Naturalezas Muertas

Sobre los poemas “VII (las uvas 2)”, “XX (las castañas 1)” y “XXI (los dátiles)” de Amanda Berenguer (Identidad de ciertas frutas, 1983)

VII (las uvas 2)

Cuando están sobre la mesa

los racimos cortados

son incitantes palabras moradas

            o palabras rojo bosque

           o palabras ebrias

como luzbel

    o salamandra

   o serpentario.

Se bebe entonces el discurso:

deletreamos en el licor

           imperiosas delicias.

Nosotros sabemos que están cerca.

Nos desnudan

            y no sentimos vergüenza.

Las uvas se encienden como pomelos:

queda su luz verde

         su mirada de gato

titilando en el comedor.


XX (las castañas 1)

Suponiendo que el árbol del sabor

fuera una aparición o un sueño

—ese árbol asombraría indefinidos paisajes—

Las castañas están a la altura del recuerdo

madurando entre el misterioso chocolate

               la femenina batata

           y un toque suspicaz a nueces

en una calle de París

               humildemente.

Sobre un suave hornillo se asan

los oscuros encerados frutos medievales.

Y hace frío.


XXI (los dátiles)

Se dirían escarabajos de caramelo ritual.

Se dirían cobrizos melosos relicarios

       de breves tallas en madera.

Se dirían adorables fragmentos

       supersticiosos golpes de azúcar

       dorando mis dedos.

Si los muerdo

            los dátiles huyen.

—volátil esencia de la familia de las confitadas—

            y dejan en la boca

            un espejismo casi doloroso

            vibrando —cabalístico—

            su miel ensordecedora.

17 de julio de 2017

Hay que cambiar las palabras, porque acá pasó algo, un desequilibrio que nació en la mesada de la cocina para purificar todas las cosas. En la unión forzada de textos, el recorte casi arbitrario del catálogo, se sopesa la sustancia de esas frutas que Berenguer puede mirar desde cada ángulo, cubistamente, al mismo tiempo. En las uvas están la vida y la potencia del alimento, de ser esfera inocente y delicada o gota espiritual y ligera. Su propia capacidad de decir está contenida en esa miniatura forma que nos ve abismados: los racimos son ojos o son la potencia del discurso que se abre en la boca como una flor, como un manojo fresco de agua. Indica sabores y presagios de dulzuras y palabras. Unas y otras pasan así, sobre la mesa, como un nombre cualquiera y son ellas las que en un gesto opuesto (opuesto a las pseudobíblicas hojas de parra, que cubren), nos abren en toda la pequeñez del hambre y la lujuria. Las frutas pueden introducir la memoria, otro tiempo, otro lugar lejano o imaginado. De este modo, las castañas son medievales y parisinas, son invierno y el árbol de su idea, son encerrado misterio que pertenece al fuego. Sorprenden en ese estado de detención: existen sin consumirse, en recuerdo o en chocolate, mudas y quietas, anunciando un decir, siendo siempre otra cosa. Más allá, en la alacena, lo exótico se sacude de pronto en el delicado crujir de un dátil en los dientes, y si antes era París con frío, ahora es el desierto, la sucesión misteriosa de faraones y milagros, las plagas y el museo de lo eterno, el trabajo de dedicados artesanos y el cocodrilo y el gato, el río y la barca, el sol y la piedra, la superación de la muerte y de la putrefacción. Son miel y número, son oasis y engaño. Su suspensión es delicada y se vuelven así monumentos ínfimos (necesariamente transitorios) de momentos. Las frutas traen por la boca el recuerdo, la imagen, el sueño, la inspiración, la felicidad y el poema. En el más trivial espacio de la casa o de la enciclopedia (hermosas ilustraciones acompañan estos versos), su dulzura o su solidez abre desde el gusto el imperio de la música y de la enunciación, de la inmediatez sensual de la forma y del rigor que secciona la magia, cortándola con precisión para dar sentido.

La cena

Sobre dos fragmentos de La liebre de marzo, de Marosa di Giorgio (1981)

Cazamos por segunda vez (y lo pusimos en la anticísima asadera), uno de esos animales que están, al mismo tiempo, difuntos, vivos. Así, casi no es necesario violentarlos. Aún a través de las llamas, la carne sigue en pie; y la vida tiene un sabor extremo.

Para subrayar tal festival se junta la sangre en los vasos. Y la sangre está, también, muerta y viva, pretérita y ardiente.

(En mitad de la mesa hay un jardín en flor, un predio con diminutas rosas, todas minuciosamente dibujadas y alumbradas. La decoración es acorde.)

Estos animales son ciegos, inocentes; creemos que se reproducen sin tocarse.

***

Dijo: —Cazó una comadreja, y la puso en la olla; pero, ella nada con sus hijos, sobrevive.

Y luego, cambiando, “Zarigüeya”. “Vulpeja”. Nombró “Un mono”.

Pedí: —Ah, no cuentes esas cosas.

Y me senté en la tierra. No recordaba dónde estaba. Pero, el callejón se acomodó, el aire azul, oscuro, la tierra, de siempre, con palos y amatistas.

Intenté mirarme. Lo más grave era que no me acordaba de mí. Cuántos años? ocho? treinta?

Al erguirme, hallé el camino hacia la casa porque era el único.

Entré clamando: —¿¡Mataron a un animal!?

“No, no, no”, dijeron todos.

Miré a la mesa.

Y sólo había platitos de aceitunas, clavelillas confitadas, vino, hojas.

30 de octubre de 2017

¿Quién anda ahí? Es la pregunta que Hamlet hace a la oscuridad. El miedo es de fantasmas que arrastran la culpa y un destino de sangre y barro. ¿Quién habla? ¿De quién es esa voz que suena tan clara y seductora como la de un vampiro? De quién su fría mano acariciando el marco de una puerta entreabierta, jugando a no entrar, pero sin sacar la vista del haz de luz que significa. El rito cancela el tiempo en el poema, abre a la infancia suspendida en el presente, desde el brillo del recuerdo apretado como en una plegaria, como un jardín que crece en medio de la mesa, delicado y artificial. Y qué es este animal que vive y no vive, que desea inmóvil, que muerto conserva el calor del aliento, sino la escritura, sino la voz, sino esa niña eterna, esa grotesca mueca que no envejece. Y quién es el cazador, que sigue las huellas y abre el sentido del camino único que siempre conduce al hogar. Y quién es la presa, la palabra divina que se evapora sobre el recuerdo, que se funde en el fuego del pensamiento. Pero ese bicho no ve, es pieza espectral del museo de la carne. Cambia de nombres como de pieles, se va desplazando sobre la hoja como una pátina densa de tinta, provoca la mancha que dice cosas. Pero hay “cosas” que es mejor no oír, que es mejor no ver, sino dejar hundirse en el húmedo terreno de la indeterminación, perderse en las amplias habitaciones del castillo en donde habita la ignorancia como un monstruo vengador, calaveras y voces que interrumpen la cena y los años. Los platos, por eso, son sólo una señal de la vanidad, un anticipo de la comida reluciente y fresca que el infierno ofrece cuando condena. Lo pasado y hoy, la niñez y la juventud, el yo que se encoleriza y se cancela y sobrevive, todo parece una pregunta gritada en el vacío que dice No tres veces, como Pedro. Al final, cuando ya el crimen se ha cometido, la mentira lo cubre todo y luce tan brillante y despiadada como lo cierto.

la ofrenda

Sobre “Santos I, II y III”, de Jorge Medina Vidal (Harpya destructor o un objeto de poesía o la copa o séptimo libro o la odalisca en receso o la señora electa, 1969)

Santos I

Repaso las figuras de los santos.

Acaricio el ambiente nocturno que los proyecta

arriba de mis ojos.

Reparo en sus puntillas

en el rojo manantial de sus ojos

en sus actitudes de almohada que cercenan

dolores y esperanzas.

En sus manos que resecan las sábanas

y dejan una sinuosa línea de mortaja

en imprevistos pliegues.

Los tengo por racimos de otoño

cargados de perfumes

y los huelo en silencio

y los dejo

en sus cajitas luminosas o me vuelvo al combate.

Y cada vez me envicio más de ellos.


Santos II

No puedo hacer en silencio mi labor en el día.

Pero en la noche atiendo a los santos entre

la vastedad de sus puntillas,

elegidos para el vasto silencio.

Alargo gritos y todo me transmito

en voces aparecidas a destiempo, voces

que sirven de locura.

Hasta que llega el verso como una matanza

o un esquema de noticias que otro me dice

y me siento castigado con una voz novísima

a la que me obligan.

Los versos son más frágiles que el vidrio,

pero perduran como aquel parpadeo

que a veces llega

transformado en la propia sombra del

alma y su grafía.

No sé nada común de este pozo atmosférico

en que nado,

no llevo monografías del silencio

o del habla,

no planifico las colectividades.

Delante de mí se levanta la columna de fuego

en el profundo desierto.

Vago entre los arcos alados del templo

y por los bajos cimientos de los desperdicios,

semejante a la serpiente deseosa de coincidente locura.

Muevo las orgullosas plumas de mi cuello

sin preocuparme nunca por los ecos

y sólo

porque no puedo hacer en silencio mi labor en el día.


Santos III

El ánimo observador,

el ánimo ardiente como una brasa

que se consume

y que el necio juzga como energía dilapidada.

En esta noche vuelve sin estridencias

a recuperar pensamientos idos

y a ordenarlos azules

o divinos

porque vuelven en estado de fruta.

Entonces encuentro a la noche

como un alto animal puro y transitable

donde todo se ofrece a manera de rito

y la noche o el mundo contagiado de noche

es como el torso de un atleta

húmedo

y que nunca hubiera pensado en su vida

algo que fuese distinto a una ofrenda.

Avanzamos hacia la ofrenda

como las mansas creaturas

convocadas a la perfección de ser espejo.

De las manos salen caricias

como mensajeros que palpan el viento

y el agua deslizándose

y la firme respiración de Dios vigila atentamente

desde su altura o profundidad,

respondiéndose eternamente que todo es bueno.

Y entonces, Pablo, al que escuchaste

en la puerta de la Mansión que creías limitada,

te contesta

con su vieja voz barbada de Judío despierto:

en Él somos, estamos y nos movemos.

Y entiendes lo que quiso decirte

mientras te inclinas con actitud de flor

que ha cumplido su primavera

y esperas.

19 de septiembre de 2018

Es la habitación. Una cama, las paredes altas, cortinas que dejan apenas pasar la luz artificial de la calle. Es de noche. Es la noche. Esa luz, como de cinematógrafo, les da a moverse sobre la pantalla, el espacio del aire que se hace denso frente a los ojos. De ahí llega, como una lluvia suave, la palabra para decirse, la descarga de energía a la mano, el murmullo que traspasa siglos y sigue comunicando, que le dice a la hoja que hable. De ahí llega, en el repaso de su blanca perfección, el sueño. El verso como noticia, el poema que se acerca de improvisto y se posa sobre nosotros como un pájaro, y que habla en el corte con el día, en la paciente oscuridad. Están ahí, cuidando, amenazantes, la última cruz sobre la cabeza, con sus telas y sus perfumes, transforman la sábana en mortaja: son las voces altas de la poesía, que se dejan ver por entre los rayos de luz que irradian sus ojos. Son la cadencia que habla por nosotros, que levanta el cuerpo y lo encuentra, que corta lo vulgar y nos transporta, livianos, al tiempo inmóvil de los ritmos nocturnos. Medina Vidal alienta el paso libre de ese torrente místico, oye los designios de los siglos, se deja disolver en la acuosa perfección de la pureza, se mira en los santos como en ejemplos, con la certeza gozosa de la soledad y de lo que falta. Entrega negándose todo a ese altar, se da a la sombra como a la escritura y presta atención a sus temblores. Es la voz de mando, la orden que se suelta ante nosotros, que nos resignamos a doblar el cuerpo sobre el escritorio, a herirnos y a salvarnos. A escapar de las horas del trabajo, de la jornada, en un júbilo con las cosas propias, un reconocimiento en lo otro de las palabras que no siempre nos es dado comprender, algo que se abre solo en silencio en el tiempo más lento. Ahí está el encuentro, un regocijo que se siente en el templo del pecho, el entusiasmo delicado de la comunión.