(III) La melodía judía

El mes pasado, avancé las razones que aclaran mi temprana incorporación orbital a la obra de Felisberto Hernández en tanto lector empecinado. Una serie de coincidencias que centré en especial, indicando su presencia original en el examen de ingreso al instituto de profesores Artigas; y en anexo los papeles en copia carbónico de una frustrada edición de la obra narrativa del uruguayo en la colección Archives. En marzo, quiero sumar otros aspectos que creo de interés y comenzaría por el aura ambiental. Sin conocerlo personalmente, digo que convivimos en la misma ciudad hasta mis casi trece años; yo conocía la zapatería Grimoldi, la cervecería El Sibarita, la tienda London-París y el cine Trocadero y él caminaba esas mismas veredas. Esa coincidencia es una ventaja de lectura, un cuadro sociológico de respiración que los nuevos aspirantes a docentes deben apropiarse el espejo retrovisor. De la misma manera que debemos leer el libro de Gustav Janouch sobre Kafka porque él estaba ahí en Praga y tenía menos de veinte años.

Eran épocas cuando el Uruguay presentaba una apariencia estable durante décadas -una familia podía vivir ochenta años en la misma casa-, siendo hacía 1960 que comienzan los movimientos tectónicos de importancia. Si ahora fuera profesor de más jóvenes, debería evitar ese error involuntario consistente en hablar de nuestra Montevideo como algo compartido; nosotros y la ciudad somos bien diferentes, otros son los partes militares del Forte di Makalle, muy pocos recuerdan al actor Julio César Armi y el pianista Jaurés Lamarque Pons falleció hace cuarenta años. La ciudad narrada por FH en sesenta años cambió lo suficiente como para obligar a una estrategia de información reciclada, que podría entenderse (mediante la pregunta sobra ausencias imitando la batalla naval: Bazar del Japón… hundido) con el listado de salas de cine, grandes tiendas sobre la Avenida 18 de Julio, los cafés del ubi sunt o ese realismo mágico de dejar la puerta de calle cerrada apenas con el pestillo. En pocos años un espíritu provincial, un movimiento intelectual crítico distante de la guerra y el contrato social en crisis se fueron alterando. En apenas tres años vimos el triunfo del partido Nacional en las elecciones, las inundaciones del país en la zona del litoral, la revolución cubana de los barbudos, el naufragio simbólico del vapor de la Carrera en el río de la Plata y el asesinato en Dallas de JF Kennedy; en cronologías más modestas, los Beatles cierran su configuración mítica, ingreso en el liceo piloto N° 14, de 8 de Octubre y Propios y en enero de 1964 fallece FH. Con esta información aleatoria, mi astrólogo personal Horacio Campodónico haría un relato estupendo de las constelaciones literarias, un memoriam siempre activa de nuestro admirado Conde de Saint- Germain.

La lectura juvenil de Felisberto podía explicarse mediante esa vecindad y luego se trataba de entender; lo que me interesaba eran dos aspectos que son la memoria y el fantástico, la sospecha que la narrativa es el mejor atajo para conocer la vida secreta de una sociedad. En el presente tramo final de la existencia, la memoria es una preocupación literaria e íntima, pero en los primeros años aquellos -veinticinco abriles que no volverán- era claro que predominaba lo fantástico -la memoria era la historia patria y fotos Kodak de la infancia-. En Felisberto, tenía otros acordes que la asperidad aventurera del proyecto Quiroga, confrontando los desterrados belgas y la naturaleza letal de las Misiones. Lo fantástico era una tradición cultivada en el margen del reino literario y uno no puede incidir en una tradición que le interesa (y que luego pasaría por la escritura de ficción) si excluye el esfuerzo de conocer protocolos, fallas, correntadas traicioneras e imprevistos al acecho.

Esa información trabajosa hasta visualizar el mapa tuvo tres fuentes y un apéndice, las fuentes fueron: a) la escuela de la teoría literaria francesa, donde la reflexión sobre la escritura elabora un corpus autosuficiente, por momentos (en especial en el último siglo) más entusiasta y estimulante para el intelecto que la narrativa contaminada por el virus mimético. b) la vertiente norteamericana partiendo de protagonistas excéntricos, con expediciones a la clínica psiquiátrica y cementerios entre ciénagas; con un arco entre gótico y ciencia de E.A. Poe y en mi caso, cierta desconfianza por el bestiario cósmico aberrante de H.P. Lovecraft. c) la literatura argentina, donde, además de las nombre bien sabidos, hallé un mundo editorial inagotable y un Aleph de relatos en la “Antología de la literatura fantástica” del trio Ocampo, Bioy Casares y Borges publicada en 1940.

El apéndice señalado -dando título al capítulo- es la tarea reflexiva de los mismos autores, demorados en el juzgado del canon, por querer dar cuenta mediante imágenes de su experiencia de escritura con los mundos paralelos. Mina inagotable en reportajes de Borges, los ejercicios críticos de Cortázar circulares como calesita de parque de diversiones y el “Decálogo del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga, que quizá fue un intento de organizar el oficio para permanecer del lado de la razón. Felisberto al respecto estuvo atento, entendió el desafío haciendo algunos aportes decisivos. Le yuxtapuso misterio amenazante al lugar común enunciado en “lo otro” y en la “explicación falsa de mis cuentos” derivó hacia la botánica de plantas de palabras. Escuchando el llamado de sus horas de pianista hablo de “una melodía judía”, lo que lo convierte en el candidato 37 en “La sinagoga de los iconoclastas” de Rodolfo Wilcok.