(II) La estirpe del caballo

Lo fantástico en sí es insuficiente, abundan en nuestro entorno relatos sobre los que pasamos indiferentes sin que tanto ingenio deje traza en la memoria, ya sea por implicancia, sorpresa, recuerdo o la propuesta de una belleza incómoda. La ecuación es sencilla, después de medio siglo recuerdo lo inquietante: “Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita” y sería incapaz de repetir uno de los infinitos planes de Killer Kane para apropiarse del sistema solar y adyacencias. Estoy convencido que el efecto proviene de hallar la articulación adecuada entre lo imaginario posible y el condicionante real, lo que crea un tercer diaporama. Felisberto funciona en la maquina literatura, porque halló su propio tríptico para el célebre encuentro fortuito: música, memoria e imaginación. En “El caballo perdido” lo seductor es la bifurcación coincidencia entre lo narrado evocando -mecanismo de la memoria- y la teorización narrativa de esos mecanismos de la memoria. Todo un concepto innovador en su candor aparente que permite -en la búsqueda- ir abriendo puertas prohibidas sin ser descubierto; el lado obsceno del recuerdo infantil, el relato del sueño despejado de interpretaciones, desplazar una posible terapia mediante la escritura, cierto regodeo untuoso en el placer de perversiones transferidas, un espía pornográfico con la misión de acceder a la falla insondable de los raros que se confían.

Felisberto presiente que el cuento circular es el que logra sintetizar las dos primeros cuentos aparentes (lo factual y la manera de recordarlo); en la novela considerada se narra asimismo el descubrimiento, cultivo y descarga catártica de dicho procedimiento. La memoria es reconstrucción de la infancia y conciencia del despojamiento, identificación de escorias adheridas después de treinta años de reposo en tierras del olvido. El tiempo de rememoración del adulto es alienación, un traslado virtual e irreal a la infancia; es ver en el cine mudo a Jackie Coogan con gorra y ser Jackie Coogan tirando la piedra contra las ventanas, y ser el tío Fétide de la familia Addams cuando tiene nuestra edad. Haber sido niño tiene algo larvario de tráfico fantástico, y para el adulto quizá la muerte física sea lo único que se le puede equiparar como experiencia de lo inenarrable. Recordar la niñez es fantástico introspectivo pues suponía escribir de un planeta que está muerto; es descifrar al comienzo del pentagrama claves que nos formaron, relatos velados de las pesadillas, imágenes amenazantes recurrentes, primeros sacudones de la emoción estética y la sensualidad. Recuperar el primer encuentro con la música, asumiendo esa situación de intérprete que es casi una declaración de principios; la partitura es la misma pero el intérprete diferente, hallar la buena música es un dictámen y sobre el teclado, como para resolver un buen cuento, todo depende de lo que hagamos con las manos, si es que los dedos se resuelven a ser obedientes.