Kafka / Benjamin / Scholem

En junio del año 1940 Walter Benjamin abandona Paris. Detrás de esa frase simple se concentra una de las mayores tragedias para el pensamiento del siglo XX; la idea desesperada de Benjamin era cruzar los Pirineos, atravesar España, llegar a Lisboa y embarcarse hacia Nueva York. De eso hace exactamente 80 años y parece que se hubiera olvidado. La tragedia epiloga el 26 de septiembre en Portbou, él tenía 48 años…

Conocía parte de su obra monumental que siempre se lee recordando lo ocurrido con el autor; uno avanza oscilando entre admiración y tristeza inconsolable. Su noción de aura, “La obra de arte en la era de su reproducción técnica” de 1936, “Baudelaire”, “Los escritos sobre el haschich y las drogas”; su trabajo inconcluso sobre los pasajes de París, mientras la capital francesa era la capital del Siglo XIX. En la calle del Templo en el barrio del Marais -en el Museo de Arte e Historia del judaísmo de Paris- se montó una exposición de los archivos Walter Benjamin, eso fue a fines del 2011 y comienzo del 2012: objetos, citas, recortes, fichas, carnets, cartas postales, notas… dando cuenta –“No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie”- de su visión de la historia que lo arrastraba. Todo eso puede hallarse en el libro publicado por Círculo de Bellas Artes, en 2010 en Madrid.

Su famoso ensayo sobre Kafka del año 34 era extenso para participar de este proyecto del Astillero, hecho de fragmentos y citas, notas fuera de página, lecturas subrayadas y cartas robadas. Durante los meses de consulta, la bibliografía sobre Praga y Kafka aumentaba junto con la desazón de no alcanzar la información suficiente. Cuando se inicia una pesquisa aparecen factores útiles, títulos redundantes, otros exhumando fotos que se fijan en la mente inventando correspondencias, hay ensayos reiterativos y fastidiosos. Otros renuevan el entusiasmo de estar en lo correcto, como me ocurrió sobre la dimensión mágica de Praga con el trabajo de Angelo Maria Ripelino. La biblioteca así se bifurcaba, una parte trabajaba para los relatos de la versión IV de “Nunca conocimos Praga” y otros a este collage, que orienta la nave del cazador Gracchus hasta mi ciudad natal. 

Las búsquedas son a veces fatigantes en las librerías, pero sin ellas nunca se avanza; en eso estaba, hasta que un día encontré un libro casi dos títulos, “Benjamin / Sur Kafka”. En tales casos como procede el cocainómano, se compre primero el libro y después ya en casa se consulta el índice. Ese y otros dos volúmenes fueron la lectura con subrayados de un mes en verano. El retenido era tarea de dos estudiosos –Christophe David y Alexandra Richter- que consideraron, dentro de la totalidad de la obra publicada en alemán -que es variante papel de la muralla china- lo que llaman el iceberg Kafka y agregaron además otros aportes documentales. La experiencia era compleja y fascinante; ensayos, esbozos, correspondencia, notas, audiciones de radio. Evalué los subrayados y quebré un pequeño bloque del iceberg, me decidí por parte de la correspondencia con Gershom Scholem; quizá porque era el que menos conocía y escapaba a mi tradición de lecturas, estando yo más cerca de Primo Levi que de Martin Buber, de Portbou que de Jerusalén, de la Galerie Vivienne que de iniciados a la cábala. Me atraía las zonas incomprensibles del ritual judío y el cotidiano evocado, la sombra de conversaciones que precedían la intermediación del correo, acaso haber compartido la infancia en la Berlín de antes, los relatos de Kafka; relación que se puede hallar en una conferencia de Pierre Bouretz, subida a la red y que evoca la amistad entre ambos hombres en un contexto urbano interesante.

Traduje cartas donde el paseante de Praga estaba presente, las metí de contrabando en el barco del cazador Gracchus y las envié a Montevideo, con la esperanza secreta de que un estudiante se interese y retome una de las tradiciones críticas más potentes. No pensando en axiologías comparatistas, sino para incorporar la manera kafkiana de entender la literatura; seguro que se lee mejor a Felisberto si tenemos noticia de la constelación Hannah Arendt, Walter Benjamin, Gershom Scholem y Theodor W. Adorno, sin necesidad de haber cantado desde niño en la sinagoga. En esa línea me sigue interesando -por ejemplo- lo que hizo Alan Pauls en “El factor Borges”, no tanto para hallar la respuesta a la cuestión insondable, sino por la obstinación de abrir pistas aunque resulten infructuosas. 

“Buscar en Jorge Luis Borges el factor Borges, la propiedad, la huella digital, esa molécula que hace que Borges sea Borges y que, liberada gracias a la lectura, la traducción, las múltiples formas de resonancia que desde hace más o menos cuarenta años vienen encarnizándose con él y con su obra, hace también que el mundo sea cada día un poco más borgeano: ése fue el propósito original de este libro. ¿Había alguna posibilidad de no fracasar? Es evidente que no hay unelemento Borges sino muchos y que todos son fatalmente históricos, acotados como están por la ceguera de los horizontes de ideas y valores que fueron estableciéndose.”

Kafka es Kafka también porque Benjamin escribió sobre él; en la correspondencia con Scholem hay incógnitas, datos de la lucha con el espectro volvedor de Kafka, su lectura en espiral, vertientes provocadoras de interpretación y la sombra acaparadora de Max Brod; la perplejidad de afirmar que Kafka admite una interpretación natural e inspira otra sobrenatural. La pieza maestra del iceberg es el ensayo de 1934: “Franz Kafka. En ocasión del décimo aniversario de su muerte.” Tiene cuatro partes: Potemkine / Un retrato de la infancia / El jorobadito / Sancha Panza; allí se escribe: “Ningún trabajo sobre Kafka puede desconsiderar su testamento donde se afirma que el autor no estaba satisfecho de su obra, que consideraba que sus esfuerzos habían fracasado y se contaba entre aquellos que debían fracasar necesariamente.”