Otro sur, otras derrotas (1997)

de Jorge Musto

Aunque motivado por su centenario y enterado de que había vendido sus propiedades en Yoknapatawpha para instalarse en Ginebra, carecía, sin embargo, de otros datos sobre su paradero. Pero el azar me ayudó la semana pasada en la forma de un pequeño aviso publicado en la «Tribune de Genève», donde un cierto Ratliff ofrecía a la venta una vieja máquina de coser. La voz femenina que respondió al teléfono tenía resonancias de la tierra fértil, dijo llamarse Eula y entonces le pregunté, no por Rafliff y la máquina de coser sino directamente por el Maestro. Con el pretexto de su centenario, en pocos minutos obtuve la entrevista. Y no me sorprendió que esa misma tarde me esperara frente a su casa con dos caballos ensillados.

-No soy un hombre de letras – me dijo Willian Faulkner cabalgando a mi lado -, solamente un escritor. Además, dudo poder hablar más de dos minutos sobre algo que valga la pena.

Íbamos al paso, bajando hacia el lago por la estrecha y arbolada calle de Vélizy.

-Por eso -agregó- no entiendo por qué quiere hacerme una entrevista. Todas las anteriores fracasaron.

-Puedo intentarlo.

-Sí. Y recuerde que el hombre puede ser derrotado pero no vencido.

-…

-Sí. Y recuerde también que la victoria no necesita explicaciones. Se basta a sí misma. Mientras que todo el mundo contempla la derrota y los invictos que, debido a ella, sobrevivieron.

-Y la contaron.

Me miró y la mirada era triste pero paciente y testaruda.

-No se haga ilusiones: nada puede ser contado.

Los cascos de los caballos marcaban un ritmo excesivamente sonoro en la calzada. Tal vez fuera a causa del silencio, del amarillo de ese verano ginebrino, de los jardines desiertos al otro lado de las verjas, del Maestro a mi lado, recto en su montura como un álamo, o como un vengador, pero de pronto me sentí desalentado por la entrevista que me había propuesto. Al llegar a la ruta de Lausana quizá podríamos galopar. 

– ¿Es por eso que usted no describe los hechos, sino sus causas o sus consecuencias? Sartre lo considera desleal porque según él nos escamotea la única cosa que interesa.

-Pero no. Los hechos carecen por completo de interés. Lo que realmente importa está antes o después. El incendio de la casa de Sutpen, por ejemplo. Exceptuando a los bomberos y la compañía de seguros, es algo que deja a todo el mundo más bien indiferente.

-Pero se tomó bastante trabajo para escribir «Absalon, Absalon!».  

-Porque quería saber qué había pasado antes del incendio, es decir la historia de Thomas Sutpen.

¿Y lo supo?

-En parte. Ya le dije: nada puede ser contado. Pero es posible ensayar. Miss Rosa, Quentin Compson y Shreve lo hicieron. Desde puntos de vista diferentes y hasta contradictorios. Usted puede agregar luego el suyo. Y tal vez se aproxime a la verdad. 

– «En otros tiempos hubo un verano de glicinas», comenta Miss Rosa.

-Se aproxime a la verdad. Sí – y continuó hablando sin mirarme-. Sí. Pero tampoco pudo conocerlo. Era una vendimia de glicinas, una dulce conjunción de raíces, flores y ansias, horas y tiempo. Tenía apenas 14 años y ningún hombre la había mirado con atención, pues no sólo era más niña que mujer, sino menos que cualquier especie femenina.

Volvió la cabeza hacia mí y sonrió:

-Todo eso está mejor dicho en «Absalon».

-Justamente – intenté protestar. 

Él había detenido su caballo porque el semáforo estaba en rojo. A esa hora de la tarde había bastante tránsito en la ruta de Lausana. Aguardamos en silencio hasta poder doblar a la derecha y continuar al paso.

-Yo quería preguntarle por qué ese lenguaje, esa sensualidad, ese barroquismo. 

– ¿Qué lenguaje? Crecí y me crie en el establo de mi padre. Luego, en el pueblo, ¿sabe cómo me llamaban? «Conde sin condado». Dos malentendidos. Quizá la escritura sea apenas un intento de establecer un equilibrio justo.

-No tuvo suerte con sus compatriotas. En el exterior lo estiman más que en su propio país. 

-El problema en Estados Unidos es la mitificación del éxito. Lo que allá necesitamos es un puñado de mártires-pioneros que entre el éxito y la humildad elijan lo segundo. Ellos querían un escritor que les ayudara en sus cuentas bancarias morales. Yo soy muy puritano.

-Usted siempre vuelve a esos valores, a esos conceptos algo solemnes y con mayúsculas: especie, voluntad, orgullo, destino, espíritu …

Luego de un silencio que utilizó para ajustar las riendas y acariciar el pescuezo de su caballo, habló sin rencor alguno:

-Todo el tiempo he escrito sobre el honor, la verdad, la piedad, la consideración, la capacidad de resistir al dolor y la mala suerte y la injusticia …

-Sí, el penado alto de «Palmeras salvajes».

-Y Lucas Beauchamp y Bayard Sartoris y el cabo de «Una fábula» e Ike McCaslin y … He escrito sobre eso porque soy un sureño, un tipo del Mississippi. ¿Sabe lo que eso significa?

-Conozco su respuesta de 1955, en Japón, cuando alguien le preguntó si le gustaba el Sur.

-Bueno, sí, lo amo y lo odio. Pero no basta. El Sur perdió una guerra en 1865. Y la siguió perdiendo varios años después. Yo soy un producto de esa derrota. 

– «Arraigado en la tierra con la seguridad y la inevitabilidad de un árbol».

Sonrió, separando apenas sus labios delgados.

-No lo escribí yo, pero pude haberlo hecho. 

– ¿Yoknapatawpha es una síntesis?

-No una síntesis regional, si esa es la pregunta. Inventé el condado de Yoknapatawpha por la misma razón responsable de la longitud y la torpeza de mis frases y mis párrafos. Trato de reducir mi experiencia individual del mundo a algo compacto que pueda ser tomado entre las manos sin dificultad.

Estábamos en el cruce de la Avenida de la Paz que conduce al Palacio de la ONU. A nuestra izquierda, la antigua sede de la Oficina Internacional del Trabajo. Mientras esperábamos el cambio de luz en el semáforo, Faulkner continuó:

-Repito la misma historia una y otra vez, y esa historia concierne al mundo y me concierne personalmente. Intento decir todo en una misma frase, entre una mayúscula y un punto. Me propongo reunir todo en la cabeza de un alfiler. No sé cómo se hace. Lo único que sé hacer es seguir tratándolo de formas nuevas. Me inclino a creer que mi material, el Sur, no tiene mucha importancia para lo que hago. Simplemente ocurre que lo conozco, y en la vida no hay tiempo para aprender otro lugar y escribir. Aunque es probable que el que conozco sea tan bueno como cualquier otro. La vida es un fenómeno, no una novedad. Siempre la misma carrera hacia nada y en todas partes el hombre hiede de la misma manera.

Se incendió la luz verde y el caballo de William Faulkner, espoleado por el jinete, partió al galope hacia el muelle Wilson que bordea el lago Léman. Lo seguí, aprovechando que allí las luces estaban sincronizadas para una velocidad regular del tránsito.

Yo iba dos metros más atrás de esa figura elegante, apoyada en los estribos con las rodillas flexionadas y semi-incorporada en su silla de montar, desplazándose horizontalmente por encima de los techos de los automóviles. Un poco más adelante se encontraba el puente del Mont Blanc y había que detenerse para girar 90 grados a la izquierda. Pude ver que el puente estaba completamente embanderado.

Tiré de las riendas y quedé de nuevo junto al Maestro. Tenía el rostro cerrado a cualquier expresión y respeté su silencio.

Cuando reiniciamos la marcha al paso, me indicó con la mano las enormes banderas de todos los cantones suizos que colgaban lacias a cada lado del puente.

-Mire. Mire y recuerde que todo lo que dijo Tolstoi sobre Ana Karenina fue que era hermosa y que podía ver en la oscuridad como los gatos. No necesitó más para describirla.

Quedé esperando la continuación. Creo que quería decir algo más y se arrepintió, porque sacudió la cabeza y murmuró algo inaudible, como para sí mismo. Flanqueado por la multitud de banderas, iba más erguido que nunca en su montura: parecía un caballero medieval regresando triunfante de las cruzadas.

Bordeamos el Jardín Inglés y seguimos por el muelle Gustavo Ador.

-Está en el corazón de un bosque, en el burdel de la señora Reba, en el Paso del Francés, en la tragedia de Joe Chrismas y en el escarbadientes de oro del viejo Lucas, en cualquier negro o cualquier blanco con una gota de sangre negra del Condado de Yoknapatawpha. El Sur está allí – dijo altivo como un general con el uniforme desgarrado -. En la conciencia aguda de la orgullosa y vergonzosa historia de su pasado descuidado, galante y opresivo. El Sur.

Bueno, me dije a mí mismo, si no encuentro alguna pregunta o un pretexto que lo saque del tema, seguirá dando vueltas al Sur durante toda la tarde. 

– ¿Sabe qué novela me hubiera gustado escribir? «Cien años de soledad». Considero a los Buendía como hijos putativos de la implacable voluntad de Thomas Sutpen. Versión tropical, por supuesto. Quiero decir: no la tragedia sino lo grotesco, no la desesperación y las llamas sino el delirio y el esperma.

Me pareció que la brecha estaba abierta.

-Y de Juan Carlos Onetti, ¿qué opina? 

– ¿Ese uruguayo entrevistado 32 veces por la misma periodista, María Esther algo? Creo que escribía textos tan tristes como él.

Ya que estábamos, le pregunté sobre los autores que más lo habían influido

-Hay una conocida lista elaborada por los críticos. No la discuto. Es su trabajo.

-Sí. ¿Pero según usted? 

– ¿Aparte de haber copiado a Joyce y a Dostoiesky? – rio brevemente -. A otro que copié fue a Juan Sebastián Bach. Nadie lo menciona. No sé por qué, pero cuando se habla de influencias sólo se incluye gente que trabaja con las mismas herramientas que uno. Los músicos son influidos por otros músicos; los pintores por otros pintores -hizo una pausa-. Bueno, pero una vez escuché el Misericordia del «Magnificat» de Bach y me dije: yo quiero escribir así, voy a escribir así. 

– ¿Así, cómo?

-Lea cualquier párrafo de «El oso», de «Intruso en el polvo», de «Luz de agosto». Trate de leerlos no para descubrir inmediatamente la realidad, sino siguiendo las líneas sinuosas que van cercando esa realidad, el «acontecimiento», como dijimos antes, y escuche las palabras que la van desocultando. Pero escúchelas -enfatizó-. Es decir, léalas con el oído. Uno puede llegar incluso a leer un escritor mediocre, pero escucharlo resulta insoportable. Si esos párrafos míos no le dicen nada a su oído, tire el libro, no nos entendemos, usted está tratando de leer algo que yo no tuve la intención de escribir. 

– ¿Es un problema de estilo? 

-Pero no, nada tiene que ver con el estilo. Bach era luterano y hacía proselitismo porque creía en algunas cosas. A mi modo, yo también soy proselitista. Y un escritor que siente la necesidad de expresar algo en lo que cree, que está presionado por esa necesidad, no puede perder mucho tiempo en problemas de estilo. Y además el estilo no es una técnica y ni siquiera un problema. ¿Comprende?

-Comprendo. No le gusta Borges.

-Borges dijo algo muy inteligente. Cuando le reprocharon que viviera en Ginebra por ser una ciudad muy aburrida, contestó que en Buenos Aires todas las esquinas se parecen, mientras que aquí son todas diferentes. Pero Borges no sabía andar a caballo. Y no siento ningún respeto por alguien incapaz de montar a caballo.

Movió las riendas hacia la derecha y lo seguí. Atravesamos la entrada del parque de Eaux-Vives y marchamos al paso bajo la bóveda formada por los viejos árboles que bordeaban el camino curvo y ascendente. 

-Maestro -dije algo solemnemente-. ¿Es cierto que «El sonido y la furia» comenzó como un cuento corto?

Luego de un silencio sólo alterado por los cascos de los caballos resonando en el pavimento del camino, Faulkner dijo: 

– ¿Dónde comienza una novela? ¿Y qué es una novela sino el largo, trabajoso, obstinado y a veces espléndido fracaso de justificar su primera frase? No una frase, el comienzo de «El sonido y la furia» fue una imagen. Es lo mismo. La imagen de Caddy y su calzón sucio, vista desde abajo cuando trepa al peral de la casa de los Compson. La visión es de Benjy, el idiota, y me puse a contar sus experiencias de ese día en primera persona. Quedó incomprensible, ni yo mismo me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Y entonces tuve que escribir otro capítulo, esta vez contado por Quentin. Pero la versión era unilateral y fue necesaria otra, la de su hermano Jason. En ese momento la confusión era total. Sabía que ni siquiera estaba cerca del final y entonces tuve que escribir otra sección desde fuera, como un extraño, el autor que cuenta lo sucedido. Es decir que la historia fue contada cuatro veces. Ninguna de las versiones estaba bien, pero había sufrido tanto que no pude desprenderme de nada ni tampoco recomenzar: ahí quedaron las cuatro secciones y así fue publicado. Sí -agregó tras una pausa-, debe ser por eso que me gusta tanto ese libro. Porque fracasó cuatro veces. 

– ¿Sabe lo que dijo Hemingway de usted? Dijo «Faulkner tiene más talento que cualquiera de nosotros. Pero su problema es que nunca se anima a desechar lo que no tiene valor. Yo me conformaría con ser su agente literario».

-Es su propio agente. Y muy bueno.

En la terraza del hotel había unas cuantas señoras tomando té debajo de sombrillas. Rodeamos el hotel y cuando llegamos a las canchas de tenis nos apeamos. Atamos las riendas en el alambrado.

Lo vi por primera vez en toda la tarde. Me sorprendió su baja estatura, y los pantalones de montar y la ajustada chaqueta de cuero y una fusta en la mano le daban un aspecto entre rural y desafiante. El cabello blanco y los bigotes, con las guías en punta, acentuaban esa arrogancia provinciana. La piel del rostro, agrietada sobre el dibujo noble del cráneo, parecía mantenerse viva sólo por una especie de terquedad invencible de los huesos. El mentón decepcionaba, sobre todo en relación con la soberbia exhibida por la nariz fuerte y agresiva. Y los ojos, sabios e indulgentes, se posaban como distraídos en la arista de las cosas y en la serena luz de la tarde.

Caminamos hacia un banco de madera. Frente a nosotros se extendía un amplio territorio de césped muy cuidado y en declive hacia el lago. Lejos, cerrando el horizonte, el Jura. Azul.

Faulkner sacó una botella chata del bolsillo de la chaqueta. 

-Para mantener la leyenda. De mi propio alambique – dijo sonriendo y llevándola a los labios.

-Sherwood Anderson cuenta que en Nueva Orleans usted vivía permanentemente borracho. 

-Sherwood Anderson! -exclamó con sorpresa-. ¿De dónde saca a esos cadáveres? Sí, me emborrachaba con el fantasma de Malcolm Lowry, que ya había escrito «Bajo el volcán» y no tenía absolutamente nada más que hacer en la vida. Era un excelente jinete. 

– ¿No siente nostalgia de esa época? 

– ¿Por qué nostalgia? Sólo existe el pasado. El presente es ilusorio. El primer reloj que tuve fue un regalo de mi padre, quien me dijo: «No te lo doy para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando logres olvidarlo y no gastes tu aliento tratando de conquistarlo». Porque no hay batalla victoriosa. Ni siquiera existen las batallas. El campo de batalla no hace sino revelar al hombre su propia locura y su propio desconsuelo, y la victoria es una ilusión de filósofos y locos. 

– ¿Y su pasado, Faulkner?

-Mi pasado es ahora, hoy. Porque la memoria no necesita recordar: la memoria conoce.

Cada tanto tomaba un trago y era evidente que no tenía la menor intención de invitarme. Yo tenía un montón de preguntas acumuladas y no sabía por dónde empezar. Quería que me hablara de los Snopes, de su actividad como golfista profesional o como guionista en Hollywood, del tiempo en que era empleado de correos en la universidad de Mississippi; que me hablara de su bisabuelo, el coronel, antes de que agregaran la «u» al apellido Falkner.

-Maestro – dije -, tiene razón: renuncio a la entrevista. Pero va a tener que ayudarme.

Me miró y vi que rechazaba mi ruego suavemente pero sin asomo de piedad.

-Ayudarme -insistí- a terminar este diálogo, esta escena, esta mentira.

-Dos es la cifra mínima para discutir un error. Pero uno es suficiente para cometerlo. No -dijo-. No.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando hacia adelante en esa hora de la tarde en que los ruidos diversos parecen concentrarse en un silencio único y perfecto antes de que la luz del día comience su definitiva decadencia.

De pronto escuché el sonido sordo de las pelotas de tenis rebotando en las cuerdas tensas de las raquetas, a nuestra espalda. Supe que era demasiado tarde.

-El hombre prevalecerá – sentenció Faulkner en preámbulo a algo que luego me resultó familiar. -Prevalecerán las viejas verdades del corazón: el amor, el honor, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Y también el arte, que es mucho más simple de lo que la gente cree. Porque hay muy pocas cosas sobre las cuales escribir. Todos los temas conmovedores son eternos en la historia humana y han sido desarrollados desde siempre. Y si un hombre escribe con suficiente energía, sinceridad, humanidad, y con la inalterable determinación de no estar nunca, nunca satisfecho, entonces repetirá aquellos temas, pues el arte, como la pobreza, cuida a los suyos, comparte su pan.

La mirada se le había vuelto súbitamente dura, terrible.

-Tenía razón -dije. – La entrevista es imposible.

-Sí -dijo casi sin mover los labios. -Pero recuerde que no hay consuelo de paz en tener razón.

J.M.