Casa de belleza

                                      Informe personal

Un metro cincuenta y cinco de pie
a la intemperie
cincuenta y siete quilos conservadores
por obra y cuenta de la gravedad
(de acuerdo a las tablas
hay lastre para arrojar
según el riesgo y la deriva
Julio Verne lo haría
en cinco semanas de régimen
aún hoy) así parezco
la medida exacta de una criatura
terrestre entre la espada y la pared
minuciosos centímetros de un cuerpo
vivo sentenciado
la estatura visible de las ganas
de algo de nada
la extensión precisa de una fuente
de energía a término
la altura justa de un aparato
de vuelo consumiendo
combustible sin reserva
el trozo mensurable
de una empresa de una
sociedad anónima desconocida.

El secador zumba crispa el cabello
las orejas reciben señales interiores
un casco de material plástico
ajustado a un sillón donde resisto
un viaje en el tiempo
ayer era joven hoy soy
como soy mañana seré vieja
no estoy antes ni después precisamente
estoy ahora puntual con mis arterias
como tú como aquél
en penumbra como siempre era lunes
acaso o hace un rato
me veo ahí nos vemos
tú y yo frente a frente
clavada en la pista del aeropuerto
mientras parte un avión
en el que voy contigo en hora
pensándolo bien me quedo en tierra.

Inunda la luz mis ojos que ven
y los tuyos anfibios
que me ven en una edad cualquiera
dieciocho años de pronto acosada
en la plataforma de un tranvía
solitario veinticinco pueden ser
desesperados aplausos en el paraíso
de un estudio auditorio
treinta quizá que cien volando

cuarenta recién estos años
recostada en un helicóptero
transparente para la eternidad.

Pienso pocas cosas y está mal perderse
las ideas del aire acondicionado
encendidas con gas de neón
y señaladas por alambradas de púas.

Sentada frente al espejo sin marco
sólo prendido con grampas a la sombra
vertical y dura
me miro minuciosamente
sin lástima y doliéndome
querría ser el más cruel el más
despiadado de mis observadores
para tomarle ventaja a la realidad
el rostro mi cara lavada
nadando entre las células del vidrio
y la vieja vida de un ojo
al otro como un pez en el agua
las sensaciones ariscas levantan
vuelo de la superficie mixta
del cutis
también el cuello cierra el collar
de Venus una soga corrediza
patas de gallo escarban la mirada
desentrañando una frágil cañería
pulsátil
hay nubes de polvo compactas
me ahogo a pesar de la escafandra
y los tubos de oxígeno obligatorios.

Aún distingo el pelo azul espeso
los ojos un tercio del ancho de la cara
color del iris castaño oscuro se diría negro
cejas conformes
nariz recta
la boca regular con las comisuras
caídas hago esfuerzos a veces
por subirles la sonrisa
estructura general armónica
y nadie ni las arrugas
ni las canas recientes que me asustaron
la primera vez porque vi
lo que no esperaba
y nada todo parejo uniforme
nublado ¿dónde estás?
¿soy yo?
quizá haya más agito el agua turbia
resistente muevo debajo el rio la turbina
la madeja el pulso la corriente
el motor la sonda el tajo
la carrera el viento el tren
la pista el jet el trueno el humo
el humo el humo el recuerdo la lluvia
la máquina de escribir la fruta la cama
el sueño la estación la luz eléctrica

la paciencia la niebla la niebla espesa
la cortina corrida se cierra el espejo
como escritura en el agua
de este lado me toco la mano
que escribe desde hace mucho
que deja sus huellas digitales
una marca
que no se repite
en un expediente de rutina.

Programación Octubre 2021

SEGUNDA CARTOGRAFIA

(nueva configuración)

EL CLUB DE LOS NARRADORES

El navegante solitario del Danubio (1991)

La diana del tiempo (2016)

VISITANTES

Sabela de Tezanos

El cuestionario Schmidt

A probar

2 poemas de El momento infinito

Hacia el año 2011 se produjo el encuentro del cuestionario Alejandro Schmidt (1955-2021) y las réplicas por escrito de Sabela de Tezanos. Desde las respuestas del joven Proust a una suerte de interrogatorio laico inglés del siglo XIX, el ejercicio con variantes se volvió género en diagonal y valiosa fuente de información; siendo espejo anexo completando datos formales de títulos, actividades varias y fechas de publicaciones de fácil acceso en la red Internet. El tiempo de esa pirueta, la visitante de octubre reconoce la parte de misterio del acto creativo; en la transmutación y magia de las palabras sus íntimas supersticiones, asumiendo coincidencias significativas así como el respeto por algunas señales. En ese dominio sígnico, tendría sentido para ciertos lectores saber que ella es pisciana, nació el año de la revolución cubana, las grandes inundaciones en el litoral uruguayo y cuando Joao Gilberto grabó “Desafinado”. Se licenció en Filosofía y fue diplomada en gestión cultural, vivió años de radio como ambientadora musical: con el fondo de Leonard Cohen, Darnauchans, Joni Mitchell y Gismondi inició -hacia los años 90- su práctica de la escritura; además de una actividad intensa en talleres, cafés literarios y periodismo cultural. Ahora mismo es docente de Epistemología en la facultad de Psicología.

Sabela propuso a La Coquette tres zonas de su producción; así, reproducimos al cuestionario del poeta argentino con veinticuatro entradas, oficiando como índice de lecturas, premisas de una poética y pistas temáticas confirmadas por los textos siguientes. “A probar” es un delicado ejemplo de su prosa poética, donde explora el tramado de los apegos liados a la memoria, la infancia y los sentidos. La cocina de la familia predispone a la alquimia de la mujer que se hace y crece, una forma de estar en el mundo con rituales de calendario, descubrimiento de afectos, añoranza del tiempo huidizo y revelado de imágenes fundadoras; como el fijo ojo rojo de aquella liebre cazada por los primos, dejando atrás el mes de marzo esotérico y la ternura de cuentos infantiles. Ambos poemas pertenecen a “El momento infinito” (Civiles iletrados, Montevideo: 2018), que fue primer premio a la obra edita del Ministerio de Educación y Cultura. En esos versos, la escena apalabrada es la mujer urbana y la figura paterna con un cigarrillo Plymouth “encendido entre los labios”, cantando “Stormy weather» como lo hacía Lena Horne. En el prólogo, Alicia Migdal escribió: “No son poemas de la sola emoción, del embeleso por la desdicha explícita en los actos de recordar y comparar. Son, pavesianamente, una unidad mayor que se explica por el conjunto solidario de uno a otro.”

LOS RIOS FICTICIOS

Bruxelles piano-bar (2010)

Capítulo V: UNA ALUCINACIÓN QUE SE REPITE

Escenas 29 a 35

(continuará)

ENSAYOS CRITICOS

“Mi primer Felisberto”

(solfeo fantástico para debutantes)

versión integral

NOTAS, APOSTILLAS Y ANEXOS

Comentarios actualizados a los contenidos

ARCHIVOS

El cazador Gracchus amarra en Montevideo

y

Mi primer Felisberto

(diario de la obra)

Biblioteca musical (nuevo)

Fichero de las Programaciones mensuales desde Abril 2020

SÉPTIMA BANDA DE AUDIO DE LA COQUETTE

George Michael / “Freedom!’ 90” de George Michael.

Rosario Flores / “Algo contigo” de Chico Novarro

Chico Buarque / “A Rita” de Chico Buarque.

Yves Montad / “À Paris” de Francis Lemarque.

Jorge Schellemberg / “Chicalanga” de Manolo Guardia.

Edmundo Rivero / “Cuando me entrés a fallar” de Celedonio Flores y José María Aguilar.

Emil Gilels / “Sonata para piano N. 8 K 310” de W. A. Mozart.

Dire Straits / “Money for nothing” de Mark Knopfler y Sting.

Mercedes Sosa / “Balderrama” de Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla.

Thelonious Monk / “Satin Doll” de Duke Ellington.

Dmitri Hvorostovsky / “Non ti scordar di me” de Ernesto de Curtis y Domenico Furnò

Una epístola a David Lynch

Querido Lynch:

es solo para anunciarte que salió la segunda edición de Hispania Help. Demoró mucho, ni lo digas. Su protagonista, la que se hacía llamar Isabel (debés recordarla pues lo que te hizo no estuvo nada bien, y ustedes, los artistas, son sumamente rencorosos) sostiene que haberte incluido jugó en contra. Pero a los personajes no hay que creerles demasiado. ¿Le creerías a Sailor, a Leland Palmer, a Booth, a Rita o a Alice Wakefield? Ya con el apellido Wakefield no se le puede creer a nadie, después de lo que Hawthorne hizo con él. Pero volviendo a vos, verás, casi no he tomado ninguno de los consejos que le diste a Isabel. Iba a hacerlo, lo juro, pero viendo que ahora te dedicás a dar el pronóstico del tiempo, pensé: ¿y todo para eso?

Sin embargo. Sin embargo. Que seas el Gran Lynch sigue pesando en mi corazón latinoamericano y pobre que idolatra cualquier sueño perdido, y más los del Norte. Y me dije: “si este tipo da el pronóstico del tiempo, es que en esa labor se debe cifrar algo muy importante”. Así que desde hace unos días me levanto antes de que salga el sol y procuro registrar y aventurar qué ocurre y qué ocurrirá, y por las dudas me quedo despierta hasta que la última estrella se registra en el cielo. No doy pie con bola, si pronostico lluvia sale el sol y si digo que hará buen día cae granizo. Y creo que todo, toda esta cadena de errores tiene que ver con que no filmaste como deberías HH. Esas cosas pesan en la emocionalidad por más curtida que esté. No te lo reprocho, pero…

A veces me imagino que Laura (Dern), una amazona de armas tomar, retoma el guion de Hispania y se lo da a Herzog, por ejemplo. No, Herzog está de atar. A Eastwood. Tampoco, se reblandeció. Es un problema, siempre vuelvo a vos, como vuelven las amantes despechadas a los ingratos brazos de sus psicópatas. Esta nueva edición tiene otra tapa, medio onda Twin Peaks, ya verás. ¿Ves? A Dale Cooper sí que le creo todo. Creo que para mi próxima novela voy a incluirlo como personaje. Capaz que esa me la filmás bien. No te adelanto de qué va porque quiero que sea sorpresa, como el maldito clima.

Afectuosamente tuya,

M.

Tres fragmentos de HISPANIA HELP

Cap. 2) Vila-Matas no es un genio

  Me fui de El Profetón un jueves lluvioso de marzo, tras decidir de común acuerdo con Claudio que no podíamos seguir. La esposa, los hijos; la literatura, ni siquiera ficticia proporciona mejores argumentos. Como notera, tampoco sentí que tuviera nada mejor que dar; una vez que se aprende lo básico, escribir es tan aburrido como cualquier otra actividad. Qué sentido tiene seguir inventando autores, o peor, hablar de los que se inventan solos.

Entretanto, mientras lo que dudo en definir como historia de amor pasó, murieron mis padres. Lamento incluir esta noticia de golpe, pero así es como ocurre las más de las veces, de golpe. No, siempre ocurre de golpe, incluso si están en un asilo putrefacto esperando la llegada. Pasé a ser dueña absoluta de una casa que se agigantó de golpe también, al mismo tiempo que a veces las paredes parecían estrecharse demasiado y me provocaban asfixia. Absolutamente todos los objetos de la casa se volvieron enemigos. Menos la luz, que debía estar encendida todo el tiempo y en todos los ambientes a la vez, porque pasar de uno a otro en la oscuridad era equivalente a atravesar un cementerio. Pero dejemos esto, es por la propia vida que hay que llorar. Excepto por los meteorológicos, todos los pronósticos se confirman.

El caso es que sin trabajo y sin familia, las fronteras se abren. Pensé que podía alquilar la casa y largarme a otro país a probar suerte. Casi nunca resulta pero casi nunca uno hace las cosas para que resulten, sino para no morir de aburrimiento. Mi Mejor Amiga quería que no me fuera más lejos que a Buenos Aires, para tenerme cerca, dijo. ¿Pero Buenos Aires no es una Montevideo más grande? Y si no pasás por la televisión ¿triunfás también? Esas dudas que te carcomen no me las iba a quitar a los cuarenta. Buenos Aires quedaba descartado por demasiado cercano, igual que queda descartado coger con un amigo solo porque está ahí, cerquita. Para tentar al fracaso otra vez, tentarlo en grande, dándole incluso la posibilidad de que los aviones caigan o te redireccionen en la aduana. Mi ascendencia italiana me aconsejaba Roma. ¿Pero Roma? ¿A qué? ¿A visitar la tumba de mis abuelitos? ¿A trabajar en una pizzería? Ya la palabra Roma me detiene como una dificultad cósmica, leo Roma y pienso en un imperio marchito, en gladiadores peruanos, en Anita Ekberg. Por otra parte, mi ascendencia española me aconsejaba Galicia, Santiago, la Costa de la Muerte. Tuve una iluminación: que en España hallaría la paz, prosperidad, ilusión, felicidad, sosiego, que toda vida busca.

Con todo, y aunque el reinado borbónico parece serio y sin restos de sangre inglesa adúltera, ya hubo un suicidio cerca de la realeza, y no me fío para nada de que entre andaluces y catalanes no se arme una gresca cualquier día de estos. Si me preguntan, entre dividir y unificar, unifico. ¿Dónde escuchó alguien que Texas o Arizona quieran la independencia? ¿Que los Grandes Lagos quieran desanexarse? Silenciosos y a lo suyo como una pista de hielo. Me gustaría ir a Canadá o a Finlandia o Dinamarca, países calladitos. Me imagino a sus habitantes como personas que no te rompen las pelotas pidiéndote dos pesos para el boleto, ni dejan cagar al perro delante de tu puerta, ni tiran la basura desde el sexto piso a la calle, ni se cuelgan del tendido eléctrico para no pagar al Estado, ni le agregan agua al vino para venderlo, ni se hacen pasar por indigentes para obtener ayudas estatales, ni mucho menos dan una declaración de bienes falsa de la a a la z, ni te caen a comer de garrón sin traer un detalle, ni se niegan a pagar la medianera de un muro, ni te fulminan con un perfume para robarte, ni te piden una ayudita para darle leche a sus hijos siendo que tuvieron de sobra para hacerlos, ni se dejan coimear para apresurar un trámite, ni fingen una enfermedad para no ir al laburo, ni hacen huelga de hambre para salir en los noticieros, ni grafitean los monumentos, ni siguen hablando de izquierda revolucionaria, ni se quedan con un vuelto mal dado, ni viven esperando una quiniela, ni salen de la cárcel sin cumplir toda la condena, ni hacen llamadas privadas de un teléfono estatal, ni mandan a limosnear a los hijos, ni cobran sin trabajar, ni tienen caries.

Una aclaración, porque nunca falta un descubridor de la pólvora o un malintencionado o un Harry el Sucio cazador de plagiarios: no estoy copiando a Fernando Vallejo. Que usted crea que me quiero parecer a él es otra cosa. Lo que pasa es que a veces pensamos igualito, pero lo meritorio es que yo soy una todavía joven desempleada uruguaya y él es un rico vejete maricón con pinta de galán y colombiano. Y Colombia, pura droga: yo creo que en Uruguay se empezó a hablar de pasta base desde que estrenaron La Virgen de los Sicarios, y desde entonces policías, sociólogos, abogados, jueces, aseguradores, informativistas y funerarias han tenido más trabajo. Todos, menos yo.

Sería España, entonces, la tierra donde Vila-Matas ejerce sus dominios de conocedor de escritores negados. No niego que cuando comenté para El Profetón Bartleby y compañía ni conocía a Bartleby ni a la mayoría de los “acompañantes” y ni que hablar de Vila-Matas, porque contra lo que creen las sociedades “progres”, las Facultades de Letras no son manantiales de sabiduría e información. Además, yo dejé la Facultad por una zapatería, y en Literatura Española no pasé de Martín Santos y su primer tiempo de chabolas. No tengo muchas expectativas y no se empieza de nuevo, pero las aerolíneas no existirían si el mundo pensara igual. Una vez que uno es hijo de inmigrantes, vive sobre un puente siempre, cuando no debajo. Menos mal que no soy paquistaní ni me voy a Francia. A veces hablo con mamá y le digo: nada de bajar la cabeza, nada de lavar pisos, ni guardar pesito a pesito bajo el colchón, ni zurcir bombachas ni tomar agua del grifo ni ahorrar en desodorantes. Ahí están mis abuelos y ella misma para decir a qué parada lleva ese ómnibus. Imagino que me sonríe con sabiduría cuando le hablo así.

Igual, no es mala leche, pero adivino las piedras en el camino. Porque el locatario es así: te la complica, le tiene pánico al recién llegado. Lo sé porque a mí me pasa y no salgo casi nunca: cuando voy a la Ciudad Vieja y veo tanto chino y vietnamita y coreano me pregunto qué vienen a hacer acá. Ni siquiera aprenden el idioma, te hablan en inglés como si esto fuera un protectorado británico. Y no. Lamentablemente. Cuánto temo que la nueva España me trate así, aunque les muestre la ciudadanía española y me cuide del “vos” y coja esto y aquello todo el santo día, creo que los sensores de alarma de cada oficina pública y cada comercio se van a prender, y me van a gritar sudaca hasta los perros. Y vuelta a explicar: soy “urugualla”. De la República Oriental del Uruguay. El país chiquito, entre La Argentina y Brasil. “Montevideu”. El invento inglés. Ahhh. Porque hay que ver las ideas locas que circulan sobre nosotros. Está ese japonés beatlemaníaco, Murakami, que se imaginaba lagartos y escorpiones. Tendría que hacer como Amis, darse una vueltita en el verano. Y el Uruguay de Maratón de la muerte que dieron por televisión la otra noche donde lo único que parece uruguayo es Dustin Hoffman. Y Seagal, que nos trata de república bananera, qué mierda el cine. Después la gente se queda pensando que somos eso y viene esperanzada.

Pero ojo, esto lo digo acá. Nadie crea que voy a salir a hablar mal de mi patria cuando me vaya, como un misántropo vulgar, y darle la espalda a dos siglos de gloriosa historia. Todavía puedo —sin que la voz me tiemble— mencionar Maracaná, jurar que no hay postre como el dulce de leche y hacerle un altar al mate y la saliva ajena. Tengo miedo, cuando me pregunten y piense en lo que de verdad he visto, y sin embargo diga: maravilloso. ¿Mi país? La Suiza de América, como antes, como siempre. Sí, hemos tenido algunas dictaduras, algunas democracias, algún Banco quebrado. ¿Empleados públicos?: nuestra mayor fortuna, el Futuro. Más ratas que habitantes pero también más exportadores de software que habitantes, y sobre todo más escritores que habitantes. Un criadero de cerebros, los produce la yerma tierra que no da petróleo ni diamantes, la penillanura ondulante: el lugar ideal para vivir. Por eso vinieron acá mis abuelitos y mis papás. Bajaron vomitando, golpeados por el olor del puerto, con un vacío en el corazón. Eran los cincuenta, pero aldeanos al fin, no recuerdan haber visto las vacas gordas, y los catálogos del London París no estaban abiertos para ellos.

El sótano de un bar de mala muerte, la cuadra roedora de una panadería, lámparas de 25 wats, las cámaras frigoríficas y el traqueteo imparable de las máquinas de coser, eso sí, estaba esperándolos con una paciencia de la que debían sospechar. Pero no. Los aldeanos tienen eso, que van como las mulas, con los ojos cerrados a honrar el trabajo hasta caer rendidos. Todo muy triste. Pero como diría mamá, hay que ser positiva: me esperan los aceites de oliva más vírgenes, el tren bala, correos que siempre llegan a destino, jardines públicos inviolables, la burocracia veloz y educada, el equipo de las estrellas, la mejor seguridad social del mundo, los matrimonios gays, Almodóvar.

Asimilar el acento español tampoco va a ser fácil. Encontrarlo en las calles, en los noticieros, en los filmes japoneses. Ya no digo hablarlo, nunca me va a salir. Si tuviera que aprender inglés o portugués, ahí sí. Pero qué sentido tiene modificar un acento, decir uve, honrar la diferencia entre s, c y z. Como si me fuera a Chile, dios no quiera, con una mujier presidente y tratado de libre comercio con ya saben quién. O adoptar el cantito porteño de suficiencia, o peor, el corrrentino de servilismo. A los doblajes puertorriqueños ya me había acostumbrado, pero a los españoles jamás; falsos como un predicador fronterizo destruyen hasta un monólogo inglés. En estos momentos lingüísticos es cuando más amo a mi país y estoy a un paso de hacerme patriota y unirme a los treinta y tres balseros y luchar con perros siberianos contra cualquier enemigo, y gritar “yuvia” y “sapato” por toda la eternidad. Pero el sentimentalismo me dura segundos: ya hace veinte años que podía estar allá, gozando la cama con un emigrado uruguayo que me dijera al oído una canción de murga. Esas cosas unen. Hace veinte años, y hubiera terminado la carrera en Santiago, me hubiera cruzado con Manuel Rivas en una marisquería cualquiera de La Coruña, hubiera salvado pingüinos.

Hay cosas que no se deben hacer veinte años después.

Pero se hacen. Aquí ya no se puede. En las noches de lluvia fuerte abro la ventana del dormitorio e imagino que entra un rayo y me parte. Como escribir en El Profetón me liberó de toda la mierda freudiana, no pienso lo mismo que ustedes. Pero pienso. Porque también por eso uno se va de la Patria, para que los héroes y los padres y el resto de la familia y los huesos puritanos de todos dejen de velar nuestra vida erótica.

¿Cuál es la alternativa? ¿Llegar a vieja en este infierno donde todo y todos te definen?

Cap. 5) Hispania Help

Un número indeterminado de víboras blancas, de dos o tres centímetros de grosor, permanecen enredadas en el patio de la casa, moviéndose lento unas sobre otras y siseando como si llamaran a algo. A la izquierda la pared de un galpón viejo arroja sombra sobre parte de los ofidios. A unos cinco metros se abren de golpe dos persianas rosadas y asoma la cabeza una niña de seis años; se queda mirando hacia las víboras pero parece miope y tonta, es posible que no las vea. La niña lleva el pelo como si se lo hubieran cortado con una taza encima, y viste pijama. De pronto grita mamá a todo pulmón y cierra las persianas con tanto estrépito como las abrió, pero las suelta a destiempo y una de ellas retrocede con lentitud calculada, y asoma otra víbora encaramándose desde adentro de la habitación. De cualquier modo no da para asustarse porque es Lynch que está filmando y las víboras deben ser de látex accionado a control remoto o reales pero amaestradas y desprovistas de veneno. Me distiendo, aunque la niña boba está claro que se me parece, y la casa, qué duda tengo, es la de mi infancia. Entre las persianas y las víboras hay un césped mal cortado, con huellas de que quizá por mucho tiempo se ha estacionado ahí un vehículo de cuatro ruedas. Adosada a la casa, bajo la ventana por donde asomó la niña hay una cucha de perro sin perro ni señales de que lo haya habido jamás. Por lo que puedo recordar fue exactamente al revés, yo tenía perro y no teníamos auto, pero el cine se empeña en cambiarlo todo.

Vista desde arriba, la casa está situada en un campo vacío y silencioso, a orillas de una carretera. Del otro lado de la carretera hay un asentamiento, trazado a modo de laberinto y agitado por un bullir constante de pequeños seres que parecen personas pero no tengo duda parecerán gusanos en la visión final, porque este director me suena medio conserva.

A miles de kilómetros de ahí o cientos, cómo saberlo, una mujer de mediana edad vestida de jeans azules y remera negra, delgada tirando a cadavérica, camina a paso rápido a orillas de un río. Un rayo cae en el horizonte sobre el agua y segundos después el trueno; la mujer se detiene y mira hacia el agua. Una ola le moja el calzado, unas sandalias rojas altas impropias de la estación invernal, y maldice, pero no es por el agua sino porque se le acerca una pareja de ancianos pidiéndole que vuelva a casa. Pone cara de infinito cansancio y dice que no. No. ¿Entendés? No. Se dirige a uno, pero son dos. La pareja de viejos comienza a llorar al unísono, como plañideras en un velorio, pero suena otro trueno y sus sollozos cesan de golpe. Se dan media vuelta y se van, en dos o tres pasos ya se hicieron pequeñitos y una gran nube de arena los borra. La mujer sigue caminando un minuto, pero de repente para en seco, piensa que todo está mal y enfila hacia el agua zambulléndose y todos miramos el remolino, expectantes, pero no vuelve. Cualquiera sabe que eso es mentira, pero nadie pide realidad. La mujer surge de una bañera blanca en medio de un baño de azulejos azules empañados. Se incorpora y levanta del suelo una toalla con la que se envuelve. El hombre que está sentado en el wáter también se levanta, subiéndose calzoncillo y pantalón y apretando la cisterna. La ayuda a envolverse otra toalla en la cabeza. No te lavaste las manos, dice la mujer. Qué importa. Importa, sí. Más importa quién carajo llama. Siguen discutiendo así, gesticulan, ella se seca y sin vestirse (tiene celulitis avanzada, nalgas flácidas como de haber adelgazado de súbito) camina hacia otra habitación, seguida por él, que la toma de un brazo y trata de darle una cachetada que ella esquiva. Laura, dice y suena como una disculpa, pero ella se echa a reír. Soltame, se hace tarde para la fiesta. Hay una fiesta, entonces. Tengo idea de haberle pedido a Lynch que la llame Isabel, pero con suma amabilidad me anuncia que no es un nombre para esta historia.

En la chapa bronceada de la puerta dice “Juan D., Abogado”. Puede ser el tipo que está adentro haciendo pedazos el interior. Tiene pelo canoso y un ojo en compota, y jadea mientras destruye libros arrancándoles las tapas, vuelca una mesa, y rompe con los puños el vidrio de una puerta separadora de ambientes. Después arroja un florero sin flores contra el suelo, respira hondo y descuelga un teléfono blanco, digita y espera. La verdad, a este tipo no lo conozco ni sé qué hace en mi historia. Le pregunto a Lynch y en correcto gallego, por supuesto, me dice que ese es el que le provee la droga a Laura, pero acaba de enterarse que tiene cáncer y lo acosan sentimientos de culpa. Laura levanta el tubo y siente el desgarrador “mamá” gritado por su hija, larga el teléfono al suelo, corre por un pasillo y llega hasta un living donde descansan un montón de víboras blancas y Laura sonríe como si no entendiera nada. Enciende un cigarro y recita unos versos en un idioma que no reconozco, mezcla de rumano y alemán, y se pasa la lengua por los labios y se toca bajo la pollera. Tengo la penosa sensación de que Lynch no sabe qué hacer ni adónde va esto y lo único que le interesa es mostrar la cara de Laura como si estuviera enamorado de ella, y tal vez por eso no la muestra como una drogadicta pinchada, menesterosa, sucia o ninfómana, sino como una mujer de cuatro décadas de las que podría cantar sin ruborizarse un cantante guatemalteco, nadie más. Laura se ve con Juan D. en un café al que yo solía ir con Claudio en épocas de El Profetón, pero Lynch exigió que lo pintaran de verde, lo envejecieran veinte años, quitaran los espejos y le cambiaran el nombre. Todavía no sé por qué calles cruza Lynch pero no me cabe duda de que está chiflado; el arte tiene eso, que sofoca el entendimiento y si encima tenés éxito… Personalmente, no creo que Lynch tenga más éxito que Vila-Matas, ni que más de cuatro pirados aguanten cuadrarse el culo más de sesenta minutos con algo suyo, pero ahí está, dirigiendo un ejército de acólitos soñadores. Juan D. le entrega la droga en el interior agujereado de un libro de poesía de Emily Dickinson, y Laura lo mira enternecida, pero no por la transacción sino porque está colgada de ese abogadito insignificante. Saliendo de ahí el hombre sube a un viejo Mustang rojo y fuma ansioso mientras enfila una carretera con baches, lagunas de agua que explotan a su paso mojando a chicas desprevenidas o demasiado prevenidas que le gritan obscenidades y le muestran el dedo mayor. El hombre las mira por el retrovisor y le asoman lágrimas de furia. Yo quería que en la radio sonara Sabina pero Lynch no lo oyó nombrar nunca, o sí, pero dijo que no, y puso un tema de un tal Roy Orbison que yo no oí nombrar nunca, o sí.

Cap.7) El libro de la isla

Una cosa es cierta: el fracaso da letra. Fracase y escriba.

Así comencé un delgado cuaderno en el que fui escribiendo las historias eróticas —que llamo así pero no lo son porque ni a mí me erotizan, si bien las escribí contando con la manifiesta y alevosa calentura de futuros editores y lectores— de una mujer a la que llamé “Lady Blue”, que eran las mías, un tanto retocadas, retorcidas y reinventadas, como había aprendido en El Profetón que se hacían las cosas. Libre de la mirada familiar y de la académica, qué podía perder, incluso porque en el casi virgen panorama de la literatura erótica uruguaya encajarían seguro. El problema es que no vendería uno; para pobres y mal cogidos, los escritores eróticos uruguayos. A España y la Sonrisa Vertical, pues. Allá vamos, me decía. Logré leerle alguna de las historias a Carlos, que hasta se empeñó lo suyo en darme más material, pero era porque no pensaba que me diera el resto para publicar, porque no puse su nombre y porque agrandé un tanto sus atributos. A partir del décimo relato, algo empezó a cambiar conmigo.

Me acordé de aquella redacción escolar, de la historia de crónica roja que no existió y la decepción, ahora sé que fue eso, de la lánguida maestra sin hijos que creyó que era cierta. Hay que mentir para dañar y para curar también. Un domingo de 40º bajé a la rambla y viendo tanto suicida potencial caminando deprisa, tuve la visión —sí, porque en cuanto uno se hace escritor comienza a tener todo tipo de experiencia extrasensorial, pregunten a Auster— de un título para la serie y abrí el cuaderno con soberbia al lado de una parejita que paseaba un cócker negro para escribir “El crimen de Lady Blue” antes de saber que iba a haber un crimen y antes de saber cuál sería, porque si algo tiene la escritura es que puede cambiarse en cualquier momento, ir atrás, quemarse los papeles, declarar luego que se te han caído del barco, enterrarlos como se entierra el nombre de alguien para que la luz no lo encuentre.

Ahora sí, irse a España con un cuaderno de erotismo bajo el brazo ya da otra confianza, a que sí. El crimen de Lady Blue tendría que ser pasional, pensé primero, y descarté que fuera un crimen contra sí misma, porque si Lady Blue soy yo, aun con reminiscencias de la dama lyncheana, no iba tentar al destino. Tampoco iba a matar al personaje inspirado en mi único lector y todavía amante, aunque conservo sobre él esa espada. Las historias de hotel tienen eso, que despiertan zonas donde la catalepsia ya no vuelve. Fue otro clic, esta vez comiendo una cuarto de libra con queso y mirando alrededor la cantidad de gente gorda, mientras que yo, adicta como una yanqui pura, no muevo el fiel de la balanza, el que me dio la pista de varios que podrían morir para que Lady Blue superara la depresión de amar, que ya casi hacía empatar sus historias de onanismo con las del resto de los actos sexuales. Porque si no gana la consideración mundana, ni premios ni dinero ni viajes pagos ¿qué le queda a un escritor que no sea vivir a gusto en el mundo que ha creado?

Claudio Martínez y Emily ya no ocultaban su idilio, y tanto los rubios niños de uno como los gemelos alucinados de la otra iban de visita a Cristal más veces de lo acostumbrado. Los rubios acompañados por una mujer que yo conocía bien pero que ya no me tiraba en cara la piel sobrante de sus decepciones, y los gemelos de la mano de un hombre que provocaba en los ojos de Emily una huida hacia el fondo de sí mismos. Esto va a terminar mal, pensaba. Y deseaba, porque la mayoría de las veces aquello que pensamos es lo que en secreto deseamos. Con gusto hubiera llamado a la Sra. Martínez para soltar en su oído alguna información referente a horarios y regalitos, pero desde que me había propuesto la tarea de escribir, algo tan fosforescente como una moral de medio pelo se me había pegado como una segunda piel. ¿Qué hace una escritora metiendo cizaña en una pareja consumida? Quedan fuera de orden muchas cosas en el cielo de los escritores primerizos: los pequeños pagarés, la cena caliente, el odio visceral por aquellos que nos mintieron amor, las ganas de dañar como si la vida sobre esta tierra fuera lo único perdurable. La carretera está hecha de escritura. Los surtidores, los árboles, las paradas, los supermercados de comida, los baños, los atracadores, los cien cantores callejeros que gritan en el ómnibus, el muerto aplastado bajo la rueda y los viejos moribundos de las plazas, y las banderas, sí, sobre todo las banderas, se repliegan para que la carretera brille como si acabaran de mojarla para un comercial de promesas. ¿Y quién odia o sufre en medio de una promesa? Nadie. Todos ignoramos su veneno retroactivo y amargo y letal.

Así yo, escribiendo, creí de nuevo en la vida. Sin embargo. Sin embargo. A la duodécima entrega de Lady Blue, de cuya piel, sudores, fluidos, gemidos y pelos ya no tenía nada que añadir, comenzaba a sentir los síntomas físicos de los emprendimientos desesperados. ¿Qué fuerza de voluntad, qué dosis de egolatría, qué cantidad de chocolate, tenía ganas de preguntarle a J.K., serían necesarios para completar unas cuatrocientas páginas de novela publicable y vendible, de nonatos convertidos en hombres hechos y derechos, bien que tras un ciento de contrariedades, y encima y al final felices como borregos? J.K., como cualquier escritor que se precie, jamás responde interrogantes pelotudas, como no sea con mentiras, si bien una respuesta mentirosa puede servir tanto como una verdadera, del mismo modo que un pasado no vivido puede ser igual de satisfactorio o más que el que vivimos, porque al fin y al cabo, ¿quién no acaba confundiéndolos?

El relato número trece, en el que Lady Blue confiesa sus sentimientos al finalizar una sesión hard o gore, todavía no tengo clara la diferencia, terminó en una parálisis creativa. La sentí como una caída de guillotina sobre una almohada de plumas. Si habré tenido ejemplos de sobra en las doradas épocas de El Profetón, y la misma, idéntica sensación ominosa de estar ante un fraude. Pero que me tocara tan pronto. Debía de ser una parálisis creativa a la uruguaya, medular, congénita, anterior a toda publicación, notificación, difusión y archivo. Releí las Lady’s anteriores procurando motivos para seguir, relevé el erotismo mojado que las había dictado, traté de verlas con mirada de crítica —todavía me erizo al escribir esa palabra—, y busqué contestarme qué pasaría si las quemaba. No pasaría nada, pero no las quemé. Hay más cajones llenos de manuscritos celosamente custodiados que fuego en el infierno de los escritores.

Una mañana rara, desayunando en McDonald’s y tras contarme con pelos y señales sus planes de convivencia con el Gerente de Cristal, Emily me preguntó a bocajarro si estaba escribiendo. Le dije que sí, poemas. Con eso se calman las fieras; nadie envidia a un poeta y menos uruguayo, le podrán tener lástima, porque escribir poesía siempre es lo más parecido a no escribir, no fluye, no importa, no se leerá, spi. Me pregunté qué tan difícil era matar a un par de amantes.

Ese día rendí el triple en Cristal, me ofrecí a limpiar las vidrieras, llevé pedidos a otra sucursal y traté con especial deferencia a los clientes que no precisan otro par de zapatos. El relato número catorce de la serie se escribió casi solo, no voy a exagerar diciendo que fue escritura automática porque luego los estudiantes creen esos cuentos, pero es que cuando uno sabe adónde va, el camino se transforma.

Era lo que me había trancado en mi pasado exclusivo de comerciante, ignorar adónde estaba yendo; las ocho horas del trabajo que paga el diablo, pagando poco y ahogando las ilusiones en un mar de extranjería. Ahora Cristal era un lugar simple, sin promesas, un puente que solo hay que atravesar, ni rápido ni despacio, nada más cuidando de no morir en la travesía y aprovechando cada bache para llenar de historias a Lady Blue. Porque todo sirve. Ese último hombre que acaba de llevarse sus zapatos negros talla 40, importados de Italia cree él, y que me envuelve con su perfume, Man de Dior, cuando me agacho a ajustárselos y que en ese instante en que me tiene arrodillada se le ocurre preguntarme si acepto dólares, no sabe que ya está escrito. Todo lo cual obliga a que varias horas después llegue a mi casa reventada y antes de otro ritual abra el cuaderno y lea. Ayer escribí que Lady Blue compró una pistola. Primero iba a ser cuchillo porque lo pasional se asocia al arma blanca, y cortar la carne y ver fluir la sangre como una carretera, etc.; después me incliné por el revólver, pero tiene aún un tufillo a lejano oeste que puede hacerlo poco creíble y de eso ya vamos bien; al final la pistola, tan rápida, me pareció lo mejor. Y a Lady Blue también, le consulté. En rigor no la compró sino que la canjeó, y no en un comercio establecido sino a un revendedor de partes de autos de un cementerio de automóviles de los que abundan en nuestro país por tantos accidentes como hay. El crimen de Lady Blue está en marcha en mi relato y, sin embargo, todavía no tengo claro que mi personaje, esta mujer que se parece a mí, sea una asesina, no tengo claro el por qué quiero convertirla en eso, porque alguna razón habrá para que una tipa tan sensata como yo, que nació en Uruguay y vivió con los padres hasta bien entrada la madurez, y eso porque ellos murieron, que estudió y trabajó y tomó pastillas para ser mejor, decida matar a un personaje. Empiezo a ver que de la escritura no se vuelve.

El cuestionario Schmidt (2011)

¿Qué objetos te acompañaron toda tu vida?

Cajas de música, cofres, libros, instrumentos, muebles, reloj de pie, biblioteca, discos.

¿Sentís presencias, voces, músicas del trasmundo?

No puedo decir que mucho de lo que me rodea no sea del trasmundo.

¿Qué pensás de la rosa, los anillos, el mar y los tatuajes?

Que algunos de ellos son signos del más allá en distintas escalas, y otros, ornamentos y sellos que rinden homenaje sin saberlo a un deseo de resistir, permanecer, dejar huella, volverse pertenencia de algo ante uno mismo.

¿Cuál es tu superstición?

Muchas. La mejor es la creencia en la transmutación y la magia a través de las palabras, pero están las escaleras, los números, las coincidencias significativas, la virtud y el hallazgo a cada paso, el respeto por algunas señales…

¿En qué parte del cuerpo, el aire o el paisaje sentís la poesía?

En el aire, siempre. En el cuerpo que duerme o en el que imagino que tengo. En la piel, en los ojos, en el sexo, en el andar, el gesto, la cadencia.

¿Escribís mientras escribís o antes o después?

Todo el tiempo. Luego sucede algo.

¿Qué autores no releerías?

Difícil, no sé responder con acierto. Son muchos.

De los poetas que conociste, ¿cuál, cuáles te parecieron que unían su vida a sus palabras?

Cesare Pavese, Henri Michaux, Raymond Carver, Sylvia Plath, Fernando Pessoa, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Blas de Otero, Ted Hughes, Delmira Agustini, Marosa Di Giorgio, Olga Orozco, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Salvador Puig, Ida Vitale, R. Juarroz, y olvido muchos.

¿Qué, quién, quiénes escribe en vos?

La sangre que me esculpe desde el pasado remoto y que va hacia allá, hacia el tiempo en el que no estaré, que ya me lleva en las venas de mi descendencia, ellos y yo, los ancestros y la propia lengua materna; y el amor me escribe, y la mirada me escribe.

¿Vuelven algunas palabras, algunos temas o algunos climas?

Sí, vuelven, son letanías, son mi mismo libro en pie nunca jamás escrito, sólo intentos, aproximaciones graduales, balbuceos, algo así como las olas, algo así como lo soñado, entrevisto, apenas insinuado.

En tu vida, ¿la poesía como propósito, destino o circunstancia?

Las tres cosas en una, pero en este orden de aparición: destino, circunstancia y propósito.

¿Qué quisieras leer mañana, que quisieras releer para siempre?

Otra vez a Pessoa, y otra vez a Cortázar, otra vez al Borges de Los conjurados, los Diarios de John Cheever, Raymond Carver, John Berger, Marosa.

¿Qué pensás del romanticismo alemán?

La influencia del clima, la identificación del sentimiento trágico de la vida con la bruma paisajística, las idealizadas figuras lánguidas del poeta maldito y la distancia del arte con respecto a la “vida”, se cuelan en la inspiración poética en mi “tono” de modo inadvertido y tal vez no deseado o no siempre favorable.

 El silencio, la soledad, la transparencia, el orden, ¿adentro, afuera, a veces, nunca?

El silencio, la soledad, la transparencia en el caos, adentro y afuera, siempre, “conmigo”.

¿Qué fue lo imposible?

Detener el tiempo, evitar la muerte; algún amor fue lo imposible, y el destierro de la lucha contra la ilusión.

¿La poesía es un arma cargada de futuro, pasado, eternidad?

La poesía es un arma cargada más allá del tiempo, y mucho más que eso.

¿La poesía es literatura?

La poesía es también literatura.

¿Qué lugar ocupa la poesía argentina en Latinoamérica y en la lengua castellana?

Un primerísimo lugar.

¿Cuáles poetas argentinos te parece que deberían estar y no están?

¿Dónde? ¿Considerados, vivos, presentes con su obra, propuestos y leídos? No lo sé. Todo es tan misterioso y a veces lo mejor que sucede es que no estén, porque nos rodea un panorama extraño para el reconocimiento, inestable, teñido de tantas cosas ajenas a la poesía, y confuso.

¿Alguien te llevó o fuiste sola a esa palabra oscura?

Fui sola, con mis marcas y señales, “hasta tocar el brillo de las piedras oscuras”. Ineludible la influencia del entorno.

Fuera de la poesía, ¿qué campo del arte te interesa?

La música, las artes visuales.

¿La poesía es una tarea del espíritu o una emanación de la historia? ¿Hay espíritu, hay historia?

Hay espíritu, hay historia, y hay construcción necesaria de los hombres; dice un historiador que la historia destruye la memoria, y ésta destruye el olvido, o algo así.

¿Cuál es la mayor dificultad en la relación existencia-poesía?

Una de ellas, el tiempo, en todos sus sentidos. La urgencia y la necesidad. El desencuentro de los ritmos. El mercado, el dinero, la política, trabajar para vivir, vivir para comer y un largo etc.

¿Quisieras responder otras preguntas, quisieras hacer otras preguntas?

Siempre.

A probar

En la distancia entre aroma y sabor los convocados a la mesa transitan imantados. Una infinita secuencia de instancias intercepta la llegada del plato a cada sitio.

Los detalles dispuestos murmuran sobre el mantel perfecto. Las humorosas ollas que cantaron antes ya volcaron con generosidad sus contenidos en fuentes de origen innombrable.

Allí estamos, yo con mis siete años, tal vez nueve. Aguardamos atentos el oficio inminente.

Ya están allí también panes y peces que ese Cristo invisible multiplicará para que los reparta nuestro padre.

Es una mesa inmensa que se colmará siempre, algunas veces con parientes que aportaron las presas de la caza ahora preparadas, tras un largo proceso.

Los vi cuando llegaban: traían liebres, y otras veces perdices que las tías y abuela sabían adecuar.

Los numerosos primos de mi padre vivían en el centro del país, cerca del campo, y venían a pasar largos períodos en la capital.

Y colgaban a las liebres muertas de una pata, de la rama más fuerte e inclinada del añejo laurel.  Luego las prendían fuego, bañadas en alcohol. El cuerpecito tieso de la liebre en la noche encendido mientras yo me inscribía en su ojo fijo, rojo, brillaba a la luz de la luna o de las llamas.

Mis pupilas temblaban entre el fuego y las ramas, ante cosas y hombres, la caza y los queridos primos de mi padre, la vida detenida en el ojo de la liebre, ese fulgor rojizo bajo el árbol frondoso que me cubría en verano, en el que me escondía trepada como niña salvaje incapaz de ignorar los asaltos y pálpitos internos de la infancia y atender sus llamados, desmedidos para la candidez.

Y llegaba la hora de la cena, con la presa convertida en manjar.

Pero hube de olvidar la procedencia para aceptar mi plato y admitir el sabor exquisito de las combinaciones, el sonido de las copas cruzándose, el abrir y cerrar de la mielera que con forma de abeja portaba ahora alguna deliciosa salsa líquida, el agua de la jarra y las gaseosas, su manantial vertido en los cristales. Y eran texturas, cáscaras y tonos, los de todas las frutas fascinantes.

Un largo espejo me recibiría años después en casa ajena, con su piel de manzana color té, que era la mía, la de mi adolescencia congelada en su fría superficie, cuando todas las mesas de la infancia -incluida la de madera natural de la cocina, que albergaba en hilera interminable la pasta casera que yo, colaborando, probaba y consumía cruda-, se habían desparramado por el aire y un hueco se agrandaba en el techo del hogar, y el rumor de las fiestas había huido detrás de otros manjares y manteles.

Mi tía Lila seguía reservando para mí los “suspiros” de la enorme bandeja de masas de la confitería Lion D’Or con la que agasajaba a la familia los primeros de año.

El eterno femenino en las mujeres que yo nunca sería desfilaba ya acompañando a hombres similares a los quien luego amé.

Mi tío Juan, dada mi frecuente condición para las lágrimas durante la niñez, me decía con ternura «zapallito relleno de llanto», un sabor había en esas palabras: se hundía en mi paladar con la sal de los ojos que fluía.

Qué decir de Yolanda, tía abuela también, y sus panes de nuez, o de Amanda y sus cigarros perfumados, encendidos para la sobremesa nocturna del viejo caserón, sola en la cabecera, trasnochando.

O de mi abuela Ofelia y sus múltiples formas de consuelo en cazuelas de repollitos de Bruselas y arvejas a la crema! De las puntuales compras de caramelos irrepetibles el día de salida del pago de su jubilación.

De la garrapiñada para el cine y el algodón de azúcar de los parques, filtrado para siempre en el humo de todos los domingos de invierno.

Qué decir de mi mesa de madre que cocina y trabaja en doble horario, donde uno de los hijos saboreando mis platos caseros un día me comenta que debería poner un local de comidas y llamarlo «La piedra sin pulir», como decía de mí un enamorado de la juventud a quien no correspondí; expresión, entre otras, que mi hermano adulto se esmeró en repetir hasta que llegó a oídos de mi hijo.

Cómo olvidar los tallos de colores que asomaban de las bolsas de feria de Nené, tía materna directa, destinados a las humeantes sopas. De verdura o pescado, o de legumbres. Ni una palabra ante su maravillosa isla flotante, sus escones exactamente tibios o sus mermeladas. Y esa crema quemada con planchita de hierro que lograba, bañando aquellos postres memorables preparados por ella en un horno de primus con infalible molde chimenea para coronar fiestas o alguna excepcional mesa de té. 

Tan solo este inventario de todos los refugios / subterfugios sin fin que el paladar guardó como un tesoro hasta el confín de la intemperie de la que me resistiría a salir; tan solo este puñado se adelantaba a los descubrimientos del tiempo por venir. Tan solo este pasillo de memorias fragantes es un inmenso manto de manos que se cubren del frío en el trabajo diario del alma de la vida, la que llega a la mesa en forma de alimento y lo trasciende.

2017.

El momento infinito

Poema VIII

Demasiado urbana.
En la parada de los sinsabores
donde el tiempo se apaga por un rato
somos todos iguales en la espera
con nuestra peculiar desemejanza
toda la sombra en la ciudad despierta
en la que no descansa
el destino común de nuestros hijos
el futuro a sus pies
siempre dignos de amor, como nosotros
cuando la noche impar
nos acoraza
como un soberbio manto
sobre la flor descalza
de la calle que avanza
hacia la independencia de la plaza.
Querida noche impura
no hay consuelo
ante la enemistad de los relojes 
y la violencia de los calendarios.
Y como parte de algún juego eterno
oscuro tras sus reglas
somos toda esta lumbre alucinada.

Poema XII

Hoy cosía un botón del abrigo
que usaré por tercera temporada,
cuando de nuevo recordé a mi padre.
El desgastado estado de mi ropa
como abandono redentor a veces
figura repetida
se estremeció fugaz hacia la estampa
precisa o tambaleante
al borde de la esquina que lo traía a casa.

Volvían lentamente los días buenos
como páginas blancas
las compras de almacén
colgaban de su brazo
para colmar la mesa de los hijos
el Plymouth encendido entre los labios,
una larga ceniza suspendida.

En las manos un libro
algunas veces
lo detenía un poco
los ojos sobre el texto
página 100,
quién sabe.

Pero había otros días  
aquellos que celaban
su figura cimbreante
fluyendo con Pavese
como en cámara lent
por la calle Paullier
de nuevo a casa
ahora despeinado
sobre el raído cuello
de un chaquetón de pana.

Alguna vez, cantando “Stormy wheater”.
Otra, con el rumor abierto
de su esperanza y furia, “In the rain”.
Y caminaba místico hacia Manderley
con “Rebecca de Winter” bajo el brazo
pero sin billetera
o un zapato
desde la misma esquina
a la que nos llevó una vez a ver la luna
en simultánea con la televisión
que no teníamos
y transmitía a todos los hogares
esos primeros pasos de los hombres
que tocaban su suelo.

Y pasaron los siglos.
No importa ya que nadie me devuelva
mis 22 o 24 años, o si soy tu ligera
enciclopedia viva.

Ya no sé si es que cumplo
tu sueño o tu mandato.

No sé si he comprendido
o si el amor es eso
una carencia que temporalmente,
más tarde, siempre luego,
lleva el nombre de alguien
para no resignarnos a estar solos.

¿Soy la ausencia de otro?

A modo de recibidor

Supongo que sería contradictorio extenderme mucho para hablar de la microficción. Ya la bauticé para estos renglones. Las expresiones para denominar este tipo de narrativa breve o hiperbreve y sus zonas aledañas son varias, como variadas son sus características, sus posibilidades y los caminos que se pueden recorrer en ella. Esta literatura no es nueva, es añeja. No es una invención del siglo XX ni se limita a términos como minificción, microficción, minicuento o microrrelato, por citar algunos de los más utilizados. Sí es cierto que desde la segunda mitad del siglo XX este tipo de literatura se ha multiplicado y desarrollado con pujanza y fuerza propia. No solo en la creación de textos sino también en su estudio y reflexión.

Ese desarrollo se ha dado particularmente en algunos sitios de América Latina. Países como México, Argentina, Colombia, Chile o Perú cuentan con una tradición en la materia. Algunos de esos árboles son frondosos: muchas ramas, tronco grande y raíces que día a día, desde hace décadas, se extienden y fortifican. En otros sitios, como Uruguay, claramente no ha sido así.

La microficción se hizo adulta y trascendió mucho antes de que aparecieran las denominadas nuevas tecnologías. Antes de internet, los medios digitales, los blogs, los teléfonos celulares, las redes sociales y la conectividad permanente. Aunque indudablemente todo esto ha potenciado su difusión e incluso influyó al género, para bien y para mal. Lo breve puede circular más fácil en este tiempo, pero eso implica riesgos. Por ejemplo formar parte de un mar infinito, desconectado, ser asimilado como algo efímero, perecedero o de menor calidad, confundirse con cosas que no es, caer en el facilismo, agotarse en el efecto final, moldearse considerando la reacción inmediata.

A nivel general, este tipo de literatura mínima pasó de ser una rareza o ejercicio ocasional a convertirse en un género con características propias. Se hizo mayor de edad y logró un lugar en el mapa de las letras. A medida que crece aumenta en variedad y densidad, en cultores y lectores. Pero tampoco hay que engañarse, es obvio que sigue siendo un género menor en comparación con otros como el cuento, la novela o la poesía.

Las fronteras siempre son difusas y el caso de la narrativa breve no es una excepción. Su acabada caracterización se la dejo a otros que saben más del asunto, aunque sí se puede marcar algo básico: suele considerarse que más allá de 400 o 500 palabras no es microficción. Esto no define al género, pero sí lo limita. A su vez, hay muchos textos más cortos que claramente no entrar en esta categoría, como por ejemplo un poema, un refrán, un chiste o un aforismo. Y acá me planto. Dejo la cuestión para los entendidos.

Diré sí que breve no es sinónimo de fácil, aunque hacer algo breve pueda resultar sencillo. El asunto no es alcanzar una cantidad de renglones. Llegar al producto final requiere muchas revisiones y correcciones, mucho tiempo de reposo, lapsos largos e indeterminados en los que una idea, un título, una frase, un hecho o una emoción pasa por infinitas versiones hasta llegar a una formulación casi definitiva.

A título personal, la escritura breve es por elección y lo que escribo desborda los márgenes que se puedan determinar para el género. Me tiene sin cuidado. Como sucede con el fútbol, al escribir también uno escoge su puesto en función de algunas cosas: gusto, capacidad, conocimiento y carácter, por ejemplo. Fue así que después de mucho desmalezar se encontraron dos caminos personales, el de la lectura y el de la escritura. Escribir breve implica concisión, minuciosidad, atención a los detalles. Gusto por lo mínimo, las pausas, el silencio y la sugerencia. Requiere hacer y rehacer, detenerse en cada palabra, dejar reposar y reconsiderar. Releer y modificar un texto cien veces hasta quedar casi convencido o eliminarlo.

El procedimiento insume mucho tiempo, a sabiendas de que en esto no hay plata ni oro. Hay satisfacción, gusto personal y poco más. Eso libera. Este tipo de escritura tiene mucho de lúdico y desafiante, de descontracturado y campo virgen, de invitación y desafío. Tiene cadencia, ritmo y sonoridad. Permite abarcar muchos temas de distinta forma, recorrer la fantasía y la realidad, el absurdo y la reflexión, lo simple y lo profundo. Significa resolver decenas de ideas que surgen y definitivamente se materializan, al menos en un descarte.

Se escribe siempre buscando un efecto, un mensaje, una sugerencia a la continuidad de la historia por quien está del otro lado de la hoja. El lector es juez y parte. Más que invitado es un actor protagónico, ya que muchas veces le toca terminar la historia, agregar lo que no está, darle sentido.

El texto breve es como una carrera de 100 metros llanos. No se puede guardar fuerzas para el final, ni descansar un poco en el medio, ni arrancar suave hasta entrar en calor. Importa cada paso. Es una cápsula de letras y palabras que tiene que estar lo mejor pensada y elaborada para que funcione, cosa que obviamente no siempre ocurre, o que ocurre unas veces sí y otras no, con un lector sí y con otro no.

En la microficción no hay empate. Se gana o se pierde, en cada texto. En pos del triunfo no se puede escatimar esfuerzo, entrenamiento, estrategia, ni la última gota de sudor. De cualquier manera, a pesar de todo lo que se haga, como en el fútbol, nada asegura el triunfo.

Compruébelo usted mismo.

Marcos Robledo

Doce microficciones

18.262

A los 50 años clavados se puso a sacar cuentas. Meditó un poco y se repitió que ya había atravesado su ecuador, que estaba en la segunda mitad de su vida. La gran duda era si en esa condición llevaba días, meses o años.

Multiplicó 50 por 365 y le agregó 12 por los años bisiestos transcurridos desde su nacimiento. Resultado final: 18.262. Era mucho. No había hecho tanta cosa, no había vivido todo aquel tiempo. Sintió que el estómago, la cara, el pecho, los brazos y las piernas pensaban lo mismo. Un desperdicio de oportunidades, mujeres y días soleados.

Fue a su mesa de luz y agarró el revólver cargado. Puso un poco más de whisky en el vaso aguachento y se lo bebió de un trago. Le faltaba hielo. Estaba fuerte y feo.

Lo siguiente que vació fue el revólver. Seis tiros. La bombita de luz murió en mil pedazos. No soportaba dormir con la luz prendida.

El gato desapareció cuando vino el circo

El gato desapareció cuando vino el circo. Las monedas cuando levantaron el plato sin ñoquis. La Atlántida cuando subió la marea. La lapicera Parker cuando invitamos al cleptómano de tu hermano. El marido de tu hermana cuando ella se enteró de que era una cornuda. El charlatán cuando las papas quemaron. El Barrio Sur cuando vino la piqueta fatal del progreso. La merca cuando alguno vio que quedaba poca. Una parte de Hiroshima cuando cayó la bomba. Los de la mosqueta cuando divisaron un patrullero. El café cuando quise darme cuenta. La ilusión cuando pitó el juez. El circo cuando se acabaron los gatos.

Ojos desconocidos hasta ahora

El hombre tenía a la bestia delante suyo. Con sus 16 patas enormes de las cuales cualquiera podía aplastar un perro grande. Con ocho brazos y seis tentáculos que golpeaban tan fuerte como un árbol y atrapaban como una boa enorme. Con una mandíbula que asustaba al dejar ver sus tres filas de dientes arriba y abajo, que podían desgarrar y deshacer a un rinoceronte. Con cuatro cuernos capaces de atravesar un elefante marino como si fuera un gajo de mandarina. Con un rugido que podía resquebrajar vidrios de varios centímetros de espesor. Con esos ojos rojos horribles, venidos de las cavernas más profundas. Ojos desconocidos por siglos y siglos, hasta ahora.

Tan menudo como tranquilo, el hombre notó que la bestia -grande como el más grande dinosaurio- tenía una pata mal, bastante más corta que las demás. Agarró una goma y lo arregló.

Lunes otra vez

Salgo del Metro en Plaza Universidad y camino por la calle Pelai. Soy un kamikaze japonés que sabe lo que hará minutos después. A doscientos metros un reloj me indica que dentro de nada tengo que empezar, que se termina. Es lunes de mañana. A lo lejos, desde atrás, unas sirenas avanzan. Pasan dos vehículos de bomberos a mí lado y pienso, sueño, deseo. Ojalá. Ojalá. Cruzo los dedos. Cierro los ojos. Pero no. Ni cerca. Siguen de largo. No se detienen donde deberían. La empresa no está envuelta en llamas.

Otra velita

De nuevo cumpleaños y la pelota en la casa de doña María, pensó Ismael. Tiempo de hacer balances, soplar velitas y soportar tirones de oreja. Entonces se pregunta qué aprendió hasta ahora. Las preguntas se repiten y mecánicamente las respuestas también.

Nombre antiguo de la nota musical do: ut. Llevar a remolque una nave por medio de un cabo: atoar. Carbón hecho con huesos de aceituna: erraj. Matrícula de Mozambique: Moc. Ría de Galicia: Erosa. Ciudad de Caldea: Ur. Río suizo: Aar. Tierra sin cultivar ni labrar: erial. Ternero menor de dos años: eral. Disco heráldico en los escudos: roel. Departamento de Francia: Ain. Bóvido extinto o bisonte extinguido: uro. Indio de Tierra del Fuego: ona. Islote del Mediterráneo: If. Rutherfordio: Rt. Wolframio: W. Río de Siberia: Obi. Antigua lengua provenzal: oc. Ave trepadora americana: ani. Piojo de las gallinas: ina. Padre de Matusalén: Enoc.

Entonces concluye que, por más limitado que sea, algo siempre aprende.

Burocracia

Pasó siete años sin poder dormir a pata ancha, ya que estar muerto le traía bastantes complicaciones. No solo tener que andar explicando el caso, sino porque además de quitarle el sueño la situación le quitaba la jubilación. Ochenta y cuatro meses sin ver un peso.

Luego de muchas gestiones, Jaime Mumitris logró la confirmación oficial de que estaba vivo. Al muerto de nombre parecido no tenían que avisarle porque ya estaba al tanto; aunque en la familia algunos pensaban que sí y otros que no, eso no era asunto de su incumbencia.

-Lo importante es que se pudo solucionar. Ahora no nos vamos a poner a buscar culpables- explicó el funcionario municipal.

Lobo

¿Lobo, estás? ¿Lobo, estás? ¿Eeeehhh? No te hagas el sordo. Sé que andás por acá. No te escondas. No te hagas humo. No ocultes tu pelambre. No calles tu respiración. Sé que estás metido en algún recoveco. Oculto, pero no para atacar, sino para huir.

Aparecé, lobo. Quiero hablar contigo. No te voy a hacer nada. No traje la metralleta. Solo quiero decirte dos palabras. O alguna más. Ocho, para ser más preciso. La puta que te parió, lobo de mierda. Dejate ver. No seas garca. Hablemos civilizadamente.

Hacete cargo, lupus canis. Siento tu olor a mugre, así que no podés estar muy lejos. Apersonate, mamífero placentario del orden de los carnívoros. Vení. Dale. Sé que me estás escuchando y que sabés de lo que te hablo. ¿Verdad que sí? ¿Verdad que sabés de lo que te hablo? Si no, no te estarías escondiendo. ¿No es así?

Lobito. Hola, lobito. Veo que no aparecés, pero seguro me estás oyendo. Así que escuchame bien, lobo cagón de pacotilla. Oíme bien, depredador cuadrúpedo. Abrí esas orejas tan grandes que tenés. Te lo digo una sola vez. No te metas nunca más en los sueños de mi chiquito. ¿Sentiste? Una vez más y te hago alfombra, lobo de mierda.

Todos los inviernos

Silvia se acurrucó abrazada a su compañero y se durmió. Era una de esas noches gélidas de junio o julio en las que una ola de frío polar invade la ciudad. Una de esas en las que las estufas se prenden más temprano, la gente se pone una frazada más, las duchas son más largas y con agua casi hirviendo. Una de esas noches en que se cena guiso o sopa, después tableta de chocolate, copita de grapamiel y a la cama. Incluso algunos, aunque no lo admitan, usan piyama, bolsa de agua caliente o manta eléctrica.

Eso en las casas. En la calle, esta vez Silvia, hipotermia.

Frases

Navegar es preciso, vivir no es preciso. Life’s a bitch. Vivimos para morir. Toda la puta vida igual (ojalá que no). Más vale vivir un año a mil que mil años a diez. Cuando te sepas frío, say no more. Acá están todos muertos. Acá estuvimos nosotros. Alguna vez las rocas fueron cerebros. Todo está tan muerto como si nunca hubiera sucedido. Aguante el misterio. Dejame dormir por un eterno instante en la mágica noche de tus pupilas. Nuestra estrella se agotó y era mi lujo. El mundo muere, se termina una voz y una amiga. Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo no me siento nada bien, firma Woody Allen.

No son frases antojadizas, son grafitis. No son muros antojadizos, son de los cementerios montevideanos.

Una mosca del tamaño de Hawaii

-Es cierto -contó el niño-. La mosca era del tamaño de Hawaii. No, mentira. Era más grande. No entraba en las islas y las patas se apoyaban en el agua. Y estaba ahí quietita, sin preocuparse porque la estuviera mirando cada vez más de cerca. Recién cuando vio venir el matamoscas salió volando. La busqué y no la vi más. Rarísimo.

El cuento de los tres chanchitos  

-¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. La madre leía intentando dormir a Nadia. La pequeña había estado toda la tarde jugando con sus amigos de la cuadra, a la escondida, a la mancha, a la pelota. Su mamá se imaginaba que mucha cuerda no le podía quedar antes de caer rendida.

El primer chanchito se fue para la casa del segundo. -¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. Cuando la niña se estaba por dormir se escucharon los primeros tiros, así que la madre subió el volumen de su voz, en un fino equilibrio entre no despertarla y que se duerma sin escuchar nada.

Los dos chanchitos se fueron a la casa del tercero. -¡Y soplaré y soplaré y la casa derribaré!-. Pero el zorro no pudo derribarla, porque las paredes de ladrillo resisten más que otras. Aguantan hasta una bala perdida, por ejemplo. No así las casas con pared de chapa, como la de la Nadia.

Entonces es como truvias

Sulplíme de tanto murfa. Si la marquética no mimblara ante los rayos del sol, sería trucante verla infimirse, con esos blutines tan plótidos, tan plúcinos. Si tu bungraso estuviera tacante, si los grinoseos cabrifengos no se sengrasen tan fácil, otra muríria nos estaría cresando como agua. Pero claro, ni los trucores de tus megretes están esperando que milingue urcante, ni mis utipitos brusan mientras se agragan de tanto lumiten. Entonces es como truvias. Entonces es una nocrisa sopicar que una noche troquitante por las dudas, por si acaso, por si la metulenda propi se grotara como nunca. Es eso. Es así. No frigamerá. No suncundará la mojota aunque miriemos que munitati. No pocorosará más en los muchecos que setrinás. Tubante será. Tubante. Como si grogar fuera de un color muchitro. Como si prenutases mirícadas. Como cruti. Así que dorotá, que mientras tanto curucaré. Es eso. Es así. Ya no frigamerá.