las ocho.

Espectros

Las personas, a veces, eran miserables. Espectros simples, desplazándose por inercia. Ella misma ahora, a sus diecisiete años, ella misma casi siempre, un simple espectro, una persona miserable.

Pasa otra vez la muchacha cargando palos, trapos y tachos, y ella la envidia por tener una actividad, un trabajo, un oficio. La envidia por ser otra, una que no se queja, que no se acomoda contra el borde de la ventana para quejarse, así, tan cómoda. Los grandes ojos, las oscuras pestañas, el pelo peinado para atrás, suave pelo de niña, las horas de ocio, el terrible tiempo, la nada.

La muchacha sigue de largo, los auriculares puestos, su ágil cuerpo bailando ya en el segundo pasillo. Puede oírla tarareando en la distancia, repitiendo la alegre melodía, siempre un poco distraída y contenta. ¿Por qué ella no encontraba placer en nada?, ¿por qué no le eran placenteras las cosas que eran placenteras para los demás? La previsible serie de cosas que entusiasmaban a las personas normales. Y las personas normales, ¿qué eran?, ¿qué era la normalidad? Ojalá lo supiera. Ojalá supiera algo. Y si era invisible, si finalmente lo era, apenas un alma allí, absorbida por alguna secreta misión, menos que eso incluso, gracioso aire transparente, necesario aire transparente, por qué seguía sintiendo ese horrible vacío. ¿Y de dónde venía ese horrible vacío?, ¿cuál era su origen?, ¿cuándo había comenzado?

Durante un buen rato no se escucha ni se ve nada más. Todo sucede del otro lado. Los ágiles pies, las rápidas manos, la fuerza necesaria para mover esto y aquello, el brazo estirado, tenso y flexible, útil como una buena herramienta.

La muchacha aparece después por uno de los pasillos, agachada sobre los azulejos, el largo y brillante zócalo allí abajo. Ella la ve de espaldas, pasando el trapo, retorcida, incómoda y como si el mundo se hubiese dado vuelta de golpe, ¿el mundo se había dado vuelta de golpe? Quizás sí, quizás algo como eso había ocurrido; el lento, el suave, el sordo desmoronamiento de todo.

Ahora el cuerpo de la muchacha repta hacia la izquierda y sale de su campo visual. Ella la ve hacer ese movimiento y piensa en bajarse de la ventana, saltar hacia el mundo, soportar el descenso, moverse ella también a ras del suelo. Ser como la muchacha, ser la muchacha un instante. Eso le gustaría. No ser más ese espectro, esa cosa invisible, esa nada flotante.

Y, sin embargo, no salta. Se queda en la misma posición esperando verla aparecer una vez más, de frente esta vez, agachada todavía, sumergidas las dos en un mundo en el que otras mujeres como ellas repetían similares actos de acrobacia.

En ese momento la muchacha aparece, se asoma, la ve y enseguida, con una mano, tira y suelta uno de sus auriculares blancos.

– ¿Me hablaste? – le pregunta.

Ella la mira sorprendida.

-No, no hablé- le dice. 

-Es que estoy con esto y no escucho nada- dice la muchacha.

-La música- alcanza a decir ella.

La muchacha sonríe y asiente, agachada todavía sobre el zócalo, la cara sudada y roja por el esfuerzo. Ella la mira y piensa que tienen casi la misma edad. Podrían ser amigas incluso, y en un mundo ficticio, hasta podrían intercambiarse.

– ¿Tu madre? – pregunta después la muchacha, justo antes de volver a colocarse el auricular.

-Trabajando- dice ella y recién entonces piensa en su madre.

-Siempre trabajando, ¿eh? – la oye decir y el tono neutro de su voz no coincide con la crítica suspicaz escondida en la frase.

Ella la mira y no sabe qué decir. La muchacha levanta las cejas y esboza una sonrisa triste. Se coloca el auricular, da unas pasadas rápidas al último tramo de zócalo y se levanta del piso con cierta agilidad. El pasillo está hecho. Un pasillo allí, en un mundo repleto de pasillos. Ella la ve agarrar sus cosas y salir de su campo visual.

Entonces piensa que podría esconderse, buscar un sitio, meterse allí, esperar la noche. Entonces piensa que podría inventar algo en la oscuridad.

Lady Catherine

Después de lo que me pasó, no hubiera sobrevivido nunca sin la ayuda de Marcia, mi única amiga en toda la ciudad de Chicago. Nuestras hijas son compañeras de clase en la escuela y se hicieron muy compinches porque son las únicas que hablan español. Marcia es argentina y vive acá desde los once años. Ahora fue a dejar a las nenas en la escuela y viene a desayunar conmigo. Se siente bien esperar a alguien. Tengo suficiente café y rescato las pocas cosas que todavía quedan en mi heladera rota para hacer un desayuno decente. Abro la ventana y saco el táper con manteca del pretil para que se ablande. Cuando Marcia toca el timbre, la mesa de la cocina está puesta y tengo todo listo. Ella entra con una sonrisa, se saca el gorro de piel y su pelo negro cae suelto y salvaje sobre los hombros. Deja sus botas sucias de nieve al lado de la puerta y le alcanzo mis pantuflas que parecen viejas y deslucidas al lado de sus medias con cucuruchos de helados verdes. Nos sentamos en la mesa y ella empieza a comer con entusiasmo.

—¿Hiciste la denuncia? —pregunta antes de probar el café.

Solo con mirarme ya sabe la respuesta.

—Me lo prometiste. El prófugo de tu marido tiene que pasarte dinero. Pensá en Sofía.

—No puedo denunciar al padre de mi hija. ¿Y si lo meten preso? Acá la ley es muy estricta, me da miedo.

—Se lo tiene merecido, es una basura.

Toma un sorbo de café y deja la taza arriba de la mesa. Saca una caja de su bolso y me la da. La abro y saco dos pelucas.

—No voy a usar ninguna, gracias —le digo mientras las vuelvo a guardar y le devuelvo la caja—. Hace frío y me alcanza con el gorro. Es lo que menos me importa ahora.

Marcia unta su tostada con manteca y dulce.

—¿Podés sacarte el gorro un momento?

Obedezco y cuando me descubro la cabeza, me veo reflejada en sus ojos como en un espejo: mis orejas redondas y pequeñas, la calva traslúcida y pálida que acentúa el violáceo profundo de mis ojeras, la tristeza de mis ojos sin cejas.

—Tengo un trabajo para vos —dice animada—. Muchos de mis clientes son gente importante que viene por el día. Algunos desde Washington y otros desde Nueva York. Necesito que los recibas y me ayudes a cambiar los escenarios.

Hasta ahora me las había arreglado para no indagar en la profesión de mi amiga, pero había llegado el momento de encarar. El día que Marcia me contó que había dejado su trabajo en el supermercado y se había independizado, admiré su valentía. Arriesgarse a entrar en un rubro nuevo, lidiar con lunáticos y manejar el marketing y las páginas web era un enorme desafío.

—Y con las nenas ¿qué hacemos? —pregunto antes de contestar.

—Las nenas son sagradas, vos solo trabajás en horario escolar y siempre y cuando no te toque quimioterapia.

—Cualquier cosa que me saque de estas cuatro paredes y me dé dinero es bienvenida.

La tarjeta está impresa con letras góticas: «Lady Catherine». Más abajo dice: «dominatrice». Compruebo una vez más la dirección mientras camino por las calles cubiertas de restos sucios de nieve; entro por el jardín lateral de una casa y golpeo la puerta del fondo. Marcia aparece con un traje negro de látex como si fuera una surfista. Tiene el pelo recogido en un moño alto con una red dorada. Es la reina de un cómic.

El lugar es oscuro, las paredes están pintadas de negro y hay cadenas y argollas amuradas a diferentes alturas. En el centro, arriba de una plataforma, instaló un sillón-trono tapizado en fucsia con un foco inmenso que lo ilumina. Tiene dos baños, uno pequeño y otro enorme con una bañera dorada. Se respira un olor extraño, dulzón.

—¿Te gusta mi oficina?

Marcia me lleva a un cuarto pequeño convertido en un gran clóset, elige una chaqueta con botones metálicos hasta el cuello y un par de botas militares. Mis hombros anchos de nadadora y mi altura son, por primera vez, una virtud. Me cubro la cicatriz con un pañuelo de algodón y Marcia me pone una banda elástica que aplasta apenas el seno que aún me queda. Cuando estoy lista, me evalúa satisfecha:

—Vamos a tener que ajustar el pantalón. Por hoy lo usás así. Guantes, probemos con guantes.

Cuando llega el primer cliente, lo recibo con la calva al descubierto y el rostro impertérrito, casi sin mirarlo, y lo escolto hasta el vestidor. Soy un esbirro andrógino y perfecto. Vestida de hombre me siento más fuerte. Me gusta, me da seguridad y me hace sentir muy bien. Observo de reojo a ese tipo grande con piernas peludas, que sale vestido de minifalda y con una peluca rubia. Se arrodilla sumiso frente al trono, saca con delicadeza las botas de Lady Catherine y empieza a pintarle las uñas de los pies. Desde donde estoy no entiendo lo que dicen. Marcia me mira y me hace una guiñada imperceptible. Nos divertimos.

Algunos clientes le pagan solo para que los ate y los encierre en un ropero. Yo le alcanzo las cuerdas como si fuera una instrumentista que asiste en una delicada intervención. Si me hubieran dicho hace un mes que iba a estar trabajando en esto, no me lo hubiera creído. Sin embargo, tampoco hubiera creído que mi marido nos fuera a dejar cuando me operaron y sucedió.

El acontecimiento del año es el gran Fetish Ball. Trabajamos mucho con los atuendos y ensayando maquillajes. Voy a ganar trescientos dólares extras por una sola noche, y la babysitter la paga Marcia. Conseguimos una argolla de hierro con cadenas para mi cuello que hacen un efecto dramático muy teatral. Mi amiga va con una capa con forro violeta, botas que parecen medias y una malla llena de pinchos, un Jean-Paul Gautier que encontramos en una tienda second hand. Mientras esperamos el remise, nos sacamos un montón de selfies.

Cuando llegamos a la fiesta, no me alcanzan los ojos para mirar todo. La anfitriona es una mujer con pelo rojo, tiene la mitad de la cabeza rapada y tatuada con un estampado de calaveras. Las uñas se enroscan como serpentinas y están pintadas de negro. Me pregunto cómo hace para lavarse los dientes o cortar el papel higiénico y recién entonces se me ocurre que deben ser postizas. Trato de controlarme y parecer indiferente. Es difícil porque en ese momento se cruzan delante de nosotras dos hombres con arneses y los cuerpos llenos de cicatrices. Los dirige un hombre albino, con galera y una capa de piel. Ellos avanzan con lentitud en cuatro patas. Cada tanto Marcia me da un tirón de la cadena, para que recomponga mi personaje.

El espectáculo inaugural comienza muy pronto: dos ángeles, hombre y mujer, casi desnudos bajan lentamente del techo. Cuelgan de cadenas enhebradas en argollas que atraviesan como piercings sus espaldas. Las alas son los cuatro brazos cubiertos de plumas blancas. Se oscurece la sala y se iluminan solo esas figuras aladas que comienzan a girar cada vez más rápido, mientras la música va in crescendo. Los agujeros de la piel se agrandan y el espectáculo termina con aullidos de dolor. La ovación es estruendosa y yo estoy conmocionada. Me doy cuenta de que al menos yo tengo la esperanza de que el cáncer se cure y mi pelo crezca. Esa gente no tiene arreglo.

La semana pasada compré una heladera nueva y solo necesito que vengan a retirar la vieja cuanto antes. Se siente bien volver a ser independiente, salir a flote a pesar de todo. Por primera vez estoy pensando en ir al juzgado a reclamar la pensión de mi hija.

—No gastes un mango en fletes —dice Marcia cuando le cuento que necesito contratar a alguien que saque a la calle la heladera vieja—. Te mando a uno de mis esclavos. Eso sí, tenés que insultarlo, ya sabés, como para que le valga la pena ir hasta ahí.

Marcia es grandiosa, tiene recursos para todo.

 El viernes, cuando abro la puerta, veo a un hombre de unos cuarenta años, rubio, de ojos azules, que se presenta como amigo de Lady Catherine. Lo dejo pasar y él va derecho a la heladera. Me cae simpático. Tengo que reconocer que es extraño ver a un señor bien vestido, con traje, bufanda y sobretodo, tratando de arrastrar una heladera.

Repaso con disimulo la lista de insultos que había preparado. Empiezo por los más suaves, tratando de sonar enojada.

—No seas torpe, tené cuidado.

El segundo intento me sale mejor:

—Sos un inútil, no servís para nada.

Recién ahí vislumbro en el esclavo una sonrisa. Entonces agarro viento en la camiseta y sigo, envalentonada:

—Pedazo de un cretino, ¡cuidado! Me vas a romper la pared.

De repente me siento muy bien.

—Sos una basura, ¡un hijo de puta, un hijo de mil putas!

El hombre había dejado la heladera junto al contenedor y se había perdido de vista. Yo seguía, con los ojos llenos de lágrimas, gritando insultos que resonaban en la calle desierta.

Avioneta

Siempre era lo mismo por esta época del año. Yo, ustedes, y hasta los insectos escuchando. Las mujeres en sus reposeras, los hombres remangados, los largos brazos apoyados en las mesadas, la charla suave. Y también el verde gusano a punto de caer de una rama, su cuerpo invisible, flotando en el aire.

Todos estamos cansados. Pienso eso y oigo a lo lejos el auto con megáfono, como un insecto insidioso, dando insidiosas vueltas manzanas. Y enseguida una, dos motos pasando rápido. La vida, todo, pasando rápido.

Me subo a la bici y avanzo, me alejo, me abro paso. Voy atenta al ruido de la goma contra el pedregullo. Paso por el club, atisbo su interior, intentando esquivar el brillo del sol contra los ventanales. El club, nuestro club, mi ansia suave. No hay nadie, le digo, le aviso a la bicicleta, imaginando que es algo más; quizá, un caballo. Vamos, le digo y tomamos por el camino hacia el barranco.

Leguas, yardas, millas. Una pareja de viejos camina agarrada del brazo por la banquina. Se alejan de su casa, se abren paso. Caminan seguros y firmes, serenos y sin apuro. Se ríen. Optimistas, vaciados de dolor, confiados. Los envidio. Estoy mirando y oyendo y los envidio. Quiero ser el pequeño gusano reptando en el aire invisible, deshaciéndome por segundos, en la tarde blanca.

Llego a la planicie arenosa. Un ómnibus de treinta y seis pasajeros podría asomarse y caer rodando. El barranco. Su hermosa zona despejada. La esperanza de, incluso, una muerte rápida. Me acuclillo y pienso en las dos imágenes. Intercalo una sobre un pájaro de grandes alas. El pájaro cinematográfico. Después me siento allí, cómoda, las nalgas aplastando la hierba suave. Miro el paisaje. Cada mata de pasto, cada lazo verde, cada montículo de algo, desprendiéndose y desperdigándose.

Una avioneta aparece, su brusco sonido primero, como una lancha, y enseguida su silueta clara y definida contra el azul del aire. Una avioneta allí, avanzando y entrando a cuadro. Lleva un cartel en la cola. Un cartel que dice Mírenme, Elíjanme.

Todo tiene su réplica, digo al pasto, y al abejorro que zumba a un costado, en el aire cálido. Todo tiene su réplica, repito, mirando aquello. El recorrido del caracol, sinuoso; el sinuoso diseño de su caparazón; la larva, avanzando, su baba suave. Y también la carretera, arriba; su oblicuo recorrido, con sus ondulantes yuyos a un costado. Los firuletes pintados a mano, decorando el cartel que da nombre a una casa. El almacén y bar, con sus paredes rajadas; su verde, verdísima enredadera, avanzando sinuosa sobre la piedra suave.

Mírenme, elíjanme, les digo a la flores silvestres justo antes de arrancarlas. Las estrujo dentro de mi mano. Las mantengo allí, abrigadas y cálidas.

Atardece. La pareja de ancianos vuelve a casa, con sus bártulos apropiados; el peso de las bolsas pasa de una mano a otra mano, y uno de los dos es amable y se ofrece para cargarlas.

Abajo, contra el borde del barranco, la diminuta playa, una breve medialuna de agua, roca y arena. Nadie en la arena, nadie contra la roca suave. Ni siquiera una pareja de jóvenes amantes. De pronto, siento hambre. Comida, carne, pan, naranjas. Pienso en volver a casa. Encerrarme en el cuarto, llorar porque sí, llorar contra el olor a sal, a vida venturosa, a barco.

Pienso eso justo cuando la avioneta regresa de alguna parte. Tranquila y práctica; avanza, se abre paso.

Sofá

Todo estaba medio muerto, ni siquiera la antigua felicidad podía repasarse. La ventana, la ventanilla, la puerta, todo estaba cerrado. Alguien, una persona del tiempo de las personas, hablaba afuera, en el corredor. Las cosas que tenía que hacer, no las recordaba. Debería anotarlo todo, pensó, nombre, dirección, teléfono, como hacían las viejas dementes, sus familiares, para evitar algo, la muerte o la pérdida total del cuerpo. El día anterior había cumplido años. Era la primera vez que la edad, su edad, le sonaba como algo ajeno, un estado o una circunstancia referida no a ella sino a alguien más. Y ese mismo día, frente a la ventanilla, el empleado flacucho le preguntaba la edad. ¿Edad? Ella se lo quedó mirando como si no comprendiese la pregunta. El empleado la miró también, sólo esa ojeada rápida. ¿Qué edad, señora? Ah, la edad, claro. Cuarenta y seis, dijo y aquello le sonó a error. Un asombroso error. Un espantoso error. Un defecto burocrático del universo. Cuarenta y seis, repitió el empleado, delgado como un niño, con su extraña voz de adulto. Ella cabeceó un poco, con cierta torpeza, como si la cabeza le pesara. Cabeceó y cabeceó como un pobre caballo herido, y el muchacho no levantó ni una sola vez la cara para mirarla. Pero ella no corcoveó con violencia, ella no chocó su cabeza contra la mampara de plástico transparente. Tenía cuarenta y seis años y ya había aprendido que no había que golpear las superficies de plástico que la separaban de las personas, menos si se trataba de empleados, y menos si estos eran esas extrañas cosas delgadas. El resto de la jornada había transcurrido sin otros sobresaltos y ahora se acomodaba para una corta siesta. Desde su cómodo y viejo sofá podía oír el runrún que le llegaba desde el corredor. Era un interminable diálogo. A veces las personas quedaban atascadas en los pasillos por horas. Y cuánto más viejas eran, más fácil era que se atascaran. Escuchó un poco, lo que pudo, y le pareció que hablaban de los tiempos de antes, de las épocas en que los niños salían a la calle hasta tarde y había un baldío. Sí, el baldío, me acuerdo, dijo una voz. Cuando yo era chica, dijo la otra. Cuarenta y seis años, dijo ella, lo gritó casi, con la inútil idea de interrumpir el diálogo, de ser escuchada y comprendida por alguien, fuese quien fuese. Pero nadie pareció escucharla. Un rato más tarde, el diálogo terminó y todo quedó en silencio. El sol bajó, se apagó un poco, el aire pareció espesarse. Y hasta el sofá de siempre le resultó incómodo, como si de golpe se hubiese achicado. El sofá, las piernas sobre el sofá, las duras caderas, el lastimoso tronco, todo parecía haber sido reducido a pura vejez húmeda. En la calle, recordó. En la calle nadie la miraba. Nadie la miraría ya. Los hombres, hebras débiles, pasaban, seguían de largo. Cada día estaba más cerca de la menopausia, pensó. Pronto dejaría de controlar la natalidad, definitivamente. Pronto la natalidad sería nada y no tendría para ella ningún significado. Una cosa hueca, allí. Palabras dichas por alguien, referidas a alguien más. No había tenido hijos, no se había reproducido, la oscura huella de su ADN no se había duplicado en nadie, en ninguno. A veces soñaba que estaba embarazada. Otras, que tenía un hijo, un niño ya crecido. A veces el hijo se convertía de golpe en un cachorro recién nacido, resbaladizo y huidizo entre sus manos. Cuando despertaba tenía la clara sensación de haber sido despojada de algo. Pero ese duelo ya había sido vivido. El sofá lo sabía. Ese duelo ya había sido hecho. No era necesario ahora volver sobre lo mismo. Tenía cuarenta y seis años y ya había aprendido que había monólogos que no valía la pena retomar. Era mejor dejarlos, verlos irse y alejarse, como pacíficos islotes. No era triste eso, no era más triste que cualquier otra cosa: un niño vendiendo jazmines, por ejemplo. Los mismos jazmines, incluso. Eso ya lo había aprendido. Y a girar en el sofá, también. A colocar el cuerpo hacia adentro y quedar acurrucada contra el respaldo de felpa. Y a respirar la felpa, su olor característico. Cuando giraba en el sofá se imaginaba que era una anciana, anciana y enfermera al mismo tiempo. La buena enfermera que toma precauciones. Así que giraba con cuidadosa lentitud, imaginando que era ayudada por alguien. Y sonreía un poco cuando por fin terminaba de acomodarse. Le gustaba sentirse así, como una vieja de cien años, adolorida en el sofá familiar, previendo monólogos, identificándolos, rechazando unos y eligiendo otros. ¿O no era eso lo que hacían las viejas en las casas de salud? Ella juraría que sí. 

Circe Maia: constelaciones

Es posible pensar que las imágenes referidas al suelo y al pisar que se reiteran en la obra de Circe Maia han ido dejando las huellas del proceso de creación de esta poesía que, solo ocasionalmente, se refiere a sí misma. Este es un trillo trazado por una escritura que avanza con un movimiento no uniforme, pues admite ritmos diferentes, detenciones, ascensos bruscos o deslizamientos imprevistos. Desde su primer libro adulto Maia hizo suya la noción de poesía en el tiempo de Antonio Machado. Puntualmente, quisiera recordar el verso, popularizado por Joan Manuel Serrat: «se hace camino al andar». La identificación del desplazamiento del tiempo/cuerpo con los trazos de una escritura y una vida puede señalarse también a través de la presencia, más tardía en su obra, del poeta William Carlos Williams. En un artículo sobre algunos poemas de Williams, recogido en La casa de polvo sumeria, Maia decía que «ha comparado su forma de escribir con el acto de caminar». Al referirse al poema «La rosa» del escritor estadounidense explicaba que «en el acto de escribir el terreno sobre el que se desliza el pensamiento poético no es […] uniforme; se puede decir que no está “pavimentado”» (2011: 85). El diálogo establecido entre Machado y Williams a través de la poesía de Maia apunta al desafío renovado de crear: hacer el camino en cada poema. Esto se realiza en compañía de un lector que la obra de Circe convoca, invita, interpela, necesita, en fin, como parte de ese trayecto en que algo llega a ser. El poema surge de las tensiones entre la percepción, lo no-lingüístico y el lenguaje. La manera de dar concreción a la incertidumbre surgida de esta puesta en relación es cada vez diferente. En forma paralela, el conjunto de esta obra parece exhortar al lector a elaborar su propio recorrido. Será en parte azaroso, pero, para tener sentido, tendrá que someterse a una lógica poética rigurosa. […]

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El prólogo del 58 y catorce poemas (1958-2014)

Una de las veces que Antonio Machado se refiere a la poesía, la define como “respuesta animada al contacto del mundo.” La relación con la realidad es, por consiguiente, estrecho, íntima: se trata de un diálogo. Vemos en cambio, muy a menudo, que la poesía se ha vuelto monólogo, perpetuo girar del pensamiento sobre sí mismo, oscuridad expresiva, acumulación de imágenes.

   Se considera muchas veces a la belleza como una esencia aislada de lo real, del vivir cotidiano, -y aún en oposición con él-, de modo que las ocupaciones corrientes, la vida en compañía, serían trabas para el creador. Comparto, al contrario, la opinión que ve en la experiencia diaria, viva, una de las fuentes más auténticas de poesía. Su expresión adecuada es un lenguaje directo, sobrio, abierto, que no requiere cambio de tono con el de la conversación, pero que sea como una conversación con mayor calidez, mayor intensidad.

   La misión de este lenguaje es descubrir y no cubrir; descubrir los valores, los sentidos presentes en la existencia y no introducirnos con un mundo poético exclusivo y cerrado. Para cumplir su misión, el lenguaje cuenta con el auxilio de las cualidades formales: los valores sonoros, cierto ritmo, cierta estructura. Ellos son función del contenido, mejor dicho, la única manera cómo el contenido logra su existencia.

   Cada poema debiera tener su forma intransferible como cada objeto real tiene su color y figura propia. Es por esto que no me parece deseable el uso casi exclusivo de formas tradicionales, como el soneto. (Este último es muchas veces preferido porque provoca más fácilmente la ilusión de que la plenitud del poema se ha logrado.)

   Mucho habría que decir sobre este difícil problema de la relación de forma y contenido, pero sólo quiero agregar la convicción íntima de su profunda unidad; precisamente, la intensa felicidad que provoca la creación poética me parece que consiste en lograr, a veces espontáneamente, otras con dificultad, la indisoluble unión de lo expresado y su “manera”, cuando el sentido se hace transparente y vivo a través de la forma.

   Sobre el material que compone este libro, poco hay que decir. Los poemas más antiguos se encuentran en la segunda parte, “Mar y Ciudad”. Los del comienzo “Verano”, son un reflejo de las muy felices vacaciones que he pasado en campaña, en Paysandú y Tacuarembó.

   En general, los poemas, tendrían a agruparse en conjuntos, en unidades más grandes, tal vez porque no he logrado dar en ninguno de ellos aisladamente, la totalidad de los que querían expresar.

   Es por eso que no he seguido eliminando y seleccionando. Ninguno parecía valer por sí solo; los dejo, pues, que se apoyen unos en otros, que busquen crear una atmósfera común que los sostenga.

C. M.

Una vez

Una vez, como era temprano, caminamos
antes de ir a acostarnos y después de la cena
por dentro de una noche inmensa, cielo bajo
blanco de estrellas.

Caminamos por dentro del resplandor cercano
como dentro de música
dentro de un titilante silencio transparente
envueltos en canciones remotas y secretas

Y aunque nadie cantaba
atravesando nieblas de ancha luz nocturna
caminábamos
sintiendo de algún modo como una voz, volando
sobre nuestras cabezas.


Y como no veíamos la tierra que pisábamos
todo se volvió cielo:
los ojos fueron cielo,
el corazón prendía y apagaba latidos
y así fuimos andando por adentro del cielo
juntos y silenciosos
envueltos en estrellas.

(En el tiempo, 1958)


El regreso

Regresarán follajes y entrecruzar de ramas,
el complejo rumor de los árboles, los múltiples,
salpicados, cambiantes colores de las hojas.

Volverán a su única semilla
a su primera vez, a su germen oscuro
donde un día dormían.

Y juntos, sin saberse ni verse, sin el ansia
por salir a la luz desde allá abajo
como ahora se esfuerzan en los espesos montes
alzándose y luchando.

Regresará aquel rojo de pétalo encendido
aquel verdor de luz, de dorada alegría
aquella flor veteada y de irisar rizado

todo aquel amarillo llovido sobre el campo
cuando abril se caía en gotas amarillas
sobre un lado del cerro.

Todos regresarán a su hueco de sombra
al centro oscuro y simple donde estuvieron juntos
donde una vez durmieron.

(En el tiempo, 1958)

La muerte

I

A las tres de la tarde le anocheció de golpe.
Se le voló la luz, el piso, las agujas
del tejido, la lana verde, el cielo.
Ves qué fácil, qué fácil:
un golpecito, un hilo
que se parte en el silencio
a las tres de la tarde.

Y después ya no hay más. De nada vale
ahogarse en llanto, no entender, tratar
de despertarse.
Muerte, de pie, la muerte
altísima, de pie, sola, parada
sobre mayo deshecho.

(En el tiempo, 1958)

Junto a mí

Trabajo en lo visible y en lo cercano
-y no lo creas fácil-
No quisiera ir más lejos. Todo esto
que palpo y veo
junto a mí, hora a hora
es rebelde y resiste.

Para su vivo peso
demasiado livianas se me hacen las palabras.

(Presencia diaria, 1964)

El puente

En un gesto trivial, en un saludo,
en la simple mirada, dirigida
en vuelo, hacia otros ojos,
un áureo, un frágil puente se construye.
Baste esto solo.

Aunque sea un instante, existe, existe.
Baste esto solo.

(El puente, 1970)

Sincronías

¿Cómo se hará para estirar la mano
y atraer hacia aquí todo el presente
y atarlo?

Que se escape el sol sobre la hoja
el mosquito en el aire
ronco motor doblando la esquina
y en paladar el gusto del durazno.

(Superficies, 1990)

Poemas de Caraguatá

(Imagen final)

I

A la hora final
cada uno tendrá su pequeño paisaje
para borrar con él esa penumbra
de habitación de enfermo.

Este trozo de río no está mal, por ejemplo,
para guardarlo así: las costas verdes
rodeándolo, brillante, silencioso.

Y son dos movimientos:
mientras el bote avanza
sin ruido, hacia adelante,
la imagen, al contrario,
va hacia atrás, silenciosa,
abriendo el pensamiento
y ancla profundamente.

Cuando toque soltar amarras
de una vez para siempre
el viajero no habrá de ver los muros
-frascos, cama, remedios-

sino este río inmóvil
bajo la luz del sol, resplandeciente.

(Dos voces, 1981)

Objeción de Simmias

(del Fedón Platónico)

¿Y si el alma fuera como música
y el cuerpo la lira?
Roto uno, la otra no existe
dice Simmias.
El silencio se hace en la celda.
Los discípulos callan, inquietos.
De aquel largo silencio, todavía las olas
salpican.

(Dos voces, 1981)

Raíces

Hoy de mañana
tuvimos que arrancar unas hierbas
que crecían por todas las ranuras.
Se arrancaron las hierbas
y quedaron al sol temblando las raíces
como sorprendidísimas… ¿y esto?
¿De lo oscuro a lo claro un instante?

Muerte invertida, rara:
de la tierra cerrada y ciega
al ojo azul que todo lo traspasa.

Abrirse a todo aire: perderse.
Soltarse a toda luz, también perderse
dicen las raíces
temblando.

(De lo visible, 1998)

La fiesta de Trimalción

En medio de la fiesta
Trimalción quiere saber qué se siente
qué iba él a sentir en su velorio
el día en que los dioses dispusieran
su muerte…
            Entonces
pide a los invitados que se hagan los dolientes
y él se pone su fina mortaja
de color adecuado
hace tocar la música adecuada
y pide que le lloren
que le arrojaran flores
                    y lloraran.

Algunos invitados protestaron
-su mujer no quería-
pero se hizo todo a su manera.

Los viejos manuscritos están rotos
de modo
que ya salta Petronio hacia otro tema
y el liberto no sale
de su espantosa fiesta.

(De los visible, 1998)

Invitación

Me gustaría
que me oyeras la voz y yo pudiera
oír la tuya.

Sí, sí, hablo contigo
mirada silenciosa
que recorre estas líneas.

Y repruebas, tal vez, este imposible
deseo de salirse del papel y la tinta.
¿Qué nos diríamos?

No sé, pero siempre mejor
que el conversar a solas
dando vuelta a las frases, a sonidos,
(el poner y el sacar paréntesis y al rato
colocarlos de nuevo).

Si tu voz irrumpiera
y quebrara esta misma
línea… ¡Adelante!
Ya te esperaba. Pasa.
Vamos al fondo. Hay algunos frutales.
Ya verás. Entra.

(Breve sol, 2001)

Despedidas

Colores y sabores.
¿Habrá que despedirse
del gusto del limón,
su punzada en la lengua?

¿Y habrá que decir adiós al ruido de la lluvia?
¿Cuándo?

(Dualidades, 2014) 

Por detrás de mi voz

Por detrás de mi voz
-escucha, escucha-
otra voz canta.

Viene de atrás, de lejos
viene de sepultadas
bocas y canta.

Dicen que no están muertos
-escúchalos, escucha-
mientras se alza la voz
que los recuerda y canta.

Escucha, escucha:
otra voz canta.

Dicen que ahora viven
en tu mirada.
Sostenlos con tus ojos
con tus palabras.

Que no se pierdan.
Que no se caigan.

No son solo memoria
son vida abierta
abierta y ancha.

Escucha, escucha:
otra voz canta.

(Poema musicalizado)

Escritor pensado

(un inédito)

Quince fragmentos

Evitar lo peor. Evitar lo peor todo lo que se pueda. Evitar todo lo evitable. Dentro de lo posible, evitar también lo inevitable. Dentro de lo posible, tratar de que nada se transforme en inevitable. En la medida en que se pueda, hacer lo humanamente posible para que no haya nada que evitar. Trabajar para que lo inevitable no tenga lugar. Preparar las cosas de tal modo que lo inevitable, si ocurre, sea previsible. Trabajar para que, siendo previsible, a lo inevitable se le pueda impedir que ocurra. Evitar de antemano, si es que esto es posible. Hacer hasta lo imposible para que no haya que evitar nada. Desterrar para siempre la necesidad de que algo deba ser evitado. No tener necesidad de evitar. No evitar nada, nunca. Que nada sea evitado. Que todo ocurra cuando deba, cuando quiera, como quiera, en el momento que quiera. Las cosas son como son porque así han de ser porque otras cosas fueron como fueron. Cuando algo que va a ocurrir es evitado se corre el riesgo de poner en marcha hechos indeseados que no podrán evitarse. Todo está concatenado desde el origen, no es posible evitar nada. La evitación es ilusoria. La evitación está predeterminada para que actúe como causa para que otras cosas ocurran de modo inevitable. Nada es evitable, nada es inevitable. Lo que se evita, lo evitable, lo que es evitado, ya estaba previsto en la infinita cadena de causas que condujeron a la evitación. Lo inevitable ocurre no porque no se pueda evitar sino por la infinita cadena de hechos que lo precedieron. Lo que se evita no es evitable. Lo que no se puede evitar no es inevitable. Iba a ocurrir de todos modos.

*

Anoche hablaba de “mis modestas luces”. Me fui a la cama con eso en la cabeza. ¿Era una expresión de mi conocida modestia o el reconocimiento de que no soy inteligente? Mi modestia no es conocida por nadie, más que por mí. ¿O acaso es un rasgo de inmodestia decir que soy modesto?

Dejemos eso porque no puedo mantener más de una línea de pensamiento en la cabeza. A veces no soy capaz de mantener siquiera una línea y la cabeza da vueltas y vueltas en el mismo sitio sin llegar nunca a ninguna parte. O, dicho de otro modo, un modo tal vez un poco más poético, o directamente poético, a veces mi cabeza anda como una mariposa. Se posa en muchas partes y nunca se detiene en ninguna. Uno no sabe qué busca la mariposa, aunque quizá ella sí lo sepa. Bueno, mi cabeza anda como una mariposa y, como no es una mariposa, no sabe por qué se posa donde se posa.

Retomemos lo del comienzo. Mi madre creía que sí, que yo era un niño inteligente. No solamente creía que era inteligente sino “muy” inteligente. Lo decía a quien quisiera oír. A mí me daba algo de pudor porque sentía, íntimamente sentía, que yo no era inteligente. Pero tanto lo repitió mi madre que al final terminé por creérmelo. No creérmelo mucho, pero sí un poco.

Yo me sentía más bien limitado, de vuelo corto, y a la vez pensaba que mi madre no podía equivocarse tanto, por eso acabé cambiando de forma de ver las cosas, gracias a ella. Si mi madre lo decía algo tendría que haber allí. Más o menos así razonaba yo: una madre sabe, intuye, se da cuenta de todo. Después, con los años, empecé a pensar que mi madre no sabía tanto, ni intuía con certeza, y tampoco se daba cuenta de todo porque hasta yo podía engañarla.

Pero bueno, durante un tiempo, unos años, tenía para mí que yo era medianamente inteligente. No andaba por ahí diciéndolo porque sabía que esa era una forma de demostrar lo contrario. ¿Era esa una actitud inteligente o no? Yo creo que sí, una actitud moderadamente inteligente.

Con los años me di cuenta de que tenía dificultades para entender algunas cosas complejas. Después me di cuenta de que también tenía dificultades para entender algunas cosas simples. Más adelante me di cuenta de que me costaba entender cosas elementales.

¿Cómo era eso? ¿Un inteligente no entiende siempre todo? Un inteligente, ante una dificultad, ¿no se sienta a pensar y encuentra la forma de removerla, de solucionar los problemas? Entonces, si mi madre tenía razón y yo era inteligente, ¿cómo era que no entendía cosas elementales? ¿Cómo era que quedaba semanas y meses aplastado por los problemas? Para mí, en aquellos tiempos, no había nada que valiera más que ser inteligente. ¿Entonces? Hoy reconozco que la inteligencia está un poco sobrevalorada, pero no nos adelantemos.

Al final llegué a alguna parte: yo no era inteligente. No era difícil reconocerlo, aunque a mí me llevó un buen tiempo. Bueno, pero si no era inteligente, ¿qué era yo? ¿Lento, tonto, cateto, badulaque, orate? Si era así, entonces, ¿cómo era que había vivido tantos años y no había sucumbido ante la cantidad de dificultades que se me habían presentado más o menos desde que nací, dificultades grandes, medianas, pequeñas? ¿Había sido suerte? Pero yo nunca creí en la suerte.

Entré en un período de reflexión confusa al que llamé la oscura noche. Me daba cuenta de que, aceptada la premisa de mi falta de inteligencia, me iba a ser muy difícil avanzar a pura reflexión. Esto parece obvio, pero me llevó semanas enunciarlo. Porque el razonamiento es así: si uno acepta como verdad principal que no es inteligente, ha de reconocer, a la vez, que le será difícil avanzar hasta el punto de darse cuenta de que reflexionando pueda llegar a alguna parte.

Bueno, yo lo conseguí, llegué a ese punto, cosa que estuvo en el límite de hacerme dudar de la premisa. Pero, en un esfuerzo que no sé si llamar ético o intelectual, deseché la hipótesis de que la premisa podría no ser acertada. Por lo menos la deseché en un comienzo.  Ad referendum de las conclusiones finales, digamos.

Pese a lo que la premisa suponía, pese a que así condenaba mi acto reflexivo casi a la inacción, me dio cierto contento haber llegado a ese desenlace. Era prueba, me decía, de que, aunque no era inteligente, si bien no lo era y yo eso lo aceptaba sin discusión, si me lo proponía, con mucho esfuerzo, era capaz de llegar a un punto que, si bien no demostraba inteligencia, daba pruebas de que yo podía. ¿Que podía qué? No sé, podía darme cuenta de algo.

Con mucho esfuerzo de cabeza, dedicándole a la cosa mucho tiempo, a pesar de que me era muy difícil avanzar, fui llegando a lo esencial. Si no soy inteligente, me preguntaba, ¿qué soy? Porque algo soy, ¿o no? Claro que yo quería ser y no quería no ser. Me decía que la demostración manifiesta de que yo era “algo” era que estaba allí, hacía meses, tratando de encontrar una definición para mí. Eso era ser. Yo no sabía si era ser mucho, pero no tenía dudas de que era ser “algo”.

Paso muchas horas sin hablar. No estoy callado todo el día. Alguien de una empresa llama para confirmar mi nueva dirección. Alguien llama por error. La cajera del supermercado, amable, me dice “Que tenga un buen día” y yo le digo “Gracias”. Me encuentro con una amiga durante la caminata de la tarde, nos saludamos, nos decimos tres frases. Me peleo con la Lita porque ladra demasiado o porque se me escapa en el parque. Es decir, hablo. Hay días de mayor laconismo. No hay ningún día en que yo no diga una palabra, cortés, obligada, o me pelee con la perrita. Pero la palabra hablada no domina mi vida.

En este tiempo algo se está creando dentro de mí. Lo noto, aunque no sé cómo decirlo. Esta ausencia de voces, este silencio en medio del ruido, la conversación interior, está creando algo que no sé qué es ni a dónde conduce. Otra vez, aunque preferiría que no fuera así, está en relación con la palabra. La falta de la palabra hablada lleva a que la palabra pensada, el balbuceo mental, lo irracional, lo oscuro del lenguaje, dominen el día. Me hablo, discuto, me desdigo. Qué cantidad de tonterías que uno es capaz de pensar y decirse cuando no tiene interlocutor.

En este momento tengo un tornillo en el bolsillo del pantalón. En el bolsillo derecho. Lo encontré en el suelo mientras limpiaba la casa. En vez de tirarlo me lo puse en el bolsillo, hace unas seis horas. A cada rato me digo que tengo que ponerlo en la caja de herramientas, pero me da pereza ir hasta el armario, abrirlo, abrir la caja y dejarlo allí. No me decido a tirarlo ni a ponerlo en su sitio. Es increíble que esto me ocupe la cabeza. Hechos así me ocurren todos los días, el soliloquio sobre nada. Y los días pasan cargados de asuntos como el del tornillo.

Bien, yo era “algo”. Ahí había un punto firme donde poner los pies, un pequeño territorio conquistado por mí. Me preguntaba qué pensaría mi finada madre si se hubiera enterado de en qué cosas andaba su hijo del alma. Creo que no le habría gustado. Tampoco lo habría entendido, pero no porque no pudiera entender sino porque no le gustaba. Porque a mi madre, si no le gustaba, no lo entendía. Así era ella, solo entendía lo que le gustaba. Pero si le gustaba, tampoco lo entendía. “¿Para qué entender si ya te gusta?”, decía.

Yo heredé de ella algo de eso. Si una cosa me gusta es posible que la entienda. Ahora, si de entrada no me gusta, ya no me interesa entenderla. Pero también, igual que hacía mi madre, me pasa que, cuando una cosa me gusta no me preocupo por entenderla. ¿Para qué meterse en líos tratando de entender si a uno le gusta? Si te gusta es mejor dejarlo así como está. Vaya que intentes entenderlo y cuando lo entiendas te des cuenta de que no te gusta. Un fiasco.

Retomemos otra vez. Para ser corto: un día, de golpe, llegué a la conclusión de que si bien yo no era inteligente, cosa sobre lo que no había discusión, eso era aceptado por mí como verdad luminosa, algo tenía que me había permitido salvar tantas dificultades en el medio siglo que llevaba sobre el planeta. Yo, y aquí saltó la cosa, era astuto. Allí estaba el quid. Si uno no es inteligente, y yo no lo era, como queda manifiesto, ha de tener algo más. La vida no da tregua y uno debe arreglárselas de algún modo. Puede que haya otros caminos, pero creo que son matices de estos dos: o inteligencia o astucia. Dicen que hay afortunados que han sido agraciados con las dos. No he conocido ese prodigio.

Bien, yo era astuto. Eso me dio cierta tranquilidad, cierta paz interior. Ante las dificultades, yo siempre podría recurrir a mi astucia. El astuto no es inteligente pero se las arregla. A veces se las arregla mejor que el inteligente que, por serlo, se vuelve un poco tonto, un poco impráctico. Confiado en que es inteligente, se deja estar y al final la realidad le pasa por encima. Yo no era inteligente, pero era astuto. De eso debía valerme. Empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista. Es más, acepto que empecé a mirar todo un poco desde arriba, como sobrándome, subido a mi astucia. Ahora iban a ver lo que era un astuto en acción.

Me duró un tiempo la cosa de la astucia. Yo iba por la calle y sonreía. Nadie se daba cuenta de que allí iba un individuo dotado de astucia. Ahora sí, la vida se iba a enterar de lo que era enfrentarse conmigo, con un astuto de verdad. No como hasta hacía poco tiempo cuando, a raíz de lo que mi madre me había inculcado, yo iba por el mundo de inteligente y siempre me había ido mal. Me daba cuenta del tiempo que había perdido por confiar en mi inteligencia, todo lo que me podría haber evitado. Yo marchaba confiado en mi inteligencia y veía a otros, a quienes no consideraba inteligentes, pasar de largo como si fueran en moto. Y yo siempre a pie. Claro, ahora entendía, esos que me habían pasado por el costado eran astutos y yo era meramente inteligente, cosa que tampoco era.

No voy a volver a las preguntas iniciales de la oscura noche, pero sí dejo constancia de que en aquellos intensos tiempos yo me preguntaba qué había sido de mí. Inteligente no era, eso estaba más que reconocido. Tampoco me consideraba astuto. Porque, tal como las cosas se habían dado, yo creía en mi inteligencia y no creía en mi astucia. Es más, tenía una actitud desdeñosa hacia la astucia. Me parecía una cualidad espuria. Veía individuos que yo consideraba astutos y los despreciaba. Eso no es inteligencia, me decía, eso es mera astucia, como una especie de bandidismo. Ahí no hay cabeza, solo hay olfato, así no vale. Las cosas han de ser limpias, claras, hechas a fuerza de pensamiento, de ideas bien definidas.

Pero ¿qué es la inteligencia?, me pregunté un día. Empecemos por donde hay que empezar, como deben hacerse las cosas, por el principio. Porque si no era inteligente por lo menos podía tratar de pensar de modo ordenado. Me hice esa pregunta, me dispuse a responderla, y me senté a pensar.

Estuve cinco años sentado. Había días en que yo veía que avanzaba. Era notorio que iba camino a la verdad, rumbo al día en que lograría decirme: “Inteligencia es esto”. Pero luego venían días en que todo se me venía abajo y me quedaba como al comienzo, sin entender nada.

Para ser cortos, después de esos cinco años quedé donde estaba. Ese fue el resultado: cero. Entonces volví a las andadas. Yo me decía: vistas así las cosas, considerando que no logré entender qué es la inteligencia, hay que concluir que no soy inteligente, cosa que todos ya sabíamos. Tampoco la naturaleza me ha beneficiado con la astucia, cosa también conocida. Entonces, ¿cómo es que he vivido hasta ahora?, me preguntaba.

Fue después de eso que empecé a reconocer que algo de astucia yo debía haber tenido porque, de otro modo, era imposible que hubiera sobrevivido. Por ese camino fue que, recordando todas las metidas de pata que había hecho y de las que siempre, a trancas y barrancas, había salido adelante, empecé a reconocerme astuto. No solo astuto, sino muy. Me reía solo recordando todas las burradas que había hecho y me preguntaba cómo fui capaz de recuperarme. Con astucia, claro. Cuanto más grande la burrada más me regocijaba recordando con cuanta astucia había sabido sortearla.

Se transformó en un vicio, recordar burradas, cuanto más necias mejor. Porque, cuanto más necia la burrada, más grande había sido mi astucia. No había forma de no reconocerlo: yo era un astuto. A esa altura, además, era un astuto viejo.

Todavía ando con el tornillo en el bolsillo. Me digo que qué bueno que me ocurran cosas así, absurdas y pequeñas. Que yo piense en ellas. Son recordatorio de qué es mi vida, me ayudan a saber quién soy. Por eso lo escribo, para no olvidarme, para no perderme.

Anduve un tiempo haciéndome el astuto, hasta que se me desmoronó. Porque a cada paso descubría que, pese a mi gran astucia, ahora no solo tenía los mismos problemas que cuando me creía inteligente sino que, además, tenía problemas que nunca antes había tenido. Yo creía que había superado la oscura noche y resultaba que no solo no había salido de ella sino que cada día me perdía más allí. La oscura noche es un asunto que merece un tratamiento por separado de lo que aquí transcurre. Algo se dirá.

Como se adelantó, la oscura noche es una etapa o mejor dicho una “era”, que aún no ha terminado. El vocablo ‘era’, según el Diccionario de la Academia, es: “período de tiempo que se cuenta a partir de un hecho destacado” y también “extenso período histórico caracterizado por una gran innovación en las formas de vida y de cultura. Era de los descubrimientos. Era atómica” y también “cada uno de los grandes períodos de la evolución geológica o cósmica. Era cuaternaria. Era solar”.

La oscura noche es una ‘era’ en el sentido de la primera acepción del vocablo. Tal vez también un poco el sentido de la segunda. Nunca en el de la tercera.

Elucidado lo anterior, digamos que la Era de la oscura noche aún no ha terminado, pese a que en algún momento se creyó que ya había sido superada. Se entiende que la oscura noche tiene una etapa inicial o liminar, una segunda etapa, y una etapa negra que, según algunos, todavía dura.

Hecha la aclaración, continuamos. Fue durante la oscura noche, segunda etapa, en que decidí que si notoriamente no era inteligente y, encima, tampoco era astuto, podría hacerme escritor.

Dicho así suena diáfano, pero no me lo dije de una sola vez ni en poco tiempo. Fue todo muy enredado. Aquel reconocimiento me condujo a una larga reflexión en la que concluí que debía buscar “algo” en lo que no se necesitara ser ni inteligente ni astuto. Busqué y busqué y busqué.

No fue fácil. Porque me daba cuenta de que para todo, para lo que sea, se necesita o un poco de inteligencia o un poco de astucia o una combinación de las dos: un poquito de inteligencia mezclado con un poquito de astucia. En una palabra, había que ser medio vivillo. No había casos de ausencia de las dos cosas. No se podía vivir en la inopia de inteligencia y en la inopia de astucia al mismo tiempo.

Un día me dije que ya había dado con la cosa. Un escritor no tiene por qué ser inteligente ni tiene por qué ser astuto. Ahí estaba. Es claro que si el escritor es un poco inteligente mejor. O, si no es inteligente, es deseable que sea un poco astuto. Pero podía no ser ninguna de las dos cosas y aún así “ser” escritor. De ese modo lo entendía yo.

Enseguida me puse a la tarea. Para ser escritor ¿qué tenía que hacer? Tenía que escribir algo, claro, pero ¿qué, cómo, acerca de qué? Aquí pensé que me vendría bien, hasta para ser escritor, tener un poco de inteligencia. A la astucia no podía recurrir por lo ya dicho. Por más que durante un tiempo me creí un lince, yo no era astuto, ni cerca. Porque en la época cuando yo miraba el mundo desde la cumbre de mi astucia, y despreciaba un poco a los inteligentes, por despistados, por desubicados y otras lindezas, empecé a ver a los verdaderamente astutos. Esos sí que sabían todo. Otra que vivillos: eran súper vivos. Pasaban por mi lado en avión y yo iba en bicicleta.

Yo, que siempre había admirado la inteligencia, ahora me daba cuenta de que la inteligencia sola, pura digamos, es un lastre. La inteligencia sin astucia, sin un poco de viveza, sin un poco de inmoralidad, digamos, no conduce a nada. Es un lastre de verdad, un peso muerto. Individuos que uno ve y uno entiende que notoriamente son inteligentes y hasta muy inteligentes, parecen infradotados para la vida. En cambio el astuto, el vivillo, cuando hay dificultades está en su salsa.

El inteligente, como yo lo he visto, tiende al exceso. Quiere comprender. Luego quiere hacerse un juicio sobre la moralidad de la situación, sobre la ética de la acción. Y así se paraliza. Mientras el astuto, como llevo dicho, pasa por el costado en avión.

Bueno, fue en la oscura noche, segunda etapa, que yo decidí ser escritor. ¿Estuve mal? Claro, visto desde ahora todo es fácil. Es fácil decir que mi decisión confirmaba no solo mi falta de inteligencia y mi falta de astucia sino también mi falta de sentido común.

Bueno, como fue dicho, arribé a esa orilla: para ser escritor tenía que escribir algo. Era claro, pero ¿qué podía escribir yo? Se me ocurrió escribir poesía. Me parecía más fácil. O no me parecía más fácil, me parecía más corto. Antes me dediqué a la novela. Grandes novelas, con historias nunca contadas, tres, cinco, diez novelas.

Estuve años dedicado a la novela. Después la descarté. Iba a las librerías y miraba novelas. Tenían seiscientas páginas, cuatrocientas páginas, trescientas. Me imaginaba el trabajo que llevaría escribir algo así, los años dedicados a llegar a las trescientas páginas y me desmoronaba.

Buscaba algunas más cortas, ciento cincuenta, ciento veinte. Igual de deprimente. De ahí llegué a la poesía. ¿Qué tipo de poesía escribiría? ¿Con rima o verso libre? Me puse a estudiar métrica. Me aburrió enseguida. Mejor poesía en prosa.

Años dedicado a pensar la poesía en prosa, todo el día. Y no llegué. Nunca llegué a nada, como siempre. Después empecé a preguntarme si de verdad quería ser escritor. En vez de escribir poesía, después de años de pensar en el asunto sin escribir un solo verso, caí en preguntarme para qué iba a ser escritor. Iba a ser escritor porque no era inteligente, iba a ser escritor porque no era astuto. Pero ¿acaso escribiendo me iba a volver inteligente o iba a parecer inteligente? Astuto sin duda nunca iba a ser.

¿Conocía yo algún escritor astuto? O, un poco antes, ¿conocía algún escritor? No conocía ninguno. Pero como algo tenía que hacer, bien podría ponerme a escribir. Entonces las preguntas empezaron más atrás. ¿Por qué tenía que hacer algo?, ¿por qué no podía dedicarme a no hacer nada, que era lo que venía haciendo desde que me conocía? ¿Dónde iba a parar con eso de hacer algo? A nada, pero para ser tenía que dedicarme a alguna cosa. ¿Y por qué tenía yo que ser? ¿Acaso ya no era? Claro, pero era lo que era, y era eso lo que yo pensaba que tal vez debía o podía ser cambiado. Tal vez podría intentar ser otra cosa. Escritor, por ejemplo.

Así seguí, días, semanas. Cinco años dedicados a la novela, cinco años dedicados a la poesía, cinco semanas dedicadas a pensar si valía la pena ser escritor. Al fin desistí. Eso fue sano. Eso fue inteligente, si es que se me puede aplicar esa palabra. O fue astuto, si es que ídem. Fue el final de mi etapa de escritor que transcurrió en la segunda época de la oscura noche.

Las cosas no quedaron allí. A los pocos días recaí en el asunto de hacerme escritor. No iba a ser novelista, claro, mucho menos iba a ser poeta, ¿pero era eso inconveniente para que yo me hiciera escritor? Porque ¿qué es un escritor? Para que la pregunta no me abrumara me fui directo al diccionario.

Allí estaba. ‘Escritor’ viene del latín scriptor y es “persona que escribe”, y también “autor de obras escritas o impresas”, y también “persona que escribe al dictado” y también, aunque desusado, “persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien”.

¿En qué sentido quería yo ser escritor? Descartado el sentido “desusado”, descartado escribir al dictado. Me desorientaba un poco aquello de “autor de obras escritas o impresas”. Porque si eran impresas ¿no habían sido antes escritas? ¿O se podía imprimir obras que no habían sido escritas? También descarté este significado. Me quedaba el primero. Yo quería ser una “persona que escribe”. Punto.

Empezaron otros problemas. ¿Qué cosas escribiría, acerca de qué? Pero, ¿tenía alguna importancia eso? Decidí que no me iba a pasar otros cinco años pensando acerca de qué escribe una persona que escribe, es decir un escritor. El diccionario no dice nada al respecto. Si una persona escribe es escritor, no hay discusión. Nada se especifica sobre qué es lo que escribe. ¿Entonces? Lo resolví en cinco minutos. Yo iba a escribir sobre lo primero que se me pasara por la cabeza. (Empezaba a envalentonarme). Sí, cualquier cosa que se me ocurriera. Cosas grandes, cosas chicas, porquerías, todo. Escribiría todo, ¿y qué? (Seguía envalentonándome). ¿Acaso no era mi derecho? ¿Acaso no somos libres?

Me duró un rato la euforia. Me di cuenta de que yo ya era una “persona que escribe” desde hacía más de diez años. Claro, se me puede decir que en esos diez años no había escrito nada, pero fueron cinco años dedicados a la novela, cinco años dedicados a la poesía. Eso tenía que ser tomado en cuenta. Sin inteligencia y sin astucia, como ya estaba más que demostrado, yo era una “persona que escribe”. En ese momento caí en la cuenta de que era mejor volver a la gallina. No, a la gallina no. Lo mejor era volver al tornillo. Asuntos así eran los míos.

Volví al tornillo. No volví al tornillo, pero llamémoslo así: Regreso al tornillo. La grandilocuencia no tiene antídotos. Yo siento un atractivo irrefrenable por historias de tornillos y me gustaría escribir algunas. Pero cada vez que lo intento me gana la grandilocuencia. ¿Algo que me haya pasado hoy que sea del género “tornillo”? Nada, no recuerdo nada. Parece que todo lo que hoy me pasó es superior al género “tornillo” y yo estoy seguro de que no lo es. Pensemos un poco, ¿qué cosas importantes hice hoy? Ninguna. ¿Y entonces? ¿Por qué no encuentro algo del género “tornillo” para escribir en esta libreta mexicana?

Abril 2021

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Detalle de cuadro

La otra vez l’autre est à Mont

Buchanan’s sin hielo

LOS RIOS FICTICIOS

Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta
(Anterior: escenas 1 a 50 / abril: escenas 51 a 60 y final)

EL ASTILLERO

MI PRIMER FELISBERTO

(solfeo fantástico para debutantes)

IV a) Louis Vax

IV b) Roger Caillois

IV c) Tzvetan Todorov

Notas

(continuará)

INVENTARIO XXI Y LIBRO MAYOR

Apostillas y comentarios a la ficción actualizados

LOS VISITANTES

DUILIO LURASCHI

Estación Pereira (“El huésped” – 1999)

La dama (“Mikado” – 2017)

Manteca y miel (“No hay extradición para ningún delito” – 2019)

Los relatos de Duilio Luraschi insisten en ser uruguayos, pero hay algo en ellos de cosa pendiente que los incita a evadirse por los márgenes. Son parientes lejanos de Morosoli y Felisberto, con ancestros que llegaron desde pueblos de Croacia, del interior de los Diarios de Kafka. Duilio nació el año de “Rayuela”, del plan Piloto en la enseñanza secundaria uruguaya y el asesinato de Kennedy. Si bien trabajó atendiendo al público, con programas de computación y como funcionario del Estado, su pasión predominante es el relato breve. Con fidelidad inventiva desde 1987 -además de antologías y recopilaciones- publicó 13 libros de cuentos. Él mismo propuso para La Coquette tres cuentos de atmósferas complementarias.

El nuevo asalariado de una vaga empresa es observado su primer día de funciones un 3 de enero; almuerza arroz con huevos fritos, mientras una trama sin retorno y entre grillos se cierra sobre su persona. Un pianista de ambiente interpreta tangos y valses -de espaldas al público- en la embajada de un país que quizá desapareció del mapamundi y del que emerge una mano femenina con guantes de seda color canela. Dos amigas evocan a la hora del té asuntos cotidianos, la crónica roja inminente y recuerdan amores de estudiantes: hoy un juramento mañana una traición.

Luraschi es como los antiguos fotógrafos ambulantes de la Avenida 18 de Julio; pasan por la vereda casi sin ser vistos, sin embargo -como en “Las babas del diablo”- con un golpe de vista captan la escena clave de la tragedia ocurriendo. La fijan en placa sensible sin que los protagonistas lo sospechen; luego la transfieren a papel sensible en el cuarto oscuro, hasta fijar la imagen imborrable en sepia que viaja por el tiempo.

ALMA BOLÓN

El precursor que sigue aguardándonos

Joaquín Sabina se preguntaba en una canción de 1988 quién le había robado el mes de abril y T. S. Eliot decretó -hasta el fin de los tiempos- que abril es el mes más cruel. Puede discutirse la cuestión aquí y en este San Jorge del 2021, cuando La Coquette cumple el primer aniversario. Se evocan -además- desde el viernes 9 en correspondencia temporal, los doscientos años de Charles Baudelaire.

Alma Bolón escribió un texto donde lo recuerda y tuvo la gentileza de permitir su publicación en el sitio.  A la alegría de saberla sobre el escenario se suma que, por primera vez en Los Visitantes, se incorpora la crítica literaria como actividad creativa. Cuando ella publica en la prensa, circula una corriente alternativa en el campo magnético de la ciudad letrada y al interior del texto. Es docente titular de Literatura Francesa y profesora Agregada de Lingüística Aplicada en la Universidad de la República de Montevideo; pude verla en polémicas públicas sobre políticas de educación universitaria, la escuché entusiasmarse por folletines de ficción del siglo XIX y la leí cuando se decidió a escribir sobre Onetti.

Todo sigue siendo en este otro abril cuestión de punto de vista, como entre los marinos y el albatros. Alma lee a Baudelaire desde la constelación de Capricornio y más allá de las nubes; entonces, el poeta del Spleen y fotografiado por Nadar se refleja en el espejo de manera sorprendente. El dandysmo es estoico, la crítica destilación de ascetismo y rigor: Charles Pierre alerta sobre la tierra baldía de la ciudad antes que todos y la buenas conciencias lo atacan en 1857 ante los Tribunales. El programa de Baudelaire formulado por Alma Bolón es límpido: combatir la trivialidad y aspirar a lo sublime, prepararse para merecer el momento prodigioso del encuentro fortuito.

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

(diario de la obra)

Biblioteca musical(nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

QUINTA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

Cher / “Believe”.

Joaquín Sabina / “19 días y 500 noches”.

Elis Regina y Tom Jobim / “Aguas de março” de A. C. Jobim.

Dave Brubeck / “Take Five”.

Dietrich Fischer-Dieskau y Alfred Brendel / “Gute Nacht” del ciclo Winterreise de F. Schubert.

Ensemble Kapsberger / “Fandango” de Santiago de Murcia.

Canned Heat / “On the road again”.

Supertramp / “Goodbye stranger”

Totem / “Orejas” de Mario “Chichito” Cabral.

Joni Mitchel / “California”.

Daniel Riolobos / “De repente” de Aldemaro Romero.