A KRA PRA GA KRA

Cuando uno aún ignora las retóricas de la ficción y está lejos de leer a Umberto Eco, Tzvetan Todorov y Mikhaïl Bakhtine tiene igual por otros medios nociones de la distancia entre realidad y ficción. Las primeras imágenes -en mi caso- están en la infancia, se asocian a memoria y credulidad, observación y enigmas. Nadie refuta la relevancia de las escenas fundadoras para la madurez de afectos y sexualidad, pero hay otros inicios ligados a la fantasía; en algún tiempo -en cursos de psicología del Instituto de Profesores- nos explicaban la importancia decisiva de los primeros cinco años para entender nuestra fatalidad existencial y la manera como afrontaremos los últimos cinco años de la vida. Leyendo testimonios, cartas y entradas al diario advertí que, tan importante como el trauma sexual debutante, la incidencia de los sueños, la carta al padre y el imaginario religioso judío había rondando en las preocupaciones de Kafka la noción de magia.

Lo tomé tal cual en la primera acepción, tampoco pretendí hacer un desvío simulando que quiere decir otra cosa, la magia tal cual: algo íntimo estructurante de la personalidad y el arsenal del escritor / la experiencia del espectáculo / relacionado a la magia (seducción, tradición ocultista y fatalidad histórica) de Praga / apuntalando la noción y gesto de ficción. De ahí interrogué si ella era forzosamente impuesta a mi proyecto o tenía una probabilidad de articularse más generosa. Un rápido ejercicio de introspección me llevó a evocaciones de la niñez cuando comienza la conciencia del ser, los primeros recuerdos fijados que pueda consultar el adulto, el aprendizaje de la lectura y el contacto con la ficción a través de revistas de historietas en la versión Tarzán y La hermandad de la lanza. Dos recueros diferente pues con denominador común. Cine Baby domingos de mañana en el cine Broadway de la Avenida 8 de octubre a doscientos metros de casa y donde programaban actividades recreativas para los niños del barrio!!! Antes del pájaro loco y tres capítulos de Flash Gordon con Buster Crabbe teñido de rubio, había la actuación en vivo de un mago aficionado. Olvide el encadenamiento de los números del vecino y los resumo a dos metonimias: pañuelos de colores y conejo en la galera, más inolvidables que el Emperador Ming del planeta Mongo. El El Diario de la noche que compraba mi padre recuerdo la página de historietas con el descubrimiento de otra zoología de criaturas dibujados. La presentación era un tríptico donde se fusionaba guion con perfiles, globos del decir parlante y recuerdo del comentario, otras ingeniosidades dando cuenta del sonido y la furia de la aventura en progreso. En esa galería -entre Kerry Drake y Benitín y Eneas- uno de los más recordados es el mago Mandrake, creado en 1934 -diez años después de la muerte de Kafka, los futbolistas uruguayos en Colombes y la muerte de Eduardo Arolas- por Lee Falk y Phil Davis. Después supe que al final se casa con Narda la asistente, que su residencia se llamaba Xanadú igual que la de Charles Foster Kane y que Fellini tenía un proyecto de filme, con el inolvidable Marcello Mastroianni en el rol principal.

Esas experiencias precoces me llevaron a dos convicciones sobre la magia y que se puede extender a otras actividades como la lectura donde intervienen el dios Zeus, el espectro del padre de Hamlet, el colmillo de Ganesh y la estatua parlante del padre de doña Ana. El pacto de lectura y la necesidad de creer aceptando el prodigio para que la magia opera; que todo acto de magia responde a un truco y debe mantener el secreto. Esa equivalencia la trasladé a estas secciones del proyecto Gracchus, pues la vida de Kafka coincide en la historia con el auge de la magia espectáculo. Para hacer vivir el prodigio es necesaria una tecnología respondiendo al credo y un hipnotismo colectivo, acción alienante sobre las mentes receptivas que se extiende de la platea al teatro de la sociedad. Incluso pueden intentarse herejías de teletransportarse mientras se dice abracadabra, desaparecer una jirafa como en “La grande bellezza”, abrir las puertas de la muerte y hablar con los muertes queridos.

Probé de ver si esa noción de magia podía aplicarse asimismo al corpus de una literatura admirada, como era el caso de Borges y el truco funcionó con variaciones: los pañuelos eran celestes y blancos, el conejo parecía ciego y asistimos al prodigio alquímico de ver salir del fondo de un magma de ficciones a la ciudad de Praga.