Horacio Cavallo

ENERO 2022

Horacio Cavallo nació el último día de 1977 en Montevideo y es un escritor que juega en todos los puestos del equipo literario. Cuentos para esos locos bajitos, poemas de amor de locura y de muerte, relatos desafiando lo fantástico como “La idea del agua” y es autor además de cuatro novelas. Una de ellas “Oso de trapo” (2008) conoció merecidamente varias tiradas y traducciones; es una astuta maquinaria narrativa, con un personaje femenino magnético, que mezcla como vinilos de DJ márgenes tipo “Sombras sobre la tierra” y huellas no futur de Nancy Spungen.

En La Coquette a Horacio lo presenta el gran Alfredo Fressia, con el prólogo escrito para la primera edición del poemario “Descendencia” del año 2012.

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Horacio Cavallo sabe que el tema de toda descendencia es el tiempo, el que se encarna en cada eslabón de esa larga cadena, el dibujo feroz de la genética. Como las hojas, había dicho Homero, o simplemente como los miembros de una familia, cada individuo va dirigiendo su paso —“hacia la nada”, dice Cavallo— porque su función misma es dejar el espacio a la continuidad, a su propia perpetuación. El poeta también sabe que ese paso de la especie, como el de las estaciones, ocurre en un espacio, histórico además, que aquí es un ámbito de calles, de Montevideo o de Nueva Palmira. La casa, el trabajo, la procreación silenciosa surgen en estos poemas como testimonio de esa marcha de la especie, que nunca es abstracta. El poeta reflexiona, reconoce que andar descalzo / paseando ensimismado / tiene sentido. Y si el sentido es ético cabe a los poetas decirlo, aunque les cueste la vida, y de ahí ese homenaje que se presta en este poemario a algunos de ellos, como Haroldo Conti o a Ibero Gutiérrez.

Y sin embargo, estos poemas del movimiento, del paso, del ambular dejan en el lector el paradójico aprendizaje de la inmovilidad. El ser en movimiento está metido en un hombre (volviendo al hombre en el que estoy metido) y tal vez sea eterno, como la especie, como las estaciones, como los ciclos, o como la misma escalera de Jacob. Por eso, si hubiera que elegir el centro de este libro, quizás lo halláramos en este dístico: Hay un verano que no vuelve nunca / aunque siempre regrese otro verano. Y la forma que el poeta da a sus versos, mayormente esos endecasílabos en los que brilla el artífice, no constituyen en absoluto un ejercicio caprichoso, ni un engañoso juego de “sombras chinas”, sino una forma de la memoria, una pertenencia a la tradición del luminoso misterio poético. Finalmente, y como en el resto de su obra, Cavallo nos recuerda que la poesía estará siempre del lado de las preguntas y no de las respuestas: Acaso sobresalga, monocorde, / un nombre, una y cien veces repetido.

Alfredo Fressia