Asia en el corazón

Poemas de Ingrid Tempel


Alter ego

El otro es ese hombre amurallado
que intenta quebrar tus defensas sin bajar la guardia
es un tiburón que recorre la noche
acechando los senos desnudos de las cantantes de tango
midiéndolas
recorriendo con su imaginación cada centímetro de su cuerpo
para que su voz aniquile el ruido de las bombas
o los surcos que sobre su piel dejaron mil heridas.
Pero no hay alcohol que borre esos recuerdos:
la memoria es un verdugo cortés que pide permiso
para desgarrar tus madrugadas
quebrando el esplendor de una pesadilla
con rugidos de tanques y monstruos vestidos de uniforme.
Ahora los días transcurren apaciblemente
aunque los niños que claman a medianoche
reabran viejas heridas
y otra ciudad sea bombardeada en primavera.


Guitarra melancólica

Ahora que ya no busco tu cuerpo
en los devastados territorios del insomnio
y que ni siquiera la caricia de tu voz me aprisiona
camino descalza como si pudiera encontrarte allí
pequeñito tibio tiernamente mío
entre los fríos maderos de la noche y mis huesos
surgiendo desde lo más profundo de tu desamor
desafiándome a no quererte ya
como si supieras que este silencio
no es más que el eco de mi amor en la distancia.
He aprendido a burlarme de mí misma
a imaginarte besando los senos de mujeres anónimas
a pulsar en la guitarra arpegios melancólicos
y a no tenerme lástima
aunque duelan estas manos
que lentamente se habitúan a la soledad.


Centinela en un cielo Magritte

Ese miedo que a medianoche
se incrusta en las húmedas paredes del insomnio
allí donde combato la oscuridad con jazz
mientras avanzo con las manos estiradas
hacia las cicatrices de mi pasado
y un centinela en un cielo Magritte
vigila mis pasos en los túneles de la noche
ese miedo persiste como las otras ciudades que descubrí extasiada
ante la infinita variedad de los amores y los odios
que construyen fortalezas para que la Historia instale sus armas.
Confieso que la esperanza jamás me ha abandonado
y continúo despertando en busca de un oasis
aunque ese centinela me espíe desde los laberintos
de un cielo Magritte que amenaza tragarme para siempre.


Desequilibrios

Si busco respuestas que me conduzcan a cierta armonía
ahora que camino nuevamente por París
acompañada por la impura voz de mi memoria
que no es una cantante de blues ebria de cólera entre las llamas
ni Cavaradossi interpretando E lucevan le stelle
antes de ser ejecutado 
es porque a pesar de mi lucha permanente 
con los precipicios del insomnio
sospecho que el tiempo terminará por destruirlo todo:
la familia edificada sobre las ruinas del pasado
el amor que intenté salvar de las batallas cotidianas
y las plegarias murmuradas contra los zarpazos del silencio.
En esta lucha con el desequilibrio entre mis deseos y la realidad
no encontré un shibboleth que me permitiera sobrevivir 
a los estragos de la violencia íntima
y llevo décadas armando una muñeca sonriente
que me reemplace en este mundo sanguinario.


Autopista hacia el mar

Podría comprar un auto veloz
cargarlo con cientos de canciones
y emprender un viaje hacia los confines de Europa
confiando en que al azar de los encuentros
descubriré un hombre como tú
que me seduzca con boleros y vino
o que me haga temblar cuando súbitamente calla
para mirarme con ojos de pirata ebrio
mientras sus manos me pliegan con ternura
en un lecho de hotel.
Las voces que en la autopista me conducen al mar
callan cuando te recuerdo concentrado
preparando una nueva aventura
entonces vuelves a ser un desconocido
un misterioso peregrino de furias asesinas
que acecha en la próxima encrucijada
dispuesto a atacarme en lo más íntimo de mi memoria
a quemar los mapas que atesoro
para fugarme de esta ciudad
donde todo me recuerda un pasado de furias y traiciones.
Mientras atravesamos las fronteras observo tu rostro
transformándose con la risa
y recuerdo nuestras primeras batallas
nuestras primeras treguas
hasta que el deseo volvió a enfrentarnos
en un duelo infinito.
Las rutas de Francia se abren hacia paisajes nuevos
donde todo me recordará tu ausencia
cuando amanezca buscándote en la oscuridad
y de ti no me quede más que el recuerdo de tu voz
perdiéndose en los acordes de mi guitarra.


Celebración

No hay silencio que resista
a esta celebración animal de un nuevo día
ni cuerpo que sobreviva a tantas fugas y traiciones
mientras la fauna del jardín continúa reproduciéndose
y los turistas arrastran valijas llenas de tesoros
hacia los bulliciosos aeropuertos de la jungla urbana.
Cada uno de ellos reanuda su ciclo de separaciones
guiándose por una brújula que este verano
sedujo a las secretarias tristes
que soñaban con un amante griego
y a los ejecutivos marchitos que pagaron bailarinas asiáticas
antes de que el otoño los confinase nuevamente
en celdas donde cada jefe es esclavo de su propia codicia.
Algún artista dibujará a los animales prehistóricos
que encontró flotando en la costa de Greenport
buscando la felicidad en un mundo tan remoto
que ni zoólogos ni poetas han podido descifrar su clave.
Ahora que la vida es tan larga y el amor tan breve
infinita es la esperanza de los gatos que atraviesan el jardín
allí donde los seres humanos están a su servicio
aunque hinquen los colmillos majestuosamente
en su último espacio de libertad.


Acordes y disonancias

Sólo un pintor puede disponer el cuerpo de una mujer
frente a la luz como un arcoíris en las sombras
abierto a las tinieblas cuando es volcán

             fogata

                           mariposa
eco de las sonrisas que el amor esconda
a los censores del placer.
La ha desnudado sin pensar en el deleite 
del marchand que medio siglo más tarde
intentará en vano reconstruir los cuerpos
antes de que el óleo esbozara un mapa de ese furor
que ahora los mira a través de los músculos maltrechos
de tanto herirse amándose
o de tanto amarse hiriéndose
que es lo mismo que mirarse para siempre
en las pupilas de un verdugo ciego.


Asia en el corazón

Pensábamos en Shigeru Umebayashi una noche de enero
mientras la nieve caía en el jardín, lejos, muy lejos de Hong Kong,
allá donde los cuerpos siguen sendas solitarias entre los rascacielos
y la piel es el infierno cotidiano de los amantes separados.
Las músicas del amor son infinitas si el tiempo no existe
o creemos ingenuamente detenerlo con este silencio
inmunes al dolor que nos amenaza cuando nuestras voces
callan la certeza del olvido.
Es hora de confesar que los relojes se pararon anoche
que nunca podré desearte más que cuando volamos juntos
hacia un territorio donde tus ojos ocupan toda la oscuridad.
Asia en el corazón y tu mordiéndome
millones de hombres y mujeres persiguiéndose
y tú rechazándome
evitando mirarme mientras busco una clave
que te retenga unos minutos más
en este desierto de asfixiante belleza.