Mi primer Felisberto

Estamos aquí ante una operación de desplazamiento dentro del Cabaret Literario La Coquette; en el origen del breve ensayo rondando la literatura fantástica, se trataba de notas sueltas sobre la obra de Felisberto Hernández para una edición crítica que nunca se concretó. En la versión original revisada se advertía el paso del tiempo hasta el presente, igual consideré que había allí elementos interesantes que podían aun mantenerse, así que procedí a dos maniobras. En cuanto a los objetivos generales, volví a considerar la enseñanza de la literatura y procedí a transformar -al menos esa fue la intención- las notas en un manual de iniciación a la obra del autor compatriota, destinado a alumnos avanzados y docentes debutantes. De ahí el título que evoca los primeros libros de los estudiantes de música en conservatorios.

Hubo un proceso de retoques, afirmación de certezas y re escritura parcial, también avances personales conjeturales intuidos, puesto que ya no hay en el horizonte universitario tribunales humanos a quien dar cuenta de interpretaciones arbitrarias. Por ello, durante varios meses pasó el nuevo original por la sección El Astillero, como si fuera un taller literario de chapa y pintura, modulando un avance con tiempo adecuado a su forma presente, donde tiende más a abrir pistas que a cerrar conclusiones. Una vez terminada la redacción y su comentario correspondiente, el proceso se bifurca. La primera zona, el ensayo tal cual con su índice y notas, viene ahora a ubicarse entre los trabajos de reflexión teórica, pensamientos resultantes de la experiencia docente en todos los niveles y también con estudiantes franceses. Cada capítulo del ensayo, fue acompañado de un comentario más o menos extenso; una conversación en recuerdo tal vez a las estimulantes “Apostillas a El nombre de la rosa” de Umberto Eco, que tanto leí por los años ochenta del siglo pasado. La totalidad de esos materiales complementarios, se pueden encontrar en el Expediente correspondiente en la sección Archivos. Felisberto fue un aria central en el programa de preparación al examen de ingreso al instituto de profesores Artigas y fue retomado ahora, cuando llegó el tiempo de dejar las aulas. Dimos con el pianista la vuelta completa sobre el lomo del caballo perdido, que también podía ser una versión infantil pintada de la calesita del parque Rodó.

«Jacob y el otro»: cuenta el Tiempo

La primera versión de este trabajo fue un encargo en ocasión de la Edición Archivos del volumen “Novelas cortas” de Juan Carlos Onetti. El libro coordinado por el profesor Daniel Balderston se editó en el año 2009 y fue de suponer un trabajo de preparación paciente y riguroso; participar en ese evento fue una circunstancia feliz en la tarea de investigador por el autor compatriota frecuentado desde la adolescencia, el relato tan intenso a estudiar y la amistad con varios colaboradores, muchos de los cuales cruzaba en peripecias universitarias. Coincidía el proyecto con la etapa crepuscular del aura del signore Amos Segala al frente de la colección, personaje con enigmas renacentistas de iglesia y palacio, generoso e inventor de ediciones que son patrimonio bibliográfico y dicen de otros estudios literarios latinoamericanos. Fui invitado por el coordinador quizá porque en esos años tenía una vida activa en el malón de la literatura rioplatense; evocaría dos episodios pertinentes: una defensa de tesis sobre la obra de Onetti (1992) en la Sorbona y el inolvidable congreso en La Grande Motte (2001) sobre Juan José Saer organizado por Milagros Ezquerro. En esa interacción nunca se sabe qué determina estar en la lista de invitados, un día llega el mail con la propuesta, al otro sale la respuesta aceptando y comienza el trabajo. Olvidé o es sin importancia, si la asignación del texto a comentar fue decidida por el coordinador, si elegí con libre albedrío entre los cuentos restaban luego que los primeros reclutados indicaran sus preferencias. Aceptando cualquiera de las opciones barajadas los dioses me halagaron; si bien conocía meandros de Santa María y estrategias de ingreso a la ficción en portales montevideanos y bonaerenses, venía bien a mi imaginario la rareza de lo que llamé el efecto Jacob y claro que debía agregar a Orsini hablando la misma lengua que Amos Segala.

En principio tenía experiencia acumulada suficiente para escribir rápido y bien sobre el asunto, pero rondaba un misterio -lo mismo ocurre en “Los adioses”- que comenzó a preocuparme, algo fugitivo haciendo de ese cuento una perla rara en el conjunto de la obra. El asunto de lucha grecorromana itinerante parecía distante de mis intereses académicos, que fueron centrados en la presencia de Montevideo en el sistema narrativo de Onetti; hasta que un día entendí que sabía de esa historia entre vestuarios y entrenamientos desde antes de leerla. Reconocí sin bibliografía adicional elementos del exceso gimnástico y el itinerario del guerrero fatigado reconvertido en atleta exhibicionista; había algo de corporal separado de metáforas usuales del autor y otra musculatura de oficio actuaba en secreto ajustando nervaduras del relato, ensamblando lo grande con lo pequeño, haciendo que en cada línea sonara la hora justa. Esa búsqueda fue lo que llevó más tiempo, tampoco era cuestión de sumar lecturas del catálogo inabarcable de ensayos y tesinas, sino ponderar los aparatos puestos sobre la mesa de disección una vez más. Claro que en la infancia había visto “Titanes en el ring” mezcla de mitología, espectáculo y televisión animada por el armenio Martín Karadagián, que tenía el arma secreta en el golpe del antebrazo y un secretario llamado Joe Galera; mi padre me llevó a ver una apostasía de la troupe titanesca encabezada por Alí Bargach, cuyo nombre recuerdo como si lo hubiera visto la semana pasada en el Palacio Peñarol. Después vinieron los años en el Club L’Avenir de Maldonado y Paraguay en Montevideo, que fueron parte exigida de mi educación literaria; al menos para saber en carne propia que se siente pegarle a la bolsa de arena, vendarse las manos antes de calzar guantes y subir al cuadrilátero con otro tipo que te quiere llenar la cara de dedos. Era la atracción del alma del boxeo por razones curiosas de herencia paternal de relatos, los documentales sobre Joe Louis, el final emocionante de Gentleman Jim cuando se saludan Errol Flynn y Ward Bond; quizá porque Cassuis Clay ganó su primer cinturón de campeón mundial contra Sony Liston el día de mi cumpleaños trece y lo escuché en la cabalgata Gillette. Vi de pantalón corto al porteño Andrés Selpa boxear con la platea en contra (adelantando la técnica intocable de Nicolino Locche) y los comienzos -creo que la primera pelea- de nuestro vecino de manzana Enrique “cachete” Espert cuando debutó como boxeador. Pero una cosa es los recuerdo del álbum familiar y otra poner los sueños en relato; por eso me reservo como referencia de nexo el film en blanco y negro de Robert Wise “El luchador (The Sep-Up) con un impresionante Robert Ryan, que vi en la tele -puede que en el ciclo de cine que presentaba Jorge Ángel Arteaga en Canal 5 Sodre- a tal punto que su recuerdo se volvió relato y casi título de un libro de relatos que editó Trilce en Montevideo en 1991. Ahí se trataba del efecto filmado respetando la unidad aristotélica, el tiempo de película narra coincidiendo con el verdadero que se supone transcurre en la intriga, anulación de efecto especiales o flashback poniendo al espectador contra las cuerdas del cronómetro, mientras el cronos de proyección digiere el tiempo de la trama, incluyendo olores de linimento de vestuario sin agua caliente y callejones ciegos, errores de lectura de signos amenazantes de apostadores y traición de gimnasio por un puñado de dólares.

Quizá hablar de efecto era evocar ese misterio saltando la cuerda y la conciencia de utilizar “protocolos onettianos” al análisis crítico dejaban igual una sensación de insatisfacción; con la teoría literaria de la Academia Bakhtine más la suma de recuerdo personales veía el funcionamiento del después, faltaba la estrategia operada por el autor en el transcurso de la escritura. Debía boxear un factor común entre “durante” toda la noche de la pelea con el Ángel y la otra noche milagrosa de la operación del doctor Diaz Grey, el tiempo del embarazo de la muchacha, los tres minutos que rigen la pelea, el minuto de descanso; hasta el KO del adversario o propio se cuenta hasta diez y al sonar el gong se anuncia: segundos afuera en curiosa polisemia. Jacob y el otro era la relojería implacable dando a la vez la hora conmovedora de los distintos personajes, cronología pendular del relato y hora del lector. La gestión del tiempo ficticio es combinación de gancho al hígado, directo al mentón y macaco al piso. La trampa onettiana tan sustentada en espacios novelescos de la ficción, funcionaba esta vez entre engranajes, cuerdas, coronas y rubíes del tiempo; como la relojería tapadera de René, donde la banda de traficantes se refugia antes del final con disfraces de La vida breve:

en la plateada espera del reloj
las horas que agonizan, se niegan a pasar,
hay un desfile de extrañas figuras
que me contemplan con burlón mirar…

Ángeles sobre Ecuador

(apuntes sobre la prosa de Jorge Enrique Adoum)

La participación en coloquios y seminarios forma parte de las tareas del docente universitario francés, son ocasiones de profundizar en las respectivas áreas de especialización; consolida la presencia en el circuito de colegas activos, los docentes novatos toman la alternativa en esas lidas y para los más calculadores, es la oportunidad de organizar la trama oculta de influencias y promoción partiendo de las cátedras disputadas. Suelen ser momentos estimulantes de intercambio social saliendo de anfiteatros y correcciones, la ocasión de conocer profesores extranjeros, algunas ciudades que de lo contrario uno jamás visitaría. Cuando me apliqué algunas veces a ese ejercicio, traté de mantenerme en uno de esos protocolos que era el trato asiduo con la literatura rioplatense; en todo caso, porque acompañaba en las lecturas analíticas la zona creativa personal, siendo la mejor manera de permanecer en contacto con algunos centros de investigación que andaban en lo mismo.

En el año 2007 fui invitado al coloquio homenaje a Jorge Enrique Adoum en Boulogne-sur-Mer; acepté feliz por circunstancias que en mi suponían salir de la zona de confort epistemológica y por varias razones. Había cruzado al poeta ecuatoriano Ramiro Oviedo -el organizador de las jornadas- en comités selectivos para cargos en la universidad, asistí a la presentación/lectura de alguno de sus poemarios, me placía su tenacidad entrañable por defender la cultura de su país y a los autores ecuatorianos. Yo había dirigido en Grenoble una memoria -la estudiante del master venía con ese texto decidido de un largo viaje revelador a Ecuador- sobre “Porqué se fueron las garzas” del ecuatoriano Gustavo Alfredo Jácome. Jorge Enrique Adoum (1926-2009) era muy amigo de Jorge Musto, de cuando el ecuatoriano trabajó en la Unesco en París y entonces -si bien lo crucé pocas veces- sabía bastante sobre el personaje; el autor celebrado estaría presente en el evento, lo que es inusitado en esas situaciones y nos permitió pasar tres días de contento. Adoum tenía un reconocimiento más extendido como poeta -hacia allí se orientaban la mayoría de las ponencia del coloquio- y había publicado en 1976 (el año de Taxi Driver y la muerte de Lezama Lima) la bien experimental novela “Entre Marx y una mujer desnuda”. Opté por la de 1995 “Ciudad sin ángel”, quizá porque tengo el ejemplar dedicado y la leí con gran interés, atraído por la variedad de estrategias narrativas. Entre tantas actividades sociales, infinitas secuelas periodísticas sobre el boom y nacionalidades reiteradas, estar en el área ecuatoriana me agradaba por la empatía hacia los países pequeños; además -somo sucedió- podría conocer la casa del exilio del general San Martín, donde pasó los últimos años de su vida luego del encuentro con Bolívar en Guayaquil el 26 de julio de 1822.

Observaba en la silueta de Adoum acaso una visión espejada y al norte de lo ocurrido con nuestro Onetti; figuras satelitales del llamado boom de la novela latinoamericana que canonizó un puñadito de nombres, en algunos casos hasta la exageración ambigua. Luego de los escapados venía un pelotón de persecución, con reconocimiento trabajoso en las patrias respectivas y acceso a otras gratitudes acotadas, circunstanciales o efímeras. Visitas puntuales a universidades norteamericanas, alguna novela llevada al cine, suceso temporal a través de agentes y sellos editoriales en la España postfranquista, el juego casual de las traducciones -Francia, Italia y Alemania de preferencia- e incursiones en la universidad francesa (es la que vi y conozco) mediante tesis, mesas redondas y presencia de títulos en concursos de acceso a la enseñanza. Había en esa ronda subsidiaria tres vertientes visibles a grandes rasgos; una primera de sorpresa y eficacia narrativa con recetas acentuadas de lo real maravilloso o realismo mágico, redundante hasta la fatiga, una segunda testimonial fusionando con llaneza obra y destino del autor. Luego, proyectos marginales híbridos, dialéctico o callejones narrativos en aporía queriendo conectar testimonio y anhelo estético. En la novela de Adoum me interesó la fricción combativa dentro del texto, un cruce vertiginoso de pulsiones alternando erotismo y muerte, tortura y goce, Historia y biografía efímera de vidas breves. Poesía y horror del mundo siguiendo la caravana fatal de Rubén Darío, que aprendimos de adolescentes en el liceo: y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos / y la carne que tiente con sus frasco racimos, / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos…