“El cazador Gracchus” amarra en Montevideo

Juan Carlos Mondragón

-ESTA EL SR. JANOUCH PARA USTED

Kafka tiene grandes ojos grises bajo espesas cejas negras, su cutis es moreno y los rasgos extremadamente móviles. Se expresa con su rostro y cuando puede cambiar una palabra por un movimiento de los músculos de su cara, él lo hace. Una sonrisa, un fruncir de cejas, la arruga de su frente baja, cualquier gesto con los labios: una gama de movimientos que suplen las frases habladas.

Franz Kafka adora los gestos, los utiliza con parsimonia sin que acompañen las palabras ni las dupliquen. Resultan expresiones de un lenguaje mímico casi autónomo, una manera de comunicarse que no tiene nada de un reflejo pasivo y constituye la expresión adaptada de una voluntad.

Juntar sus manos, colocar las palmas extendidas sobre la carpeta, calarse en el sillón sin que el confort suprima la tensión, inclinar la cabeza hacia adelante al mismo tiempo que levanta los hombros, apoyar la mano sobre el corazón: son una muestra de los medios expresivos que utiliza con parsimonia, acompañándolos de una sonrisa de excusa que parece decir: “Es cierto, confieso que juego. Espero que mi juego les agrade y además… hago eso para ganar vuestra comprensión mientras transcurre un pequeño momento.”

Olvidé cuántas veces fui a ver a Franz Kafka a su oficina. Una cosa la recuerdo con precisión: su manera de reaccionar, media hora o una buena hora antes de que finalizara su horario, cuando yo abría la puerta en el segundo piso de la Oficina Aseguradora de Obreros contra los Accidentes.

Él estaba sentado detrás de su escritorio, la cabeza echada hacia atrás, piernas extendidas y manos ligeramente reposadas sobre la mesa. El cuadro de Filla titulado El lector de Dostoievski puede evocar un tanto su pose, había un gran parecido entre el cuadro de Filla y la manera que tenía Franz Kafka de comportarse. El parecido era apenas exterior y ocultaba una gran diferencia interior.

El lector de Filla está subyugado por alguna cosa, mientras que Kafka tenía una actitud de abandono deliberada y en consecuencia victoriosa. Sobre sus labios delgados flotaba una fina sonrisa, que era más bien reflejo emotivo de una lejana alegría, vivida por otros, que la expresión de una alegría personal. Sus ojos miraban un poco de abajo hacia arriba. Franz Kafka tenía así una extraña actitud, como para excusar su gran figura alargada. Toda su silueta parecía decir: “Por favor… yo no tengo importancia. Me darían una gran alegría si prescindieran de mirarme.” 

Hablaba con voz de barítono, velada y débil pero marcadamente melodiosa, si bien permanecía mediana en altura y volumen. Voz, gesto y mirada irradiaban esa calma proveniente de la comprensión y la belleza.

Franz Kafka hablaba checo y alemán. Mejor el alemán, su alemán tenía un acento duro, parecido al que tiene el alemán hablado por los checos; pero se trata de un parecido lejano e inexacto. En realidad, era otra cosa.

El acento checo del cual yo pienso en alemán es duro. La lengua parece entrecortada, pero la lengua de Kafka jamás daba esa impresión. Se hubiera dicho angulosa, resultado de su tensión interior: cada palabra era una piedra. Su dureza provenía del deseo violento de medida y precisión; estaba determinada por caracteres personales y activos, no por trazas colectivas y pasivas.

Sus palabra se parecían a las manos. Tenía manos grandes y fuertes –palmas generosas, dedos largos y finos, uñas chatas en forma de espátula- con segmentos y articulaciones salientes pero delicadas.

Cuando recuerdo la voz de Kafka, su sonrisa y las manos me viene al pensamiento una acotación de mi padre: ”Una energía sumada a una fineza ansiosa; energía por la cual las pequeñas cosas resultan más difíciles.”

La oficina donde trabajaba Franz Kafka era una habitación de dimensiones medianas, bastante alta y opresiva. Su aspecto recordaba la distinguida elegancia del escritorio del patrón en un importante gabinete de abogados. La disposición del conjunto era agradable, había en esa oficina dos grandes puertas de doble hoja laqueadas de negro. Una daba hacia un oscuro corredor, atestada de enormes armarios de archivo, sintiendo a polvo de mugre y tabaco frío. La otra puerta, que se hallaba en el medio de la mampara que uno tenía a la derecha al entrar, daba hacia los otros escritorios ocupando el primer piso, costado calle, de la Oficina de Seguros. Hasta donde puedo recordar, esa segunda puerta casi nunca se abría. Los funcionarios y el público sólo utilizaban la puerta del corredor. Los que llegaban golpeaban, Kafka respondía con un “¿Si?” breve y con voz más bien débil, mientras que el colega con el cual Kafka compartía responsabilidades y oficina respondía gritando: “¡Entre!” con tono huraño de orden.

El tono de dicha interjección, buscando persuadir al visitante, antes incluso de que hubiera atravesado la puerta de su despreciable importancia, se acompañaba con cejas amarillas fruncidas, una raya trazada a cuchillo hasta la nuca con pocos cabellos color orina, cuello falso haciendo juego con la larga corbata sombría, chaleco abotonado hasta debajo del mentón y ojos de oca, preeminentes de un azul desvaído; ese era el hombre que, durante todos esos años, estuvo sentado frente a Kafka en su escritorio.

Recuerdo que ante cada “¡Entre!” huraño emitido por su colega, Kafka se sobresaltaba ligeramente. Parecía encogerse sobre sí mismo y miraba al otro con desconfianza mal disimulada, por debajo, aguardando casi de un momento a otro recibir un golpe. Por otra parte, adoptaba la misma actitud cuando su colega se dirigía a él con tono amable. Era claro que Kafka sufría confrontado a ese Treml de inhibiciones desagradables.

Fue así que, desde que comencé a visitarlo en la Oficina de Seguros le pregunté: “¿Podemos hablar delante suyo? ¿Es posible que sea un infidente?” El Dr. Kafka sacudió la cabeza y respondió: “No lo creo. Pero la gente que tienen tanto temor de perder su empleo son, eventualmente, capaces de cometer cierto número de iniquidades.”

-¿Usted le teme?

Kafka sonrió algo molesto y dijo: “Un verdugo es siempre sospechoso.

-¿Qué quiere usted decir?

-En nuestros días, el verdugo es un funcionario honorable; el espíritu pragmático de la función pública le asegura un buen sueldo. En consecuencia ¿por qué no habría un verdugo dormitando en todo honorable funcionario?

-¡Los funcionarios no matan a nadie!

-¡Oh que sí! ¡Y cómo! respondió Kafka bajando sus manos y golpeándolas sobre la mesa. Ellos toman seres vivos capaces de transformarse y hacen de ellos matrículas de archivos, muertos e incapaces de la mínima transformación.”

Reaccioné con un movimiento de cabeza, persuadido de que generalizando el Dr. Kafka quería evitar caracterizar a su colega de Oficina. Disimulaba la tensión que reinaba después de muchos años entre él y su colega más próximo. El Dr. Treml parecía tener conciencia de la aversión que inspiraba en Kafka: ya fuese sobre asuntos administrativos o personales, le hablaba con tono condescendiente, algo protector y una sonrisa mundana sarcástica se dibujaba en sus labios finos. ¿Qué importancia podía tener ese Dr. Kafka y sus visitantes, la mayoría adolescentes? ¡Y yo en particular!

Treml adoptaba una expresión que decía a las claras: “No logro entender por qué usted, el experto jurídico de la Oficina, se relaciona con mocosos carentes de interés, como si se tratara de personas de su rango; por qué los escucha y algunas veces como si incluso aprendiera alguna cosa.”

El más cercano colega de Kafka no hacía misterio de la aversión que tenía para con él y sus visitantes. Pero como ante su presencia estaba obligado a imponerse cierta reserva, salía con regularidad de la oficina, al menos cuando era yo que llegaba. El Dr. Kafka daba entonces un suspiro exagerado. Kafka sonreía y yo no me engañaba: ese Treml era para él un suplicio. Así le dije un día: “La vida no es sencilla teniendo un colega parecido.”

Levantando su mano, Kafka hizo un gesto enérgico de denegación:

“¡No, no! Es Inexacto. Él no es peor que los otros funcionarios. Al contrario, vale más que ellos. Tiene vastos conocimientos.”

Yo repliqué: “Acaso quiere hacer sólo una demostración.”

Kafka movió la cabeza: “Si, es posible. Mucha gente lo hace, sin realizar por tanto un trabajo real. Al contrario, el Dr. Treml es realmente trabajador.”

Suspiré: “Está bien. Hace su elogio, y por tanto no lo quiere. Vuestros elogios no tienen otro objetivo que ocultar su rechazo.”

Kafka parpadeó y mordió su labio inferior. Yo completé mi propósito: “Para usted, es alguien que pertenece a otra especie. Usted lo ve como una bestia extraña en su jaula.”

Entonces el Dr. Kafka me fija casi de mala manera y articula con voz baja, ronca a fuerza de energía contenida. “Usted se  equivoca. No es Treml, soy yo que estoy enjaulado. 

-Es comprensible, La Oficina…”

El Dr. Kafka me corta la palabra. “No hablo solamente de esta oficina, hablo en general.” Apoya su puño derecho sobre el pecho. “Yo cargo mis barrotes en mí continuamente.”

Nos miramos unos segundos en silencio. Alguien golpeó. Mi padre entró en la oficina, la tensión desapareció. Luego, sólo hablamos de cosas sin importancia, pero la impresión que me hizo esa frase “yo cargo mis barrotes en mí continuamente” seguía vibrando en mí. No sólo ese día, sino durante semanas y meses. Era como una brisa bajo la ceniza de los pequeños acontecimientos. Fue recién mucho tiempo después –en la primavera o verano de 1922, creo- que una potente llama surgió repentinamente de esa brasa. 

Estaba de visita en la oficina de Franz Kafka cuando él recibió por correo un ejemplar justificativo de su relato “La colonia penitenciaria.”

Kafka abrió el sobre gris sin saber lo que contenía. Cuando hojeó el volumen encuadernado en negro y verde, y reconoció su trabajo el malestar fue evidente. Abrió el cajón de su escritorio, me miró, cerró el cajón y me ofreció el libro:

“Creo que usted desea ver este libro.” Respondí con una sonrisa, abrí el libro, miré por arriba la tipografía y el papel; luego, sintiendo la nerviosidad de Kafka le devolví el libro y le dije:

“Está muy bien presentado. Es por cierto una muy bella impresión en tipo Drugulin. Tiene todo el derecho a estar satisfecho.

-No es tal el caso, dijo Franz Kafka. Metió el libro en el cajón que luego cerró con llave. La publicación de alguno de mis borradores siempre me inquieta.

-¿Entonces por qué permite que se impriman?

-¡Ese es el problema! Max Brod, Felix Meltsch, todos mis amigos, regularmente se apropian de tal o tal otra cosa que yo escribo, y luego me hacen la sorpresa de llegar con un contrato de edición en regla. No quiero causarles problemas y es así que, finalmente, se publican cosas que de hecho no son otra cosa que notas de uso personal o juegos. Estos documentos íntimos, atestiguando mi debilidad de hombre, se hallan así impresos y hasta vendidos, porque mis amigos, comenzando por Max Brod, se empeñaron en hacer literatura y porque, por mi parte, no tengo fuerza suficiente para destruir esos testimonios de mi soledad.

Kafka hizo una pausa y luego retomó la palabra en otro tono:

“Esto que vengo de decirle es por cierto exagerado, una pequeña maldad para con mis amigos. En realidad, estoy tan pervertido y falto de pudor, que yo mismo colaboro con esas publicaciones. Para excusar mi debilidad hago al mundo que me rodea más fuerte de lo que es en realidad. Por supuesto es un engaño. Uno es jurista o no lo es y por ello no sabría escapar del Mal.

Mi amigo Ernst Lederer escribía sus poemas con una tinta especial, azul claro, sobre bellas hojas de papel veneciano.

Se lo comenté a Kafka, que dijo:

“Él tiene razón. Cada mago tiene su ceremonial. Haydn, por ejemplo, sólo componía luego de ponerse una peluca solemnemente espolvoreada. La escritura es una manera de evocar a los espíritus.”

Algunas veces quedaba estupefacto por las profundos conocimientos que Kafka tenía de los diversos monumentos de la ciudad. Conocía a fondo no solamente los palacios y las iglesias, sino también las más escondidos de las casas con pasajes de la ciudad vieja. Sabía los nombres antiguos de las casas, incluso cuando sus viejos blasones habían sido retirados de las entradas y llevadas al museo municipal en la calle Ne Parici. Kafka descifraba sobre los muros de las viejas casas la historia de la ciudad. Me llevaba por las calles recónditas a esos minúsculos patios interiores en forma de embudo que se encuentran en la vieja Praga y que denomina “escupideras de luz”. En el barrio del viejo puente Charles, me hizo atravesar un porche de inmuebles barrocos, luego otro patio chico como un pañuelito con arcadas renacentistas, luego un estrecho túnel oscuro llevando a una taberna liliputense, apretada en un pequeño patio y llamada ”Vigías de estrellas” (en checo U hvezdaru): ese nombre proviene de que Kepler vivió allí un cierto tiempo y que fue ahí, bajo esa arcada sombría como una caverna, que surgió en 1609 la célebre obra que dejaba bien atrás las certitudes de la ciencia de entonces: “Astronomía Nova”. 

El Dr. Kafka amaba las viejas calles, los palacios, los jardines y las iglesias de la ciudad donde había nacido. Hojeaba con placer e interés todos los libros consagrados a la vieja Praga que yo venía a mostrarle a su oficina. Con manos y ojos, literalmente acariciaba las páginas de esas obras, incluso si las había leído hace tiempo, sin haber esperado que yo se las llevara. Tenía en esos casos la mirada brillante del coleccionista en éxtasis, si bien él no tenía nada de coleccionista; los objetos del pasado no los consideraba piezas de colección fijadas por la historia, sino instrumentos de conocimiento, maleables, frágiles puentes entre pasado y presente.

Tomé conciencia un día que fuimos de la Oficina de Seguros hasta la plaza de la Ciudad Vieja. Nosotros nos detuvimos cerca de la iglesia San Jacobo, que está al frente en diagonal a la Cour de Tyn.

“¿Usted conoce esa iglesia? me preguntó Kafka.

-Si, aunque superficialmente. Creo que pertenece al convento de los Franciscanos, que está al lado. Es todo.

-Seguramente usted ya vio la mano colgando de una cadena, que se halla en la Iglesia.

-Si, y muchas veces.

-¿Quiere que vayamos juntos a verla?

-Con gusto.”

Entramos en la iglesia; sus tres naves están entre las más grandes de las iglesias de Praga. Cerca de la entrada, sobre la izquierda, al extremo de una larga cadena que cuelga de la bóveda se distingue un hueso ennegrecido por la humareda, donde quedan fragmentos resecos de carne y tendones, evocando por sus formas un antebrazo humano. Se dice que sería el de un ladrón a quien se lo cortaron hacia el año 1400, o bien poco tiempo después de la Guerra de los Treinta Años, para colgarlo en la iglesia perpetuando así el recuerdo de la historia que epiloga con ese acto atroz y que, según viejas crónicas y una tradición oral todavía vigente, sería la siguiente:

En esa iglesia, que aún hoy día presenta un número importante de pequeños altares laterales, sobre uno de ellos había una estatua en madera de la Virgen María, recubierta de collares hechos de piezas y oro y plata. Fascinado por ese tesoro, un mercenario sin contrato se escondió en un confesionario aguardando que la iglesia cerrara. Luego, saliendo del escondite, se acercó al altar y subió al taburete que servía al pertiguero cuando enciende los cirios. Había tendido la mano para intentar arrancar su adorno a la estatua, pero su mano se paraliza. Era la primera vez que el ladrón se introducía en una iglesia y creyó que era la estatua que le aferraba la mano. Intenta soltarse sin lograrlo. A la mañana siguiente, cuando el pertiguero lo descubre, agotado, sobre el taburete delante del altar, alertó a los monjes. Al pie del altar donde la estatua de la Virgen aferraba todavía al ladrón pálido de terror, bien pronto se fue juntado una muchedumbre rezando. Entre ellos estaba el burgomaestre y algunos concejales de la ciudad vieja. El pertiguero y los monjes intentaron arrancar a la estatua la mano del ladrón. No pudieron hacerlo. El burgomaestre ordena que viniera el verdugo que, de un solo tajo de espada corta el antebrazo del ladrón. Entonces, “la estatua suelta así la mano”. El antebrazo cae por tierra. Curaron al ladrón y unos días más tarde fue condenado por sacrílego a una larga pena de prisión. Luego de haberla purgado, ingresó como hermano laico en los Franciscanos. La mano cortado fue suspendida de una cadena cerca de la tumba del Concejal Scholle von Schollenbach. Sobre el pilar vecino se fijó una estampa inocente representando el evento, acompañado de una leyenda en latín, alemán y checo.

Kafka levanta la mirada hacia el muñón desecado con interés, miró el pequeño panel describiendo el milagro y luego de dirigió hacia la salida. Yo lo seguía. 

“Es atroz, le dije una vez afuera. Además de un milagro de la Virgen, fue naturalmente un espasmo tetánico.

-¿Qué fue lo que lo provocó?” dijo Kafka. Yo sugerí:

“Casi seguro una inhibición súbita. El sentimiento religioso del ladrón, relegado por su deseo de las joyas de la Virgen, fue despertado de pronto por su gesto. Ese sentimiento era más poderoso de lo que el ladrón pudo creer. Fue eso que le paralizó la mano. 

-Bien visto, dijo Kafka y me tomó del brazo. La nostalgia de lo divino, el temor –que lo acompaña- de profanar el santuario y el deseo innato de justicia: tantas fuerzas poderosas e invencibles que, en el hombre, se sublevan cuando él reacciona contra ellas. Ellas constituyen un regulador moral. Un criminal siempre debe comenzar por vencer esas fuerzas interiores, incluso antes de llegar a cometer una acción criminal. Cada crimen comienza también por un acto físico de automutilación. Ese acto el mercenario ladrón de estatua no pudo concretarlo. Fue eso lo que paralizó su mano. Ella quedó bloqueada por su sentimiento de justicia. La intervención del verdugo no fue para él tan atroz como usted lo piensa. Al contrario, temor y dolor le sacaron un peso de encima aportándole la salvación. El gesto físico del verdugo resultó el sustituto de la automutilación psíquica. Ese pobre mercenario, incapaz de desnudar incluso un maniquí de madera, fue librado al bloqueo que le infligió su conciencia moral. Y fue así que pudo rescatarse como hombre.

Caminamos en silencio. Luego, a mitad de la estrecha calle que une la torre de Tyn con la plaza de la Ciudad Vieja, Kafka se detuvo y me preguntó:

-¿En qué está pensando?

-Me pregunto si una historia como esa del ladrón de la iglesia San Jacobo sería todavía posible hoy día, respondí de inmediato, y lo miré con aire interrogativo.

Él comienza por fruncir las cejas. Luego, después de dos o tres pasos, me dijo: “No lo creo. La nostalgia de Dios y el temor al pecado están en el presente muy debilitados. Estamos sumergidos en unas miasmas de presunciones y la guerra lo probó. La masiva deshumanización pudo, durante años, anestesiar las fuerzas morales humanas y en consecuencia del hombre mismo. Creo que hoy día un ladrón de iglesia no sería víctima de esa forma de parálisis. Pero si ello ocurriera, no se amputaría a ese hombre su brazo, sino de su imaginación moral arcaica: lo encerrarían en un asilo de locos. Allí adentro, las pulsiones morales inactuales manifestadas por su rigidez histérica serían suprimidas, simplemente, por un análisis.”

Sonreí y dije: “El ladrón de iglesia se transformaría en víctima de un complejo oculto, edípico, maternal. Ya que, finalmente se trataría de robar a la madre de Dios.

-Naturalmente, dijo Kafka. No hay pecado ni tampoco nostalgia de Dios. Todo es terrestre y pragmático. Dios está más allá de nuestra existencia. Vivimos por tanto en una rigidez total de la conciencia moral. Los conflictos trascendentes desaparecieron en apariencia, pero todos, absolutamente todos, se defienden como la imagen de madera de la iglesia San Jacobo. Nosotros no reaccionamos. Estamos aquí, eso es todo. ¡Peor todavía! La mayoría entre nosotros, estamos pegados a sillas inestables de principios degradados por los excrementos de nuestra angustia. A eso se resume la práctica de la existencia. Yo, por ejemplo, permanezco sentado en mi escritorio, compulso expedientes y busco disimular con aire serio el asco que me inspira la Oficina de Seguros. Después llega usted, nosotros hablamos de un sinfín de asuntos, andamos las calles bulliciosas para luego perdernos en la serena Iglesia San Jacobo, miramos la mano cortada, hablamos del tétanos moral de nuestra época, luego voy al comercio de mis padres para comer alguna cosa y después a escribir cartas amables de aviso a deudores con atraso de pago. No pasa nada. El mundo está en orden. Estamos igual de inmóviles y rígidos que la imagen de madera en la iglesia. Pero sin altar.”

Kafka me toca la espalda y me dijo: “Hasta la vista.”

En los muelles, en compañía del Dr. Kafka. Vagones de carbón, cargados hasta desbordar, bajo el viaducto de las vías.

Le conté a Kafka que, durante el último año de la guerra, los muchachitos de mi calle en Karolinenthal, organizaban expediciones hasta la colina de Ziska: cuando los trenes de mercancías llegaban a la curva y la tomaban despacio, los muchachos saltaban sobre los vagones abiertos y tiraban para afuera carbón, que luego recogían en bolsas que llevaban a sus casas. Fue en esas circunstancias que uno de mis condiscípulos, Karen Benda –un muchacho joven algo bizco, hijo de una sirvienta gastada por el trabajo, quedó atrapado por las ruedas que lo destrozaron.

Kafka me preguntó: “¿Usted estaba ahí cuando el accidente?

-No, fueron los muchachos que me lo contaron.

-¿Usted participaba en esas expediciones?

-¡Oh que sí! Yo acompañé algunas veces a esa banda de carboneros, como ellos se llamaban. Pero era simple espectador, yo no robaba carbón, en casa teníamos suficiente. Cuando iba a la colina Ziska permanecía algo alejado, detrás de un árbol o un arbusto y miraba desde lejos. Muchas veces era apasionante.

-La lucha por el calor indispensable a la vida es generalmente apasionante, dijo Kafka marcando con fuerza las palabras que él me tomaba. Se trata de una elección entre vida y muerte. No podemos contentarnos con ser simples espectadores. No hay arbusto o árbol para protegerla y la vida no es la colina de Ziska. Cualquiera puede quedar bajos las ruedas. El débil y el pobre más temprano que el fuerte y el rico que tiene su saldo de calor. El débil se desmorona igual casi siempre antes de caer entre las ruedas. 

Yo estaba de acuerdo: “Es verdad. El pequeño Benda algunas veces se quedaba cerca mío sentado en los arbustos. Sus mejillas estaba cubiertas de lágrimas. Tenía miedo, él no quería robar carbón. El robaba sólo porque los otros gamberros se burlaban de él, pues muchas veces la madre lo golpeaba con una escobilla de tapices los días que él volvía a la casa con las manos vacías.

-¡Claro y luminoso! exclamó Kafka con un gran gesto de la mano. Su condiscípulo, ese pequeño Karen Benda fue despedazado no por un tren de mercancías, sino mucho tiempo atrás por la falta de amor de su entorno. El camino que lleva a la catástrofe es peor que su final. ¡Imposible que suceda de otra manera! Los actos de violencia, como esos temerarios saltos sobre un tren en marcha aportan poco. Se saquean algunos pedazos de carbón que se queman rápido y uno se halla temblando en el frío. Las fuerzas necesarias a esos saltos repetidos disminuyen de día en día, los riesgos de caída aumentan. Entonces, es preferible mendigar. Pudiera ser que hubiera alguien que nos tire algunos pedazos de carbón…

-Si, es exacto, dije interrumpiéndolo. Las expediciones de la banda de carboneros comenzaron por una especie de mendicidad. Los muchachos se paraban a lo largo de la vía y pedían a los ferroviarios que les dieran un poco de carbón; ellos generalmente les tiraban unos puñados. Los muchachos comenzaron a saltar sobre los trenes cuando no encontraron ferroviarios generosos.”

El Doctor hizo un nuevo signo de aprobación: “Sí, es eso. Los muchachos sólo osaron saltar cuando no podían esperar ese obsequio y se hallaron en una situación desesperada. Lo veo como si hubiera estado allí, la desesperación pudo empujarlos bajo las ruedas.

Nosotros seguimos nuestro camino sin hablarnos. El Dr. Kafka mira durante un momento el río que rápidamente se oscurecía. Luego, comenzó a hablar de cualquier otra cosa.

Durante una caminata que, de callejuelas y pasajes de la ciudad Vieja nos llevó hasta el decorado moderno de Braben, mi amigo Alfred Kamph me dijo: “Praga es una ciudad trágica. Ya lo vemos en su arquitectura, donde las formas medievales se imbrican casi sin transición. De repente, el alineamiento de fachadas tiene algo de flotante y visionario. Praga es una ciudad expresionista. Las casas, calles, palacios, iglesias, museos, teatros, puentes, fábricas, campanarios y los grandes inmuebles de habitación son trazas petrificadas de un movimiento interior y profundo. No es por nada que Praga tiene en sus blasones un puño enguantado de hierro, que rompe la reja de un cerco estrecho. La apariencia cotidiana de esta ciudad esconde un furor de vida dramático, que sin cesar quiere romper las formas antiguas para consolidar la nueva vida. Pero ellos ya contienen los gérmenes de la decadencia, la violencia llama a la violencia. El desarrollo técnico partirá el puño de hierro, sobre el presenta sopla un olor de ruinas.”

Entrando a casa escribí las palabras de Kampf en mi diario, para poder leerlas a Kafka al otro día en la Compañía de Seguros.

Kafka me escuchó con atención y cuando mi diario estaba cerrado, guardado en el portafolios, sobre mis rodillas, se mordió el labio inferior durando unos instantes. Luego se inclinó apoyando su brazo sobre el escritorio; sus rasgos se distendieron y dijo con dulzura, pesando sus palabras. “A decir verdad, los propósitos de su amigo son ya, en ellos mismos, un puño de hierro. Imagino que lo hicieron estremecerse. Eso también me pasa a mí, a veces, cuando escucho a mis amigos. Ellos son tan elocuentes que me fuerzan sin cesar a pensar por mí mismo.”

Soltó su pequeña risa inconfundible, muy suya y que hace pensar al ruido del papel arrugado; moviendo la cabeza hacia atrás y concentrándose en el techo con su mirada intensa me dijo: “No sólo Praga: el mundo entero es trágico. El puño de hierro de la tecnología rompe las barreras protectoras. No es el expresionismo, es la vida cotidiana en toda su desnudez. Nosotros somos arrastrados hacia la verdad como los criminales hacia el cadalso. 

-¿Por qué? ¿Cuestionamos el orden? ¿Ponemos en peligro la paz?” Quedé espantado del tono burlón de mi pregunta y observando su reacción a mi exclamación, no pude impedir llevar a mis labios el pulgar replegado. Kafka miraba a la distancia más allá de mi persona, de todas las cosas y a la vez reaccionado a cada palabra de mi pregunta: “Si, nosotros perturbamos la paz y el orden. Ese es nuestro pecado original. Nos ubicamos por encima de la naturaleza. No podemos contentarnos de morir y regresar en tanto que especie. Nosotros queremos, cada uno como individuo, guardar y conservar la vida en la alegría tanto tiempo como sea posible. Es una revuelta que nos hace malgastar la vida. 

-Sigo sin entender, respondí francamente. Que queremos vivir y no morir es algo natural. ¿Qué tiene ello de crimen extraordinario?”

Mi voz estaba ganada por una ligera ironía, pero Kafka parecía insensible a ello. Con calma dijo: “Nosotros intentamos ubicar nuestro mundo individual y limitado más allá del infinito. Con ello, perturbamos el ciclo de las cosas. Ahí se halla nuestro pecado original. Todos los fenómenos del cosmos y la tierra se desplazan, como cuerpos celestes, de manera circular; ellos conforman un eterno retorno; sólo el hombre, el ser humano concreto, sigue un trayecto rectilíneo desde el nacimiento hasta la muerte. Para el hombre el regreso personal es inexistente. Lo único que resiente es su caída, con ello contraría el orden del cosmos. Es el pecado original.”

Interrumpiendo a Kafka le dije: “¡Pero él no puede hacer nada. Ello no puede ser pecado ya que él nos es impuesto por el destino.”

Kafka gira lentamente su rostro hacia mi. Vi sus grandes ojos grises sombríos e impenetrables. El rostro estaba ganada por una calma profunda y mineral. Sólo se movía ligeramente el labio inferior avanzando hacia delante. ¿Era tal vez apenas una sombra?

Él me preguntó: “¿Usted quiere protestar contra Dios?”

Bajé la cabeza, sin decir ni una palabra. Del otro lado de la mampara se escuchaba el murmullo de una voz.

Entonces Franz Kafka dijo: “Negar el pecado original, es negar a Dios y al hombre. Quizá el hombre sólo tiene su libertad del hecho de ser mortal. ¿Quién puede saberlo?”

Cuando terminó la primera guerra mundial, el Golem de Gustav Meyrink fue la novela alemana de mayor suceso. Franz Kafka me habló de ese libro:

“La atmósfera de la ciudad vieja judía de Praga está lograda maravillosamente.

-¿Usted se acuerda todavía del viejo barrio judío?

-A decir verdad, ya estaba en camino de desaparecer y sin embargo…”

Kafka hizo con la mano izquierda un gesto que quería decir: “¿Qué fue lo que allí cambió?” y su sonrisa respondió: “Nada.”

Luego agregó:

“En nosotros continúan viviendo los rincones oscuros, los pasajes misteriosos, las ventanas ciegas, patios sucios, tabernas ruidosas y restaurantes clausurados. Nosotros nos movemos por las largas calles de los barrios nuevos, pero nuestras miradas y pasos son dubitativos. En el fuero íntimo seguimos temblando como en los viejos callejones de la miseria. Nuestro corazón no está preparado para esos trabajos de saneamiento. La vieja ciudad judía insalubre que llevamos en nosotros es mucho más real que la nueva e higiénica que nos rodea. Bien despiertos, marchamos en un sueño y somos apenas un espectro de los tiempos pasados.”

El poeta Hans Klaus me ofreció un pequeño libro: Tubutsch de Albert  Ehrenstein, con doce dibujos de Oskar Kokoschka. Kafka vio el libro entre mis manos, yo se lo presté y me lo devolvió en la siguiente visita a la oficina.

“Un libro pequeño y adentro un ruido enorme, me dijo. ¿Usted conoce L’homme crie?”

-No.

-Creo que es una antología de poemas de Albert Ehresntein.

-Entonces usted lo conoce bien.

-Bien… dijo Kafka levantando los hombros. Nunca conocemos a los vivos, el presente es cambio y metamorfosis. Albert Ehrenstein es de la raza del presente. Es un niño extraviado en el vacío y que grita.

-¿Qué opina usted de los dibujos de Kokoschka?

-No los entiendo. Dibujo viene de dibujar, designar, significar. Ellos no significan para mi otra cosa que la gran confusión y el gran desorden interior del presente.

-Es la exposición expresionista de Rudolfinumn, yo vi su gran cuadro de Praga.”

Kafka mueve, palma hacia arriba, la mano izquierda que reposaba sobre la mesa.

“¿El gran cuadro, con la cúpula verde de la iglesia de San Nicolás en el medio?

-Si, esa.”

Kafka inclina la cabeza para decir:

“En ese cuadro, los techos vuelan, las cúpulas son paraguas en el viento. La ciudad toda ella está batiendo las alas para emprender vuelo. Sin embargo, a pesar de todas esas tensiones internas Praga sigue de pie. Es eso lo que esta ciudad tiene de maravilloso.

Le presté a Kafka una traducción alemana del Bhagavad Gita, el libro sagrado de la India.

Kafka me dijo: “Los textos sagrados de la India me interesan y repugnan a la vez. Como un pez ellos tienen algo de seductores y horribles. Todos esos yogis y magos se vuelven maestros de la vida, en su contingencia natural, no por su ardiente amor de la libertad sino por un odio, retenido y glacial, de la vida. La fuente de los ejercicios religiosos de la India, es un pesimismo sin fondo.”

Evoqué el interés de Schopenhauer por la filosofía religiosa de la India. Kafka acota:

“Shopenhauer es un artista de la lengua. Es al nivel de la lengua que nace su pensamiento. Hay que leerlo absolutamente aunque más no sea por su lengua.”

-¿Usted estudió la vida de Ravachol?

-¡Si! Y no sólo la de Ravachol, sino también la vida de otros anarquistas. Me metí en las biografías y las ideas de Godwin, de Proudhon, de Stirner, de Bakounine, de Kropotkine, de Tucker y Tolstoi. Frecuenté diferentes grupos, asistí a reuniones; resumiendo, invertí en ese asunto mucho tiempo y dinero. En 1910 participé en las reuniones de los anarquistas checos en una taberna de Karolinental llamada “Zum Kononenkreuz”, donde se reunía el club anarquista llamado “Club de los jóvenes” disimulado en club de mandolina. Max Brod me acompañaba varias veces a esas reuniones que, en el fondo, no le gustaban nada. Las consideraba el equivalente político de un extravío de juventud. Para mi eran asunto muy serio. Estaba en la pista de Ravachol. Ella me condujo luego a Erich Mühsam, Arthur Holitswcher y al anarquista vienés Rudolf Grossmann, que había tomado el nombre de Pierre Ramuz y publicaba la revista “Bienestar para todos”. Todos ellos buscaban realizar la felicidad de los hombres sin la Gracia. Los entendía y sin embargo…” –Kafka levanta los brazos como alas rotas que caen sin fuerza- “yo no podía continuar por mucho tiempo a marchar del brazo con ellos. Permanecía del lado de Max Brod, Felix Weltsh y Oskar Baum. Ellos están más cerca de mí.”

Kafka permanece quieto. Llegamos a la casa donde él habitaba, me miró uno o dos segundos con una sonrisa soñadora, y luego me dijo en voz baja: “Todos los judíos son, como yo, unos ravachones, los excluidos. Siento todavía los puñetazos y patadas que me daban los malos compañeros, cuando no volvía directamente a mi casa; pero no soy capaz de pelear. No tengo aquella energía de la juventud. ¿Una gobernanta que me protegiera? Ahora no la tengo.

Kafka me tendió la mano. “Se hace tarde. Buenas noches.”

Tres años más tarde, a propósito de no recuerdo cuál escritor moderno, Kafka comentó al pasar que la tonalidad propia de un escritor “siempre dependía de los íconos de su juventud”. Riendo yo agregué: “Mis íconos me los proporciona la Wiener Kronen-Zeitung.”

En nuestro siguiente encuentro, le mostré al Dr. Kafka los ejemplares de la revista que había hecho encuadernar. Hojeó el volumen con interés, se divierte mirando las frutas y ramos de flores en la cabeza de las damas, se toma más tiempo sobre escenas de la revolución rusa y resopla exageradamente afectado: -“¡Puag, qué horror”- al ver el cadáver mutilado de una prostituta vienesa.

Yo digo: “Es una ensalada de imágenes, abigarrada y contradictoria como la vida.” Kafka respondió sacudiendo la cabeza: “No, eso no es cierto. Esas imágenes ocultan más cosas de las que revelan. Ellas no van a lo profundo, hasta el nivel donde las contradicciones se corresponden. La figuración de un suceso es aquí sólo un modo de ganar dinero. Bajo esa perspectiva, las ilustraciones de la Kronen-Zeitung son más unívocas y tienen por tanto menos valor que los grabados inocentes en madera que antiguamente se mostraban en las ferias populares. Esas ofrecían todavía un estímulo a la imaginación, la cual podía trascenderlas. Es lo que ya no hacen los periódicos. Ellos rompen las alas de la facultad imaginativa. Es natural. Más se mejora la técnica de la imagen, más nuestros ojos se debilitan. El aparato paraliza los órganos, es el caso de la óptica, la acústica y los transportes. La guerra acercó la América de Europa, los continentes se imbricaron unos en otros. Una chispa lleva en un instante la voz humana de un lado a otro de la tierra. No vivimos en espacios limitados por las dimensiones humanas, habitamos un pequeño astro perdido, rodeado por millones de mundos grandes y pequeños. El universo se abre como enormes fauces. En esa inmensa garganta, nosotros perdemos cada día un poco más nuestra libertad personal de movimientos. Creo que dentro de poco deberemos tener un pasaporte especial para descender en nuestro corazón. El mundo se metamorfosea en un ghetto.”

Con prudencia le pregunto: “¿No es eso un tanto exagerado?”

Kafka sacude la cabeza: “¡No, de ninguna manera! Eso lo constato para empezar aquí, en la Oficina de Seguros. El mundo se abre pero nosotros estamos hundidos en los estrechos abismos de papel. Nada es menos seguro, por el instante, que la silla donde estamos sentados. Vivimos en una regla sin entender que cada hombre es de hecho un laberinto. Nuestros escritorios son lechos de Procusto sin que seamos héroes de la antigüedad. Por tanto, más allá de las apariencias somos apenas personajes tragicómicos.

Kafka era un partidario convencido del sionismo.

Cuando abordamos ese tema por la primera vez en la primavera de 1920, yo volvía a Praga luego de una breve temporada en la campaña.

Fui a ver a Kafka a su escritorio sobre el Poric. Estaba de buen humor, locuaz y hasta lo que me pareció, realmente feliz de mi visita improvisada.

“Lo pensaba bien lejos de aquí y he aquí que está bien cerca. ¿No fue agradable ese viaje a Chlumetz?

-Oh que sí, pero…

-Pero aquí es mejor, completa Kafka sonriendo.

-Usted sabe lo que es eso… Uno siempre está mejor en su casa. Todo es diferente.

-Todo es siempre diferente cuando uno está en su casa, dijo Franz Kafka, con los ojos como velados por un sueño. La vieja patria es siempre nueva, cuando uno vive conscientemente; estando plenamente consciente de aquello que lo une a los otros y los deberes que tenemos para con ellos. El hombre sólo se vuelve un hombre libre cuando acepta esos vínculos. Es lo que hay de más precioso en la vida.

-La vida sin libertad es imposible”, le digo.

Franz Kafka me mira como si quisiera decir: calma, calma. Con sonrisa triste dice: “Ello parece tan convincente que hasta nos lo creemos. En realidad, las cosas son mucho más difíciles. La libertad es la vida, la ausencia de libertad es siempre mortal. La muerte es tan real como la vida. La dificultad está en que estamos expuestos a las dos: tanto a la vida como a la muerte.

-En consecuencia, usted considera que si un pueblo no es autónomo, ello significa que él se apaga. El checo de 1913 es menos vital y en consecuencia, peor que el checo de 1920.

-No es eso lo que quería decir, replica el Dr. Kafka. No sabríamos por tanto distinguir con claridad los checos de 1913 a los de 1920. Hoy día los checos tienen muchas más posibilidades y por tanto podrían –se podría decir- ser mejores.

-No llego a comprenderlo.

-Tampoco sabría decirlo mejor. Si me puedo expresar mejor sobre ese asunto, es quizá porque soy judío.

-¿Cómo es eso? ¿Qué tiene que ver?

-Nosotros hablamos de los checos de 1913 y 1920. En cierta manera es un asunto histórico y pone en la luz eso que llamaría una insuficiencia moderna de los judíos.”

Yo debería tener un aire bien estúpido, ya que –de acuerdo al tono y actitudes que adopta Kafka- él estuvo luego menos atento del asunto en sí que de ser comprendido por su interlocutor. Se inclina hacia mi para decir en voz baja y con extrema claridad:

“Hoy día, los judíos no se contentan con la historia, esa patria situada en el tiempo. Ellos desean hallar un país que les pertenezca en el espacio, pequeño pero similar a los otros. Hay de más en más judíos jóvenes que regresan a Palestina. Es un retorno hacia ellos mismos, hacia sus propias raíces y el crecimiento. Esa patria Palestina es para los judíos un objetivo necesario. Mientras que Checoslovaquia es para los checos un punto de partida.

-Una suerte de pista de despegue.”

Kafka inclina la cabeza hacia su lado izquierdo.

“¿Usted piensa que ellos llegarán a despertar? Los vería más bien alejarse excesivamente de sus bases, de las fuentes de energía que les pertenece. Nunca escuché decir que un aguilucho haya aprendido a volar como águila observando, obstinada y constantemente, cómo nada una carpa enorme.

“Judíos y alemanes tiene varios puntos en común, dice Kafka en una conversación sobre Karen Kramer: ellos tienen gancho, son concienzudos, trabajadores y cordialmente detestados por los otros. Judíos y alemanes son excluidos.

-Puede que los detesten precisamente por esas cualidades.” dije.

Kafka sacude la cabeza: “¡Oh no! La razón es mucho más profunda. Es una razón religiosa al fin de cuentas. Tratándose de los judíos es evidente. En cuanto a los alemanes, es menos claro ya que ellos todavía no destruyeron su templo. Pero ya vendrá.

-¿Cómo es eso?” Yo estaba perplejo. “Los alemanes no son un pueblo teocrático, ellos no tienen dios nacional ni templo especial.

-Es lo que generalmente se admite, pero la realidad es muy otra, dijo Kafka: Los alemanes tienen el dios que hace crecer el hierro. Su templo, es el estado mayor prusiano.”

Comenzamos a reírnos, pero Kafka pretendía que él hablaba seriamente y se reía porque yo mismo reía. Era una risa contagiosa.

Franz Kafka me cuenta que el escritor judío praguense Oskar Baum había ido a la escuela elemental alemana. A la salida, generalmente había peleas entre alumnos alemanes y checos. Durante una de esa agarradas, Oskar Baum recibió tales golpes en los ojos dados con un porta plumas de madera, que sufrió un desprendimiento de retina y perdió la vista.

“Es en tanto que alemán que el judío Oskar Baum perdió la vista, me dijo Kafka. En el nombre de una pertenencia que en realidad él no tenía y que nunca le fue reconocida. Pudiera ser que Oskar sea el triste símbolo de lo que en Praga se llama los Judíos alemanes.”

Nosotros hablamos de las relaciones entre checos y alemanes. Yo decía que, para favorecer una mejor comprensión entre las dos nacionalidades sería bueno publicar una historia checa en versión alemana.

Kafka rechaza esa idea con un gesto de desaliento.

“Es inútil, me dijo. ¿Quién leería eso? sólo los checos o los judíos. Sin duda no los alemanes, ya que ellos no quieren conocer, comprender, leer. Ellos sólo quieren gobernar y poseer, y en ese caso es un obstáculo el comprender. Uno oprime mejor al prójimo cuando no lo conoce, se hace la economía de los remordimientos. Es por ello que nadie conoce la historia de los Judíos.

Yo protesté: “Es inexacto. Desde los primeros años de escolaridad se enseña la historia bíblica, y por tanto una parte de la historia del pueblo judío.”

Kafka esbozó una sonrisa amarga:

“¡Es precisamente eso! Ello aporta a la historia de los judíos su aspecto de relato, que permite luego a la gente tirarlo, al mismo tiempo que su infancia, en el abismo del olvido.”

Franz Kafka hojeaba el libro de Alfons Paquet El espíritu de la revolución rusa, que yo había llevado a su escritorio.

“¿Tiene usted la intención de leerlo? le pregunté.

-Gracias, dijo Kafka y me tendió el libro por encima del escritorio. En este momento no tengo tiempo. Es una pena, los hombres intentan en Rusia construir un mundo perfectamente justo. Es una historia religiosa.

-Pero el bolchevismo ataca la religión.

-Lo hace porque él mismo es una religión. Esas intervenciones, sublevaciones y bloqueos, ¿qué significan? Son pequeñas aberturas de telón de vastas y crueles guerras de religión que van a caer sobre el mundo.

Cruzamos un cortejo de obreros yendo a una manifestación, banderas y estandartes al viento. Kafka me dice:

“Esa gente están tan orgullosas, confiados y felices. Porque son dueños de la calle se imaginan que son los dueños del mundo. En realidad se equivocan de punta a punta, detrás de ellos ya hay secretarios, permanencias y politiqueros; todos esos sultanes de los templos modernos y que retardan la vía que lleva al poder.

-¿Usted no cree en la potencia de las masas?

-Esa potencia de las masas yo la veo: ella es informe, nadie puede domarla y no tendrá descanso hasta que sea domada y formada. Al final de toda evolución en verdad revolucionaria surge un Napoleón Bonaparte.

-¿No cree que la revolución rusa se extienda todavía?

Luego de un instante de silencio, Kafka respondió:

“Más una revolución se extiende, menos su agua es profunda y se hace turbia. La revolución se evapora y sólo queda el florero de una nueva burocracia. Las cadenas de la humanidad torturada están hechas de expedientes e informes.

Llegando dos días más tarde al escritorio de Kafka lo encontré a punto de salir, con un expediente en la mano. Iba a irme, cuando él me retuvo:

“Vuelvo enseguida” me dijo y ofreciéndome la silla reservada para los visitantes. “Mientras espera puede hojear esos periódicos.” y empuja hacia mí algunos cotidianos alemanes y checos.

Me concentré en esos diarios, leí los titulares, recorrí una nota de audiencia y algunas pequeñas novedades teatrales, de hecho reducidas al anuncio de algunos espectáculos. Pasando las páginas encontré, en medio de las informaciones deportivas, la continuación de un folletín policial. Había leído dos o tres párrafos cuando Kafka volvió. 

“Veo que esperó en compañía de bandidos y detectives”, me comenta habiendo mirado mi lectura.

Puse de inmediato el diario sobre el escritorio y dije: “Apenas una curiosidad sobre esas bobadas.”

-“¿Usted trata de bobadas a la literatura que le aporta más dinero al editor?” preguntó Kafka, simulando indignación. Se sienta en su escritorio y continúa, sin esperar mi respuesta: “Es una mercadería importante. La novela policial es una droga que deforma todas las proporciones de la vida y hace ver el mundo al revés. En la novela policial, siempre se trata de descubrir los secretos que se ocultan detrás de los sucesos extraordinarios. En la verdadera vida, ocurre exactamente lo contrario. El secreto no está agazapado en un plano secundario. Al contrario, nosotros tenemos todo bajo las narices. Es todo lo que parece natural. Es por eso que no la vemos. La banalidad cotidiana es la historia más grande de bandidos que existe. La frecuentamos a cada minuto sin prestarle atención, suma millones de crímenes y cadáveres. Es la rutina de nuestra existencia. En caso que, al contrario de nuestra costumbre, hubiera y es de esperar alguna cosa que nos sorprenda, disponemos de un calmante maravilloso, la novela policial, que nos presenta todo secreto de la existencia como fenómeno excepcional, pasible de ir a tribunales. La novela policial no es por tanto una bobada, sino –retomando el título de Ibsen- un sostén de la sociedad, una pechera almidonada bajo la blancura férrea y cobarde inmoralidad que, por otra parte, se hace pasar por las buenas costumbres.

Estaba con Kafka en una exposición de pintura francesa en la sala de exposiciones de Graben. Había allí algunas telas de Picasso: naturalezas muertas cubistas y mujeres rosadas con pies gigantescos.

“He aquí alguien que deforma como él quiere, dije.

-Yo no lo creo, dijo Kafka. Lo que hace Picasso es dar cuenta de las deformaciones que todavía no han llegado a nuestra conciencia. El arte es un espejo que “avanza”, como un reloj. Algunas veces.”

Le llevé a Kafka para mostrarle algunos libros nuevos que pedí prestados en la librería Neugebaner.

Hojeando un volumen de dibujos de George Grosz me dijo: “Es la vieja imagen del capital: el hombre obeso con galera, sentado sobre el dinero de los pobres.

-Es únicamente una alegoría”, intenté acotar.

Franz Kafka frunció las cejas.

“¡Usted dice solamente! La alegoría, en el espíritu de los hombres, se vuelve una copia de la realidad, lo que es naturalmente falso. Pero tal imagen ya induce el error.

-Usted piensa entonces, señor, que esta imagen es falsa.

-No diría exactamente que ella es falsa. Es falsa y justa a la vez. Justa en una sola dirección, falsa en la medida en que decreta que una mirada parcial es una vista de conjunto. Que el hombre obeso sea el capitalismo, de ninguna manera es justo. El hombre obeso domina al pobre en el marco de un sistema determinado, pero que en sí mismo no es el sistema. Él no es ni siquiera el dueño de ese sistema. Al contrario, él también arrastra unas cadenas que no están representadas en ese dibujo. La imagen es incompleta. Por esa razón ella no es buena. El capitalismo es un sistema de dependencias que van del interior al exterior y del exterior hacia el interior, de arriba abajo y de abajo hacia arriba. Todo es interdependiente y está encadenado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma. 

-¿Entonces cómo lo representaría usted?

El Dr. Kafka levanta los hombres y sonríe con aire triste.

“No sé. Nosotros los judíos no somos pintores a decir verdad. No sabemos cómo representar las cosas de manera estática. Siempre las vemos fluyendo, en movimiento y metamorfoseándose. Somos narradores.”

El ingreso de un empleado interrumpió nuestra conversación. Cuando el inoportuno visitante salió del escritorio quise volver al interesante asunto que habíamos abordado, pero Kafka declara a manera de conclusión: “Olvidemos eso, un narrador no sabría hablar de su trabajo de narrador. O bien hace su tarea de narrador, o bien él se calla. Eso es todo. O bien su universo comienza a resonar en él, o bien ese universo se hunde en el silencio. Mi universo poco a poco cesa de resonar. Yo estoy apagado.”

Cuando, después de la Primera Guerra mundial, vimos llegar a Praga los primeros filmes americanos, y con ellos los pequeños filmes burlescos de Charles Chaplin, Ludwig Venclik, por entonces joven cinéfilo y ahora periodista especializado del cine, me pasó un montón de revistas americanas y algunas fotos de las películas de Chaplin.

Se las mostré a Kafka que las recibió con una amable sonrisa. 

“¿Usted conoce a Chaplin?, le pregunté.

-Muy poco, respondió Kafka. Vi uno o dos pequeños filmes de él.”

Considera con atención y gravedad mis fotos, que yo había puesto delante suyo y dijo con tono pensativo: “Es un hombre extremadamente enérgico, que tiene la pasión del trabajo. Vemos arder en sus ojos la llama de la desesperación que le inspira la convicción de que la bajeza es incambiable, pero él no capitula jamás. Como todo verdadero humorista tiene una dentadura de fiera salvaje, se sirve de ella para lanzarse sobre el mundo. Lo hace de una manera que le pertenece y es bien particular. A pesar de su cara pálida y ojeras no es un Pierrot sentimental, pero sin llegar a ser un crítico acervo. Chaplin es un técnico. Es un hombre de un mundo mecanizado, donde la mayoría de nuestros semejantes no disponen más de sentimientos, ni de instrumentos intelectuales para apropiarse realmente la vida que le es dada. Ellos carecen de imaginación. Chaplin entonces se pone a la tarea. Como un dentista de prótesis fabrica sus dientes falsos, él aporta prótesis a la imaginación. Que son sus filmes. En general, el cine no es otra cosa que eso.

-El amigo que me dio esas fotos me comenta que iban a proyectar, en la Bolsa del cine, una serie de filmes burlescos de Chaplin. ¿Le gustaría venir conmigo? Venchik nos llevaría con mucho gusto.

-No, gracias, respondió Kafka sacudiendo la cabeza, preferiría no ir, la diversión es para mi un asunto mucho más serio. Me arriesgaría a encontrarme allí como un payaso sin maquillaje.

Franz Kafka tomaba siempre un aire sorprendido cuando le comentaba que había ido al cine. Un día reaccioné a su mímica y le pregunté: “¿A usted no le gusta el cine?”

Luego de reflexionar algunos instantes él respondió:

“De hecho, nunca reflexioné al respecto. Es cierto que es un juguete magnífico. A mi me resulta insoportable, quizá porque soy muy visual. Soy uno de esos seres en los cuales prima la vida y el cine perturba la visión. La velocidad de los movimientos y la sucesión precipitada de imágenes las condenan a una visión superficial de manera continua. No es la mirada que capta las imágenes, son ellas que captan la mirada. Ellas sumergen la conciencia. El cine obliga al ojo a portar un uniforme, mientras que hasta ahora él estaba desnudo.

-Es una afirmación terrible, acoté. El ojo es la ventana del alma, dice un proverbio checo.

Kafka parece aceptarlo y agrega:

“Los filmes son postigos de hierro.”

Algunos días más tarde retomé esa conversación:

“El cine es una potencia terrible. Es mucho más potente que la prensa. Las vendedoras, modistas y costureras tiene todas los rostros de Barbara La Marr, Mary Pickford y Perla White.”

-Es natural, respondió Kafka. El deseo de la belleza transforma a las mujeres en actrices. La vida real no es otra cosa que el reflejo de los sueños de los escritores, y la lira de los escritores modernos tiene como cuerdas interminables películas.

Le llevé al Dr. Kafka un número especial de la revista checa Cerven, que tenía la traducción de “Zona” de Guillermo Apollinaire, ese poema de marejada potente. Kafka lo conocía. Él me dijo:

“Leí esa traducción apenas se publicó. Además conozco el original francés que estaba en la antología Alcools. Esos poemas y una reedición de bolsillo de las cartas de Flaubert, son los primeros libros franceses que me pude procurar después de la guerra.

-¿Qué impresión le hicieron? le pregunté.

-¿Cuál? ¿El poema de Apollinaire o la traducción de Capèk” reajusta Kafka, de una manera un tanto seca que tenía cuando se trataba de una precisión.

“Los dos”, respondí y de inmediato emití mi opinión: “¡Yo me siento trasportado!”

-Le creo sinceramente, dijo Kafka. Desde el punto de vista de la lengua, es una proeza. Tanto el poema como la traducción.

Su reacción me estimula. Estaba contento que mi “descubrimiento” hallara un eco en el Dr. Kafka; entonces intenté exponer y motivar más en detalle el placer que había experimentado. Cité el comienzo del poema, la evocación de la torre Eiffel comparada a una pastora en medio del rebaño de automovilistas balando, evoqué la alusión al reloj del barrio judío de Praga, con sus números hebreos, cité la descripción de los muros de ágata y malaquita de la capilla San Wenceslao, en la catedral San Vito sobre el Hradchn, y concluí mi apreciación de la obra de Apollinaire con esta frase: “Este poema es un imponente arco de poesía, tendido entre la torre Eiffel y nuestra catedral, y abrazando la diversidad abigarrada del universo de nuestro tiempo.

-Si, dijo Kafka aprobador. Ese poema es una verdadera obra de arte. Apollinaire resumió en una especie de visión sus encuentros visuales. Es un virtuoso.”

Esta última oración emitía un ruido extrañamente ambiguo. Bajo la explícita admiración, sentía una reserva reprimida y sin embargo neta, que a pesar mío, despertaba en mi un eco expandiéndose discretamente. Le dije: “¿Un virtuoso? Eso me desagrada.

-A mi también, exageró Kafka de manera espontánea y me pareció, con cierta alivio. Me opongo a todo virtuosismo. Su habilidad de malabarista coloca el virtuoso por encima de las cosas. ¿Puede un poema estar por encima de las cosas? ¡No! Es el prisionero del mundo que él habita y representa, como Dios lo es de su creación. Para liberarse, él extrae ese mundo de sí mismo. Eso no es una proeza de virtuosos, es un nacimiento, un parto que como todo parto, aporta a la vida. ¿Pero usted escuchó alguna vez decir a una mujer que ella era una victoriosa del parto?

-Nunca escuché tal cosa. Nacimiento y virtuosidad, eso no van juntos.

-Por supuesto, dijo Kafka. No hay virtuosismo en un nacimiento. Hay partos fáciles o difíciles, pero siempre dolorosos. El virtuosismo es asunto de comediantes. El comediante comienza allí donde el artista se detiene. Ello se observa en el poema de Apollinaire, que condensa sus diferentes experiencias espaciales y una visión temporal suprapersonal. Lo que Apollinaire despliega sobre nuestros ojos es un filme verbal, es un malabarista que sugiera al lector una imagen divertida. Es el trabajo no de poeta sino de comediante, de un humorista casi. El poeta intenta integrar su visión a la experiencia cotidiana de un lector; para lograrlo utiliza una lengua sin asperidades aparentes que sea familiar al lector. Es aquí el caso, por ejemplo.”

Diciendo eso, el Dr. Kafka tomó en una casillero de su escritorio un pequeño volumen con tapas grises verdosas y lo coloca delante mío. “Eso son los cuentos de Kleist, dijo. Es la poesía de verdad, la lengua es límpida. Usted no hallara aquí fiorituras ni pretensiones. Kleist no es un malabarista ni cómico público. Toda su vida se pasó bajo la presión de tensiones visionarias entre hombre y destino; las hay luminosas y fijadas en una lengua límpida, que todo el mundo puede comprender. Su visión está destinada a ser patrimonio de experiencias, al cual cada uno puede tener acceso. A ello se esmera Kleist sin recurrir a la acrobacia verbal, comentarios ni sugestión. Aúna modestia, comprensión y paciencia. Aporta la indispensable energía a todo nacimiento, es por ello que lo releo sin parar. El arte no es asunto de desmayo momentáneo sino de ejemplo durable. Los cuentos de Kleist lo muestran claramente, son las raíces de la literatura alemana moderna.”

Al momento de despedirnos, antes de su partida para el sanatorio de los Cárpatos, le dije: “Usted va a descansar y regresar curado. El futuro todo lo arreglará. Todo cambiará.”

Sonriendo, Kafka apunta el índice de su mano derecha sobre el pecho y dice:

“El futuro ya está aquí, en mi. El cambio será la manifestación de mis heridas ocultas.”

Yo me impacienté:

“Si usted no cree en una cura ¿por qué va a ese sanatorio?”

Kafka se inclina sobre su escritorio.

“Todos los acusados se esfuerzan por lograr que el veredicto sea aplazado.”

Luego de la primera audiencia de divorcio de mis padres fui a visitar a Franz Kafka.

Yo estaba muy agitado, deprimido y por tanto injusto.

Cuando llegué al final de mis lamentaciones, Kafka me dijo: “Sea tranquilo y paciente. Deje que caigan sobre usted el mal y el disgusto con calma. No deje que lo venza. Al contrario, obsérvela de cerca. Sustituya la comprensión activa con reacción afectiva y su desarrollo espontáneo lo llevará pronto más allá de las cosas. Para alcanzar la grandeza, el hombre debe pasar necesariamente por su propia pequeñez.”

Durante el verano de 1924 estaba en Obergeorgenthal, cerca de Brüx. El viernes 20 de junio, si, el viernes 20 de junio de 1924, cuando recibí de Praga una carta de mi amigo el pintor Erich Hist.

Él me escribía esto:

“Me entero ahora mismo, por la redacción del Tagblatt, que el escritor Franz Kafka murió el 3 de junio en un pequeño sanatorio privado de Kilesling, cerca de Viena. Pero fue enterrado aquí en Praga, el miércoles 11 de junio de 1924 en el cementerio judío de Strahcnitz.”

Levanté la mirada hacia el pequeño retrato de mi padre colgado en el muro, encima de mi cama.

Él se había suicidado el 14 de mayo de 1924.

Kafka había fallecido el 3 de junio, veintiún días más tarde.

Veintiún días más tarde.

Veintiún días…

El índice Moldava

El libro lo fui tramando a lo largo de varios años y ahora que parece terminado, tampoco sé a decir verdad cuál es su verdadera naturaleza. Trata en principio del espectro de Franz Kafka que regresa cada tanto a mis preocupaciones de lectura con la periodicidad de un cometa y este sería el capítulo de las aclaraciones del proyecto. En las próximas páginas Praga es la ciudad mágica secreta y el Moldava la correntada turbia de la literatura, Kafka el nadador desnudo que lo desafía –a veces atraviesa el río y otros días se ahoga-, los puentes tendidos en la ciudad indican los accesos al otro lado de la interpretación: yo camino en uno de esos puentes de inspiración romana, sin conseguir cruzarlo y al mismo tiempo en otro puente.

Entiendo por Índice Moldava un sistema de medición ficticio que regula la distancia –indiferencia, lejanía, cercanía y ósmosis- de un lector ß en relación a la obra de Kafka. En el interior del IM se distingue la obra central –todo lo escrito por el propio personaje objeto de la medición- y obra satélite considerando lo escrito “sobre” la obra por agentes exteriores. Una compleja ecuación permite combinar ambas estrategias de lectura y así determinar un punto –más bien una zona- de índice comparativo. En la ecuación suele incidir  que se considere la cuestión de traducciones / versiones a otras lenguas que la original. De ahí, pues, el sentido más próximo al tributo que a la originalidad del libro, cuya rareza en todo caso es habilitar algunos peajes –pienso en los lectores más jóvenes- que llevan hasta las murallas del Castillo, los meandros de la Ley y siempre del lado exterior recordando la densidad de lo inaccesible.

Algo parecido me ocurrió cuando debí ubicarlo como capítulo en el interior del plan de trabajo. Era demasiado personal para considerarlo un prólogo que iluminara la extensión y objetivos del proyecto; acaso heterodoxo en su dispersión de soportes para confiar en la paciencia del lector quien, luego de estar vagando por el ghetto narrativo, se encontraría con un epílogo para consolidar su entendimiento y como si hiciera falta un suplemento. 

Este lugar infrecuente para un índice explicado me parece el más apropiado, lo instalé luego de una selección de fragmentos de las conversaciones con Gustav Janouch. 

Como cantaba Atahualpa Yupanqui en “Milonga del solitario”: 

yo me quitaré el sombrero

porque así me han enseñao

y me doy por bien pagao

dentrando atrás del primero. 

Cuando hace medio siglo leí el libro de Janouch me pareció distante, eran celos del estudiante de literatura que quiere ser el primero en descubrir los secretos del autor de unos relatos que le perturban el descanso. Cuando Janouch murió en 1968 yo tenía la edad que él tenía cuando conversaba con Kafka, pero él estuvo ahí… Con el paso de los años mi opinión fue cambiando y a pesar de haber leído ensayos estupendos, en Janouch es donde siento un temor y temblor de la humanidad: él estuvo ahí. Hay algo de prodigio en ese joven que vio antes que todos e intentó recuperar la palabra, nos legó diálogos de agente infiltrado con fascinación espiritista: como las máquinas inexistentes que recobran en fragmentos y sin definición, a manera de ilusionistas la apariencia difuminada de los muertos.

Después de haber leído unos fragmentos (nada podrá suplantar la experiencia de la lectura integral del libro) es como si comprendiéramos lo inabarcable del misterio; estar cerca (a pesar de la lengua y contorsiones permanentes del continuum espacio temporal y atravesado por la literatura) de ese personaje. Las interferencias de orden espiritistas es como si las fotos antiguas de Praga tomaran movimiento y la iconografía de Kafka (la maravilla de Klaus Wagenbach) de pronto adquiriera vida propia. Entonces veríamos los gestos del escritor en una película antigua, oyendo en sordina su voz perdida para siempre y que nos habla en una lengua indescifrable. 

La razón del proyecto sigue siendo un enigma, uno cae en esa fuente sin percatarse; creo recordar que todo cristalizó –experiencia fundadora- en el liceo Nº 14 de Montevideo. La primera profesora de literatura fue Alicia Conforte y Alejandro Paternain nos hablaba de Mefistófeles, Kafka y Thomas Mann como vecinos de la biblioteca. Una profesora de música ilustra el poema sinfónico con el Moldava a muchachos de barrio y ahí escuché la música del río por primera vez. La amistad  a través de Alejandro con Héctor Galmés, que estaba casado con Delia, tenía discos de Julio de Caro en su departamento de la calle Convención, un caballo que se llamaba Pibe y tradujo “La metamorfosis” acompañaba los amores juveniles. Mi primera publicación para estudiantes (hoy dudo entre ignorancia, osadía o intuición en ese pedido del colega Jorge Liberatti) sobre el relato de Gregorio Samsa. 

Pasó mucho agua bajo los puentes de Praga y en mi los años se fueron sumando. ¿Por qué la insistencia de Kafka? Daría tres razones: la admiración en tanto escritor y saber que derrotó al cruzado del olvido, se transformaba en cursor tajante para medir comparando lo que venía después y lo que había antes; hasta entender que la literatura puede ser oficio y una manera de vivir yendo hacia el final. Sobre todo, para observar que cada escritor –de manera consciente o llevado por el ardor de la acción- junto a la obra desarrolla una estrategia personal de supervivencia. La obra es insuficiente, imborrable, inacabada y nunca alcanza, nadie sobrevive si desprecia la tradición sin tentar la originalidad, la vida es para escribir pensando en tres lectores; y el tiempo de la valoración distinto al de la imaginación, amores y deseos. La muerte un accidente sin relato propio y toda literatura son memorias de ultratumba. 

Más que las razones que pudieran explicar la obra de Kafka, lo que me interesa es la estrategia que hizo posible la salida: salir de la lengua tendiendo puentes de traducciones, salir de Praga mediante el procedimiento de hundirse en ella. Tentar el salto de los pulmones a la escritura y luego nacer posible que una literatura, tan característica del enclave familiar, haya llegado a liceos uruguayos en los años sesenta del siglo pasado y sobrevivido hasta el año 2020. 

-Está el Sr. Janouch para usted. 

¿Por dónde empezar a ordenar los materiales? El libro de Janouch “Conversaciones con Kafka” es un buen camino, por eso lo ubiqué en primer lugar e hice una selección de fragmentos pensando en mí. De la bibliografía infinita sobre Kafka, es el único documento donde tuve la ilusión de escucharlo a través de la escritura. Era raro, sabía que Janouch –muchacho de los primeros profetas del culto y un visionario- estaba por ahí visitando al compañero de trabajo del padre. Podría ver a Kafka como si las fotografías que conocemos se pusieran en movimiento y sonara la voz deformada por la enfermedad. Trabajando esos textos escuché a Kafka conversando y era mágico: él hablaba en alemán y mi cerebro lo recibía traducida al castellano. Los trucos del viaje en el tiempo y el espacio, los posibles que permite la literatura; así es como el muerto habita desde el comienzo el libro que lo recuerda. 

En Cuanto a la versión fijada ya iré contando más abajo cuál fue la estrategia del trabajo. Como en cada zona de este Golem literario apenas avanzo unos fragmentos, lo correcto será acceder a la totalidad del libro. Mi criterio de selección fue arbitrario: la relación de Kafka con el trabajo que aleja de la escritura, secretos del gabinete hecho madriguera y pulsión suicida que son una maravilla. La relación con el mundo moderno, la cuestión judía –en toda la complejidad y generosidad que implica-, anatomía de temáticas obsesivas, integración a una Praga secreta y deseo de urdir el mito literario de la ciudad. Por fin –también se verá en otros documentos- la relación física con la escritura al punto de dejar la vida y legarnos como único objeto tangible un cepillo inglés, de la marca G. B. Kent & Sons.

El Índice Moldava.  

El Moldava es el río que cruza la ciudad de Praga, atraviesa los lugares de la historia y justifica los puentes, se lo escucha correr desde los cafés, fue allí donde el autor nadó y escribió al comienzo del siglo XX. Dentro del volumen es el capítulo segundo –este mismo- que expone el proyecto del libro y lo utilizaré para justificar el título del libro. El cazador Gracchus es una leyenda y un cuento de Kafka que tiene su propia historia; la del hombre que muere en la montaña durante una cacería y no puede pasar el otro lado de la muerte definitiva. Error o castigo es la versión marina del judío errante, la barca de la muerte se desplaza así por varios mares de la tierra buscando puntos de amarre intermedios a la espera. 

En el cuento de Kafka la acción ocurre cuando el vagabundo se detiene en el puerto de la ciudad italiana de Riva. Forzando acontecimientos, puede que para darle el peaje que lo libera de tan pesada carga, hice que la barca amarrara en Montevideo; por otra parte puedo jurar que la crucé una tardecita y cuando se acercaba a la escollera Sarandí, que era uno de los lugares a los cuales me llevaba mi padre a pescar.

Walter Benjamin le escribe a Gershom Scholem.

Quienes intentaron mirar a la Gorgona a los ojos para vencerla quedaron petrificadas, Perseo inventó la astucia del escudo espejado para proyectar la mirada indirecta y conocer los secretos del funcionamiento de la criatura sin sufrir los efectos. Tomar por los atajos, conocer a Kafka por itinerarios alternativos e intentar otras respuestas. FK es vital e imprescindible también porque Walter Benjamin escribió sobre él; siempre hay que pasar por WB: por la tentación de la droga y el enigma cabalístico, ser destino clave del pensamiento en el mundo contemporáneo y del judío en el siglo XX. Por el arte en la era de la reproducción industrial y la poesía de Baudelaire; recordando el ensayo inconcluso sobre los pasajes urbanos de París, que era en fórmula prodigiosa la capital del siglo XIX. 

Hace treinta años que vivo en esa ciudad, crucé todos los pasajes referidos en la obra y que sobrevivieron. El pasaje Brady me llevó a la India del dios Ganesch, el pasaje Vivianne a Julio Cortázar y el pasaje Choiseul a la noche de Céline. Benjamin era el hombre urbano literario desesperado y el retrato que hace Antonio Muñoz Molina en “Un andar solitario entre la gente” es una maravilla; ese hombre por judío, lector y porque no podía hacer otra cosa escribió sobre Kafka mientras la muerte lo expulsaba de hotel en hotel, le impedía subir a los barcos que cruzaban el Atlántico para alejarlo de la persecución, lo lanzó a las fronteras abusadas y lo llevó al suicidio en la frontera entre Francia y España. Sucedió el 26 de septiembre de 1940 en Portbou. En Francia encontré un libro que rescata lo escrito por Benjamin sobre Kafka, la pieza clave de ese dispositivo de varios años de fidelidad es el ensayo homenaje de 1934, en ocasión del décimo aniversario de su muerte y en este tiempo informático es sencillo de localizar.

Preferí la correspondencia y entre ella unas cartas a Gershom Scholem donde se imbrican asuntos de la modernidad y la religión (consideraciones sobre Haggda como relato y Halakha en tanto conjunto de prescripciones, costumbres y tradiciones), secretos de la Kábala como alfabeto y gramática, mística y retórica, y críticas a Brod en su intento de crear la leyenda de Kafka sobre bases endebles. 

Fragmentos del “Diario”. 

La literatura ocurre también fuera de los relatos; habría la poesía, pienso en la “Correspondencia” de Flaubert (que estaba entre las lecturas preferidas de Kafka) y en la periferia ≃ central kafkiana. En ello incluyo el conjunto de la correspondencia (que insume en la práctica fatiga, tarea cotidiana e insomnios de una segunda vida) así como los Diarios. Aquí el criterio utilizado es la utopía de la sinécdoque de tomar la parte por el todo, lo que es insustituible; pero al menos abrir una ventana a ese paisaje literario. Pensándolo con perspectiva diría que es la zona más subjetiva, pasé allí fragmentos que subrayé en viejas lecturas en español y repetidos en otras ediciones consultadas. 

Considerando que los temas kafkianos se pueden expandir al infinito, como el impulso atómico y la respiración divina del día en Creación, lo que más me interesó fueron las aproximaciones al taller del escritor. Quizá en un vano intento de descifrar una estrategia críptica de escritura, sabiendo que nunca alcanzaremos la razón por la cual esa escritura venció las fuerzas de la muerte sumadas al olvido y hallar el horror en lo diferente del cotidiano. 

La menor. 

Este apartado deriva del anterior. Es cierto que me interesé en la lectura de los “Diarios” en particular por hábitos de trabajo, taller del escritor, estrategias de composición; en el acto físico manual del paso invisible del pensamiento a la escritura. Durante esa búsqueda leí que Kafka se preocupaba por las condiciones de producción sociales; ello supone un amplio espectro, desde la iniciación a la sexualidad hasta el imperio austro húngaro cuando se apaga, callejones de la tradición judía en enigmas del texto y actuaciones de cabaret, producciones de la industria cultural (prensa, cine, arquitectura, novela policial) y misterios de Praga, que en lugar de redactarlos los incorporé. 

Luego estaba presente la relación con la enfermedad pulmonar y la lengua vehicular: el judío en el Imperio, en la patria checa, empleado en los seguros del trabajo y que escribe en lengua alemana. Lo explica con lucidez como si fuera plataforma necesaria al gesto de escribir, enfermedad contagiosa. FK considera tres modalidades básicas y elegí la tercera; primero está la relación con la lengua del culto tendiendo a la utopía sionista, la lengua de práctica sagrada que contiene relatos de la mitología que lo define; de eso no estoy en condiciones de hablar con propiedad estando lejos de la Tora. La segunda es casi un denominador común y se trata de los nexos de la lengua escrita con lo real, el mundo y los semejantes; cuestión sabida por todo interesado en cuestiones literarias. La tercera, es la expresión de una minoría –digamos el judío- en la lengua mayoritaria de vocación imperial; eso me atrajo porque podía explicar el caso Kafka. 

Al respecto propone como instrumento de metodología para definir, aclarar y acatar territorios de escritura la noción de “una literatura menor”. Fui sensible a ello, me recordaba la experiencia del escritor uruguayo confrontado a la caja de resonancia rioplatense, al conjunto latinoamericano que conduce hasta la entrada del mundo de los muertos en Comala, y luego al territorio de la lengua castellana, latifundio lingüístico que se extiende desde “Soldados de Salamina” hasta el “Amadis”. Lo que aquí se reproduce es un capítulo del libro “Kafka: por una literatura menor” de Gilles Deleuze y Félix Guatari que lo exponen en sus variaciones, atendiendo a la noción de desterritorialización que evoca la relación de la lengua con un territorio. Quizá desde ahí se puede entender la razón por la cual la barca mortuoria del cazador Gracchus recaló en la bahía de Montevideo.

Seis cartas a Max Brod y una esquela desesperada.

Max Brod es el famoso albacea de la orden de quemar los libros, amigo y confidente, contrapartida social del cotidiano, familiar y el que llegó a Israel, autor de la primera biografía reseñada por Walter Benjamin. Afinidades de religión y literatura, camaradería y encontronazos de la amistad, inevitable referencia al considerar a Kafka, una de las energías primeras de la supervivencia. Brod está entre los más asiduos corresponsales y bien citado en la gestión del cotidiano; el tratamiento de esa amistad mereció trabajos sesudos y proliferantes, en todos los departamentos de literatura alemana de cientos de universidades del mundo hay miles de textos sobre Kafka; en todas aparece el nombre de Max Brod. 

Aquí leemos algunas cartas que los sobrevivieron y quisiera recordar dos episodios para entender la cercanía; primero, que integró el Círculo de Praga creado en 1904 con el amigo y además con Oskar Baum y Félix Weltsch. Luego, una cita reveladora que resume la intención del proyecto: “Nuestro maestro y nuestro programa eran la ciudad de Praga”.

Los Aforismos de Zürau. 

 “Los aforismo de Zürau” son el corazón del reactor de la obra de Kafka y presiden el viaje a dicho reactor a tal punto que una simple introducción, la pequeña noticia de orientación nos dispara a varias aclaraciones. Sin los aforismo de Kafka casi nadie en el mundo conocería ese pueblo en la campaña de Bohemia. Allí vivía Ottla, una de las hermanas de Franz, él ya había pasado alguna semanas de retiro y retenía fechas precisas con iluminación. Entre las 22 h. del 22 de septiembre y las 6 de la mañana del 23 de septiembre de 1912 –noche del domingo al lunes- escribió de un tirón “El veredicto” que es la relación del ingreso a la ficción. Entre septiembre y octubre de 1913 pasa tres semanas de un sanatorio de Riva (ciudad donde sucede “El cazador Gracchus”) en la clínica termal del Dr. Von Hartunger. Ello inspiró un bello texto de W. G. Sebald en “Vértigos” (El Dr. K va a tomar baños a Riva) donde se glosan cuatro días misteriosos pasados por K. en Venecia. 

Había noticias preliminares de una salud frágil, pero la llegada de la gran enfermedad y que lo llevará a la muerte, la crisis de dos hemorragias intensas, sucede en la noche del 12 al 13 de agosto de 1917, la terrible noche del domingo al lunes. Un mes más tarde decide viajar a la casa de su hermana, llega el 12 de septiembre de 1917 y salvo dos breves escapadas a Praga, permanece en Zürau hasta el 30 de abril de 1918. Ahí continúa con las notas del diario y la correspondencia, también emprende el corpus de los textos que ahora nos ocupan. Aquí y allá, por no insinuar una unanimidad, se lee que para el escritor fueron los mejores siete meses de su vida. En el capítulo XV de “K” de Roberto Calasso (libro sagrado para la secta kafkiana) el italiano cuenta su encuentro con los manuscritos originales y propone un orden de presentación en la edición que tuvo a su cargo; orden que aceptamos por el simple hecho de la Fe en el criterio de ensayista italiano. Como en las grandes obras la epifanía es compleja y el encadenamiento de problemas surge en cada momento. En el comienzo hay notas en un cuaderno, luego 103 hojas sueltas (folios de correspondencia cortados en cuatro) y numeradas. La incorporación de textos exógenos, la denominación entre aforismos, apólogos, sentencias, textos breves, iluminaciones, etc. y luego las traducciones… Max Brod (siempre Brod) los publica en Francfort en el año 1953 con un subtítulo que eriza la sensibilidad de Calasso: Consideraciones sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino recto. Se deben sopesar esas dificultades, hay algo en esas sentencias que se denomina “el esplendor velado” y la sospecha que estamos ante una de las mayores manifestaciones de la literatura del siglo XX. 

Puede entenderse la tentación de ese juicio premonitorio para todo iniciado: era inevitable acercarse a los textos cuando se quiere ver de cerca al monstruo aún a riesgo de quemarse. Calasso sostiene que se trató de la llegada de la enfermedad liberadora, algo en el cuerpo que lo aliviana de los tres fardos de la existencia que le impedían lanzarse a la literatura: la ronda matrimonial durante cinco años de noviazgo con Felice, la rutina oficinesca recibiendo el peso alienante de una burocracia imperial, el conjunto hipnótico que ejercían la combinación de Praga y familia que conocemos. 

La felicidad era la soledad, cercanía de los animales domésticos de la campaña y poca gente que no le robaba el oxígeno necesario a la respiración. Como toda felicidad nunca es completa, durante la noche descubrió la actividad frenética, la sociedad infernal y subterránea de los ratones. En ese ambiente se atreve a una peregrinación de reflexiones sobre lo sagrado y una forma de escritura –el aforismo- tendiendo a la simplificación depurada buscando las esencias. Quizá a una forma especial de la magia, como se escribe en el citado Cap. XV de “K”: “La magia ha sido difamada para empezar por aquellos que la han asimilado a una creación. Que pensaban que, como la creación, ella operaba ex nihilo. Es una ingenuidad doble. Kafka jamás escribió sobre la magia, pero él tenía una noción precisa, tan precisa que una vez llegó a definirla con una soberana serenidad: “Sin ninguna duda se puede pensar que el esplendor de la vida lo envuelve a cualquiera, y siempre en su entera plenitud, accesible pero velada, en la profundidad, invisible, muy alejada. Pero ella está ahí, sin hostilidad, sin reticencia, sin ser sorda. Si uno la convoca con la palabra justa y con el justo nombre entonces ella se manifiesta. En eso consiste la esencia de la magia, que no crea pero convoca.”

Milena y yo. 

Las muchachas, hermanas, prostitutas, amigas, novias y las mujeres de Kafka tienen una historia particular y dos de ellas –Felice Bauer y Milena Jasenska- dieron lugar a una abundante e intensa correspondencia de la cual se guardan trazas estremecedoras en un sentido masculino del circuito. Esta vez decidí detenerme en Milena por varias razones, ella es hilo conductor de la cuarta versión de “Nunca conocimos Praga” que está en proceso de escritura y por ser el nudo kafkiano que tendrá uno de los finales más trágicos de la primera mitad del siglo XX. Kafka muere por enfermedad de los pulmones, Brod alcanza a concretar el sueño del sionista con el regreso a la tierra prometida, Felice irá a Estados Unidos a los cuales no pudo llegar Benjamin. Walter Benjamin se suicida en la frontera con España y Milena fallece el 17 de mayo de 1944 en el campo de Ravensbrück. 

A la lectura de la correspondencia hasta creía –siguiendo los pasos de Flaubert a Louise Collet- que las cartas a las prometidas se presentan como un genero literario en sí mismo, con su propia retórica y dramaturgia, siendo una variante distante de la escritura en colaboración. Allí todo es extraño, desde la entrada en materia iniciando el diálogo a la distancia, hasta las epístolas de los adioses. Kafka era sin duda un hombre complicado con la sexualidad y la gestión del tiempo, con el movimiento cotidiano de la escritura y el trabajo, en la forma de relacionarse con la familia y la manera de manifestar lo más parecido que él se acercó a la experiencia del amor. 

Hay mucho de frustrante y arbitrario en la sección de la correspondencia que hice; debería incluirlas todas en su vertiginosidad y es lo que aconsejo al lector, luego debía llegar a algún criterio de selección y queriendo ser riguroso terminé siendo sentimental e intimista. La correspondencia es la ocasión de recorrer los temas redundantes de la obra kafkiana; dije que en otros capítulos me preocupé por asuntos del oficio, así que llevado a leer varias veces las cartas a Milena, seleccioné aquellas donde los amantes quedan confrontados a ellos mismos. Creo haber llegado a cierta comprensión indirecta y de pronto, cuando Kafka exige respuestas en las horas siguientes, habla del casi asco de sus iniciaciones sexuales, cuando programa un sistema de buses, trenes, hoteles y horas para estar juntos, me pareció hallar una clave para entender ciertos textos. 

La bar mitsva de Kafka ocurrió en la sinagoga de los gitanos el 13 de junio de 1896, el mismo día del nacimiento de Milena. Ellos pasaron juntos cuatro días entre el 30 de junio y el 4 de julio de 1920 y la ve por última vez el 8 de mayo de 1922. Con esas pocas casualidades produjo una de las obras más tremendas. Que Milena esté allí para extrañarla pero no aquí para tocarla; en el escritor la lectura sexual puede ser pertinente siendo insuficiente para entender. Hay a la vez rechazo y dependencia, Milena es el corazón femenino del operativo y cuando se distancian porque así debía ser, las relaciones de Kafka son de sanatorio y convalecencia. Dejó de escribirle porque no podía más, había otra muchacha en el circuito y se marchaba al coito misterioso con la muerte que había conocido unos años antes. 

A Kra Pra Ga Kra. 

La obra kafkiana se nutre de ingresos satelitales, cartografías de la intimidad y la tradición judía confirmada en el dédalo del Ghetto, también con abundancia la referencia a la ciudad de Praga. La lectura e interpretación, la sospecha de que siempre hay un lenguaje secreto, leyes movibles otras que las conocidas, poderes superiores que los visibles en la vida política, el sístole diástole entre lo visible y lo invisible, la punta del iceberg y la montaña de hielo sumergida. 

Felisberto Hernández hablara de “lo otro” y los dramaturgos barrocos de la ilusión teatral. Yo hallé en la noción de magia un buen apoyo para intentar entender; recuerdo el plan del misterio cuando miraba a los primeros magos en directo en matinales dominguera baby del Cine Broadway, en la avenida 8 de octubre en Montevideo. Todo era sencillo, sombreros dobles, palomas prisioneras, agua de colores y pañuelos de falsa seda pero creía ¡yo creía! Lo mismo creo que hay una magia trascendente cuando se puede transfigurar el lenguaje común y corriente en expresión poética. La magia será otra manera de denominar el secreto, el misterio y lo inefable. Como se verá más adelante, en nuestro campo de trabajo Praga es ciudad mágica por excelencia; pero antes quise proponer un recorrido por la escenificación teatral espectacular, en la que siempre habita la explicación aunque sea ignorada. Luego recordar que la noción de magia es necesaria en la experiencia literaria, y traté de aprehenderla en unas prosas de Jorge Luís Borges que la detecta con brujería criolla, y no solamente en la historia del Dean de Santiago que visita a don Illán para ser iniciado en las artes toledanas. 

Lilias Pedibus Destrue. 

La obra de Kafka insinúa la extensión literaria del tercer reino; del encuentro fortuito del ser Kafka, la crónica de la judería en la historia Bohemia y la ciudad de Praga. En este trabajo la correspondencia proyecta la linterna mágica del escritor, y la leyenda de Praga se fue escribiendo en palimpsestos históricos, trágicos y esotéricos. Praga no sólo produce obra y relatos sino que es tomada como objeto de literatura por escritores de todos los horizontes. Praga desplaza los principios de la alquimia a la zona del lenguaje, el relato y la ficción. En esta zona me detengo en la lectura de la ciudad que aparece en dos novelas de gran tirada y en las cuales hallé elementos de admiración, un planteo de novela popular y que contienen también elementos que se salen de las leyes del mercado. 

De “El club Dumas” de Arturo Pérez Reverte me atrajo el amor a los libros y la colección, la intensidad abrasadora por primeras ediciones de obras maestras y los manuscritos, la pasión por la imprenta. También ese poder de la escritura y los libros para llevar La Palabra (de acuerdo a los creyentes) y todo el corpus esotérico perseguido, dando fórmulas de utopías desmesuradas y escatológicas de la humanidad, la urgencia de una escritura demoníaca para equilibrar excesos de la sagrada escritura, la coartada para el verdadero sentido de la vida entre aquellos que tienen una simpatía dependiente por el demonio. Sería largo de resumir el cruce de las dos intrigas que coexisten entre los tres últimos ejemplares del “Libro de las nueve puertas del reino de las sombras”, reimpresión ilustrada de un libro antiguo de autor anónimo y no tanto, hecha por Aristide Torchia y un manuscrito de Alejando Dumas titulado “Le vin d’Anjou” y que es capítulo 42 de “Los tres mosqueteros”. Ello se cruza en nuestro camino cuando seguimos al héroe de la picaresca bibliófila, y porque fue en Praga que el editor quemado en campo di Fiori en Roma, en la hoguera de la inquisición, vivió su educación a las ciencias ocultas y entregó alma y cuerpo a una tarea de revelación reivindicativa. 

En la novela de Umberto Eco “El cementerio de Praga” asistimos a otro cruce removedor entre historia, ocultismo, poder y literatura. A veces criticada, la novela de Eco es un viaje fascinante para conocer el origen de la tragedia moderna, saber cómo se pudo crear por cruzamientos ingobernables la noción y el pasaje al acto del antisemitismo, que comienza como intriga policial y culmina en el genocidio de la razón occidental, el mismo que llevó a la muerte a Milena. La articulación es compleja y fascinante; en el comienzo la invención de la escena del complot masónico –introducción a la novela “José Bálsamo” de Alejandro Dumas- con la finalidad de vencer a la Iglesia, derrocar la corona de Francia y que luego se trasladará a la Rusia del siglo XIX y los judíos, siendo ellos quienes llevan adelante el nuevo plan para la dominación del mundo en la nueva versión complotista. 

Distinguimos los ingredientes favoritos de la intriga que se suman: un falsificador que se desdobla en personaje travestido, odio de origen sexual freudiano en la adolescencia contra lo femenino judío, lectura del otro en tanto entidad hostil, necesidad del enemigo interior para consolidar el poder, violencia del movimiento anarquista e infiltración, servicios secretos contra ideas socialistas y aspiraciones imperiales, buena dosis de iluminados y espiritistas siempre rondando la tentación sexual, la creación de un falso manuscrito para la palabra de la verosimilitud del Internet de la época. El nuevo conflicto mundial halla en Praga el teatro creíble para montar la farsa que culmina en tragedia. En “El nombre de la rosa” el enemigo era el libro griego que hacia la apología de la risa, en “El cementerio de Praga” se trata del manuscrito de una falsificación que nos lleva a lo que estamos y siempre los puentes de Praga…

Las manzanas de la familia Samsa. 

El libro de Angelo María Ripellino “Praga mágica” tiene algo de Aleph vertiginoso para quienes nos interesamos a la vez en Kafka y la literatura, Praga y su alquimia novelesca. Llegué un tanto tarde a su lectura –se publicó en 1973 en Italia- porque las condiciones de recepción no eran para mí por entonces de las mejores. Es la pasión de una vida, allí se encuentran pistas conocidas y tiene una apertura hacia el infinito, lecturas para las cuales una sola vida en insuficiente. 

Los ensayistas italianos tienen ese poder de hacer amar la literatura y algunos de sus misterios, el libro de Ripellino se integra a la saga de Patricia Runfola, Italo Calvino, Claudio Magris y Roberto Calasso. Más adelante entraremos en materia, pero en relación a Praga asistimos al caos de la fragmentación que halla el sentido en el movimiento: la historia en el imperio y la destrucción del ghetto, los laberintos urbanos llevando hasta la disolución en los cementerios y la tradición de los cafés y otros antros sexuados, la ciencia cuando de cruza o depende del esoterismo, la vida de Corte y la corte de los tullidos, episodios históricos traumáticos y la vida siendo sueño, vagabundos y comediantes, abogados especialistas en seguro laboral, traductoras de alemán, culpables sin proceso, ingenieros sin castillo, comediantes judíos y viajeros de comercio que al despertar una mañana de un sueño agitado, se ven convertidos en un monstruoso escarabajo.

Gracchus, el cazador. 

La historia de Gracchus es la historia de un cazador, acaso del siglo IV que tiene un accidente de caza casi mortal en la montaña, y que por razones que son parte del misterio –otra variante del mito del judío errante y que Guillermo Apollinaire se cruzó en Praga- ve postergada su llegada a la muerte y vagabundea en su barca sin alcanzar la paz. Relato que tiene características de las parábolas donde se confunden destinos individuales con misterios de lo sagrado. Kafka habla –mejor dicho escribe- sobre esa leyenda en cercanía con Max Brod en su entrada del diario del 21 de octubre de 1913. Al parecer hay una primera versión entre enero y abril de 1917. Una segunda referencia al personaje se halla desarrollada, en la entrada del Diario del 6 de abril de 1917. Kafka muere en 1924 y “El cazador Gracchus” es publicado por primera vea en el año 1931. 

Edición de fragmentos al cuidado de Max Brod, el cuento es casi una parábola de la obra de Kafka: formaba parte del conjunto de la quema y de la promesa no cumplida. Faltó el vale para editar del autor y entre el manuscrito y lo publicado hay etapas textuales intermedias, luego los comentaristas hallan la perplejidad, todos los posibles “entre”. Entre promesa y renuncia, entre vida y muerte, sin saber la culpa que paga Gracchus en esa eternidad ni abrir una esperanza de redención, entre borrador kafkiano y retoques brodianos, entre lengua original y diferentes puertos traducidos de otras lenguas de amarre. En el cuento Gracchus llega a Riva, donde Kafka pasó unas semanas en curas termales. Gracchus llega a Montevideo porque es imposible alcanzar la muerte sin hacer escala en La Coqueta, hasta encontrar a Osiris o emprender el camino del Bardo. Gracches es cazador y personaje, un accidente, error de paralaje, leyenda de la montaña y cuento de Kafka, traducción y barco de lenguaje que sigue buscando el muelle huidizo de la muerte. Escribió Colasso: “Gracchus tiene una historia para contar que nadie escuchará hasta el final, o que nadie podrá entender. Gracchus está hecho de tiempo.”

El mito de Gracchus y su metamorfosis en cuento de Kafka pone proa a las corrientes de los significados. Sigue el instinto del cazador de la montaña con una función social y acepta las trampas de la Naturaleza; propone una ilusión de la muerte aceptada por quien la da y un viaje interrumpido hacia el otro reino por una razón que permanece misteriosa. Es el comienzo de la navegación infinita hasta una hipótesis de eternidad que sólo Dios puede epilogar, el cazador de la Selva Negra se vuelve navegante sin puerto final de reposo. El relato se hace Odisea y expedición de los Argonautas, evocación de Beowulf, Ismael y Maldoror. La travesía se transfigura en el navío sinécdoque, que emula a Argo con sus poderes y la Mary Celeste, el Holandés Errante y el Admiral Graf Spee, acorazado de bolsillo nazi que se suicida en la bahía de Montevideo.

Si aceptamos la ficción de que la historia de Gracchus es asimismo el navío, puede creerse que lleva en sus camarotes la tripulación heterodoxa del mito kafkiano: fragmentos de los Diarios, algunos relatos esbozados, los aforismos escritos viviendo con la hermana, las cartas terribles a las novias, los fantasmas judíos de Max Brod y Walter Benjamin, las huellas dactilares de novelistas de otras tradiciones que fueron seducidos por la magia de Praga. El Cazador Gracchus es un libro del Arte de Marear por la literatura.

Comunicado de prensa. 

Kafka muere y Milena escribe, una historia entre ellos se cierra y comienza la segunda parte del drama donde todavía estamos viviendo.

Santa Cecilia del Trastévere. 

Los textos atribuidos a Kafka en este libro no son traslaciones de versiones ya conocidas en castellano, tampoco se trata de nuevas traducciones y son sin embargo de mi responsabilidad. Quizá para proponer una nueva traducción –si ello fuera necesario- debí aprender un alemán superior en otra vida que ya no tendré; como debía hallar una puerta de salida para llevar a buen puerto el proyecto, debí dictarme algunos protocolos textuales y responder a la pregunta: ¿a quién leo cuando creo leer a Kafka? Luego de elegir los textos retenidos que volvían una y otra vez, pasé a confrontarlos en las diversas versiones que tenía a mi alcance en lenguas latinas que puedo leer con beneficio. Tomando notas, apuntes, borroneando aquí y allá me apliqué a proponer un texto manuscrito básico en cada instancia y que definí por el enunciado: esta es la aproximación inicial al castillo de la prosa de Kafka. Miraba a lo lejos torres en movimiento y el andar de centinelas armados en la niebla del amanecer, escuchaba el ruido de los animales subterráneos y la respiración de los tuberculosos.

Con esa partitura en borrador comencé a manejarme como lo haría un pianista que prepara un concierto para el próximo otoño. Casi todos los días repetía memorizando el programa y los bis hasta que una mañana quedé conforme con el resultado. La grabación resultante es pues la transcripción al uruguayo de lo que yo creo que podría ser acaso la escritura de Kafka, y hasta ahí podía llegar. El procedimiento tiene algo cíclico relacionado al eterno retorno y de volver a las lecturas juveniles, saber que no estamos al final de la literatura sino ante la salida inminente de la barca del cazador Gracchus, que abandona para siempre el puerto de Montevideo. Valery Larbaud aconseja a los interesados por estos asuntos que, en un próximo viaje a Roma vayan a la iglesia de San Jerónimo –patrón de los traductores- en peregrinación de reconocimiento; cuando regrese a Roma iré a la Basílica Santa Cecilia del Trastévere. 

Walter Benjamin le escribe a Gershom Scholem

Svendborge, 11 de agosto de 1934

Aprovecho de este momento, mientras retomo –sin duda última- la revisión de mi “Kafka”, para volver explícitamente sobre varias de tus objeciones y agregar algunas preguntas relativas a tu punto de vista.

Digo “explícitamente” ya que la nueva versión considera implícitamente tus objeciones en varios aspectos. Ella contiene un número considerable de modificaciones. El manuscrito que tienes ahí a mano es, como te comenté, obsoleto. Aquí lo aguardo día tras día. Me resulta imposible, por razones técnicas, enviarte el manuscrito revisado antes de tener entre mis manos la versión original.

Mientras tanto, algunos pedidos urgentes:

1) Hazme llegar rápidamente, si es posible, “Halakha y Haggada” de Bialik, necesito leerlo. 2) Envíame tu carta abierta a Schoeps, de la cual me recordaste la existencia, para que me sirva de apoyo a nuestra explicación en suspenso.

Ahora, pasemos a los puntos decisivos:

1) Veamos cómo yo definía provisoriamente la relación entre tu poema y mi trabajo. Tu punto de partida es “la nada de la Revelación” (ver más adelante el punto 7) y la perspectiva –vinculada a la historia de la salvación- del procedimiento jurídico fijado. Mi punto de partida es la ínfima esperanza absurda, así como las criaturas que dicha esperanza anima y en las cuales se refleja dicha absurdidad.

2) Considerar la vergüenza como la reacción más violenta de Kafka de ninguna manera contradice el resto de mi interpretación. El mundo primitivo –que resulta, de manera oculta, el presente de Kafka- proporciona el índice, en el registro de la filosofía de la historia, permitiendo desprender esta reacción al campo de la constitución personal. Ya que la Thora –si nos atenemos a la presentación de Kafka- se ve impedida de concretar su obra.

3) La cuestión de la escritura está directamente unida al punto precedente. Que ella nada diga a los alumnos o que estos no lleguen a descifrarla resulta lo mismo, ya que la escritura sin la clave que la acompaña no es más escritura sino vida. Una vida como la que llevan los habitantes del pueblo al pie de la colina del Castillo. Transformar la vida en escritura, tal es para mi el sentido del “regreso” al cual tienden la mayor parte de las parábolas de Kafka- y cité varias: “El pueblo más cercano” y “Montado en el balde de carbón”. La existencia de Sancho Panza es ejemplar, en la medida en que ella consiste en releer su propia existencia, incluso si es carnavalesca y quijotesca.

4) Al comienzo subrayo que los alumnos –a quienes “la escritura nada les dice”- no pertenecen al mundo Hetaïrique, ya que las relaciono como los asistentes a las criaturas por las cuales, según la expresión de Kafka, “existe una cantidad infinita de esperanza.”

5) Que yo no niegue para nada el aspecto de la Revelación en la obra de Kafka, resulta del hecho de que le reconozco –si bien calificándola de “deforme”- un aspecto mesiánico. En Kafka, las categorías mesiánicas son el “estudio” y el “regreso”. Tu intuición es justa, cuando presumes que no pretendo obstaculizar por principio toda interpretación teológica –yo mismo practico dicha interpretación-, sino solamente la proveniente de Praga, insolente y superficial. Excluí mi argumentación basada en el comportamiento de los jueces (antes incluso de que me llegaran tus ideas al respecto) pues la encontraba indefendible.

6) Tengo la impresión de que la permanente insistencia de Kafka sobre la ley es el punto ciego de la obra. Lo que yo quiero decir con ello, es que la obra permanecerá estática si la interpretación se basa en ese punto ciego. Es cierto, por otra parte, que no deseo embarcarme en un cotejo explícito con ese concepto.

7) Te agradecería que precisaras tu perífrasis según la cual Kafka muestra “el mundo de la Revelación […] en una perspectiva donde ésta es dirigida a su negación.”

Aquí me detengo por hoy…

P.S. ¡Todavía ninguna respuesta definitiva de la parte de Weltsch! Ninguna línea tampoco de Spitzer en respuesta a mi larga carta con mis proposiciones.

París, 12 de junio de 1938

En respuesta a tu pedido, voy a escribirte in extenso sobre lo que pienso del “Kafka” de Brod. A continuación, hallarás algunas reflexiones personales sobre Kafka.

Desde el comienzo quiero que entiendas que esta carta será consagrada exclusivamente a ese tema que tanto nos preocupa (¿entusiasma?) a ambos: si esperabas novedades sobre mi persona, te ruego que tengas a bien aguardar algún otro día.

[Aquí se intercala el artículo de Benjamin sobre el Kafka de Max Brod]

Reseña de Kafka de Brod (1938)

El libro de Brod está marcado por una oposición fundamental entre, por una parte la tesis teórica avanzada por su autor y su actitud práctica por otra. La segunda contribuye a desacreditar la primera, por no decir nada de los escrúpulos que ella, de cualquier manera, había suscitado. La tesis teórica del autor es que Kafka se orienta hacia la santidad. La actitud práctica del biógrafo es una perfecta simplicidad cuya particularidad más remarcable es la falta de perspectiva.

El hecho de que una tal actitud haya podido articularse a una tesis como la evocada, despoja por adelantado el libro de toda autoridad. La manera tal como ella procede, se evidencia de manera emblemática en el giro mediante la cual se presenta al lector una foto de “nuestro Franz.” En la historia de las religiones, la intimidad con la santidad es la marca del pietismo, dicho de otra manera, por una actitud totalmente desamparada de piedad.

A estas imprecisiones en la economía de la obra, se agregan rutinas que sin duda el autor integró en el ejercicio de su oficio. En todo caso, las trazas de un periodismo apresurado son evidentes hasta en la tesis del libro: “La categoría de la santidad […] es la sola que permite percibir con certeza la vida y la obra de Kafka”. ¿Es necesario recordar que la santidad es un orden reservado a la vida y en ningún caso la producción literaria forma parte? ¿Hace falta precisar que, más allá de toda constitución religiosa basada en la tradición, el atributo de la santidad no es más que una expresión hueca?

Brod carece del rigor pragmático que estamos en derecho de exigir de un primer biógrafo de Kafka. “Nosotros no sabíamos lo que era un hotel de lujo y sin embargo estábamos despreocupados y de buen humor.” En razón de la falta flagrante de delicadeza del autor, y porque él escribe sin distancia ni matices, los clásicos estereotipos del folletín se deslizan en un texto que, por su tema, exige una actitud más digna. Estos elementos sirven menos, por otra parte, a explicar que ellos no testimonian sobre la total incapacidad de Brod para acceder a una intuición original de la vida de Kafka: su incapacidad a informar de esa existencia, se vuelve particularmente indecente cuando Brod evoca las célebres disposiciones testamentarias, por las cuales Kafka le impone la destrucción de su sucesión literaria. Era ese el momento ideal para abordar algunos aspectos fundamentales de la existencia de Kafka. (Sin embargo, Brod no quería manifiestamente asumir frente a la posteridad la responsabilidad de esta obra, de la cual él conocía pertinentemente la importancia.)

Como esa cuestión ha sido el objeto de numerosos debates después de la muerte de Kafka, parecía evidente que era necesario tomarla en consideración. Pero ello habría obligado al biógrafo a reconsiderarla e interrogarse sobre sí mismo. Kafka estaba bien obligado a confiar su sucesión a alguien que no llevaría adelante la ejecución de sus ultimas voluntades. Esta manera de presentar las cosas no habría causado daño, ni al ejecutor testamentario ni a su biógrafo. Pero ello, por otra parte, supone una capacidad a considerar las tensiones que atravesaron la vida de Kafka. 

Sin embargo, la carencia de tal capacidad es evidente en Brod cuando intenta comentar la obra de Kafka y su escritura. Brod no logra trascender su estrategia de diletante. La rareza del ser Kafka y de su escritura no es seguramente sólo “aparente”, como lo sostiene Brod, y afirmar que los aspectos de la realidad que Kafka desprende “son simplemente verdaderos”, no permiten hacerle justicia. Tales digresiones sobre la obra de Kafka, vuelven problemática por adelantado la interpretación brodiana de la visión del mundo de Kafka. Cuando Brod, por ejemplo, afirma que Kafka estaba en la misma línea que Buber, ello presupone buscar la mariposa en la red sobre la cual él proyecta su sombra cuando la sobrevuela. “La interpretación realista judía” de El Castillo evita los aspectos terroríficos y asquerosos que Kafka atribuye al mundo superior, en beneficio de una lectura ejemplar que debía suscitar las sospechas del sionismo.

Incluso a un lector poco escrupuloso, le ocurre algunas veces el percatarse de ese oportunismo que se ajusta muy mal al tema. Brod eligió ilustrar la compleja problemática del símbolo y la alegoría, con la ayuda del estoico “soldadito de plomo de Andersen”, que es un símbolo de pleno derecho pues expresa muchas cosas que “se pierden en el infinito”, y nos afecta por detalles de su “destino personal” de soldadito de plomo. Estaríamos curiosos de saber lo que daría el escudo de David interpretado a la luz de tal teoría del símbolo.

El sentimiento de la debilidad de su propia lectura de Kafka, hace a Brod sensible a la debilidad de otras lecturas. Resulta penoso verlo descartar de un manotón el interés más bien sensato de los surrealistas por Kafka, así como las lecturas de sus pequeños textos en prosa por Werner Kraft, algunas de las cuales son estupendas. Brod se esfuerza también por desvalorizar toda lectura de Kafka a venir: “Se podrá comentar indefinidamente (y ello sin duda se hará) pero, necesariamente, nunca se alcanzarán los objetivos. La oreja es golpeada por la insistencia por lo dicho, y por tanto en sordina. Provoca rechazo afirmar que, las múltiples “debilidades y dificultades personales y contingentes de las cuales sufría Kafka”, permiten comprender mejor su obra que las “construcciones teológicas” cuando alguien pretende presentarnos a Kafka bajo el aura de la santidad. Brod se desprende en un mismo gesto de toda aquello que lo incomoda en su intimidad con Kafka: el psicoanálisis paga un alto precio, lo mismo que la teología dialéctica. Ese gesto le permite confrontar la escritura de Kafka a la “falta de precisión” de Balzac –en tanto que él no piensa que a las fanfarronadas transparentes, que forman parte de la obra y grandezas de Balzac.

Todo ello no proviene de Kafka. Demasiado seguido Brod pasa al costado de la represión y la sangre fría que caracterizan a Kafka. Todo ser humano –dice Joseph de Maistre- se deja arrumar por una opinión moderada. El libro de Brod no tiene ningún encanto. No respeta ninguna medida ni en su manera de rendir homenaje a Kafka, ni en el tratamiento humano al que lo somete. Sin duda, todo ello proviene de la novela que agota la inspiración en su amistad con Kafka. Haberle confiscado algunas citaciones no es el menor de los defectos de esta descripción biográfica. El autor de la novela El reino encantado del amor se declara sorprendido que las personas menos próximas de Kafka, hayan podido ver el hecho de que él hizo hablar al difunto bajo el nombre de Garta una carencia de piedad hacia su persona: “No me han comprendido […] No han recordado que Platón, él también confiscó a la muerte su maestro y amigo Sócrates, y de manera todavía más decisiva, atribuyéndole el protagonismo en casi todos los diálogos que él escribió después de su muerte, habiendo hecho así de él un camarada todavía vivo, reaccionando y compartiendo en cada momento su pensamiento.”

Hay pocas probabilidades que el Kafka de Brod figure alguna vez junto a las grandes biografías literarias fundadoras, que sea citado luego del Hölderlin de Schwab, del Büchner de Franzos o del Keller de Bächtold. Se trata de un documento bastante ambiguo sobre una amistad y que constituye un enigma, y no de los menores, en la vida de Kafka. 

Ya ves, según lo que vengo de escribir, querido Gerhard, por qué la biografía de Brod me resulta poco adaptada a hacer aparecer mi idea de Kafka, incluso considerándola desde una perspectiva polémica. Quedaría por saber si las notas siguientes podrían sugerir esta idea de forma más convincente. En todo caso, ellas te presentarán un aspecto nuevo de Kafka, más o menos independientes de mis reflexiones previas.

La obra de Kafka es una elipse de la cual los dos epicentros más alejados son determinados, de un lado, por la experiencia mística (que es ante todo una experiencia de la tradición) y del otro lado, por la experiencia del hombre moderno de las metrópolis. Cuando hablo de la experiencia del hombre de las metrópolis, concentro en ellas varias experiencias. Hablo del ciudadano moderno, que se sabe entregado a una enorme maquinación administrativa, cuyo funcionamiento es manejado por las instancias cuyos órganos ejecutivos ellos mismos, para no decir nada de los sujetos que le son sometidos, permanecen indeterminados. (Es bien sabido que esta maquinaria es uno de los estratos interpretativos de sus novelas y más precisamente de El Proceso.) Pero el hombre moderno de las metrópolis designa igualmente y aún más lo contemporáneo de los físicos del presente. Cuando leemos un pasaje de La naturaleza del mundo físico de Eddington, uno creería estar escuchando a Kafka: 

“Estoy delante de la puerta, dispuesto a entrar en una habitación. Es una aventura compleja. Primero, debo luchar contra la atmósfera que pesa sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo con una fuerza de un kilogramo. Luego, debo intentar aterrizar sobre una plancha que vuela alrededor del sol a una velocidad de treinta kilómetros por segundo; un atraso de una fracción de segundo y la plancha se halla ya propulsada a miles de leguas más lejos. Y ese esfuerzo debe ser realizado mientras que estoy fijado a un planeta de forma esférica, con la cabeza hacia el exterior, hacia el espacio, donde un viento de éter sopla sólo Dios sabe a qué velocidad a través de los poros de mi cuerpo. En apariencia, la tabla no es demasiado sólida. Apoyar un pie en ella, es como apoyar un pie sobre un enjambre de moscas. ¿Y si el pie pasa al otro lado? Imposible, ya que, si tomo el riesgo de apoyar el pie, una de las moscas me toca y me propulsa a las alturas. Cuando yo caigo sobre mis pies, otra mosca me reenvía hacia lo alto, y así sin descanso. Al fin de cuenta, yo puedo esperar mantenerme siempre más o menos a la misma altura. Pero, si por desgracia a fin de cuenta lograra atravesar la plancha, o fuera violentamente propulsado hacia arriba, al punto de volar hasta el techo, ese accidente estaría siempre en acuerdo con las leyes de la naturaleza y no representaría otra cosa que un concurso de circunstancias extremadamente improbable […]. Sin duda es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un físico atravesar el umbral de una puerta. En el caso de un portón de granja o del pórtico de una iglesia, sería probablemente más sabio contentarse con ser un hombre ordinario y simplemente pasar, en lugar de que sean solucionadas todas las dificultades asociada a una entrada científicamente irreprochable.”

No conozco ningún otro texto literario que ilumine tan bien el gesto kafkiano. Cada frase o casi de esa aporía física podría sin problema estar acompañada de frases sacadas de los relatos en prosa de Kafka, y no sería sorprendente que varias de las “más ininteligibles” de esas frases tuvieran aquí su lugar. Cuando decimos, como yo mismo lo hice previamente, que las experiencias correspondientes de Kafka están en una fuerte relación de tensión con sus experiencias místicas, decimos entonces una verdad a medias. Lo que resulta particularmente y completamente delirante en Kafka, es que ese mundo de experiencia reciente le fue desvelado precisamente por la tradición mística. Eso no fue evidentemente sin haber causado también importantes estragos (sobre los cuales volveré luego) en el interior de esta tradición. La enseñanza de la historia es que, manifiestamente, fue necesario recurrir nada menos que a las fuerzas de esta tradición para que un individuo (llamado Franz Kafka) se pueda confrontar a esa realidad que se proyecta como nuestra en el plano teórico –en la física moderna, por ejemplo- y en el plano teórico –en la técnica de la guerra. Lo que quiero decir, es que esta realidad ya no es casi perceptible por el individuo y el mundo generalmente alegre de Kafka, ese mundo habitado de ángeles, representa el complemento exacto de una época que se prepara a liquidar masivamente a los habitantes de este planeta. La experiencia corresponde a aquella que Kafka hizo en tanto que persona privada, y que sin duda será dada a las masas de vivirla recién en el momento de su liquidación. 

Kafka vivía en el mundo complementario. (En esto Kafka se acerca a Klee, cuya obra se halla también aislada en la pintura como la de Kafka en la literatura) Kafka discernía el complemento, sin discernir lo que ello completaba. Sí podemos decir que él discernía aquello que llega sin discernir, aquello que existe en el presente en tanto que individuo afectado por lo que adviene. Sus gestos de horror se mutan de esta magnífica latitud a la cual la catástrofe pondrá término. Pero la experiencia de Kafka se fundaba únicamente sobre la tradición a la cual él se abandonaba. Ni clarividente, ni “visionario”, Kafka estaba solamente a la escucha de la tradición, y aquel que escucha con todas sus fuerzas, ese no ve.

Si la escucha es tensa, es ante todo porque sólo los sonidos más indistintos llegan a los oídos de quien escucha. Él no tiene doctrina que aprender, ni ningún saber a retener. Hay que captar al vuelo aquellas cosas que no están destinadas a ninguna oreja. Ello supone una situación invitando a caracterizar la obra de Kafka por su vertiente negativa. (Sin duda, su caracterización negativa tendría siempre más probabilidades de salir adelante que la positiva.) La obra de Kafka muestra que la tradición está enferma. Se llegó hasta que se definiera la sabiduría como el aspecto épico de la verdad. Se trata de describir la sabiduría como un bien tradicional; ella es la verdad en su consistencia haggadique. 

Es esta consistencia de la verdad que se perdió. Kafka estaba lejos de ser el primero a estar confrontado a esta situación. Muchos se fueron acomodando, aferrándose a la verdad o a lo que ellos toman por la verdad, renunciando mal que bien a su comunicación tradicional. El rasgo en verdad genial en Kafka es haber intentado algo completamente original: renunciar a la verdad conservando tan sólo la transmisibilidad, el elemento haggadique. Las creaciones de Kafka son esencialmente parábolas. Pero su miseria y belleza provienen de que les fue necesario volverse algo más que parábolas. Ellas no se conformaron con inclinarse a los pies de la doctrina, como la Haggada a los pies de la Halakha. Una vez rendidos a sus pies, las parábolas levantaron seguido una garra agresiva contra ella. 

Por ello no aparece el asunto de la sabiduría en la obra de Kafka. Sólo quedan unas secuelas después de la desintegración. Existen dos: el primer rostro resultante de esta “diathesis” es el rumor de las cosas verdaderas (una suerte de diario teológico clandestino que trata de asuntos desacreditados y obsoletos); el segundo es la locura, que liquidó integralmente el contenido propio de la sabiduría, pero que por el contrario conserva el tono calmo y agradable del cual el rumor está desprovisto. La locura es la esencia de los héroes preferidos de Kafka: de Don Quijote hasta los asistentes y animales (la animalidad, para él, no significaba sin duda otra cosa que la renuncia, por una suerte de pudor, a la apariencia y a la sabiduría humana. El animal reacciona como un señor distinguido que recala en una taberna de mala muerte y, por pudor, renuncia a limpiar su vaso). Dos cosas estaban conquistadas por Kafka: primero que hay que estar loco para ayudar, segundo que sólo la ayuda de un loco constituye una ayuda verdadera. Faltaría saber si ella todavía ayuda a los hombres. Ella ayuda quizá más bien a los ángeles (ver el pasaje –en el tomo VII de las obras completas- sobre los ángeles, a los cuales la transformación de su existencia en atención les da trabajo), que podrían por tanto desenvolverse de otra manera. Así, como afirma Kafka, hay una cantidad infinita de esperanza, pero no para nosotros. Esta frase contiene verdaderamente la esperanza de Kafka. Ella es la fuente de su felicidad expansiva. 

Es una imagen peligrosamente sintética y puesta en perspectiva que te trasmito aquí. Lo hago sin inquietud, sabiendo que tú podrás precisar con las ideas que desarrollé bajo otros ángulos en el trabajo publicado por la Jüdische Rundschan. Lo que hoy me molesta más en el texto, es el elemento básicamente apologético que lo atraviesa. Hay algo que no hay que perder de vista jamás, si queremos rendirle justicia a la figura de Kafka en su pureza y belleza singular: es alguien que fracasó. Las circunstancias de este fracaso son múltiples. Uno desea decir: una vez que se aseguró del fracaso final, todo le salía bien, en el camino, como en un sueño. Nada da más ganas de reflexionar que el ardor con el cual Kafka remarcó su fracaso. A mi parecer, su amistad con Brod es ante todo un punto de interrogación que él quiso trazar al margen de su vida.

Voilá, por hoy… el círculo se cierra sobre si mismo y es desde el centro de ese círculo que te envío mis saludos más afectuosos.

París, 12 de junio de 1938

Con la finalidad de hacer más presentable la carta adjunta, me parecía necesario aligerarla de todo elemento personal.

Ello no excluye que te está destinada, en prioridad, por razones bien personales y para agradecerte de tu incitación. Por otra parte, no sabría juzgar si es útil de darle a leer tal cual está a Schochen. De cualquier manera, creo que he ido bastante lejos en el complejo Kafka tal cual me es posible hacerlo en el presente. De aquí en más, todo ello debe desaparecer por algún tiempo ante mi trabajo sobre Baudelaire.

Constato con placer que ciertas cosas se acomodan desde que doy la espalda. ¡Qué reproche no me fue dirigido tiempo ha sobre ti o sobre Wiesengrund, por él o por ti! Y resultó que no era otra cosa que una falsa alerta. Nadie se puede alegrar más que yo.

En los próximos días voy a escribirle a Wiesengrund y evocaré la carta sobre Kafka. Evidentemente tú se la puedes comunicar; sin embargo, te rogaría no evocar el asunto que con la mayor prudencia y como si yo no estuviera al corriente de las eventuales perspectivas editoriales que podrían resultar. Te hago confianza para evaluar la situación, saber si no sería preferible callar todo al respecto. Hay que reflexionar muy bien sobre ese asunto, ya que si tu comunicas la carta a Wiesengrund, su carácter semi público no se le escapará. 

Eventualmente, podrías explicarle que has obtenido esta carta de mí para completar tus archivos de mis escritos esotéricos. Por ora parte, me temo que esta explicación salvo algunos pequeños detalles, se acerca bastante a la verdad.

Fragmentos del Diario

1910

Los espectadores se inmovilizan cuando pasa el tren.

Escribo esto movido por la desesperación que me causan mi cuerpo y el futuro de ese cuerpo.

Cuando la desesperación se manifiesta de manera tan categórica, cuando ella está fusionada a su objeto – apoyada en la retaguardia por un soldado cubriendo su retirada y que se haría despedazar por ella- significa que no es desesperación verdadera; la auténtica siempre y de inmediato trasciende su objetivo, (con la coma anterior advierto que sólo la primera oración es justa).

¿Tú estás desesperado?

¿Sí? ¿Estás de verdad desesperado?

¿Vas a huir? ¿Quieres esconderte?

Por fin… después de cinco meses de mi vida durante los cuales no escribí nada de lo que pudiera estar satisfecho –meses que ningún poder me devolverá, aunque todos ellos tuvieran la obligación de hacerlo- me regresa la idea de dirigirme de nuevo la palabra. Cada vez que realmente me interrogué respondí a ese llamado; siempre había algo para hacer salir de adentro, de ese montón de paja que soy desde hace cinco meses; parecía que el destino fuera ser encendido durante el verano y luego consumirse, más veloz que el parpadeo del espectador. ¡Si tan siquiera eso me pudiera pasar! Ello debería sucederme diez veces y por desgracia tampoco reniego de esa época. Mi estado no es la desgracia y menos la felicidad, tampoco indiferencia ni debilidad, ni fatiga, ni el interés por otra cosa. ¿Entonces qué es? El hecho de ignorarlo está relacionado a mi incapacidad de escribir. 

Este domingo 19 de julio de 1910 yo me dormí y luego me desperté; dormido, despierto, vida miserable.

No permitiré que la fatiga se instale en mí. Me hundiré con todo en el relato aunque en la caída deba partirme la cara.

Ninguna palabra –o casi- escrita por mi no concuerda con alguna otra. Escucho chirriar las consonantes unas contra las otras con ruido de chatarra y las vocales cantan acompañándolas como negros de Exposición. Mis dudas forman un círculo rodeando cada palabra, yo las distingo antes de identificar la palabra precisa, ¡quién lo diría! La palabra es invisible y por eso la invento. Eso no sería lo más grave, haría falta poder inventar palabras apropiadas para expulsar el olor de cadáver en otra dirección, con la intención de que no nos salte a la garganta, a mi y al lector. Cuando me siento en mi lugar de trabajo, no estoy más cómodo que alguien que cae en medio del tráfico sobre la plaza de la Opera, y se parte las dos piernas. 

Nunca dejaré este Diario. Es aquí donde necesito ser perseverante ya que sólo puedo serlo metido aquí adentro. Cómo desearía poder explicar el sentimiento de felicidad que me invade de tiempo en tiempo, ahora por ejemplo. Es algo más bien burbujeante que me recorre por completo de estremecimientos ligeros y agradables. Me persuade de estar dotado de capacidades de las cuales puedo –en todo instante, ahora mismo inclusive- convencerme y con absoluta certeza de que ellas no existen.

En respuesta a la acuciante pregunta: ¿Existe algo que sea realmente inmóvil? Zenón dijo: “Si, la flecha en pleno vuelo es inmóvil.”

De todas maneras, hay en el gesto de que haya borrado y tachado tantas cosas –en verdad casi todo lo escrito a lo largo de este año- un obstáculo enorme a mi trabajo literario. Ya que es una montaña –cinco veces más de lo que pude haber escrito en general- y esa masa, nada más que considerando su peso, atrae hacia ello todo lo que escribo a medida que va saliendo de mi pluma. 

Lamentable, lamentable y por tanto las intenciones son buenas. Por cierto es medianoche y ello no sería excusa –ya que estoy bien descansado- en la medida en que no hubiera escrito durante el día. La lámpara eléctrica encendida, el apartamento en silencio, afuera la oscuridad nocturna, últimos instantes de vigilia: todo ello me da el derecho de escribir aunque fuera de cosas lamentables. Ese derecho me apresuro a utilizarlo. Esto es lo que soy.

Cuando me comporto de manera humana durante algunas horas, como hoy en casa de Max y más tarde en lo de Baum, ya tengo el orgullo satisfecho al momento de meterme en la cama.

1911

Como consecuencia de un encantamiento (considerando que los obstáculos no provenían de circunstancias exteriores o interiores y son ahora más gratos que lo fueron desde hace un año), estuve impedido de escribir a lo largo de un día placentero (es domingo). A manera de consolación, tuve nuevas iluminaciones sobre la criatura desgraciada que soy.

Hay demasiadas cosas sobre mí mismo que no anoté estos últimos días (en estos momentos duermo mucho y profundamente durante el día, con un sueño pesado), en parte también por temor a traicionar el conocimiento de mi mismo. Este miedo tiene fundamento, ya que solo podría ser fijado por la escritura un conocimiento de si mismo que se alcanzara con la mayor integridad en todas sus consecuencias secundarias y con absoluta veracidad. Por tanto, si ello no ocurre así –en todo caso yo soy incapaz de hacerlo- las notas, obedeciendo a sus propios fines, sólo logran reemplazar, con la superioridad de lo que está fijado, el sentimiento vivido de manera puramente general. De tal manera que el sentimiento verdadero desaparece, en tanto que la ausencia de valor de lo anotado será reconocido demasiado tarde. 

La naturaleza particular del estado de inspiración con el cual voy a acostarme –yo, el más feliz y más desgraciado de los hombres- a la dos de la madrugada (puede que dicho estado persista sólo si soporto el pensamiento, considerando que me parece superior a todos los anteriores), reside en que todo lo pueda y no sólo en función de un trabajo determinado. Que escriba una frase al azar, por ejemplo: “Él miraba por la ventana” y ella resulta perfecta.

Los jóvenes aseados y buen vestidos que crucé durante el paseo me hicieron recordar mi propia juventud; por eso mismo me hicieron una impresión asquerosa.

Siento que una gran parte mía aspira a la teosofía y al mismo tiempo, ella me provoca un miedo extremo. Temo que ello ocasione en mí una nueva confusión, lo que sería grave puesto que mi presente infelicidad está hecha de confusión. Dicha confusión consiste en lo siguiente: mi felicidad, las capacidades potenciales y todas mis posibilidades de ser útil a alguna cosa desde siempre residen en la literatura. (…) Y por tanto, no puedo dedicarme todo lo que sería necesario a la actividad literaria, y ello por diversas razones. Sin evocar mi situación familiar, la literatura no podría hacerme vivir, quizá a causa de la lentitud de mi producción y del carácter específico de mis escritos. Además, mi salud y mi carácter me impiden decidirme por una vida que sólo podría ser incierta, en el mejor de los casos. Ello explica que me volviera funcionario de una compañía de Seguros sociales. Ahora bien, esas dos profesiones jamás podrán tolerarse una a la otra, ni admitir una felicidad común. La mínima felicidad que una me depara se transforma en la mayor desgracia de la otra. Aunque hubiera escrito alguna buena cosa durante la noche, a la mañana siguiente en la oficina ardo de impaciencia sin llegar a nada. Esa tensión no cesa de agravarse. 

Hoy es tu aniversario y ni siquiera te envié el libro habitual, ya que ello sería una hipocresía; en verdad, ni siquiera estoy en condiciones de enviarte un libro. Si te escribo, es sólo porque tengo una necesidad intensa de estar cerca de ti algunos instantes en el día de hoy, y lo hago gracias a esta carta. Comencé por quejarme y fue para que me reconozcas de inmediato. 

El período que vengo de pasar, durante el cual no escribí ni una sola línea ha sido para mi muy importante. En las piscinas de Praga, de Königssael y de Czernoschitz dejé de tener vergüenza de mi cuerpo.

Tengo la desgraciada idea de que el tiempo me falta para concretar el mínimo trabajo con algo de valor. Estoy sin tiempo para escribir un relato y dispersarme por los cuatro rincones del mundo como debería hacerlo. Me parece, por otra parte, que mi viaje tomaría un giro positivo y llegaría a una mejor comprensión si pudiera entredormirme escribiendo un poco, y hago por tanto una nueva tentativa. 

Diario de Goethe. Alguien que no lleve su propio Diario está en falsa perspectiva en relación al Diario de otro. Si él lee por ejemplo, en el Diario de Goethe: “11.1.1797. Pasé toda la jornada en mi casa tomando diversas disposiciones”, le parece que a él y todavía jamás le sucedió eso de hacer tan pocas cosas en un día.

Creo que el insomnio proviene sólo del hecho de que yo escribo. Ya que, por poco o mal que escriba, no es menos cierto que esos mínimos estremecimiento provocan mi susceptibilidad. Siento durante la noche y más a la mañana la llegada, la inminente posibilidades de grandes estados exultantes que me hacen sentir capaz de todo; pero luego, en medio del estruendo que hay en mi y al cual no tengo tiempo de impartirle órdenes, no logro hallar el reposo. Al fin de cuentas, ese ruido es una armonía reprimida, contenida, que una vez liberada me colmaría por entero. Incluso más: podría dilatarme sin cesar de colmarme. 

Por primera vez después de varios días recomienzo a estar inquieto también escribiendo este Diario.

Cólera contra mi hermana que entra al cuarto y se sienta en la mesa con un libro. Aguardo la primera ocasión aunque sea insignificante, que me permita expresar mi estado colérico. Como si fuera poco, ella toma una tarjeta de visita y con ella se escarba entre los dientes. Recomienzo la escritura con cólera decreciente y que me deja en la cabeza un arrebato desabrido, en tanto que siento un comienzo de alivio y confianza.

Esta tarde entró en mí el sufrimiento que me provoca mi abandono, tan rígido y penetrante que sentí agotarse la energía que acumulo escribiendo este Diario, y que nunca destiné en verdad a esta finalidad. 

Por primera vez después de mucho tiempo, esta mañana sentí placer imaginando un cuchillo que se revuelve en mi corazón.

De a poco intentaré redactar una lista de las cosas que en mi son indudables, luego vendrán las dignas de fe, después aquellas posibles, etc. Lo único seguro es mi avidez por los libros. No pretendo tanto poseerlos o leerlos que mirarlos y convencerme de su existencia en la vitrina de una librería. Si en alguna parte me encuentro con varios ejemplares de un mismo libro, cada uno de ellos me encanta. Es como si esa avidez partiera del estómago despertando un apetito insaciable. Mis propios libros me dan menos alegría que los otros, por el contrario los libros de mis hermanas me dan placer. Las ganas de poseerlo es en mi un deseo mas bien débil y diría que son casi ausentes. 

Tres noches seguidas sin dormir, al menor esfuerzo para hacer cualquier cosa alcanzo de inmediato los límites de mis fuerzas. 

Aceptamos las ciudades extranjeras como aceptamos un hecho. Los habitantes viven allí sin entender nuestra manera de vivir, de la misma manera que nosotros no comprendemos la suya. Estamos obligados a comparar sin poder defendernos, pero bien sabemos que ello no tiene ningún valor moral y ni siquiera psicológico. Al fin de cuentas también podemos renunciar a la comparación, puesto que la excesiva diferencia de las condiciones de vida nos dispensa de comparar.

Debo admitir que Max y yo somos profundamente diferentes el uno del otro. Si bien admiro sus obras cuando ellas se presentan ante mi como un todo inaccesible a mi intervención –y a la intervención de cualquier otro-, cada frase que él escribe de Ricardo y Samuel, al contrario, exige por mi parte una concesión. Concesión que asumo a regañadientes y lo siento con dolor hasta el fondo del alma. Al menos en el día de hoy. 

Ninguna escritura durante tres días.

Incluso sin considerar los otros obstáculos (estado físico, padres, carácter), llego a encontrar una muy buena excusa al hecho de que no limito mi actividad a la literatura contra viento y marea: no puedo arriesgar nada para mi, hasta que no haya concretado un trabajo de cierta importancia y capaz de satisfacerme plenamente. Lo que sin duda es irrefutable.

Cuando comienzo a escribir luego de haberme interrumpido durante un período prolongado, es como si trajera cada palabra de la nada. Apenas habiendo recuperado una, ya no tengo más que esa sola palabra y todo el trabajo recomienza.

Una de las ventajas que tiene llevar un Diario, es que uno toma clara conciencia y cierta de los cambios a los que está sometido de continuo. En los cuales –bien entendido- uno cree de manera general, que expone y confiesa y a la vez niega más tarde de manera inconsciente; desde que se trata de ahondar en determinada confesión de razones pacíficas y de esperanza. Un Diario aporta las pruebas de que, incluso siendo presa de esos estados que en el presente resultan intolerables, uno ha vivido, mirado a su alrededor y consignado las observaciones; de que esta mano derecha, entonces, se agitó como ahora. Ahora que la posibilidad de abarcar con una mirada nuestra situación de otro tiempo, nos hizo más perspicaces; de eso que nos obliga aún más a admitir la osadía de nuestros esfuerzos pasados, sustentados en la pura ignorancia.

La memoria de una nación pequeña no es más breve que aquella de una gran nación, y por tanto ella elabora más a fondo el material existente. Es claro que hay menos puestos para los especialistas de la historia literaria, pero la literatura es menos asunto de la historia literaria que del pueblo; así la literatura, si no se halla entre manos puras, al menos está en buenas manos. Considerando que las exigencias que la conciencia nacional plantea al individuo en un pequeño país, ello arrastra en consecuencia que cada uno debe estar siempre pronto a conocer la parte de la literatura que lo implica. A sostenerla y a luchar por ella; en todo caso a luchar por ella, también si la ignora y no la sostiene.  

1912

Es posible discernir en mí con claridad una concentración en beneficio de la literatura. Cuando fue evidente en mi organismo que la orientación de mi naturaleza hacia la creación literaria era la más productiva, todo se precipitó en ese sentido y dejé intactos los otros talentos que se inclinan hacia las delicias del sexo, la bebida, la comida, la reflexión filosófica y la música en sitial privilegiado. Yo adelgacé de todas esas tendencias. Era necesario; mis energías al fin de cuentas eran tan débiles que no podían servir, mal que bien mi objetivo literario, que a condición de estar reunidos. Por cierto no descubrí esa tendencia de manera consciente e independiente; ella se encontró a sí misma y sólo la oficina le hace obstáculo de manera radical. En todo caso, no tengo derecho a deplorar no poder tener una amante; que yo espere del amor casi lo mismo que de la música, me obliga a contentarme con recibir al vuelo las impresiones superficiales. Que en año nuevo haya cenado salsifis con espinacas tomando una copa de Jerez, y no pudiera interesarme el domingo a la lectura que hizo Max de su ensayo filosófico; lo que todo lo compensa irrumpe con total claridad. Ya que mi desarrollo parece finalizado y –en tanto pueda saberlo- no tengo más nada para sacrificar, sólo falta suprimir el trabajo en la oficina de esa vida rutinaria para comenzar mi verdadera vida. En la cual mi rostro podría finalmente envejecer de forma natural, acompañando los progresos de mi obra. 

Desde hace dos días, cuando quiero puedo notar la frialdad e indiferencia que hay en mí. Ayer de noche mientras me paseaba, cualquier ruido en la calle, una mirada anónima dirigida sobre mi, no importa qué fotografía colocada en una vidriera cualquiera, me importaban más que yo mismo.

Creo que fue la primera vez en mi vida que, desde la ventana, observé algo que me afectaba en lo profundo y sucedía en la calle. Esa precisa manera de observar me resultó familiar porque la descubrí en Sherlock Holmes.

es así que pierdo otro domingo calmo y lluvioso… estoy sentado en mi cuarto y en paz; pero en vez de decidirme a escribir –ya que, anteayer sin ir más lejos, hubiera querido desahogarme en el trabajo con todas mis fuerzas y por entero- vengo de pasar un largo rato mirándome la punta de los dedos. Creo haber estado influenciado totalmente por Goethe esta semana; vengo de agotar la energía recuperada gracias a esa influencia y me volví improductivo. 

El fervor, que me atraviesa de parte a parte cuando leo los detalles sobre Goethe (conversaciones sobre Goethe, años de universidad, cursos con Goethe; una temporada de Goethe en Francfort) y que me aleja de todo trabajo literario.

Ayer en el Café City donde estaba con Löwy ligero desvanecimiento, y la manera como me incliné sobre el periódico para disimularlo.

¡A partir de hoy tendré el Diario con firmeza! ¡Escribir con regularidad! ¡Nunca declararse vencido! Mismo cuando la liberación se haga esperar, yo quiero en cada instante ser digno de ella. Pasé la noche en la mesa familiar en una total indiferencia, la mano derecha sobre el respaldo de la silla de mi hermana que juega a las cartas a mi lado, la mano izquierda apoyada con flojera sobre mis muslos. De tiempo en tiempo intento tener conciencia de mi infelicidad y lo voy alcanzando a duras penas. 

Durante qué somnolencia y con cuánta felicidad yo pude escribir esta cosa inútil e inacabada.

Quién podrá confirmarme que es verdadero o verosímil, que es sólo en consecuencia de mi vocación literaria, que no me intereso en nada y soy por tanto un insensible.

Revisión de algunos viejos papeles. Es necesaria toda la fuerza imaginable para esa experiencia. La desgracia que debemos soportar cuando nos interrumpimos en medio de un relato que sólo podría ser logrado si es escrito de un tirón –es lo que siempre me ocurrió hasta ahora- una lectura rápida nos obliga todavía a soportarlo, si no con la misma intensidad al menos bajo una forma más compacta.

El recitador Reichman ingresó al asilo de alienados al otro día de nuestra conversación.

Ante todo no subestimar lo que ya escribí, ello me cerraría el acceso a lo que me queda todavía por escribir.

Por primera vez después de una semana fracaso casi completo en mi trabajo. ¿Por qué? Sin embargo atravesé todos los estados imaginables la semana pasada y preservé mi trabajo de toda influencia exterior. Ahora tengo miedo de escribir de eso.

Leo en este momento en la “Correspondencia” de Flaubert: “Mon roman est le rocher que m’attache et je ne sais rien de ce qui se passe dans le monde.” Parecido a lo que yo mismo anoté el 9 de mayo.

Nada escrito hasta el presente. Comenzar mañana. De lo contrario puedo caer en una insatisfacción que nada podrá impedir que se extienda; a decir verdad ya estoy dentro. Recomienzan mis crisis nerviosas. Pero suponiendo que fuera capaz de hacer alguna cosa, yo lo podría sin precauciones supersticiosas.

Nada, nada. Cuánto tiempo me hace perder la publicación de ese pequeño libro, qué sentimiento ridículo y nefasto de mi valor me invade leyendo textos viejos para publicarlos. Sin embargo no gané nada y mi presente malestar es la mejor prueba. Una vez el libro publicado deberé en todo casi, si no quiero tocar lo verdadero apenas con la punta de los dedos, mantenerme alejado de revistas y críticos. ¡Qué ser pesado me volví! Antes, me era suficiente con pronunciar una palabra opuesta a mi orientación y volaba de inmediato a la obra orilla. Ahora me conformo con mirar y aceptarme tal cual soy.

Mi tío de España. El corte de su chaqueta. La influencia de su presencia. Los detalles de su personalidad. –su manera de atravesar levitando el vestíbulo para ir al WC. él no responde si en ese momento alguien le dirige la palabra-. Cada día parece más amable, ello si no lo juzgamos por el cambio progresivo y en cambio retenemos ciertos momentos luminosos.

El pozo que la obra genial cavó con fuego en nuestro círculo inmediato, nos brinda un lugar acogedor donde acomodar nuestra pequeña llamita. Porque la obra de genio es una fuente, ella nos da ánimo, insufle un aliento que se ejerce de una manera general y nos aleja de la tentación mimética.

Yo  escribí ese relato –El veredicto- de una sola sentada, de las diez de la noche hasta las seis de la mañana, en la noche del 22 al 23. Quedé tanto tiempo pegado a la silla, que apenas si pude retirar mis piernas anquilosadas de debajo del escritorio. Mi terrible fatiga y mi felicidad viendo avanzar la historia debajo de mis ojos: avanzaba abriendo las aguas. Muchas veces durante la noche soporté todo el peso del cuerpo en mi espalda. Todo puede ser dicho, todas las ideas, por insólitas que sean, son alcanzadas por un fuego intenso en el cual ellas desaparecen y renacen. Todo se vuelve azul frente a mi ventana. Pasa un auto. Dos hombres caminan sobre el puente. A las dos de la madrugada miré mi reloj por última vez. Cuando la sirvienta atravesó el vestíbulo yo escribí la última oración. La lámpara apagada y la claridad del día. Ligeras punzadas en el corazón. La fatiga desapareció en el medio de la noche. Mi entrada temblando en el cuarto de mis hermanas. La manera como me desperecé ante la sirvienta y dije: “Trabajé hasta ahora.” La vista de mi cama intacta como si vinieran de instalarla recién en el cuarto. Mi certeza es confirmada, cuando trabajo en mi novela yo me encuentro en los vergonzosos bajos fondos de la literatura. Sólo así se puede escribir, con esa continuidad, con una entrega total del alma y del cuerpo 

1913

Se me hizo imprescindible recomenzar a llevar el Diario. Mi cabeza insegura, F., mi naufragio en la oficina, la imposibilidad física de escribir fusionada a la necesidad interior de hacerlo.

La terrible incertidumbre de mi existencia interior.

La imagen perpetua de un largo cuchillo carnicero que, comenzando por el costado, penetra rápido en mí con mecánica regularidad y separa filetes muy finos que salen volando, y casi enroscándose sobre sí mismos de tan precisa que es la faena.

El prodigioso mundo que tengo en la cabeza. ¿Pero cómo liberarme y liberarlo sin desgarrarme? Es preferible mil veces ser destruido que retenerlo en mi o enterrarlo. Por ello estoy aquí y soy plenamente consciente de la situación.

El deseo de una soledad llevando hasta el extravío de la conciencia. Solo y enfrentado a mí mismo. Quizá en Riva pueda lograrlo. 

Jamás hubiera podido desposar una muchacha con la cual no hubiera vivido al menos un año en la misma ciudad.

Cuando digo alguna cosa, dicha cosa pierde inmediata y definitivamente su importancia; cuando la escribo ella también la pierde, pero a veces gana alguna otra.

Arqueo de argumentos favorables y contrarios a mi casamiento:

1) Ineptitud a soportar la vida solo, lo que no significa incapacidad para vivir en soledad, bien al contrario, y es improbable que me avenga a vivir con alguien. Me siento impotente para soportar solo las cargas de mi vida, las exigencias de mi propia persona, la ofensiva del tiempo y la edad, el flujo vago de mi deseo de escritura, el insomnio, el asedio de la locura –estando solo sería incapaz de soportar todo eso. Y agregaría naturalmente: pudiera ser. Mi unión con F. daría mayor fuerza de resistencia a mi existencia.

2) Todo me da de inmediato a pensar. Una pequeña broma de un diario satírico, el recuerdo de Flaubert y de Grillparzer, mirar la ropa de noche sobre el lecho de mis padres, la relación con Max. Ayer, mi hermana me dijo: “Todas las personas casadas (las que nosotros conocemos) son felices, y ello me parece incomprensible.” Esas palabras también me dieron para pensar y fui atrapado por la intranquilidad.

3) Necesito mucha soledad. Lo logrado hasta ahora, no es más que el triunfo de la soledad.

4) Odio todo aquello que no concierne a la literatura. Las conversaciones me aburren (también si tratan de literatura), ir de visita me aburre, las penas y alegrías de los integrantes de mi familia me aburren hasta lo profundo del alma. Las conversaciones despojan a todo lo que yo pienso de su peso, la seriedad y la verdad.

5) Miedo de comprometerme y lanzarme al otro lado. De hacerlo, yo nunca volvería jamás a estar solo.

6) Con mis hermanas, me sucede seguido de ser alguien distinto por completo de quien soy en presencia de otras personas; sobre todo era así hace un tiempo. Yo era intrépido y curioso, potente, sorprendente y emotivo como sólo lo soy en la reacción literaria. ¡Si yo pudiera serlo a los ojos de todos por intermediación de mi mujer! ¿Pero ello no supondría arrebatarlo a la literatura? ¡Eso nunca, sobre todo eso nunca!

7) Soltero, quizá podría renunciar un día de estos de mi puesto en la Oficina. Casado, jamás podría hacerlo.

El coito considerado como castigo a la felicidad de vivir juntos. Vivir en el más gran ascetismo posible, más ascéticamente que un soltero, es para mí la única posibilidad de soportar el matrimonio. ¿Pero ella?

A pesar de todo, incluso si F. y yo tenemos iguales derechos, esperanzas y posibilidades idénticas, jamás me casaré. Sin embargo, el callejón sin salida en el cual empujé despacio su destino, hace del matrimonio una obligación que es por cierto ineluctable, pero en modo alguno sin límites. Ese es el resultado de yo no sé que ley secreta de las relaciones humanas.

Mi empleo me resulta intolerable, porque contradice mi único deseo y sola vocación que es la literatura. Como no soy ninguna otra cosa que literatura, que no puedo ni quiero ser otra cosa, mi trabajo jamás podría entusiasmarme; pero él podría trastornarme por completo. No ando demasiado lejos de estarlo. Crisis nerviosas de la peor especie me asedian de continuo y este año, tan marcado por tormentos y preocupaciones que me provocan mi futuro y el de su hija, ha demostrado de manera límpida mi falta de resistencia. Usted podría preguntarme por qué no renuncio al trabajo y por qué, considerando que no tengo fortuna personal, no intento vivir de mis trabajos literarios. A ello, sólo puedo oponer una respuesta lamentable. A saber de que me falta la fuerza y que, en tanto que puedo considerar mi situación en su conjunto, conservando ese empleo me dirigiría más bien a mi ruina; y es cierto que lo haría rápidamente. (…)

Todo aquello que no es literatura me aburre y lo odio en tanto me molesta y estorba, incluso si ello es apenas una presunción. Al mismo tiempo carezco de todo sentido de vida de familia, a lo máximo tengo el de la observación. No tengo sentimiento alguno de la paternidad y literalmente considero las visitas una maldad dirigida contra mi persona.

Un casamiento no lograría hacerme cambiar, como tampoco mi empleo puede hacerlo.

En mi opinión, mi estadía en Riva fue de una gran importancia. Por primera vez comprendí a una muchacha cristiana y viví por entero en su esfera de actividad. Me siento incapaz de anotar algo sobre lo cual tendría decisivas razones para recordarlo.

Decidí recomenzar con la escritura y entre tanto ¡cuántas dudas sobre mi creación literaria! Al fin de cuentas soy un ser incapaz e ignorante que, si no hubiera sido forzado a ir a la escuela –yo iba obligado, apenas sintiendo la obligación y sin ningún mérito personal- sería bueno sólo para quedarme arrollado en la casilla del perro; saliendo afuera cuando le llevaban el tacho con comida y entrando de un brinco después de haberla devorado.

propósito, voy por las calles donde están las putas. Caminar delante de ellas me excita como una lejana posibilidad, pero que no impide tampoco la de irme con alguna de ellas. ¿Es una bajeza pensar tales cosas? Pero no conozco nada que me resulte más agradable, y la realización de ese deseo en el fondo me parece inocente, sin que provoque en mí casi ningún remordimiento. Sólo deseo a las muchachas entradas en carnes y algo maduras, que tienen vestidos pasados de moda, y a quienes cualquier chuchería les dan sin embargo un aire mundano. Hay entre ellas una que sin duda ya me reconoce.

Anteanoche velada en casa de Max. Cada día lo siento más lejano, yo me distancié seguido de él en el pasado y ahora es él que se aleja de mi. Anoche, sin ir más lejos, yo simplemente me metí en la cama.

Maravillosa idea y por completo contradictoria, según la cual alguien que muere –por ejemplo- a las tres de la madrugada, ingresa inmediatamente después –digamos que al alba- en una vida superior. ¡Qué flagrante incompatibilidad entre los asuntos humanos visibles y todo el resto! ¡Cómo de un misterio se origina otro misterio todavía más grande! Desde el primer instante, el cálculo humano pierde la respiración. En verdad, deberíamos tener miedo de salir de nuestra casa.

Detestación de la introspección activa. Las interpretaciones psicologistas tales como: ayer me sentía así y era por tal razón, hoy me siento asá y es por otra razón. Todo es falso; no es por tal razón ni por tal otra ni a causa de aquello, y menos como así o asá. Soportarme tranquilamente, sin precipitación, vivir tal como estamos obligados. No dar vueltas cínicamente alrededor de uno mismo. 

Debate en la Asociación de funcionarios. Yo lo presidí. Orígenes cómicos del sentimiento que cada uno tiene de su propio valor. Mi frase de introducción: “Yo debo abrir el debate de esa noche deplorando que el mismo tenga lugar.” En efecto, no fui informado a tiempo y me faltaba preparación.

1914

¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas si tengo alguna cosa en común conmigo mismo; yo debería quedarme quietito en un rincón y agradecido de poder respirar.

En la oficina: angustia alternando con la conciencia de mí mismo. Exceptuando eso, puedo afirmar que estoy más bien confiado. Repugnancia en aumento en relación a La Metamorfosis. Final ilegible. Imperfecta casi hasta el final. El resultado hubiera sido mucho mejor de no haber sido molestado en aquellos momentos por un viaje de negocios.

Día perdido. La única alegría a consignar fue la esperanza, justificada por la noche pasada, de poder llegar a dormir.

¿Es esta en verdad la vida que deseaste?

Una vida de funcionario podría haberme convenido si estuvieras casado. Ella daría una buena base en varios aspectos, en relación a la sociedad y a mi esposa, también en relación a la literatura. Ello sin exigir demasiados sacrificios, sin el riesgo de caer en el confort y la dependencia; puesto que una vez casado no tendría nada que temer por ese lado. Permaneciendo soltero no podría llevar a bien una vida como esa.

Y entonces: ¿podrías haberte casado?

En aquella época me era imposible casarme. Todo en mi se opuso al matrimonio y por más intenso que fuera el amor por F. fue el deseo de preservar mi trabajo literario que lo impidió; puesto que suponía ese trabajo amenazado por el matrimonio. Pudiera ser que yo tuviera razón, pero en el marco de mi vida actual mi trabajo resulta destruido por la soltería. Durante un año no escribí ni una sola línea y de la misma manera sería incapaz de escribir algo más tarde. Sólo tengo ese único pensamiento insistente, que da vueltas sin parar en mi cabeza y me devora.

¿Qué quieres hacer?

Abandonar Praga. Ante la pérdida padecida por mi persona, lo más enorme que nunca jamás me afectó, reaccionar con el más poderoso reactivo de que dispongo.

¿Dimitir?

De acuerdo a lo precedente, en efecto, mi empleo forma parte de la intolerable situación que es la mía. La seguridad, los cálculos previstos por la extensión de la vida, un salario más que suficiente, un uso reducido de mis fuerzas, en tanto soltero, son cosas en realidad sobre las cuales no puedo incidir y se transforman en tormentos.

Por tanto, debo partir de Austria. Quiero decir, puesto que carezco del don para las lenguas y que laboriosamente podría ejercer una profesión manual o comercial, debo ir para empezar un mes a Alemania. En concreto a Berlín, que brinda un máximo de posibilidades de existencia. Allá podría utilizar de inmediato mis talentos literarios mejor que en otra parte, haciendo periodismo, y hallar un gana pan que responda más o menos a mis necesidades. En cuanto a saber si todavía sería capaz de producir un trabajo literario satisfactorio, por el instante no podría avanzar ninguna certeza. Lo único que creo saber es que, en esa situación más libre e independiente en la cual viviría en Berlín (por más lamentable que ella pudiera resultar), yo tendría el único sentimiento de felicidad que podría sentir. 

¿Aún estando habituado a una vida cómoda?

Salvo un cuarto y una dieta vegetariana, no necesito ninguna otra cosa. 

Ayer incapacidad total de escribir, aunque más no fueran un par de palabras. Hoy nada mejoró. ¿Quién me salvará? Y siempre esa multitud apenas visible agitándose en el fondo mío. Soy como una alambrada de púas viviente, una reja sólidamente enterrada en la tierra y que aspira a derrumbarse. 

Mañana salgo para Berlín. ¿La cohesión interna que siento es de origen nervioso, es una cohesión real en la cual puedo tener confianza? ¿Y si fuera eso? ¿Es verdad que, una vez alcanzado el conocimiento de la creación poética nada puede frenarlo ni hundirlo? ¿Que es bien raro que alguna cosa logre elevarse a una altura excepcional? ¿Será la vaga cercanía de mi casamiento con F.? Singular estado de ánimo, el cual por otra parte siento como algo que tampoco me resulta del todo extranjero, 

Yo pasé mis notas de viaje a otro cuaderno. Comencé a escribir algunas cosas que se presentan mal. Pese al insomnio no cederé, a pesar de mis jaquecas y mi incapacidad general. Mis últimas energías vitales se aunaron en mí con dicha finalidad. Noté que si huyo de los otros, no es tanto para poder vivir en paz sino para poder morir en paz. Ahora comienzo a defenderme. Tengo delante mío todo un mes, el tiempo que durará la licencia de mi jefe.

Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, piscina. 

Considerado desde una perspectiva literaria, mi destino es bien simple. El talento que tengo para describir mi vida interior, vida que se aparenta a un sueño, hizo caer el resto en lo accesorio, algo horrorosamente bloqueado y que no cesa de achicarse. Ninguna otra cosa jamás podrá satisfacerme. Por tanto, la energía de la cual dispongo para realizar dicha descripción resulta imprevisible, y quizá me abandonó de forma definitiva. Puede que todavía regrese, si bien las circunstancias en las cuales estoy viviendo para nada la favorezcan. Por tanto estoy como flotando, me lanzo sin descanso a la cima de la montaña y apenas si me puedo mantener unos instantes. Hay otros que también flotan en regiones más bajas y se agitan con más vigor. Apenas amenazan con caerse, son recogidos al vuelo por un familiar cercano que marcha a su lado, y se halla allí para ello precisamente. Yo levito en las alturas y no es por desgracia la muerte, son los tormentos eternos del tránsito al más allá.

Después de algunos días comencé a escribir y en todo caso espero que ello pueda durar. No estoy tan bien protegido por mi trabajo como aparenta, incluso bien acurrucado en él como lo estaba hace dos años; aún así él y a pesar de todo, me acerca un sentido. Mi vida regular, vacía, demente, mi vida de viejo solterón halla en ello una satisfacción. Soy capaz de recomenzar el diálogo conmigo mismo y mi mirada ya no queda fijada en el vacío. Para mí, sólo en esa vertiente pueden haber mejoras posibles. 

Escribí apenas dos páginas en un total desasosiego. Incluso habiendo dormido bien hoy perdí mucho terreno. Pero sé que si quiero prescindir de los sufrimientos inferiores de la creación literaria –que es mantenida en esclavitud y tal vez por el resto de mi vida- a la libertad suprema que quizá me aguarda, no tengo el derecho de rendirme. Como bien lo constato, la antigua apatía todavía me habita y la indiferencia quizá jamás me abandonará. El hecho de no retroceder ante ninguna humillación puede significar que nada hay para esperar; de la misma manera que ello puede darme una esperanza. 

Pedí una semana de asueto para hacer avanzar mi novela. Hasta el presente –hoy es miércoles (durante la noche) y mi licencia termina el lunes-, no logré hacerlo. Escribí poco y el resultado es flojo. Es cierto que venía en baja desde la semana anterior, pero me parecía inconcebible que ello se agravara a tal punto. ¿Estos tres días me permitirán suponer que soy indigno de vivir sin mi empleo en la oficina? 

No puedo continuar a escribir. Alcancé la última frontera, ante la cual quizá será necesario esperar todavía durante años; antes de comenzar un nuevo relato y que una vez más quedará inconcluso. Esa maldición me persigue. Una vez más me siento congelado e insensible. Lo único que permanece es mi amor senil por el reposo total. Como un animal separado de los hombres, comienzo a balancear el cuello y la cabeza y quisiera –durante el período intermedio- intentar recuperar a F. Por otra parte, voy a intentarlo de verdad, ello a menos que el asco de mí mismo me lo impida. 

El comienzo de cualquier cuento es por principio ridículo. Parece imposible esperar que ese nuevo organismo, inacabado y sensible en general, pueda llegar a mantenerse en el núcleo de la organización concluida del mundo que, como toda organización completada, tiende a cerrarse sobre ella misma. Sin embargo se olvida que, si ello puede justificarse, el relato incluye en sí la organización inacabada, aún considerando que ella no alcanzó todavía su desarrollo. Tomando ello en cuenta, la desesperación que nos provoca el comienzo de un relato parece infundado. Si tal fuera el caso, de la misma manera los padres deberían desesperar de sus bebés, ya que no es una miserable criatura y particularmente ridícula lo que ellos quisieron traer al mundo. Nunca sabemos si la desesperación sentida es aquella justificada o la injustificada. Esta reflexión puede aportar una cierta seguridad, la falta de experiencia al respecto ya me hizo bastante daño. 

1915

Yo resistí a un gran deseo de comenzar una historia nueva. Todo ello es inútil. Si no puedo continuar mis historias a lo largo de las noches, ellas huyen y se pierden en vaguedades. Es lo que ahora mismo me ocurre con “Sustituto”. Y mañana iré a la fábrica, y cuando P. sea convocado para servir a la patria, quizá yo esté obligado a presentarme todas las tardes; eso será el epílogo de todo. La obsesión de la fábrica es mi fiesta de Expiación perpetua.

Me percato que estoy bien lejos de haber utilizado con beneficio mi tiempo desde el mes de agosto. Los constante  esfuerzos para lograr prolongar mi trabajo hasta tarde en la noche no tenían sentido; también pude constatar, al cabo de los primeros quince días, que mis nervios me impedían acostarme después de la una, ya que luego era imposible dormirme. El otro día se hace insoportable y yo me destruyo. Fue así que permanecí acostado demasiado tiempo en la tarde, pero es raro que siga trabajando más allá de la una de la mañana, considerando que comenzaba siempre a eso de las once a más tardar. Fue un error. Necesito comenzar hacia las ocho o las nueve, la noche es para mi el mejor momento (¡liberación!), pero ello me está prohibido.

Las dificultades que tengo para hablarle a la gente –increíbles si me atengo al criterio de los otros- viene de que mi manera de pensar, o más bien el contenido de mi conciencia, es nebulosa por completo. Me siento cómodo –en la medida en que ello depende de mi- sin que nada me perturbe, e incluso con satisfacción; en tanto que una conversación humana exige un estado alerta, consistencia y coherencia permanente, cosas ellas ausentes de mi vida. Nadie jamás querría permanecer acostado conmigo en las brumas y menos consentiría que yo no pudiera hacer salir la neblina de mi frente, entre dos seres humanas, él se licuaría reduciéndose a nada.

Una vez más intento escribir y casi a pérdidas totales. Estos dos últimos días me acosté temprano, hacia las diez de la noche, lo que no me ocurría después de mucho tiempo. A lo largo del día, sentimiento de libertad, satisfacción a medias, crecimiento de mi capacidad de trabajo en la oficina, posibilidades de hablarle a la gente. Ahora mismo, intensos dolores en la rodilla. 

Infinito poder de atracción de la Rusia. Mejor que la troika de Gogol, lo que permite comprenderlo es la imagen de un gran río extendiéndose a pérdida de vista, con sus aguas doradas llevadas por las olas, olas impresionantes pero sin exceso. En las orillas los páramos salvajes desolados y las briznas de los juncos quebrados. Nada podría captar esa simultaneidad y al contrario todo lo disuelve.

Una mañana tipo: hasta las once y media permanezco en la cama. Entrecruzamiento de pensamientos que se forman despacio y se aglomeran de manera increíble. En la tarde lectura (Gogol: Ensayo sobre la poesía lírica). Al atardecer caminata acompañado parcialmente por las ideas matinales, las que pueden defenderse sin ser por ello dignas de confianza. Me senté en el parque Chatek. Es el lugar más bello de Praga. Los pájaros, el castillo con sus arcadas, los viejos árboles adornados con el follaje del año pasado, el crepúsculo. Más tarde, Ottla vino a mi encuentro acompañada por D.

Vísperas del aniversario de mi padre y nuevo Diario. No es tan necesario como habitualmente y no tengo necesidad de inquietarme. Inquieto lo soy ya suficientemente. ¿Con qué finalidad? ¿Cuándo se verá claro el objetivo de tanto esfuerzo? ¿Cómo un corazón que no es demasiado firme podría soportar tanta dosis de insatisfacción, tanto tironeo de tamaño deseo?

Cuestión sin solución: ¿estoy quebrado? ¿estoy viviendo mi decadencia? Casi todos los signos hablan a favor de dicha hipótesis (enfriamiento, insensibilidad, estado nervioso, distracción, incapacidad de trabajar en la oficina, insomnio), parece que sólo la esperanza tuviera algo para replicar.

1916

Cosa curiosa, mi director no habla jamás de mi trabajo literario. Lo hago sin demasiada convicción, a pesar de que en ello me va la vida. Insisto en que quiero ser soldado y que tres semanas de asueto son insuficientes. Llegados al caso concreto, él aplaza nuestra entrevista para más adelante. ¡Si solamente él no fuera amigable y tan lleno de interés por mi!

Debo perseverar con la idea: quiero ser soldado, satisfacer ese deseo de servir reprimido desde hace dos años; como corolario de diversas consideraciones que no me conciernen personalmente, preferiría una licencia de larga duración, en caso de poder obtenerla. Ello será sin duda imposible, tanto por razones administrativas como militares. Por licencia de larga duración –el funcionario tiene vergüenza de decirlo, al contrario del enfermo- yo entiendo un permiso se seis meses o un año. Me niego al tratamiento, pues no se trata de una enfermedad orgánica que se puede diagnosticar con certeza.

Todo ello en la continuidad de la mentira, pero si logra avanzar con perseverancia sus efectos estarán próximos de la verdad.

En despecho de mis dolores de cabeza, del insomnio, mis cabellos grises y mi desesperación, qué desorientación la provocada por las mujeres. Haciendo cálculos, después del verano hubo al menos seis. No puedo resistir más; si no cedo a la necesidad de admirar una muchacha, digna en apariencia de amarla hasta el agotamiento de mi admiración, es casi como si me arrancaran mi lengua de la boca. Con respecto a esas seis tengo apenas una culpabilidad interior, pero una entre ellas logró que otro alguien me hiciera serios reproches.

Olvidarlo todo. Abrir la ventana y vaciar el cuarto. El viento lo atraviesa. Se ve sólo el vacío, uno busca por todos los rincones sin lograr encontrarse.

Noche de angustia. Imposibilidad de vivir con F. Imposibilidad de soportar la vida en común con cualquier persona que sea. No lamentarlo: lamentar la imposibilidad de no estar solo. Dar un paso adelante: lamentarse es absurdo, someterse y finalmente comprender. Levantarse, ponerse de pie. Aferrarte a tu libro. Padecer el paso atrás; insomnio, dolor de cabeza, saltar por la ventana más alta; pero caer sobre un suelo ablandado por la lluvia y así el golpe no será mortal. Rodar sin parar de ojos cerrados, exponiéndose a no sé que mirada de ojos abiertos.

Vamos de una vez, ábrete. Que salga el ser humano.

Aspirar el aire y el silencio.

Era un café al aire libre, en una estación termal.

Durante la tarde había llovido y ningún cliente se había presentado. Fue recién hacia el atardecer que el cielo se aclaró. La lluvia fue parando despacio y las camareras comenzaron a secar las mesas. De pie, bajo el arco de la estrada, el patrón escruta los posibles clientes. De hecho, había uno que subía por el sendero del bosque. Llevaba una especie de manta de largos flecos sobre la espalda, tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y a cada paso apoyaba su bastón en la tierra, extendiendo el brazo bien lejos delante suyo.

Después de dos días y dos noches atroces se impone una conclusión: si no enviaste la carta destinada a F., puedes agradecer tus vicios de burócrata, debilidad, parsimonia, indecisión, arte del cálculo, precaución, etc. Es posible que tú no lo hayas hecho para repudiar, es posible y lo concedo. ¿Pero qué hubiera resultado? ¿Un acto, un cambio para mejorar? No. Ese gesto ya lo hiciste repetidas veces sin que nada se haya solucionado. No intentes explicarte: tú puedes explicar todo el pasado por cierto, ya que ni siquiera puedes arriesgar un futuro cualquier sin haberlo explicado previamente. Lo que es imposible. Tu sentido de la responsabilidad, que en tanto tal sería perfectamente respetable, en última instancia es apenas espíritu burocrático, puerilidad, consecuencia de una voluntad quebrada por tu padre. Es sobre eso que necesitas trabajar para corregirlo. Hazlo: he ahí una tarea que entra de inmediato en tus posibilidades. Lo que significa: no andes con medias tintas (sobre todo a expensas de una vida humana, la de F., a quien a pesar de todo amas), ya que las precauciones son inútiles, y hoy día los cuidados ilusorias casi te han aniquilado. No hablo sólo de las precauciones que conciernen a F., el matrimonio, los hijos, las responsabilidades; se trata también de la oficina donde te desintegras, de la miserable vivienda de la cual no puedes escapar. De todo. Coraje, termina con todo eso de una buena vez. Uno no puede seguir tomando precauciones, ni calcular por adelantado sus fuerzas. Desde la perspectiva de lo que más te conviene, tú no sabes nada sobre ti mismo. Esta noche, por ejemplo, un combate tuvo lugar en ti a expensar de tu cerebro y corazón, entre dos causas de valor y fuerza equiparables. En ambas partes había tormentos, es decir imposibilidad de cálculos estratégicos. ¿Qué queda de ello? Termina de degradarte, de ser el campo de batalla donde los enemigos sobre tu espalda se baten sin consideración; y donde no sientes nada exceptuando los golpes que te asestan los terribles guerreros. Vamos, toma impulso. Marca distancia, escápate de la burocracia y mira de frente a ese que eres en lugar de considerar al otro que deberías ser. La primera tarea que te compromete por entero es lograr sacudirte y reaccionar. Y luego, abandonar ese error insensato consistente en establecer comparaciones entre tú y Flaubert, Kierkegaard y Grillparzer. Esa es una actividad pueril. Como eslabones en la cadena de deducciones, los ejemplos son utilizables –es decir utilizables como todos los cálculos, pero considerados como término de comparaciones aisladas son en principio inconsiderables. Flaubert y Kierkegaard sabían exactamente donde estaban parados, tenían claras sus intenciones, no eran calculadores y actuaban en consecuencia. Por tanto, en tu caso concreto, estamos frente a la perpetua sucesión de cálculos, a una monstruosa levitación que dura hace cuatro años. La comparación podría ser justa en lo que concierne a Grillparzer, pero tú no dirás que te parece atinado imitar a Grillparzer; es un ejemplo infeliz que las generaciones futuras deberían agradecer porque él sufrió por ellas.  

Nos autorizan a aferrar con nuestra propia mano el látigo de la voluntad, y luego revolearlo por encima de nuestra cabeza.

1917

Estar sentado en un vagón de ferrocarril y olvidarlo, vivir como estando en casa, acordarse de repente, sentir la fuerza del tren que nos transporta, volverse viajero, sacar su gorra de la maleta, tratar al compañero de viaje con más libertad, más generosidad e insistencia, dejarse llevar hacia el destino sin haberlo merecido, sentir eso a la manera de un niño, volverse el favorito de las damas, padecer la incesante atracción de la ventanilla, poner al menos una mano sobre el borde.

La palabra “literatura” dicha como reproche es una condensación de lenguaje tan potente, que arrastra poco a poco –quizá había en ello y desde el principio la intención- una reducción del pensamiento, que elimina la perspectiva exacta y hace caer el reproche mucho antes de alcanzar la intención, y a un lado. 

Tu tienes, en tanto que ella existe, la posibilidad de proponer un comienzo. No lo desaproveches. Si deseas penetrar dentro tuyo, tampoco evitarás el barro que arrastras; pero evita revolcarte. Si, como lo pretendes, la herida de tus pulmones es sólo un símbolo –símbolo de la herida y de la cual la inflamación se llama F., de la cual la profundidad se llama justificación-, si ello es correcto, los consejos de los médicos (aire, sol, luz, reposo) son símbolo también. Aférrate a ese símbolo.

La plaza del pueblo abandonada a la noche. La sabiduría de los niños. Preeminencia de los animales. Las mujeres. Algunas vacas atraviesan la plaza con desconcertante naturalidad. Mi sofá sobrevuela la campiña.

Desgarrarlo todo.

Mi carta de ayer a Max. Mentira, vanidad, farsa. Una semana en Zürau.

En la paz no avanzas y en la guerra pierdes hasta la última gota de tu sangre fría.

No es criminal que un tuberculoso tenga hijos. El padre de Flaubert era tuberculoso. Alternativa: o bien el hijo tendrá pulmones que en algún momento chiflarán como flautas (bonita expresión para designar la música que el médico pretende escuchar cuando nos apoya la oreja en el pecho), o bien el niño será Flaubert. El padre tiembla, en tanto que nosotros discutimos con cierta vacuidad.

Todavía puedo sentir una satisfacción pasajera por relatos como el “Médico de campaña”, suponiendo (muy improbable) que yo lograra escribir algunos otros. Pero la felicidad, sólo podría alcanzarla si logro elevar el mundo hasta hacerlo entrar en lo puro y verdadero, en lo inmutable.

El paisaje que contemplo desde la ventana de Ottla al crepúsculo: al frente una casa e inmediatamente detrás la inmensidad del campo.

Hasta aquí no consigné las cosas decisivas, el río que soy todavía forma dos ramales. El trabajo que me aguarda es infinito. 

1919

Nuevo Diario, para ser sincero lo comienzo porque releí el anterior. Reconocí un cierto número de motivos e intenciones que ahora mismo no logro encontrar (faltan quince minutos para medianoche).

Siempre el mismo pensamiento, el deseo, el miedo. Sin embargo estoy más calmo que habitualmente, como si una gran transformación estuviera en vías de realización y de la cual yo sería un lejano estremecimiento. Es mucho decir. 

1920

Supersticiones, principios y medios para hacer la vida posible: ¿se gana el infierno de la virtud pasando por el cielo de los vicios? ¿Es así de fácil? ¿Resulta tan sórdido? ¿Tan imposible? La superstición es algo muy simple.

El presentimiento de una liberación definitiva no es refutado de ninguna manera por el hecho que, al otro día, el cautiverio continúa sin cambios. Se agrava o incluso se declara expresamente que no cesará jamás. Todo ello, por el contrario, puede ser una condición necesaria de la liberación.

1921

Hace más o menos una semana le di todos mis cuadernos a M. ¿Estoy por ello más libre? No. ¿Seré capaz todavía de llevar una especie de Diario? Si lo pudiera, sería en todo caso diferente y es probable que se esconda hasta no tener ninguna existencia; por tanto, me haría falta un gran esfuerzo para anotar alguna cosa sobre Hardt, que sin embargo me he ocupado bastante. Todo sucede como si después de mucho tiempo hubiera escrito todo lo que la concierne, o lo que sería lo mismo, como si yo ya no estuviera en vida. Podría sin duda escribir sobre M., pero no podría hacerlo de manera deliberada y por otra parte sería en exceso dirigido contra mi; no necesito considerar minuciosamente tales asuntos como lo hacía en otros tiempos. En relación a ello tampoco me siento inclinado al olvido. Soy una memoria que está viva y ello es una de las razones de mi insomnio.

Cuando tengo un intenso deseo de ser un atleta liviano, probablemente es como si deseara entrar al cielo para tener el derecho de estar allí tan desesperado como aquí.

No creo que exista otra gente para quien la situación interior sea análoga a la mía; yo podría, quizá, en todo caso, imaginar que tales seres existen. Pero que el cuervo familiar vuele sobre su cabeza como él lo hace alrededor de la mía, eso es algo para mi inconcebible.

La manera como me fui destruyendo sistemáticamente a lo largo de todos estoy años es sorprendente. Ello fue –a la manera como se fisura una represa, avanzando lentamente- una tarea plena de intenciones. El espíritu que lo logró debería ahora festejar su triunfo. ¿Por qué razón no me permite participar? Sin duda él no realizó por completo sus planes, de tal manera que no puede pensar en otra cosa. 

Es perfectamente concebible que el esplendor de la vida está pronto, dispuesto junto a cada ser y siempre en su plenitud; pero está velado, hundido en las profundidades, invisibles, lejano. Y por lo tanto está ahí. Ni hostil, ni malicioso, ni sordo; sería suficiente poder invocarlo con la palabra justa, llamarlo por su nombre verdadero para que él se manifieste. En eso consiste la creencia de la magia, que no crea pero invoca. 

Todo es quimera. La familia, el trabajo, los amigos, la calle, todo es quimera: y quimera más o menos lejana, la mujer. Pero la verdad más próxima, es que te partes la cabeza contra el muro de un calabozo sin puerta ni ventana.

Una melancólica e interminable tarde de domingo, que se compone y consume años enteros. Vuelta tras vuelta ando desesperado en las calles vacías y estoy más calmado luego sobre el sofá. Algunas veces me sorprenden las nubes absurdas y sin color que desfilan de continuo. “Te preparas para un lunes espléndido.” “Bien dicho, pero este domingo no terminará jamás.”

M. partió, ella vino a verme cuatro veces y mañana toma el tren. Cuatro días un poco más calmos entre otros dolorosos. Me queda un largo camino para recorrer entre el punto donde yo no estoy triste por su partida –realmente-, y aquel otro punto donde estoy infinitamente triste a causa de su partida. Claro, la tristeza no es lo peor.

De una carta: “Es con ese fuego que me caliento durante este triste invierno.” Las metáforas son una de esas cosas que más me hacen desesperar de la literatura. La creación literaria carece de independencia, ella depende de la mucama que enciende el fuego, del gato que se apelotona cerca de la estufa, también del pobre anciano que se calienta. Todo ello responde a funciones autónomas que incluyan sus propias leyes, sólo la literatura no habita ni halla ayuda alguna en ella misma, siendo a la vez juego y desesperación.

Es innegable que se siente una cierta felicidad cuando se puede escribir con tranquilidad: “El horror de la asfixia es inconcebible”. Sin duda inconcebible, de tal manera que todo sucede como si yo no hubiera escrito nada.

1922

Preguntas a M:

Dos detalles sin importancia, que tendría vergüenza de mencionar, me dieron la impresión de que tus últimas visitas fueron, por supuesto, orgullosas y afectuosas como siempre, pero un poco fatigadas, algo obligadas como las visitas que hacemos a los enfermos.

¿Esta impresión es justa?

¿Has encontrado en el Diario alguna cosa decisiva contra mi?

Sin ancestros, sin matrimonio, sin descendientes, con un intenso deseo de ancestros, de matrimonio, de descendientes. Todos, ancestros, matrimonio y descendientes me tienden la mano pero demasiado lejos de mi.

Existe para todas las cosas, los ancestros, el matrimonio, los descendientes, una compensación artificial y lamentable. Esa compensación la creamos en los espasmos del dolor y suponiendo que no seamos destruidos por la sola violencia de los espasmos, lo seremos por la desoladora pobreza de la comparación.

Hesitación ante el nacimiento. Si existe una trasmigración de las almas, la mía no alcanzó todavía el grado más inferior. Mi vida es hesitación ante el nacimiento.

Extraña, misteriosa consolación brindada por la literatura, puede que peligrosa, tal vez liberadora: salto hacia fuera del círculo de los homicidas, acto-observación. Acto-observación, porque una observación de una especie más elevada es creada, más alta pero no más aguda; y más ella se eleva más se hace inaccesible al rango, más ella es independiente y más obedece a las leyes de su propio movimiento, más su comienzo es imprevisible y alegre, más él asciende.

Perdí dos días, pero tenía necesidad de esos dos mismos días para aclimatarme.

Tres días en cama. Pequeña reunión ante mi lecho de enfermo. Cambio brusco. Huida. Derrota total. Y como siempre, la historia universal prisionera en los cuartos. 

Refugiarse en un país conquistado y no tardar en encontrarlo intolerable: uno no puede refugiarse en ninguna parte.

Durante la cena de esta noche, conversación sobre los asesinos y las ejecuciones capitales. La respiración calma de mi pecho no evidencia miedo alguno. Ninguna diferencia entre un homicidio proyectado y un homicidio concretado.

Esta tarde, sueño de un tumor en mi mejilla. Esa frontera perpetuamente oscilante entre la vida ordinaria y un terror más real en apariencia.

Lo sospechaba desde hace dos días, ayer tuve una crisis, la persecución continúa, gran potencia del enemigo.

Una de las causas: conversación con mi madre, bromas sobre el futuro. Proyecto de una carta a Milena.

Las tres Furias. Huida hacia el bosque sagrado. Milena.

La eterna juventud es imposible, e incluso si no hubiera ningún otro obstáculo se opondría la introspección.

Mi trabajo se termina, como puede cerrarse una herida que no está curada.

Ninguna anotación desde hace dos meses. Salvo algunas interrupciones, un buen período gracias a Ottla. Desde hace algunos días nueva recaída. El mismo día cuando eso comenzó yo hice un extraño descubrimiento en el bosque.

Durante la noche siempre tengo 37.6 o 37.7 de temperatura. Permanezco en mi lugar de trabajo sin llegar a nada y apenas si salgo a la calle. A pesar de ello, quejarse de la enfermedad sería comportarse como Tartufo.

1923

Estos últimos tiempos momentos terribles, imposibles de enumerar, casi ininterrumpidos. Caminatas, noches, días, incapaz de todo excepto de sufrir