(IV a) Louis Vax

Louis Vax en «Arte y literatura fantástica” (24) advierte lo riesgoso que sería aventurar una definición pretendidamente exacta de lo fantástico; por ello, determina su dominio expositivo en relación con zonas fronterizas: lo feérico, lo poético y lo trágico. La intención del crítico es inscribir lo fantástico en una larga tradición francesa de inspiración occidental; constante de la misma -desde las sirenas de Ulises a magos medievales- estando alerta a la formación del fantástico como categoría diferenciada y autoconsciente de sus procedimientos. Ruptura que siempre se opera primero en la práctica literaria que en su reflexión teórica; sin por ello omitir formular una aproximación preliminar.

“La narración fantástica, por el contrario, se deleita en presentarnos a hombres como nosotros, situados súbitamente en presencia de lo inexplicable, pero dentro de nuestro mundo real.” (25)

Ese dominio de implicancia, arrastrando en el dominio compartido “mundo real” y “hombres como nosotros”, determina un horizonte reconocible, donde la imaginación cumple una función doble antropológica en “nuestra sociedad”. Ello debe acompañar la alteración de las leyes inamovibles de la naturaleza y el comportamiento humano; tan sujeto igual a evoluciones y cambios revolucionarios, portados por la evolución histórica. Resultan de ello anacronías lindando el escándalo, que nos conducen -a quienes estamos del lado humano de la situación- a la exigencia de creer lo increíble. Al desprendimiento de lo sagrado, mientras la historia se apropia de la versión del César y desestima la versión de Dios, con su cortejo de milagros y leyendas sagradas, le siguió una rebelión ante la Ciencia orgullosa en lo que tiene de insatisfactorio y fallas.

Mientras una parte del cerebro se aquieta con descubrimiento en vértigo productivo desde la revolución racional, otra zona móvil del pensamiento se aventura -tomando los riesgos correspondientes- en interrogantes deambulando las salas de espera de los laboratorios

Lo fantástico es más que una enunciación en constatación de lo insólito; para que adquiera todo su valor -afirma Vax- debe conseguir como efecto un cuestionamiento o duda razonable de nuestra seguridad sobre la legalidad de la realidad. Considera su capacidad de ambivalencia una de las constantes del género, se trastocan axiologías incuestionadas y la violencia admitida de los sentimiento. El efecto fantástico literario -de cierta manera- es espejo deforme de la incertidumbre matemática: si los sabios descubren la infinita expansión del cosmos, permaneciendo en las hipótesis de trabajo para su explicación todavía pendiente, si el ingreso en la materia nos lleva a la física cuántica y al energía atómica, pensemos la confusión entre narradores y ante el lector anónimo que desconoce la serie de Fibonacci de 1201 y la cría de conejos.

Frente a la tentación de describir los cuentos fantásticos como proyecciones de profundas neurosis, Vax postula que las relaciones entre psiquiatría y fantástico, son demasiado complejas para deducir esquematizaciones ligeras. Su conclusión es interesante, afirma que la apelación a la psico crítica alteró las relaciones; a tal punto, que un objeto narrativo con leyes internas se transformó en documento notarial y suerte de diagnóstico inconducente. Un asedio exclusivo desde esta perspectiva, proporcionaría elementos para conocer mejor la biografía del autor y sus mecanismos psíquicos; pero no sería la manera más feliz de interrogar las claves de su literatura.

Evocamos el estremecimiento de la Ciencia y también la tentación del esoterismo del siglo XIX; lo mismo podría decirse con la irrupción de Freud en la historia de las ideas y toda la onda expansiva que, lejos de ser anecdótico o transitorio se inscribe en nuestro cotidiano. En Uruguay la APU (Asociación Psicoanalítica del Uruguay) se fundó en el año 1955, el mismo año que se publica “Explicación falsa de mis cuentos” de Felisberto Hernández. Su sede está ahora en la calle Canelones 1571 y se la puede conectar en el 00 5982 4107418. En 1910 Freud publicó un libro definitivo para la disciplina emergente, que se conoce como las “Cinco lecciones de psicoanálisis”; allí, el vienés presenta una serie de casos y su mera presentación (sin tentar ingresar en vericuetos de terapia y trauma), parece dejar entreabierta una hendija a polizontes fantásticos: Dora, fragmento de un análisis de histeria / El pequeño Hans / El hombre de las ratas / El presidente Schreber / El hombre de los lobos.

Esta objeción metodológica, en absoluto objeta la relación con tan importante disciplina; por el contrario, bien regulada le abole a la literatura fantástica cierto carácter de gratuidad que puede asígnale una lectura desinteresada. Vax le reconoce a la imaginación ser la principal facultad de un escritor del género y la repentina ausencia de certidumbres lógicas el grado cero del proceso. Ahora bien, el género fantástico en general (incluyendo la literatura) establece un contacto con el realismo. De esta manera se conforma un territorio ondulatorio, zona donde intervienen elementos de ambas procedencias y que configura otra de las constantes del género. Según Vax ello no debe aparecer en tanto resultado sino como necesidad, evitando caer en los extremos que desvirtúan el efecto requerido.

“La antinomia de lo fantástico aparece: el arte realista que tiende a representar las cosas tal como se ofrecen a nuestros ojos, no tiene nada de fantástico. Por otra parte, el arte totalmente desembarazado de lo real se entretiene con demasiad libertad entre los arabescos y los colores. La ocasión propicia para que surja lo fantástico es aquella en que la imaginación se halla secretamente ocupada en minar lo real, en corromperlo.”  (27)

Dos elementos complementarios son reivindicados por el teórico para la literatura fantástica: su directa dependencia de la incredulidad y la necesidad -para que devenga convicción- de la discreción. Lo fantástico debe introducirse de manera imperceptible en el relato, las alteraciones serán lo menos evidentes posibles y la verosimilitud del relato debe ser constante; la sobrecarga de elementos improbables lleva de manera inevitable a un desencanto temprano.

“Poco a poco o fantástico se insinúa en la narración, en seguida se vuelve aceptable, luego irrecusable.”  (28)

Lo fantástico se introduce en la escritura de la misma manera que los fractales en la Naturaleza, la metástasis en los cuerpos, meteoritos viajeros en telescopios y los necesarios relatos en sueños de enfermos mentales. Menos que delimitar territorios netos de diferenciación que tranquilicen a las mentes sedentarias, se trata de entender mecanismos interactivos que pueden concluir en la recóndita armonía o una colisión destructiva.

VIII) Espía vocacional

Ítalo Calvino resultó eficiente para la legitimación de Felisberto en el dominio editorial y universitario internacional, con la tan reiterada afirmación de que no se parecía a ninguno en cuanto proyecto de escritura, marcando así el perímetro de un imaginario único y el estilo consecuente. La situación se complica cuando a esa fórmula confortable, se la debe argumentar a distancia de la fuente intimidante o la cita del italiano, considerando el estudio insonorizado del pianista. Es ahí que a la técnica reconocible y codificada, se suman aspectos biográficos sugestivos. Asuntos comunes de la vida civil que en otros escritores se anotan de paso y sin que repercutan en la obra de forma inmediata; pero que en FH componen una simbiosis (vida obra) -a la usanza de la crítica de antes- que aparta de modelos comparables. Se puede tentar omitir datos personales teniendo en cuenta sólo estrategias de escritura y aventando la tentación; se puede caer -con beneficio y apetito- en la mecánica causa bio ꞊ consecuencia narrativa o incurrir en la heterodoxia especulativa de la obra que organiza y explica la biografía. Prolongando la penúltima tesis y como casi todos los estudiosos del escritor, fuimos incorporando datos que hacen de él personaje separado y de su vida otra novela virtual que quedó sin editar, a la manera de unas tapas sin libro. De capitulado heterogéneo: interés por la memoria en lo que tiene de imaginación, escenas fundadoras siendo arranque de relato, sensualidad de los sentidos que de tanto ajustarse parecen atrofiados, objetos del cotidiano considerados repertorio fetichista amenazante, primeros acordes anecdóticos de la educación musical, vida sentimental con registro civil y la fascinación que ejercía en mujeres receptivas como si FH les descubriera territorios inexplorados de ellas mismas, el estante en vías de extinción de las primeras ediciones, recepción nacional entre reconocimiento y rechazo, compromiso político anticomunista, anécdotas de gastronomía cotidiana. Hasta circularon rumores de escenas absurdas o surrealistas en su viaje en féretro a la última morada, como si también hubiera dictado buena parte de la leyenda urbana montevideana.

Hace muchos años y para ilustrar la manera como la quimera autor-narrador reconocida -más que buscar temas FH se deslizaba en retablos perturbados emergiendo del buceo con las piezas representadas- probé trabajar con la noción de espía vintage, más afín a los disfraces de Sherlock Holmes que del Aston Martin de James Bond. Simulacro asumido, iniciativa gozada, coexistencia abusiva, usurpador de mensaje confidencial e informe final en forma de relato para mediadores de la Agencia Lectores interesados por la misión del pianista infiltrado. Después en esta vía bromista de microfilms, notas confidenciales en alfabetos crípticos y juego de sombras aparentes, por testimonios tardías de conocidos, revelaciones sorprendentes y algunas novelas, fuimos conociendo la verdad de la milanesa con fritas. Ahí están para no dejarnos mentir La muñeca rusa de Alicia Dujovne Ortiz, África, la muñeca de Felisberto Hernández de Roberto Echavarren y Nombre clave, Patria: una espía del KGB en Uruguay de Raúl Vallarino. O la historia de la costurera de Ceuta conocida en Paris y repatriada como esposa legítima a Montevideo. El pitch resultante de la película es enorme. ¿La española cuando besa es que besa de verdad? La imagen del espía figurante en la narrativa, quedaba aplanada ante un escándalo de intromisión femenina de la guerra fría en la narrativa uruguaya. La topo nuestra cosía para afuera, negociaba en antigüedades y se pintaba las uñas; y sin embargo… considerando la función poética creo que podemos mantener la analogía. Algo de su vocación de los servicios debió de inocularle en sus años de convivencia la astuta María Luisa; todo apunta a que fue mientras duró esa historia de amor rigurosamente vigilado, que el marido abusado escribió los cuentos de Las hortensias y Nadie encendía las lámparas. El esposo cobertura -habría que explorar la pista nada desdeñable de un FH cómplice titiritero- primero va acordando una percepción tendenciosa y si nada aparenta ser premeditado en los objetivos, el narrador/personaje de los cuentos escritos cuando María Luisa, tiene un talento seductor para encuentros fecundos, fomentar casualidades forzando la anécdota, ser invitado en la casa esa del pueblo a la que nadie tiene acceso. Parece afinar la escucha del sacerdote, el analista freudiano y el silencio del músico infiltrado; los vecinos más escarmentados le confían el argumento sin salida de sus traumas; al menos en la instancia del relato quizá ese intruso circunstancial puede aportar alguna luz esclarecedora al misterio del cuarto amarillo. La confían el cometido de ser público del teatrillo secreto, puesto que todo episodio velado sólo accede a la existencia si alguien lo cuenta. En una ciudad literaria mayormente política, mimética, sociológica y testimonial, en la división azarosa de tareas FH se aplicó a excéntricos inofensivos y su ficción proviene de la naturalidad. Sus lectores reincidentes, sabemos que en nuestras familias hay seres entrañables a la deriva podando el árbol genealógico. FH se interesó por la hermana que teje crochet hasta el crepúsculo y de la que nunca se habla, el tío encerrado hace siete años en el altillo del fondo, el pariente músico que afirma que su novia es una espía, lo controla todo el tiempo, habla por teléfono en ruso y al que nadie le cree tamaño disparate en el asado de Navidad. El dispositivo funciona además por la calidad receptiva de los captores sensibles del narrador; los persuade a los casos graves porque los entiende, escucha sin dictar sentencia, compatibiliza habiendo vivido introspecciones similares, sabe que las puestas en escena son sueños y a la representación improvisada hay que buscarle la música apropiada. Tuvo una iniciación precoz a escenografías barriales donde rondaban espectros en una ciudad que a falta de palacios idolatra cementerios; si la religión fracasa en la doctrina para acceder al paraíso de la vida eterna, lo frotó a la factible omnipresente de lo sobrenatural; un milagro sólo se puede aceptar entre los fieles si lo arrulla un cuento verosímil que hipnotice multitudes. Si eso circula entre narrador, personajes y relato es factible que su obra afecte los extremos humanos del circuito más reticentes a las fuerzas del cambio. Felisberto retocó la misión del escritor rondando las pequeñas cofradías secretas incluidas en la sociedad y previno al lector quien, al cerrar el libro observa el barrio, la familia que lo rodea, su propio cuento con otros ojos y se pregunta ¿dónde acaba la ficción realista y comienza lo otro?

(IV b) Roger Caillois

La literatura fantástica es también espejo de quien la contempla y vamos reparando que los personajes de esa novela crítica teórica, resultan tan heterogéneos como los tripulantes de una expedición espacial. Con Roger Caillois pasamos a otra categoría de explorador, el que busca habiendo recorrido con anterioridad otros terrenos de la reflexión intelectual; itinerario clásico del hombre de letras francés superando los obstáculos de Institutos y Concursos cuando eso tenía valor. Intereses antropológicos de alguien de la metrópoli de la potencia colonial declinante; sensible mediante la seducción de Victoria Ocampo, a conocer el río de la Plata en la versión Buenos Aires. Confrontado al desarreglo de la segunda guerra mundial que partió la Francia en dos y no sólo su territorio, editor de Gallimard (de los nombres de dirección postal que fueron cambiando, quizá el más clásico sea 5 rue Sébastien-Bottin), donde crea la colección “La Croix du Sud”. Traductor de Borges (inventa o contribuye a su incidencia fulgurante en el circuito internacional) y enterrado en Montparnasse, el mismo cementerio de Alexandre Alekine y Julio Cortázar. Esa inteligencia, pues, se interesa por el dominio fantástico

Roger Caillois (29) reconoce tres niveles posibles de textualidad donde lo insólito tiene cabida: el cuento de hadas, el cuento fantástico y la ciencia ficción. Nos detendremos en el segundo; su primera aproximación resulta por confrontación, en tanto el cuento de hadas está regido por lo maravilloso:

“En cambio, lo fantástico pone de manifiesto un escándalo, una ruptura, una irrupción insólita, casi insoportable en el mundo real.” (30)

Un mejor conocimiento de lo real en su extensión, comprendiendo la dimensión física, laberintos intraducibles de la condición humana en su pluralidad y las resultantes de la acción violenta en la historia y artesanal en la estética, permite reducir al mínimo la confusión. Descartar racionalmente e identificar sin error posible cuando algo puede presumir de proclamarse fantástico. Notemos que en complicidad con Vax, Caillois es contumaz y reincidente abogado defensor del “mundo real”; que se configura en canon comparativo, cursor de titanio indeformable para distinguir niveles de anarquía, desvío, transgresión, anomalía y bifurcación que ocasiona el evento fantástico cuando adviene al círculo textual.

Ese pequeño escándalo molecular inicia el proceso. Lo prodigioso, sin importar al comienzo su origen, se torna agresión y amenaza activando el cuestionamiento de las certezas tenidas por inamovibles. Mientras que en el cuento de hadas el final es feliz, en el cuento fantástico clausurar el relato supone una caída moral o la muerte del protagonista. Caillois ordena los tres niveles con criterio histórico, la concepción científica y racional del universo es lo que determina el pasaje de uno a otro.

Existiría una primera visión -ingenua- donde lo maravilloso puede ser cotidiano; luego, al irrumpir el ordenamiento legal del universo, lo maravilloso es desterrado y permanece aislado el reconocimiento de situaciones que -por sus características- informan que algo inopinado birló la eterna relación causa/efecto. La rareza de lo fantástico proviene también de otro obstáculo y cuando la recepción es impermeable a estos protocolos previos de interpretación. Caillois propone una lectura posterior a una elaboración con apoyo de la Biblioteca; el docente que busca ayuda, está en condiciones de asimilar el razonamiento, aceptarlo o pasar de largo por exceso de intelectualismo. Debemos recordar acaso que el lector, el civil que viaja en tranvía o el estudiante mateando, propenso a los atajos y estados segundos de la conciencia, no siempre puede tener ese instrumental denso para decantar y desea ingresar sin mediaciones al poder de la lectura; al contrario, quiere desafiar las advertencias y lo advertí seguido en seguidores fervientes de Lovecraf y Philip K. Dick, que funcionan con mecanismos danzando a ritmo sectario. Por ello contradictorio, la literatura fantástica contiene algo vertiginoso, mientras el misterio desbordante de excesos ronda el pantano nauseabundo de las supersticiones.

La exacerbación de la tecnología y el temor/desconfianza ante lo creado, sumado a otras potencialidades imprevistas, completaría el circuito con la ciencia ficción. De la irrupción del género en la historia de la literatura el autor deriva una suerte de ley de origen o causalidad. Así, lo fantástico se produce cuando el milagro es desterrado del mundo; suprimir el milagro clásico tipo Lourdes como explicación, fue corolario de una secularización galopante de la ética, una desacralización del dios cristiano y todo su relato. Ello forma un vacío de respuestas para las preguntas pendientes, la vida después de la muerte, la inteligencias en las estrella, lo incontrolable en la vida cotidiana. Esa articulación sagrado/imaginación/pulsión emotiva siguió existiendo; a medida que se cerraban las puertas de San Pedro, entraban por las ventanas para instalarse en el living de nuestra casa Dark Vador, Chewbacca, Spider Man, Frodon Sacquet, Saroumane y el entrañable Godsila. Estamos en otro juego que es el mismo juego y con las reglas reescritas.

La literatura fantástica para su desarrollo completo, requiere una estructura sólida al menos en la apariencia que proporciona un extenso catálogo de respuestas. Esta sapiencia totalitaria -fracturada por su cuestionamiento falto de solución- adquiere la estatura de lo terrible, es más:

“Lo fantástico supone la solidez del mundo real, pero para asolarlo mejor.”  (31)

Cuando se completa el proceso, hasta las mayores certezas pierden estabilidad y lo fantástico naturalmente se confronta a la realidad; para quien experimente la situación y los otros que lo rodean, parecería que nada cambió. Ignorar el lento proceso que referimos y la toma de conciencia, se produce cuando el espanto contaminó el mundo circundante, hasta grados desde los que resulta imposible la regresión o defensa. Como Todorov, Caillois cree en la necesidad del efecto de vacilación en cuanto a las causas de los hechos narrados. Lo considera apenas un recurso, Todorov el factor determinante para establecer los límites – ¿es obligado fijar límites? – entre fantástico y maravilloso, como luego veremos. La cuestión de los límites retóricos sería sencilla si la sociedad moderna la hubiera resuelto en el perímetro de la realidad; ahí, sin embargo están los muros, líneas de demarcación, la palabra que puede ser racista, los check point de las regiones en litigio, nuevo territorio de la sexualidad andrógino y confinamientos aguardando la vacuna Sputnik V, el cierre de fronteras terrestres por razones sanitarias.

Puede que la nueva literatura fantástica o al menos sus criterios de estudio, no trate de fijar algún límite pragmático sino aceptar la ambigüedad como ventaja, el tránsito necesario y la reivindicación de un tercer reino para la escritura en 3D.

Los efectos del cuento fantástico tienen injerencia verdadera sólo cuando la realidad descree de lo imposible, emparada en la certidumbre que surge de la tranquilidad que trasmiten las leyes que gobiernan la naturaleza, al menos las que creemos conocer. Curiosamente, las mentes materialistas a ultranza, los ayatola del realismo que persiguen el truco falsario, descreen de lo sagrado de los pigmeos, desconfían de la imaginación de las culturas y se parapetan en la incertidumbre de la ciencia que tanto se equivoca, son mentes necesarias para que “lo otro” fluya entre los obstáculos. Se repetirá el eterno combate entre el rigor de las pruebas y la comedia de creer en ciertos intermezzos de la mente, eso innombrable cuando se apagan las luces eléctricas del comedor racionalista,

Al igual que Vax, Caillois indica la obligatoriedad de que incluyendo la fisura insólita, el resto del mundo mantenga la coherencia, apuntalada por verificaciones realistas; y cuando el mundo está en guerra, los universos fantásticos son terreno neutral en apariencia, donde se puede hallar alguna traza de la humanidad pudriéndose en las trincheras.

“Así, todas las manifestaciones de lo fantástico derivan del miso principio. Resultan tanto más terribles porque su decorado es familiar, porque sus caminos son más solapados o sorpresivos y porque se presentan con ese ignorado factor fatal e irremediable que emana de los desarrollos rigurosos.Los relatos cuyo tema es la irrupción de lo insólito en lo común están lejos de basarse uniformemente en un principio tan claramente definido. A menudo, el autor llega al campo del escándalo y, mediante algún artificio, reabsorbe lo fantástico en el momento en que finaliza el relato.”  (32)

Agosto

IX) El apuntador como personaje secundario

Algunas veces, durante la tarea docente se atraviesa en la preparación de los cursos una temporalidad pausada, como de novelas ejemplares cervantinas. La fluidez del plan es interrumpida, se incorpora un texto exógeno en apariencia que igual cumple funciones laterales en la dramaturgia novelesca.Sería el caso de este capítulo; entonces, la exposición que venía siguiendo cierta metodología meditada llama a una Nota al pie, puesto que es necesario resolver la ecuación del taller literario interpuesta en el camino y preferí hacerlo a la vista del lector.Era una cuestión con dos incógnitas; por un lado observar las razones por las cuales la entidad Felisberto Hernández se había incrustado tan profundo en la ciudad literaria, luego coordinar razones que podríamos llamar sociológicas y otras operando en el interior del texto.Todo comienza en el nombre de pila Felisberto, fijado en los libros con tapas y el efecto vecino con partida de nacimiento, que puede hallarse reflejado en la otra cuadra con el nombre de Macedonio. Luego esa desviación de la trayectoria original de alguien que se había iniciado en una educación musical, con dedos más entrenados con el piano vertical que con la máquina de escribir.

 Un segundo kit de explicaciones estaría en la no pertenencia al protocolo canónico de la literatura uruguaya de la época, apuntaría acaso la inversión del sentido del compromiso político de izquierda, que lo lleva al extremo del anticomunismo radial y casarse con una espía soviética; siendo nuestra versión de los cinco topos ingleses del Trinity College, que formaban el círculo de Cambridge y que seguro inspiró la saga George Smiley de John le Carré. Señalemos la no pertenencia a la generación del 45 o cualquier otra generación asociada a fechas, revistas o boliches, concepto operativo de la crítica literaria que está algo apolillado e igual se sigue utilizando. Cierta fuga aconsejable de la barra de los “raros” teorizados por Ángel Rama, concepto que en su generosidad heterodoxa y confortable, puede enlentecer la enumeración de virtudes específicas de los asignados. Luego se enfatizan algunos aspectos biográficos; nada del otro mundo al ser considerados en su perímetro aislado, pero adicionados generan una sinergia de lo uruguayo estimulado por lo contradictorio, al punto de sugerir que estamos ante una vida imaginaria. El encuentro con Supervielle y la experiencia parisina, la novela sentimental con mujeres interesantes y que se le parecen, el catálogo de primeras ediciones que informa de libros objeto y el proceso de legitimación internacional, verificado más por los trabajos universitarios que por la crítica de lanzamiento en el momento de la salida de los libros.

Agregaría el álbum de familia, algunas estupendas fotos vintage con poses poéticas belle époque y otras de escribano ducho en patrimonios de notables arruinados por caballos lentos y cabareteras ligeras.Ello se incorpora o asoma entre los textos desde las primeras lecturas; en lo personal recuerdo el desconcierto al advertir una trinidad operando en cooperación, sociedad o complicidad siendo de los efecto de recepción más sugestivos de su literatura. La permanente alternancia entre un afuera y otro adentro del libro, el antes y el después de la escritura, entre un ingresar y la fuga del reactor escénico del relato. Hernández el autor de cuya existencia dudamos, Felisberto que narra desde el interior incluso mediante un sistema taquigráfico de su invención y el fulano entrometido como personaje enviado en misión.

Marcar territorios es dificultoso e inoperante, parece que debemos resignarnos a admitir esa gestión del trio en movimiento; como estamos ante una poética de conciertos, conferencias, lecturas y recitales se percibe el estímulo constante de la teatralidad. En la vida social lo tienta el protagonismo, reclamando ser el centro de la atención ante los espectadores y en la narrativa prefiere ser apuntador: ese integrante del elenco que, sin estar en apariencia visual, lo mismo controla todo lo que sucede en el escenario. Su voz es el murmullo salvador que lleva adelante los diálogos, tiene el argumento dramático, la cadencia de las entradas actuadas y los desenlaces entre las manos, desde que se levanta el telón hasta que todo ese pequeño mundo hace mutis por el foro.

(IV c) Tzvetan Todorov

Desde una perspectiva teórica de la literatura un tercer aporte de Tzvetan Todorov resulta interesante y pertinente; claro que avanzaremos en los planteos de su libro de referencia, pero solicitarlo en esta circunstancia nos obliga a una suerte de prefacio en el teatro teórico. Me constaba que lo encontraría en toda reflexión abierta sobre la literatura fantástica y al mismo, tiempo en la estupenda colección “Poétique” de ediciones du Seuil de París, dirigida durante años por Gérard Genette. Todorov en un nombre que todo estudioso encuentra en algún momento de su tarea especulativa, cualesquiera sean las disciplinas de trabajo y áreas de interés. Varios dominios de su amplio espectro escapan a mis capacidades, pero hay otros en los cuales y repetidas veces, debí subrayar en destacado color sus libros.

Una breve enumeración me conduce a la teoría literaria, sobre todo las tesis de Mikhaïl Baktine que guiaron mis trabajos sobre Juan Carlos Onetti; luego y para preparar cursos universitarios, lo hallé interesado en cuestiones de antropología sobre el otro extranjero en torno al período colonial, la conquista de América en su extensión destructiva, los campos de exterminio de la segunda guerra mundial, así como la obra inmensa de Goya. Lo evocado es más que el intento de glosar un CV prestigioso cosmopolita para asociarlo a los cuentos tan uruguayos de Felisberto Hernández. Recuerdo que estaba feliz cuando hallaba alguna idea que podían iluminar mi acercamiento al género fantástico, pero luego de terminadas las fichas y cerrado el cuaderno, persistía una palabra faltante en cuanto a las condiciones de producción ¿Por qué él y siendo extranjero, por qué en París y en el año 1970?

Lo bonito es el momento de descubrir que la reflexión crítica, si se prefiere la teoría literaria, es capaz de urdir su propia trama hasta escribir una suerte de meta novela secreta colectiva. Iniciativa que, con la loable intención de aclarar un misterio del género y sus articulaciones textuales, algunas veces lo torna más complejo. El extranjero venido de un país del socialismo real -nació en Sofía en 1939, cuando Felisberto escribía “Por los tiempos de Clemente Coliing”-, el cambio de país y de lengua, los años del auge de la Semiótica (incluye varios dominios desde los sesenta del siglo pasado y nombrarla es suficiente) y la redacción de la tesis de doctorado bajo la dirección de Roland Barthes. Luego la excepcional carrera de investigador, un interés polifónico (curiosidad que se halla con otro swing en los almanaques de Julio Cortázar) y de tanto buscar explicarlo todo, cuando menos se piensa salta la aporía: el dilema de entender el mecanismo de lo inexplicable. El otro momento posible de la epifanía cognitiva que sólo puede permitir el laberinto de la literatura.

Diría entonces un interés personal inducido por las lecturas, un aire del tiempo (1968: Tlatelolco, Mexico D.F. / 1969: Woodstock: Richie Havens, Santana, Canned Heat, Jimi Hendrix), una admiración que juega con riesgo en la línea fronteriza de la interpretación, allí donde se concentran lo verificable con lo otro que sólo puede procesarse mediante la creencia. Claro que el ensayo sobre la literatura fantástica responde a los protocolos de un investigador clásico, igual tiene función preferencial dentro de la bibliografía del género como del autor puesto a prueba. El género fantástico parece insinuar que, por debajo de la deflagración de Mayo del 68, en los subsuelos de la conciencia del mundo visible, se escuchan rasguños entre chillidos de criaturas indescriptibles; seres que se desplazan reptando, acechando agazapados a la espera de que abramos la trampa hipnotizados por la curiosidad.

Todorov (33) retoma el problema desde la base: la definición de los géneros y el lugar de la literatura en sus categorías, lo que está considerado en buena parte del ensayo. Su punto de partida es también la explicación que debe darse a cierto episodio, que por ser insólito en su relato podría ser apenas una ilusión. Si existió realmente pertenece a la realidad maleable que incorpora una nueva ley de excepción que hasta el momento era desconocida.

Si optamos por alguna respuesta damos el asalto a lo extraño, lo maravilloso ya que -y esto se asemeja a una definición-:

“Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural.”  (34)

El mecanismo que Caillois consideraba un recurso del escritor, es para Todorov la clave de lo fantástico. La suya es una definición subsidiaria que atiende a lo fantástico como línea divisoria entre lo extraño y lo maravilloso. Los otros teóricos -afirma Todorov- dan una definición de lo fantástico en tanto sustancia, premisa que él rechaza.

Admite que su definición es algo confusa en cuanto a determinar el sujeto en quien se verifica/encarna esa vacilación. ¿Es el lector o el personaje? Propone algunos ejemplos de lo segundo; el teórico se inclina por atribuir la vacilación más determinante al lector.

Ello requiere una integración preliminar.

“Lo fantástico implica pues una integración del lector con el mundo de los personajes; se define por la percepción ambigua que el propio lector tiene de los acontecimientos relatados.” (35)

El autor plantea, dispone a su capricho los materiales narrativos y la vacilación debe estar fuera o dentro de la obra. Se llega a una identificación del lector precisamente mediante la vacilación de la obra; pero como al interior de lo fantástico, ello no puede tener carácter de Ley.

“Diremos entonces que esta regla de la identificación es una condición facultativa de lo fantástico: este puede existir sin complicarla; pero la mayoría de las obras fantásticas se someten a ella.”  (36)

Haciendo depender Todorov la definición de lo fantástico del “tiempo de una vacilación”, es lógico llegar a una conclusión ambigua.

“Lo fantástico tiene pues una vida llena de peligros, y puede desvanecerse en cualquier momento. Más que un género autónomo, parece situarse en el límite de dos géneros: lo maravilloso y lo extraño.”  (37)

La indecisión se adhiere a la metodología al negarle Todorov autonomía a lo fantástico y analizarlo con otros términos igualmente amenazantes. La nueva clasificación dependerá de la diferente proporcionalidad que tenga los componentes de la triada. El autor marca, también, la diferencia entre una primera y segunda lectura de un texto fantástico.

La identificación que en principio requería, es imposible en la “segunda” lectura por conocerse de antemano los mecanismos que accionaron los efectos del texto.

Sucede entonces una meta lectura en la cual el lector, en lugar de integrarse al clima de la narración se transforma en decodificador de procedimientos.

En lo temático. Todorov aporta una aproximación concreta.

“lo fantástico se define como una percepción particular de acontecimientos extraños.” (38)

Luego de explicar lo que hace extraño a un acontecimiento que llama la atención -se inclina por relaciones lejanas de semejanza u oposición- Todorov concluye:

“sin acontecimientos extraños, lo fantástico no puede ni siquiera darse. Lo fantástico no consiste, por cierto, en esos acontecimientos, pero éstos son para él una condición necesaria.” (39)

Todorov sostiene que la literatura depende de la teoría general de los signos y las tres funciones que le atribuye a lo fantástico dentro de la obra, serían las tres de los signos.

a) “un efecto particular sobre el lector -miedo, horror o simplemente curiosidad- que los otros géneros o formas literarias no pueden suscitar.”

b) “sirve a la narración, mantiene el suspenso.”

c) “Por fin, lo fantástico tiene una función a primera vista tautológico: permite descubrir un universo fantástico, que no tiene, por tal razón, una realidad exterior al lenguaje; la descripción y lo descripto no tienen una naturaleza diferente.” (40)

Anula la distancia entre lo fantástico y lo maravilloso. Atribuye al género una duración histórica limitada y proyectándose sobre su agotamiento, cree encontrar la respuesta en la evolución de la literatura en el Siglo XX y que alteró una elemental regla del juego.

“El hombre “moral” es precisamente un ser fantástico; lo fantástico se convierte en regla, no en excepción.” (41)

Las hipótesis de Todorov resultan más complejas y sutiles de lo que puede hacer pensar este esbozo informativo de manual con transferencia. La aplicación directa de sus planteos a la obra de Felisberto puede justificar un trabajo crítico independiente. El recuerdo de alguna de sus afirmaciones, sumadas a las de Vax y Caillois, apelando estrictamente a un planteo teórico auxiliar y sin tentar una analogía próxima, buscan ilustrar la complejidad del diálogo entre los cuentos de Hernández y los planteos críticos.

Quizá es acertado lo que Todorov propone al final de sus investigaciones.

“La literatura fantástica nos deja entre las manos dos nociones: la de la realidad y la de la literatura, tan insatisfactorias la una como la otra.” (42)

La duda instalada por el evento fantástico, también se puede desplazar al movimiento cruzado entre el instrumento teórico disponible y el corpus narrativo designado como terreno de investigación. Una línea directriz diría que, a mayor información conceptual acumulada aumentan las probabilidades de una interpretación fluida y acertada. Otra diagonal, insinúa que tras la apariencia de una dislocación inocente y reducida que se observa en la obra de nuestro compatriota, se oculta una intensidad poderosa que, para ser iluminada sin fallas en la apreciación, requiere de todos los generadores críticos que circulan en el mercado. Después de mucho tiempo de pensar el asunto, estoy convencido de que la más acertada es la tercera de las hipótesis siendo la más evidente…

Septiembre

X) El límite de los objetos

La mediación con los otros, el mundo real aparente y los laberintos de la vida interior, tiene en los objetos tal cual un factor utilitario, eficaz y simbólico de puesta en común. El reloj del conejo en Alicia en el país de las maravillas cuando no el espejo permeable, la serie Harry el sucio de Magnum 44, el collar de la Reina, el zoo de cristal, la corona, el trono y otros atributos de poder, los lentes de Mahler, Lennon y Harry Potter. La lista puede llenar varias páginas, decantarse en lo personal persistente del trabajo cotidiano, con cuadernos cuadriculados y lapiceras. El recuerdo de los grandes coleccionistas de sellos, monedas, Cuadernos de Marcha y otros trofeos, como el heladero portugués de A Comédia de Deus.

Es sencillo desde las enumeración desplazarse a la obsesión arrastrando una vida, la transferencia, el robo y el fetichismo, la alienación en sus múltiples acepciones. La literatura participa en esa economía de creación y dependencia; en el caso de Felisberto todo parece facilitarse: el piano -por supuesto considerado una máquina de música- y las primeras ediciones suyas, que tienen las virtudes bibliófilas de los libros objeto. Luego, entrando en la narrativa diría que los objetos como categoría saltan a la vista con premeditación y alevosía. Participan de la tensión dramática, retuvieron la atención de casi todos los estudios publicados sobre el compatriota y las tesis universitarias dentro de los estudios literarios. Ocultan y exponen una tendencia uruguaya de tenencia velada, que vemos en el salón exposición del anticuario y la sala de remate de Gomensoro y Castells, las lámparas de la decoración, el erotismo táctil de las telas y la sensación de pertenencia del oro acuñado y las piedras preciosas. Los objetos condensan en varias representaciones la metonimia existencial: el trineo Rosebud de Citizen Kane, El halcón Maltés, la leyenda del Grial, las pistolas Lefaucheux de van Gogh, Verlaine y Rimbaud, Horacio Quiroga y Avelino Arredondo inventando en la plaza Matriz el magnicidio Oriental.

Se advierte en cuanto a los objetos dentro del capítulo y pensando en Felisberto tres temporalidades. La primera es la contemporánea al autor, donde el objeto dice de un mundo privado y del poder de la sociedad capitalista versión rioplatense. El escritor pianista uruguayo introduce en el relato la intuición y la desconfianza ante lo artificial arbitrario que nos rodea, casi un poder gravitacional en sinergia uniendo las palabras y las cosas. En lo personal -como hipótesis de trabajo para los cursos- quedé más fijado en las últimas décadas del siglo pasado, siendo mi interpretación subordinada a las ideas circulando por entonces; bibliografía inspirada por filosofías de la alienación, la emancipación de la obra de arte hasta llegar a la noción del made rare de Duchamp, la memoria infantil de El aprendiz de brujo y operando dentro del auge de la disciplina Semiótica. En el presente, la evolución técnica con la introducción de lo virtual, las impresoras 3D y la reproducción industrial al infinito, parece que las cosas cambiaran; quizá se está acentuado a la vez un desprendimiento y una dependencia mayor tipo Martrix e independencia artificial. En todo caso afecta las criptomonedas, la sexualidad y el deseo -típica encrucijada felisberteana- poblando de nuevos objetos la intimidad. Estamos interpelados cada semana entre catálogos del Sex Shop Tres Cruces y las veredas cambalache de la feria de Piedras Blancas. Siempre hay un Longines para robar en la muñeca de la dama o del caballero, un anillo con iniciales oculto en los cajones de los difuntos, un perfumero de cristal que perteneció a Delmira o Marosa, el recital en el Auditorio Vaz Ferreira de la pianista medalla de oro en el conservatorio de Vladivostok.

(V) Autopsia de cadáveres exquisitos

Entre los textos de FH y las teorías heterodoxas de análisis circulando, se entabla con fluidez un diálogo fecundo y equívocos minimalistas en permanente reacomodo. Lo fantástico, la memoria (las memorias) y el doble son nociones básicos de su literatura de vacilante delimitación; si a ello sumamos la indeterminación afectando la función poética del lenguaje, todo parece indicar que la tarea de una interpretación unidireccional puede plegarse levemente a conclusiones en general aproximadas.

Aún pertrechados de un arsenal teórico plural, la lectura de los cuentos demuestra la pertinencia e indigencia de enfoques parciales excluyentes. Al auxilio del estudioso, siempre llegan desde el valle conceptual algunos perros San Bernardo generosos y bien provistos. El discurso psicoanalítico insinuando sus derivas sexuales, deslumbramientos semióticos irrefutables post Julia Kristeva y la desmesura de la analogía fotogénica que en FH -está probado en su bibliografía- suele explayarse al infinito. Con ese arsenal auxiliar pueden tentarse afirmaciones verosímiles por convincentes; ello, para la mayoría de los casos clínicos retenidos: fobias de protagonistas, alucinante presentación de objetos significantes, pasiva complicidad de otros personajes de apariencias normales en dependencia y complicidad. Todo lo que lleva a suponer que -al interior de los temas presentados- coexisten factores inexplicables por el absurdo aceptado y de categorización dificultosa, con una trama atrapante de filamentos cotidianos deslizándose en túneles y puertas falsas. El cruce de las leyes físicas del lector operando en nuestro universo gravitacional y las leyes poéticas (suerte de Física cuántica de “lo otro”) del texto es lo que parece predominar en los cuentos de FH.

La indefinición anotada entre fantasía alterada, ilusión cómica y realidad arbitraria, orienta a un nivel de intercambio sólo identificable desde la imaginación que se acomoda como objeto de estudio y pragmática de análisis. Ello posibilita que la obra de FH nunca termina de zafar del todo de lo que puede designarse posibilidades humanas, siendo que los desarreglos ocurren al interior del laboratorio antropológico. Jean Cocteau decía que el tacto en la audacia, reside en saber hasta qué punto se puede ir más allá; ya priorizar lo otro supone postular lo determinante de las líneas de demarcación. De esta manera se hipnotiza, se anestesia el rechazo en bloque de un horror desagradable, posibilitando una relación honda y clandestina con el lector, cuando el placer de la lectura se explica por la experimentación simultánea de otros placeres.

El valor de FH no proviene del despertar admiraciones incondicionales masivas y repentinas, sino de su gran capacidad de descubrir descubriéndose. Muestra con complicidad sin énfasis el teatro de sombras de nosotros mismos, los dramas periféricos que nunca vemos pues ocurren mientras miramos la escena sin riesgo que nos reconforta. Lo extraño nunca es presentido como algo ajeno radical, siendo una dinámica que nos acerca hacia lo posible y todo puede depender de detalles, intensidad de la luz, hallarnos en el momento justo en el lugar prodigioso y lo fantástico en la sinergia de las circunstancias. Sus cuentos tienen la virtud de poder resumirse en un enunciado breve que periódicamente parecen cadáveres exquisitos, secuela musicalizada del azar y la necesidad. Esa síntesis desarticulada argumental del asunto del relato puede confundirse con una propuesta surrealista, incompleta o equívoca, una fotografía fuera de foco, alguna falla en la percepción del observador o error de acto fallido al momento de juzgar.

Formulaciones elementales de pura ficción, más llaman la atención y el interés por lo extravagante raro que por lo inquietante perturbador, resultando una trampa cebada por la inocencia. Hipnotizados que permanecemos viendo a sus personajes avanzar hacia el desastre con naturalidad que inspira compasión. Cuando nos proponemos conocer cómo puede desarrollarse la tragicomedia de señora de su casa viuda de un balcón, cruzamos con elementos singulares; tanto de la escena que nos aguarda como de la exploración de nuestra curiosidad, aceptamos que esa ecuación tiene más de una incógnita y como en matemáticas puede tener raíces reales e imaginarias. El ingenioso y seductor resumen depara múltiples sorpresas; entre secuencias que reconocemos de nuestro entorno cotidiano y otras situaciones nunca descartables como ajenas a lo humano, pasando del absurdo sorprendente a lo molesto e irritante fastidiando el sentido común. Su hipótesis de trabajo más frecuentada es en general un desajuste en el ensamblado de las piezas del puzle, desplazamiento irrecuperable del dispositivo normal que puede ser omisión o equívoco minúsculo. FH nunca restaura ni sondea puntos de equilibro entre las regiones escondidas; por el contrario, el narrador se dedica a explorar/aceptar/indagar la fisura imperceptible y fractal. Una sugestiva fuga interconectada de realidad e imaginación, iniciada en el cruce conflictivo espacio temporal de lo objetivo con la situación narrada.

El tema formulado del cuento desborda el referido interés a la (¿necesaria? ¿pertinente?) solución del conflicto hacia su explicación lógica o reacomodo de coordinadas cartesianas. Tampoco en los finales se operan modificaciones o sustitución; su propuesta de finales ambivalentes busca más bien redondear un ciclo de la neurosis del personaje. Desplazarlo en una evolución que lo reintegra al inicio, a manera de eterno retorno o máquinas célibes psíquicas del movimiento perpetuo. Estas revoluciones -asimismo- buscan verificar la entrada <> salida del narrador/personaje de la narración misma. Más que a una revelación final, cuyas pautas debieran estar diseminadas a lo largo del relato, asistimos a la fragmentación del núcleo dramático que desautoriza cualquier legalidad preexistente: lo otro precede la primera línea escrita y el primer minuto de lectura. El cuento es una focalización transitoria, como el mundo observado cuando alumbramos las tinieblas con el círculo versátil de una linterna que necesita pilas nuevas.

Los intereses no se suprimen ni se reconcilian; habíamos llegado en la lectura -después de un concubinato irónico y despiadado- a un instante donde la coexistencia de dos visiones diferentes del mundo se torna aporía. La literatura de FH tiende más a evadirse que a concentrarse y la escritura se sucede en el proceso de difusión; falta absorción y se sublima el rechazo. El narrador logra salir con astucia de la escenificación neurótica ajena sin manifestar piedad durante el desenmascaramiento, mostrarse comprensible sería amainar la energía que los lleva a merodear el retablo del mundo. El personaje conflictuado -una vez cumplida su función dadora de temas- se reniega en busca de nuevos cómplices para sus vivencia; el cuento contando con nosotros se termina y el personaje recurrente promete nuevos episodios.

Los desenlaces en cuanto a resolución de núcleos de tensión, generalmente concluyen en esa separación que apuntábamos, resultante de la peripecia que tiene por protagonista el personaje que ejerce la excepción. Logró el máximo de la exposición, el escritor renuncia a seguirle los pasos, el lector desconfiado permanece rumiando sobre las circunstancias del antes y el después. En sus cuentos todo el dispositivo parece ser la preparación para que algo irrumpa, se muestra en su más intensa luminosidad como una estrella fugaz y luego retorno aconsejado a la negrura cósmica. Sufrimos la ignorancia de una formación de situaciones previas a acciones que presumimos inminentes y que demoran en concretarse o asumen lo imprevisible. Su efecto en la lectura tampoco depende del final ignorado y la puesta en funcionamiento de mecanismos narrativos que suelen prescindir de resoluciones; idéntica conciencia puede atribuirse a los comienzos, pues la acción de connotación fantástica preexiste al gesto de la narración y duración cronometrada de la lectura. Algunos textos como “Nadie encendía las lámparas” apenas tienen desarrollo, semejan una suma orgánica más pasible de descripción fenomenológica que de anécdota. Lo descriptivo también es insuficiente, se percibe acaso la enumeración primera de lo evidente y un catálogo de objetos; como si estuviéramos obligados a aceptar de oficio lo que FH denominó “lo otro” (43) y se encuentra/conoce cuando se ingresa a los protocolos del misterio. El contacto inicial se origina intuyendo la contradicción en una coloración monocorde de lo cotidiano, dicha marginalidad es un incentivo y fuente de inspiración para la escritura de FH. Niños, viejas, ciegos y recitadores son sus preferidos; escapados/expulsados/fugados del mundo de las convenciones y los manuales de urbanidad.

La originalidad de los relatos se nutre del proponer un universo sin cálculo de antemano, premeditación suficiente o plan previsto en las expectativas de lectura. Como si entre su condición de uruguayo y las posibilidades de lo fantástico, se abriera una brecha andrógina desconocida en los manuales. Lo suyo no es un gesto abarcador global que puede con-fundirse con una visión neo filosófica del mundo. FH contempla dándole -como buen músico- el justo valor de los tiempos diferentes según lo anotado sobre el pentagrama. Supeditando las impresiones a la observación interesada de los pliegues menos evidente y ocultos, los más escondidos cuya captación en trama es objeto en movimiento contemplativo parsimonioso. Esa narrativa comporta la búsqueda y peregrinación que lo proyecta a zonas sin colonizar por el relato, donde los actos adquieren el horror de aquello que perdió proporción y la conciencia de rehusar convenciones sociales. Ante la realidad manifestada como duplicaciones incesantes de reacción en cadena FH se muestra indiferente.

El interés comienza cuando durante esa búsqueda -más que una espera latente- logra entrever un movimiento interno del sistema que se manifiesta irracional. Una actitud con escaso poder de aparición repetida en sociedad, invisible para la mayoría de los conciudadanos que ni siquiera saben de qué va la canción.

XI) Leer también la música

Traté de entablar un legato verosímil entre el capítulo anterior y el presente; el piano considerado objeto mecánico complejo, estrategia para frotarse al público directo y código secreto para ingresar en la intimidad de las familias. La música interviene de manera activa y afecta en nuestro caso al tríptico de la ficción. Define al autor en sociedad de la misma manera que un vendedor de muebles, es condición consustancial de los narradores mutantes que atraviesan su obra aunque parezcan ser el mismo y acerca a los personajes -la música que puede abrir puertas las puertas del infra mundo- en proximidad de escucha. Lo mismo puede considerada como temática de privilegio, un asunto de relato insinuando un sub género con resultados interesantes. Las relaciones entre literatura y música son antiguas como el mito de Orfeo y los recitadores de las leyendas populares, desde Aquiles enojado a las puertas de Troya al gaucho Martín Fierro, que se pone a cantar al compás de la vigüela.

Es curiosa la manera cómo me interesaron desde temprano las historias relativas a la música y sobre las que suelo regresar en tanto lector; seguro que hay en ello una transferencia, compensando la disonancia entre amateurismo de escucha diaria e incapacidad probada para la práctica instrumental. En rápida evocación puedo citar Doctor Faustus de Thomas Mann, El malogrado de Bernhard, La vida breve con su título a lo Manuel de Falla y canciones francesas llevadas a Buenos Aires, El perseguidor de Julio Cortázar, Mozart camino de Praga, los poemas que inspiran los tres ciclos de Schubert y la novela Hammerklavier de Yasmina Reza, que alude a la sonata 29 de LvB. Norah Giraldi fue pionera entre los uruguayos al respecto, llamando la atención y dejando un precedente, iniciando una línea crítica de interacción que se prosigue hasta el presente. Es claro que escuchamos en Felisberto un aire de conservatorio Santa Cecilia, con adolescentes erotizadas mediante el solfeo y el metrónomo, profesores como Clemente Colling arrastrados hasta Montevideo en su viaje de invierno; seguro los estudios de Ferruccio Busoni, acompañamiento de películas mudas en los cines de barrio, actuaciones en Cafés a la moda y exploración de partituras contemporáneas. El campo léxico común parece adecuarse en armonía a la manera de leer Felisberto; escucha atenta y repetición hasta memorizas cada nota con sus bemoles, tema central con variaciones, estructura en partes diferenciadas siguiendo la estructura sonata, frecuentar repertorios de la literatura pianística decimonónica, cuadernos de música, un ejemplar de “Desde el alma” de Rosita Melo con los arreglos de Osvaldo Pugliese, ediciones catalogadas según el austríaco Köchel músico y botánico. Cotejo de interpretaciones según diferentes escuelas, conciertos o recitales, la angustia del solista subiendo al escenario y llegando al acorde final, la eterna lucha entre música de las esferas y el trino de Diablo.

(VI) Si una noche de invierno Italo Calvino

La experiencia del asunto/cuestión expuesta e inconclusa se percibe en muchos de los relatos de FH. Asistimos durante la lectura a un planteo de tensión estable entre presencias y ausencias, sombras y luces, verificaciones y dudas, en lo que es un recurso surgido desde las entrañas del cuento, dilatando la sensación de ambigüedades expandiéndose a la reflexión global del cuento. El relato se prosigue en los márgenes del libro -por eso algunos libros suyos son sin tapas- y bambalinas de la lectura pública; asimismo en el aurea perturbada de los personajes y la descomposición de las frutas, el murmullo de la colonia atareada de roedores de casonas decimonónicas e incoherencias comportamentales del servicio doméstico, en el espiritismo invocado de los herederos de sangre y los rayos X de los agonizantes.

En “Nadie encendía las lámparas”, cada texto de los diez se presenta como entidad cerrada autosuficiente, no debería de haber lugar a dudas al respecto y sin embargo… (44) El conjunto incita la sospecha fundada de conexiones en contacto superficial, que producen la recepción menos de una sumatoria unitaria que de un sistema en retroalimentación en sinergia. Es la adición una máquina de escritura con conciencia subconsciente de su funcionamiento recién después que fue montada, siendo dispositivo escrito que sólo sirve para eso que resulta. Una progresión con atajos y atascos, retrocesos, bucles, escaleras, pasadizos secretos, retorno en espiral al punto de partida que detalla procedimientos de redacción, confirmando los exiguos elementos de una estética anunciada. Cada cuento es una excepción que transgrede la regla y participa de la obra en progreso. Hasta es posible rastrear moléculas compartidas dialogando a lo largo del libro, con una transposición permisible sin atentar contra la referida autarquía. Lo apasionante y problemático, retoña cuando entendemos que los cuentos se desplazan en dos niveles como la materia. El primero de la apariencia y el otro de hormiguero próximo a la física cuántica del detalle, eso invisible habitando lo presumible.

Algunos ejemplos en relación a plantas, ambigüedad, niveles icónicos, músicas y casas y recuerdos puedes ser ilustrativo. La fecundidad del contacto con el mundo secreto de la vegetación a la manera de jardines cerrados, invernaderos de plantas carnívoras, canteros que se riegan cada atardecer y arboretos en dédalo con ejemplares de todos los continentes. La palabra enredadera, buscando en cada pulgada los puntos de apoyo para subir por los muros hasta alcanzar las terrazas superiores, acelerando la clorofila. La luz dentro del túnel que es nacimiento por asociación, manipulación mecánica de fotógrafos ambulantes, metáfora recurrida cuando se deja atrás la depresión con barbitúricos y trayecto atravesando el Bardo tibetano después de la muerte. La fascinación de ingresar en las casa ajenas y recorrer los espacios prohibidos, vericuetos y puertas falsas; descubriendo el hábitat mental de moradores y los inconfesables secretos de familia. La mente considerada como un pueblo perdido en la geografía íntima, donde transitan los recuerdos fundadores de la niñez con otros forasteros y reclutados en las vueltas de la vida.

“-Casualmente a mí me gusta la soledad entre plantas – le contesté.” (45)

“Después de las primeras palabras, yo me escuchaba con serenidad y daba a los demás la impresión de buscar algo que ya estaba a punto de encontrar.” (46)

“Ahora me cuesta hablar de eso. Esta luz fuerte me daña la idea del túnel. Es como la luz que entra en las cámaras de los fotógrafos cuando las imágenes no están fijadas.” (47)

“Sin embargo a mí me atraían los dramas en casa ajenas y una de las esperanzas que me había provocado el concierto era la de hacer nuevas relaciones que me permitieran entrar en casas desconocidas.” (48)

“Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.” (49)

La permisibilidad crítica sin que nunca agote los posibles, proviene de ese atrapante efecto global, donde ningún diagnóstico puede considerarse definitivo y se aconseja -con insistencia- pedir un tercer punto de vista.  Para toda línea de investigación que se emprendq, la obra de Felisberto dispensa argumentos pródigos y reticentes; hasta pueden convocarse con beneficio y felicidad a especialistas internacionales tales como Barthes, Lacan o Cortázar. El cuento los incorpora dócil, plegándose a sus protocolos metódicos a la espera de la novedad; ello hasta que en cierto momento el asunto se fuga del ensayo de fijar tesis desde fuera, un perímetro de seguridad, y debemos montar otros cebos eficaces recomenzando una cacería en movimiento perpetuo.

Felisberto es huidizo porque desliza a capricho el cursor temporal, ubicando sus historias entre lo que ya fue y lo inminente, pero sin que sea con certeza el presente; cuando el tiempo se extiende a lo espacial, estamos en los códigos de límites y fronteras. Para nosotros los literatos eso parece complicado, más para quienes somos docentes y debemos preparar los cursos destinados a comunicar buscando objetivos pedagógicos. Los músicos hacen de los tanteos otro territorio fecundo, ellos escuchan las versiones más tradicionales con instrumentos de época, son sensibles a osadías pues nadie olvidó que pasó Igor Stravinski por las orquestaciones y hasta se desafían ensayado improvisaciones. Los cuentos citados tienen algo de nutrias salvajes, tras su reconocida sencillez y numerosas aproximaciones que conectan las partes del sistema, en un intento de “lectura crítica final” que hasta el presente es insuficiente, lo “otro” se resiste a ser encasillado si no es a partir de categorías felisberteanas, tal como sospechaba Italo Calvino: “Non somiglia a nessuno: a nessuno degli europei e a nessuno dei latinoamericani, é un “irregolare” che sfugge a ogni classificazione e inquadramento ma si presenta ad apertura di pagina come inconfondibile.” (50)

XI) Los nietos de Maldoror

Si existe este ensayo pronto a salir del astillero, es porque la obra de Felisberto viene inscripta en los ficheros desde mi lejana educación literaria; activa la memoria reflexiva y el gusto de pasar las impresiones primeras de estudiante por escrito. Pedagógicamente, en la ruta opté por una filiación intermedia, quise distanciarlo un tanto de la literatura uruguaya cercada y sin hacerlo derivar a otras axiologías que, de tan generales, pueden obstaculizar un diagnóstico acertado. Recupero para movilizar la biblioteca, las nociones arraigadas de “raros” y “literatura menor”; las cuales suscribo bajo ciertas condiciones. Hay que conocerlas, hacerlas circular en las aulas, si bien con el paso de los años las percibo más próximas a razonamientos de anomalía arbitraria y geopolíticas estrictas, que a una práctica individualizada de la escritura. La escala adecuada a mi entender -es en la cual me siento cómodo por recorrido de vida y empatía- sería el domino del fantástico rioplatense; que tiene la virtud de coincidir con ejes vitales íntimos y permitir un diálogo bien cercano con obras, autores y estrategias de lectura. Considera un conjunto de elementos comunes sin borrar, claro está, las diferencias de la tierra purpúrea y que acentúo citando a Isidore Ducasse. Tengo en cuenta la influencia cosmopolita de Buenos Aires, la recepción del fantástico tradicional y su dialéctica con Montevideo que también puede llamarse Nueva Troya. Insistí en Maldoror por ese afán de Felisberto -a la vez- de perseverar en los ámbitos montevideanos y zafar -es probable que malgré lui o acaso- del campo gravitacional compatriota: la música de Stravinski, profesores europeos, Paris vía Jules Supervielle y novia del KGB… difícil hacer mejor.

El ensayo que finaliza -y aunque no quise el regreso siempre se vuelve al primer amor- tiene por objetivo tirar algunos cables de análisis a los docentes de literatura en el batallar cotidiano, para que la narrativa de Felisberto continúa circulando en sus primeros destinatarios y a pesar del paso del tiempo invisible, que casi todo lo altera. Desde la aventura frustrada en Archives capitaneado por José Pedro Díaz, ha pasado mucho pensamiento crítico y alteraciones de paradigma bajo el puente del arroyo Miguelete en el Prado; siento que el recorrido finaliza y me alegra que alguien este comenzando el proceso de refutación -la literatura tiene algo de Shiva Nataraja- pero lo que viene tampoco debe obviar la exégesis previa. Felisberto es como los viajes en ómnibus por Montevideo en los largos trayectos. La llegada a destinación nunca es directa, siempre hay que comprar un boleto en combinación; es lo que nos ocurría para ir con mi madre desde la Curva de Maroñas, allí vivíamos, hasta el barrio Atahualpa -en la frontera de avenida Millán- donde vivía el tío César Emilio, que fue electricista, parrillero y locutor, entre otros oficios.