Oscar Brando

MAYO 2021

Por una vez los planetas literarios se alinearon de manera perfecta. Ello ocurrió el 23 de abril pasado, hace apenas un mes y día del cumpleaños noventa y cuatro de Jorge Musto. En la red arborescente el Cabaret literario La Coquette cumplía su primer año de actividades, en Montevideo -por video conferencia- se presentaba un libro de esos que ahora ni se estilan. La salida de un título nuevo tiene algo de trámite usual y también mágico considerando peculiaridades del episodio. Se trata de un aporte crítico colectivo en reconocimiento a la obra y homenaje transgeneracional a la trayectoria de Circe Maia. Participó activamente la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay, habiendo varios de sus socios metido las manos en la masa textual; lo editó el sello Rebeca Linke, evocando una mujer desnuda y personaje libre del año 1950, el mismo de La vida breve.

Uno de los presentadores era el profesor Oscar Brando. La gente informada lo conoce a Oscar por Morosoli y los cursos sobre cultura uruguaya en los años verdes, por ser el consorte de Carina y las peripecias en Arca de cuando Beto Oreggioni, en tanto editor del catálogo El caballo Perdido, su tesis sobre Juan José Saer y tantos otras sutilezas de crítico literario. Me editó a comienzos de siglo dos títulos de escasa circulación, mientras sobrevolaban helicópteros en Montevideo; tenemos amigos comunes que nos aguarda fuera de la nada y un asado pendiente en Piriápolis. Nos gustan las peras al vino de la calle Blanes, la pascualina de Su Bar y los tangos según Horacio Salgán.


MARZO 2022

Cuando se volvió más cercana la llegada de Juan José Saer a La Coquette, como con otros autores creímos que sería oportuno que estuviera acompañado por un trabajo crítico de presentación ampliada; se lo pedimos a Oscar Brando sin dudar, sabiendo que es el compatriota que más sabe del asunto. En su trabajo recibido recuerda cómo se fue tejiendo la trama saeriana personal con lecturas, conexiones editoriales, azares inmobiliarios, viajes, alineación de planetas universitarios y el imán Alberto Díaz que tanto nos orienta desde Buenos Aires. Fue una linda aventura su encuentro fortuito con los libros de Saer y contó con el apoyo de Norah Giraldi durante el tramo último de la investigación; yo trabajaba por esos años en la universidad de Lille cuando Carina y Oscar Brando vivieron y presentaron sus tesis sobre Liscano y Saer. La defensa de Oscar fue el 18 de noviembre de 2013, finalizaba el otoño en el Norte y estuve ahí para contarlo. Tal vez en el pedido inicial hace un par de meses sólo aguardaba algún capítulo suelto de la tesis y que luego fue libro editada -por Corregidor- con el título de “La escritura de Juan José Saer. La tercera orilla del río.”

Brando se tomó unos días para pensarlo y se descolgó luego con un ensayo inédito, personal, arborescente, que recupera las grandes líneas de la crítica del autor de “Glosa” y abre nuevas pistas porque sobre Saer siempre queda alguna cosa para decir. Como buen docente -nosotros los del IPA ya no somos los mismos…- atiende a lectores debutantes y sorprende a iniciados con nuevos contactos digamos que intertextuales. Oscar preguntó qué texto de Saer subiría al Cabaret y los criterios de la elección; ubicó entonces el interés de su lectura al servicio de la cartografía parisina, del catálogo inicial femenino atendiendo a las viejas del barrio, en viudas sin mayor esperanza que en páginas maravillosas describen el coto de caza de “el hombre o lo que fuese.” Además de presentar la obra de Saer y avatares editoriales como un sustrato a considerar de la narrativa, aclaró puntos claves de la novela citada. Brando estableció un nexo temporal, una suerte de continuidad trascendental con otro cuento del libro “Lugar” del año 2000 titulado “Recepción en Baker Street” y que sería una coda de la novela convocada, porque la noche de las bailarinas siguió después de la tormenta. El crimen induce al crimen: Pichón Garay narra los misterios parisinos y Tomatis los de Londres, recuerdos de mentes criminales así como de deducciones; relaciones entre realidad y ficción, corporeidad y simulacro, del asunto de la construcción del autor. Como lector de Saer, dos aspectos me interesaron del trabajo de Brando que tienen relación con su pasado de investigador. Primero el juego de asimilación y desprendimiento con la literatura de corte naturalista previa -Oscar domina esa biblioteca de la Banda Oriental- donde localiza los nudos conflictivos entre lo que permanece y la ruptura; luego, el paso mágico de las condiciones de oralidad a prodigios refinados de la escritura, diciendo que toda gran novela antes fue rumor o mitología, anécdota o recorte de prensa, conversación antes que dactilograma aunque requiera 815 páginas.


JUNIO 2022

Oscar Brando retorna al karaoke de La Coquette, lo que puede parecer casualidad y no tanto. La obra literaria escrita siendo medular es breve de no haber un aparato crítico social que la sustente; a veces, ese salto lo dan los docentes de literatura mediante la investigación, como ocurrió aquí mismo en abril 22 cuando se juntaron Cristina Peri Rossi y Néstor Sanguinetti. Para las nuevas generaciones de escritores, Brando cumple la tarea de nexo y legitimación que antes se llamaba Ángel Rama, Raviolo reinando en la calle Gaboto, Rodríguez Monegal, Graciela Mántaras, Hugo García Robles. La literatura uruguaya es mejor cuando se escuchan las voces de Augusto Bonardo en “La gente”, las presentaciones de Hugo Castillo, “Café negro” de Mario Delgado Aparaín, “La habitación china” de Carlos Reherman y ahora “La máquina de pensar” de Pablo Silva Olazábal. La labor de Brando se inscribe en la tradición plural de la crítica uruguaya; estuvo cerca de las grandes editoriales del auge del siglo pasado y se lo veía en Arca -allá abajo en la calle Andes, a una cuadra de donde vivió Introni- preparando galeras de diccionarios y poemas de Benedetti. Siempre estuvo presente en mesas redondas como escucha y en presentaciones de libros tomando la palabra; a la labor docente le sumó la tarea crítica en sus dos vertientes: de salida en caliente, dando cuenta del presente de la ciudad letrada y la de ensayista de largo aliento, como bien lo saben los lectores de Saer y Morosoli. Fue editor él mismo con el sello “El caballo perdido” donde Introni sumó dos títulos al catálogo.

A Juan lo conoció de la vuelta urbana y por amigos comunes, lo editó porque sus libros salidos de Tradinco son pruebas de amistad; conversaron aquel viernes 2 de agosto del año 2002 de helicópteros sobre Montevideo e inolvidable para todos los que estábamos esa noche en la casa de Carina y Oscar. Escribió sobre Juan un largo ensayo -aquí reproducido- y quizá la mejor entrada a su obra de ficción, comunicación leída en el congreso de APLU -asociación de profesores de literatura del Uruguay- del 2014 dedicado a “Literaturas infernales”. Ante una obra no tan breve como aparente y minada de incitación a lecturas paralelas, Brando se aplicó a la tarea de organizar su red intertextual, el catálogo temático freudiano, arsenal de estrategias narrativas, apuntes de mundos paralelos, diagnóstico de obsesiones, transgresiones del orden espacio temporal tan presentes en la obra de Juan e intentos prudentes pero audaces de explicación de texto. Resalta el arrabal de mundos cerrados autosuficientes y patologías amenazantes, que tienen por misión de vida forzar la realidad escenificando las peores pesadillas. Los inframundos uruguayos están a la vuelta de la esquina nos advierten el escritor y su exégeta; alcanza con despertar torcido en el medio del camino de la vida en una selva oscura -la calle Yaguarón, la cartografía Sandy Mac de mostradores, el ars amandi de muchachas perturbadas o la confusión axiológica pueden ser las tales selvas- y hallar un guía sin bautizo que indique el itinerario del viernes santo. En la comedia de Introini, el Purgatorio es un tercer reino incontestable, ante el Paraíso son mucho los llamados y pocos los elegidos; para acceder al Infierno con los ojos abiertos, en cambio, es suficiente con haber vivido, explorado la noche, frecuentado tertulias cargadas y haber traducido un verso invisible, flotando en la puerta del Mincho Bar, cuando aún existía en la calle Yi 1390: Lasciate ogne speranza, voi ch’entrate.