(IV b) Roger Caillois

La literatura fantástica es también espejo de quien la contempla y vamos reparando que los personajes de esa novela crítica teórica, resultan tan heterogéneos como los tripulantes de una expedición espacial. Con Roger Caillois pasamos a otra categoría de explorador, el que busca habiendo recorrido con anterioridad otros terrenos de la reflexión intelectual; itinerario clásico del hombre de letras francés superando los obstáculos de Institutos y Concursos cuando eso tenía valor. Intereses antropológicos de alguien de la metrópoli de la potencia colonial declinante; sensible mediante la seducción de Victoria Ocampo, a conocer el río de la Plata en la versión Buenos Aires. Confrontado al desarreglo de la segunda guerra mundial que partió la Francia en dos y no sólo su territorio, editor de Gallimard (de los nombres de dirección postal que fueron cambiando, quizá el más clásico sea 5 rue Sébastien-Bottin), donde crea la colección “La Croix du Sud”. Traductor de Borges (inventa o contribuye a su incidencia fulgurante en el circuito internacional) y enterrado en Montparnasse, el mismo cementerio de Alexandre Alekine y Julio Cortázar. Esa inteligencia, pues, se interesa por el dominio fantástico

Roger Caillois (29) reconoce tres niveles posibles de textualidad donde lo insólito tiene cabida: el cuento de hadas, el cuento fantástico y la ciencia ficción. Nos detendremos en el segundo; su primera aproximación resulta por confrontación, en tanto el cuento de hadas está regido por lo maravilloso:

“En cambio, lo fantástico pone de manifiesto un escándalo, una ruptura, una irrupción insólita, casi insoportable en el mundo real.” (30)

Un mejor conocimiento de lo real en su extensión, comprendiendo la dimensión física, laberintos intraducibles de la condición humana en su pluralidad y las resultantes de la acción violenta en la historia y artesanal en la estética, permite reducir al mínimo la confusión. Descartar racionalmente e identificar sin error posible cuando algo puede presumir de proclamarse fantástico. Notemos que en complicidad con Vax, Caillois es contumaz y reincidente abogado defensor del “mundo real”; que se configura en canon comparativo, cursor de titanio indeformable para distinguir niveles de anarquía, desvío, transgresión, anomalía y bifurcación que ocasiona el evento fantástico cuando adviene al círculo textual.

Ese pequeño escándalo molecular inicia el proceso. Lo prodigioso, sin importar al comienzo su origen, se torna agresión y amenaza activando el cuestionamiento de las certezas tenidas por inamovibles. Mientras que en el cuento de hadas el final es feliz, en el cuento fantástico clausurar el relato supone una caída moral o la muerte del protagonista. Caillois ordena los tres niveles con criterio histórico, la concepción científica y racional del universo es lo que determina el pasaje de uno a otro.

Existiría una primera visión -ingenua- donde lo maravilloso puede ser cotidiano; luego, al irrumpir el ordenamiento legal del universo, lo maravilloso es desterrado y permanece aislado el reconocimiento de situaciones que -por sus características- informan que algo inopinado birló la eterna relación causa/efecto. La rareza de lo fantástico proviene también de otro obstáculo y cuando la recepción es impermeable a estos protocolos previos de interpretación. Caillois propone una lectura posterior a una elaboración con apoyo de la Biblioteca; el docente que busca ayuda, está en condiciones de asimilar el razonamiento, aceptarlo o pasar de largo por exceso de intelectualismo. Debemos recordar acaso que el lector, el civil que viaja en tranvía o el estudiante mateando, propenso a los atajos y estados segundos de la conciencia, no siempre puede tener ese instrumental denso para decantar y desea ingresar sin mediaciones al poder de la lectura; al contrario, quiere desafiar las advertencias y lo advertí seguido en seguidores fervientes de Lovecraf y Philip K. Dick, que funcionan con mecanismos danzando a ritmo sectario. Por ello contradictorio, la literatura fantástica contiene algo vertiginoso, mientras el misterio desbordante de excesos ronda el pantano nauseabundo de las supersticiones.

La exacerbación de la tecnología y el temor/desconfianza ante lo creado, sumado a otras potencialidades imprevistas, completaría el circuito con la ciencia ficción. De la irrupción del género en la historia de la literatura el autor deriva una suerte de ley de origen o causalidad. Así, lo fantástico se produce cuando el milagro es desterrado del mundo; suprimir el milagro clásico tipo Lourdes como explicación, fue corolario de una secularización galopante de la ética, una desacralización del dios cristiano y todo su relato. Ello forma un vacío de respuestas para las preguntas pendientes, la vida después de la muerte, la inteligencias en las estrella, lo incontrolable en la vida cotidiana. Esa articulación sagrado/imaginación/pulsión emotiva siguió existiendo; a medida que se cerraban las puertas de San Pedro, entraban por las ventanas para instalarse en el living de nuestra casa Dark Vador, Chewbacca, Spider Man, Frodon Sacquet, Saroumane y el entrañable Godsila. Estamos en otro juego que es el mismo juego y con las reglas reescritas.

La literatura fantástica para su desarrollo completo, requiere una estructura sólida al menos en la apariencia que proporciona un extenso catálogo de respuestas. Esta sapiencia totalitaria -fracturada por su cuestionamiento falto de solución- adquiere la estatura de lo terrible, es más:

“Lo fantástico supone la solidez del mundo real, pero para asolarlo mejor.”  (31)

Cuando se completa el proceso, hasta las mayores certezas pierden estabilidad y lo fantástico naturalmente se confronta a la realidad; para quien experimente la situación y los otros que lo rodean, parecería que nada cambió. Ignorar el lento proceso que referimos y la toma de conciencia, se produce cuando el espanto contaminó el mundo circundante, hasta grados desde los que resulta imposible la regresión o defensa. Como Todorov, Caillois cree en la necesidad del efecto de vacilación en cuanto a las causas de los hechos narrados. Lo considera apenas un recurso, Todorov el factor determinante para establecer los límites – ¿es obligado fijar límites? – entre fantástico y maravilloso, como luego veremos. La cuestión de los límites retóricos sería sencilla si la sociedad moderna la hubiera resuelto en el perímetro de la realidad; ahí, sin embargo están los muros, líneas de demarcación, la palabra que puede ser racista, los check point de las regiones en litigio, nuevo territorio de la sexualidad andrógino y confinamientos aguardando la vacuna Sputnik V, el cierre de fronteras terrestres por razones sanitarias.

Puede que la nueva literatura fantástica o al menos sus criterios de estudio, no trate de fijar algún límite pragmático sino aceptar la ambigüedad como ventaja, el tránsito necesario y la reivindicación de un tercer reino para la escritura en 3D.

Los efectos del cuento fantástico tienen injerencia verdadera sólo cuando la realidad descree de lo imposible, emparada en la certidumbre que surge de la tranquilidad que trasmiten las leyes que gobiernan la naturaleza, al menos las que creemos conocer. Curiosamente, las mentes materialistas a ultranza, los ayatola del realismo que persiguen el truco falsario, descreen de lo sagrado de los pigmeos, desconfían de la imaginación de las culturas y se parapetan en la incertidumbre de la ciencia que tanto se equivoca, son mentes necesarias para que “lo otro” fluya entre los obstáculos. Se repetirá el eterno combate entre el rigor de las pruebas y la comedia de creer en ciertos intermezzos de la mente, eso innombrable cuando se apagan las luces eléctricas del comedor racionalista,

Al igual que Vax, Caillois indica la obligatoriedad de que incluyendo la fisura insólita, el resto del mundo mantenga la coherencia, apuntalada por verificaciones realistas; y cuando el mundo está en guerra, los universos fantásticos son terreno neutral en apariencia, donde se puede hallar alguna traza de la humanidad pudriéndose en las trincheras.

“Así, todas las manifestaciones de lo fantástico derivan del miso principio. Resultan tanto más terribles porque su decorado es familiar, porque sus caminos son más solapados o sorpresivos y porque se presentan con ese ignorado factor fatal e irremediable que emana de los desarrollos rigurosos.Los relatos cuyo tema es la irrupción de lo insólito en lo común están lejos de basarse uniformemente en un principio tan claramente definido. A menudo, el autor llega al campo del escándalo y, mediante algún artificio, reabsorbe lo fantástico en el momento en que finaliza el relato.”  (32)