(I) Fronteras invisibles

Las circunstancias del pasaje evocado fueron esenciales al determinar la intensidad de la lectura del descubrimiento. El placer solitario se volvía hecho social en estado de alerta y había conciencia sobre la tribu a la que se quería pertenecer; y eso que el pasado -en aquellos meses- estaba tan lejos como 2001 una Odisea del Espacio. Por fortuna, esa narrativa tan contigua a mi circunstancia requería para su comentario bases teóricas. Había que organizar una definición consensual y propia de la literatura en sus promesas sociales posteriores (puestos de trabajo, horas en diversos liceos, compromiso con los tiempos de transporte, la entropía de la sala de profesores, implicancia con la cogitado en simultaneidad), lo personal (vivir entre libros, conocer editoriales, enamorarse de muchachas del IPA) y calibrar la relación con ese corpus infinito de ficción que tenía varias constelaciones donde perderse hasta perder el raciocinio. Eso se vería sobre la marcha; para el examen lo urgente era aceptar lo preexistente de lo fantástico. En ello el programa del examen era estupendo, en la medida que confrontaba / conciliaba o hacía entrar en relación dos condicionantes que siempre me acompañaron. Más allá de las anécdotas usuales, era raro de que yo estuviera en el liceo cuando el “autor” estudiado falleció, el desafío inesperado estaba en esa vibración cercana de la literatura fantástica. La necesidad de conocer lo hecho por los otros en el terreno de la reflexión teórica, con nociones luminosas y discutibles -claro- pero necesarias para distinguir el trigo de la paja, intuir cuál es el momento de decir “non ragioniam di lor, ma guarda e pasa”.

Lo segundo, era el trabajo casi introspectivo de aceptar lo fantástico en lo que me rodeaba, sin que me percatara en perspectiva porque formaba parte de la vida barrial. El diálogo con los muertos, las brujerías de rituales nocturnos, viejitas oliendo a incienso que curan daños por envidia, gritos desgarradores de locos irrecuperables en altillos de la manzana, rumores maléficos sobre algunos vecinos, la casa encantada que no halla inquilino, gatos sacrificados a divinidades tenebrosas y estatuas policromadas de San Jorge matando al Dragón. Era una doble expedición a la búsqueda simultánea del orden teórico dilucidando a tientas un desorden cotidiano; hasta entender que sólo la literatura puede hacer inteligible ese vértigo sinfín de la condición humana. Las fronteras se diluyen mientras los pasajes permanecen entreabiertos, después están los círculos y ceremonias que nos llaman, lugares prohibidos ante los cuales forzamos los cerrojos porque no podemos hacerlo de otra manera. Es así como entramos furtivamente en los cuentos, en las primeras ediciones, en las novelas sobre los tiempos de Clemente Colling.