(I) Fronteras invisibles

Las circunstancias del pasaje evocado fueron esenciales al determinar la intensidad de la lectura del descubrimiento. El placer solitario se volvía hecho social en estado de alerta y había conciencia sobre la tribu a la que se quería pertenecer; y eso que el pasado -en aquellos meses- estaba tan lejos como 2001 una Odisea del Espacio. Por fortuna, esa narrativa tan contigua a mi circunstancia requería para su comentario bases teóricas. Había que organizar una definición consensual y propia de la literatura en sus promesas sociales posteriores (puestos de trabajo, horas en diversos liceos, compromiso con los tiempos de transporte, la entropía de la sala de profesores, implicancia con la cogitado en simultaneidad), lo personal (vivir entre libros, conocer editoriales, enamorarse de muchachas del IPA) y calibrar la relación con ese corpus infinito de ficción que tenía varias constelaciones donde perderse hasta perder el raciocinio. Eso se vería sobre la marcha; para el examen lo urgente era aceptar lo preexistente de lo fantástico. En ello el programa del examen era estupendo, en la medida que confrontaba / conciliaba o hacía entrar en relación dos condicionantes que siempre me acompañaron. Más allá de las anécdotas usuales, era raro de que yo estuviera en el liceo cuando el “autor” estudiado falleció, el desafío inesperado estaba en esa vibración cercana de la literatura fantástica. La necesidad de conocer lo hecho por los otros en el terreno de la reflexión teórica, con nociones luminosas y discutibles -claro- pero necesarias para distinguir el trigo de la paja, intuir cuál es el momento de decir “non ragioniam di lor, ma guarda e pasa”.

Lo segundo, era el trabajo casi introspectivo de aceptar lo fantástico en lo que me rodeaba, sin que me percatara en perspectiva porque formaba parte de la vida barrial. El diálogo con los muertos, las brujerías de rituales nocturnos, viejitas oliendo a incienso que curan daños por envidia, gritos desgarradores de locos irrecuperables en altillos de la manzana, rumores maléficos sobre algunos vecinos, la casa encantada que no halla inquilino, gatos sacrificados a divinidades tenebrosas y estatuas policromadas de San Jorge matando al Dragón. Era una doble expedición a la búsqueda simultánea del orden teórico dilucidando a tientas un desorden cotidiano; hasta entender que sólo la literatura puede hacer inteligible ese vértigo sinfín de la condición humana. Las fronteras se diluyen mientras los pasajes permanecen entreabiertos, después están los círculos y ceremonias que nos llaman, lugares prohibidos ante los cuales forzamos los cerrojos porque no podemos hacerlo de otra manera. Es así como entramos furtivamente en los cuentos, en las primeras ediciones, en las novelas sobre los tiempos de Clemente Colling.

(II) La estirpe del caballo

Lo fantástico en sí es insuficiente, abundan en nuestro entorno relatos sobre los que pasamos indiferentes sin que tanto ingenio deje traza en la memoria, ya sea por implicancia, sorpresa, recuerdo o la propuesta de una belleza incómoda. La ecuación es sencilla, después de medio siglo recuerdo lo inquietante: “Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita” y sería incapaz de repetir uno de los infinitos planes de Killer Kane para apropiarse del sistema solar y adyacencias. Estoy convencido que el efecto proviene de hallar la articulación adecuada entre lo imaginario posible y el condicionante real, lo que crea un tercer diaporama. Felisberto funciona en la maquina literatura, porque halló su propio tríptico para el célebre encuentro fortuito: música, memoria e imaginación. En “El caballo perdido” lo seductor es la bifurcación coincidencia entre lo narrado evocando -mecanismo de la memoria- y la teorización narrativa de esos mecanismos de la memoria. Todo un concepto innovador en su candor aparente que permite -en la búsqueda- ir abriendo puertas prohibidas sin ser descubierto; el lado obsceno del recuerdo infantil, el relato del sueño despejado de interpretaciones, desplazar una posible terapia mediante la escritura, cierto regodeo untuoso en el placer de perversiones transferidas, un espía pornográfico con la misión de acceder a la falla insondable de los raros que se confían.

Felisberto presiente que el cuento circular es el que logra sintetizar las dos primeros cuentos aparentes (lo factual y la manera de recordarlo); en la novela considerada se narra asimismo el descubrimiento, cultivo y descarga catártica de dicho procedimiento. La memoria es reconstrucción de la infancia y conciencia del despojamiento, identificación de escorias adheridas después de treinta años de reposo en tierras del olvido. El tiempo de rememoración del adulto es alienación, un traslado virtual e irreal a la infancia; es ver en el cine mudo a Jackie Coogan con gorra y ser Jackie Coogan tirando la piedra contra las ventanas, y ser el tío Fétide de la familia Addams cuando tiene nuestra edad. Haber sido niño tiene algo larvario de tráfico fantástico, y para el adulto quizá la muerte física sea lo único que se le puede equiparar como experiencia de lo inenarrable. Recordar la niñez es fantástico introspectivo pues suponía escribir de un planeta que está muerto; es descifrar al comienzo del pentagrama claves que nos formaron, relatos velados de las pesadillas, imágenes amenazantes recurrentes, primeros sacudones de la emoción estética y la sensualidad. Recuperar el primer encuentro con la música, asumiendo esa situación de intérprete que es casi una declaración de principios; la partitura es la misma pero el intérprete diferente, hallar la buena música es un dictámen y sobre el teclado, como para resolver un buen cuento, todo depende de lo que hagamos con las manos, si es que los dedos se resuelven a ser obedientes.

Marzo

(III) La melodía judía

El mes pasado, avancé las razones que aclaran mi temprana incorporación orbital a la obra de Felisberto Hernández en tanto lector empecinado. Una serie de coincidencias que centré en especial, indicando su presencia original en el examen de ingreso al instituto de profesores Artigas; y en anexo los papeles en copia carbónico de una frustrada edición de la obra narrativa del uruguayo en la colección Archives. En marzo, quiero sumar otros aspectos que creo de interés y comenzaría por el aura ambiental. Sin conocerlo personalmente, digo que convivimos en la misma ciudad hasta mis casi trece años; yo conocía la zapatería Grimoldi, la cervecería El Sibarita, la tienda London-París y el cine Trocadero y él caminaba esas mismas veredas. Esa coincidencia es una ventaja de lectura, un cuadro sociológico de respiración que los nuevos aspirantes a docentes deben apropiarse el espejo retrovisor. De la misma manera que debemos leer el libro de Gustav Janouch sobre Kafka porque él estaba ahí en Praga y tenía menos de veinte años.

Eran épocas cuando el Uruguay presentaba una apariencia estable durante décadas -una familia podía vivir ochenta años en la misma casa-, siendo hacía 1960 que comienzan los movimientos tectónicos de importancia. Si ahora fuera profesor de más jóvenes, debería evitar ese error involuntario consistente en hablar de nuestra Montevideo como algo compartido; nosotros y la ciudad somos bien diferentes, otros son los partes militares del Forte di Makalle, muy pocos recuerdan al actor Julio César Armi y el pianista Jaurés Lamarque Pons falleció hace cuarenta años. La ciudad narrada por FH en sesenta años cambió lo suficiente como para obligar a una estrategia de información reciclada, que podría entenderse (mediante la pregunta sobra ausencias imitando la batalla naval: Bazar del Japón… hundido) con el listado de salas de cine, grandes tiendas sobre la Avenida 18 de Julio, los cafés del ubi sunt o ese realismo mágico de dejar la puerta de calle cerrada apenas con el pestillo. En pocos años un espíritu provincial, un movimiento intelectual crítico distante de la guerra y el contrato social en crisis se fueron alterando. En apenas tres años vimos el triunfo del partido Nacional en las elecciones, las inundaciones del país en la zona del litoral, la revolución cubana de los barbudos, el naufragio simbólico del vapor de la Carrera en el río de la Plata y el asesinato en Dallas de JF Kennedy; en cronologías más modestas, los Beatles cierran su configuración mítica, ingreso en el liceo piloto N° 14, de 8 de Octubre y Propios y en enero de 1964 fallece FH. Con esta información aleatoria, mi astrólogo personal Horacio Campodónico haría un relato estupendo de las constelaciones literarias, un memoriam siempre activa de nuestro admirado Conde de Saint- Germain.

La lectura juvenil de Felisberto podía explicarse mediante esa vecindad y luego se trataba de entender; lo que me interesaba eran dos aspectos que son la memoria y el fantástico, la sospecha que la narrativa es el mejor atajo para conocer la vida secreta de una sociedad. En el presente tramo final de la existencia, la memoria es una preocupación literaria e íntima, pero en los primeros años aquellos -veinticinco abriles que no volverán- era claro que predominaba lo fantástico -la memoria era la historia patria y fotos Kodak de la infancia-. En Felisberto, tenía otros acordes que la asperidad aventurera del proyecto Quiroga, confrontando los desterrados belgas y la naturaleza letal de las Misiones. Lo fantástico era una tradición cultivada en el margen del reino literario y uno no puede incidir en una tradición que le interesa (y que luego pasaría por la escritura de ficción) si excluye el esfuerzo de conocer protocolos, fallas, correntadas traicioneras e imprevistos al acecho.

Esa información trabajosa hasta visualizar el mapa tuvo tres fuentes y un apéndice, las fuentes fueron: a) la escuela de la teoría literaria francesa, donde la reflexión sobre la escritura elabora un corpus autosuficiente, por momentos (en especial en el último siglo) más entusiasta y estimulante para el intelecto que la narrativa contaminada por el virus mimético. b) la vertiente norteamericana partiendo de protagonistas excéntricos, con expediciones a la clínica psiquiátrica y cementerios entre ciénagas; con un arco entre gótico y ciencia de E.A. Poe y en mi caso, cierta desconfianza por el bestiario cósmico aberrante de H.P. Lovecraft. c) la literatura argentina, donde, además de las nombre bien sabidos, hallé un mundo editorial inagotable y un Aleph de relatos en la “Antología de la literatura fantástica” del trio Ocampo, Bioy Casares y Borges publicada en 1940.

El apéndice señalado -dando título al capítulo- es la tarea reflexiva de los mismos autores, demorados en el juzgado del canon, por querer dar cuenta mediante imágenes de su experiencia de escritura con los mundos paralelos. Mina inagotable en reportajes de Borges, los ejercicios críticos de Cortázar circulares como calesita de parque de diversiones y el “Decálogo del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga, que quizá fue un intento de organizar el oficio para permanecer del lado de la razón. Felisberto al respecto estuvo atento, entendió el desafío haciendo algunos aportes decisivos. Le yuxtapuso misterio amenazante al lugar común enunciado en “lo otro” y en la “explicación falsa de mis cuentos” derivó hacia la botánica de plantas de palabras. Escuchando el llamado de sus horas de pianista hablo de “una melodía judía”, lo que lo convierte en el candidato 37 en “La sinagoga de los iconoclastas” de Rodolfo Wilcok.

Abril 2020

Carlos D’Alessio / «India song»

Joel Grey / “¡Bienvenidos!” del filme Cabaret.

Sidney Bechet / “Si tu vois ma mère”.

Martha Argerich / “Sonata K. 141” de Domenico Scarlatti.

Troilo y Grela / “La cachila” de Eduardo Arolas.

Nat King Cole / “Stardust” de H. Carmichael.

Marisa Monte y Paulinho da Viola / “Carinhoso” de Pixinguinha.

Mina / “E se domani”.

(IV) la retórica de lo indemostrable

Si este manual estudiantil existe es consecuencia de la originalidad del autor estudiado; que logró reacomodar desde temprano en mi vida la biblioteca, en la medida que modifica el hábito de la lectura y con ello la manera de asimilar la historia, la condición humana y eso que tan bien se dice en el tango “Uno”. Ahora bien, si ser profesor de literatura forma parte del plan de la educación sentimental, se asiste a una duplicación de la lectura; el acceso obligado a la reflexión crítica inspiradora para el diálogo necesaria para acceder a la síntesis personal. Esa conciencia crítica tuvo en mi caso varios momentos; en los años de liceo y gracias a los buenos profesores recuerdo la utopía del helenista; que se concretaba en la lectura de filólogos alemanes del siglo XIX (claro que traducidos) reconstruyendo el mundo homérico de los orígenes, buscando una Troya debajo de la Troya escondida sobre otra Troya precedente. Sucedió después el acercamiento premeditado en el cual estamos, tras los enigmas del fantástico en el ingreso al instituto de profesores; luego, recuerdo el sobresalto ante el programa (bibliografía imponente, redacción perspicaz de las cuestiones, desafío para el estudiante, excitación generalizada entre los candidatos) de la materia “Estética”, que dictaba Carlos Real de Azua en el segundo año de nuestra formación. Ahí se profundizaba en las Letras para que supiéramos en qué lío nos habíamos metido y se abrían nuevos horizontes hacia otros desarreglos que provoca enfrentar la belleza. Entender que la mayor parte de las veces nos rehúye, a veces se la puede sentar en las rodillas y otras puede alienarnos. Había claro en esa empresa la tentación del ensimismamiento, el placer desplazado de permanecer en el gusto de la teorización. Pudo ser mi caso, el antídoto fue comenzar a escribir ficción y en ese momento entendí el juego secreto. La necesidad de la crítica para tender el dispositivo de la literatura fantástica, y que es lo que haremos en la próxima entrega de nuestro Astillero; también tener presente que son relatos como los de FH los que apuran a la crítica al reconocimiento de sus límites, la sospecha de explorar otros territorios necesitados de la buena combinación para abrir el cerrojo. El mandato de transfigurarse de continuo o estancarse en el intento, pues al fin de cada ecuación resuelta persiste otra incógnita indemostrable.

Mi primer Felisberto

(solfeo fantástico para debutantes)

“… porque yo me eduqué en la escuela del miedo previendo lo fantástico, y para prever siempre lo fantástico, siempre lo estuve creando…”

Felisberto Hernández (1)

“Releyendo a Felisberto, yo llegué al punto máximo de ese rechazo de la etiqueta “fantástico”; es que él no tiene su igual para disolverlo en un enriquecimiento increíble de la realidad total que no solamente contiene lo verificable, sino que la eleva sobre los hombres del misterio como el elefante iza el mundo en la cosmogonía hindú.”

Julio Cortázar (2)

Mayo 2020

Fred Astaire y Ginger Rogers / “Night and Day” de Cole Porter.

Gal Costa / “Vaca profana” de Caetano Veloso.

Chick Corea y Gary Burton / “La fiesta” de Chick Corea.

David Bowie / “Alabama Song” de K. Weill y B. Brecht.

Mónica Mancini / “Sensa fine” de Gino Paoli.

Horacio Salgán / “Gallo ciego de Agustín Bardi.

Rita Hayworth / “Putt the blame on mame” de Fisher y Roberts.

Adriana Varela / “Milongón del Guruyú” de Roberto Darvin.

(I) Fronteras Invisibles

Si este libro fuera novela estaría comenzando con la frase equivocada, de ser una ficción necesitaría que se conocieran pequeños capítulos preparatorios previos; podría redactarlos esta misma semana y estamos a tiempo, pudiendo ser tantos que ello sería Misión Imposible. Apenas puedo, siguiendo en el intento evocar escenas fundadoras a manera de denominador común y siendo ambiguas en su pretensión de acomodarse al desafío. Estando tan lejos yo en tiempo de la situación requerida -la escena inicial descubierta cuando se levanta el telón- admito que podría ser inventada; probando el vestuario de personaje modélico facilitando el trámite -sabiendo que fue mi caso- saltan esquirlas de una memoria que se resiste a la disolución. En tal circunstancia quisiera ser un derivado de Hal 9000, antes de que el astronauta ingrese al corazón de mi sistema con un destornillador amenazante.

Lo que viene de escritura hasta el final se justifica si, antes de continuar con la lectura, hay del otro lado un estudiante franqueando el desierto entre las horas de liceo y el ingreso a los anfiteatros universitarios; que asimismo es lector curioso, aunque luego le corresponda disecar cadáveres con olor a formol o penetrar el sistema del Mosad desde una terminal insuficiente de computadoras en la ciudad de Durazno. Alguien que resista o al menos relativice, el poder de la ficción audiovisual y por azar (recomendación olvidada o esa curiosidad que acelera al fuerza del destino) se encontró con un libro usado de Felisberto Hernández. Ese lector más mutante que in fabula puede ser hombre, mujer o centinela del tercer reino; quienes sostienen que Guns N’ Roses es Shangrilá de entrega tal vez tengan razón, pero quedan excluidos del rif donde Felisberto es más genial que Slash. Dicho iniciado debe presentir el vicio de la lectura que le llevará la vida, con idéntica intensidad temblorosa de quienes buscan la última línea de cocaína o el sexo en la cortada de la transgresión.

El primer paso está dado, el pasaje al acto de cerrar el libro de F.H. quedó atrás. Conocemos a grandes rasgos la ciudad Felisberto del centro hasta los extrarradios. Fue una experiencia distinta, acaso quisiéramos regresar el próximo verano y extraviarnos con voluptuosidad. Es necesario para ello consultar una guía donde se visualicen grandes bulevares de canteros centrales, las plazas sofocadas con fuente y zonas peatonales marcadas de amarillo. Eso yo lo buscaba cada vez que descubría un nuevo autor en el siglo pasado; un manual del Fondo de Cultura Económico de México y fascículos de Capítulo Universal, botiquines de primeros auxilios que fueran a la vez pista de aterrizaje y rampa de lanzamiento. Ayuda necesaria para entender cómo ocurrió que transitamos esa frontera sin pasaporte al día y luego salimos por un túnel anexo sin luces, con la única obsesión de regresar para perdernos en barrios que nos faltan conocer.

Pienso en un lector uruguayo sin que sea condición excluyente, debería ser joven como yo lo fui para creer en algo todavía y buscarle sentido al mismo cuento contado por un idiota. Decir -años después de la gira mágica y misteriosa- que valió la pena y José Pedro Díaz estaba en lo cierto preparando el terreno de la recepción entre nosotros. Hace falta un ejercicio honesto de ascesis consistente en recuperar la credulidad de los niños de la época de Felisberto; cuando se estudiaba piano o acordeón en conservatorios con bustos blancos de Beethoven, despertando de pesadillas nocturnas en una ciudad donde se vendían partituras alemanas en el Palacio de la Música, en la Avenida 18 de Julio esquina Paraguay. Madres y padres iban al Palacio a comprar métodos para músicos debutantes, primeras lecciones permitiendo pasar, del solfeo en cuatro tiempos y semicorcheas, al teclado del Gaveau vertical siguiendo indicaciones de Ferruccio Busoni.

Ahora entremos en materia movediza: entre leyes universales de formulación matemática, escrúpulos culturales dando cuenta de la compleja realidad en nuestra zona de confort y tesis tentadoras supuestas en lo fantástico -en tanto parte del mundo y territorio literario recurrente-, ronda una indistinta dimensión luminosa y agresiva de esa dualidad de conceptos sospechosos que la condicionan. Con prioridad en los relatos breves de su autoría, FH optó por reincidir en ese coto que despista adrede las retóricas rígidas sin alarmar efectos anejos de la imaginación.

La interacción de esos tres estados en conflicto -saber consensual, prejuicios receptivos, posibles atajos dejados por escrito- induce a una lectura doble o multifocal que los tenga en cuenta mediante vigilancia simultánea. Gesto de quien entra a una dulce corrupción, lectura circular o dialéctica, pendular si se quiere, que nunca estática y menos parcial. Si ello es aplicable a los cuentos, algo similar sucede con la consideración de zonas más extendidas y definidas de su creación buscando la novela. Considerando la totalidad rescatada de su obra, los cuentos primeros -y otros que hicieron su renombre- pueden ser identificados retóricamente con cierta facilidad; en su condición sedimentada del proceso creativo lineal despejado y tejiendo, tanto como en la organización de su artilugio poético.

Es notorio que. en las primeras ediciones de frágiles cuadernillos, se manifestaban temprano características de lo que será la obra ulterior. La estrategia mantenida y privilegiada, fue el crecimiento en un frente común más que la sumatoria de etapas disímiles. De aceptar esta premisa en los primeros movimientos redactados, el progreso de su narrativa aparece como itinerario provocador. Con llegadas inopinadas, partidas furtivas, trasbordos en escalas cromáticas, correspondencias a horas impuntuales. Un viaje incluyendo el río subterráneo desde las imprecisiones debutantes a la madurez, de materiales de taxonomía elemental para iniciados a resultados de delimitación compleja y seducción incuestionable.

En el principio, los textos agregados -tanto como el objeto libro- padecían de urgencias o precariedad resultado de la mutación del interesado, artesanía improvisada seguida de una inclinación con bemoles de duda. Luego, asistimos al trabajo intenso y empecinado, -junto a una conciencia testaruda para que fuera posible- al amparo del género novelístico -escenario urticante del conflicto entre escena fundadora, personajes extraños y mecanismos sinuosos de la evocación-, derivando en decepción ineluctable, agotamiento de esa vertiente creativa. Situación paradojal y resultando ser el antecedente más perceptible a la magia de sus mejores cuentos.

Este cambio clave de la estrategia de producción, supone la manifestación de una profunda crisis buscando la puerta de salida. Su testimonio -el contar para entender sin obligación de diagnóstico- forma parte de las narraciones, la introspección supuesta en la memoria se incorpora allí al cuestionamiento de su propia pertinencia. Comprender el sentido e irrupción de los cuentos, transita por formular la fractura que se narra y documenta en “El caballo perdido”: se fuerza en consecuencia la cronología metodológica. Entender la vida social de la obra y el fulano, comienza por interpretar la pesadilla recurrente rumiando en las tierras de la memoria.

Agosto 2020

Jacques Brel y Marcel Azzola / “Vesoul”

Carlos Barbosa Lima / “Odeon” de Ernesto Nazareth.

Robbie Williams / “Putti’on the ritz” de I. Berlin.

Thomas Quasthoff / “Una novia para Papageno” de W. A. Mozart.

La Argentinita / “En el Café de Chinitas” de F. García Lorca.

Grigory Sokolov / “Giga” (partita N° 1) de J. S. Bach.

Carlos Gardel / “Murmullos de J. C. Patrón y F. Aguilar.

Anne Miller / “Too darn hot” de Cole Porter.

The Kinks / “You really got me”.

St. George Quintet / “Eleanor Rigby” de Lennon y McCartney.

Abril

IV a) Louis Vax

IV b) Roger Caillois

IV c) Tzvetan Todorov  

Reacomodando materiales con algunos años de distancia, diría que estos tres sub capítulos atienden aspectos teóricos sobre la literatura fantástica; lo que tiene algo de afinidad de pensamiento y arbitrario fundado al momento de decidir. Debería actualizar las lecturas al respecto, pero con el género preferido del señor Poe, sucede lo mismo que a los doctorandos el iniciar un proyecto de tesis sobre Borges o García Márquez. La bibliografía detallada tiende al infinito; quienes no se desalientan y abandonan viendo pasar pantallas por docenas, si bien comienzan la consulta metódica diaria, al final deben mediar por empatía, facilidad de acceso a la versión papel o acuciados por los tiempos de entrega. Más que indicar lo que debería hacer un estudiante de literatura en 2021, pongo sobre la mesa las cartas marcadas de lo que hice. Me gustaría que el tríptico sea aceptado como lo que es, visión sintética concentrada de lecturas con hipótesis del fantástico y la finalidad de completar un manual sin excesivas pretensiones. Durante mi recorrido docente francés, todos los años -salvo uno, donde fue cuestión de novela policial mexicana y había hispanistas especialistas en la materia- debí preparar temas variados para concursos de ingreso a la docencia en la cuestión latinoamericana. Es lo que se considera un ejercicio impuesto; las obras y autores elegidos por el jurado resultan a veces de evidencias, otras de interés geo políticos culturales. Parecía triste y lógica la ausencia de autores uruguayos entre los elegidos: interrogado sobre la influencia del Vaticano en el frente caliente, Stalin preguntó cuántas divisiones. Por fortuna para la episteme personal, a través de autores vecinos como Borges y Cortázar, tuve la oportunidad de aplicar lecciones archivadas sobre Felisberto y que me acuciaban durante el pase a la ficción.

En otros momentos dentro del sitio web expliqué las circunstancias del encuentro con Felisberto, ahora lo recupero considerando la labor docente. Primero era la lectura de la obra repetidas veces, acomodando la doxa critica a mano en Montevideo a mis impresiones liminares; buscar hasta hallar lo que -a mi criterio- estaba pendiente de destaque y evidencias. De ahí surgía una primera lista temática rastreando su acomodo final, la intuición o el gusto debería articularse con protocolos orientados a trasmitir. Frotar el corpus con la teoría, sonsacar nuevos análisis pertinentes verificando si la obra resiste ese cotejo resistente. Esa prueba de taller fue practicada y por ello está en este manual, la confrontación ocurrió con el tríptico Vax, Caillois y Todorov. Claro que hay otras conjeturas de lista; es oportuno recordar que desde la primera edición orgánica en Arca, allá por los años setenta del siglo pasado, en Uruguay y bajo la dirección de José Pedro Diaz, el interés y la bibliografía sobre Felisberto no cesa de crecer como planta trepadora.

Si iniciara la explicación falsa de mis preferencias teóricas diría que son tríptico necesario y punto de partida; completado con aportes estimulantes de Julio Cortázar como puede verse en este Abril 2021 del Cabaret, en la sección Episodios Universitarios. El origen era habitualmente el manual anterior, guía de la ciudad letrada fantástica donde se trazan grandes avenidas para evitar extraviarse, la información conceptual básica a considerar en el cruce con los textos, la apropiación de un campo léxico y media docena de nociones operativas, que se ordenan en el índice del libro de Vax. Rober Caillois, clásico hombre de letras, curioso por el Río de la Plata, creador en Francia de la colección la Cruz del Sur, lector reactivo, traductor y editor de Borges, me parecía un electrón interesante en el campo magnético de Felisberto. Entre 1913 y 1960 coexistieron en un mundo de sinergia bilingüe Jules Supervielle y Felisberto, Borges y Caillois; activando el tráfico poético entre el Rio de la Plata y París donde Cortázar se instala en 1951, al año siguiente de “Nadie encendía las lámparas”. Finalmente Todorov porque estaba asimismo activo en esos años; formuló una reflexión nutrida e inteligente luego de investigaciones en diversas disciplinas, leía desde otra perspectiva siendo propuesta del otro y el mismo en años prodigiosos para la teoría literaria.

Después de todo, la literatura occidental irrumpe con sucesos de guerra por el amor de una mujer, donde no hay casi Canto sin evocar lo fantástico; por ahí en los colegios todavía está activo el rayo de Zeus que no nos deja mentir. Sin ir tan lejos hasta los griegos, ayer me contaron de un amigo que se hizo vacunar en Casa de Galicia contra la Covid 19. Estaba feliz porque le inyectaron una dosis de BioNTech Pfizer, le dijeron que todo iría bien, sin aviso alguno sobre efectos secundarios indeseados. La misma noche se sintió raro, escuchaba voces dentro de su cabeza, mensajes emitidos desde la difusora “El canario” que le elogiaron virtudes de la venta en cuotas o mensualidades. En directo, escuchó el nuevo episodio de una novela de la que no comprendió gran cosa por falta de concentración. Luego, unos tangos anteriores a 1947 y el recitado del emotivo soneto intitulado “Mi sillón querido”. Desesperado, se levantó en medio de la noche, a las cuatro de la madrugada y pensado que todo había sido una pesadilla; los síntomas desagradables persistían. Decidió que a las seis llamaría al servicio de urgencias, a la espera se tomó dos aspirinas, un té con limón y se preparó un baño de pies bien caliente en una palangana de las antiguas. Una hora después, las voces interiores bajaron en intensidad y así hasta que se fueron apagando… mágico eso.