El cuestionario Schmidt (2011)

¿Qué objetos te acompañaron toda tu vida?

Cajas de música, cofres, libros, instrumentos, muebles, reloj de pie, biblioteca, discos.

¿Sentís presencias, voces, músicas del trasmundo?

No puedo decir que mucho de lo que me rodea no sea del trasmundo.

¿Qué pensás de la rosa, los anillos, el mar y los tatuajes?

Que algunos de ellos son signos del más allá en distintas escalas, y otros, ornamentos y sellos que rinden homenaje sin saberlo a un deseo de resistir, permanecer, dejar huella, volverse pertenencia de algo ante uno mismo.

¿Cuál es tu superstición?

Muchas. La mejor es la creencia en la transmutación y la magia a través de las palabras, pero están las escaleras, los números, las coincidencias significativas, la virtud y el hallazgo a cada paso, el respeto por algunas señales…

¿En qué parte del cuerpo, el aire o el paisaje sentís la poesía?

En el aire, siempre. En el cuerpo que duerme o en el que imagino que tengo. En la piel, en los ojos, en el sexo, en el andar, el gesto, la cadencia.

¿Escribís mientras escribís o antes o después?

Todo el tiempo. Luego sucede algo.

¿Qué autores no releerías?

Difícil, no sé responder con acierto. Son muchos.

De los poetas que conociste, ¿cuál, cuáles te parecieron que unían su vida a sus palabras?

Cesare Pavese, Henri Michaux, Raymond Carver, Sylvia Plath, Fernando Pessoa, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Blas de Otero, Ted Hughes, Delmira Agustini, Marosa Di Giorgio, Olga Orozco, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Salvador Puig, Ida Vitale, R. Juarroz, y olvido muchos.

¿Qué, quién, quiénes escribe en vos?

La sangre que me esculpe desde el pasado remoto y que va hacia allá, hacia el tiempo en el que no estaré, que ya me lleva en las venas de mi descendencia, ellos y yo, los ancestros y la propia lengua materna; y el amor me escribe, y la mirada me escribe.

¿Vuelven algunas palabras, algunos temas o algunos climas?

Sí, vuelven, son letanías, son mi mismo libro en pie nunca jamás escrito, sólo intentos, aproximaciones graduales, balbuceos, algo así como las olas, algo así como lo soñado, entrevisto, apenas insinuado.

En tu vida, ¿la poesía como propósito, destino o circunstancia?

Las tres cosas en una, pero en este orden de aparición: destino, circunstancia y propósito.

¿Qué quisieras leer mañana, que quisieras releer para siempre?

Otra vez a Pessoa, y otra vez a Cortázar, otra vez al Borges de Los conjurados, los Diarios de John Cheever, Raymond Carver, John Berger, Marosa.

¿Qué pensás del romanticismo alemán?

La influencia del clima, la identificación del sentimiento trágico de la vida con la bruma paisajística, las idealizadas figuras lánguidas del poeta maldito y la distancia del arte con respecto a la “vida”, se cuelan en la inspiración poética en mi “tono” de modo inadvertido y tal vez no deseado o no siempre favorable.

 El silencio, la soledad, la transparencia, el orden, ¿adentro, afuera, a veces, nunca?

El silencio, la soledad, la transparencia en el caos, adentro y afuera, siempre, “conmigo”.

¿Qué fue lo imposible?

Detener el tiempo, evitar la muerte; algún amor fue lo imposible, y el destierro de la lucha contra la ilusión.

¿La poesía es un arma cargada de futuro, pasado, eternidad?

La poesía es un arma cargada más allá del tiempo, y mucho más que eso.

¿La poesía es literatura?

La poesía es también literatura.

¿Qué lugar ocupa la poesía argentina en Latinoamérica y en la lengua castellana?

Un primerísimo lugar.

¿Cuáles poetas argentinos te parece que deberían estar y no están?

¿Dónde? ¿Considerados, vivos, presentes con su obra, propuestos y leídos? No lo sé. Todo es tan misterioso y a veces lo mejor que sucede es que no estén, porque nos rodea un panorama extraño para el reconocimiento, inestable, teñido de tantas cosas ajenas a la poesía, y confuso.

¿Alguien te llevó o fuiste sola a esa palabra oscura?

Fui sola, con mis marcas y señales, “hasta tocar el brillo de las piedras oscuras”. Ineludible la influencia del entorno.

Fuera de la poesía, ¿qué campo del arte te interesa?

La música, las artes visuales.

¿La poesía es una tarea del espíritu o una emanación de la historia? ¿Hay espíritu, hay historia?

Hay espíritu, hay historia, y hay construcción necesaria de los hombres; dice un historiador que la historia destruye la memoria, y ésta destruye el olvido, o algo así.

¿Cuál es la mayor dificultad en la relación existencia-poesía?

Una de ellas, el tiempo, en todos sus sentidos. La urgencia y la necesidad. El desencuentro de los ritmos. El mercado, el dinero, la política, trabajar para vivir, vivir para comer y un largo etc.

¿Quisieras responder otras preguntas, quisieras hacer otras preguntas?

Siempre.

A probar

En la distancia entre aroma y sabor los convocados a la mesa transitan imantados. Una infinita secuencia de instancias intercepta la llegada del plato a cada sitio.

Los detalles dispuestos murmuran sobre el mantel perfecto. Las humorosas ollas que cantaron antes ya volcaron con generosidad sus contenidos en fuentes de origen innombrable.

Allí estamos, yo con mis siete años, tal vez nueve. Aguardamos atentos el oficio inminente.

Ya están allí también panes y peces que ese Cristo invisible multiplicará para que los reparta nuestro padre.

Es una mesa inmensa que se colmará siempre, algunas veces con parientes que aportaron las presas de la caza ahora preparadas, tras un largo proceso.

Los vi cuando llegaban: traían liebres, y otras veces perdices que las tías y abuela sabían adecuar.

Los numerosos primos de mi padre vivían en el centro del país, cerca del campo, y venían a pasar largos períodos en la capital.

Y colgaban a las liebres muertas de una pata, de la rama más fuerte e inclinada del añejo laurel.  Luego las prendían fuego, bañadas en alcohol. El cuerpecito tieso de la liebre en la noche encendido mientras yo me inscribía en su ojo fijo, rojo, brillaba a la luz de la luna o de las llamas.

Mis pupilas temblaban entre el fuego y las ramas, ante cosas y hombres, la caza y los queridos primos de mi padre, la vida detenida en el ojo de la liebre, ese fulgor rojizo bajo el árbol frondoso que me cubría en verano, en el que me escondía trepada como niña salvaje incapaz de ignorar los asaltos y pálpitos internos de la infancia y atender sus llamados, desmedidos para la candidez.

Y llegaba la hora de la cena, con la presa convertida en manjar.

Pero hube de olvidar la procedencia para aceptar mi plato y admitir el sabor exquisito de las combinaciones, el sonido de las copas cruzándose, el abrir y cerrar de la mielera que con forma de abeja portaba ahora alguna deliciosa salsa líquida, el agua de la jarra y las gaseosas, su manantial vertido en los cristales. Y eran texturas, cáscaras y tonos, los de todas las frutas fascinantes.

Un largo espejo me recibiría años después en casa ajena, con su piel de manzana color té, que era la mía, la de mi adolescencia congelada en su fría superficie, cuando todas las mesas de la infancia -incluida la de madera natural de la cocina, que albergaba en hilera interminable la pasta casera que yo, colaborando, probaba y consumía cruda-, se habían desparramado por el aire y un hueco se agrandaba en el techo del hogar, y el rumor de las fiestas había huido detrás de otros manjares y manteles.

Mi tía Lila seguía reservando para mí los “suspiros” de la enorme bandeja de masas de la confitería Lion D’Or con la que agasajaba a la familia los primeros de año.

El eterno femenino en las mujeres que yo nunca sería desfilaba ya acompañando a hombres similares a los quien luego amé.

Mi tío Juan, dada mi frecuente condición para las lágrimas durante la niñez, me decía con ternura «zapallito relleno de llanto», un sabor había en esas palabras: se hundía en mi paladar con la sal de los ojos que fluía.

Qué decir de Yolanda, tía abuela también, y sus panes de nuez, o de Amanda y sus cigarros perfumados, encendidos para la sobremesa nocturna del viejo caserón, sola en la cabecera, trasnochando.

O de mi abuela Ofelia y sus múltiples formas de consuelo en cazuelas de repollitos de Bruselas y arvejas a la crema! De las puntuales compras de caramelos irrepetibles el día de salida del pago de su jubilación.

De la garrapiñada para el cine y el algodón de azúcar de los parques, filtrado para siempre en el humo de todos los domingos de invierno.

Qué decir de mi mesa de madre que cocina y trabaja en doble horario, donde uno de los hijos saboreando mis platos caseros un día me comenta que debería poner un local de comidas y llamarlo «La piedra sin pulir», como decía de mí un enamorado de la juventud a quien no correspondí; expresión, entre otras, que mi hermano adulto se esmeró en repetir hasta que llegó a oídos de mi hijo.

Cómo olvidar los tallos de colores que asomaban de las bolsas de feria de Nené, tía materna directa, destinados a las humeantes sopas. De verdura o pescado, o de legumbres. Ni una palabra ante su maravillosa isla flotante, sus escones exactamente tibios o sus mermeladas. Y esa crema quemada con planchita de hierro que lograba, bañando aquellos postres memorables preparados por ella en un horno de primus con infalible molde chimenea para coronar fiestas o alguna excepcional mesa de té. 

Tan solo este inventario de todos los refugios / subterfugios sin fin que el paladar guardó como un tesoro hasta el confín de la intemperie de la que me resistiría a salir; tan solo este puñado se adelantaba a los descubrimientos del tiempo por venir. Tan solo este pasillo de memorias fragantes es un inmenso manto de manos que se cubren del frío en el trabajo diario del alma de la vida, la que llega a la mesa en forma de alimento y lo trasciende.

2017.

El momento infinito

Poema VIII

Demasiado urbana.
En la parada de los sinsabores
donde el tiempo se apaga por un rato
somos todos iguales en la espera
con nuestra peculiar desemejanza
toda la sombra en la ciudad despierta
en la que no descansa
el destino común de nuestros hijos
el futuro a sus pies
siempre dignos de amor, como nosotros
cuando la noche impar
nos acoraza
como un soberbio manto
sobre la flor descalza
de la calle que avanza
hacia la independencia de la plaza.
Querida noche impura
no hay consuelo
ante la enemistad de los relojes 
y la violencia de los calendarios.
Y como parte de algún juego eterno
oscuro tras sus reglas
somos toda esta lumbre alucinada.

Poema XII

Hoy cosía un botón del abrigo
que usaré por tercera temporada,
cuando de nuevo recordé a mi padre.
El desgastado estado de mi ropa
como abandono redentor a veces
figura repetida
se estremeció fugaz hacia la estampa
precisa o tambaleante
al borde de la esquina que lo traía a casa.

Volvían lentamente los días buenos
como páginas blancas
las compras de almacén
colgaban de su brazo
para colmar la mesa de los hijos
el Plymouth encendido entre los labios,
una larga ceniza suspendida.

En las manos un libro
algunas veces
lo detenía un poco
los ojos sobre el texto
página 100,
quién sabe.

Pero había otros días  
aquellos que celaban
su figura cimbreante
fluyendo con Pavese
como en cámara lent
por la calle Paullier
de nuevo a casa
ahora despeinado
sobre el raído cuello
de un chaquetón de pana.

Alguna vez, cantando “Stormy wheater”.
Otra, con el rumor abierto
de su esperanza y furia, “In the rain”.
Y caminaba místico hacia Manderley
con “Rebecca de Winter” bajo el brazo
pero sin billetera
o un zapato
desde la misma esquina
a la que nos llevó una vez a ver la luna
en simultánea con la televisión
que no teníamos
y transmitía a todos los hogares
esos primeros pasos de los hombres
que tocaban su suelo.

Y pasaron los siglos.
No importa ya que nadie me devuelva
mis 22 o 24 años, o si soy tu ligera
enciclopedia viva.

Ya no sé si es que cumplo
tu sueño o tu mandato.

No sé si he comprendido
o si el amor es eso
una carencia que temporalmente,
más tarde, siempre luego,
lleva el nombre de alguien
para no resignarnos a estar solos.

¿Soy la ausencia de otro?