Milena y yo

Es lógica impar matrioshkas y de cajas chinas en relación a Kafka: cuando estamos felices por conocer una dimensión de su obra resulta que hay otra criatura amenazante al interior y la tarea recomienza. En el Diario había afirmado (con gran densidad en 1913) una disposición patológica por la literatura, su ingreso vocacional en las órdenes narrativas haciendo de su vida y existencia una función sexta del lenguaje que -pudiendo ser poéticamente justificada- se transfigura en operativa de extrañeza inabarcable. Si decir literatura supone una dimensión de ficción y cotejo con proyectos históricos y contemporáneos, formular que todo pasa por la escritura es más comprensible. Forma parte de su singularidad y estrategia, la vida excusa para llevar un dietario, duplicar la sociabilidad con amigos o conocidos dando testimonio, la disciplina diaria de cartujo judío, donde las escenas fundadoras contienen la solución de un relato. La creación extenuante de novelas, la crónica de trancas y avances de esas mismas ficciones en apostillas dispersadas a propósito.

Lo mismo sucede con las enamoradas, donde la historia del encuentro, el efecto evolutivo y la sexualidad son -a la vez- una presencia de primer orden para hacer deducciones seudo psicológicas; y -tal vez la finalidad secreta- para experimentar desbordando una correspondencia en el sentido romántico del término hasta la creación de un género literario. La redacción de postales, telegramas y epistolarios es zambullirse a nadar en la piscina como cualquier enamorado con problemas y el salto del trampolín para la contorsión llevando a otros territorios. Donde los avatares de la vida amorosa se vuelven relatos que retoman la tradición y la renuevan; a las cuales les negamos – arbitrariamente- era condición pues del otro lado pernoctan personajes conocidos que conocemos por las fotos de época. La correspondencia es abundante, las novias se transfiguran en personajes de la historia moderna de la literatura, hay algo de egoísta e impotencia para el crítico pues tenemos sólo la versión masculina del asunto; Kafka sostiene que la correspondencia de Milena es de las cosas más bellas que le ocurrió en la vida y desconocemos la extensión de esa experiencia, quizá la historia está aún en movimiento y se encuentren manojos atados en valijas cerradas hace décadas.

La correspondencia a las mujeres cercadas puede arrastrar todo nuestro libro y devorarnos el proyectos, las fotos de Franz con Felice (la dos veces novia) son una maravilla viniendo de la literatura figurativa y su correspondencia vaticina la profundad catastrófica del compromiso y los prometidos. Dejo constancia que aquí faltan las cartas a Felice pues había que elegir… decidí Milena por llega en los momentos de la madurez. Ella está cuando el Dr. Kafka despliega lo más intenso de su producción de su obra, tiene un destino (me prometí alguna vez escribir sobre ella) terrible internada en un campo y creo que en esos años es ella la metáfora de Praga; sus líneas de conexión están más extendidas en la vida cultural praguense, política, mundanidad para que las sociedades funcionen y llevando una existencia relativamente apacible en relación a lazos familiares. ¿Por qué esas cartas y no otras? Los enlaces posibles eran infinitos, la identidad de “yo, la tradición y mis carencias en el imperio del mundo” fue trabajada, así como la obsesión del taller literario; me interesaba entonces la pulsión, tenacidad y estrategia destructiva del enamorado grafómano. Releyendo las cartas y subrayando casi en cada párrafo crece la admiración por la paciencia de Milena. Vemos el trazado ferroviario que va desde la impresión inicial hasta la despedida, desvelos confidenciales del escritor que podían aventar a cualquier otra mujer al fracaso, la lucha entre vida sentimental y horas de escritura; apuntes de una sexualidad que tomados en confesión tientan la ficción siendo llamador a interpretaciones reprimidas.

Luego me dejé llevar por dos percepciones finales fueron determinantes en mi situación. Uno es la cadencia y soporte de la correspondencia; retorno y escritura, reacción inmediata, dependencia enfermiza de estafetas, casillas de correo, buzones, horarios de entrega, recorrido de los carteros, fechas, papeles, cronologías y el resto porque la conversación escrita es un movimiento sin tregua que nunca se detiene. La correspondencia es invasión en dedicación total; al punto de urdir una relación absurda y obscena entre la cantidad de intercambio y lo exiguo de horas pasadas en la intimidad. La atención de Milena distante tocada por la enfermedad pulmonar y el cuerpo de Milena, temido en su desnudez por suciedades jamás explicitadas que Kafka sintió en su primera relación sexual. Leyendo la correspondencia con Milena entendí la razón simbólica por la cual la primera entrada de sus diarios hace referencia a un tren. Los planes del novio para encontrase con la enamorada casada, combinaciones de buses nocturnos y el laberinto del tendido vial ferroviario del imperio para salir de, ir hacia la “correspondencia” impuesta en estaciones perdidas en el espacio, llegar a destino con temor y temblor, negociando las escasas horas corporales en cuenta regresiva en hoteles (como la primera vez) son relato herido y test de pulsión delirante. Quizá todo lo anotado y la escritura diaria existe para saber que ella está allá viva porque responde, el deseo ambiguo de estar cerca sin tocarse y el rechazo, canjeando sobres por una convivencia insoportable responde a la mediación trágica del iluminado: cuando la vio por primera vez en el café de Praga, Kafka vio el 17 de mayo de 1944 de la bella muchacha traductora y trece años menor.