Dos textos

Dos textos

I

Podría escribir un libro de poemas sobre los músicos que admiro. Uno por cada uno de ellos. Miles Davis, Mateo, Piazzolla, Malher, Zappa. Pero sería demasiado extenso. Lo dejo para las próximas vacaciones. (En este fin de semana ya no me da).

Podría escribir un libro de poemas como si fueran tomaduras de pelo, parodias de los miedos que me describen. Pero los parodistas nunca me gustaron, ni los charoles, ni los chocolates, ni siquiera por un fin de semana de febrero.

Podría escribir un libro de poemas sobre los ecos del pasado que melancolean en el poema del presente. El tablado donde nos representamos con un disfraz, como si fuera la realidad, como si el poema lo fuera. Tantos tangos tontos que casi nadie puede descifrar. Chocolate amargo. Pero… entonces: para qué?

Podría escribir un libro de poemas sobre las preguntas fundamentales que un hombre se haría promediando la mañana o el tercer whisky de la noche. Código cerrado que no busca respuesta ni representarse. Pero me resulta fundamentalmente grandilocuente, trascendentalote, intelectual de fin de semana. Sería demasiado serio. Y… ¿dónde queda el hombre de la calle? ¿A quién le puede importar si el tal que se preguntaba era un hombre culto o si la calle en cuestión se llama Culta?

Podría escribir un libro de poemas como si fueran adivinanzas, un juego intelectual e ingenioso de palabras cruzadas. Como si la poesía no tuviera solución. Cuanto más encriptado más inteligente me consideraría. La cultura un signo secreto a decodificar. Un disfraz de mis frases. Pero sería eso. Tratar de ocultarme y no escribir lo que quiero o tengo que escribir. Tan simple como la complejidad. Tan complejo como la poesía.

Podría escribir un libro de poemas ligeros, livianos, sin ninguna pretensión, como caminar en alpargatas –las dos cuadras de la calle de infancia, José Culta– pisando la tardecita cualquiera, recuperando cierta ingenuidad. La palabra “cualquiera”. Después de todo son sólo poemas. Pero no se me antoja. “Después de todo” yo soy el que escribe, mi dueño y hago lo que se antoja. (Si usted quiere otra cosa, pues bien… escríbalo usted mismo. Qué joder).

Podría escribir un libro de poemas antojadísimamente, premeditadamente, como una promesa o condena a cumplir. Por ejemplo: escribir un poema cada mañana, al despertarme. Sin importar domingos o feriados. Sin tregua. Metódicamente. Al método dedicarme. Riguroso con el cometido. Una obligación. A propósito del propósito. Oficiar de oficio. Como un soldado fiel. Como cualquier profesional que se precie de tal. 1. Pero… ¿la palabra cualquiera? La palabra cualquiera regurgitándome otra vez. Yo no quiero ser cualquiera. Quiero ser diferente, bien distinto. 2. Pero tal vez sólo me estoy distrayendo… y lo del método parece ser sólo un pretexto, un entrenamiento, un aperitivo. Buscarme la lengua –cuando no tengo nada que decir– por si finalmente algo aparece. Palabrerío. Cháchara. 3. Pero soy un tipo poco perseverante y me aburro enseguida y quiero pasar de una cosa a la otra, ya que lo más importante de la vida son los cambios. 4. Pero yo no quiero ser profesional. No quiero tener ningún compromiso de dependencia. Quiero ser amateur. Un amador.

Podría escribir un libro de poemas encabalgados, uno tras otro, de continuo, como los días ordenados de la semana. Donde cada poema continúe al siguiente y de pie al anterior. Pero es como volver a volver, ese tropezón inesperado en lo que fui y ya no hay forma de remediarlo, volver a volver, ese tropezón inesperado en lo que fui y ya no hay forma de remediarlo, ese tropezón.

Podría escribir un libro de poemas donde cada poema no tuviera nada que ver con el otro, que no le debiera ni media palabra, sin ninguna repetición, libre totalmente. Pero la libertad es un poema que nunca se podría escribir.

Podría escribir un libro de poemas imposibles pero solo hago lo posible… y… ¿a quién le puede interesar lo posible?

Podría escribir un libro de poemas tan cortitos como una frase. Pero no tan largos como la palabra “pero”.

Podría escribir un libro de poemas sobre la brevedad, lo breve del tiempo o la vida. Esa extensa lápida donde apenas nos movemos. El instante minúsculo que se evapora. El flash que nos encandila y se escapa. Un parpadeo. Pero la foto no está. No queda nada. Ninguna imagen. Nada.

Podría escribir un libro de poema sobre la nada. Escribir simulando que estoy escribiendo algo cuando en realidad no digo nada. Un mero ejercicio y que, por debajo de la cáscara o de cada palabra, sólo reluce la nada. Un engaño. Una farsa. Una caja vacía. Un malabarismo. Parece ser sólo un pretexto, un entretenimiento, un aperitivo. Buscarme la lengua cuando no tengo nada que decir. Palabrario. Cháchara. Pero, si lo sé, si sé que puedo hacerlo, para qué hacerlo? Alcanza con eso, con saberlo. No es necesario escribir.

II

martes 28 

recién a las 21:00 llegaron los de la emergencia móvil
parecían astronautas del siglo de las sombras
eran tres
me tomaron la fiebre me auscultaron controlaron la saturación de oxígeno
–te llevamos
                      me llevaron
pude preparar mi bolsito: un piyama tres libros
tapabocas
y me acomodo en la negra silla de ruedas                    ahí vamos
al rato ya estaba sentado en la emergencia sillón negro
me enchufaron la vía en el brazo derecho
mi respiración seguía deficitaria
–te vamos a pasar a sala aislada para hacerte el test
ya casi se terminaba el día 

miércoles 29

mi sillón seguía negro y no era mío
pero yo sobre él seguía esperando
sin pegar ni medio ojo hasta las 09:00 de la mañana
me pasan a sala aislada
abandono el negro sillón
me hacen el test
–sí, duele un poco, si lagrimeas es que está bien realizado
joder
pues bien           llega el desayuno me como el primer libro
el almuerzo la merienda y antes de la cena liquido el segundo
el médico me informa que dio negativo 
:no tengo coronavirus
sí     una infección en mi pulmón derecho
–te vamos a pasar a sala común
–no me puedo quedar acá, que estoy tan bien?
–no, se necesita esta sala, vas a una común
joder
no quiero
me pongo nervioso
no quiero mudarme
se hace tarde
entrecierro los ojos me duermo me despierto me sobresalto tiemblo 
estoy muy nervioso
cansado
pasan los minutos las horas se termina
el día a las 23:45 pregunto y la enfermera (una cualquiera
con tapabocas son todas casi iguales) me dice
–acuéstese nomás
tardo en aflojarme
me duermo 

jueves 30

sigo aislado en la sala
luego del desayuno llega el médico me dice
–te vas para tu casa con internación domiciliaria
lo mejor que me puede pasar
armo mi bolsito me queda sólo un libro
lo liquido de puro contento
viene el almuerzo y nada        la merienda y nada
mi esposa me manda un mensaje
–vinieron a traerte el oxígeno
ok, yo todavía en la sala
una hora más tarde es mi hija martina que me manda un mensaje
–pá           vinieron dos enfermeras a pasarte el antibiótico
ok y yo todavía en la sala
viene la cena
                      me como la cena
a las 23:45 pregunto
–me quedo, no?
–no, usted es el próximo traslado
–a esta hora?
–sí, a esta hora
ok
pasa un rato
dos        tres         cuatro
viernes primero
primero de mayo
vienen a buscarme
me tengo que poner túnica tapabocas gorro
y sentarme en una silla de ruedas
vamos para el ascensor
me voy
                llegamos
la ascensorista nos dice
–me parece que los camilleros se fueron
no puede ser
llaman por teléfono

         se fueron a llevar a otro paciente
me devuelven a la sala
pasa otra hora limpiamente
me viene a buscar otra vez parece que me voy
llegamos
llaman al ascensor: nada
vuelven a llamar: nada
insisten: nada
golpean un poco la puerta del ascensor: nada
golpean más fuerte: nada
llaman por teléfono
la ascensorista nos está esperando en el quinto piso
nosotros estamos en el cuarto
al fin llega
                    me voy
el ascensor baja raspando la cueva negra
me indican que suba a la ambulancia
abandono la negra silla de ruedas
subo
arranca
bulevar artigas
qué raro no dobla por rivera
doblará por maldonado pienso, no
sigue de largo
no entiendo porqué carajo alarga tanto el camino
paciencia, será una vuelta más
ya son las 01:45
bulevar hasta el final     club de golf     zorrilla     la rambla
derechito derechito por la rambla rumbo a la ciudad vieja
tiene que subir por alzáibar
no sube por alzáibar
sigue por la rambla se pasa
se recontra pasa
pasa la escollera sarandí sigue de largo se pasa
se mete a contramano por una calle
para
recula              marcha atrás
vuelve a avanzar por la rambla es decir a alejarse
se mete por otra
entrepara en cada bocacalle para mirar los cartelitos de cada calle
está perdido    muy perdido    totalmente perdido
para
le pregunta a unos pibes que están en la esquina tomando vino
             ese es mi barrio
le indican correctamente cuál es buenos aires
            ese es mi barrio
llego
estacionan en la vereda de enfrente
son las 2:30 de la mañana
frente por frente a la puerta de mi casa
yo con túnica tapaboca gorra bolsito e infección pulmonar
cruzo la calle
                           toco timbre para avisar que llegué
abro la puerta de calle
mi mujer corrió las macetas para hacer lugar a la silla de ruedas
no era necesario            no hay silla de ruedas
atravieso caminando el patio descubierto silbando la internacional
por las dudas no nos damos un beso
aunque hubiera sido necesario
mañana a las 07:00 vendrán
enfermeras a pasarme el antibiótico
a dormir
es necesario           me digo

Capítulo uno

La mujer báltica

El ascensor es moderno y va del subsuelo al octavo piso y, por supuesto, viceversa. Su mecanismo de funcionamiento está regulado de tal modo que una vez abierta la puerta y apretando simultánea o sucesivamente todos los botones numerados, se detiene en cada piso el tiempo necesario al ascenso o descenso de pasajeros antes de cerrar y/o abrir también automáticamente la puerta y reanudar la marcha en forma no menos automática. Pasó así y a las seis y media de la tarde:

Entré al ascensor en la planta baja para subir a mi apartamento, quinto piso, y los patines con rueda no me sorprendieron, a cada rato veía por la calle y hasta en los supermercados, en las escaleras mecánicas y en las aceras al borde del lago, en los parques, realmente una epidemia. Es probable que la mujer hubiese entrado al edificio detrás de mí sin que me diera cuenta porque ahí estaba, en el pasillo frente al ascensor y tratando de entrar, altísima sobre sus patines, sonriente, quizás disculpándose por no tener la edad adecuada, pelo castaño y corto, T-shirt ajustado y de color naranja, pantalones blancos y sorprendentes, eso sí, sorprendentes guantes de cuero en ambas manos.

Hubo el primer desequilibrio, algo que yo tomé por una vacilación y que se concretó en la desarmonía de la figura que avanzó y retrocedió algunos centímetros sobre su eje hasta encontrar el impulso suficiente para introducirse definitivamente en el ascensor. Pasó a mi lado con ruido sordo de pequeñas ruedas sobre el plástico encerado del piso, detuvo su breve desplazamiento con las dos manos enguantadas apoyadas en el plano vertical del fondo del cubo y, de espaldas a mí y volviendo la cabeza, dijo octavo piso por favor. La puerta se cerró luego de que yo apretara sucesivamente los botones cinco y ocho.

Cuando el ascensor dejó la planta baja la mujer inició con cierta precaución los movimientos habituales para girar 180 grados y abandonar la posición incómoda y descortés de ofrecer la espalda al único y desconocido acompañante en ese vehículo doméstico: desplazamiento de los pies en su lugar y giro del cuerpo en la misma dirección y aproximadamente el mismo ángulo. Operación que en general no ofrece grandes dificultades de equilibrio ni solicita suplementaria ayuda de las manos. No obstante nada, en el cuerpo de la mujer, parecía indicar la realización de su propósito, porque antes de que pudiera despegar del piso  cualquiera de sus pies y apenas sugerido ese movimiento en sus rodillas, las manos enguantadas en el plano vertical del cubo debieron soportar el peso de la parte superior del cuerpo que se inclinaba hacia adelante porque la inferior, involuntariamente, se estaba desplazando sobre las ruedas de los patines hacia atrás, hasta detenerse cuando los talones encontraron la resistencia de la puerta cerrada. Ahora el cuerpo tenso trazaba una diagonal incongruente en ese severo espacio ortogonal, posición que la mujer intentó modificar un par de veces resbalando alternativamente uno y otro pie hacia adelante pero era evidente que se requerían los dos y al mismo tiempo para lograr la vertical, algo que no podía escapar a su comprensión pues luego de ese fracaso momentáneo no insistió, limitándose a mostrarme un rostro algo perplejo y pecoso y en el cual creí asomaba un cierto desamparo. Le sonreí, como para ofrecerle una mayor seguridad, y ella quizá interpretó erróneamente el sentido de mis intenciones, se sostuvo con una sola mano y movió la otra en mi dirección con un gesto vago e impreciso. En ese momento vi una enorme mancha oscura de sudor en su axila izquierda y tuve ganas de tocarla, uno nunca sabe si esa humedad está fría o tibia. La mano enguantada siguió moviéndose en mis proximidades, y si en ese momento no hubiese sonado el breve timbre que anunciaba la inminente llegada del ascensor al quinto piso, habría tenido que adoptar una decisión respecto a ella. Pero el timbre fue como un repentino llamado a mi responsabilidad. El rostro torcido hacia mí expresaba ahora una especie de súplica. Tenía que actuar con rapidez, porque la puerta se abriría automáticamente y el cuerpo de la mujer, sin el apoyo en los talones, resbalaría inevitablemente hacia el piso del ascensor y todo sería entonces más difícil. Además, una cortesía elemental me impedía dejar que el ascensor se llevara el cuerpo extendido boca abajo hasta el octavo mientras yo entraba tranquilamente en mi apartamento. De modo que agarré la mano enguantada sin tener aún la menor idea de lo que debía hacer con ella. Pero esos segundos eran decisivos; y el efecto posterior del gesto, imprevisible. Este, en un orden estrictamente sucesivo, se expresó de la siguiente manera:

a) con la mano vino el brazo y todo lo demás de la mujer, la otra mano y el peso completo del cuerpo inclinado;    

b) el ascensor se detuvo; la puerta se abrió hacia los costados;

c) desapareció el apoyo de los talones y de las ruedas posteriores de los patines;

d) los brazos de la mujer me rodearon el cuello con fuerza;

e) mis manos, tratando de sostener el cuerpo que seguía resbalando junto al mío, se apoyaron en sus axilas: el sudor no era seco sino activo, húmedo y caliente;

f) los pies siguieron resbalando hacia afuera del ascensor y el peso del cuerpo de la mujer, multiplicado, me arrastró hacia el piso;

g) me arrodillé, el rostro de la mujer se apoyó en mi hombro derecho y su cuerpo, extendido en una suave aunque forzada curva, dejó súbitamente de pesar;

h) miré por encima de su espalda: las tres cuartas partes de sus piernas estaban extendidas hacia afuera, en el pasillo;

i) no veía su cara pero no creí necesario consultarla;

j) aún arrodillado y apretando sus axilas, giré su cuerpo hasta depositarlo en el piso, de espaldas;

k) su rostro pasó fugazmente junto al mío y los brazos lo siguieron, liberando mis hombros;

l) me incliné hacia adelante y con las palmas de mis manos separé sus muslos del piso;

m) sus rodillas avanzaron hacia mí, las ruedas de los patines     cruzaron el umbral de la puerta justo en el momento en que ésta se cerraba;  

n) aún hincado, y con mis manos sucias de sudor ajeno, sujeté      sus rodillas dobladas y esperé a que el ascensor se pusiera automáticamente en marcha.

Habíamos franqueado con relativo éxito esa parte del trayecto. Ahora había que aguardar, inmóvil, la llegada al octavo. Momento propicio para hacer un balance provisorio y encarar una estrategia adecuada. Salvo un creciente dolor en la rodilla izquierda y los dos libros que traía yaciendo desordenadamente en un rincón del ascensor, ningún otro perjuicio visible de mi parte. Respecto a la mujer, y siempre ateniéndome al insuficiente testimonio visual, una costura abierta en su pantalón exponía un fragmento interior del muslo, cosa que no parecía preocuparle en absoluto pues seguía concentrada en frotarse el codo derecho con la palma de cuero de su mano izquierda en un gesto que izaba aún más sobre su busto el borde del T-shirt naranja y contribuía de este modo a la exhibición de la parte inferior de un sostén blanco. Ahora bien: entre éste y el borde superior del pantalón, nada, como era previsible. O sí: un par de leves pliegues de grasa atravesando la cintura y circunvalando el orificio profundo del ombligo.

Luego de este examen rápido y superficial, encaré el inminente arribo al octavo. Ella parecía excesivamente confiada en mis recursos, lo que me intranquilizaba. Pero no podía perder tiempo en consideraciones de este tipo. Yo debía pararme antes, era no solamente justo sino también una táctica correcta. Si abría las piernas apoyándome contra el plano vertical del ascensor y lograba que ella girase apenas unos grados en el piso, quedaríamos en posición propicia para que:

  1. ella pudiera apoyar las ruedas de sus patines en el ángulo formado por la vertical y el piso del ascensor, entre mis pies separados;
  2. yo pudiera derivar en ese apoyo parte del esfuerzo requerido para incorporarla mientras concentraba el mayor volumen de energía en mis dos manos sujetas a las suyas para lograr una completa verticalidad de los dos cuerpos.

 Elemental ley física.

Sonó el breve timbre de advertencia y me preparé para esta primera etapa que no parecía ofrecer dificultades mayores. Cuando el ascensor se detuvo, me incorporé con un movimiento ágil y resuelto, decidido a liquidar rápidamente todo eventual problema que se presentara.

Al tiempo en que la puerta se abría deslizándose hacia los costados, comencé, con la voluntaria complicidad de la mujer, los gestos ya previstos. La atraje hacia mí mientras ella colaboraba afirmándose con los patines en el ángulo que le servía de apoyo entre mis pies. La icé hacia mí desde nuestras manos enlazadas, guantes de por medio, y ella fue creciendo hasta alcanzar esa estatura que había declinado desde el momento mismo en que entrara al ascensor pero que ahora me imponía debido a que la mía se reducía unos centímetros por mis piernas separadas y la suya aumentaba visiblemente por nuestros cuerpos paralelos. Por nuestros cuerpos pegados uno al otro, el suyo aplastándome contra la pared del ascensor, en realidad manteniéndose precariamente en esa vertical por la presencia física del mío, por mis manos que habían buscado instintivamente su cintura y habían encontrado con alguna sorpresa la base de sus nalgas mientras el mentón se hundía entre sus senos blandos. La situación amenazaba permanecer incambiada si ella no daba un paso atrás para crear ese espacio imprescindible que me permitiera un desplazamiento a la derecha o a la izquierda. Abrí la boca para darle alguna instrucción verbal precisa pero yo mismo escuché unos sonidos ininteligibles que se ahogaron contra el algodón del T-shirt. Si aflojaba mis manos, su cuerpo se inclinaría hacia atrás con riesgo de romperse la nuca contra la pared o el piso del ascensor; si no lo hacía, ella quizás se decidiera a buscar su propio equilibrio moviendo los pies sobre los patines y hacia atrás.

La puerta automática cumplió su ciclo de espera y se cerró por su propia cuenta.

Ella comenzó a mover los pies, a resbalar unos milímetros los pies. Lo supe por un leve movimiento interno de sus nalgas, una tensión, tal vez el lejano reflejo de algún músculo. Hubo un momento en que sentí, transmitido desde las nalgas a mis manos, que el cuerpo de la mujer se independizaba en su equilibrio justo. Todavía seguía pegado al mío, y no tenía la menor idea de lo que hacían sus manos en algún lugar por encima de mi cabeza o de mis hombros. Era improbable que hubieran encontrado algún asidero en la austera superficie lisa de las paredes del cubo, pero de todos modos fui separando las mías poco a poco al tiempo que sentía alejarse de mis labios y de mi nariz la aspereza del algodón naranja. El cuerpo de la mujer se separó unos centímetros del mío y amagué desplazarme hacia un costado justo en el momento en que alguien debe de haber llamado el ascensor desde un piso inferior. Carajo. Hubo un breve sacudimiento antes del descenso, no tuve tiempo de cerrar las piernas y las manos enguantadas de la mujer reaparecieron súbitamente sobre mis hombros mientras sus pies se deslizaban hacia el centro del ascensor en una lentitud proporcional a la reducción de la diferencia de nuestras respectivas estaturas.

Todo amenazaba repetirse. Cuando tuve su rostro a la altura del mío tomé una decisión, despegué mi espalda y mis nalgas de la pared del ascensor y empujé hacia adelante con los hombros. Sabía que el gesto resultaría eficaz sólo si continuaba el impulso hasta que los talones de la mujer chocaran con la pared de enfrente y su cuerpo se adosara a la misma progresivamente y desde abajo, como una cinta scotch adherida con el dedo de abajo-arriba. Cruzamos el ascensor a toda velocidad y sin accidente alguno. De nuevo hundí el mentón entre sus pechos pero ahora era yo quien disponía de los movimientos de ambos, lo que me otorgaba una compensación honorable y me restituía la iniciativa perdida.

Seguíamos bajando, pero la situación me parecía dominada. Para convencerme, di un paso atrás y por las dudas mantuve la palma de mi mano derecha apoyada en esa zona imprecisa entre el estómago y el vientre de la mujer y luego de una vacilación porque el zipper de su pantalón se había abierto y el T-shirt seguía obstinadamente recogido y arrugado más arriba de su nivel normal. Tuve la impresión de que por primera vez tomaba una cierta distancia con la situación, como viéndola desde fuera, lo que también me permitía una rápida y neutra ojeada a la mujer. Pensé que si algún día llegaba a escribir de mi estadía en Ginebra no podría prescindir de este episodio y en ese caso mencionar que la mujer, ésta, andaba por los cuarenta años y quizás de origen báltico, que se depilaba las cejas y ojeras profundas sobre pómulos altos y afilados. Datos a completar. Pero ahora se trataba de que no debía mover los pies, sobre todo no mover los pies, mi mano se encargaba del resto.

El ascensor se detuvo en el cuarto piso y entró una pareja de niños africanos, entre 10 y 12 años. El varón apretó el botón que indicaba planta baja y luego se quedó mirándome fijo, y aunque le guiñé alternativamente ambos ojos no logré arrancarle expresión alguna. Todos permanecimos inmóviles y callados durante el descenso y no hubo ningún suceso digno de atención a no ser un pequeño detalle que me concernía personalmente pues la niña, medio asustada en un rincón del ascensor, había pisado sin premeditación uno de mis libros arrugando irremediablemente algunas hojas.

La puerta se abrió, los niños desaparecieron raudos y sin mirar hacia atrás, la puerta se cerró. Yo miraba tristemente el libro pisoteado, y sin dejar de sostener el cuerpo de la mujer con la mano derecha me agaché y estiré al máximo el brazo izquierdo para tratar de alcanzarlo. Escasos centímetros lo separaban de la punta de mis dedos. En esa posición, apoyado en mi rodilla dolorida y con los brazos abiertos en una línea inclinada, el libro resultaba inalcanzable. Desde allá abajo miré a la mujer, que seguía mi maniobra con evidente interés, para tratar de saber si podía confiar unos segundos en sus propios recursos. Con el ascensor inmóvil pensé que el riesgo era menor. Entonces me incliné hacia la izquierda alejando mi mano del cuerpo de la mujer y recogí el libro dañado y estaba por incorporarme cuando vi que sus pies se deslizaban lentamente hacia adelante y no había un segundo que perder, el cuerpo ya estaba resbalando por la pared del ascensor hacia el piso y estiré la pierna derecha para trabar con el zapato las ruedas de los patines. Por un instante la caída se detuvo, pero la presión que el peso muerto del cuerpo de la mujer ejercía sobre la parte externa de mi pie derecho acabaría por vencer esa insuficiente resistencia. Desde el piso, medio hincado sobre una rodilla dolorida y con la otra pierna doblada, terminaría por ceder. Pensé que si actuaba con rapidez al menos podía bloquear la situación. Luego se vería. De modo que en un solo movimiento giré sobre mí mismo, me senté en el piso y apoyé la espalda en la pared contraria a aquella en que la mujer había empezado a deslizarse; estiré la pierna izquierda en una línea paralela a la derecha y el pie correspondiente se reunió a los otros tres. El único problema, ahora, consistía en que desde nuestras respectivas posiciones era imposible alcanzar los botones del ascensor para ponerlo en marcha.

Estábamos en el exacto punto de partida de hace un rato, a la misma, exacta distancia del objetivo, ocho pisos, pero nuestras posibilidades de llegar a él se habían comprometido considerablemente. Débiles lágrimas surcaban el rostro pecoso de la mujer y yo no encontraba ninguna palabra de consuelo. Así que me dediqué a alisar minuciosamente las páginas arrugadas del libro pisoteado.

Debo admitir que la posición de su cuerpo resultaba más incómoda que la del mío, pero bueno, era cuestión de hacerse cargo, yo también podía aducir mi rodilla y los pobres libros. Además, no era para tanto, alguien terminaría por llamar el ascensor desde algún piso, alguien tendría que subir o bajar en ese edificio de mierda.

La respuesta a esta muda invocación fue casi inmediata y adoptó la forma física de una señora con bolso de supermercado y vestido negro que nos enfrentó, vacilante, cuando se abrió la puerta, porque aunque dos personas no fuesen una cifra exorbitante para este tipo de ascensores modernos, como constaba en una placa adosada a la pared con recomendaciones varias, todo dependía de su distribución en el espacio interno, aspecto sobre el cual no había indicación alguna. La señora vaciló pero no mucho. Primero pasó su bolso por encima de mis piernas y lo depositó entre estas y la pared del fondo; luego, ágiles zancadas para trazar el mismo recorrido con su cuerpo. La evidente ventaja de su verticalidad le permitía elegir cómodamente cualquiera de los botones numerados y cuando avanzó el brazo le dije desde abajo octavo piso por favor, y era una forma de reanudar el ciclo.

De reanudarlo en condiciones más precarias, es cierto, pero con una reciente experiencia nada desdeñable. Yo no había podido ver el botón que apretara la dama de negro, y su destinación incierta, mientras ascendíamos, me distrajo de otras incertidumbres que me esperaban allá arriba, cuando tuviéramos que movernos para descender en el octavo. Así que comprobé con alivio los gestos de la mujer báltica para secarse las mejillas con el reverso de los guantes y el esbozo de sonrisa que penosamente le iluminó los fragmentos visibles del rostro. Estimé necesario hacerle un par de inclinaciones significativas con la cabeza.

Habíamos atravesado ya dos o tres pisos y la dama de negro, inmóvil, continuaba mirando enérgicamente hacia adelante en actitud de dignidad ofendida. Tal vez mañana o pasado mañana debería golpear a su apartamento y ofrecerle un lindo ramo de flores como desagravio. No conocía las costumbres del país, pero ese gesto queda bien en todas partes. Decidido. Lo cual me aportó una tranquilidad adicional inmediatamente desmentida porque la propia interesada, en forma por completo inopinada y simultáneamente al sonido del timbre que anunciaba la llegada al sexto piso, comenzó un discurso cuyos destinatarios, supuse con razón, teníamos que ser nosotros. Las palabras, que coincidieron con la inmovilidad del ascensor y la apertura automática de la puerta, ratificaron esa sospecha: «Sería un error confundir comprensión con tolerancia, tolerancia con resignación. Nuestra historia es vieja en siglos y en esfuerzos, en derrotas, y si finalmente hemos llegado a la edad de la prudencia no podemos permitirnos el menor descuido, la menor desidia, la más mínima puñetera complicidad. No olvidemos que el Señor ciega a los que quiere perder». Y cuando la puerta amagó cerrarse nuevamente, la dama de negro salteó hábilmente mis rodillas, bolso en mano, y se precipitó al exterior. A través de la puerta y cuando se alejaba por el pasillo, atiné a gritarle que cualquiera de estos días tenía la intención de llevarle un ramo de flores.

Algo abrumado por esa patriótica requisitoria, miré en silencio y con rencor a la mujer báltica. No era el mejor estado de ánimo para encarar esa última etapa del periplo pero mala suerte, ya estábamos llegando al octavo y antes de que el ascensor se detuviera comencé a aflojar las rodillas y a doblarlas mientras la mujer, carente del apoyo de mis pies, resbalaba lentamente y sorprendida hasta quedar sentada en el piso. La puerta se abrió. Antes de incorporarme encajé los dos libros de canto en cada uno de los extremos del riel liberado por el desplazamiento de la puerta con el fin de trabar su mecanismo automático de cierre y mantener el ascensor inmóvil. Logrado esto, lo que siguió no resultó difícil, sobre todo porque la mujer no opuso resistencia. Algo intimidada por el carácter repentinamente autoritario de mis gestos, giró sobre sí misma hasta quedar sentada frente a la salida del ascensor, plegó obedientemente las rodillas e inclinó el busto hacia atrás. Agachándome detrás de ella, la tomé por las axilas sudorosas y despegué su trasero del suelo. Su cuerpo trazaba una curva en el aire que culminaba en los patines sólidamente apoyados en el piso y que comenzaron a desplazarse hacia afuera mientras yo seguía ese movimiento con pasos breves y aferrado a las axilas de la mujer.

Sus piernas ya estaban en el octavo piso, pero al atravesar el umbral a la altura de su cintura hubo ese gesto torpe de sus manos que a cada lado del cuerpo tropezaron con los libros que se volcaron hacia el pasillo y destrabaron la puerta. El mecanismo automático se puso en marcha y tuve tiempo de empujar el resto del cuerpo de la mujer hacia el octavo. La puerta amenazaba cerrarse sobre mis codos y retiré rápidamente los brazos hacia atrás, hacia el interior del ascensor, que llamado desde algún piso inferior comenzó a descender.

La mujer báltica se había quedado con mis dos libros.

Sirena con luna y estrellas

   Fue en el mostrador del restaurante Jauja, allá por principios de 1980, cuando escuché esta historia. Es probable que no sea cierta, pero eso no interesa. Reconstruyo lo que un pintor habitué del lugar contó en un mediodía de invierno mientras tomaba un aperitivo. 

   Empezó diciendo que en 1956 vendió o regaló toda su obra y se fue a Europa. Por lo que aclaró, quería encontrarlo al genio absoluto de la pintura, al Invasor Vertical, como lo llamó John Berger, y plantarse ante él para lavar los antiguos desaires que una vez le hizo al maestro Torres García en París. Según sus palabras, era una cruzada privada, absurda e inútil o la justificación de su necesidad de huir de la chatura que lo rodeaba.

   Se quedó casi un año y recorrió España, Francia e Italia, gastando sus ahorros y trabajando ocasionalmente en bares, como mozo y limpiador de letrinas. A mediados de julio llegó a Cannes y enseguida se aplicó al asedio de la Californie, la famosa finca del pintor. Durmió en la calle con tal de verlo siquiera de lejos. Una vez lo detuvo la policía y pasó la noche en un calabozo; pero no cedió en su empeño. Hasta que una tarde el genio salió de su refugio en un automóvil enorme. Lo manejaba el torero Dominguín, uno de sus amigos famosos. Les gritó un saludo, pero ni siquiera lo miraron. Tenía una bicicleta y los siguió, pero a las dos cuadras ya eran inalcanzables. Ese día abandonó el sitio de La Californie.

   Ahora viene lo increíble. Semanas después consiguió trabajo en la playa de Antibes, en un puesto de helados. Una tarde, cuando el sol casi había bajado y los veraneantes se iban de la playa, vio a su asediado caminando por la orilla con su musa de entonces. Detrás de ellos, un poco retirado, venía alguien con un canasto de merienda y una sombrilla enorme: era un sirviente. El pequeño ogro –así lo llamó- vestía una camisola roja y unos pantalones blancos remangados a media pierna. Llevaba un sombrero de paja y lentes negros. La mujer era alta y muy joven. De pronto se detuvieron y el pequeño hizo una extraña pirueta, como un niño jugando. Dijo algo en francés y la mujer se rio con ganas. Entonces el genio sacó un cuchillo de la cesta y empezó a dibujar sobre la orilla de arena oscura y todavía húmeda. Se movía con rapidez, agachado y luego se retiraba, miraba y agregaba trazos mientras la mujer lo aplaudía y el sirviente esperaba inmóvil con la enorme sombrilla abierta. Por fin terminó y estampó su firma en la obra. Después los tres siguieron caminando sin saber que alguien interesado lo había visto todo.

   Cuando el testigo llegó al lugar alcanzó a contemplar el dibujo: una sirena de gran cola y una media luna con los cuernos apuntando a un cielo con estrellas. Debajo decía Picasso, con los trazos habituales. Pudo disfrutar la obra unos instantes más hasta que una ola barrió la orilla y borró todo.

   Al final de su relato, el hombre del Jauja contó que desde esa tarde ya no le interesó más asediar a Picasso. Dijo que tenía derecho a pensar, aunque pareciera absurdo o vanidoso, que el maestro hizo ese dibujo para él y que con ese gesto quedó resuelta la cuestión entre ambos. Fue una manera de firmar la paz, de superar un viejo encono. Después del cuento, apuró su bebida y se fue.

Comentarios a «El cazador Gracchus amarra en Montevideo»

Se da comienzo a la zona más gabinete de escritura del sitio, ello fue explicado en la sección “cartografía” pero puede estar lejos y ayuda una segunda lectura; es la exposición de uno de los proyectos en rodaje. Siempre hay varios en la vuelta, el que se piensa cada día siendo imposible bajar al gesto escrito, el cauto fluyendo tentando desembocar en libro, otro trancado hace meses pues la recta final presenta obstáculos para alcanzar la resolución y el denominado GRACCHUS, designado para ser botado de “el astillero”. Esto es comentario, el original es el otro apartado y puede leerse sin pasar por las notas.

Lo avancé porque contiene, desde su concepción, un acento incertidumbre / certeza en cuanto a su futuro. Sin ser ensayo clásico retoma problemas relativos a la persistencia de Kafka. El formato lo distancia de la ficción tradicional, narra igual peripecias que se desatienden y recuerda que la escritura cuenta su propia crónica inédita. Tiene algo de mandato sin resistencia de mi parte, fue escrito asumiendo la improbabilidad de la edición, conozco las objeciones: Kafka se estudia poco y recién aparece al final de los programas de enseñanza, entre tantos otros, la ficción retrocede ante la autoayuda, testimonios de vida y manuales de yoga para debutantes, en cuanto a la crítica literaria… ¿El cazador es un detective recurrente, otro mutante dotado de superpoderes? Claro que no, pero ¿por qué frustrar un crucero recordando la juventud feliz en el intento? Obsesión de la armonía y coherencia, necesidad de confirmar opciones, defensa del camino: túnel excavado el siglo pasado, si bien entrada y salida pudieron que el tren de mercancías cambie durante el trayecto. 

Debí buscar en viejos CV con carbónico hasta hallar la referencia, Editorial Técnica, encargo de Jorge Liberatti que dirigía la colección y 1974. El trabajo se titulaba “Kafka. Introducción y análisis de La Metamorfosis.” Podría decirse que era una osadía, acepto la socarronería de hybris barrial en cuanto al reto para el cual me faltaba preparación. Lo recuerdo diferente: deseo de tomar el atajo, acelerar tiempos y acariciar la erótica literaria, premura por robarle el fuego a las divinidades. La figura del praguense cumplía una función metodológica; se encarnaba, tenía rasgos reconocibles entre cien. Tomé su figura como doble cursor en el espacio y el tiempo, un signo de prudencia ante la creación propia por aquello que escribió Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi propio mundo.” 

Es eso de proponer un patrón de medida el asunto es complicado, considerando meridanos, una gota de agua, velocidades de la luz y partículas de la física cuántica; esa dificultad no debía ser excusa para abrir las puertas a la comodidad. La literatura era la obra, gestos de vida y anarquía de maqueta inconclusa: lo que queda es fragmento –metro de muestra, aleación de platino e iridio en Sèvres- potencialidad de la escritura kafkiana y la muerte es parte de la obra. En cuanto al tiempo, el asunto era más radical, la inspiración antes del virus perdió la angustia de la página en blanco, el valor que recupera cotizaciones es el olvido y el temor a la obsolescencia. ¿Cómo y por qué Kafka perdura? Una sinergia textual y operaciones secretas de supervivencia es lo que marca la rareza; objeto de mis dudas cuando vi la barca del cazador Gracchus acercarse a Montevideo. Ocurre con otros en menos medida, Kafka es literario antes de haberlo leído, todos lo leímos sin haberlo leído, su atracción es asimétrica y asmática. Otros escritores tienen novias, pero nada igual a Felice y Milena, el gesto al escribir “el veredicto” en una noche es escena fundadora y hasta los ratones conocen la orden de quemar sus papeles dejada por escrito. Los relatos breves son iluminaciones, las novelas inconclusas, la correspondencia retenida va en un solo sentido y los diarios más que contar la vida, transfiguran el cuento de la obra que sucede en el cuaderno de junto. Alteró la poética del retrato fotográfico en las tomas conservadas y encumbró la tuberculosis al rango de tragedia cósmica.  

La decisión de sus temas es de por si la mayor revolución de la narrativa, un Tarot ocultista con sus arcanos mayores donde se predice el futuro de la novela: entrar al castillo inaccesible / arquitectura edilicia de la Ley / metamorfosis del cuerpo humano / sentencia escrita mediante una máquina con agujas / Josefina la ratona cantora / el cazador Gracchus / la Praga “de” Kafka / comediantes judíos que sueñan con Sion / condena del cuerpo y el pecado original / los cafés mirando al Moldava / puentes sobre el río que arrastra mi patria / literatura menor dentro de la lengua alemana / lugar de trabajo como madriguera y laberinto / accidentes de trabajo con mutilación / la paternidad y sus conflictos / trenes con locomotoras y vagones / anillos de compromiso y la noche de bodas Walpurgis postergada / amistades turbulentas del círculo de Praga / diagnósticos de la tuberculosis / tarifas de los sanatorios italianos / horarios ferroviarios y sus correspondencias / angustia có(s)mica a la espera del cartero… Lo suficiente para colmar una vida; un estudiante uruguayo por razones entendibles elige “la metamorfosis” como objeto de estudio y conoce la intromisión del horror fantástico en el corazón de la familia; para concebir algo de lo que allí ocurre hay que ir a Praga y es lo que hice. Con “el cazador Gracchus” es todo lo contrario: Kafka viene hacia nosotros; el malogrado – en un Bardo Thödo con vela extravió la conexión en el viaje a la muerte- hace contrapunto con la danza del judío errante que pasó por Praga. Su cuerpo en suspensión navega por los mares y el barco se detiene en los puertos; a su llegada ocurre un ceremonial convocando a todas las potencias de la naturaleza. 

Hablamos de textos y paratextos, noción que fui apreciando con el paso de los años; también de otras pistas –no exclusivas- que a mi parecer entran en consideración en la interrogante literaria: resistencia contra obsolescencia y olvido / el hilo de Ariadna de la lectura generación tras generación / mitología biográfica exenta de cualidades hasta metamorfosearse en personaje / estrategia de escritura arborescente: manías, bifurcación, rituales, manuscritos, etc. / todas las traducciones la traducción / lugares de la obra, memoria y peregrinación / destino critico previsto, premeditado y casual / historia analítica de las ediciones / textos periféricos: correspondencia, diarios, artículos, panfletos… / relación con el aparato crítico comprendiendo la teoría literaria / filiación de precursores y sucesores en el oficio. Eso en cuanto al origen, pensando en la articulación el plan apareció hace un par de años. 

Le estaba dando vueltas después de varios años a la escritura de la versión IV del proyecto “Nunca conocimos Praga”, era necesario abrir líneas temáticas. Algunas se incorporaron bien al proyecto, otras se independizaban; curiosamente, en lugar de obligar a un descarte de materiales inducían a ampliar el equipaje. Llamo aquí equipaje ligero a la suma de lecturas, consultas, libros nuevos, biblioteca finita y referencias que constituyen la base de información para la escritura de un proyecto. Así se formó, quedaba fuera de Praga IV y menos tenía autonomía para ser ficción exógena: sumaba meteoritos apuntando al escritor, era texto espejo, visión traducida coral con voces de otros, algo nuevo respondiendo a la búsqueda de la enumeración previa.

Después se va sabiendo, pero a los puntos estimados más atrás podría agregarse -en Kafka, “la metamorfosis” y más- el extraño caso de las traducciones de la novela, urdiendo los componentes de una intriga policial con enigma. ¿Quién es “autor” de la primera traducción al castellano? El complot incluye, entre otras instituciones la editorial Losada y la Revista de Occidente; rondan seudónimos y alteraciones de personalidad, usurpaciones de nombre, testigos silenciados y otros de poco fiar. Olvidos con perfume de mentira, manipulación por inadvertencia de pruebas, seudónimos y usurpaciones de identidad. Todo ello podría llamar a una sonrisa irónica si no fuera porque, en el centro del dispositivo -manes amenazantes de Fantômas, Moriarty, Fu-Manchu y Erdosain- no estuviera Jorge Luis Borges. Cajas chinas laqueadas dentro de muñecas rusas, deslizadas en el Emporio celestial de conocimientos benévolos y manipuladas por el brazo válido de René Lavand. Podría intentar resumir el asunto, sería un error de mi parte llevándonos a otros dominios; a las almas interesadas por el asunto, los remito a los trabajos de Cristina Pestaña Castro, Nina Melero y en especial el ensayo definitivo del querido profesor Juan Fló. 

La primera traducción de la metamorfosis de Kafka tiene ese aire de incertidumbre que comparten la madre de Gardel, la foto de Isidore Ducasse, los sonetos de Shakespeare y la identidad alquímica de Fulcanelli. En cambio, yo sí conocí al único traductor uruguayo de la metamorfosis que fue Héctor Galmés. El juego de coincidencias necesarias para que ello ocurriera en el cálculo de probabilidades y que yo pudiera estar redactando este párrafo me resulta vertiginoso. Héctor hablaba alemán, era un profesor admirable, escuchaba tangos de Julio de Caro y se reía al oír las voces de “el monito”. La traducción fue publicada en 1975 en ediciones de La Banda Oriental.

Un sábado Ricardo Piglia escribió: “A la vez el traductor se instala en los bordes del lenguaje y parece siempre a punto de escribir en una tercera lengua, en una lengua inventada, artificial. En ese sentido la traducción es uno de los medios fundamentales de enriquecimiento y de transformación de la lengua literaria. No se trata únicamente del efecto de las grandes traducciones (digamos, el Faulkner de Borges; el Kafka de Wilcock; el Nabokov de Pezzoni; el Mailer de Canto; el Sartre de Aurora Bernárdez, el Chandler de Walsh, para nombrar algunas) y de su influencia en el horizonte de los estilos; es preciso tener en cuenta también la marca de las “malas” traducciones: con su aire enrarecido y fraudulento son un archivo de efectos estilísticos. El español sueña allí con todo lo que no es y actúa como una lengua extranjera.” Buena parte de la formación docente, tanto en relación a textos como en aspectos teóricos (los formalistas rusos citados por Piglia) es asunto de traducción. Sin traducción jamás llegaríamos al conocimiento primero y al aura de incertidumbre en otras lenguas después; con la traducción perdemos palabras por el camino y a veces se pueden ganar en eficacia. ¿A quién leemos cuando leemos Kafka en castellano? ¿Podemos decir yo leí a Kafka? 

Toda una rama de la filología se lanza en esa cruzada y con tribulaciones; es la traductología, hay que volver a “Bajo la invocación de San Jerónimo” de Valery Larbaud sobre el santo patrón de los traductores, que pasó la Biblia de manuscritos al latín. Todos los lectores debemos ir una vez en la vida en peregrinación a Santa Cecilia del Trastévere. Otra clave –a mi entender- en cuanto a problemas y perímetros de la traducción, la hallé en otra cultura donde el libre lo es todo. Dentro de la civilización musulmana una cuestión combustible si las hay, es la traducción del Corán, donde se alinean el riesgo del texto original y la oportunidad de llevar la palabra a otros pueblos. Esa controversia es tan antigua como las suras y aleyas; en un momento de la modernidad, se teorizó la empresa con bases que hallo sugestivas para nuestro asunto. “Mustafá al Maràgi, jeque de el-Azhar, el más autorizado centro de enseñanza religiosa en el mundo islámico, con más de mil años de existencia en El Cairo, propuso emprender una serie de traducciones del Corán garantizadas por la autoridad de tan famoso centro docente. Al-Maràgi obtuvo que diez y siete grandes ulemas y otros muchos de al-Azhar firmaran una fatwà, parecer razonado, favorable, declarando que tal traducción era licita según la sari’a, ley canónica. Los considerandos eran:

1) No hay duda de que el nombre del “noble Corán” define la redacción árabe hecha descender a nuestro señor Mahoma.

2) Es igualmente indiscutible… que la traducción literal es imposible.

3) Existen traducciones hechas en varias lenguas fuera del islam; esas traducciones contienen muchas inexactitudes, y, sin embargo, sirven a musulmanes y a no musulmanes que no saben el árabe.

4) Es del caso, pues, emprender una traducción conveniente, advirtiendo bien claro que esa traducción no es el Corán, ni posee la virtud del Corán… Es sólo el resultado de esfuerzos para dar a conocer el Corán.”

(Félix M. Pareja “La religiosidad musulmana” B.A.C. Madrid, 1975.)

Al menos de ser el intérprete absoluto de la Torre de Babel para evitar la confusión, las reflexiones sobre literatura deben considerar cuestiones de traducción y aceptar el límite de los esfuerzos… Si hay movimientos en los llamados libros sagrados, si existe en las Universidades el Departamento que trasmite esa disciplina, significa que falta –nunca habrá- un paradigma o modelo que pueda aplicarse de manera general y cada traducción inventa su estrategia propia repitiendo las inexactitudes. El proyecto Gracchus está en el centro del reactor traducido y necesitó una estrategia que será ampliada dentro del libro. Ello, en el entendido de que buena parte de las fuentes consultada están en alemán; no domino el alemán para tentar una traducción directa y me llevaría la vida que no tengo conocer los matices, sin la garantía que al final de los afanes el resultado sea convincente. Existe en el inicio el texto en alemán, debo recuperarlo y trabajarlo en mi propia lengua: que es lo que yo creo que es K cuando leo a Kafka. El método más que por la traducción, pasó por la reescritura y ese desajuste todo lo cambia. Comencé con el cotejo de versiones en las lenguas latinas que leo más o menos bien: español, francés e italiano. De ahí salió un texto que sería el dominio de coincidencia de las lenguas referidas; luego contacté al traductor espectral que asistió al despertar castizo de Gregorio, de cierta manera esa iniciativa me tranquilizó el espíritu, aportando al procedimiento un aura Pierre Ménard. Ese enroque no lo confieso en el libro ni jamás lo repetiré fuera de esta oración. De la confrontación de esas dos, salió una tercera versión que quedó durmiendo un tiempo. Fue necesaria luego la corrección final como si fuera un editor, reescribiendo a mano para que me sonara a mí y mi espacio socio lingüístico. Más que maniobra de orfebre es acto espiritista: escuchar la voz del traducido llegando del Sheol. 

1) Gustav Janouch

El acceso a la obra de Kafka es entrar al castillo de la novela, aceptar el destino parabólico del mensaje imperial, la paradoja de Aquiles y la tortuga: las cosas nunca llegan, los orígenes son difusos, el mensaje sujeto a dudas y contradicciones, el cuestionamiento afecta la existencia misma del mensajero. Difícil avanzar porque jamás se dilucida la ecuación previa y lo vimos: ¿quién tradujo “la metamorfosis” al español? El que esté libre de traducción que tire la primera manzana sobre el caparazón de Gregorio. 

El capítulo titulado Está el Sr. Janouch para usted es una selección de fragmentos de la obra “Conversaciones con Kafka” de Gustav Janouch. Ello bastaría para continuar si todo fuera sencillo en el cosmos de Kafka, pero… se “supone” que son las conversaciones que tuvo el joven Gustav, hijo de un compañero de trabajo de FK entre 1920 y 1924, el primero tenía 16 años y el abogado 37. Ese episodio tiene detractores faltaba más y si sumamos papeles perdidos, una muchacha que copia cuadernos, la intervención de Max Brod reteniendo materiales, una valija recuperada con documentos y ediciones disimiles, tenemos el escenario para controversia con refutación, insidia, duda desconfiada y efecto adulterado. La primera edición de 1951 contiene ciento treinta diálogos; en la segunda de 1968 Janouch agrega setenta y se abren así las puertas del proceso. ¿Eso de donde salió? Con Kafka nunca zafamos de esas incertidumbres, ninguno de los asuntos puede tener carpetazo, jamás llegamos al puerto de destino ni cruzamos el puente adecuado, menos escuchamos la última canción, nunca besamos la última novia ni escribimos el mensaje postrero y se diría que sigue tosiendo en el sanatorio entre bosques próximos a Kierling. 

No puedo ni quiero teorizar sobre esos asuntos, aquí trabajo decidí creer por una experiencia personal. Siendo joven docente preparando material para comentar los textos breves de Kafka leí Janouch en castellano. El recuerdo se diluyó, creo que no lo aceptaba con la facilidad de hacer hablar lo inaccesible, una secreta envidia porque alguien de mí edad estuvo allá; seguro que influenciado por la poderosa vertiente Max Brod de aquellos años, la tesis sobre la muerte del autor, el desdén universitario por lo biográfico y las fuentes. Hará tres años volví a las conversaciones en edición francesa, comencé la lectura con el prejuicio de medio siglo atrás, era la edición 1998 Maurice Nadeau en la traducción de Bernad Lortholary. Deben existir explicaciones técnicas, pero prefiero las que relevan de la ficción y es difícil postular la verdad luego de una vida creyendo en que se puede caminar por el infierno, que las tres brujas de Macbeth son sinceras, que Irineo Funes recitaba a Plinio el viejo en versión latina. 

En cierto momento leía en otra lengua a la mía, escuche la voz del Dr. Kafka hablando en alemán y yo entendía desde el interior de la mente. La voz tenía la electricidad de un viejo vinilo grabado en los años veinte, como si fuera la garganta de Leonard Zelig hipnotizado por la Doctora Eudora Nesbitt Fletcher, en otro trance camaleón cuando Leonard rememora una historia extraña, que llegó el 17 de noviembre de 1912 y se lo escribe a su prometida Felice. La cuestión de la traducción no debe ocultar lo esencial, que es lo que él dice, las iluminaciones sombrías cada vez que se transcribe su palabra. Lo habré leído tres o cuatro veces y así se fue haciendo la selección de los fragmentos retenidos, los que permanecieron fueron aquellos donde escuché al doctor K. Son cortes de conversaciones, citas, subrayados amputados y dibujan una tendencia, aunque lo indicado es leer la versión integral. Veintiocho momentos, tantos como paneles tienen las puertas del Paraíso de Lorenzo Ghiberti, fragmentos a la intemperie de lo que entendí de Kafka y lo que su obra tenía para decirme. 

Lo quería así despojado el comienzo abriendo la marcha, sin introducciones y con la voz dando la bienvenida a la navegación. El contacto directo, que el lector también crea: así sucedió hace un siglo en las charlas cerca de la muerte. Si se pone atención, se escucha la tos al manchar de sangre los pañuelos que le trajo esta misma mañana Dora Diamant.

2) El índice Moldava

Esta nota es innecesaria pues todo lo que pueda decir está incluido en la misma escritura; acaso unas líneas sobre ubicación, naturaleza y contenido. Desde siempre el pobre índice cumple la función loable de fidelidad presentando y todo el mérito se lo llevan los capítulos restantes; por una vez decidí darle protagonismo. 

Como el libro lo abre la voz del interesado incitado por el hijo curioso del compañero de oficina, el índice no podía estar en los créditos iniciales. Destinarlo al final hubiera sido injusto y darle la misión de capitulo segundo me pareció una solución digna. Decidí sacarlo de su clásica aceptación inicial al objeto libro, dejarlo respirar como función de ordenamiento e incluso valor de variable en el mundo especulativo y algorítmico de los mercados bursátiles. Quizá también de dedo señalando el camino llevando al castillo de la literatura y por ello tiene nombre de río de taumaturgo. Es material metonímico en cuanto condensa el libro, muestra los movimientos previos a la redacción y es promesa. Su redacción requirió el mismo tratamiento -a veces más intenso por su heterogeneidad- que el resto del libro. Es síntesis del sistema planetario girando alrededor de la estrella kafkiana apagada en 1924 y que seguirá brillando los próximos siglos luz, hasta que Shiva decida lo contrario.

La valija

   De la piara de cerdos mejor alimentados de la hacienda de Luca Mori, terrateniente de la región más septentrional de Toscana, dos ejemplares maduros fueron elegidos para carneo inmediato una mañana de frío diciembre. El sacrificio fue el mínimo: un desangrarse generoso luego del certero tajo en la gruesa vena yugular para que el negro manantial brotase y escurriera en baldes. La sangre sería transformada, tripas mediante, en morcillas retintas y sabrosas. La carne en excelentes chorizos. Los cuartos traseros en soberbios jamones. Antes de ser vaciados y carneados con experto cuidado, los cerdos fueron despellejados a conciencia y sin desperdiciar un solo palmo de la piel que luego iba a ser vendida a un mayorista de la ciudad.

   Los cueros, secados y tratados con las artes de la curtiembre llegaron, casi un año y medio después, a la talabartería de Enzo Di Mauro, experto en la manufactura de baúles, valijas y otros enseres de viaje cuya fama excedía los suburbios de Florencia y llegaba hasta el mismísimo Vaticano. Di Mauro los eligió personalmente para confeccionar el pedido de su cliente principal, el conde de Urbino, conocido por su afición a los viajes y al traslado de sus objetos personales y su variado vestuario a cada sitio que lo llevaba su espíritu trashumante.

   Meses después, en la estupenda valija fabricada por Di Mauro, el conde guardó su ropa íntima, su necesaire, los libros que habitualmente le acompañaban en todos sus viajes, su colección de guantes de cabritilla y una selección de souvenirs con que habría de agasajar a sus amistades transoceánicas. Su mejor esmoquin, otros libros, la capa oscura para las grandes veladas, las elaboradas polainas de charol, los trajes de ciudad, los conjuntos de sportman, sombreros, corbatas, botines y un estrafalario número de camisas y cuellos duros, los confinó en un sólido baúl de Vuiton y a comienzos de 1914 partió hacia New York en uno de los buques de la compañía Cunard, el Lusitania, que abordó en el puerto de Queenstown.

   El conde viajó acompañado por su valet y el resto de su equipaje de mano: dos maletines que contenían papeles y sobres para correspondencia y un escritorio portátil que se plegaba como una caja de mago. Pero la pieza principal de ese cargamento era la valija de cuero de cerdo de Toscana.

   El mayo del año siguiente, con la guerra amenazando la seguridad de los mares, el conde decidió volver a Italia, abrumado de nostalgia y aprensión por los sucesos bélicos. Abordó otra vez el transatlántico Lusitania que, en las frías aguas del Atlántico norte y ya en las cercanías de Irlanda, fue torpedeado por un submarino alemán. En el naufragio murieron casi mil doscientos pasajeros, entre los que estaba el conde y su valet, además del millonario Alfred Vanderbilt y el filósofo Elbert Hubbard. Luego del rápido hundimiento, la valija del conde flotó en el océano y fue rescatada por uno de los equipos que llegaron demasiado tarde al punto del desastre. El resto de su equipaje desapareció y su cadáver y el de su valet, jamás fueron rescatados.

   Sin ningún dato que identificase a su dueño, salvo los monogramas de los pijamas, la valija quedó en resguardo en los depósitos de la naviera, secándose con lentitud y recuperando el brillo de su cuero. Las pertenencias que contenía desaparecieron con rapidez por obra de discretos descuidistas. Hasta que por fin uno de ellos, empleado de la empresa, se apropió de la valija.

   El hombre se llamaba Joseph Kowalsky, era polaco nacido en Lublin y tenía ahorrado lo suficiente para dejar New York, viajar al sur y rencontrarse con su novia también polaca que había emigrado a la Argentina. Todo lo que necesitaba era una valija como esa, porque lo poco que iba a llevarse cabía en ella. Por alguna razón de las que el destino se vale para burlarse de los ilusos, el nuevo dueño de la valija no tuvo en cuenta que en México se libraba una revolución y que atravesar el país insurgente para llegar a Panamá podía ser peligroso, sobre todo en los trenes que solían ser volados por los rebeldes al mando de Villa y Zapata.

   Se desconoce la exacta razón por la que la valija llegó a manos de Cecil Williams, corresponsal de The Times de Londres, que cubría la revolución y que no solía desplazarse con demasiado equipaje por las dudas de que los hechos que reportaba lo empujasen a huir sin previo aviso de los hoteles. Es probable que conociera a Kowalsky en el viaje en el que ambos intentaron cruzar territorios dominados por los revolucionarios y que luego de la explosión que descarriló el tren y bajo las balas de las bandas sublevadas, Williams haya rescatado la valija del polaco. Lo cierto es que el corresponsal salvó su pellejo y pudo llegar a Veracruz sin un rasguño.

   Williams se instaló en un hotel cercano al puerto y desde allí retomó su tarea periodística, redactado convincentes panoramas sobre la revolución que en parte eran ciertos y en parte inventados. La verdad la obtenía de los periódicos locales y su imaginación hacía el resto. Una vez por semana enviaba sus informes por cable y luego solía recorrer sórdidos bares en busca de una medida de whisky decente y de temas para sus informes. No fue raro que una noche se viera envuelto en una pelea que él no había provocado y que ese malentendido le deparase las dos balas en el corazón que iban a matarlo en el acto.

   A partir de ese momento la valija quedó otra vez sin dueño hasta que un empleado del hotel la encontró, luego de que la policía viniera a denunciar la muerte del pasajero. Como Williams siempre viajaba con lo mínimo, el empleado no encontró nada valioso dentro de la valija, salvo un tomo con los sonetos de Shakespeare. Se guardó el libro, arrojó las escasas mudas de ropa a una lata de basura y preguntó al dueño del hotel si podía quedarse con la valija. El dueño dudó, pero luego se encogió de hombros y asintió.

   Y fue así que la valija –que el empleado pensaba vacía- volvió a llenarse otra vez de mala suerte.

3) Kafka / Benjamin / Scholem

En junio del año 1940 Walter Benjamin abandona Paris. Detrás de esa frase simple se concentra una de las mayores tragedias para el pensamiento del siglo XX; la idea desesperada de Benjamin era cruzar los Pirineos, atravesar España, llegar a Lisboa y embarcarse hacia Nueva York. De eso hace exactamente 80 años y parece que se hubiera olvidado. La tragedia epiloga el 26 de septiembre en Portbou, él tenía 48 años…

Conocía parte de su obra monumental que siempre se lee recordando lo ocurrido con el autor; uno avanza oscilando entre admiración y tristeza inconsolable. Su noción de aura, “La obra de arte en la era de su reproducción técnica” de 1936, “Baudelaire”, “Los escritos sobre el haschich y las drogas”; su trabajo inconcluso sobre los pasajes de París, mientras la capital francesa era la capital del Siglo XIX. En la calle del Templo en el barrio del Marais -en el Museo de Arte e Historia del judaísmo de Paris- se montó una exposición de los archivos Walter Benjamin, eso fue a fines del 2011 y comienzo del 2012: objetos, citas, recortes, fichas, carnets, cartas postales, notas… dando cuenta –“No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie”- de su visión de la historia que lo arrastraba. Todo eso puede hallarse en el libro publicado por Círculo de Bellas Artes, en 2010 en Madrid.

Su famoso ensayo sobre Kafka del año 34 era extenso para participar de este proyecto del Astillero, hecho de fragmentos y citas, notas fuera de página, lecturas subrayadas y cartas robadas. Durante los meses de consulta, la bibliografía sobre Praga y Kafka aumentaba junto con la desazón de no alcanzar la información suficiente. Cuando se inicia una pesquisa aparecen factores útiles, títulos redundantes, otros exhumando fotos que se fijan en la mente inventando correspondencias, hay ensayos reiterativos y fastidiosos. Otros renuevan el entusiasmo de estar en lo correcto, como me ocurrió sobre la dimensión mágica de Praga con el trabajo de Angelo Maria Ripelino. La biblioteca así se bifurcaba, una parte trabajaba para los relatos de la versión IV de “Nunca conocimos Praga” y otros a este collage, que orienta la nave del cazador Gracchus hasta mi ciudad natal. 

Las búsquedas son a veces fatigantes en las librerías, pero sin ellas nunca se avanza; en eso estaba, hasta que un día encontré un libro casi dos títulos, “Benjamin / Sur Kafka”. En tales casos como procede el cocainómano, se compre primero el libro y después ya en casa se consulta el índice. Ese y otros dos volúmenes fueron la lectura con subrayados de un mes en verano. El retenido era tarea de dos estudiosos –Christophe David y Alexandra Richter- que consideraron, dentro de la totalidad de la obra publicada en alemán -que es variante papel de la muralla china- lo que llaman el iceberg Kafka y agregaron además otros aportes documentales. La experiencia era compleja y fascinante; ensayos, esbozos, correspondencia, notas, audiciones de radio. Evalué los subrayados y quebré un pequeño bloque del iceberg, me decidí por parte de la correspondencia con Gershom Scholem; quizá porque era el que menos conocía y escapaba a mi tradición de lecturas, estando yo más cerca de Primo Levi que de Martin Buber, de Portbou que de Jerusalén, de la Galerie Vivienne que de iniciados a la cábala. Me atraía las zonas incomprensibles del ritual judío y el cotidiano evocado, la sombra de conversaciones que precedían la intermediación del correo, acaso haber compartido la infancia en la Berlín de antes, los relatos de Kafka; relación que se puede hallar en una conferencia de Pierre Bouretz, subida a la red y que evoca la amistad entre ambos hombres en un contexto urbano interesante.

Traduje cartas donde el paseante de Praga estaba presente, las metí de contrabando en el barco del cazador Gracchus y las envié a Montevideo, con la esperanza secreta de que un estudiante se interese y retome una de las tradiciones críticas más potentes. No pensando en axiologías comparatistas, sino para incorporar la manera kafkiana de entender la literatura; seguro que se lee mejor a Felisberto si tenemos noticia de la constelación Hannah Arendt, Walter Benjamin, Gershom Scholem y Theodor W. Adorno, sin necesidad de haber cantado desde niño en la sinagoga. En esa línea me sigue interesando -por ejemplo- lo que hizo Alan Pauls en “El factor Borges”, no tanto para hallar la respuesta a la cuestión insondable, sino por la obstinación de abrir pistas aunque resulten infructuosas. 

“Buscar en Jorge Luis Borges el factor Borges, la propiedad, la huella digital, esa molécula que hace que Borges sea Borges y que, liberada gracias a la lectura, la traducción, las múltiples formas de resonancia que desde hace más o menos cuarenta años vienen encarnizándose con él y con su obra, hace también que el mundo sea cada día un poco más borgeano: ése fue el propósito original de este libro. ¿Había alguna posibilidad de no fracasar? Es evidente que no hay unelemento Borges sino muchos y que todos son fatalmente históricos, acotados como están por la ceguera de los horizontes de ideas y valores que fueron estableciéndose.”

Kafka es Kafka también porque Benjamin escribió sobre él; en la correspondencia con Scholem hay incógnitas, datos de la lucha con el espectro volvedor de Kafka, su lectura en espiral, vertientes provocadoras de interpretación y la sombra acaparadora de Max Brod; la perplejidad de afirmar que Kafka admite una interpretación natural e inspira otra sobrenatural. La pieza maestra del iceberg es el ensayo de 1934: “Franz Kafka. En ocasión del décimo aniversario de su muerte.” Tiene cuatro partes: Potemkine / Un retrato de la infancia / El jorobadito / Sancha Panza; allí se escribe: “Ningún trabajo sobre Kafka puede desconsiderar su testamento donde se afirma que el autor no estaba satisfecho de su obra, que consideraba que sus esfuerzos habían fracasado y se contaba entre aquellos que debían fracasar necesariamente.”

4) Diario de F.K / Subrayados

Nada es como aparenta y menos en el trato afectivo de los hombres, las estaciones termales, el erotismo de las muchachas, el judaísmo y los animales domésticos. Kafka es el informante espía de esa disparidad cuyos orígenes habilitan diversas interpretaciones -de ahí la famosa unhemlich (extrañeza inquietante: Schelling, Freud- cuando lo que debía de haber quedado oculto y secreto se manifiesta ante nosotros, como insecto con sentimientos familiares. 

Los Diarios de Kafka son normales antes de abrirlos y luego  están contaminados de transfiguración donde lo natural depende de lo sobrenatural. Notas en el centro y al margen del cotidiano, relato de lo banal alterando la vida del nadador y abogado, amante y tertuliano, creador y afiebrado corresponsal de muchachas al borde de la crisis de nervios. Abrir el diario con la pluma en la mano y llevarlo es un proyecto literario; de ahí el mandato para los lectores de no saltearse ni una línea, como sucede con la correspondencia de Flaubert. Los Diarios se avienen a la tensión de lo inmediato anotando la angustia de lo eterno, anuncian relatos que nunca se escribirán, miran un mundo que sólo existe por esas entradas en los diarios. A la edad que murieron varios rockeros famosos Kafka inicia su Diario en 1910, consignando la quietud de los espectadores ante el paso del tren y seguirá hasta el agotamiento el 12 de junio de 1923. Fragmento de escritura en las horas del día con restricciones estrictas para no perder el tiempo, triple tarea de observación, introspección e imaginación es el lugar de lo otro que podría olvidarse. Dejar pasar un día sin escribir seria disolverse, hay que aprovechar las pesadillas del tiempo para nutrir la obra, correr tras palabras banales hasta llegar a lo innombrable, el horror de lo logrado pudo ocultarse en lo inmediato donde todo puede tener utilidad: notas de viaje, recuerdos de infancia, vivisección con vida de obsesiones sexuales e identitarias, amigos y muchachas seducidas. La novela de la tuberculosos escrita en la respiración de los pulmones y leída en el termómetro mercurial, las pausas entre médicos y sanatorios, placas y extensión de las manchas de sangre en los pañuelos, la ecuación de incógnitas infinitas entre vida incluyendo la muerte y la escritura: por encima de toda la literatura que arrastra, a la manera de Shiva iniciando la danza cósmica en movimiento perpetuo destrucción / construcción.

Miles de páginas en las cuales meterse es una aventura y estando dispuesto a escapar en cualquier segundo si se cierra la trampa; siendo todo importante la única estrategia admisible en el proyecto Gracchus, era regresar a la edición de los diarios leídos cuando joven en traducción española, revisar los subrayados confirmando que casi todos referían a la relación con la literatura. Lo repetí en traducciones más actuales y en cuanto a la versión final procedí como lo expliqué antes: lo transcripto es lo que creo que me dicen a mí esos fragmentos. Es clara la diferencia entre el escritor comprometido y el compromiso visceral con la literatura; lecciones para el joven aspirante a acercarse al castillo inaccesible de la novela, conciencia de la desesperación ante lo intraducible y precio a pagar en el contacto cuerpo a cuerpo. En ningún otro lado se lee tan fuerte la situación de combate con la escritura a la manera de Jacob, donde los fracasos son moneda corriente y rarísimas las victorias. Presentimos la radicalidad prescindente ante las tentaciones del mundo, la realidad es superflua y la vigilancia del dios vengador distrae; la obra imaginada nunca se alcanza, de ahí el desgarro por robar horas irrecuperables a la familia, las pulsiones y la vida social; también a la religión entre lengua, familia y tradición, filiación paterna y trascendencia plantada junto al árbol de la vida en comunidad, las persecuciones y actitud ambigua ante camaradas del sionismo, frecuentando artistas del cabaret judío tradicional.

Los Diarios dicen del paso de las noches y la necesidad irrevocable de negociar con el tiempo, la carrera desigual contra la enfermedad, el terrible foso entre lo que se proyecta hacer y lo que se hace: y cuando la obra se aleja por el aire, igual escribir sobre el sentido de la literatura: la verdadera metamorfosis es transformar lo inexistente en relato y el resultado es maravilloso por perturbador. El Diario que debería ser apoyo para entender el resto de la obra, se vuelve monstruo de escritura imponiendo sus propias leyes como la máquina de escribir de la colonia penitenciaria. De la misma manera que el cuerpo ingresa en la enfermedad siendo la gimnasia preparatoria de la muerte, el Diario se transfigura en objeto narrativo. FK busca con desesperación la literatura, todo lo que emprende irónica y fatalmente se vuelve literatura. Subrayé -dije- los fragmentos donde rondan asuntos literarios, gesto de curiosidad y admiración, temor y temblor de juventud recuperado en la vejez tanteando el otro lado del espejo. Decir transferencia por el oficio sería demasiado sencillo y también suponer sublimación, los Diarios de FK son cursor para indagar hasta dónde un escritor avanza en el puente romano de la tradición. Puede que subrayé esos textos precisos para entender la naturaleza del Odradek, asumir crear en una literatura menor y aceptar que “Alguien que no lleve su propia Diario está en falsa perspectiva en relación al diario de otro.”