Ingrid Tempel

La Coquette tiene el agrado de presentar a la segunda visitante.

Ingrid Tempel, escritora y periodista uruguaya, vivió en Buenos Aires y Caracas. Vive en París desde 1983. Publicó ocho libros de poesía, dos novelas y cuentos. Fue corresponsal del Suplemento Cultural de El País de Montevideo en París durante dos décadas y trabajó en la Agencia France-Presse en París durante tres décadas.

ABRIL 2020

EL CLUB DE LOS NARRADORES

Montevideo en video Ducasse

El principio Van Helsing

Noticia (acercamiento a Horacio Quiroga)

Dunsinane, al alba

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo primero)

Vía Santiago

Nunca conocimos Praga IV

La perseverancia del hombre mosca

En el palacio del Rey de la montaña (capítulo final)

Recibimos y publicamos

Más allá del Bósforo…

Monólogo interruptus por Miss Candy Loving

LOS RÍOS FICTICIOS

Montevideo sin Oriana

Night and Day (espectros de La vida breve)

Barcelona senza fine

EL ASTILLERO

“El cazador Gracchus” amarra en Montevideo

EPISODIOS UNIVERSITARIOS

El recordado caso de la Galerie Vivienne

Las ideas estéticas del comisario Medina


El primer show de La Coquette cuenta con la colaboración de los siguientes artistas por orden de aparición:

Carlos d´Alessio

Joel Grey

Sidney Bechet

Martha Argerich

Troilo y Grela

Marisa Monte

Mina

«Jacob y el otro»: cuenta el tiempo

Los relatos de Juan Carlos Onetti, urden una de las indagaciones más certeras sobre una etapa -decisiva- de lo que podría denominarse el ser rioplatense. Es decir: la especie humana trasladada sujeta a ciertas condiciones –históricas, emotivas, económicas- de libertad acotada donde alternan grandezas y miserias existenciales. Ese proyecto se legitima en el canon con el paso de los años, puesto que a la voluntad conceptual se suma el oficio narrativo forzado al máximo, la discreta organización de los materiales literarios a la manera onettiana, atrapando lo instantáneo atendiendo a lo eterno, conciliando lo inexorable de la peripecia individual con la ética subyacente de la perfección narrativa.

“Jacob y el otro” el cuento, es un prodigio de construcción de voces plurales disponiendo una dramaturgia de versiones dialogantes, su distribución de ámbitos heterogéneos y cierta temporalidad sincopada, como si su avance fuera regulado por tres relojes de mecánica asincrónica. El relato moviliza una atmósfera clásica onettiana y en paralelo, despliega otra serie compleja de elementos (temas, personajes, nudos narrativos) que lo destacan dentro de la obra del uruguayo. Es un relato con destino, desde su primera publicación suscitó lecturas críticas de indudable valor como acaso ningún otro relato de los llamados de media distancia; dando lugar a una serie de interpretaciones sucesivas que no se sustituyen en su continuidad y por el contrario se complementan. En una aproximación generalizada, el relato induce a cuatro interpretaciones:

1) la persistencia de un clima que lo asocia al ciclo de Santa María y de ahí la necesidad de establecer puentes con otros cuentos, relatos y novelas.

2) la fuerza del título fijando la asociación con ciertos episodios bíblicos, así como la tentación a deducir analogías religiosas.

3) el tríptico de narradores, de donde la proliferación de hechos y el punto de vista multiplicando coincidencias, desacuerdos y contradicciones.

4) la puesta en escena de enfrentamientos de naturaleza plural, que pueden unificarse por la idea de lucha y transitan sin violencia de lo literal a una interpretación simbólica.

No obstante ningún elemento parece ser determinante, el efecto de la escritura proviene de la interacción de las lecturas evocadas. Más que insistir en lo ya fuera escrito de manera estupenda, nos proponemos incorporar otra hipótesis de lectura con el propósito de acercarnos por otro atajo al misterio de la historia que -por supuesto- restará inaccesible.

La perspectiva a considerar es la temporalidad; así, el trabajo sobre el tiempo sería causa determinante del “efecto Jacob”. El relato apela a las variantes básicas del tiempo, desde los no cronometrados segundos que dura el abrazo final hasta la incierta época donde se ubica el relato, una postguerra de identificación imprecisa; desde la duda sobre el mes de primavera evocado (octubre para el narrador, setiembre para Orsini) hasta la sinuosa cronología de la semana sanmariana que acoge las historias; desde el valor de los días de entrenamiento (el viernes cuesta 2 pesos la entrada y luego 3 por decisión del príncipe) hasta las edades de los protagonistas: Mario tiene 20 años y Adriana 22; en cambio Orsini y Jacob, más que edad habitan una parcela que se identifica con la decadencia. Entrando en detalle, Díaz Grey estima la edad del promotor entre 40 y 45 años, en tanto que el narrador -en dos oportunidades- se pronuncia por la cincuentena.

La experiencia temporal transita asimismo por los grandes discursos o si se prefiere las edades del hombre; es claro, especialmente en los extranjeros, el cotejo entre un pasado de esplendor y el presente de autoconciencia dañada, que hace del futuro cercano un territorio peligroso. Téngase en cuenta que la presencia de tres narradores, además del punto de vista o la versión plural de episodios controvertidos, triplica la cronología de hechos vistos desde mediaciones discordantes. Adriana tejiendo incorpora otra imagen temporal clásica: las parcas hilando y el hilo para alcanzar el corazón del laberinto donde habita el monstruo. Las cuerdas que delimitan el ring, el hilo de coser las heridas, la cuerda para saltar durante el entrenamiento; tiempo, urdimbre y la mujer urdiendo la trama son determinantes.

Díaz Grey y Orsini jugando al póker en el entorno temporal del minuto de la lucha, uno en el club con Burmenstein, otro con Deportivas en el diario, construyen la simetría necesaria al relato. Narradores que son a la vez personajes, ellos incorporan la concordancia intuida de escenas equidistantes. El póker de tal manera distribuido insinúa el fingimiento, la obligación de engañar al otro jugador sobre la verdad de las cartas que se tienen entre las manos. En la hora decisiva, los dos personajes repiten la costumbre de hablar entre lo dicho, lo que se supone es creído y en ambos sentidos. Díaz Grey asocia los dos domingos involucrados en la historia. Orsini hace espectacular la llegada a Santa María y omite la salida de la pareja de la ciudad. En otra naturaleza de la simultaneidad, Díaz Grey al inicio muestra cierta indiferencia mientras acaece “la cosa”, que es así como el médico define esa amalgama entre circo, espectáculo, desafío y tragicomedia.

El relato presenta asimismo la experiencia de la duración y no sólo de la historia como complejidad, sino de dos episodios determinantes:

a) la duración de las operaciones cuyos detalles -a pesar que se prolongan algo así como siete horas- el lector desconoce.

b) la duración real de la lucha, pocos segundos y en todo caso menos de un minuto; pero en la versión Orsini comprende buena parte de los últimos párrafos del relato.

Por supuesto “Jacob y el otro” introduce la experiencia de la sucesión, es la que aporta de manera más controlada la voz del narrador. Sin omitir hechos, agujeros temporales ni sombras de información, esa voz anónima procura acercarnos a los vericuetos, así como a la continuidad a grandes rasgos de los acontecimientos durante la semana. Lo sucedido entre la primera visión de Díaz Grey hasta que Orsini toma el relevo del narrador al despertar el sábado por la mañana.

El tiempo impregna el relato hasta el vértigo: las veinticuatro horas de sueño que recomienda Rius a Díaz Grey luego de la operación, la media hora que Jacob pasa de rodillas en la iglesia, el “asunto cíclico” que deduce Orsini en las crisis del luchador, las veinticuatro horas de vacaciones que se dio el príncipe antes de ir al encuentro de Mario, el tiempo contra reloj supuesto en la peripecia del depósito de los quinientos pesos, los tres minutos reglamentarios de lucha y ños prodigiosos diez minutos finales de Orsini silencioso en el almacén.

La concepción misma del relato supone una máquina de circularidad, predisponiendo a la ilusión de lo ininterrumpido e impone un retorno perpetuo cuando el final de la historia atrae -como imán de palabras- el comienzo. Funciona sin embargo otra supra cronología abarcando las versiones de los tres contadores responsables, es la cronología que propone la escritura organizada de acuerdo a una secuencia original, precisa. Dicha temporalidad se caracteriza por avances lógicos y retrocesos propios de la ficción, la verdad sobre los episodios restará inaccesible. Una indagación minuciosa sobre el dispositivo temporal puede contribuir a imaginar lo desconocido.

la mañana del segundo domingo: Díaz Grey recuerda

“Jacob y el otro” comienza con un médico que medita antes de dormirse. Díaz Grey recuerda en dos tiempos, primero evoca la noche pasada y luego se proyecta al domingo anterior, donde comenzó la serie de casualidades que lo llevan a recordar eso -precisamente- una semana después previo al sueño.

“Antes de tomar las píldoras comprendí que nunca podría conocer la verdad de aquella historia; con buena suerte y paciencia tal vez llegara a enterarme de la mitad correspondiente a nosotros, los habitantes de la ciudad. Pero era necesario resignarse, aceptar como inalcanzable el conocimiento de la parte que trajeron consigo los dos forasteros y que se llevarían de manera diversa, incógnita y para siempre.”

Tales son los límites temporales del relato y las fronteras del conocimiento para el lector. El relato al inicio admite la renuncia, entendible, a saberlo todo y propone un pacto de acercamiento o tarea conjunta con el lector para intentarlo. En el médico la resignación a deducir el alma de los hechos vividos es simultánea al deseo de recordar, una pulsión queriendo reordenar informaciones dispersas. Lo hace quien reconstruyó un cuerpo moribundo, viajando entre sangre y algodones hacia el final de su propia noche. Lo persistente onettiano es la apoteosis heroica de Díaz Grey, médico de congestiones y purgantes, antiabortista convencido, socorro en caso de accidentes domésticos, hombre de juventud tentada por la droga y atraído por mujeres fatales, lo vemos realizar la máxima proeza de que da cuenta su crónica cíclica. Ello sucede en un relato satélite del ciclo novelesco sanmariano: en “Jacob y el otro” vive su momento de gloria discreta. En lenguaje clínico salva un paciente desahuciado en la mesa de operaciones, en términos simbólicos lucha toda la noche contra las fuerzas terribles de la muerte. Suerte de circo minimalista de paso, Jacob y Orsini logran sin embargo desatar una reacción en la población de Santa María. Furia del populacho el sábado a la noche y curiosidad antes, vocación pegadora de los milicos, sacudón de la sección deportes de la prensa local, ruptura de una historia de amor sanmariana y movilización del servicio de urgencias del hospital. Esa es otra de las tensiones del relato: los vínculos indirectos entre Jacob van Oppen y Díaz Grey. La llegada del luchador, por un misterioso juego de causas y efectos hace posible el momento heroico del médico. A pesar de la distancia de intereses (la anatomía según Testut y según Lewis) y la mutua indiferencia, esos hombres se encuentran por las manos, manipuladoras, como son, de naipes y clavículas, escalpelos y pesas. Ambos coinciden en cierta reivindicación de los perdedores y en sobrepasarse cuando se confrontan con el monstruo algo gorila, bastante minotauro y llamado Mario. El relato convoca un accidente deportivo y la historia médica excepcional, la tragedia de evocaciones rurales y acaso una mitología cimarrona. Lo que será el enigma superficial del relato se halla desbordado por otros misterios; finalmente la justificación del avance del relato busca dilucidaciones más cruciales que la identidad del operado, que todos conocen excepto el lector. A ese suspenso se lo denomina “la noticia”.

sábado a la noche: rumbo a la curva de Tabárez

Hay relato porque el moribundo fue salvado. Díaz Grey enmienda un certificado de defunción por la necesidad de intentar conocer lo sucedido. El relato busca establecer las condiciones humanas posibilitando el milagro quirúrgico rondando la leyenda. Jacob dándole un cuerpo destrozado de cierta manera desafía al médico en sus facultades profesionales y convicciones sobre la relación vida/muerte. Díaz Grey llama a lo que sucede “la cosa”, denominación despectiva, condescendiente y será “la cosa” que lo interpela para confrontarlo a una misión, la operación que -más allá de la admiración de los colegas- lo justifique ante sí mismo. Estamos en primavera, quienes conocen Montevideo saben que el ir al hospital por “la curva de Tabárez” es un guiño pues recuerda uno de los barrios más populares de la ciudad donde se escribió el relato. Los indicios conducen a que resultaría inútil cualquier intento y no vale la pena ni siquiera ponerse los guantes. En la primera secuencia la escritura se concentra volviéndose conceptual, lo anecdótico sale de foco, el único misterio es la vida: se salva o no lo salva. El resto es sin importancia. Lo sucedido hace poco más de una hora en el cine teatro Apolo de la ciudad – “la cosa”- adquiere sentido retrospectivo en tanto lo sucedido termina en manos de Díaz Grey. La trama narrativa y en la que el lector fue atrapado es lo dado por descontado; el relato inocula el suspenso en la engañosa interpretación de los indicios y pequeñas fórmulas minando de dudas la lectura. El lector depende de quién es el moribundo, sin advertir al comienzo que está ante el momento de mayor amor de Onetti por su personaje más entrañable. La respuesta a esa duda (quién es el anestesiado: la noticia) no cambiaría la decisión de Díaz Grey de darle pelea a la muerte, pero sí las reacciones de otros implicados incluyendo al lector. El relato que viene sin ese gambito se leería de otra manera chismosa perdiendo incertidumbre poética. El crecimiento de Díaz Grey sucede en tanto consecuencia lateral de un espectáculo algo circense, siete días que conmovieron a Santa María y por el equivalente a bastante menos de 50 dólares, que en esa suma se puede presupuestar lo sucedido. Ello no le quita nada a la estatura de lo actuado; al contrario, el anonimato y los orígenes algo paródicos ennoblecen lo hecho por el médico. Si el moribundo no tiene nombre la operación crece en implicaciones simbólicas. La consigna del médico, descreído de los hombres funcionando en sociedad tiene una única razón de ser que es evitar la llegada de la muerte victoriosa. Eso que lo destaca como personaje -sin olvidar actitudes menos principistas de otros textos- es el empecinamiento por luchar contra la negación de la vida. Díaz Grey tiene una sentencia que según su parecer, contribuirá a la leyenda posterior a la muerte; para los colegas la frase tiene algo de broma de quirófano, el médico la acepta en tanto fórmula mágica infantil que le permite continuar en el juego:

“-A mí, los enfermos se me mueren en la mesa.”

Ese es el núcleo conceptual del relato y punto de contacto con el resto de la obra onettiana. Lo que vendrá serán variaciones sobre la condición humana, sucesos tragicómicos acaecidos en la ciudad, anécdotas sobre personajes periféricos al sistema y seres ocasionales tratados con una mixtura de ternura y crueldad. La bulla Jacob sirve para el significado narrativo de la intervención; una minuciosa descripción de los afanes del médico por salvar al miserable hubiera sido sin ello exagerado, falso, fuera de tono y transformado la proeza en espectáculo. Se la ubica por esa razón al principio del relato, desplazando la función que la precede y sublima el insomnio de Díaz Grey a la condición de casi naturalidad opacando la excepcionalidad de lo hecho. Las manos que distribuyen fichas y damas de pique en pocos minutos se las entienden con la sexta costilla derecha y un pulso filiforme. Es prodigiosamente insensata la disparidad entre el significado de la frase citada, para el conjunto de la obra onettiana y la duración narrativa; por ello de inmediato se incorpora el ruido ajeno a esas horas de trabajo solitario: se trata de la mujer que se acercó al casi cadáver en el Apolo. La mujer es la primera gran interrupción, excedencia (la segunda luego del cuerpo) de “la cosa” y suceso que el lector ignora completamente. La intensidad de lo ocurrido lo marca la espera de la mujer, ella está cerca esperando mientras Díaz Grey opera; la tentación metafórica es fuerte, pero el relato gana en intensidad cuando permanecemos en explicaciones circunscriptas a la conducta humana. En pocas líneas transcurren muchas horas, es posible que el operado se salve y se resuelve el primer enigma: el médico triunfa sobre la muerte. Si privilegiamos la psicología Díaz Grey en tanto representante del ciclo sanmariano, el triunfo marcaría el final de la historia. Rius aconseja a las siete (a las cinco había terminado la tarea) un sueño de veinticuatro horas. La duda del lector persiste, Díaz Grey sabe a quién operó y los enfermeros, camilleros, jugadores de póker, los de Deportivas y medio pueblo que presenció “la cosa”. Ello debería bastar, es Díaz Grey –él compara ese misterio de la muerte a un sueño nunca realizado de arreglar el motor del auto con sus propias manos- quien decide lo contrario, legitimando la parte de seducción externa al sistema que irrumpió el domingo anterior.

primer domingo I: homenaje a Brausen

Cuando Díaz Grey opera presiente el drama e ignora los pormenores, eso será tarea del narrador; él con la ayuda de unos barbitúricos se desentiende de “la cosa” y las secuelas en el círculo de los contendientes. Salvar una vida le consume la totalidad del tiempo y cuando la tarea fue cumplida, en la inminencia del sueño recuerda -comienza a relacionar antecedentes- detalles faltantes en los intersticios. Fue el domingo anterior, la historia así se perfecciona en cuanto a un ciclo completo de duración, “la cosa” comenzó cuando entraron a Santa María Jacob y el otro; el médico inicia a la vez los retratos y las fórmulas alentando a la confusión:

“El hombre movedizo y simpático y el gigante moribundo atravesaron en diagonal la plaza y el primer sol amarillento de la primavera. El más pequeño llevaba una corona de flores, una coronita de pariente lejano para un velorio modesto.”

Como sucedió con la edad de Orsini, también en cuanto a la talla del luchador hay la versión del médico que ve un Jacob de dos metros y la versión Orsini que fija la estatura en 1m. 95 cm. Esos dos ingresaron a Santa María como una embajada del reino de la lucha grecorromana, destinada a la pompa y protocolo, con la intención pública de hacerse ver y mediante el homenaje al prócer del lugar tomarle la delantera al ridículo. “A partir de aquí las pistas se embrollan un poco.” sostiene Díaz Grey y ello no obsta para que muestre una marcada preferencia por el pequeño. Se decide por Orsini, el luchador pudiera ser un misterio demasiado distante para las especulaciones del médico. La disponibilidad social del pequeño obligado a forzar las horas y tomar la iniciativa, lo dejan más expuesto a la observación del médico. Es claro que se parece a otros personajes que se acercaron a Santa María, como el señor Lagos o Larsen, de hecho es una presencia más verosímil que el gigante silencioso, que reza en la iglesia y salta a la cuerda. Díaz Grey puede conocer parte de la verdad del lado sanmariano, sospechando que la otra mitad necesaria tiene su anagrama en el que se hace llamar príncipe y comendador. Ese recuerdo es revelador y el conjunto lo fascina: la manera de asumir su físico, el estilo para irrumpir en el domingo de la ciudad, la rapidez con que organiza el asunto, la habilidad para resolver cuestiones prácticas. Incluso la compleja relación con el gigante o el miedo prudente para enfrentar la vida cuando se acerca la pendiente. Para Díaz Grey los supuestos sobre Orsini son convicciones. “Había nacido” se repite tres veces, como si la conducta del príncipe respondiera a una vocación, tuviera un destino manifiesto. Lo describe sin humillarlo, lo intuye sin reprobarlo, de manera secreta lo entiende y puede que seguramente lo respete, en una extraña proyección lo sigue hasta El Liberal como si hubiera estado presente y preparara la entrada del narrador. El médico inventa el personaje de Orsini a partir de miradas, versiones oídas, actitudes supuestas, comportándose como un escritor. Cuando por ejemplo se trata de la voz:

“El tono de la voz era italiano, pero no exactamente; había siempre, en las vocales y en las eses, un sonido inubicable, un amistoso contacto con la complicada extensión del mundo.”

Es recién al final de la primera secuencia narrativa -luego de la mujer, la operación y Orsini- que sabemos de la visita de un ex campeón mundial de lucha que responde al nombre de Jacob van Oppen. Una enormidad como situación inicial de un relato en el universo onettiano y se adelanta el tiempo perdido a buscar, una semana entre desafío y lucha, la coronita de Orsini y los barbitúricos de Díaz Grey. Para el gigante moribundo -se le llama así dos veces- se reserva la escena final antes de dormirse, fue a la iglesia a rezar y luego las palabras que indican la inminencia de la ficción: dicen, juran, presumen. Hasta aquí llega la conciencia del médico, el resto se lo transfiere a un narrador ¿Y si lo que viene fuera una continuidad de otro tipo, un sueño realizado?

primer domingo II: 500 pesos 500

  Mientras Díaz Grey duerme y porque la historia debe seguir recomenzando, el relato incorpora un narrador que cumple la tarea profiláctica de disponer un orden a los acontecimientos omitidos. El narrador comienza en sintonía lógica con lo pautado por el médico antes de dormirse, perfeccionando el retrato de Orsini. Es notable: la apariencia, el nombre seguramente falso, los títulos trucados, el desafío en la plaza pública, los movimientos en sociedad, el conjunto tiene un perfume de farsa y ronda lo caricatural. Sin embargo, el hombre se mueve asegurando la verdad, batiéndose por una conducta, exige disciplina y se impone coherencia, sustenta un conflicto dramático, es el héroe del autoengaño buscando valores auténticos en un universo dañado. En verdad -y nadie lo concibe de otra manera salvo una mujer- el desafío es una parte menor de un programa de ampulosidades gimnásticas, forma parte de la estrategia publicitaria, la treta vieja como el mundo para movilizar la prensa e incentivar la curiosidad. Incluso después del desafío estaban previstas exhibiciones para completar el programa y no dejar al público insatisfecho. La visita, en la planificación de Orsini debería ser una diversión familiar sin conflictos y que no los ponga frente a la evidencia del pasaje del tiempo. Algo sucedió esa semana para que el proyecto modesto de circo romano haya finalizado en el quirófano. Ese tiempo entre fantasías de tríceps y clavas, pectorales musculosos y la noche segunda de insomnio de Díaz Grey comienza a trabajar en la mente del lector. El efecto “Jacob y el otro” proviene también de esta estrategia donde la recepción activa construye la intriga. Lo que salta a la vista, apenas avanzadas las primeras noticias es la situación paupérrima de los visitantes, los detalles de la gira dicen de un estado grave de decadencia, por otra parte hacer escala en Santa María confirma el diagnóstico. Jacob y Orsini montan un espectáculo digno en intenciones pero decadente en la exteriorización, lo que no le quita nada de verdad a las glorias vividas: para un luchador el pasado es el más temible contrincante. El narrador no explota esa faceta, por el contrario los exime de mezquindad, avaricia o la técnica del complot, esos valores negativos se los asigna a los sanmarianos que ante la visita exótica despliegan una inusitada capacidad de ensañamiento. La estafa en boletería, la burla soterrada, la codicia, la indiferencia y la tontería -en esta historia- es patrimonio de los sanmarianos: “¡Qué costa, qué playa, qué aire, qué cultura!” En la primera secuencia del narrador alternamos el sentido público que necesariamente requiere el espectáculo y el pasaje rápido del tiempo:  

“El martes o el miércoles Orsini trajo en coche al campeón hasta el Berna, concluida la casi desierta sesión de entrenamiento.”

¿Qué otra razón que la decadencia explica la llegada de esos personajes a Santa María? Sin embargo, será allí que tendrá lugar la confrontación decisiva para su amistad, una conversación largamente postergada. ¿Qué otra razón que el aburrimiento pueblerino puede justificar el revuelo sanmariano? El protagonismo colectivo ampara a la vez un drama de frontera cultural y social, posibilita la hora de gloria inadvertida casi de un médico de provincia, ello en un rincón del mundo llamado América, que parece más próximo del altiplano que de la capital evocada; con la visita de dos personajes que -en su tipología- parecen arrastrar trazas de la Europa fascista del eje, al menos en su picaresca.

martes o miércoles después de las 20 : wie einst, Lili Marlen

Lo inesperado y el gambito narrativo es la instalación en la intimidad de los forasteros, los camaradas europeos tienen una relación respetuosa, se tratan de usted y si hay diferencias más que disputarse se “aconsejan”. Esa incursión no sólo abre pistas al porcentaje de la verdad sugerida, también indaga en los términos del contrato que los une, visión nebulosa que se acentúa por la cuestión de la lengua utilizada. Orsini, se dice, habla en francés y en español, lo que es evidente; recuérdese la referencia al acento rondando lo italiano (está el nombre, así como el Signorina que utiliza cuando se dirige a Adriana) y llegado el caso puede mantener una conversación en alemán, al menos cantarlo. Lo que agrega otra interrogante a la llamada versión de los hechos; la certeza de que, muchas de las escenas de “Jacob y el otro” resultan de un proceso de traducción concretado en alguna zona difícilmente identificable del circuito narrativo. El relato se desplaza continuamente de lo interior a lo exterior de Santa María, de una lengua a otra y se puede postular una poética de los espacios. Lo interesante en relación al eje de nuestra propuesta, es advertir que el narrador opta por la mecánica del pasaje de lo público a lo íntimo, del tiempo social al privado. Orsini parece más claro, condicionado por ese “amistoso contacto con la complicada extensión del mundo” que le diagnosticó Díaz Grey y Jacob preserva su secreto: la iglesia, el silencio, allá, los otros, la fuerza desmesurada que –sin razón- hace suponer una inteligencia menor para intercambios sociales y el entendimiento limitado de los otros. El lector, condicionado por la empatía del narrador, se acopla a la versión Orsini de los hechos a veces leídos incluso en la transcripción de sus pensamientos. Los desgarramientos internos de Jacob quedan, por el contrario, más en retaguardia. A Orsini se lo puede adivinar en su angustia demasiado humana, pero las fuerzas que atraviesan el espíritu del atleta nos están vedadas. Jacob percibe la verdad de la gira, entiende los miedos de Orsini, sabe la vestimenta que se adecua a cada circunstancia, vio en la prensa el aspecto del desafiante, intuye cuando necesita ganar, saca cuentas, dispone de ahorros, dedujo la verdadera naturaleza de Santa María, Jacob sabe que está fuera del mundo y le gusta dormirse escuchando Lili Marlen. Es un hombre sensible que en menos de una semana llora dos veces, su perfil de personaje tiene en apariencia un planteo claro: la gloria pasada, el cuerpo envejeciendo, la caída inexorable. Es entonces que en Santa Maria alcanza una victoria sobre sí mismo y contra el tiempo, hace ante los aficionados la llave que Orsini le niega en el circuito de los grandes luchadores del mundo. Vence a la avanzada de la derrota, que lo desafía con voz de mujer embarazada por el contrincante. Puede que esa farsa haya tenido para el gigante el valor de una iluminación, no lo sabremos y ese es un encanto adicional del relato. Jacob no está dispuesto a morir en ese ring, posee una conciencia lúcida de la situación sin la escenografía de optimismo que monta su compinche. Esa intimidad que venimos observando es afectada por algo determinante; el conflicto de ambas personalidades explota saliendo a la superficie, se verbaliza allí como si la ciudad estuviera destinada a ser la última escala de la decadencia en cuanto farsa. En Santa María los extranjeros alcanzaron alguna configuración de su propia verdad que venían desatendiendo, ellos arrastran -Jacob más- la nostalgia del otro lugar.

“Unos meses, unas semanas –dijo Orsini-. Nada más. Después vendrán todos, estaremos con todos. Iremos todos allá.”

Lugar y personajes que permanecerán en el cono de sombra de lo no escrito; la indeterminación se extiende a los orígenes del personaje, hay varias opciones disponibles y si nos decantamos por la hipótesis alemana, aquí vemos la otra cara del juicio de Eladio Linacero en “El pozo “ cuando afirma que el pasado uruguayo se limita a 33 gauchos -por eso el desencanto de ser oriental- pero que era comprensible cierta barbarie germánica por un pasado con verdadera historia: Jacob seria lo que quedó de tanto ideal de perfección luego de la guerra. Hacia el final de la secuencia se evoca de manera indirecta la guerra, Jacob le pide al socio que cante Lili Marlen, melodía que de cantina de tropa se volvió aquí canción de cuna y cuando el gigante duerme, Orsini vuelve a la noche como en el pasado glorioso.

martes de mañana: dura como una lanza

Cuarenta y ocho horas después del cruce en diagonal en la plaza se incorpora el elemento de oposición. Al pacto establecido de pasar unos días sin conflicto, que era el plan Orsini y de reestablecer el equilibrio emocional de Jacob, se incorpora el desafío aceptado. Contrariamente a lo esperado en tales circunstancias lo lleva adelante una mujer, que parece actuar en representación pero en realidad es quien decide. En un texto relativamente breve, habida cuenta del dispositivo de la economía del relato ella debería ser la misma mujer de la primera parte. ¿Cómo la mujer que viene a entrevistarse con Orsini cinco días después estará en el hospital acechando un moribundo hecha una furia? Con ella se incorpora una serie de dudas menores relativas al operado, su propia personalidad, embrollo de pistas y resolución de una situación conflictiva que -líneas atrás- sólo se pudo resolver cantando Lili Marlen. Nada habría sucedido como sucedió sin la locuacidad intermitente de Adriana; parca minúscula, empresaria improvisada, novia determinada, fumadora empedernida, tomadora de mate, trágica signorina que sacrifica su héroe sirio ignorando las fuerzas que pone en movimiento y que se hunde en el error pecaminoso de querer sobrepasar los límites, sin considerar las consecuencias de un combate singular. Ella acepta el desafío estableciendo los términos de la lucha, hizo una evaluación y pronóstico del combate (espiando a Jacob) antes de la entrevista e incluso adelanta sus razones -enternecedoras y oscuras- para que los hechos se concreten inexorablemente. Su razón inmediata es el dinero que servirá para el casamiento; podría tratarse de un caso de desesperación con tintes románticos, pero es obvio que ella oculta o ignora otras razones que pueden ser vergüenza, capricho, tenacidad, quizá una forma de amor inhabitual propio a mujeres de civilizaciones desaparecidas. Ella espera y estaba desde antes, ella vio y salta sobre la oportunidad; en esas pocas horas armó el proyecto, convenció el novio, espió al campeón, recogió información sobre Orsini y urdió la estrategia para la entrevista.  También supuso los argumentos que podría oponerle el extranjero y llegó con respuestas preparadas; sabe que puede tratarse de un engaño y busca cerrarle al príncipe todas las salidas. Ella pelea contra el tiempo (llegar al sábado que viene a las 9 de la noche y los meses que faltan para parir) con armas temporales: el campeón está viejo. Orsini, naturalmente habituado a ese tipo de situaciones -que según cuenta el narrador debió tener antecedentes en Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia- parece desconcertado ante la forma del planteo. Al reconocerlo como príncipe (“-Príncipe Orsini –dijo el príncipe.”) el narrador se solidariza con el extranjero en la primera de las entrevistas. Ella, de manera telegráfica aporta información sobre el final del relato, sobre aquél a quien Orsini llamará “el otro” segundo de la pelea y de la pareja: Adriana y el otro. Es su novio y vivió en el campo, es dueño del almacén de Porfilio, le dicen turco (costumbre rioplatense de llamar así a los originarios del antiguo Imperio Otomano) pero es Sirio (al parecer hay papeles que lo prueban), se llama Mario y tiene veinte años. Ella es quien ajusta ante el narrador la cronología del relato: cuando la primera entrevista es martes. La muchacha ordena el tiempo y desordena los planes del príncipe. La presencia femenina, que una muchacha de pueblo se haya atrevido acentúa las dudas de Orsini sobre la potencia real de Jacob. Quizá desde afuera la decadencia sea más notoria, ella es la avanzada de las fuerzas del tiempo hostigando a Orsini y en otro plano -por representación- adelanta la lucha que debería realizarse el sábado. El príncipe busca sus propias salvaciones y por ello cree -equivocado- que la mujer pretende un posible acuerdo.

miércoles de mañana: una C azul en la tricota y años de preguerra

La segunda secuencia del narrador tiene una forma similar a la primera, el esquema del tránsito de lo público a lo privado se repite y si antes conocimos al campeón en los minutos previos a dormirse, ahora se lo presenta en los que siguen al despertar. Es la mañana reservada al paseo del fenómeno por la ciudad buscando despertar la curiosidad ciudadana; para esa salida las horas son precisas, se trata de las ocho de la mañana del día en que se hace pública la aceptación del desafío. Día clave para las relaciones públicas, el acercamiento interesado de la prensa y la provocación de la opinión pública. En el relato marca el quiebre entre voluntad y realidad, la confirmación de lo que se había sido y la decadencia ridícula que la marcha por la ciudad parece confirmar. Contraste acentuado por el compromiso del narrador:

“Algún día, esto era indudable, las cosas habían sido así: van Oppen campeón del mundo, joven, con una tuerca irresistible, con viajes que no eran exilios, asediado por ofertas que podían ser rechazadas.”

Esa distancia producto del pasaje del tiempo, focaliza la entidad del drama de Jacob. Lo mismo sucede con el príncipe pero es más relativo a la existencia; en Jacob la tragedia del tiempo se manifiesta en el cuerpo y de ahí la importancia de la reivindicación final. Hay en esa caminata algo chaplinesco, recuerda atmósferas de Fellini, se asocia al patetismo de otros grandotes luchadores como el italiano Primo Carnera. Son motivo de curiosidad, de lo contrario y sin negar las dotes de observador que pudiera tener el narrador, es difícil integrar a la verosimilitud del relato un juicio de esta sutileza:

“Había nacido con cincuenta años de edad, cínico, bondadoso, amigo de la vida, partidario de que sucedieran cosas.”

A pesar de su natural optimismo (“había nacido…”) durante la escala sanmariana Orsini va sumando contrariedades; primero el desafío de esa mujer, luego el dinero que no hay para el depósito. Comienza a actuar movido por el miedo a que hoy o mañana se quiebre el equilibrio, el milagro que lo lleva a estar vivo cada día. Lo gana el síndrome de la huida, es cuando argumenta para ahuyentar sus temores que sin saberlo, se hace profeta:

“Que puede hacer uno, qué podemos hacer nosotros, si al final de esta gira de entrenamiento aparece de golpe un suicida. Y si además lo ayudan.”

El narrador le otorga una misión en relación a la verdad de los hechos y la resolución de la anécdota. Se mueve y trabaja, se las entiende con todos los restantes personajes y consigo mismo obligado a la coherencia y fingimiento. Tiene salidas individualistas, suerte de valoración por la gastronomía para sentirse caballero y obrar en consecuencia. Acepta su destino de simulador e intenta dignificar el papel que le correspondió en el gran teatro del mundo.

miércoles al caer la noche: Almacén Porfirio Hnos.

Luego de la entrevista con la mujer Orsini se había adjudicado “veinticuatro horas de vacaciones” antes de ver al desafiante. El miércoles del entrenamiento por las calles es día de visitar al turco; la escena representa un coloquio de extranjeros desarraigados en suelo americano, la secuencia resulta limítrofe con la atmósfera gauchesca y ese almacén está cerc de las viejas pulperías, sobre todo por la presencia de ginebra y yerba, de alguna expresión utilizada para ahuyentar a los perros. La visita está motivada por la curiosidad, la búsqueda de informaciones, un intento de negociación que pueda disipar los temores del príncipe. La lucha real parece relegada, Orsini se aplica a ser embajador conocedor de la gente con la noble tarea de acomodar los hechos a la voluntad, convencer sin humillar, brindar la ilusión de lo logrado, pagar evitando incidentes, ganar unos días más, no lo motiva la avaricia sino probar que su interpretación de la vida es correcta. Por ello el narrador se instala en los pensamientos del príncipe, nos permite observar el combate entre lo pensado y lo dicho. La entrevista en el almacén es para Orsini una derrota pues fracasa sin alcanzar los objetivos. El turco tarda en entender pero acaso es sensible a los argumentos del comendador, pero ella hizo del desafío por el contrario el centro de su existencia y la posibilidad de cambiarla. El turco encarna la ingenuidad de la brutalidad, un buen muchacho manipulado por la mujer, se prepara para una noche de reconocimiento y lo único que hace es acentuar su condición de víctima. La lucha entre Jacob y el otro será un episodio menor, el clásico encuentro entre profesional con aficionado y el resultado responderá a una lógica cuyo avance inexorable –que no la excepción- es el nudo enigmático del relato. Esa confirmación del no milagro es lo que constituye la estafa, el triunfo de Jacob reordena el cosmos sacudido por atrevimientos de divinidades menores. Sin embargo, la pareja que prepara su casamiento es de suma importancia. Mario no es ángel, es cuerpo, la corporeidad más determinante en tanto modifica un pasado que en Jacob es lo que define. El turco es representación de Santa María y sube al ring, inspira miedo en Orsini y despierta la curiosidad de Jacob, es posible que haya embarazado a la mujer y lo exige a fondo al doctor Díaz Grey. El sirio permitió la apoteosis de un personaje recurrente de la obra del uruguayo, se transformó en espejo delator a su pesar de las miserias de la ciudad, suscitó el rencor de los periodistas deportivos, le permitió a Jacob una resurrección así como otra lectura de su vida, llevó al príncipe a empuñar un revolver en la intimidad e hizo de dos extraños de paso -para siempre- personajes entrañables de la obra onettiana. Modesto destino: el miércoles de noche carga bolsas de yerba y el sábado en el Apolo será escupido por la novia que matea. Ella en el relato acumula aspectos negativos, rápidamente podemos asociarla a la muerte o una arpía que trastoca amor por odio cuando sus proyectos se frustran. Tiene a su favor la osadía de desafiar un mundo de hombres: la medicina, el almacén de ramos generales, el mundillo del periodismo deportivo y el círculo de los combates profesionales de lucha grecorromana. Sólo una mujer implacable puede hacerlo, las versiones que sobre ella se van acumulando -sin excepción- le impiden cualquier réplica de redención; es más, parece que se la designara como la gran culpable de todo lo sucedido. Su sacrificio y el del turco de manera más contundente son necesarios para mantener el orden de los otros. Ella obliga a los hombres al máximo de fidelidad, persuasión, fuerza, habilidad e incluso las astucias del escritor. De esa movilización podría justificarse la reacción final, su rabia es mostrada como la obsesiva persistencia de una psicología perversa; pero es ella sola quien no actúa para mantenerse sino forzando la barra el Destino. Los hombres buscan medrosos acomodarse a la rutina, ella apuesta, paga y podría estar motivada por el posible feto que lleva en el vientre. Adriana se quiere casar y con la bestia, propone un final romántico en un universo brutal y sale derrotada, ella teje su destino y al final busca un rito de venganza. Cuando escupe el cuerpo inerte de Mario lo hace dando una concepción del mundo y la vida, lo dice el narrador utilizando los pensamientos de Orsini: “No es contra mí; es contra la vida.”  En la misma escena que Orsini decide que Adriana está embarazada dice:

“podría ser buena o mala; ahora había elegido ser implacable, superar alguna oscura y larga postergación, tomarse una revancha.”

La verdad de los hechos es inaccesible puesto que los personajes son un misterio para ellos mismos. La mujer pone por delante la razón de los quinientos pesos, pero su continuar adelante depende de fuerzas ingobernables, obligándola sacrificar a Mario para que Jacob y el otro Díaz Grey hallen en esa semana -con ocho horas de diferencia- los episodios que los acreditan como personajes, de paso y persistencia, en el ciclo sanmariano. Ella incorpora al relato la dimensión heroica mediante una redecilla de asociaciones respondiendo a un mundo arcaico y una lucha previa a la nobleza reglamentada de Jacob. Entre el mundo religioso de Jacob y el territorio arcaico de Adriana, el príncipe Orsini funciona como intermediario, de la misma manera que con sus pensamientos introspectivos mecia entre narrador y lector. La retórica Orsini parece que por intermitencias puede funcionar con Mario y el destino decidido por Adriana resulta más fuerte. El final del encuentro se dilata, durante diez minutos interminables Orsini bebe ginebra pensando en Jacob, ella teje batitas y fuma sentada en un rincón, el turco carga bolsas de yerba en dirección a la trampa del sótano. Cuadro de sainete y el sábado habrá lucha.

viernes 7 de la tarde: una llamada de larga distancia

Entonces, de repente, son las siete de la tarde y aunque es probable que sea jueves es viernes ya. ¿Qué se hizo el lunes? ¿Qué misterio se llevó el silencio sobre lo ocurrido el jueves? “Jacob y el otro” progresa en secuencia de escenas privilegiadas y con técnica de montaje cinematográfico. El viaje hacia la noche anterior a la del combate se inicia en una redacción mientras se evoca la canícula de la gran ciudad en octubre. Orsini está acorralado, quiere comportarse como un caballero pero la inercia terágica de los eventos lo llevan a la farsa de la llamada de larga distancia, la actuación de un diálogo inexistente sobre la inminencia de otros hechos –el dinero, el giro, el depósito- que se instalan en la embestida de las horas. Estamos en la víspera del hecho decisivo que nunca debió dejar de tener un aire de comedia e impone incluso el lugar común. “-Espero que mañana será una gran noche para Santa María; espero que gane el mejor.”

viernes 20h. aprox.: 110 espectadores

El Liberal y el cine teatro Apolo (al que de hecho se accede por primera vez) son espacios de transición que llevarán al enfrentamiento de Orsini y Jacob van Oppen; de los novios locales no se sabrá nada hasta el final de la escritura. La pequeña escena sucede mientras el campeón se entrena, el príncipe saca cuentas, se asombra que 110 sanmarianos hayan pagado para verlo saltar a la cuerda. “Trató de odiar a van Oppen para protegerse.” dice el narrador y luego el príncipe se arrepiente de no haber hablado antes. Si la noche de Jacob será la del sábado la de Orsini es la del viernes. Ahora le corresponde hablar:

“Orsini caminó lentamente hacia el hotel, las manos en la espalda, buscando detalles de la ciudad para recordar y despedirse, para mezclarlos con los de otras ciudades lejanas, para unir todo y continuar viviendo.”

viernes de noche en el hotel Berna: se oye música de jazz

La pieza del hotel es el cuadrilátero espacial donde se sucede la otra lucha que puede resumirse en revólver, declaración, huida y fuera de combate. Orsini planifica la retirada, ya está lejos proyectado fuera de Santa María; paga la cuenta, hace las valijas que le están autorizadas y medita la estrategia. El narrador se reserva la última secuencia para expandir el misterio: la verdad de Orsini y sus palabas buscando convencer a Jacob; pero viene del fracaso de su oratoria con Adriana y está lo silenciado sucediendo en la mente del atleta. Es una escena densa -por otra parte la más larga del dispositivo- como si el narrador quisiera indagar de preferencia en la zona de autenticidad que se llevaron los extranjeros. La complicidad tiene una larga historia y será en la pieza del hotel Berna de Santa Maria donde es verbalizado el conflicto. Se avanzan verdades sobre decadencia y dinero, se comprende entonces que el efecto Jacob proviene de que la semana en Santa María es decisiva para esos dos. La perspectiva es parcial e ignoramos los pensamientos de Jacob, claves por otra parte pues su determinación altera los planes de otros personajes. La terquedad de Adriana modificó el equilibro entre esa pareja que viene de los años previos a la guerra. La ternura que sienten Díaz Grey y el narrador por Orsini proviene de su conocer casi todo de la condición humana, ser implacable en su introspección pero equivocarse en la evaluación caracterial del gigante. Orsini está en el límite de una desesperación persistente que cree controlada. La novedad es que se intuye una conciencia de Jacob sobre los hechos de los que durante la semana quedó en apariencia al margen. A pesar de borracheras, crisis religiosas, extrañar a “ellos”, la sensación de extravío en el universo y necesidad de una canción con versos de Hans Leip para dormirse, la soledad del atleta durante el entrenamiento, el dejarse mostrar como un oso, a pesar de faltarle “todo eso que los alemanes llaman naturaleza”. En esa noche que Orsini decidió y tuvo el coraje de avanzar una verdad, el lector intuye no que Jacob tuvo una improbable revelación, sino que lo entendió todo desde antes; para empezar, al príncipe mismo. ¿Acaso al despertar y bajo la ducha no cantó “Yo tuve un camarada” o la canción del soldado muerto? Otra vez el tiempo: el viejo camarada le propone irse a las cuatro de la mañana en el ómnibus que parte de Santa María, Luego se lanza en el monólogo interior de la lástima que extiende al turco y su novia. El príncipe filosofa y Jacob enfrenta el destino:

“-Yo me quedo. Mañana a las nueve lo estaré esperando en el ring. ¿Voy a estar solo?”

El príncipe introduce la duda sobre la eventualidad de los combates arreglados, que son estrategias y quizá paga para disipar sus miedos. En Santa María le confiesa la verdad a Jacob, los argumentos esgrimidos producen reacciones encadenadas del gigante que resuelve la situación mientras toma decisiones. Después de todo, las plegarias habían dado resultado. Luego le engaña pidiéndole al empresario que cante el clásico para dormirse si bien Orsini intuye que Lili Marlen cambió de significado. Lo noquea, lo estira en la cama y “La música de jazz del baile parecía estar naciendo ahora en el hotel, en el centro de la habitación semioscura.”

sábado de mañana: el Stetson de los grandes días

La secuencia final es responsabilidad del príncipe y Orsini narra una subjetiva segmentación del sábado, si Díaz Grey recuerda antes de dormirse viniendo del póker aquí se sigue al príncipe hasta el póker previo a la lucha. Orsini conducirá la historia hasta el final, es decir que lleva al lector hasta el principio del relato. Ello es posible. De hecho, en el juego de las versiones pasamos de una noche de viernes de octubre para el narrador a una mañana de sábado en setiembre para Orsini. Los minutos cuentan y los meses se confunden. En este nuevo principio Jacob ríe y habla en alemán. La secuencia desordena el sentido de protección entre los hombres, el príncipe pasa de ser personaje pensante a personaje que cuenta. La alteración más profunda se produce en Jacob armonizando el pasaje de los días de entrenamiento con las horas previas al combate; ello se acentúa en el cambio de las tricotas grotescas y la autoestima manifestada en el vestir.

“Se había puesto el traje gris claro, los zapatos de antílope, equilibrando en la nuca el Stetson. Pensé de golpe que él tenía razón, que en definitiva la vida siempre tiene razón, sin que importaran las victorias o las derrotas.”

Sin rencores por lo sucedido la noche anterior el príncipe, proclive a pronósticos negativos, percibe que en el terreno moral Jacob había ganado. ¿Qué sucedió durante el sueño provocado del príncipe Orsini? La transformación del viejo luchador. Una inercia existencial lo ganaba en tanto seguía la gira que aparece como proceso de decrepitud; el pasaje del príncipe a la palabra, el grado de desesperación que conllevan el revólver y la propuesta de huida, tuvieron la virtud de decidirlo a ser -en ese lugar literario fuera del mundo- el hombre que había sido según contaban los diarios “con grandes titulares en idiomas extraños”. Desde ahí se hace claro el pacto de no prolongar la lucha más allá de un minuto, el buen humor y los zapatos de antílope. Asistimos al suspender el proceso de caída, su lucha introspectiva con el cuerpo y cierto retorno a la juventud; la comprensión de la totalidad que está en juego llevan al luchador a entender los miedos de Orsini. Jacob van Oppen recupera la risa y tiene dinero para el depósito.

sábado al mediodía: un almuerzo de príncipe

El dinero, que sale del zapato gris de antílope es el agente que le permite al príncipe esperar las 9 de la noche con relativa tranquilidad de espíritu. Almuerzo de caballero, “una propina de borracho o de ladrón” y visita al diario para mostrar los billetes. En la redacción recobra parte de la dignidad maltratada durante la semana, se venga de haber tenido que mentir una comunicación delante de los cronistas deportivos y juega a las cartas. Ello para que se concreten las leyes de simetría onettiana y las manos de Orsini en El Liberal se asocian a las manos de Díaz Grey en el Club.

sábado, después de 20h.30: la lucha final

Jacques Prévert : Le combat avec l’ange (1946)

N’y vas pas

Tout est combiné d’avance

Le match est truqué

En quand il apparaîtra sur le ring

Environné d’éclairs de magnésium

Ils entonneront à tue-tête le TE DEUM

Et avant même que tu te sois levé de ta chaise

Ils te sonneront les cloches à toute volée

Ils te jetteront à la figure

L’éponge sacrée

Et tu n’auras pas le temps de lui voler dans les plumes

Ils se jetteront sur toi

Et il te frappera au-dessous de la ceinture

El tu t’écrouleras

Les bras stupidement en croix

Dans la sciure

Et jamais plus tu ne pourras faire l ‘amour.

No vayas / todo está amañado de antemano / la pelea está arreglada / y cuando él suba al ring / rodeado de flashes de magnesio / ellos entonarán un TE DEUM a toda garganta / y antes mismo que te hayas levantado del banquillo / ellos repicarán las campanas a todo vuelo / ellos te tirarán al rostro / la esponja sagrada / y tu no tendrás tiempo de entrarle al cuerpo a cuerpo / ellos se lanzarán sobre ti / y él te golpeará por debajo del cinturón / y tu irás a la lona / los brazos estúpidamente en cruz / sobre el aserrín / y nunca jamás podrás hacer el amor.

La comitiva se traslada del periódico al Apolo en auto, “para acentuar el carnaval, el ridículo”. El príncipe va directo al vestuario, su pesimismo se acentúa por el olor del lugar y la hostilidad presentida de los asistentes en la sala, que están ahí sin saber qué diablos es lo que quieren que pase. El único creyente es el ex campeón que se mueve y guarda silencio, en slip celeste y concentrado en su objetivo ayudado por el objeto fetiche: “el cinturón de Campeón del Mundo que brillaba como el oro”. Sólo él parece entender la significación del combate dándole el sentido que luego le atribuiría la crítica literaria. Debió salir del mundo para recuperar algo de la juventud, en algún lugar americano volvió a ser el de los años anteriores a la guerra, la primavera sanmariana le dio a ese hombre de trote ridículo la esperanza de que algo podía recomenzar. Orsini no accede a los procesos milagrosos de su camarada y socio, se contenta siendo espectador de un probable drama que lo comprende y cuenta:

“Ahora, en este momento, dentro de unos minutos, llegaba el final de la historia. De ésta, la del Campeón Mundial de Lucha. Pero habría otras, habría también una explicación para El Liberal, Santa María y pueblos vecinos.”

A pesar de ver al campeón más fuerte y flaco el príncipe persiste en sus hipótesis de fracaso. Llegó la hora. Hacia el final lo que cuentan son los minutos, a las nueve Orsini pasa por boletería, antes de las nueve y cuarto las cuentas amañadas son aceptadas. “La cosa” está en marcha. El tiempo de los sucesos y el narrativo se fusionan. El príncipe descubre la escena, es con su punto de vista que el lector accede a la resolución del enigma y el relato. Se ajustan las medidas, lo relevante son los segundos; la lucha tiene en su intensidad tres fragmentos: diez, treinta, cincuenta segundos. En menos de un minuto se confirma y altera, se quiebra y define la suerte de los personajes que vimos evolucionar. El escándalo nunca alcanza a saturar la forma de los tres finales: la mujer patea y escupe al moribundo, Orsini tratando de comprender felicita al gigante moribundo, Herminio y los otros del hospital se hacen cargo del turco tirado en el ring side. El relato se construye allí donde interfieren el tiempo de los hechos y el tiempo de narrar. Esto parece terminado, pero alguien en algún lugar llamó al Club para localizar al doctor Díaz Grey que mata el tiempo en una mesa de póker.

J. C. Mondragón.

NOTA

Como es sabido “Jacob y el otro” fue enviado por Juan Carlos Onetti al concurso organizado por la revista Life en español. El jurado estimó que el relato era merecedor de una modesta mención, los textos seleccionados formaron parte de un volumen que constituye la primera publicación del cuento.

“Ceremonia secreta y otros cuentos de América Latina”, Doubleday, New York: 1961.

Decíamos al comienzo del trabajo que el relato provocó una serie de lecturas luminosas y que tiene su tradición crítica propia al interior del corpus onettiano. El lector curioso deberá repasas esas interpretaciones pertinente, nuestra intención original no pasaba por glosarlas. Ellas conforman una base de deducciones dialogando en asociaciones inéditas y desacuerdos que interpelan; a ellas se suma nuestra variante a la espera de otros aportes originales. Señalar precursores es reconocer una deuda hacia quienes fueron sensibles y fieles al “efecto Jacob”.

Gabriel Saad: Prólogo a “Jacob y el otro. Un sueño realizado y otros cuentos”, Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo: 1965.

Ruben Cotelo: Arquetipo de la pareja viril, El País. Montevideo: 14 de agosto de 1966.

Lídice Gómez Mango (coord.): “En torno a Juan Carlos Onetti”, Fundación de Cultura Universitaria. Montevideo: 1970. En esta antología se recoge el citado artículo de Cotelo y un segundo trabajo de Gabriel Saad: “Jacob y el Otro” o las señales de la victoria.

Ana Inés Larre Borges: “Jacob y el otro o el relato como duelo”, Deslindes, Revista de la Biblioteca Nacional, Nº 4-5. Montevideo: diciembre 1994.

Pablo Rocca: Prólogo a “Jacob y el otro” Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo: 1999.

* * * * *

El Principio de Van Helsing

En «Mariposas bajo anestesia», 1993

Como sucedió cada una de todas las noches anteriores hoy también los espero y sin reaccionar, por si es esta la noche elegida. Negándome a ensayar ni tan siquiera un gesto defensivo por mínimo que fuese, que sumaría un movimiento inútil a la inminencia del encuentro y cuya peor represalia es la insoportable dilación nocturna. Fijo con insistencia la mirada en la pantalla del televisor para matar el tiempo, hasta conseguir que los párpados cedan al cansancio, queriendo hallar aunque más no sea una vez, una imagen que me devuelva las ganas de pensar y logre espantarme (sería suficiente por un momento) la conciencia constante y repugnante de saberme aguardando su llegada.

Las cinco líneas fronterizas que definen el misterio llamado Hungría son sinuosas y se modificaron sin cesar a lo largo de la historia. De noche imponen el silencio e intimidan al viajero cuando despunta el amanecer, son límites que desprecian la monotonía del horizonte recto y fugitivo entre azul y turquesa, resquebrajado por tensas velas blancas y cascos de barcos abandonados navegando al varadero definitivo. El actor reclutado in extremis para el proyecto mantenido en secreto en la Meca del Cine tiene orígenes húngaros o algo así; estudia y se abisma buscando los motivos oscuros de su personaje fetiche, camina nervioso sin cesar en círculos concéntricos más pequeños a cada paso. Concentra su espíritu memorizando diálogos y parlamentos, concibe gestos que él está convencido harán su prestación inolvidable… se trata nada menos que de inmortalidad. El estado de la mente le permite todavía ensayar delante del espejo y mientras intenta controlarse hace volar la imaginación, sediento de poder integrarse hasta la sangre en el papel que obtuvo a último momento, como si pudiera creerse rondando la predestinación de los gitanos. Tiene cerca de cincuenta años, nada de tiempo para la eternidad y demasiado para un mañana que especule con la espera, sabe que será la última oportunidad, se agotan los tiempos del disimulo, cuando ninguna postergación es admisible: será su sangre o la sangre de los otros. 

Durante una interrupción entre dos tomas, mientras los utileros mastican emparedados de atún y empinan largos tragos de cerveza tibia, en un rincón del enorme estudio ganado por penumbras naturales y sin decorado, Tod Browning reitera e insiste con las indicaciones previstas para la próxima escena. El talentoso Browning dirige la película y a pesar de su considerable experiencia, está realmente preocupado por los nervios incontrolables de las manos del protagonista, desconfía de su mirada cargada del idéntico brillo que tienen los vivientes cuando velan un difunto y hay algo alucinante en la dicción que parece de un muerto. La capa de Lugosi, cortada de hipnótico velarte se arrastra implacable sobre las escaleras huecas diseñadas en los talleres de la Universal Pictures. El negro intenso lo defiende teniéndolo por hijo predilecto, protegiéndolo de la luz asesina que la noche acarrea; él oculta con la capa a impúdicas miradas el efecto humillante, la irrefrenable debilidad de excitar los caninos a la vista del cuello palpitante. Reclutados lobos extra aullando con esmero contagioso en la banda sonora, cobijan el batir de los brazos emplumados de capa que se funden –por invisible magia del hábil montajista- en retractiles alas de murciélago actor cedido gentilmente por un laboratorio californiano, que investiga leucemias fulminantes en ratas y moribundos. El pelo de Lugosi hace sospechar negras alquimias del maquillaje personal, está peinado hacia atrás demostrando las virtudes de los fijadores artesanales preparados en Transilvania. 

Una cabeza perfecta pues, en estricta correspondencia con la capa y el charol del calzado, conjunto adecuado para sobrevivir sin sobresaltos la noche moribunda y evitar las consignas del sol. El actor húngaro que responde al epíteto de Bela Lugosi, el comediante de los ojos más entrecerrados jamás filmados en blanco y negro, decidió desentenderse de las pertinentes indicaciones de Browning e ignorar asimismo las oraciones escritas por Stoker. Se encerró asiduamente en el camarín asignado por la producción a su condición de estrella para buscar a gusto, hasta quedar a solas con el fantasma del Conde revivido. Algunas semanas antes de esa comunión, cuando Lugosi supo que fue el elegido entre los candidatos a encarnar al Maestro, como si hubiera en ello un pacto concretado se dice que rió de alegría a escondidas. Cuando cesó esa convulsa felicidad epiléptica dio en interesarse, como lo más normal del mundo por la frecuencia invisible de las ondas sonoras, puntas fibrosas de estacas de madera, cortinados espesos capaces de apaciguar la claridad del crepúsculo; se informó a fondo sobre las cualidades secretas de la plata, la fisiología interna del cilíndrico cuello –femenino y virgen de preferencia-, conoció aplicaciones decorativas del azogue y se inició al complejo volar de las aves nocturnas.

Urdida esta información periférica en un haz compacto, Lugosi comenzó a comportarse como el sublime aristócrata del Mal que nunca había existido. Hasta el último segundo de penumbras tentó salvar al Conde y que era salvarse él mismo, de la disolución anunciada más allá de la muerte.

“Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.

Persíguelo y destrúyelo.”

El único protagonista del film destinado a conocer la vida eterna, releyó con desdén e impotencia y desprecio y odio la réplica asesina del doctor Abraham Van Helsing. La fórmula presintiendo el final y anunciado la aniquilación de una leyenda que era la suya. Pero alguien con apariencia humana que alguna vez fuera Bela Lugosi, el elegido venido de tan lejos, sabía que al Conde que él decía que actuaba no podían matarlo porque ya estaba muerto, ni liquidarlo –era una presencia indestructible- las restauradoras secuencias marcadas por el guión. Saltó Bela el umbral viscoso de regiones sin retorno e incomunicables por puentes levadizos de la razón, ganó Lugosi la paz interior de su noche absoluta revestida de insomnio, que aguarda en vano la luz ilusoria del sol a la parafinada luz de velas clavadas en candelabros negros.

Imagino que muchos años después del sorprendente estreno del film en los cines del mundo, habiéndose desentendido del plano final fijado sobre acetato inflamable, un Lugosi patético mostraba colmillos postizos de utilería a cajeras de supermercados y empleadas de tintorerías barriales. Hasta quienes fueron alguna vez espectadores de matinée se rieron a carcajadas de sus piruetas grotescas y lo que fue más horripilante, sin respetar los miedos nocturnos de la infancia. Bela vivió en envejecida carne propia el exilio definitivo de monstruos crepusculares del siglo diecinueve, velaría en soledad su sueño cataléptico con temor, aguardando que el pertinaz Van Helsing golpeara la puerta clausurada al final del adarve, una mano libre y otra ocupada con martillos y astillas envuelta ritualmente con ristras de ajo.

Se sucedieron infinitas lunas llenas desde la hora que murió el cuerpo de Lugosi. El magiar comenzó a fallecer cuando leyó por vez primera la versión definitiva y aprobada del guión de Garret Ford y Dudley Murphy, al decidir no ser el Drácula fantoche de Browning ni terminar como el Max Schreck Nosferatu Murnau. Eligió o algo decidió por él olvidarse del húngaro Lugosi para ser el Conde Drácula, temido aristócrata y Maestro Sanguinario de los lejanos Cárpatos. Había enloquecido a causa de la sangre teñida de morfina, la agonía se limitó a sus propias carótida y yugular que pensaba infinitas, torturado a sondas de suero incoloro, ironía adicional injusta con su lucha postrera por el rojo; dadas las circunstancias pedir donantes de cualquier tipo para el paciente hubiera sido un irreverente acto de humor negro. 

Los fotogramas finales del 16 de agosto de 1956 son imaginables en eso de despreciable que tiene la realidad. Esperpénticos gritos con convicción mimética y un batir de brazos gallináceos en vano intento por alcanzar la última ventana sin vitrales. Los enfermeros de turno del ala tercera del hospicio seguro que lo tomaron con fuerza campesina y lo clavaron a la cama de hierro, sin más artificios que sus propias manos y unas correas viejas mordidas por locos anteriores con cuadros de histeria menos sofisticados. Indigno de su perseverancia humanista el doctor Van Helsing faltó a la cita final, la única impostergable. El joven médico recién diplomado y agnóstico le cerró los ojos como si así finalizara una pesadilla digna de piedad, un estudiante curioso y comedido cubrió el raquítico cuerpo del difunto, despojo perdido en los pliegues de una bata celeste meada y cagada, con una sábana blanca almidonada. Por el ventanal entreabierto y que daba al portal gótico de una abadía en ruinas, penetraba insolente la claridad de un espléndido día casi primaveral.

Mientras yo deliraba el Conde Lugosi moría otra vez en la pantalla del televisor encendido, en alta mar a velamen desplegado, entre sombras de sospecha blancas y negras alimentadas por puertas cerradas con chirrido de bisagras herrumbradas, extraviados crucifijos vengadores fundidos en plata potosina de ley. Había trancado las ventanas de mi casa cuando cayó la noche, me siento mejor si antes de dormirme, tarde, escucho el ascensor del edificio aunque nunca sepa cuál será el último viaje ni a quién lleva en su interior. Cada tanto me tapo los oídos con las manos para evitar el ulular de las sirenas, frenadas de los autos, timbres insistentes que nada bueno anuncian, llamadas telefónicas a deshoras y que ninguno en la comarca se atreve a responder. Nadie puede escapar de la Transilvania montevideana ni transitar sendas empedradas de sedientas bestias asesinas; de haber contado afuera lo que aquí nos sucede nadie nos creería y de creernos por lástima poca cosa harían por nosotros. Me resigno a escribir epístolas dirigidas a difuntos transitando el Bardo: se siguen llevando por la noche la mejor sangre y comeremos nuestro pan viejo en miedoso silencio. 

El ruido del televisor encendido sin imágenes parece freír en un aceite electrónico el principio de Van Helsing: “persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo, persíguelo y destrúyelo”. Lucy habita Montevideo con diamantes, escucho el estruendo inconfundible mientras trepan escaleras arriba las alimañas; comenzaron a patear la puerta de entrada para derribarla, sin saber que está cerrada sólo con picaporte y suponen que me sorprenderán. Como sucedió cada una de las anteriores hoy también los esperé sin reaccionar por si fuera esta la noche elegida, negándome a ensayar cualquier maniobra defensiva agregando un gesto inútil al encuentro perentorio y cuya represalia sería otra pesadilla nocturna. Fijo la mirada en la pantalla del aparato para pasar el tiempo hasta que mis párpados cedan al cansancio, queriendo descifrar alguna imagen reintegrando la esperanza de una segunda vida y espante la conciencia doblegada de cuando los invasores volaron las fronteras.

Drama familiar en la calle Tánger al 600

Este relato finisecular forma parte del libro homenaje a la obra y espectro literario activo de Horacio Quiroga; el trabajo se llevó adelante, según una serie de protocolos preliminares y que fueron explicitados en el comentario a otras cuentos del mismo libro. Las estrategias de acercamiento al argumento Tánger al 600, eran quizá reacciones del hombre emponzoñado por la yararacusú de las drogas; como nunca conocí la selva misionera, opté por ubicar la acción en las zonas orilleras de la sociedad montevideana. Esos barrios alejados de las avenidas con transporte, fluctuantes entre las últimas carpetas asfálticas y primeros caminitos de tierra avisando el descampado; pasillos interminables de hospitales públicos, donde de noche se franquean fronteras disputadas entre enfermedad y muerte, las puertas giratorias de templos de los santos de los últimos días, sótanos de cabarets putañeros que pueden entornar las puertas del infierno o paraíso según la cara del cliente. También asoma algún recuerdo de la infancia, cuando mi madre me llevaba a visitar a los abuelos paternos que vivían en la calle Besares, cerca del hipódromo de Maroñas; muchas veces salí apurado a la calle, atraído por el ruido de herraduras sobre los adoquines y veía a rocines de antes -entre bruma de niebla invernal o en la resolana veraniega, aprontando el premio Ramírez del 6 de enero- el paseo de los caballos soberbios y con la monta del jinete adolescente embozado. Sin haber sido un turfista ni de lejos, igual todo lo relativo a los pingos -aunque sean de madera- tiene para mí una fascinación que releva de lo maravilloso; ahí pues, tenía el narrador y venía faltaba el personaje.

Quiroga -contrariamente por ejemplo, a la narrativa patriótica de Eduardo Acevedo Díaz- rescataba la violencia excedente cuando se agotan las cantimploras de la historia; los guerreros abandonan la vanguardia con lanza en mano y carabina a la espalda, entrando a intervenir demonios interiores que desertaron el batallón racional. Imposible hacer una introspección organizada de esa mente criminal rondando el cuento, así que me limité a lanzarlo a su aire en un itinerario de iniquidades incontroladas, repetidas en el cotidiano apenas afinamos la mirada y el oído en la noche de las comisarías, los servicios de primeros auxilio, el ulular de las ambulancias pagas y el tránsito permanente de ataúdes en salas velatorias de Javier Barrios Amorín 1076 y la calle Durazno. Del salteño proviene asimismo esa violencia secreta y explosiva que a veces es un suelto de siete líneas en las noticias policiales; la calesita social arrastra todo a su paso y lo retenido desborda una arqueología con cronista de prensa cotidiana matutina o archivos policiales.

El cuento existe mediante la escritura, tan solo porque el narrador alguna vez se cruzó con el personaje; ese escándalo de lo inimaginable que ocurre con alguien frecuentado por azar en nuestro campo magnético, lo pánico merodeando la vecindad. Hay un poder que llamamos sistema y se ejerce sobre los necesitados, pero hay otro instinto de agresión circulando entre los humildes, de la misma manera que sabemos de ajuste de cuentas entre apostadores, vecinos denunciados, estupro sobre la guacha de la otra cuadra, narco traficantes de pasta base y proxenetas de travestis. Evocando los tiempos prehistóricos de las series dobladas de médicos, como el famoso pionero Dr. Ben Casey -hombre, mujer, vida muerte, infinito…- el cuento irradia algunas páginas de ese universo; pero distante varias camillas del magisterio doctoral del neurocirujano prodigioso, sino vendados al tráfico de influencias voraces entre enfermeros, camilleros y empleados de la limpieza.

El enfermero del turno narrativo, que viene a ser una estrella fugaz de un rojo sangre infernal, tiene un alto componente de ficción rodeado de realismo. Es metonimia de violencia social sublimada en el Mal desregulando el mundo lindando y condensador proletario de fallas sociales; esas que algunas veces articulan deformaciones populares, agregación de conductas y gestos cicatrizando lo monstruoso. El itinerario de iniquidades del hombre en guardapolvo es lo bastante explícito para requerir explicaciones de filosofía lóbrega, una sociología blanda de la excusa o psicopatología de la vida cotidiana malograda. Quizá tiene en su fórmula mental ingredientes de todas las boticas mentales citadas, queriendo acercarse al estereotipo esperpéntico. La tarea en el hospital público, su incursión por el mundo tarifado de la noche, son acaso el espejo de un Uruguay desatendido por el enmarque acotado circunscripto en bucle a la dictadura; en algún momento pudo ser torturador con conocimiento de medicina, el médico insospechado de la militancia guerrillera, hermano de la vecina amable a quien le entró agua en la azotea; se quedó siendo el que activa y resuelve la tragedia -remedando sin saberlo a los clásicos en Epidauro- en el ámbito familiar. El teatro burlón de la Historia siempre supone la coexistencia de máscaras complementarias, dos espacios que pueden ser utilizados como metáforas donde se exponen Tánatos y Eros de una sociedad que antecede, coexiste y sobrevive a episodios ordenados por los libros de historia. El hipódromo o circo hípico activa la catarsis de las edades doradas con centauros, renueva el pacto de la competencia por la vida y sus apuestas, divide espectadores en ganadores por varios cuerpos y perdedores, da revancha desde la segunda carrera o el próximo sábado y habrá galope tendido en la recta final después de nuestra muerte; para entender esa leyenda urbana, quizá alcance con escuchar en la radio Clarín -que dejó de emitir música típica y folklórica para la cuenca del Plata- Por una cabeza cantado por Gardel.

En cuanto al hospital, hace tres años que lo vemos a diario y no es complicado -en los tiempos irrespirables del covid- imaginar a nuestro personaje deambulando en piloto automático los pisos superiores del Hospital de Clínicas del Parque Batlle, organizando con eficacia endiablada el mercado negro de vacunas Pfizer; vendiendo a padres desesperados dosis infantiles falsificadas, tal como hacia Harry Lime en Viena durante la post guerra mundial, mientras exponía al viejo amigo Holly Martins -en la rueda gigante del Prater- su alabanza de la corte Medici florentina y el menosprecio por la democracia suiza del reloj cucú.

Au Rocher de Cancale

En «Nunca Conocimos Praga», versión IV inédita, 2019.

Primera botella

Poner punto final a los interminables preparativos de las últimas semanas, memorizar el plan mentalmente antes de quemarlo y pocas despedidas íntimas por si acaso; basta de corridas tras papeles oficiales, probando con testimonios fiables las razones escritas en la zona reservada a “motivaciones del desplazamiento” de la solicitada. Alivianado del peso de identidades burocráticas, yo caminaba el breve tramo de la estación de trenes que separa el control de billetes de los andenes. Lo hacía con prisa de denunciado, sintiendo el cansancio acumulado de los meses de asedio, duda y perplejidad ante lo que ocurría, despreocupado por si un agente del Poder me vigilaba en los últimos minutos en la ciudad, debajo de la cúpula cubriendo el sector de las ventanillas de venta. 

Si ellos sospecharan el motivo verdadero del viaje me habrían detenido, a esta hora estarían golpeándome hasta el desmayo en una dependencia policial para sacarme información. Me fue encomendada la misión de marchar a París y yo lo había decidido activando la voluntad. Los amigos advirtieron del peligro si se filtraba información en cuanto al motivo real del viaje, mi vanidad de ser el elegido me lanzaba adelante sin considerar las probables consecuencias. Habiendo cerrado un tramo arduo de convencimiento interior, eludiendo que el objetivo se volviera obsesivo hasta denunciarme, cubrí el plan político con la ficción de realizar un sueño juvenil. Visitar la casa donde Balzac escribió su obra intoxicado de café; novelista burgués, glotón y decadente que, por razones de contradicciones literarias, se volvió implacable crítico del sistema capitalista y la clase social que pretendía elogiar, tesis imparable para el comité científico del Instituto que fundaba los permisos de viaje y parte de la financiación. Tenía menos que poco para perder en la empresa, además de ser quizá el próximo candidato en la lista a la digestión de la bestia insaciable. 

Estaba ansioso por confundirme con otros pasajeros del tren nocturno, desconocidos y sobrevivientes ocultando sus motivos verdaderos del viaje; ellos buscaban el compartimiento, la ubicación del billete más barato que en una noche que podría ser interminable, si las vías no fueron saboteadas ni montaban retenes improvisados entre dos estaciones, nos llevaría a París.

Los primeros meses de regreso a la normalidad, luego de revueltas populares en las ciudades más pobladas, fueron el eco de lo mismo y la instalación del ocaso del mundo conocido. Creímos estar cerca del proceso final y el cambio promovido, quienes mandan consideraban lo contrario; habían ocurrido episodios de interés como la Carta 77, conciertos de rock alternativo en suburbios distantes del centro de la ciudad, proliferaban imprentas clandestinas sacando hojas de propaganda. Como ningún poder está dispuesto a la abdicación peace and love, por debajo de apariencias de consenso y aquiescencia hacia la juventud, se sucedían incidentes represivos con preocupante periodicidad. El intento de reacomodar un simulacro de normalidad dispusieron en mis noches el insomnio y una pérdida por vivir tendiendo a la poesía, lo que podía ser considerado paradojal. Tenía presente en horas de la madrugada la serie de episodios precedentes, actos resistentes frustrados, amores rotos en la desbandada de la historia. La memoria de lo que nunca olvidaría ni después de la muerte, agregando la conciencia de lo perdido y la humillación, descorazonador para mi equilibrio que se volvió molestia infecciosa sin antídoto. Lo de verdad irreversible al menos que cambiara de vida y memoria, era la ironía, la certeza de haber tenido razón en mis apreciaciones en cuanto al vuelco de la historia, la suerte de mi familia y el desencanto sobre la condición humana. 

Lo que nos sucedió en el período que interesa tampoco fue casual ni remanente del pasado accidental. Caída de la cúpula del grupo clandestino de ex estudiantes, el mundo intelectual opositor, la bohemia nocturna de canción contestataria y artes escénicas, cineastas censurados y sociólogos apocalípticos, reciclados ideológicos en organizar revistas, Cinematecas y grupos de reflexión política para el día después. Sospecha en la existencia de un Dios despiadado, vigía omnisciente de nuestros movimientos incluso antes de planear las reuniones, podía llevar a la paranoia y el inmovilismo. Era insoportable aceptar una derrota con filamentos faltando tan poco, sin conocer el rostro familiar del enemigo delator. Si el círculo nuestro se estrechaba emparentados a una forma de vanguardia, lo mismo ocurría para el traidor viviendo entre nosotros que calculó las probabilidades antes de decidirse por la infamia. Bastaba pronunciar un nombre que alguien sabía para destruir el encantamiento maligno y el ritual aconsejado tenía el precio del peligro. Esa información, vital como un antídoto amazónico para nuestra supervivencia, estaba consignada en París. En manos de un editor expatriado, curado en eso de la desconfianza infiltrada y sólo lo daría de primera mano verbalmente. 

Luego de un sinfín de corroboraciones y garantías –sin dejar trazas manuscritas que puedan falsificarse por los Servicios- yo sería la mano santa que diría “encantado de conocerlo”, la oreja amputada recibiendo la información vital. La retendría en la memoria durante el regreso administrando emociones, asombro, odio por haber visto el funcionamiento de la Máquina, escapando de perseguidores con la tarea de suprimirme. Volvería a Praga variando itinerarios para comunicarle al grupo el nombre del traidor y luego se haría justicia. La venganza parecía otro sentimiento residual de una era bárbara dejada atrás, la única dosis de catarsis que podría alivianarnos de tanto dolor acumulado y del recuerdo del camarada muerto el mes anterior. 

Con el correr de los meses en el juego de la transición a una nueva etapa de lo mismo, se volvieron penosos los paisajes crepusculares de mi querida ciudad cruzada por tranvías eléctricos, algo que nunca creía que pudiera sucederme. Que día a día los hechos inoculados por la banalidad vigilada, la realidad aglomerada y ellos compartiendo lo que supongo mi vida, confirmaran intuiciones pesimistas sobre la forma del futuro y su hipotética eventualidad. Después de lo vivido los últimos meses –esa sensación con olor de animal asediado por cazadores y traición en el vientre del movimiento- nada sería igual; condenados a vivir desconfiándonos hasta que la revelación sucediera. Una paciencia apostando a la transformación interna, algo militante pensando en una vida libre (ingenua porque conciliaba Dios y la credulidad sobre Occidente democrático en el asunto) dio paso en mi espíritu a una fatiga persistente, sin esperanza de modificaciones que intuía definitiva. Algo me perturbaba activando el torbellino de la esquizofrenia y por las noches despertaba sobresaltado. Había soñado una escena sin resquicio para la controversia: el traidor era yo mismo, metamorfoseado hasta la duplicidad luego de un período de reeducación en un albergue psiquiátrico de las afueras de Praga. 

Antes de caer por completo en la tentación de matarme o dejarme morir, de confundir sueño y realidad, reclamé en silencio de sinagoga, con dignidad de reconocer la maravilla de haber sobrevivido, el derecho a sentirme hastiado de lo que me rodeaba y desde la niñez creí definitivo. Hasta que una mañana, mientras sentía la abstinencia de lo sagrado, me dije “soy yo a pesar de Dios y de mi circunstancia”. Así obligado a vivir un segmento de tiempo anestesiado me asigné una tarea para los próximos meses con sacrificio y redención. Como si los objetos conocidos y el mundo fueran diferentes a lo observado en la convalecencia de la ciudad; debía vivir las próximas semanas como personaje de novela de espionaje. Averigüé hasta saber lo suficiente llegando a los límites de la cuestión, concebí la misión en sus detalles luego de establecer contactos en la ciudad y el extranjero. Invertí en implicancia y compromiso, pasión y determinación para ser designado por unanimidad. También por conocer la identidad de quién nos traicionaba desde tiempo atrás y que acaso votó por mí en la reunión clandestina; suponiendo que yo sería el menos apto para desenmascararlo, el más simple de contrarrestar una vez que él hubiera concebido su plan de réplica. 

El cambio, el traslado de encubrimiento, como decían en el dialecto del Instituto, lo aguardé años sin moverme, con temor a cambiar de ciudad y envejecer olvidando. Es cierto que vivía maldiciendo o viajando de memoria al pasado de mis lecturas. Tenía reputación de curioso e inadaptado por preferir el socialismo novelesco al socialismo real, lo que fue durante años mi estrategia de protección. No sabría decir si la mutación era promoción o castigo, las firmas legales y necesarias de la Organización Interna del Instituto demoraban en llegar; en tanto permanecíamos quietos aceptando el estado de cosas, sumisos por precaución parecía que una calma de mar hipnotizaba nuestras actividades. 

En cuanto planeábamos una actividad de resistencia por insignificante que fuera, alguien entre los nuestros desaparecía sin que el paisaje se inmutara, una fuerza lo hacía pasar mágicamente al otro lado de universos no euclidianos. Comencé a sospechar si no recomenzaba el juego de la espera –nos hubiéramos equivocado en la deducción del futuro, como gitana con glaucoma-; el preferido de quienes poseen el tiempo a su favor para redundar en el poder y al que son afectos los miembros de la Dirección: postergación premeditada de felicidades burocráticas. Ello desprendió de mi conciencia el complejo culposo por olvidar pensar en quienes desconsideraron las verdades que enseñan las épocas de violencia. Mi indiferencia perfecta estaba del otro lado de la tarea, en la hora siguiente a cuando pudiera decir a mis compañeros el nombre de aquél que nos venia denunciando con sistema, como si estuviera montando una pieza teatral de dramaturgo inglés. Sin vergüenza de admitirlo, intuyendo retroceso y repetición, la marcha atrás en relación al mundo deduje que soy alguien prescindible a la etapa exultante que se venía en la ciudad. Lo que queda de país antes de la deconstrucción y los dados cargados del Maligno decidieron París porque allí estaba el nombre de la traición. 

En septiembre, cuando empiece el otoño junto al Moldava cumpliré treinta y un años. ,e falta poco para ingresar a la mitad final del curso de mi vida, soy divorciado y el estado de salud puede abreviar esa probabilidad de la estadística. Muchas mañanas de los últimos meses, de pie delante del espejo del baño contemplaba la truca del maquillaje operada a mi pesar. De la nada resultaba que otra nariz se superponía a la mía, falsa nariz esférica y roja, luego peluca enrulada y rictus en los labios. “Ese soy yo” repetía; cuando quería acercarme al espejo, cerciorarme de mi aspecto matinal los zapatones de hule me impedían hacerlo, marcando distancias insalvables con mi propia imagen, con lo que creía de mi, con lo nuevo que de mi estaba creyendo. “Soy ese” pensaba. En amigos queridos comenzaba a descubrir restos de colorinches mal disimulados; estaban metidos en sacos de tela tosca a cuadros de colores, inmensos de todos lados siendo irreprimible la tendencia a golpear las palmas de las manos. 

Había entre nosotros un payaso traidor, “somos nosotros dos” concluía, Creía que el Mundo era el Gran Teatro del Mundo y resultó Circo Itinerante. En tales circunstancias cuando la paz se volvió sainete, el porvenir común se intuía molesto e idéntico, cargado de tristes payasos proclamando que todo el año es carnaval. Moviéndose con torpeza, entre bosta humeante que dejan los elefantes de paso por la pista hacia las jaulas, viejos saltando al ritmo de una orquestita de monos con tamboriles sin melodías y pocos clarinetes y flautas.

Segunda botella

El viaje, siendo personal y en misión a ciegas prometía mucho de entusiasmo y decepción, dos licencias acumuladas resultaron providenciales dándole tiempo de respiración al intento y justificación legal ante el Instituto. Un jarrón de mis abuelas –obra de un artesano cotizado en los tiempos de Kafka- así como unos gramos del oro de la memoria familiar (dos pulseras, la caja vacía de un reloj de bolsillo, una moneda española del siglo XVIII) los cambié por billetes que, contemplados entre los dedos eran una enormidad; asegurándome supervivencia modesta en el extranjero por si el papelerío del traslado resultaba falso y era una estafa. Fue mi manera de encubrir el cometido oculto de mi iniciativa y de no haber emprendido esas maniobras de mercado negro en Praga, las Autoridades hubieran desconfiando de mis intenciones relativas al viaje.

A lo largo de los últimos años por tareas de contacto con colegas, escuché anécdotas entusiastas y sugerencias insistentes de viajeros que regresaban excitados de sus experiencias en el extranjero. Tendría el territorio de la comedia humana a mi disposición por algunos días; era una suerte que el nombre se guardaba en París, si bien las maravillas estaban en todos lados, mi preferencia se inclinaba por quienes pasaron una temporada viendo correr el Sena hacia las fuentes del relato. Ellos sabían de mi admiración sin límites por Balzac y menos de mi amor secreto por Paul Celan, que se tiró al río a la altura del puente Mirabeau. Me sería fácil desplazarme una vez instalado, correría menos peligro que bajo la policía política del Sistema; allá según contaban, se interesaban mucho por nuestra situación política y había gente influyente dispuesta a ayudarnos para alcanzar la libertad. En París vivía el personaje providencial que conocía el nombre que acabaría con la masacre que nos estaba diezmando, con ingenuidad de novato creí que solucionando esa aberración de círculo íntimo, ello contaminaría de libertad inmunizada el resto del país. 

Por sinnúmeros encuentros discretos durante el tiempo del almuerzo, disponía de por lo menos siete itinerarios que, tomando como eje y base de operaciones la ciudad de París con sus círculos concéntricos, entre el primer día de viaje y el último de regreso incluían lo digno de visitar antes que me apunte el arquero de la muerte. Duplicando el espejo del viaje de Apollinaire cuando encontró al judío errante en Praga, me había decidido por el criterio central de mi expedición y que pasaba por conocer el mapa de los pasajes de París. Los cortes cubiertos en la ciudad y que, partiendo del siglo XIX acaso podrían trasladarme al siglo XXI que nunca conoceré, había preparado la lista según un criterio de zonas partiendo del Panteón y luego me dejaría ir hasta decidir cuál entre ellos era el necesario para llevarme hasta el otro lado. 

Otro azar decidió por mi: “La cita con el editor es en el restaurante Au rocher de Cancale” me dijeron y fue suficiente. La suma de datos, informaciones y opciones que tanto ayudarían a mi voluntad de perderme en los intersticios de guías turísticas, escondía el real motivo de mi viaje. Lo que estaba buscando e incluso con temor de encontrar demasiado pronto, estaba en mi destino y en otra París que la descubierta a simple vista. La urdida de mapas antiguos con arqueología mutante y capacidad –compartida con ninguna ciudad- de ser inmortal a pesar de alterar el nombre de las calles del centro, el perímetro de plazas con adoquines, la memoria fluctuando de sus habitantes de más de setenta años. Creo que ni llegué a responder al saludo del primer funcionario aguardando la llegada de pasajeros en la puerta del vagón. El mío era el XVII y suponiendo que como sucede con los transportes públicos en épocas de crisis, quizá los lentos tuviéramos que viajar parados, me apresuré a ganar mi ubicación pasando entre señoras confundidas, niños sonámbulos y maletines, ancianos indecisos y valijas de todos los tamaños instaladas en el pasillo. Faltaba ese aire de viaje de vacaciones y el rictus de la cita de negocios, la distancia de ir de compras; el pasaje tenía el aspecto de emprender la huida lenta, un sobreviviente sabe que lo peor llegó y se dirige hacia un destino que será el final.

Era un viaje sin regreso en condiciones similares, si es que podía hacer pasar la información; finalmente pude ganar mi lugar. La gente nunca termina de acomodarse perturbada por temor y desconfianza mientras aumenta el ruido de la locomotora, sumado a la confusión cuando es inminente la salida del tren. Mis oídos se tapan antes del empujón de arranque, del encuentro fortuito de máquina, velocidad y aceleración sin retorno. Al acomodarme en el asiento, habiendo comenzado a manipular con el respaldo y el posa brazo, evaluando organizar la lectura para contrariar el tedio, tuve conciencia de la conexión de ese viaje con vías abandonadas de mi pasado. Dentro del cerebro un tapón eléctrico saltó sin estruendo y ello permitió –efecto paradojal- que fluyera una conciencia de felicidad, motivada por la proximidad del encuentro con aquello deseado y desconocido. Reconfortaba estar instalado en la idea de que comenzaba a buscar, desentendido por la duración de las horas de viaje en esa situación, me descubro hojeando un folleto de la compañía de Wagon Lits. Leo las invitaciones a viajes por el vasto mundo y que tienen por destinos estaciones en países lejanos. En ninguno se aclara el régimen institucional que los rige ni el nombre de prisiones para presos políticos; menos se consignan listas de opositores asignados a domicilio o ministros acusados de corrupción con dineros públicos. Las propuestas del mundo lo ignoran todo de la situación que me puso en ese compartimiento rumbo a París. Asumo sin resistencia, siguiendo esa lección publicitaria de geografía interesada sin tapujos, que todo es posible. Hasta la existencia de un territorio donde se puede vivir entre licores finos, camisas de marcas prestigiosas, perfumes para mujeres secretas que conocen misterios de la sexualidad y cigarrillos bellos de encender. 

Estaba –lo decidí con conciencia política- en una frontera de apoteosis internacional, entre sentidos seducidos con esmero, excitados mediante gustos provocadores; aromas y tactos acosan el alma del placer humano, prometiendo hacer olvidar por encanto el más terrible de los sufrimientos, gama deliciosa, ayudando a disolver en la burbuja de la historia actual los flecos de memoria viva aun adheridos a mi cuerpo, seudópodos venenosos que pujaban a nacer de nuevo siendo otra variante del desear morir. La Historia se modifica y las ruedas de las locomotora son medidas de la modernidad, nuevas ruletas de la Fortuna. 

Viajo en una dirección contrariando la evolución del tiempo. me dirijo hacia tierra enemiga anhelada, retrocedo hacia las ilusiones perdidas, quisiera estar en la noche previa a la primera caída de los nuestros por delación. El día después de haber pronunciado el nombre del traidor.

Tercera botella

Es pronto para olvidar el año mil novecientos sesenta que fue el de mi nacimiento y había comenzado la lenta disolución del país en la expansión del mundo. El abrupto violento despertar del sueño de arcadia proletaria con banderas rojas, una entidad salida de la guerra que sin previo aviso se quedó estancada en la nieve sucia de la Historia; igual que un balón en el barro en los partidos de fútbol, cuando la destreza depende del azar imposible de reconstruir. 

Esa imagen me quedó de una tarde de lluvia, cuando mi padre me llevó a ver al Estrella Roja enfrentando un equipo magiar. Los jugadores del equipo extranjero tenían nombre de violinistas bohemios y soldados del partido politizado de Budapest; el juego es siempre lo imprevisible, yo no podía saber que algo que detenía lo normal era un augurio, ese gol sin concretar se me aparece como el impedimento cero de lo que luego ocurrió. Puntapié inicial de una cadena de fracasos y en todos los juegos donde nosotros participamos (diciendo nosotros dudo si evoco los partidarios del Estrella Roja, la patria o la familia, el círculo diezmado de los delatados), sin omitir sangrientos motines callejeros en la batalla que pasando los meses se volvía eterna. 

Por entonces y de acuerdo a lo que pude juntar de información, en París estaban con complicaciones, como si hubieran llegado a la vez los ajustes de cuenta que se fueron amontonando luego de un siglo de impericia militar y política al servicio del ideal colonizador. A pocos años de liberar la ciudad de mandos alemanes instalados en las suites del Ritz Place Vendôme –cuando los bailes del 14 de julio festejaban la Revolución en barrios populares con canciones de la belle époque, lindando la peste nazi incrustada en cruz gamada al obelisco de la plaza Concorde, cerca de la Francia colaboracionista, esvásticas embanderando la ciudad Haussmann y Grandes Almacenes- los episodios de Argelia y Dien Bien Phu dejaban por el suelo la grandeza expansionista de alcanzar los confines del mundo para dominarlos. Los ecos de jour de gloire de escuelas y asilos, pensionados y orfelinatos claudicaron en el horror, la desesperación de muerte del general Navarre en Viet Nam, verde oliva y palúdico despertar de una prolongada pesadilla del poder político/militar sobre los territorios de ultramar. Aquella muerte de tantos y tantos que se mostró inútil, agonía hasta la expiración desprovista de ideales para la Razón de Estado –exceptuando lo que la empresa suicida tenía de orgullo y desdén por el enemigo, que de negarlo se hizo invisible en la jungla- llevó a Monsieur Laniel, primer ministro a cargo de las márgenes del Sena a querer explicar lo ocurrido apelando a lo residual del discurso cartesiano. 

No éramos los primeros en vivir una situación de crisis en Praga y la París que me recibiría tendría estigmas de la guerra en la ambientación del Au rocher de Cancale, restaurante que frecuentaban el autor y los personajes de la Comedia Humana. Hacer inteligible hasta entender un ramal de la retórica histórica, hundiendo raíces podridas de sangre en tierras de Indochina –que volvían a sus propietarios originales- y yo tenía una cita de negocios en el comedor de la Comedia Humana. 

En un vagón sin referencias del exterior, como si estuviera en una cápsula desafiando leyes del tiempo y el espacio algo sucede. Siento olor a café recién hecho y pongo atención: atemorizado por confrontarme con la realidad que busco imagino instrumentos para navegar a ciegas, timones sobre el puente vacilante y brújulas señalando un rumbo impreciso. Me preocupa la eficacia mecánica del tren y el café a la turca, el anuncio del altoparlante dice que estoy cerca de la Estación del Este; Ello se confirma por el cambio de cadencia de avance de la locomotora y mi dolor de oídos por las horas encerrado. Me pregunto qué palabras quedarían en mi caja negra de ocurrir un accidente en los últimos kilómetros del recorrido, en qué persona pensaría los segundos previos sabiendo que voy a descarrilarme contra la muerte, mientras mi cuerpo queda atrapado en un amasijo de hierros retorcidos.

Nunca había visto el amanecer en las cercanías de París, es extraña la proximidad de construcción, el tiempo está en nosotros como verruga benigna, el páncreas y el tendón de Aquiles. Me gana la ansiedad, dentro de pocas horas caminaré libre por las calles de París, seré otro paseante sin rumbo fijo y sin prisa… lo haré al ritmo que avanzan las aguas del Marne cuando baja la crecida. En un afluente de la vida sentiré que mi sangre se mezcla con la corriente del Sena, Desde ahí podré espiar la París de los excluidos y por voluntad del corazón, buscándome, buscándolo, buscándonos en la intimidad de recodos de muelles y el vértigo de puentes haciendo una de la ciudad que es dos ciudades. Si es que los ríos siguen teniendo el poder de cortar en dos lo que sea; momentos de transición en tanto la ciudad comienza a denigrarse por la miseria en arrabales tristes igual que un presidiario condenado por un crimen odioso. Es a causa del empedrado del siglo XVIII de ciertas calles donde es arduo recordar sin error la fecha exacta del día que transcurre, fluyen horas del mismo día bajo la sospecha de un cielo constante diluyendo certitudes en los cafés: espejos apocados de otros espacios reservados hallados por azar, devolviendo facciones olvidados, pesadillas paradigmáticas moviendo a sonrisa nerviosa al despertar antes de la salida del sol. Cuando ello sucede escuchamos en las cercanías una mansa llovizna y persistente, es la lluvia ocultando la luz de la ciudad y arrastrando papeles de diario a las alcantarillas del cementerio más próximo. 

Cuarta botella

Cuando me senté a la mesa en el restaurante y un camarero me pasó el Menú recordé que esa escena la había vivido en el pasado litografiado de otra vida. El editor citado era amigo de la infancia y vinimos para cerrar el contrato de un poemario sin nombre de traidor. Lo deseado en ese estado de insomnio y comunión era la comezón del reconocer, sentir en el cuerpo y aura que lo envuelve aunque fuera por una brevísima duración, que estuve allí hace tiempo de eso. Pasearme como alma eufórica regresando y contemplar una calle del siglo XVIII que vieron otros ojos que acaso y sin llegar a afirmarlo podían haber sido los míos: la calle de la Montagne Sainte Geneviève. 

Si resultaban ser los míos, dejarme confundir en una nube con humo de opio y reaparecer como vuelto de un sueño. Pretérito fantasma de mi mismo, tiempo de autos antiguos con bocina espanta perros y caballos, circulando calles empedradas al rayo del sol por condenados a cadena perpetua. Un pasado de damas elegantes encorsetadas, con manguitos de piel entre las manos preservando los dedos del frío navideño en Tullerias, tules negros emparejando facciones, empañando de luto la mirada resaltando facciones delgadas por la dieta y secuelas íntimas de enfermedades que acechan la pubertad. Tiempo concluido donde las fotografías tenían, recién salidas del laboratorio, en el despertar después de la masacre en las trincheras, un color tirando a sangre sobre barro. Sepia herrumbroso emulando la tinta delatando la ronda de la muerte.

Anhelo, como si fuera un recuerdo que a fuerza de ser imaginado se volvió real, la atmósfera cálida de las cafeterías cerca del Panteón, barriada que frecuenté en películas de los cincuenta; junto con los comediantes del circo de la noche, la nieve que no cesa de caer sobre techos asaeteados de chimeneas y el frío en el exterior de los salones, del otro lado de cristales con letras pintadas leídas detrás de la escritura. Si hasta me hubiera agradado llegar a esos enclaves de ficción acompañado por una muchacha de la ciudad pizpireta, sentimental y coqueta. Dejarme vivir entre la fragilidad arrastrada de Lizette, Ivonne o Manon, habitar esa zona de afectos lindando el amigo y confidente luego de tres conversaciones. Entre cliente de jueves de tres a seis con crisis de celos, marido para protegerla de accidentes de la profesión con cualquiera de los sexos. Bebiendo licores en vasitos minúsculos y café con azúcar para paliar el hambre, pagándole la cuenta al patrón con billetes que dejaron de circular hace décadas, sin valor fuera del puesto numismático de los mercados callejeros. 

Eso era la culpa de Balzac, años de lectura que pasé viajando dentro de su obra infinita y también en otras islas narrativas que se le parecen. La última francesa que conocí me aplazó en el segundo año de secundaria a causa de un plus-que-parfait de un verbo irregular en concordancia que terminé olvidando… sólo conocía del arte de conjugar y hasta por ahí el passé composé; mejor, el passé simple con toque de complejidad dependiente del resto de la oración más que de la conjugación. La ciudad que vivía en mí estaba muerta como murieron Praga la Mágica, Roma Eterna y tantas otras. La debilidad mía comprobada repetidas veces, originada en esa tendencia / enfermedad a confundir los tiempos, inducida por voluntad y otras hallada por accidente, no era secuela de la enfermedad. Era suficiente para que se activara –eso producía el deslumbramiento- una partícula afectando el sistema de la lengua, un signo servía para contradecir el curso de los relojes y viajar en el tiempo. La escritura es la única máquina del tiempo fiable de que disponemos los hombres; el artefacto de H. G. Wells era una bicicleta comparada con el arte de conjugar y todas las máquinas similares que topé en mis lecturas resultaban lo que eran, un juego mecánico de los niños que se niegan a continuar creciendo.

-¿Usted sabe para qué estamos aquí?, me dijo el editor exilado una vez hecha las presentaciones.

-Claro que lo sé y hay que llamar a las cosas por su nombre completo. 

-Como será una situación irrepetible en nuestras vidas y el lugar tiene perfume del siglo XIX que tanto le agrada, creo que podemos disfrutarlo. La Historia siempre espera. Imagínese lo que pasó por la sala de este restaurante y la cocina, a pesar de todo ese pasivo está aguardando para servirle lo mejor.

-Es el final del cuento.

-Así parece.

-Si tal es el caso, creo que tengo una idea.

-Lo cité aquí porque preparan como nadie en París los platos preferidos de su admirado Balzac.

-Caramba, es un bello gesto y me pareció intuirlo cuando lo supe, usted parece conocer los detalles más discretos de mi intimidad. El país nuestro, que es lo importante justificando nuestro encuentro, marcha veloz hacia la destrucción y nadie lo puede impedir.

-Cuando terminen de destruir Checoslovaquia, que es cuestión de meses, seguirán con Yugoslavia. Me temo que no habrá revolución de los claveles, sino algo denso y asesino para ejemplo de la humanidad. La Europa Imperial no digirió el gesto de Gavrilo Princip y los serbios tienen ante si días duros. No se escatiman esfuerzos para destruir la idea de revolución en el mundo, lo que supone volar un puente que puede ser utilizado en ciertas ocasiones, que se le volverá en contra del sistema y ahora tan ebrio de poder, pero esa es otra crónica futura…

-Aquí lo estimulante es que se interesan por todo lo nuestro, creo que somos objeto de una solidaridad internacional.

-Praga y el entusiasmo poético francés por nuestros asuntos durará mientras dure el régimen. En cuanto se abra la primera boutique Ives Saint Laurent nuestra Praga será una destinación turística entre cientos y burdel de putas baratas, situaciones que hemos olvidado. 

-¿Hablan mucho de nosotros en París?

-Una enormidad, pero terminará por apagarse ese entusiasmo programado. De lo contrario nos creeríamos nosotros también el centro del mundo.

-A usted le fue bien.

-Todo es relativo…. Desde hace años nos utilizan para sus propios fines, lo entendí desde el primer día y me adecue a sus designios. Nosotros venidos de años tan duros… cansados y nostálgicos queremos tanto sentirnos importantes en este segmento de la Gran Historia, que creemos sus halagos falsos. ¿Usted recuerda la historia de Josefina la cantora? Son especialistas en hacerle creer a la gente que es importante y ahora es nuestro turno ¿Observó el movimiento desmesurado de los últimos años? 

-Nos visitaban gente con un real interés.

-La cultura es diplomacia y forma parte del plan para ganar conciencias para la buena causa. El proceso es límpido: invención de la resistencia, sonido de cascabeles de una vida libre y expansiva con señas de identidad. Autoconciencia de pertenecer al concierto de las naciones de la libertad, incitación a la visita, promesas de todo tipo, revalorización de la cultura diferente y para rematar la comedia, el Vaticano nos reconocerá un Santo de circunstancia. Vendrá naturalmente la integración a la OTAN para la defensa de valores occidentales, luego iremos a los tratados económicos europeos. Apenas tomada la foto de la firma Praga volverá a ser otro suburbio utilitario, Ghetto proletario del Este y no sólo para los judíos. Hasta que decidan abrir la gran puerta de Kiev, que ya está en las carpetas.

-Su visión es pesimista o trata de desanimarme.

-Trato de ser luminoso, acercarle la verdad antes de que sea tarde. Desde que estudio su expediente aprendí a estimarlo por la fe que tiene en las Luces.

-Tengo testimonios creíbles del interés por nuestra cultura.

-¿Quiere que se los enumere? Además ¿a quién no le agrada saber que vive en una ciudad mágica, que es bello e inteligente y que París retiene su aliento por conocer la producción de la juventud checoslovaca? Tan oprimida por tanques soviéticos, comisarios políticos, procesos estalinistas carentes de justicia y que esa sensación de realización está al alcance de la mano… Alcanza con firmar algún manifiesto, una inmolación con gasolina bien publicitada, estar dispuesto a pasar algunos meses preso y denunciar la opresión de la nomenclatura actuante.

-Su visión es cínica e injusta.

-Usted lo quiso… en los últimos años se organizaron coloquios sobre el cine y la literatura checa. Nunca se vio tal intensidad de traducciones de poetas y novelistas. Los teatros subvencionados de Francia montan obras de dramaturgos disidentes. Los espacios públicos organizan exposiciones con catálogos y números “hors serie” con nuestros artistas. Se elogian el rock alternativo y grafiteros, fotógrafos de la resistencia y periodistas encarcelados. Hay lecturas públicas en todos los foros y homenajes y se dedican a Checoslovaquia libre los salones del libro que pululan. France Inter y France Culture nos dedica horas de antena cada día. Las editoriales participan de la operación a pérdida. El año pasado parecía que el mundo había dejado de escribir y el secreto de la novela sublime estaba en manos de los checoeslovacos. También ensayos, testimonios, poesía, misceláneas y evocaciones, tenemos varios autores en las lista del Nobel y se le atribuyen los principales premios populares. Abundan las becas para científicos y ayudas a la traducción, se incentivan intercambios, se resalta el exilio político. La crítica literaria sublimó en pocos meses a nuestros autores, dándoles ubicaciones de privilegio. Las revistas nos dedican números especiales, así como programas de televisión. Se programan nuestras películas y las más mediocres producciones tienen una sospecha de obra de arte; se nos hace soñar sin tregua de lo interesante que seríamos si viviéramos en libertad. Aumentan las condecoraciones y se hacen públicos asuntos que allá son clandestinos, somos invitados especiales de cuanta actividad pública existe y hasta los niños Argelinos de París saben que no hay río más bonito que el Moldava.

-¿Para qué me dice todo eso?

-Hombre… para que se quede en París y reniegue de su pasado. Tiene a su disposición un HLM pequeño bien ubicado, una beca Guggenheim de año y medio para acostumbrarse al cambio de piel, algunos cursos sobre Balzac en dos colegios… No está mal para comenzar una nueva vida… claro que siempre y cuando se cumplan algunos requisitos.

-Lamento rechazar tan buena proposición, pero regreso pasado mañana a Praga. Vine aquí a buscar un nombre.

-Y lo encontró: era su nombre. ¿Esta seguro de querer regresar a Praga? Allá no tiene casa propia después del allanamiento, ayer fue despedido del Instituto y pesa sobre usted un pedido de captura por agente francés. Cayeron dos de sus amigos queridos y se corre un rumor sobre los verdaderos motivos de su viaje…

-Esto es una pesadilla.

-Parece kafkiana y es surrealista. Usted quería conocer un nombre que yo debía articular pero resulta que ahora lo puedo pronunciar: es el suyo. Bien manchado de indignación, mientras viajaba en el tren repasando los momentos de su misión. Queríamos saber quien era en verdad, tan próximo a descubrir a nuestro querido delegado cultural de la embajada francesa al que ustedes adoran. Si bien lo consideran fútil y superficial, detrás de su apariencia snob se esconde un hombre lleno de recursos.

-¿Por qué me lo dice?

-Porque nunca volverá a Praga, para usted no hay ninguna diferencia y ahora pasemos a las cosas serias. ¿Recuerda cuál era el plato preferido de Balzac?

-Para comenzar, siempre pedía un centenar de ostras y cuatro botellas de vino blanco, de las tierras de Vouvray.

-¿Cuatro botellas de vino blanco?

Lefaucheux II

En «El misterio Horacio Q», 1985

David es un muchacho diferente, él llega de la capital todos los años a pasar los tres meses de vacaciones de verano entre nosotros. Viene a la casa del tío, el Pato, el dueño del boliche La última curda. Al mediodía el Pato sirve comidas caseras para alguna gente de paso por el pueblo, un plato por día, tallarines con estofado, milanesas con puré. Nosotros le decimos a David que para qué viene aquí que en verano es la muerte, que podría aprovechar las playas de allá de la capital tan enormes y lindas, como esa que se llama Malvín y hasta lo embromamos con las novias. David es así, él dice que allá está todo podrido y ya tendrá en pocos años su diploma de dentista, pero lo que él quiere de corazón es otra vida.

David estudia todo el año y trabaja duro preparando el verano. Siempre llega con ideas nuevas, un bolso lleno de publicaciones, revistas literarias, plaquetas de poesía, trae casetes que él mismo graba y los poemas. Con Fede son amigos desde chicos, se dan una manija loca con esas hojas sueltas que ellos llaman revista y ya sacaron tres números. Mi Fede lo único que tiene es la revista y entonces se da manija de verdad cuando reavivan el proyecto. David, es increíble, se lo toma en serio, dice que debemos seguir sacando la revista sin pensar en los sacrificios, está convencido de que desde aquí que es el esfínter del culo del mundo, podemos cambiar la idea de la poesía entre nuestros compatriotas. Están locos… Un año David organizó un taller de escritura poética, hasta trajo dos poetas jóvenes que leyeron sus textos y divagaron. Víctor Cunha que no me sacaba los ojos de encima y otro flaco de lentes que se fue a México, Eduardo se llamaba.

Yo también escribo un poquito. Hace años que vivo con Fede pero en verano también me enamoro de David y Fede no me reprocha nada, hasta hablaron entre ellos de la situación. Nunca nos acostamos los tres, duermo una noche con cada uno. Fede me ama cada día más y eso me gusta. En lo más íntimo yo creo que la historia le hace creer que vive adentro de una película. Fede es fuerte y David es tierno. Durante los meses que dura el verano soy la mujer más feliz del mundo. Nadie sabe lo nuestro, nos piensan un trío de loquitos obsesionados por editar la revista y está bien que sea así. Nosotros nos divertimos, es todo tan intenso entre ellos y yo que olvidamos el tedio y el calor, la miseria a la que fuimos arrastrados. Parece una historia de cine, pero a mí me da vergüenza tener siempre las mismas bombachitas de algodón como de niña. Soutien no necesito porque tengo poca teta, son tetitas de perrita, lindas pero chiquitas. Para compensar me cuido mucho el pelo, después de todo los calzones modestos logran que la situación sea más democrática, a veces igual sueño con puntillas negras y esas cosas de mujer fatal.

Habían pasado las fiestas de fin de año y todo el barullo. Los potentados del pueblo que tampoco son tantos, se fueron lejos y no volverían hasta mediados de marzo. Aquí nos quedamos los que no tenemos plata para el boleto de transporte ni para pagar un rancho en la costa, aunque sea una modesta casilla de chapa dolmenit. Nos quedamos los que tenemos la parentela y los viejos en el pueblo. Es así que por allá como terminando enero, es cuando los que quedamos aquí hacemos un pacto de pobres y caminamos por el pueblo en silencio. Hacemos las mínimas compras, estamos en un limbo de agonía hasta que llega el carnaval, empieza semana santa, semana de turismo dice David y el pueblo recobra el murmullo inconfundible de pueblo chico, de gusanería emanando del cadáver.

Los días de la siesta impuesta y la noche del pleno sol para empujarnos a permanecer en la sombra, nosotros leemos escuchando la radio, para seguir sabiendo que allá lejos atravesando el desierto que rodea el pueblo, continúa existiendo eso que llamamos mundo. Es recién cuando cae el sol y antes de que llegue del todo la noche que vamos al boliche del Pato. Allí nos encontramos todos, una linda barra y amigos de la resistencia. Ahí empieza la vida de verdad, leemos en voz alta, tomamos cerveza, caña y vino clarete fresco, intentamos marcar la línea editorial del próximo número de la revista creyendo que será editada. Nos cagamos en la mentalidad dominante del pueblo con lo poco que tenemos y escuchamos música venida de lejos. Por reacción comprensible le juramos un odio eterno a estribaciones telúricas de la comarca, sería tautológico dice Fede. Si estamos de acuerdo en todo, sostiene mi amoroso, para qué diablos hacer una revista a contramano. Decidimos escuchar músicas foráneas, destilaciones melodiosas de reventados alejadísimos, de tan lejos que parecen de otro planeta, con decir que Keith Jarret pasa por ser el más serio. 

El Pato es un tipo macanudo, nos soporta con cariño. Estoy convencida de que se gasta en verano lo que gana trabajando el resto del año y lo genial es que parece importarle un pepino. El Pato quiere mucho al sobrino. David es el único pariente que le queda, el Pato dice: «Cuando David se reciba vendo el boliche al mejor postor, le pongo un consultorio y después me mato, pero pienso llevarme alguno de por aquí en el camino».

David es diferente de todos nosotros. David lee mucho allá en la capital y yo sé que tiene talento, si se decide a trabajar en la poesía será uno de los grandes, como Marosa, Puig y como el Bocha. Eso si él lo quiere. Fede además de ser amigo lo admira. Un día Fede me preguntó si yo me iría con David y le contesté que si me lo preguntaba una segunda vez lo mataba, él se rió pero es verdad que si vuelve con esa tontería lo mato. Puedo pensar la vida que me espera, pensar mi futuro sin David pero no sin Fede. Fede es mi hombre. David es otra cosa, es como un hermano, un primo segundo. 

Durante los meses de verano vivimos en la casona que me dejó mi abuelo al morir en el barrio Las Manzanas. En invierno vivo en el centro del pueblo con mi madre, en verano vengo aquí a los arrabales a respirar un poco y disfrutar de mis hombres a gusto. A veces pienso que soy una zafada. Aquí tenemos una pieza especial para el trabajo, con carpetas para la correspondencia, una caja de zapatos que hace las veces de fichero y muchas cosas más. Está bastante bien para el lugar. Nunca supe cómo hacemos para convivir sin drama. Entre el baño tibio de la mañana, la compra del pan, el poner a calentar agua para el mate y el café, descolgar la ropa de la cuerda y sacar la manteca de la heladera, lo cierto es que cuando nos damos cuenta que estamos en un nuevo día nadie parece recordar en que cama durmió. Yo sí. Ellos son tan dulces cuando quieren que algunas mañanas me lo hacen dudar.

Era David el que venía dale que dale con el asunto ese del brulote, la última noche en el boliche del Pato fue cargada. Estaban excitadísimos por los acontecimientos recientes y yo creía, siempre la misma distraída, que al amanecer el asunto quedaría olvidado. Fue David que estaba en el origen del episodio para ayudar a Fede, fue David que estaba loco de feliz por lo ocurrido, fue él quien evocó la posibilidad del enfrentamiento honorable y él que le pidió a Fede practicar diciendo que estaba en juego el honor de la poesía nacional. Yo me reía cuando los escuchaba hablar del honor de los poetas. «Si fuera por tu honor flaca linda, aquí el Fede y yo sin consultarlo con nadie, sin medir consecuencias declararíamos una guerra mundial» decía David y a mí me encantaba escucharlo decir esas cosas.

Fede estaba firme, él sabía que la cosa terminaría mal en cualquiera de las variantes. Le decía que se dejara de joder con el honor y que las armas las carga el diablo. Yo estaba ahí cuando le dijo a David que el revólver de mi abuelo debería ser un arma anticuario del siglo pasado. Inservible para practicar y le aconsejé que para el verano próximo aprendiera artes marciales al estilo Okinawa. David insistía y en un último recurso apeló a la fibra militante chamuscada de Fede que un poco se calentó. David intentó la argumentación romántica para decidirlo, que estuviera en concordancia con nuestra situación amoroso atípica. 

Dijo que los poetas gringos tenían menos problemas porque se enculaban entre ellos en los baños públicos de Nueva York y que el viejo Burroughs había dado en la práctica su contundente opinión sobre las mujeres, en especial de las esposas. Estaba inspirado mi hermoso, después se lanzó en retóricas de reivindicación personal y recordó que hasta tenía un texto acorde a la situación, que él reivindicaba como lo mejor que había escrito en su vida. Hoy estaban peor que borrachos me parece que les dije. Esas fueron más o menos las palabras y lamento olvidar el resto. Fue la última vez que los vi juntos, qué horrible. Sin pedirme mi opinión me dejaron fuera de la conversación, así que me levanté y les dije que entraba a la casa a bañarme. Necesitaba refrescarme para tomar coraje y detener ese disparate, además había que hacer las compras del día y hasta con dos hombres en la casa la condición femenina se mantenía inmodificable.

Estaba necesitando estar un tiempo con mi cuerpo a solas, mirarme en el espejo desnuda y de perfil, preguntarme qué encanto tenían esas tetitas para hacerme tan feliz. Estar a solas para enjabonarme despacio la conchita y repetirme que era una mujer de suerte. Necesitaba meterme en la bañera y sentir el agua tibia hasta el cuello, levantar desplegando las largas piernas del agua como una estrella de cine y decir para mis adentros: si estas piernas hablaran y contaran lo vivido, mirarme los dedos finos y largos de poetisa posarse sobre los bordes de la bañera inmensa, hundirme en el agua tibia hasta el tabique de la nariz y pensar en los cuerpos bonitos de mis dos hombres discutiendo al sol del amanecer. Quería ponerme en la mano mucho champú con olor a almendras salvajes, esencias de los mares del sur, árboles exóticos del corazón de la Amazonia y desde el agua mirar colgadas en la ventana al aire fresco de la media mañana, golondrinas albinas anidadas en mi felicidad, las bombachitas de algodón secándose. En mis baños soñaba con los futuros sonetos de amor compartido, me imaginaba ser la autora de versos impregnados de una sensualidad nunca antes alcanzada, me veía yo toda y también mi cuerpo caliente en el agua tibia, siendo protagonista d’un roman d’amour insensato sólo destinado a mujeres lejanas, mujeres misteriosas y seductoras hasta el suicidio. Me sublimaba llevando un diario de verano tórrido escrito con la tinta invisible de mi sexo rosado, húmedo en todo momento, abierto como una breva madura para saciar la sed espesa de sumisos amantes insaciables, me leía siendo una mujer madura escribiendo su vida, que eran las memorias de un cuerpo dispendioso, contándole esta misma semana de mi vida a un amante reciente, muchísimo más joven que yo, de la edad de mis queridos y celoso de mi tenebroso pasado. En eso estaba, mientras él me reprochaba mis deslices consentidos y periódicos cuando oí el estampido. 

Lo primero que pensé fue que había sido él, mi joven amante que me había disparado por desesperación y celos, entonces me llevé la mano derecha al pecho para buscar la herida. Luego temí lo peor y salí corriendo desnuda hacia el patio. Tenía miedo de encontrar lo peor, estaba avergonzada de mi egoísmo que me empujó a dejarlos solos.

Cuando llegué al patio vi a David tirado en el piso con la cara ensangrentada. Me llevé las manos a la boca, grité su nombre y comencé a llorar como una Magdalena. Me senté de costado en el hormigón frío sin saber qué hacer y sabía que Fede estaría por ahí cerca con el revólver de mi abuelo en la mano. Por el momento rechacé la idea de que sería yo quien debería tomar las decisiones prácticas y alguna vez volvería a comprar el pan como si tal cosa. Sentí que me estaba orinando encima. Dios mío…

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