Febrero

Los últimos meses fui recuperando lejanas reflexiones sobre Felisberto Hernández que fueron quedando en las carpetas. La mayor parte respondían a proyectos trancados por el camino, ediciones frustradas, desencuentros con la vida laboral itinerante y cierta superstición crítica sobre el retorno benéfico de los estudios sobre el compatriota. En noviembre del año pasado, en la sección Episodios Universitarios de La Coquette, salió al aire libre un primer globo sonda titulado “Felisberto y sus plantas parlantes.” Aprovechando ese envión, comenzamos ahora en El Astillero un proyecto de media distancia que es más que un ensayo y menos que un libro de intención académica; hablaría de manual en el sentido escolar del término. El origen del material actualizado, es la edición malograda en “Archives” bajo la dirección de José Pedro Díaz, cuyos detalles pueden hallarse en las notas de noviembre.

La tentación era creciente de hacer un libro denso y teórico pero pasó; me conformé recordando mi primer encuentro con la narrativa de Felisberto y quise redactar alguna páginas pensando en aquel muchacho con menos de veinte abriles, retomando el espíritu de: introducción a la obra de… / fulano por él mismo / que sais-je? / iniciación a la literatura de… / las ideas básicas de… / etc. etc. En los años sesenta del siglo pasado, sin soportes tecnológicos actuales, esos libros los comprábamos los bachilleres en Los Apuntes y La Casa del Estudiante en la calle Eduardo Acevedo, en Barreiro y Ramos de la Avenida 8 de Octubre y Larravide, panoramas esenciales en la educación literaria. Le daban método a lo intuido, agregaban discurso al descubrimiento subrayado, indicaban el circuito de las conexiones con otros territorios literarios, apuntaban las bibliografías ignoradas, instalaban la tarea diaria en su incrementar la vocación docente. Eran bien útiles durante los primeros años; de esos manuales modestos y densos en información pertinente asomaban los primeros cursos en la práctica docente, hasta que uno comenzaba a volar con sus propias alas.

Las obras y autores llegan desde territorios inopinados: la Fe en la resurrección y la sexualidad extendida, la medicina de provincia o libros de contabilidad, el alcohol que enciende el delirio o las bibliotecas públicas, otros derivan hacia la locura selvática y Felisberto venía de la música. Por eso la referencia a esos inicios púberes de gamas y corcheas, en recuerdo de conservatorios llevados por viudas de escribanos en barriadas populares, de libros de música con ornamentos rococó y alfabetos románticos, con algo de pertenencia fusional en la propuesta: “Piezas fáciles de W. A. Mozart”, “Tangos de la guardia vieja para chambones”, “Mis primeras mazurcas y partitas” y “Los clásicos eternos para cuatro manos”. Esas partituras, aunque fueran de segunda mano, siempre estaban firmados por una joven pianista de pelo recogido y que -antes incluso de su primera regla- ya se atrevía a interpretar “para Elisa” de memoria.

No fue poca cosa topar la obra de Felisberto en el programa del examen de ingreso al Instituto de Profesores Artigas; con José Pedro Diaz que formaba parte del jurado, trabajaría luego en la obra de Hernández lo que fue buena cosa. Durante esos meses, entendí que el barrio donde vivía desde mi nacimiento, también escondía los posibles de la literatura; que a medida que se aumentaba la información tradicional crecía el placer de la lectura. Quizá con el tiempo perdí algo de mano en la propuesta pedagógica, pero los nuevos profesores de literatura seguro se encargarán de corregir esas fallas debidas a la edad; lo demás es sencillo, una mañana uno se despierta con el mandato de preparar el ingreso al IPA, alguien hace circular el programa mimeografiado, uno escribe en la ficha cuadriculada “mi primer Felisberto” y luego la vida pasa.