El jarrón

Deseo contarle una historia -dijo el mayor de los dos hombres-. La historia de cómo llegué a ser lo que soy:

-Como siempre, él estaba sentado en una silla alta, de osamenta dura, en el fondo de la tienda. La mano larga, marfilina, se deslizaba morosa por el lomo del gran gato persa hecho un ovillo de pereza en sus rodillas. La sortija de oro emergía de tanto en tanto entre el blanquísimo pelaje, descubriendo la pequeña esmeralda centelleante que se espejaba en los ojos del felino. Era difícil saber cuándo aquella mirada penetrante lo observaba a uno o estaba detenida en la imperceptible rajadura de un bibelot. Por entre los parpados entornados, dos pupilas de acero dominaban el vasto salón atiborrado de objetos y, como luego comprendería, escrutaban, disecaban implacables a cada uno de los visitantes, curiosos u ocasionales compradores. Los ojos dominaban una cara enjuta, de nariz aquilina y labios finos, que se prolongaba en una breve barbilla plateada. El perfil recordaba un ave de rapiña.

Hacía ya tres meses largos que mis pasos ociosos me conducían a la calle de los anticuarios, se demoraban en la contemplación y se extasiaban en el embeleso, pero en los quince días últimos mis paseos convergían puntuales en el mismo negocio. El atardecer me sorprendía absorto entre los laberínticos meandros del salón con alguna pieza de porcelana fina entre mis manos o al alcance de mis ávidos ojos. Debo aclara que el bronce, el mármol, la madera, la tela y otros materiales que en tales lugares proliferan, por mejor labrados, torneados o cincelados que estuviesen, nunca me impresionaron especialmente, nunca produjeron sobre mí el efecto arrebatador de esta pasta sutil, etérea, dotada de alma que es la porcelana. El dependiente -seguramente por indicación suya- me dejaba hacer, me permitía tocar, acariciar y hasta gemir sin perturbar, sin acudir solícito e invasor. Se limitaba a circular con el plumero, las franelas, los catálogos y los clientes echándome de tanto en tanto una fugaz ojeada. Pero yo sabía que él estaba allí, en su silla, observándome todo el tiempo, y hasta podía sentir su aprobación o su rechazo ante el plato o el jarrón que me suscitaban un especial arrobamiento.

Huelga decir que yo nunca compraba nada: estudiante eterno de asignaturas destinadas a provocar el tedio más profundo, todos mis recursos provenían de los abnegados sacrificios de una madre viuda y una tía solterona, tan laboriosa como corta de entendederas; mis gastos extras no pasaban más allá de cigarrillos, libros de cuarta mano y alguna esporádica escapada al cine. Sin embargo, allí ese detalle parecía carecer de la menor importancia.

Por fin, esa tarde me habló. Era una hermosa tarde otoñal y el sol inundaba el ángulo de la tienda en que yo me encontraba, traslúcido el plato magnífico entre mis dedos ardientes extendidos desde la filigranas de los bordes e insinuándose en el corazón luminoso de la órbita. El tono de su voz me sorprendió. Vagamente esperaba la inflexión acre del fastidio o una seca admonición pragmática, pero los sonidos que me alcanzaron desde la alta silla eran graves, melodiosos, con un dejo de dulzura casi paternal. Me hizo una delicada observación sobre el objeto, me llamó a su lado, me ofreció un cigarrillo y enseguida me atrapó con su monólogo suave y cadencioso.

Desde ese día me convertí en un visitante consuetudinario. Acudía puntual por las tardes y esperaba con ansiedad el momento del cierre. Entonces Max -así lo llamaban los clientes-, como al término de un gran espectáculo, se alzaba ceremonioso de la silla y, seguido por el gato recorría toda la tienda, excusándose ante algún curioso retrasado o volviendo con un rápido movimiento de su mano un objeto a su lugar exacto. Después despedía al dependiente, bajaba las grandes cortinas metálicas, colocaba la tranca, apagaba las luces y me hacía pasar a la trastienda. Ese era su santuario: allí guardaba los objetos más preciosos, allí estaba la gran caja fuerte incitando mis sueños más febriles.

Mi cuerpo de adoptó a ese sistema de movimientos prefijados: sacar las tazas del pequeño aparador de caoba, servir el té del gran samovar de bronce que estaba en el ángulo, encender largos cigarrillos aromáticos y sentarse en una silla de duro respaldo. Recién entonces empezaba el diálogo. Semireclinado en su diván, entre bocanadas de humo sutil, Max me iba instruyendo: primero me habló de las antigüedades en general pero como sabía de mi escaso interés pronto se concentró en las porcelanas. Aprendí a distinguir calidades, texturas, procedencias; supe de técnicas de fabricación, de esmaltes y pinturas, me enteré acerca de las principales colecciones, de las piezas que custodian los museos, de las que atesoran manos ávidas y celosas. También me informé sobre costos, precios y tasaciones, sobre el arte del regateo y el encomio.

Max no hacía preguntas, pero en los intersticios que se abrían entre los bellísimos libros ilustrados, los objetos primoroso y la medida voz sonora, yo fue deslizando, casi sin advertirlo, mi alma. Le fui confiando mis secretas humillaciones, mis temores, mis anhelos más ardorosos. Le conté cómo mi naturaleza tranquila, mi innato buen gusto, mi atracción por la belleza, me había llevado pronto a repeler -pese a mi juventud- la vocinglería, la incuria, la crasa vulgaridad y el aturdimiento incivil en donde chapotea la inmensa mayoría de los jóvenes y casi todo el resto de la gente que, por lo demás, no cuenta. Le expliqué mi escasa propensión y mi aptitud nula para las abstracciones: el oscuro simbolismo algebraico siempre me ha abrumado, el rigorismo lógico y la geometría sin carne me condujeron infaliblemente al tedio. Le hice ver cómo mi sensibilidad se manifiesta entera a través de los sentidos. Abordé el difícil asunto de mi origen modesto y de mis escasos recursos sin falsos pudores, lo compensé haciendo votos de una honestidad a toda prueba y aludiendo a las culpas de un padre omiso que nunca me había proporcionado la educación, las posibilidades que mi corazón anhelaba y que -no tuve prurito en decirlo- mis cualidades merecían. Max lo iba oyendo y comprendiendo todo con delicadeza exquisita, sin deslizar jamás un comentario que pudiera herir mis sentimientos.

La luz de otoño regresó a los grandes ventanales. Casi sin ser advertido un año había transcurrido veloz, silencioso, proficuo. Mi integración a la tienda era un hecho, mis progresos una evidencia. Una tarde de mayo se presentó una señora con una gran sopera cuidadosamente envuelta. Manifestó desear una tasación justa mientras sondeaba nuestro interés por la pieza. Max la examinó distraído, con ademanes de contenida impaciencia, y dictaminó que era una imitación de porcelana de Limoges, hecha a fines del siglo XIX o principios del XX, para añadir enseguida que no le interesaba. Yo me tomé más tiempo, la observé con cuidado, estudié ciertos detalles de la decoración recurriendo a una lupa y, por fin, proclamé eufórico que la pieza era auténtica y databa del siglo XVIII, sólo que se requería paciencia y una sensibilidad artística afinada para captarlo. Un catálogo minucioso respaldó mis afirmaciones, por la embriaguez del triunfo no me impidió percibir el rictus de contrariedad que tensaba los labios de Max. Nada dijo y la jornada se cerró con los ritos acostumbrados.

Al día siguiente, durante las horas de trabajo apenas intercambiamos un par de frases: Max estaba de humor taciturno y muy atareado con una compleja restauración. Cerradas las cortinas, el hábito nos condujo hacia la trastienda donde nos esperaba el té, el tabaco y dos mullidos sillones. En cuento entré lo vi: sobre la pequeña mesa oval se erguía un jarrón como mis ojos nunca había visto. Me quedé contemplándola fascinado: la lechosidad y la traslucidez de la porcelana hacían pensar en la tersura y pregnancia de la piel delicada de un casto efebo. En la parte superior el artista había figurado en azul pálido lo que se me antojó una rechoncha divinidad budista, que sentada a la manera oriental sonreía beatífica en un campo de flores de loto, peonias y crisantemos. Ni una nube inquietaba aquel cielo imperturbable. En la parte inferior, también en azul, un dragón alado y un tigre de largos colmillos se enfrentaban en combate moral. El violeta oscuro había irrumpido en las fauces del dragón y en las pupilas del tigre. A un costado, en pequeño, un ciervo agonizaba junto a un árbol inclinado semejando un sauce. La composición, el trazo, el uso del color, denunciaban la mano de un maestro. El valor del jarrón debía ser incalculable. Cuando ya estaba por aferrarlo, Max me contuvo con un gesto. “Antes desearía referirle una pequeña historia” -dijo, y recién entonces advertí su rostro severo, sus pupilas endurecidas y el “usted” tajante que empleaba cuando quería establecer una distancia inequívoca.

Obediente, serví el té y me senté en silencio. Max encendió uno de sus largos cigarrillos, bebió un sorbo y, sin mirarme, comenzó: “Yo era un poco mayor que usted cuando establecí mi primer negocio de antigüedades. Era un agujero infecto donde había amontonado una serie de cosas viejas. Gracias a la generosidad de unos pocos amigos vestía con extremada elegancia y frecuentaba gente de posición elevada. Por ese entonces me dedicaba a pintar y, naturalmente, me consideraba un genio. Un conocido de esos que están en todo lo que importa, conocen a todo el mundo y decía apreciarme, me pasó el dato: el último descendiente de una de las ramas de una familia muy linajuda cuyo nombre no viene al caso, estaba vendiendo todo el mobiliario porque nada más le quedaba por vender. Era necesario apresurarse porque ya otros anticuarios habían olfateado la carroña. Bastaba con enviar unas líneas anunciando mi visita. El recibía sólo por las noches. Con aire de complicidad y expectativa me entregó la dirección y se alejó dejándome pensativo.

Hice lo indicado y una húmeda noche de otoño me encontré frente a la oscura fachada de una casona del Prado. Al principio creí que estaba deshabitada, no había una sola luz encendida y por lo que lograba entrever, el jardín delantero estaba convertido en un yermo baldío por el que se desparramaban latas, zapatos y alguna rueda de bicicleta. Me aventuré hasta la puerta y -como no había aldabón ni timbre- golpeé con los puños lo más fuerte que pude. Al cabo de un buen rato y cuando ya estaba por irme, sentí el arrastre de unos pies que se acercaban a la puerta. Esta se entreabrió y una silueta encorvada que empuñaba una palmatoria me dijo en un susurro: “Pase, el señor lo está esperando”. Seguí al que juzgué un anciano encorvado a través de una amplia sala en la que flotaban escasos muebles enfundados y dispersos como islas fantasmales; luego enfilamos un largo corredor que torció dos veces ante de conducirnos ante una puerta de sólida madera tallada. Desde el otro lado me llegaba el inconfundible sonido de un piano empinándose en notas apasionadas. El anciano golpeó dos veces y, sin esperar respuesta, me hizo pasar.

La habitación estaba en penumbras, como el resto de la casa, salvo el ángulo opuesto a la puerta, donde mis ojos estupefactos descubrieron una enorme jaula de bambú o mimbre que casi llegaba hasta el techo. Adentro había un gran piano de cola negro sobre el que ardían dos candelabros de tres brazos. El hombre que inclinaba su calva, rodeada de largos cabellos, hacia el teclado ni siquiera parecía advertir mi presencia. Algo intimidado, avancé unos pasos maldiciendo mentalmente a mi amigo: la amplia sala equivalente a la que había atravesado al entrar, casi no tenía muebles. Mis ojos, habituados a la penumbra, registraron esto y, casi simultáneamente, distinguieron las grandes sombras chinescas luchando sobre el cortinado claro que cubría el fondo de la habitación. Fue entonces que lo vi: buscando el origen de las sombras, descubrí el jarrón apoyado sobre el piano, hábilmente iluminado entre los candelabros. En ese instante el hombre dejó de tocar y me escrutó con sus pequeños ojos brillantes, febriles. No podía ser mucho mayor que yo pero estaba muy envejecido, arrugas profundas le surcaban la frente. Observé todo esto sin dejar de contemplar el jarrón. “Usted tiene cualidades mediúmnicas”, dijo el hombre de pronto, y allí comenzó su comedia.

Había un cuarto objeto sobre el piano que yo no había notado: una botella de caña a medio vaciar; el hombre bebió un largo trago, pasó la palma de su mano por el pico y me la alcanzó a través de la jaula, invitándome a beber y a sentarme en la única silla disponible. Me llevé la botella a los labios con asco, con reticencia; el líquido ardiente tenía un gusto extraño. Pero en ese momento él no me observaba; tirando de una cuerda -siempre sin salir de la jaula- descorrió una parte del amplio cortinado, descubriendo los barrotes de una reja que nos separaba de un oscuro jardín, apenas entrevisto, de donde provenían un intenso olor a ruda y el monótono chillido de un grillo.

Después se sentó de nuevo ante el piano y empezó a tocar pero de un modo completamente distinto al de cuando yo había entrado. Era una melodía lenta, viscosa, que parecía surgir de oscuros fondos viscerales, que se enroscaba continuamente sobre sí misma como moviéndose en círculos concéntricos, en espiral inacabada, hasta que se convirtió en un único sonido obsesivamente repetido, mantenido por el pianista con una sola mano en tanto con la otra acercaba a su nariz un polvo blanco aspirado con fruición. Creo que aquel sonido tenía algo de hipnótico porque permanecí como encadenado a la silla y no sabría decir si pasaron minutos u horas. Recuerdo que el pianista miraba con ojos de aluciando hacia el jardín. De pronto hubo una extraña vibración, como si algo se hubiera roto, el sonido cesó y él se derrumbó sobre el teclado con la cabeza entre las manos. Yo busqué como desesperado el jarrón pero, con alivio, comprobé que estaba intacto.

Lentamente se fue recuperando. Primero movía los hombros como si estuviera sollozando; después, alzó la cabeza y con ojos importantes me preguntó: “¿Lo sintió?” Le aseguré que nada había sentido salvo el monótono sonido del piano y el chillar de los grillos. Un relámpago de ira atravesó sus pupilas. Se lazó bruscamente, empujó el jarrón y, con el desprecio en la boca, me dijo: “Los autores chinos aseguran que cuando subieron al trono los Sung se fabricaban porcelanas azules como el cielo, brillantes como un espejo, delgadas como el papel y sonoras como una placa de jade.” En tanto hacía resonar levemente la pieza con sus largos dedos, agregó: “El alma debe tener las cualidades de esta porcelana para poder percibir”. En seguida, me alargó el jarrón preguntando: “¿Cuánto me da por él?”

Yo, aparentando escaso interés, con seguridad fingida, con movimientos pausados, extraje mi billetera, la entreabrí para que pudiera vislumbra su interior, tomé un irrisorio puñado de billetes y se lo arrojé a los pies. El me entregó el jarrón y se agachó a recogerlos con avidez. Si, con avidez; usted seguramente preferiría la versión del artista genial que desprecia el dinero pero no, él no era más que un mediocre, un parásito muerto de hambre que representaba una comedia como por otra parte lo hace el noventa y nueve por ciento de los llamados artistas geniales.

Por eso lo elegí a usted -continuó Max después de un corto silencio cargado de tensión-, no por sus dotes artísticas o su especial sensibilidad, sino por el oscuro rencor, el fuego implacable, la avidez encubierta que anidan en el fondo de sus ojos y que usted todavía no ha aprendido a conocer ni a dominar. También por la fuerza de sus manos, para ser completamente sinceros” -concluyó.

Usted puede pensar que yo inventé toda esta historia y está en su derecho, igual la veracidad no interesa en este caso; lo que importa es que comprenda que yo, ahora el anticuario, lo escogí a usted por los mismos motivos que inspiraban a Max y que ha llegado el momento de que usted vea el jarrón.  

Descartes

Descartes (que era un personaje del Café)

Myriam Pereyra

Nunca supe su nombre ni lo sabré, omisión imperdonable cuando me dispongo a escribir sobre alguien para quien los nombres lo eran todo. O Quizás -se me ocurre ahora- secreta ironía de los dioses, sabedores de que un nombre nada significa en la vorágine del tiempo.

Las circunstancias fueron simples: por esa época yo frecuentaba el Café todos los días; normalmente llegaba al anochecer y él ya estaba instalado en su mesa del rincón junto al segundo ventanal, solo y con un gran libro despegado sobre el mármol. Hacía reiteradas anotaciones al margen valiéndose de un lápiz negro de punta afilada o trazaba círculos y subrayados con un grueso lápiz rojo; de tanto en tanto, extraía de sus bolsillos recortes de periódicos o papeles sueltos de diferentes tamaños y texturas en los que parecía atesorar valiosos datos, los examinaba, los cotejaba, y volvía a guardarlos, siempre en un, para mí, incontrolable desorden.

Todo esto lo fui registrando con el tiempo, porque durante meses, quizás años, él fue para nosotros -incluyo a los amigos con quienes me encontraba- un elemento más del Café, tan indiscernible como el largo mostrador, las columnas, las mesas o las cortinas siempre amarillentas por el humo del tabaco y el polvo de farragosas jornadas.

Era un hombre bajo, de edad indefinible, piel muy pálida y manos y pies sorprendentemente pequeños. Siempre vestía de negro y se peinaba con una recta raya al medio que dividía su abundante cabello también muy negro en dos mitades que se desplegaban ensortijadas a ambos lados de su cabeza sin llegar a alcanzar los hombros. Todos lo llamábamos Descartes.

Hubiera seguido siendo para mí un personaje más del café, uno de tantos que el hábito hacia necesarios hasta que un buen día desaparecían sin dejar rastros ni dar explicaciones, si no fuera porque una noche de enero me encontraba solo en el Café semivacío cuando de pronto entró Descartes visiblemente excitado. Miró a su alrededor -cosa extraña porque nunca parecía fijarse en nadie- y luego, con expresión de alivio se dirigió a su mesa acostumbrada junto al lado de donde yo, por casualidad, me hallaba sentado. Extrajo dos voluminosos libros de una mochila que siempre cargaba a su espada, los depositó sobre la mesa, se sentó y sacando un peine nacarado del bolsillo del pantalón comenzó a repasar su pelo ondulante con mucho cuidado. Después ordeno un café, se calzó unos gruesos lentes de montura anticuada, tomó sus dos lápices y de dispuso a abrir uno de los libros, manipulando con sus manos pequeñas los volúmenes forrados en un papel color crema, casi irreconocible bajo las manchas del continuo manoseo, el café, el tabaco y la grasa de alguna milanesa al pan masticada durante intervalos en la lectura.

Se me disculpará una breve digresión aclaratoria dedicada a mi humilde persona. Nunca tuve, por fortuna, necesidad de trabajar. Me refiero a esas fatigosas obligaciones con horarios, tarjetas, jefes y otros expedientes por el estilo. Sin embargo, siempre fui un hombre muy ocupado y un juez muy severo para quien no cumpliera puntualmente con las funciones que la sociedad le ha asignado. Nada me provoca más admiración que un especialista desplegando sapiencia y habilidades en lo suyo. Pero, para mi suerte o mi desgracia, carezco de la necesaria paciencia que forja a un especialista. Toda mi vida fui un curioso insaciable y eso me llevó a errar por distintos campos del saber humano: me interesé sucesivamente por la botánica, la encuadernación, el latín, el tallado de madera, la pintura china, la astrología, la entomología, el ajedrez, los muebles de estilo y otras inquietudes.

Por ese entonces yo tenía ciertas veleidades de numismático. Recuerdo que esa noche sofocaba el tedio tratando de descifrar una inscripción en una moneda colonial auxiliado por una ostentosa lupa. Había logrado abstraerme en la pesquisa cuando sentí que una voz vieja, opaca, casi susurrante, me solicitaba -en término muy respetuosos- la lupa por unos minutos. Miré a mi alrededor sorprendido pero no había más nadie cerca. La voz provenía de Descartes, que aguardaba expectante, y me sorprendió porque yo siempre había imaginado que él poseía una voz aflautada, casi chillona. Le alcancé la lupa de inmediato y, mientras él escudriñaba un minúsculo recorte, guardé la moneda y aproveché para sentarme en la silla frontera de su mesa. Cuando levantó la cabeza contemplándome entre curioso y alarmado, le pedí disculpas por mi intrusión, le aseguré que me retiraría al instante si así lo deseaba y agregué que siempre me había interesado saber cuál era la tarea en la que trabajaba tan duramente, según había podio observar.

-Estoy aprendiendo a leer- fue la pasmosa respuesta.

La decepción debió leerse en mi rostro, aunque procuré adoptar una actitud comprensiva, porque casi en seguida agregó:

-No, no se trata de lo que usted imagina. Estos dos libros -y señaló los dos gruesos volúmenes sobre la mesa- son los dos tomos del Diccionario de la Real Academia Española, edición 1984. Desde hace años -prosiguió- tengo el convencimiento de que leemos de una manera vaga azarosa, insustancial. Por eso decidí que sólo comenzaría a leer cuando conociera exactamente todas las acepciones que pertenecen a un vocablo. Esa es la labor que me ocupa y que, preveo, me ocupará todavía por mucho tiempo.

La insensatez, la vanidad de la idea me dejaron estupefacto y ya dudaba entre articular objeciones o saludar e irme, cuando miré hacia el ventanal y vi a una señora que combatía el calor con un gran abanico floreado de varillas flexibles. Entonces, lo miré desafiante y le propuse: “abanico”.

Él me contemplo a su vez con sus ojos pequeños, oscuros, penetrantes, parpadeó un par de veces y dijo:

“abanico: diminutivo de abano, derivado de abanar, del portugués abanar, aventar, cribar; y éste del latín vannus, criba. Voz masculina. Instrumento para hacer o hacer aire. El más común tiene pie de varilla y país de tela, papel o piel, y se abre formando semicírculo. 2. figurado. Cosa de figura de abanico, como la cola del pavo real. 3. figurado y familiar. La Cárcel Modelo de Madrid (1876-1939), construida sobre planta de abanico. 4. figurado y familiar. Sable, arma blanca. 5. En Cuba, pieza de madera en forma de abanico, con una ranura arqueada en su parte media, por la que corre un listón que remata en disco y sirve, en las vías férreas, para advertir al maquinista el punto en que aquellas de bifurcan y la dirección que por allí ha de seguir el tren. 6. Ecuador. Utensilio de forma cuadrangular, hecho de esparto o totora, que se usa para aspirar el fuego, soplillo. 7. Germania. Espada, arma blanca. 8. En alguna armaduras antiguas, parte lateral del codal y de la rodillera, en forma de abanico. 9. Marina. Especie de cabria hecha con elementos de a bordo. 10. Véase “vela de abanico”, “en abanico”. Locución adverbial, en forma de abanico, parecer uno abanico de tonta. Frase figurada y familiar. Moverse mucho y sin concierto.”

Clausuró si recitado, bebió un largo sorbo de agua y volvió a contemplarme con la fijeza del maníaco.

Preferí no embarcarme en disquisiciones teóricas; juzgué que un ejemplo bastaría para hacerlo añicos y como a propósito aleteó en mi cerebro el verso de Rubén Darío: “bajo el ala aleve del leve abanico”. Le señalé cómo en ese verso era evidente el uso de “abanico” en su acepción y que todas las demás sobraban, como por lo demás eran un lastre inútil en casi todas las ocasiones en que aparecía
“abanico” en la conversación, en la lectura o en la mente.

Me pareció advertir un destello irónico en su mirada, esbozó un rictus que no llegó a convertirse en sonrisa y enseguida, serio, me respondió:

-Veo que usted es partidario de una lectura reduccionista. Por mi parte y sin entrar en las reverberaciones de ala, aleve y leve, la sola palabra “abanico” me sugiera la cola del pavo real y por tanto el lujo, la magnificencia, la ostentación, los vestidos de las damas, el despliegue sensual, voluptuoso y narcisista de la marquesa. También acuden a mi imaginación el sable y la espada, recuerde que allí se habla de un vizconde desafiante y se sugiere un posible duelo; sin duda, la sola mención de la nobleza ya nos remite a antiguas armaduras y sus piezas. También el trópico y la cárcel están presente en la pasión y en el coqueteo hábil de Eulalia para avivar su fuego, y hablando de trópico me parece percibir la brisa y el sol ardiente de Cuba así como las veleras embarcaciones que atraviesan el mar Caribe. Ni siquiera la etimología es insignificante: observe cómo la marquesa criba astutamente a sus admiradores hasta preferir al paje.

Una rabia sorda crecía en mi interior a media que él hablaba. No sabía si aquel individuo insignificante se burlaba de mi o hablaba completamente en serio. En este caso, su locura sistemática, subversiva de todo sentido común me resultaba intolerable. Opté por desafiarlo otra vez y le propuse: “belleza”.

Volvió a contemplarme fijamente, volvió a parpadear un par de veces y comenzó:

“belleza: derivado de bello, del latín bellus. Voz femenina. Propiedad de las cosas que nos hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas. La belleza absoluta sólo reside en Dios. 2. Mujer notable por su hermosura. 3. artística. La que se produce de modo cabal y conforme a los principios estéticos…”

Lo interrumpí con un “basta, basta” y un gesto perentorio de mi mano. Le hice notar que no era necesario ser un especialista en el tema para advertir que esa definición era harto insuficiente, totalmente cuestionable y no resistía un análisis profundo. Por ejemplo, ¿Qué diría un ateo sobre eso de que la belleza absoluta sólo reside en Dios? ¿Cuáles son los principios estéticos que producen la belleza artística de modo cabal?

El rictus reapareció convertido en un surco profundo; meditó durante largos instantes y por fin dijo:

-Un ateo posiblemente se sentiría confirmado en su ateísmo frente a tal declaración. Pero sospecho que usted no me ha comprendido. Sé que las definiciones del Diccionario son precarias, discutibles, imprecisas como todo lo humano; sé también -y me adelanto a su próxima objeción- que el Diccionario no registra todas las palabras no todas las acepciones. Eso es lo que centuplica mi tarea, convirtiéndola en un esfuerzo casi titánico -su voz no pudo ocultar un matiz de orgullo-. Eso es lo que me ha llevado a una búsqueda continua de palabras desconocidas, de significados ignorados u olvidados. Por eso -y ahora sus ojos, habitualmente apagados, brillaban- he reunido cientos, miles de recortes tomados de periódicos, revistas, libros, catálogos y todo material impreso que cae en mis manos; también conservo miles de anotaciones en las que he registrado términos, acepciones, matices captados en el azar de una conversación, en un programa de radio o de televisión, en una iglesia, en un hospital, en un boliche, en una letrina y en cualquier lugar donde la gente deja las huellas de su lenguaje. Ahora, conozco a un ingeniero que ha prometido aportarme más material de un nuevo lenguaje que se llama informático. Todo lo voy incorporando al Diccionario en la medida de mis fuerzas y respetando un cierto orden, concluyó.

Me fui de vacaciones por diez días. Al regreso, Descartes no estaba solo; frente a él, en su mesa de costumbre, estaba sentada una mujer flaca, de ojos saltones. Me ubiqué a una distancia discreta y de soslayo observé la escena. La mujer llevaba un vestido fuera de moda, salpicado de florcitas desvaídas, que no disimulaba sus formas angulosas y mezclados con el negro natural de su pelo, la gasa violeta alrededor de las arrugas del cuello y las manos ensortijadas no ocultaban sus cuarenta años largos. Se había maquillado mal, con un lápiz de labios barato y el carmín le arrebolaba las mejillas. Tenía un vago parecido con Descartes. Hablaba en tono bajo, apremiante, mientras con dos dedos de la mano derecha retorcía un mechón de cabello. No pude evitar oír algunas palabras pronunciadas con más énfasis: “egoísta… sólo pensás en vos mismo… inútil” y otras expresiones de igual tenor. De tanto en tanto la mujer callaba como esperando una respuesta, pero Descartes nada respondía. Su mirada se perdía en la noche sofocante, más allá del ventanal, entre las luces de la Plaza, las parejas de enamorados y niños que pedían limosna. Entonces, los ojos de la mujer se encendían, lo encaraba iracunda y siempre en un tono asordinado, con rabia contenida, explotaba: “canalla, miserable”, mientras sus manos esgrimían unos papeles manoseados. Él bajaba la cabeza, daba una larga pitada al cigarrillo y después volvía los ojos a la Plaza. La escena se prolongó por más de media hora todavía, hasta que Descartes sacó de su bolsillo una billetera de cuerina barata, le entregó a la mujer unos billetes y le mostró el interior vacío. La mujer tomo los billetes, los dobló cuidadosamente, los introdujo en su seno y después se levantó y se fue no sin antes advertirle: “te veo el mes que viene”.

Descartes permaneció más ensimismado que nunca, sin prestar atención a los escasos parroquianos ni al café frío que tenía adelante ni al infaltable Diccionario. De pronto, extrajo su peine nacarado y comenzó a repasar su pelo una y otra vez mientras la noche se metía por el ventanal como un gran animal amenazante.

Al finalizar el verano, el Café cerró. Ese lunes por la noche nos enfrentamos atónitos al cartel que anunciaba “Cerrado por reformas”, acrecentando los rumos, siempre desmentidos, de que el local sería vendido y destinado a otros fines. Entre el grupo de náufragos que se apiñaba frente a las puertas implacables, divisé a Descartes, cargando su invariable mochila. Parecía más desconcertado y frágil que nunca.

Durante el otoño desapareció por completo. En tanto, el cartel de “Cerrado por reformas” fue sustituido por otro que exhibía un lacónico “Se vende” y el nombre de una conocida Inmobiliaria. Nuestras esperanzas se derrumbaron casi por completo.

Una noche helada de fines de julio, yo subía por Yaguarón hacia 18, como yendo para el Cementerio Central, cuando descubrí a Descartes en el fondo de un boliche de comidas casi vacío. Después de un momento de vacilación entré y una vaharada de aceite refrito me envolvió de inmediato. Descartes estaba sentado frente a un gran plato de papas fritas coronado por dos huevos también fritos y engullía vorazmente; a su lado había una jarra de vino a medio vaciar. Lo saludé afectando placer pero él no levantó la cabeza del plato, con un gesto de su mano me indico que tomara asiento y enseguida me señaló la jarra de vino. Me serví un vaso por complacerlo pero el primer sorbo ya me trajo la acidez del vino barato. Permanecí en silencio contemplado su pelo en desorden, las arrugas que surcaban su rostro, el sobretodo negro de paño muy gastado, raído en los codos y en las bocamangas, la bufanda negra deshilachada y la infaltable mochila sobre una silla al costado. Cuando hubo devorado hasta la última papa frita, repasó con un gran pedazo de pan todo el plato, lo masticó rápidamente, se bebió de un trago el vaso de vino que tenía adelante, se limpió la boca con una servilleta de papel, volvió a servirse de la jarra y recién entonces levantó la cabeza, me miró y dijo: “Vendo el Diccionario”. El anuncio me tomó tan de sorpresa que no supe qué contestar pero él no parecía esperar una respuesta. Se sirvió otro vaso de vino y mientras hurgaba en su boca con un escarbadientes, agregó: “Usted sabe bien que no es un Diccionario común, que está lleno de anotaciones valiosas… si sabe de algún interesado.”

Traté de animarlo diciéndole que por esos días había pensado en él a propósito de una palabra curiosa que había encontrado en un texto: “bustrofedon”. Tampoco esta vez respondió; hizo un gesto despectivo con su mano y con mirada oscura, ensimismada, comentó: “Desperdicié mi vida en naderías”. Después puso unos billetes arrugados sobre la mesa, tomó la mochila y se levantó. Yo lo imité. Caminamos juntos hasta 18 sin cambiar una sola palabra más. Allí nos separamos con un rápido apretón de manos. Me quedé observando la negra figura de Descartes, inclinada contra el viento, que se perdió rumbo al sur, en dirección al Cementerio. La pertinaz llovizna helada azotaba su rostro húmedo.

No volví a ver a Descartes ni supe más de su vida. Sospecho que no culminó su empeño, es más, sospecho que no llegó a completar los vocablos encolumnados en la letra “B”. Sin embargo, hace unos meses, después de mucho pensarlo, decidí enviar esta comunicación a la Enciclopedia Británica, a Larousse y a Espasa-Calpe:

“Descartes (¿-?) Filólogo y Lector uruguayo. Ideó un método de lectura omnicomprensivo, infinito, inútil”.

Hasta el presente, no he recibido respuesta.

La tumba

(Dos fragmentos)

Tú quieres ser poeta, Felipe, y por eso te has acercado a mí, por eso sufres los achaques y caprichos de un viejo que, como todos, es insoportable, por eso te has transformado en mi secretario, mi escribiente, mi acompañante, en suma, mi lambeculo. Confías en que a mi lado aprenderás los secretos del Arte, que yo te guiaré como un padre hacia las musas, que yo te daré el espaldarazo consagratorio en el mundillo literario, que yo te encaminaré hacia la gloria, hacia el dinero, hacia el Poder. Pues te equivocas ¡víbora! ¡hijo de serpiente mal parida! ¿piensas acaso que no sé que tu respetuoso “don Francisco” se transformará en “ese viejo hideputa” entre tus amiguetes, que tu afecto esconde el cálculo, que tu proclamada admiración por mis versos se convertirá en frío aprecio apenas publiques tus primeros vagidos y que más adelante se trocaré en abierto desprecio cuando ya te sientas con alas suficientes para encaramarte en el Parnaso, para admirarte como Supremo, para cagarte en tu maestro y en todos los que te rodean? Eres un traidor porque perteneces a una raza de traidores igual que yo… Pero no te asustes, hijo, no te enfades, sólo estaba bromeando, desahogando un poco mi bilis. Ven aquí, mi buen Felipe, alcánzame esa bacinilla, te consta que para mí eres como un hijo, más querido aun que el hijo que no tuve, te he enseñado mucho y te enseñaré más todavía… Tú quieres ser poeta… Ser poeta no es una elección, es un destino. Desde niño supe que había recibido el llamado. Como tantos, compuse desde que tengo memoria. ¿Recuerdas aquellos versos de Ovidio? No, ¿cómo puedes recordarlos si ni siquiera los han aprendido? ¡Generación raquítica! No Saben latín no aprenden de memoria a los clásicos, sólo viven fantaseando detrás de esos franceses farsantes y mentirosos.

Aquellos versos de Ovidio:
Sponte sua carmen numeros veniebat ad aptos
et quod temptabam scribere versus erat.
Los traduciré para ti:
“espontáneamente, el poema tomaba su ritmo apropiado
y todo aquello que intentaba escribir se convertía en verso”

Todo se le convertía en verso, se le deslizaba hacia el ritmo más allá de su voluntad, a mí siempre me sucedió lo mismo desde que me puse a jugar con la magia maravillosa y terrible de las palabras. Pero observa cómo en latín los numeros son las unidades, los conjuntos tal como los utilizamos nosotros y también la medida, la cadencia, el ritmo, por aquí te asomas a uno de los secretos de la poesía: el sonido sometido a ritmo, las estrofas, los versos subordinados a la medida, el lenguaje y las matemáticas se abrazan en un coito deslumbrante y por eso tú debes aprender al dedillo las reglas del soneto, la octava, la redondilla, las exigencias del endecasílabo y del consonante, los secretos del pareado y la alternancia y muchas cosas más que aprenderás a mi lado porque yo nunca he tenido pares, ni siquiera rivales, siempre he sido el mejor. ¡Ah! qué alivio para mis tripas. Lleva esto a la letrina y vuelve en seguida, mi buen Felipe; en tanto yo encenderá un par de velas y me tomaré un buen trago de tinto que buena falta me hace. ¿dónde están los sahumerios? Mierda, me quemé.

Sí, Felipe, como te iba diciendo, en eso consiste el gran secreto de la poesía, en dominar las palabras, en hacerlas retorcerse como buñuelos en un sartén e ir conformándolas como uno quiere. El poeta debe conocer el lenguaje mejor que a sí mismo, no importa que no conozca las cosas, ni los sentimientos, ni los mares, las selvas o las cortes. Lo que importa son las palabras ¿acaso en el momento de hacer un poema tenemos entre manos palmeras, navíos o escaños? No, estamos a solas con las palabras y ellas nos desafían, nos coquetean como buenas putas que son pero no se entregan así nomás, no te engañes, hay que sudar mucho, tener cojones, paciencia y una voluntad de hierro para conquistarlas, para por fin desvirgarlas porque, y ese es otro secreto, aunque son lo más manoseado y lo más prostituido, para el poeta siempre están vírgenes. Ya veo en tus ojos la incredulidad, percibo en tu aliento la suspicacia, compartes el criterio de esos nuevos poetas flatulentos para quienes la poesía debe ser un irse de cámaras del alma, un pedorreo del espíritu, ¡verga! Me cago en ellos y en sus poemas afrancesados, lloricones y huecos. Sírveme más tinto que ya me voy fatigando con tanto perorar pero tú eres mi heredero, el hijo que no tuve y que me quema las entrañas.

Nunca en mi larga vida he descendido a la prosa. Eso está bien para los almaceneros, los leguleyos, los cagatintas pero no para el Poeta. Por ironía he tenido que manejar números y otra vez topamos con el endiablado laberinto de las palabras porque como sabes mi primer empleo -también me estaba destinado- fue el de supernumerario en la Administración. Mi padre era, fue siempre el Tesorero de la Real Hacienda, bajo Su Majestad y luego bajo el llamado gobierno patrio, porque cuando esos gauchos de mierda se dieron cuenta que no entendían un coño de números no tuvieran más remedio que llamarlo y allá fue él con su dignidad intacta, su reconocida eficiencia, y ocupó su lugar de imprescindible. Los gobernadores, los estancieros, los comerciantes, los curas siempre respetaron a mi padre y lo admitieron en su círculo porque respetaban su eficacia y su decencia. Yo estaba destinado a seguir sus pasos y lo hice con alegría pues has de saber, Felipe, que teniendo habilidad no hay posición más ventajosa que la del burócrata; te lo digo yo que he visto sucederse los mandamás, alternarse a todos los gobiernos posibles, mientras la burocracia permanecía como una columna inalterable en la que todos necesitaron apoyarse.

*

-Dicen que volvió el Monje -casi susurró una voz tosca de acento fronterizo, a mis espaldas.

La frase no me entró, absorto como estaba en buscar a quién colocarle mi último artículo sobre la novela policial inglesa. Ya había rebotado en tres publicaciones periódicas y me encaminaba a un casi seguro cuarto rechazo. Los nombres de Nicholas Blake, Anthony Gilbert, Eden Phillpotts, John Dickson Carr y otros giraban en mi cabeza mientras me aferraba a un título, “El almirante flotante”, como a un madero en el naufragio, que repetía en inglés “The floating Admiral” porque eso me daba seguridad, era como un mantra, y porque esa novela colectiva constituía el leitmotiv, el centro vital del -a mi juicio- brillante ensayo breve.

– ¿Pero a quién puede importarle hoy la novela criminal inglesa -todavía resonaba en mis oídos las palabras del joven encargado de un suplemento cultural con quien venía de entrevistarme-, quién va a leer todos esos bodrios donde se asesina a alguien en un cuarto cerrado sin derramar una gota de sangre y luego hay que tragarse cien páginas de deducciones, argumentos, contraargumentos, diálogos soporíferos y demás hasta llegar a un final inverosímil donde se hace Justicia y la Ley triunfa? Yo mismo -enfatizó- no conozco ni la mitad de esos nombres que usted menciona en su artículo. Para no hablar de Chandler, Hammett y la serie negra que también tienen ya un cierto olor a museo, ¿usted acaso nunca vio una película de Tarantino? – y me miró entre atónico y compasivo como si me hubiera mencionado algo tan antiguo como la Divina Comedia que por fuerza yo debería conocer o al menos tener noticia-. Era inútil discutir; recogí mi artículo, le agradecí se hubiera tomado la molestia de leerlo y me retiré tragándome la humillación.

Una vez en la calle, el cielo azul despejado me devolvió una inexplicable confianza y, por eso tomé el ómnibus y, por eso parado en la plataforma, buscaba febril nuevos argumentos, maneras irrefutables convincentes de vender mi artículo.

-Ahá, ¿y habrá reunión? -respondió otra voz en tono igualmente asordinado.

La luz se hizo en mi cerebro: recordé de pronto que el día anterior había oído murmurar el nombre del Monje en el Café, sin prestarle atención, y entonces giré bruscamente la cabeza, sin tiempo para refrenar la equivocación. Los dos hombres callaron de inmediato. Tenía un aspecto humilde y cargaban bolsos como si regresaran de algún trabajo. No volvieron a pronunciar palabra y dos paradas después se bajaron.

Olvidé la novela inglesa; descendí yo también y me dirigí a la biblioteca. Allí consulté periódicos de años atrás -recordaba aproximadamente la fecha- hasta que di con un par de artículos que se referían al episodio. Hablaban de la extraña muerte de un menor, de una respetabilísima familia, de un notorio abogado y de dos principales sospechosos desaparecidos, uno de ellos conocido como el Monje. Agregaban que la policía realizaba exhaustivas investigaciones y todo lo que se estila en esos casos.

La información era avara, sucinta, y se limitaba a ese par de artículos. No encontré ni una sola mención al episodio en ediciones posteriores. Me dije que allí tenía una historia. Hice fotocopiar los dos artículos y al día siguiente fui a ver a R., redactor responsable de un semanario, a quien yo conocía de tiempo atrás.

Me recibió con un gruñido, sin levantar la vista de unas pruebas que estaba corrigiendo. Le expliqué el caso, mi descubrimiento, la historia sensacional que tenía entre manos -lo adorné todo con mis mejores palabras, con mis gestos más entusiastas.

Por fin, levantó la vista y me contempló con sus fríos ojos acuosos por encima de la luneta de sus lentes -era como tratar de leer en un libro cerrado-. Se echó hacia atrás, se pasó la mano por la amplia calva, luego la llevó a su mandíbula cuadrada y dijo.

-Mirá, Bustos, vos sabés cuáles son las reglas. A mí tu historia ni me interesa ni me deja de interesar. Puede que sea la punta de una madeja gorda como que sea una de tus fantásticas patrañas -usó esa palabra “patrañas” y no sé por qué me sonó de buen augurio, me dio ánimos-, en todo caso -continuó- vos hace o que quieras; si querés investigar lo hacés por tu cuenta y si no, todos tan contentos. El semanario no se responsabiliza de nada, no figuras en el staff, nadie te conoce. Ni sueñes con un anticipo, ni con un ayudante, ni con un fotógrafo. Todo lo que te podemos dar es este pequeño grabador -y sacó uno de un cajón a su derecha- y acreditarte como periodistas “free lance”. Si de todo esto sale algo que valga la pena publicar se te pagará cuando haya plata.

Volvió a las pruebas y me despidió con un gesto que no supe si era de fastidio o un deseo de buena surte. Cuando ya iba a trasponer la puerta, su voz gruesa me recomendó: “andá después de las ocho por “La Estrella” y pregunta por un tal Santos”.

Esa noche Santos no apareció por el bar. El día siguiente lo pasé trabajando en un capítulo de mi novela pero fue inútil, no lograba concentrarme. Releía lo escrito y lo encontraba tan tedioso que si hubiese sido de otro lo hubiera quemado al instante, pero no podía evitar el embrujo de una frase perfecta, de un adjetivo fulgurante y los subrayaba para mejores tiempos.

Santos resultó ser un hombre bajo, morocho, más bien gordo al que yo conocía vagamente de vista. Tenía el pelo negro ensortijado y cuando reía un canino de oro brillaba en su boca y parecía hacer juego con el grueso anillo dorado coronado por una piedra roja en su anular.

Cuando lo interpelé se mostró asombrado y algo confuso; parecía -o fingía- no comprender de qué le hablaba y miraba receloso a sus acompañantes. Después pidió excusas y me llevó a una mesa aparte. Allí le expliqué el caso, le mostré mi flamante documentación y le aclaré -sin señalar quién- que me habían indicado su nombre. El me dejó hablar; me escuchaba inexpresivo mientras daba lentas chupada a su cigarrillo. Después me contempló con los ojos semientornados, como si estuviera sondeándome, y dijo:

-Mire amigo, seamos claros. Me importa un carajo si usted es periodista, novelista o el mismísimo García Márquez. Usted quiere una historia y yo necesito dinero. Usted quiere conocer al Monje y le han dicho, o usted supone, que yo puedo llevarlo hasta él. Ockey, ¿todo clarito, no? ¿Me invita a un whisky? ¿Sabe cuánto me costó esta campera de cuero? ¿Y estos zapatos de gamuza? A mí siempre me gustó vestirme bien ¿sabe? Usted es un tipo fino, culto de esos que creen que se las saben todas. Apuesto a que está pensando “a este reo le paso un verde por el hocico y se pone en cuatro patas”. Está muy equivocado, don, muy equivocado.

Traté de atajarlo, de explicarle que no pensaba nada de eso pero fue inútil, él ya estaba lanzado:

-La gente como usted ve en mi cara de morocho subido, mis motas, la cicatriz junto a la nariz y piensa “está claro, es un ciruja o un laburante de cuarta”. Pero mire mis manos, mire mis dedos, mis uñas, ¿le parecen las de un pobre laburante? ¿Mis modales son los de un ciruja?

Se bebió el whisky casi de un trago y como yo había optado por un silencio cerrado, comenzó a calmarse. Encendió otro cigarrillo y después de un par de minutos, con los ojos nuevamente semientornados detrás de una nube de humo, dijo:

-Mire amigo, ¿cómo dijo que se llamaba? -le repetí mi nombre-. A mi manera yo soy un hombre de ley, así que cuando prometo algo lo cumplo y espero la recíproca ¿me comprende?

-Me parece justo -respondí escuetamente.

-Ockey -volvió a decir, y ahora parecía complacido- Puede que yo conozca al Monje y puede que no y puede -sonrió burlón- que yo lo engañe y me quede con su dinero. ¿Qué me dice?

-Confío en usted- repetí escueto.

-No tenés cara de ingenuo – me molestó el tuteo inesperado-seguro que pensás que me estás sobrando y que tenés el apoyo de toda esa basura de la prensa y conocés gente en la policía o algo por el estilo. Si es así, te advierto que yo conozco gente que está mucho más arriba que vos y tus relaciones.

-Preferiría que siguiéramos tratándonos de usted. Fue todo mi comentario.

La respuesta pareció impresionarlo:

– Disculpe, dijo, me calenté y perdí mis modales. No volverá a pasar.

Lo invité a otro whisky que aceptó gustoso y le pregunté si podía llevarme o no hasta el Monje.

-Todo depende -contestó-. Todo depende de la guita y de que acepte usted mis condiciones.

***