Febrero

Los últimos meses fui recuperando lejanas reflexiones sobre Felisberto Hernández que fueron quedando en las carpetas. La mayor parte respondían a proyectos trancados por el camino, ediciones frustradas, desencuentros con la vida laboral itinerante y cierta superstición crítica sobre el retorno benéfico de los estudios sobre el compatriota. En noviembre del año pasado, en la sección Episodios Universitarios de La Coquette, salió al aire libre un primer globo sonda titulado “Felisberto y sus plantas parlantes.” Aprovechando ese envión, comenzamos ahora en El Astillero un proyecto de media distancia que es más que un ensayo y menos que un libro de intención académica; hablaría de manual en el sentido escolar del término. El origen del material actualizado, es la edición malograda en “Archives” bajo la dirección de José Pedro Díaz, cuyos detalles pueden hallarse en las notas de noviembre.

La tentación era creciente de hacer un libro denso y teórico pero pasó; me conformé recordando mi primer encuentro con la narrativa de Felisberto y quise redactar alguna páginas pensando en aquel muchacho con menos de veinte abriles, retomando el espíritu de: introducción a la obra de… / fulano por él mismo / que sais-je? / iniciación a la literatura de… / las ideas básicas de… / etc. etc. En los años sesenta del siglo pasado, sin soportes tecnológicos actuales, esos libros los comprábamos los bachilleres en Los Apuntes y La Casa del Estudiante en la calle Eduardo Acevedo, en Barreiro y Ramos de la Avenida 8 de Octubre y Larravide, panoramas esenciales en la educación literaria. Le daban método a lo intuido, agregaban discurso al descubrimiento subrayado, indicaban el circuito de las conexiones con otros territorios literarios, apuntaban las bibliografías ignoradas, instalaban la tarea diaria en su incrementar la vocación docente. Eran bien útiles durante los primeros años; de esos manuales modestos y densos en información pertinente asomaban los primeros cursos en la práctica docente, hasta que uno comenzaba a volar con sus propias alas.

Las obras y autores llegan desde territorios inopinados: la Fe en la resurrección y la sexualidad extendida, la medicina de provincia o libros de contabilidad, el alcohol que enciende el delirio o las bibliotecas públicas, otros derivan hacia la locura selvática y Felisberto venía de la música. Por eso la referencia a esos inicios púberes de gamas y corcheas, en recuerdo de conservatorios llevados por viudas de escribanos en barriadas populares, de libros de música con ornamentos rococó y alfabetos románticos, con algo de pertenencia fusional en la propuesta: “Piezas fáciles de W. A. Mozart”, “Tangos de la guardia vieja para chambones”, “Mis primeras mazurcas y partitas” y “Los clásicos eternos para cuatro manos”. Esas partituras, aunque fueran de segunda mano, siempre estaban firmados por una joven pianista de pelo recogido y que -antes incluso de su primera regla- ya se atrevía a interpretar “para Elisa” de memoria.

No fue poca cosa topar la obra de Felisberto en el programa del examen de ingreso al Instituto de Profesores Artigas; con José Pedro Diaz que formaba parte del jurado, trabajaría luego en la obra de Hernández lo que fue buena cosa. Durante esos meses, entendí que el barrio donde vivía desde mi nacimiento, también escondía los posibles de la literatura; que a medida que se aumentaba la información tradicional crecía el placer de la lectura. Quizá con el tiempo perdí algo de mano en la propuesta pedagógica, pero los nuevos profesores de literatura seguro se encargarán de corregir esas fallas debidas a la edad; lo demás es sencillo, una mañana uno se despierta con el mandato de preparar el ingreso al IPA, alguien hace circular el programa mimeografiado, uno escribe en la ficha cuadriculada “mi primer Felisberto” y luego la vida pasa.

(I) Fronteras invisibles

Las circunstancias del pasaje evocado fueron esenciales al determinar la intensidad de la lectura del descubrimiento. El placer solitario se volvía hecho social en estado de alerta y había conciencia sobre la tribu a la que se quería pertenecer; y eso que el pasado -en aquellos meses- estaba tan lejos como 2001 una Odisea del Espacio. Por fortuna, esa narrativa tan contigua a mi circunstancia requería para su comentario bases teóricas. Había que organizar una definición consensual y propia de la literatura en sus promesas sociales posteriores (puestos de trabajo, horas en diversos liceos, compromiso con los tiempos de transporte, la entropía de la sala de profesores, implicancia con la cogitado en simultaneidad), lo personal (vivir entre libros, conocer editoriales, enamorarse de muchachas del IPA) y calibrar la relación con ese corpus infinito de ficción que tenía varias constelaciones donde perderse hasta perder el raciocinio. Eso se vería sobre la marcha; para el examen lo urgente era aceptar lo preexistente de lo fantástico. En ello el programa del examen era estupendo, en la medida que confrontaba / conciliaba o hacía entrar en relación dos condicionantes que siempre me acompañaron. Más allá de las anécdotas usuales, era raro de que yo estuviera en el liceo cuando el “autor” estudiado falleció, el desafío inesperado estaba en esa vibración cercana de la literatura fantástica. La necesidad de conocer lo hecho por los otros en el terreno de la reflexión teórica, con nociones luminosas y discutibles -claro- pero necesarias para distinguir el trigo de la paja, intuir cuál es el momento de decir “non ragioniam di lor, ma guarda e pasa”.

Lo segundo, era el trabajo casi introspectivo de aceptar lo fantástico en lo que me rodeaba, sin que me percatara en perspectiva porque formaba parte de la vida barrial. El diálogo con los muertos, las brujerías de rituales nocturnos, viejitas oliendo a incienso que curan daños por envidia, gritos desgarradores de locos irrecuperables en altillos de la manzana, rumores maléficos sobre algunos vecinos, la casa encantada que no halla inquilino, gatos sacrificados a divinidades tenebrosas y estatuas policromadas de San Jorge matando al Dragón. Era una doble expedición a la búsqueda simultánea del orden teórico dilucidando a tientas un desorden cotidiano; hasta entender que sólo la literatura puede hacer inteligible ese vértigo sinfín de la condición humana. Las fronteras se diluyen mientras los pasajes permanecen entreabiertos, después están los círculos y ceremonias que nos llaman, lugares prohibidos ante los cuales forzamos los cerrojos porque no podemos hacerlo de otra manera. Es así como entramos furtivamente en los cuentos, en las primeras ediciones, en las novelas sobre los tiempos de Clemente Colling.

(II) La estirpe del caballo

Lo fantástico en sí es insuficiente, abundan en nuestro entorno relatos sobre los que pasamos indiferentes sin que tanto ingenio deje traza en la memoria, ya sea por implicancia, sorpresa, recuerdo o la propuesta de una belleza incómoda. La ecuación es sencilla, después de medio siglo recuerdo lo inquietante: “Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita” y sería incapaz de repetir uno de los infinitos planes de Killer Kane para apropiarse del sistema solar y adyacencias. Estoy convencido que el efecto proviene de hallar la articulación adecuada entre lo imaginario posible y el condicionante real, lo que crea un tercer diaporama. Felisberto funciona en la maquina literatura, porque halló su propio tríptico para el célebre encuentro fortuito: música, memoria e imaginación. En “El caballo perdido” lo seductor es la bifurcación coincidencia entre lo narrado evocando -mecanismo de la memoria- y la teorización narrativa de esos mecanismos de la memoria. Todo un concepto innovador en su candor aparente que permite -en la búsqueda- ir abriendo puertas prohibidas sin ser descubierto; el lado obsceno del recuerdo infantil, el relato del sueño despejado de interpretaciones, desplazar una posible terapia mediante la escritura, cierto regodeo untuoso en el placer de perversiones transferidas, un espía pornográfico con la misión de acceder a la falla insondable de los raros que se confían.

Felisberto presiente que el cuento circular es el que logra sintetizar las dos primeros cuentos aparentes (lo factual y la manera de recordarlo); en la novela considerada se narra asimismo el descubrimiento, cultivo y descarga catártica de dicho procedimiento. La memoria es reconstrucción de la infancia y conciencia del despojamiento, identificación de escorias adheridas después de treinta años de reposo en tierras del olvido. El tiempo de rememoración del adulto es alienación, un traslado virtual e irreal a la infancia; es ver en el cine mudo a Jackie Coogan con gorra y ser Jackie Coogan tirando la piedra contra las ventanas, y ser el tío Fétide de la familia Addams cuando tiene nuestra edad. Haber sido niño tiene algo larvario de tráfico fantástico, y para el adulto quizá la muerte física sea lo único que se le puede equiparar como experiencia de lo inenarrable. Recordar la niñez es fantástico introspectivo pues suponía escribir de un planeta que está muerto; es descifrar al comienzo del pentagrama claves que nos formaron, relatos velados de las pesadillas, imágenes amenazantes recurrentes, primeros sacudones de la emoción estética y la sensualidad. Recuperar el primer encuentro con la música, asumiendo esa situación de intérprete que es casi una declaración de principios; la partitura es la misma pero el intérprete diferente, hallar la buena música es un dictámen y sobre el teclado, como para resolver un buen cuento, todo depende de lo que hagamos con las manos, si es que los dedos se resuelven a ser obedientes.

Gracchus

Se da comienzo a la zona más gabinete de escritura del sitio, ello fue explicado en la sección “cartografía” pero puede estar lejos y ayuda una segunda lectura; es la exposición de uno de los proyectos en rodaje. Siempre hay varios en la vuelta, el que se piensa cada día siendo imposible bajar al gesto escrito, el cauto fluyendo tentando desembocar en libro, otro trancado hace meses pues la recta final presenta obstáculos para alcanzar la resolución y el denominado GRACCHUS, designado para ser botado de “el astillero”. Esto es comentario, el original es el otro apartado y puede leerse sin pasar por las notas.

Lo avancé porque contiene, desde su concepción, un acento incertidumbre / certeza en cuanto a su futuro. Sin ser ensayo clásico retoma problemas relativos a la persistencia de Kafka. El formato lo distancia de la ficción tradicional, narra igual peripecias que se desatienden y recuerda que la escritura cuenta su propia crónica inédita. Tiene algo de mandato sin resistencia de mi parte, fue escrito asumiendo la improbabilidad de la edición, conozco las objeciones: Kafka se estudia poco y recién aparece al final de los programas de enseñanza, entre tantos otros, la ficción retrocede ante la autoayuda, testimonios de vida y manuales de yoga para debutantes, en cuanto a la crítica literaria… ¿El cazador es un detective recurrente, otro mutante dotado de superpoderes? Claro que no, pero ¿por qué frustrar un crucero recordando la juventud feliz en el intento? Obsesión de la armonía y coherencia, necesidad de confirmar opciones, defensa del camino: túnel excavado el siglo pasado, si bien entrada y salida pudieron que el tren de mercancías cambie durante el trayecto. 

Debí buscar en viejos CV con carbónico hasta hallar la referencia, Editorial Técnica, encargo de Jorge Liberatti que dirigía la colección y 1974. El trabajo se titulaba “Kafka. Introducción y análisis de La Metamorfosis.” Podría decirse que era una osadía, acepto la socarronería de hybris barrial en cuanto al reto para el cual me faltaba preparación. Lo recuerdo diferente: deseo de tomar el atajo, acelerar tiempos y acariciar la erótica literaria, premura por robarle el fuego a las divinidades. La figura del praguense cumplía una función metodológica; se encarnaba, tenía rasgos reconocibles entre cien. Tomé su figura como doble cursor en el espacio y el tiempo, un signo de prudencia ante la creación propia por aquello que escribió Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi propio mundo.” 

Es eso de proponer un patrón de medida el asunto es complicado, considerando meridanos, una gota de agua, velocidades de la luz y partículas de la física cuántica; esa dificultad no debía ser excusa para abrir las puertas a la comodidad. La literatura era la obra, gestos de vida y anarquía de maqueta inconclusa: lo que queda es fragmento –metro de muestra, aleación de platino e iridio en Sèvres- potencialidad de la escritura kafkiana y la muerte es parte de la obra. En cuanto al tiempo, el asunto era más radical, la inspiración antes del virus perdió la angustia de la página en blanco, el valor que recupera cotizaciones es el olvido y el temor a la obsolescencia. ¿Cómo y por qué Kafka perdura? Una sinergia textual y operaciones secretas de supervivencia es lo que marca la rareza; objeto de mis dudas cuando vi la barca del cazador Gracchus acercarse a Montevideo. Ocurre con otros en menos medida, Kafka es literario antes de haberlo leído, todos lo leímos sin haberlo leído, su atracción es asimétrica y asmática. Otros escritores tienen novias, pero nada igual a Felice y Milena, el gesto al escribir “el veredicto” en una noche es escena fundadora y hasta los ratones conocen la orden de quemar sus papeles dejada por escrito. Los relatos breves son iluminaciones, las novelas inconclusas, la correspondencia retenida va en un solo sentido y los diarios más que contar la vida, transfiguran el cuento de la obra que sucede en el cuaderno de junto. Alteró la poética del retrato fotográfico en las tomas conservadas y encumbró la tuberculosis al rango de tragedia cósmica.  

La decisión de sus temas es de por si la mayor revolución de la narrativa, un Tarot ocultista con sus arcanos mayores donde se predice el futuro de la novela: entrar al castillo inaccesible / arquitectura edilicia de la Ley / metamorfosis del cuerpo humano / sentencia escrita mediante una máquina con agujas / Josefina la ratona cantora / el cazador Gracchus / la Praga “de” Kafka / comediantes judíos que sueñan con Sion / condena del cuerpo y el pecado original / los cafés mirando al Moldava / puentes sobre el río que arrastra mi patria / literatura menor dentro de la lengua alemana / lugar de trabajo como madriguera y laberinto / accidentes de trabajo con mutilación / la paternidad y sus conflictos / trenes con locomotoras y vagones / anillos de compromiso y la noche de bodas Walpurgis postergada / amistades turbulentas del círculo de Praga / diagnósticos de la tuberculosis / tarifas de los sanatorios italianos / horarios ferroviarios y sus correspondencias / angustia có(s)mica a la espera del cartero… Lo suficiente para colmar una vida; un estudiante uruguayo por razones entendibles elige “la metamorfosis” como objeto de estudio y conoce la intromisión del horror fantástico en el corazón de la familia; para concebir algo de lo que allí ocurre hay que ir a Praga y es lo que hice. Con “el cazador Gracchus” es todo lo contrario: Kafka viene hacia nosotros; el malogrado – en un Bardo Thödo con vela extravió la conexión en el viaje a la muerte- hace contrapunto con la danza del judío errante que pasó por Praga. Su cuerpo en suspensión navega por los mares y el barco se detiene en los puertos; a su llegada ocurre un ceremonial convocando a todas las potencias de la naturaleza. 

Hablamos de textos y paratextos, noción que fui apreciando con el paso de los años; también de otras pistas –no exclusivas- que a mi parecer entran en consideración en la interrogante literaria: resistencia contra obsolescencia y olvido / el hilo de Ariadna de la lectura generación tras generación / mitología biográfica exenta de cualidades hasta metamorfosearse en personaje / estrategia de escritura arborescente: manías, bifurcación, rituales, manuscritos, etc. / todas las traducciones la traducción / lugares de la obra, memoria y peregrinación / destino critico previsto, premeditado y casual / historia analítica de las ediciones / textos periféricos: correspondencia, diarios, artículos, panfletos… / relación con el aparato crítico comprendiendo la teoría literaria / filiación de precursores y sucesores en el oficio. Eso en cuanto al origen, pensando en la articulación el plan apareció hace un par de años. 

Le estaba dando vueltas después de varios años a la escritura de la versión IV del proyecto “Nunca conocimos Praga”, era necesario abrir líneas temáticas. Algunas se incorporaron bien al proyecto, otras se independizaban; curiosamente, en lugar de obligar a un descarte de materiales inducían a ampliar el equipaje. Llamo aquí equipaje ligero a la suma de lecturas, consultas, libros nuevos, biblioteca finita y referencias que constituyen la base de información para la escritura de un proyecto. Así se formó, quedaba fuera de Praga IV y menos tenía autonomía para ser ficción exógena: sumaba meteoritos apuntando al escritor, era texto espejo, visión traducida coral con voces de otros, algo nuevo respondiendo a la búsqueda de la enumeración previa.

Después se va sabiendo, pero a los puntos estimados más atrás podría agregarse -en Kafka, “la metamorfosis” y más- el extraño caso de las traducciones de la novela, urdiendo los componentes de una intriga policial con enigma. ¿Quién es “autor” de la primera traducción al castellano? El complot incluye, entre otras instituciones la editorial Losada y la Revista de Occidente; rondan seudónimos y alteraciones de personalidad, usurpaciones de nombre, testigos silenciados y otros de poco fiar. Olvidos con perfume de mentira, manipulación por inadvertencia de pruebas, seudónimos y usurpaciones de identidad. Todo ello podría llamar a una sonrisa irónica si no fuera porque, en el centro del dispositivo -manes amenazantes de Fantômas, Moriarty, Fu-Manchu y Erdosain- no estuviera Jorge Luis Borges. Cajas chinas laqueadas dentro de muñecas rusas, deslizadas en el Emporio celestial de conocimientos benévolos y manipuladas por el brazo válido de René Lavand. Podría intentar resumir el asunto, sería un error de mi parte llevándonos a otros dominios; a las almas interesadas por el asunto, los remito a los trabajos de Cristina Pestaña Castro, Nina Melero y en especial el ensayo definitivo del querido profesor Juan Fló. 

La primera traducción de la metamorfosis de Kafka tiene ese aire de incertidumbre que comparten la madre de Gardel, la foto de Isidore Ducasse, los sonetos de Shakespeare y la identidad alquímica de Fulcanelli. En cambio, yo sí conocí al único traductor uruguayo de la metamorfosis que fue Héctor Galmés. El juego de coincidencias necesarias para que ello ocurriera en el cálculo de probabilidades y que yo pudiera estar redactando este párrafo me resulta vertiginoso. Héctor hablaba alemán, era un profesor admirable, escuchaba tangos de Julio de Caro y se reía al oír las voces de “el monito”. La traducción fue publicada en 1975 en ediciones de La Banda Oriental.

Un sábado Ricardo Piglia escribió: “A la vez el traductor se instala en los bordes del lenguaje y parece siempre a punto de escribir en una tercera lengua, en una lengua inventada, artificial. En ese sentido la traducción es uno de los medios fundamentales de enriquecimiento y de transformación de la lengua literaria. No se trata únicamente del efecto de las grandes traducciones (digamos, el Faulkner de Borges; el Kafka de Wilcock; el Nabokov de Pezzoni; el Mailer de Canto; el Sartre de Aurora Bernárdez, el Chandler de Walsh, para nombrar algunas) y de su influencia en el horizonte de los estilos; es preciso tener en cuenta también la marca de las “malas” traducciones: con su aire enrarecido y fraudulento son un archivo de efectos estilísticos. El español sueña allí con todo lo que no es y actúa como una lengua extranjera.” Buena parte de la formación docente, tanto en relación a textos como en aspectos teóricos (los formalistas rusos citados por Piglia) es asunto de traducción. Sin traducción jamás llegaríamos al conocimiento primero y al aura de incertidumbre en otras lenguas después; con la traducción perdemos palabras por el camino y a veces se pueden ganar en eficacia. ¿A quién leemos cuando leemos Kafka en castellano? ¿Podemos decir yo leí a Kafka? 

Toda una rama de la filología se lanza en esa cruzada y con tribulaciones; es la traductología, hay que volver a “Bajo la invocación de San Jerónimo” de Valery Larbaud sobre el santo patrón de los traductores, que pasó la Biblia de manuscritos al latín. Todos los lectores debemos ir una vez en la vida en peregrinación a Santa Cecilia del Trastévere. Otra clave –a mi entender- en cuanto a problemas y perímetros de la traducción, la hallé en otra cultura donde el libre lo es todo. Dentro de la civilización musulmana una cuestión combustible si las hay, es la traducción del Corán, donde se alinean el riesgo del texto original y la oportunidad de llevar la palabra a otros pueblos. Esa controversia es tan antigua como las suras y aleyas; en un momento de la modernidad, se teorizó la empresa con bases que hallo sugestivas para nuestro asunto. “Mustafá al Maràgi, jeque de el-Azhar, el más autorizado centro de enseñanza religiosa en el mundo islámico, con más de mil años de existencia en El Cairo, propuso emprender una serie de traducciones del Corán garantizadas por la autoridad de tan famoso centro docente. Al-Maràgi obtuvo que diez y siete grandes ulemas y otros muchos de al-Azhar firmaran una fatwà, parecer razonado, favorable, declarando que tal traducción era licita según la sari’a, ley canónica. Los considerandos eran:

1) No hay duda de que el nombre del “noble Corán” define la redacción árabe hecha descender a nuestro señor Mahoma.

2) Es igualmente indiscutible… que la traducción literal es imposible.

3) Existen traducciones hechas en varias lenguas fuera del islam; esas traducciones contienen muchas inexactitudes, y, sin embargo, sirven a musulmanes y a no musulmanes que no saben el árabe.

4) Es del caso, pues, emprender una traducción conveniente, advirtiendo bien claro que esa traducción no es el Corán, ni posee la virtud del Corán… Es sólo el resultado de esfuerzos para dar a conocer el Corán.”

(Félix M. Pareja “La religiosidad musulmana” B.A.C. Madrid, 1975.)

Al menos de ser el intérprete absoluto de la Torre de Babel para evitar la confusión, las reflexiones sobre literatura deben considerar cuestiones de traducción y aceptar el límite de los esfuerzos… Si hay movimientos en los llamados libros sagrados, si existe en las Universidades el Departamento que trasmite esa disciplina, significa que falta –nunca habrá- un paradigma o modelo que pueda aplicarse de manera general y cada traducción inventa su estrategia propia repitiendo las inexactitudes. El proyecto Gracchus está en el centro del reactor traducido y necesitó una estrategia que será ampliada dentro del libro. Ello, en el entendido de que buena parte de las fuentes consultada están en alemán; no domino el alemán para tentar una traducción directa y me llevaría la vida que no tengo conocer los matices, sin la garantía que al final de los afanes el resultado sea convincente. Existe en el inicio el texto en alemán, debo recuperarlo y trabajarlo en mi propia lengua: que es lo que yo creo que es K cuando leo a Kafka. El método más que por la traducción, pasó por la reescritura y ese desajuste todo lo cambia. Comencé con el cotejo de versiones en las lenguas latinas que leo más o menos bien: español, francés e italiano. De ahí salió un texto que sería el dominio de coincidencia de las lenguas referidas; luego contacté al traductor espectral que asistió al despertar castizo de Gregorio, de cierta manera esa iniciativa me tranquilizó el espíritu, aportando al procedimiento un aura Pierre Ménard. Ese enroque no lo confieso en el libro ni jamás lo repetiré fuera de esta oración. De la confrontación de esas dos, salió una tercera versión que quedó durmiendo un tiempo. Fue necesaria luego la corrección final como si fuera un editor, reescribiendo a mano para que me sonara a mí y mi espacio socio lingüístico. Más que maniobra de orfebre es acto espiritista: escuchar la voz del traducido llegando del Sheol. 

Gustav Janouch

El acceso a la obra de Kafka es entrar al castillo de la novela, aceptar el destino parabólico del mensaje imperial, la paradoja de Aquiles y la tortuga: las cosas nunca llegan, los orígenes son difusos, el mensaje sujeto a dudas y contradicciones, el cuestionamiento afecta la existencia misma del mensajero. Difícil avanzar porque jamás se dilucida la ecuación previa y lo vimos: ¿quién tradujo “la metamorfosis” al español? El que esté libre de traducción que tire la primera manzana sobre el caparazón de Gregorio. 

El capítulo titulado Está el Sr. Janouch para usted es una selección de fragmentos de la obra “Conversaciones con Kafka” de Gustav Janouch. Ello bastaría para continuar si todo fuera sencillo en el cosmos de Kafka, pero… se “supone” que son las conversaciones que tuvo el joven Gustav, hijo de un compañero de trabajo de FK entre 1920 y 1924, el primero tenía 16 años y el abogado 37. Ese episodio tiene detractores faltaba más y si sumamos papeles perdidos, una muchacha que copia cuadernos, la intervención de Max Brod reteniendo materiales, una valija recuperada con documentos y ediciones disimiles, tenemos el escenario para controversia con refutación, insidia, duda desconfiada y efecto adulterado. La primera edición de 1951 contiene ciento treinta diálogos; en la segunda de 1968 Janouch agrega setenta y se abren así las puertas del proceso. ¿Eso de donde salió? Con Kafka nunca zafamos de esas incertidumbres, ninguno de los asuntos puede tener carpetazo, jamás llegamos al puerto de destino ni cruzamos el puente adecuado, menos escuchamos la última canción, nunca besamos la última novia ni escribimos el mensaje postrero y se diría que sigue tosiendo en el sanatorio entre bosques próximos a Kierling. 

No puedo ni quiero teorizar sobre esos asuntos, aquí trabajo decidí creer por una experiencia personal. Siendo joven docente preparando material para comentar los textos breves de Kafka leí Janouch en castellano. El recuerdo se diluyó, creo que no lo aceptaba con la facilidad de hacer hablar lo inaccesible, una secreta envidia porque alguien de mí edad estuvo allá; seguro que influenciado por la poderosa vertiente Max Brod de aquellos años, la tesis sobre la muerte del autor, el desdén universitario por lo biográfico y las fuentes. Hará tres años volví a las conversaciones en edición francesa, comencé la lectura con el prejuicio de medio siglo atrás, era la edición 1998 Maurice Nadeau en la traducción de Bernad Lortholary. Deben existir explicaciones técnicas, pero prefiero las que relevan de la ficción y es difícil postular la verdad luego de una vida creyendo en que se puede caminar por el infierno, que las tres brujas de Macbeth son sinceras, que Irineo Funes recitaba a Plinio el viejo en versión latina. 

En cierto momento leía en otra lengua a la mía, escuche la voz del Dr. Kafka hablando en alemán y yo entendía desde el interior de la mente. La voz tenía la electricidad de un viejo vinilo grabado en los años veinte, como si fuera la garganta de Leonard Zelig hipnotizado por la Doctora Eudora Nesbitt Fletcher, en otro trance camaleón cuando Leonard rememora una historia extraña, que llegó el 17 de noviembre de 1912 y se lo escribe a su prometida Felice. La cuestión de la traducción no debe ocultar lo esencial, que es lo que él dice, las iluminaciones sombrías cada vez que se transcribe su palabra. Lo habré leído tres o cuatro veces y así se fue haciendo la selección de los fragmentos retenidos, los que permanecieron fueron aquellos donde escuché al doctor K. Son cortes de conversaciones, citas, subrayados amputados y dibujan una tendencia, aunque lo indicado es leer la versión integral. Veintiocho momentos, tantos como paneles tienen las puertas del Paraíso de Lorenzo Ghiberti, fragmentos a la intemperie de lo que entendí de Kafka y lo que su obra tenía para decirme. 

Lo quería así despojado el comienzo abriendo la marcha, sin introducciones y con la voz dando la bienvenida a la navegación. El contacto directo, que el lector también crea: así sucedió hace un siglo en las charlas cerca de la muerte. Si se pone atención, se escucha la tos al manchar de sangre los pañuelos que le trajo esta misma mañana Dora Diamant.

El índice Moldava

Esta nota es innecesaria pues todo lo que pueda decir está incluido en la misma escritura; acaso unas líneas sobre ubicación, naturaleza y contenido. Desde siempre el pobre índice cumple la función loable de fidelidad presentando y todo el mérito se lo llevan los capítulos restantes; por una vez decidí darle protagonismo. 

Como el libro lo abre la voz del interesado incitado por el hijo curioso del compañero de oficina, el índice no podía estar en los créditos iniciales. Destinarlo al final hubiera sido injusto y darle la misión de capitulo segundo me pareció una solución digna. Decidí sacarlo de su clásica aceptación inicial al objeto libro, dejarlo respirar como función de ordenamiento e incluso valor de variable en el mundo especulativo y algorítmico de los mercados bursátiles. Quizá también de dedo señalando el camino llevando al castillo de la literatura y por ello tiene nombre de río de taumaturgo. Es material metonímico en cuanto condensa el libro, muestra los movimientos previos a la redacción y es promesa. Su redacción requirió el mismo tratamiento -a veces más intenso por su heterogeneidad- que el resto del libro. Es síntesis del sistema planetario girando alrededor de la estrella kafkiana apagada en 1924 y que seguirá brillando los próximos siglos luz, hasta que Shiva decida lo contrario.

Kafka / Benjamin / Scholem

En junio del año 1940 Walter Benjamin abandona Paris. Detrás de esa frase simple se concentra una de las mayores tragedias para el pensamiento del siglo XX; la idea desesperada de Benjamin era cruzar los Pirineos, atravesar España, llegar a Lisboa y embarcarse hacia Nueva York. De eso hace exactamente 80 años y parece que se hubiera olvidado. La tragedia epiloga el 26 de septiembre en Portbou, él tenía 48 años…

Conocía parte de su obra monumental que siempre se lee recordando lo ocurrido con el autor; uno avanza oscilando entre admiración y tristeza inconsolable. Su noción de aura, “La obra de arte en la era de su reproducción técnica” de 1936, “Baudelaire”, “Los escritos sobre el haschich y las drogas”; su trabajo inconcluso sobre los pasajes de París, mientras la capital francesa era la capital del Siglo XIX. En la calle del Templo en el barrio del Marais -en el Museo de Arte e Historia del judaísmo de Paris- se montó una exposición de los archivos Walter Benjamin, eso fue a fines del 2011 y comienzo del 2012: objetos, citas, recortes, fichas, carnets, cartas postales, notas… dando cuenta –“No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie”- de su visión de la historia que lo arrastraba. Todo eso puede hallarse en el libro publicado por Círculo de Bellas Artes, en 2010 en Madrid.

Su famoso ensayo sobre Kafka del año 34 era extenso para participar de este proyecto del Astillero, hecho de fragmentos y citas, notas fuera de página, lecturas subrayadas y cartas robadas. Durante los meses de consulta, la bibliografía sobre Praga y Kafka aumentaba junto con la desazón de no alcanzar la información suficiente. Cuando se inicia una pesquisa aparecen factores útiles, títulos redundantes, otros exhumando fotos que se fijan en la mente inventando correspondencias, hay ensayos reiterativos y fastidiosos. Otros renuevan el entusiasmo de estar en lo correcto, como me ocurrió sobre la dimensión mágica de Praga con el trabajo de Angelo Maria Ripelino. La biblioteca así se bifurcaba, una parte trabajaba para los relatos de la versión IV de “Nunca conocimos Praga” y otros a este collage, que orienta la nave del cazador Gracchus hasta mi ciudad natal. 

Las búsquedas son a veces fatigantes en las librerías, pero sin ellas nunca se avanza; en eso estaba, hasta que un día encontré un libro casi dos títulos, “Benjamin / Sur Kafka”. En tales casos como procede el cocainómano, se compre primero el libro y después ya en casa se consulta el índice. Ese y otros dos volúmenes fueron la lectura con subrayados de un mes en verano. El retenido era tarea de dos estudiosos –Christophe David y Alexandra Richter- que consideraron, dentro de la totalidad de la obra publicada en alemán -que es variante papel de la muralla china- lo que llaman el iceberg Kafka y agregaron además otros aportes documentales. La experiencia era compleja y fascinante; ensayos, esbozos, correspondencia, notas, audiciones de radio. Evalué los subrayados y quebré un pequeño bloque del iceberg, me decidí por parte de la correspondencia con Gershom Scholem; quizá porque era el que menos conocía y escapaba a mi tradición de lecturas, estando yo más cerca de Primo Levi que de Martin Buber, de Portbou que de Jerusalén, de la Galerie Vivienne que de iniciados a la cábala. Me atraía las zonas incomprensibles del ritual judío y el cotidiano evocado, la sombra de conversaciones que precedían la intermediación del correo, acaso haber compartido la infancia en la Berlín de antes, los relatos de Kafka; relación que se puede hallar en una conferencia de Pierre Bouretz, subida a la red y que evoca la amistad entre ambos hombres en un contexto urbano interesante.

Traduje cartas donde el paseante de Praga estaba presente, las metí de contrabando en el barco del cazador Gracchus y las envié a Montevideo, con la esperanza secreta de que un estudiante se interese y retome una de las tradiciones críticas más potentes. No pensando en axiologías comparatistas, sino para incorporar la manera kafkiana de entender la literatura; seguro que se lee mejor a Felisberto si tenemos noticia de la constelación Hannah Arendt, Walter Benjamin, Gershom Scholem y Theodor W. Adorno, sin necesidad de haber cantado desde niño en la sinagoga. En esa línea me sigue interesando -por ejemplo- lo que hizo Alan Pauls en “El factor Borges”, no tanto para hallar la respuesta a la cuestión insondable, sino por la obstinación de abrir pistas aunque resulten infructuosas. 

“Buscar en Jorge Luis Borges el factor Borges, la propiedad, la huella digital, esa molécula que hace que Borges sea Borges y que, liberada gracias a la lectura, la traducción, las múltiples formas de resonancia que desde hace más o menos cuarenta años vienen encarnizándose con él y con su obra, hace también que el mundo sea cada día un poco más borgeano: ése fue el propósito original de este libro. ¿Había alguna posibilidad de no fracasar? Es evidente que no hay unelemento Borges sino muchos y que todos son fatalmente históricos, acotados como están por la ceguera de los horizontes de ideas y valores que fueron estableciéndose.”

Kafka es Kafka también porque Benjamin escribió sobre él; en la correspondencia con Scholem hay incógnitas, datos de la lucha con el espectro volvedor de Kafka, su lectura en espiral, vertientes provocadoras de interpretación y la sombra acaparadora de Max Brod; la perplejidad de afirmar que Kafka admite una interpretación natural e inspira otra sobrenatural. La pieza maestra del iceberg es el ensayo de 1934: “Franz Kafka. En ocasión del décimo aniversario de su muerte.” Tiene cuatro partes: Potemkine / Un retrato de la infancia / El jorobadito / Sancha Panza; allí se escribe: “Ningún trabajo sobre Kafka puede desconsiderar su testamento donde se afirma que el autor no estaba satisfecho de su obra, que consideraba que sus esfuerzos habían fracasado y se contaba entre aquellos que debían fracasar necesariamente.”

Diario de F.K / Subrayados

Nada es como aparenta y menos en el trato afectivo de los hombres, las estaciones termales, el erotismo de las muchachas, el judaísmo y los animales domésticos. Kafka es el informante espía de esa disparidad cuyos orígenes habilitan diversas interpretaciones -de ahí la famosa unhemlich (extrañeza inquietante: Schelling, Freud- cuando lo que debía de haber quedado oculto y secreto se manifiesta ante nosotros, como insecto con sentimientos familiares. 

Los Diarios de Kafka son normales antes de abrirlos y luego  están contaminados de transfiguración donde lo natural depende de lo sobrenatural. Notas en el centro y al margen del cotidiano, relato de lo banal alterando la vida del nadador y abogado, amante y tertuliano, creador y afiebrado corresponsal de muchachas al borde de la crisis de nervios. Abrir el diario con la pluma en la mano y llevarlo es un proyecto literario; de ahí el mandato para los lectores de no saltearse ni una línea, como sucede con la correspondencia de Flaubert. Los Diarios se avienen a la tensión de lo inmediato anotando la angustia de lo eterno, anuncian relatos que nunca se escribirán, miran un mundo que sólo existe por esas entradas en los diarios. A la edad que murieron varios rockeros famosos Kafka inicia su Diario en 1910, consignando la quietud de los espectadores ante el paso del tren y seguirá hasta el agotamiento el 12 de junio de 1923. Fragmento de escritura en las horas del día con restricciones estrictas para no perder el tiempo, triple tarea de observación, introspección e imaginación es el lugar de lo otro que podría olvidarse. Dejar pasar un día sin escribir seria disolverse, hay que aprovechar las pesadillas del tiempo para nutrir la obra, correr tras palabras banales hasta llegar a lo innombrable, el horror de lo logrado pudo ocultarse en lo inmediato donde todo puede tener utilidad: notas de viaje, recuerdos de infancia, vivisección con vida de obsesiones sexuales e identitarias, amigos y muchachas seducidas. La novela de la tuberculosos escrita en la respiración de los pulmones y leída en el termómetro mercurial, las pausas entre médicos y sanatorios, placas y extensión de las manchas de sangre en los pañuelos, la ecuación de incógnitas infinitas entre vida incluyendo la muerte y la escritura: por encima de toda la literatura que arrastra, a la manera de Shiva iniciando la danza cósmica en movimiento perpetuo destrucción / construcción.

Miles de páginas en las cuales meterse es una aventura y estando dispuesto a escapar en cualquier segundo si se cierra la trampa; siendo todo importante la única estrategia admisible en el proyecto Gracchus, era regresar a la edición de los diarios leídos cuando joven en traducción española, revisar los subrayados confirmando que casi todos referían a la relación con la literatura. Lo repetí en traducciones más actuales y en cuanto a la versión final procedí como lo expliqué antes: lo transcripto es lo que creo que me dicen a mí esos fragmentos. Es clara la diferencia entre el escritor comprometido y el compromiso visceral con la literatura; lecciones para el joven aspirante a acercarse al castillo inaccesible de la novela, conciencia de la desesperación ante lo intraducible y precio a pagar en el contacto cuerpo a cuerpo. En ningún otro lado se lee tan fuerte la situación de combate con la escritura a la manera de Jacob, donde los fracasos son moneda corriente y rarísimas las victorias. Presentimos la radicalidad prescindente ante las tentaciones del mundo, la realidad es superflua y la vigilancia del dios vengador distrae; la obra imaginada nunca se alcanza, de ahí el desgarro por robar horas irrecuperables a la familia, las pulsiones y la vida social; también a la religión entre lengua, familia y tradición, filiación paterna y trascendencia plantada junto al árbol de la vida en comunidad, las persecuciones y actitud ambigua ante camaradas del sionismo, frecuentando artistas del cabaret judío tradicional.

Los Diarios dicen del paso de las noches y la necesidad irrevocable de negociar con el tiempo, la carrera desigual contra la enfermedad, el terrible foso entre lo que se proyecta hacer y lo que se hace: y cuando la obra se aleja por el aire, igual escribir sobre el sentido de la literatura: la verdadera metamorfosis es transformar lo inexistente en relato y el resultado es maravilloso por perturbador. El Diario que debería ser apoyo para entender el resto de la obra, se vuelve monstruo de escritura imponiendo sus propias leyes como la máquina de escribir de la colonia penitenciaria. De la misma manera que el cuerpo ingresa en la enfermedad siendo la gimnasia preparatoria de la muerte, el Diario se transfigura en objeto narrativo. FK busca con desesperación la literatura, todo lo que emprende irónica y fatalmente se vuelve literatura. Subrayé -dije- los fragmentos donde rondan asuntos literarios, gesto de curiosidad y admiración, temor y temblor de juventud recuperado en la vejez tanteando el otro lado del espejo. Decir transferencia por el oficio sería demasiado sencillo y también suponer sublimación, los Diarios de FK son cursor para indagar hasta dónde un escritor avanza en el puente romano de la tradición. Puede que subrayé esos textos precisos para entender la naturaleza del Odradek, asumir crear en una literatura menor y aceptar que “Alguien que no lleve su propia Diario está en falsa perspectiva en relación al diario de otro.”

La menor

La menor

Una primera razón de La menor sería simple de explicar: si continuara dictando cursos y tuviera que explicar a los alumnos las estrategias narrativas de Kafka, el factor diferencial de la literatura uruguaya y mi manera de encarar la metodología crítica, les hubiera entregado una fotocopia de este capítulo de Gilles Deleuze y Félix Guattari del libro “KAFKA por una literatura menor”. Acaso dos o tres entre los curiosos y decididos lo habrían comprado por Internet, para tener en sus manos la obra y revelación saliendo directo del interior de la máquina kafkiana. La razón compleja requiere otras aclaraciones: “Gracchus” propone una visión panorámica clasificando las lunas rodeando el astro Kafka; también una operación de abordaje para espiar la tecnología utilizada, adaptando en secreto algún instrumental microfilmado a mi proyecto. El camino que llevó a este arbitraje tiene varias escalas. 

La primera fue el asiento del diario del escritor el 25 de diciembre de 1911; el mundo creyente en la inmaculada concepción festejaba navidad, mientras las potencias europeas se armaban para la primera guerra mundial: Gavrilo Princip tenía diecisiete años. Ese día con reacción inmediata de escritura apodíctica, fatiga por la visión y agotamiento mental, Kafka tuvo la intuición de la literatura menor como concepto: practica literaria de grupo marginal dentro de una lengua dominante. En los diarios hay consideraciones de actitudes, estilos, temáticas y tradiciones heterodoxas, pero esa noción tuvo la virtud de interpelarme por dos razones que se volvieron personales. Era así precursor con diferenciación política y sociolingüística al famoso “desde donde se habla”; que hacia los años sesenta del siglo pasado se circunscribía a la ideología, militancia política y luego proliferó en reivindicaciones sectoriales. Ello una vez integrada la sonada crisis de los grandes relatos, siendo sexualidad, religión y búsquedas chamánicas, post colonialismo, post modernidad, género vs. naturaleza, industrialización de la cultura y trans humanismo asociado a tecnología los más recurridos -la lista es senza fine…- en el dialogo critico social, si bien en los campus esa tendencia prolifera. Ese buscar y definir el lugar desde donde se escribe saliendo de los esquemas que con facilidad se le atribuyen -judío, tuberculoso y depresivo, novio de Felice y redactor de testamentos incendiarios, entre otras-, es de enorme pertinencia. Más allá del asunto temático que podría sofocarlo e impedirle tomar distancia, ocurre el 25 de diciembre una toma de conciencia sublimada, “estado previo” a escribir que puede iluminar su irreverente búsqueda del posible plural en varios soportes, siendo la condición de producción -materialismo histórico aplicado al relato- premisa para permitirse lo que viene después de innovador. 

Luego fue la duda sobre si podía aplicarse a parte de la literatura uruguaya; tarea laboriosa entre dos enormes potencias fronterizas, ese afán por salir a identificarse -siendo lo cubano potente cursor revolucionario- con otras modalidades latinoamericanas y recordando el marco del español lengua mundial; ondas del destape post franquista, movida madrileña con chicas Almodóvar y apoteosis olímpica en Barcelona -cruce entre Pepe Carvalho y Freddie Mercury en dúo con Montserrat Cavallé- incluso este ejercicio Gracchus de interés por otra literatura. Situación geométrica / lingüística estimulante (¿dónde comienza la literatura menor?) que explicaría a Horacio Quiroga, la excentricidad de Isidore Ducasse, la reactualización del término “raros” ensayado por Ángel Rama y que tiene en Mario Levrero su avatar reciente.

La navidad de 1911 Kafka propuso también un esquema cifrado que se parece a un libro futuro, al índice de materias de una teoría / practica de la literatura menor. Muchos años después, en 1975 (mal año para la cultura uruguaya y el país) Deleuze y Guattari se propusieron llenar ese vacío, Hacer el libro ausente o responder, con el ejemplo de “otras” literaturas menores, al “espacio” asumido por Kafka en el territorio de la lengua alemana. El libro es típico de la época donde los dominios del saber se buscan y sostienen tramando la red del sentido, compartiendo interrogantes y erudiciones operativas. Ahora parece lectura dificultosa, en los años setenta del siglo pasado era el mejor camino para el avance de las disciplinas implicadas; lo leo mientras corrijo con nostalgia de la crítica literaria de formación y que tenía claro el objeto de estudio, la axiología emanada de la evidencia y ponía la totalidad del esfuerzo al servicio del texto. Es claro por momentos cierto exceso, pero cuando los cruces funcionan aportan conclusiones que se adquieren por siempre: psicoanálisis, política internacional, sociología del saber, geopolítica cultural, lingüística, semiótica y cibernética, literatura comparada. La lectura del ensayo teórico con notas y subrayados, tenía por objetivo facilitar la entrada en la obra, desactivar resistencias de la ignorancia evitando la mediocridad, comenzar a entender la complejidad del misterio: el que quiera lo difícil tendrá dificultades, nos decía Medina Vidal en sus cursos citando los apóstoles. 

Si continuara dictando cursos y una vez repartida la fotocopia del Capítulo 3, hubiera preguntado en el control continuo: ¿podría definir con sus palabras una “literatura menor” y enumerar al menos tres características que proponen los autores? Después vendría la operativa de adaptación considerando la literatura uruguaya, pero eso ya es otro cantar.

M. Brod

Decidirse por transcribir parte de la correspondencia de Kafka con Max Brod tiene justificaciones válidas en la tradición critica: MB es sombra indisociable al autor, a veces un doble romántico hipotético, hasta hermano gemelo parido por la misma ciudad. Juntos desde los veinte años, Brod participo de las primeras aventuras de la educación literaria del grupo, asume un destino sionista, escribió la primera biografía de Kafka, está en la herencia simbólica y concreta de los papeles y fue el último correspondiente de Kafka el 25 de mayo de 1924. Esa cercanía tiene inconvenientes -además de críticas de Walter Benjamin- cuando intervienen las variaciones complejas de la amistad al compartir viajes, planes novelescos, preocupaciones espirituales relativas a la tierra prometida, ámbito social, Praga, creencias y temores del folklore Golem sin palabras, confidencias sobre amor y sexualidad. MB fue escritor -lo que dificulta las cosas; esa cercanía es cruel cuando suela la lectura severa de la posteridad. La fantasía llevó al cine esa proximidad creativa rival -con tintes exagerados e inexactos- entre Mozart y Antonio Salieri; algo similar se evoca en “El malogrado” de Thomas Bernard: un grupo de muchachos de Viena asiste al seminario de Vladimir Horowitz en Salzburgo en 1954; para cualquier pianista sería una emotiva escena fundadora, ello si uno de los participantes no hubiera sido Glenn Gouid. Cuando se escucha al canadiense atacar el Aria de las variaciones Goldberg por primera vez, alguien, con criterio y educación musical, entiende todo sobre sus perspectivas en la escena pianística. El Steinway & Sons de concierto se transforma en enemigo, hay que exiliarse a la calle del Prado en Madrid.

El camino emprendido para las cartas a MB es el mismo de otras secciones del proyecto Gracchus. La imponente edición alemana inaccesible como el Castillo, un par de traducciones al francés y español; luego la tarea de elegir algunas pocas misivas y desterritorializarlas en su contenido, pasándolas de lenguas dominantes a códigos de nuestra literatura menor, queriendo advertir a los que vienen detrás en la Banda Oriental: la literatura es por ahí. El criterio de la breve selección trató de rescatar cierta ligereza de espíritu, sobre todo cuando el que escribe es Franz; luego está el Kafka de la madurez y ganado por lo inexorable de la enfermedad. Bacilo de leyenda de otro K con incremento de síntomas, tratamientos médicos, radiografía X del mito expectorando sangre e incubaciones laboriosas del mandato de quemar parte de la obra. Al respeto siempre se incursiona en especulaciones que reclaman una fe ciega en las divinidades de la literatura; incluso, al parecer, la famosa carta del 29 de noviembre de 1922, fue escrita sin ser enviada, el destinatario la encontró años después, entre otros papeles, cuando, al decir popular, él había traicionado un pedido del muerto y que nunca recibió… Esta paradoja con remitente y el mensaje imperial que nunca llega, metaforizando la burocracia del imperio austro húngaro, son variaciones ejemplares de situaciones kafkianas hasta la última línea. 

Desde muchacho, más que detectar fallas del Correo Imperial o especular sobre fisuras emotivas de la amistad, lo que me interesaba era la relación entre literatura y fuego. Kafka retoma en lo privado, en el mundo del hombre sin cualidades y deshumanizado de la era industrial la quema de bibliotecas, la destrucción del libro. Esa dependencia entre soporte frágil de lo escrito y fuego viene desde la leyenda de Alejandría, más cerca nuestro el incendio en “El nombre de la rosa” para destruir el segundo libro de la Poética aristotélica sobre la risa, denostado por el antiguo bibliotecario ciego Jorge de Burgos. Lo ocurrido en Berlín el 10 de mayo de 1933 -Kafka estaba en la lista de la quema- fue un evento terrible de la serie y anunciaba “Fahrenheit 451” editado veinte años después. Creación y destrucción, el ciclo del dios Shiva se repitió entre los judíos de Praga, sin embargo algunos relatos escaparon a las llamas del círculo de fuego.