El índice Moldava

El libro lo fui tramando a lo largo de varios años y ahora que parece terminado, tampoco sé a decir verdad cuál es su verdadera naturaleza. Trata en principio del espectro de Franz Kafka que regresa cada tanto a mis preocupaciones de lectura con la periodicidad de un cometa y este sería el capítulo de las aclaraciones del proyecto. En las próximas páginas Praga es la ciudad mágica secreta y el Moldava la correntada turbia de la literatura, Kafka el nadador desnudo que lo desafía –a veces atraviesa el río y otros días se ahoga-, los puentes tendidos en la ciudad indican los accesos al otro lado de la interpretación: yo camino en uno de esos puentes de inspiración romana, sin conseguir cruzarlo y al mismo tiempo en otro puente.

Entiendo por Índice Moldava un sistema de medición ficticio que regula la distancia –indiferencia, lejanía, cercanía y ósmosis- de un lector ß en relación a la obra de Kafka. En el interior del IM se distingue la obra central –todo lo escrito por el propio personaje objeto de la medición- y obra satélite considerando lo escrito “sobre” la obra por agentes exteriores. Una compleja ecuación permite combinar ambas estrategias de lectura y así determinar un punto –más bien una zona- de índice comparativo. En la ecuación suele incidir  que se considere la cuestión de traducciones / versiones a otras lenguas que la original. De ahí, pues, el sentido más próximo al tributo que a la originalidad del libro, cuya rareza en todo caso es habilitar algunos peajes –pienso en los lectores más jóvenes- que llevan hasta las murallas del Castillo, los meandros de la Ley y siempre del lado exterior recordando la densidad de lo inaccesible.

Algo parecido me ocurrió cuando debí ubicarlo como capítulo en el interior del plan de trabajo. Era demasiado personal para considerarlo un prólogo que iluminara la extensión y objetivos del proyecto; acaso heterodoxo en su dispersión de soportes para confiar en la paciencia del lector quien, luego de estar vagando por el ghetto narrativo, se encontraría con un epílogo para consolidar su entendimiento y como si hiciera falta un suplemento. 

Este lugar infrecuente para un índice explicado me parece el más apropiado, lo instalé luego de una selección de fragmentos de las conversaciones con Gustav Janouch. 

Como cantaba Atahualpa Yupanqui en “Milonga del solitario”: 

yo me quitaré el sombrero

porque así me han enseñao

y me doy por bien pagao

dentrando atrás del primero. 

Cuando hace medio siglo leí el libro de Janouch me pareció distante, eran celos del estudiante de literatura que quiere ser el primero en descubrir los secretos del autor de unos relatos que le perturban el descanso. Cuando Janouch murió en 1968 yo tenía la edad que él tenía cuando conversaba con Kafka, pero él estuvo ahí… Con el paso de los años mi opinión fue cambiando y a pesar de haber leído ensayos estupendos, en Janouch es donde siento un temor y temblor de la humanidad: él estuvo ahí. Hay algo de prodigio en ese joven que vio antes que todos e intentó recuperar la palabra, nos legó diálogos de agente infiltrado con fascinación espiritista: como las máquinas inexistentes que recobran en fragmentos y sin definición, a manera de ilusionistas la apariencia difuminada de los muertos.

Después de haber leído unos fragmentos (nada podrá suplantar la experiencia de la lectura integral del libro) es como si comprendiéramos lo inabarcable del misterio; estar cerca (a pesar de la lengua y contorsiones permanentes del continuum espacio temporal y atravesado por la literatura) de ese personaje. Las interferencias de orden espiritistas es como si las fotos antiguas de Praga tomaran movimiento y la iconografía de Kafka (la maravilla de Klaus Wagenbach) de pronto adquiriera vida propia. Entonces veríamos los gestos del escritor en una película antigua, oyendo en sordina su voz perdida para siempre y que nos habla en una lengua indescifrable. 

La razón del proyecto sigue siendo un enigma, uno cae en esa fuente sin percatarse; creo recordar que todo cristalizó –experiencia fundadora- en el liceo Nº 14 de Montevideo. La primera profesora de literatura fue Alicia Conforte y Alejandro Paternain nos hablaba de Mefistófeles, Kafka y Thomas Mann como vecinos de la biblioteca. Una profesora de música ilustra el poema sinfónico con el Moldava a muchachos de barrio y ahí escuché la música del río por primera vez. La amistad  a través de Alejandro con Héctor Galmés, que estaba casado con Delia, tenía discos de Julio de Caro en su departamento de la calle Convención, un caballo que se llamaba Pibe y tradujo “La metamorfosis” acompañaba los amores juveniles. Mi primera publicación para estudiantes (hoy dudo entre ignorancia, osadía o intuición en ese pedido del colega Jorge Liberatti) sobre el relato de Gregorio Samsa. 

Pasó mucho agua bajo los puentes de Praga y en mi los años se fueron sumando. ¿Por qué la insistencia de Kafka? Daría tres razones: la admiración en tanto escritor y saber que derrotó al cruzado del olvido, se transformaba en cursor tajante para medir comparando lo que venía después y lo que había antes; hasta entender que la literatura puede ser oficio y una manera de vivir yendo hacia el final. Sobre todo, para observar que cada escritor –de manera consciente o llevado por el ardor de la acción- junto a la obra desarrolla una estrategia personal de supervivencia. La obra es insuficiente, imborrable, inacabada y nunca alcanza, nadie sobrevive si desprecia la tradición sin tentar la originalidad, la vida es para escribir pensando en tres lectores; y el tiempo de la valoración distinto al de la imaginación, amores y deseos. La muerte un accidente sin relato propio y toda literatura son memorias de ultratumba. 

Más que las razones que pudieran explicar la obra de Kafka, lo que me interesa es la estrategia que hizo posible la salida: salir de la lengua tendiendo puentes de traducciones, salir de Praga mediante el procedimiento de hundirse en ella. Tentar el salto de los pulmones a la escritura y luego nacer posible que una literatura, tan característica del enclave familiar, haya llegado a liceos uruguayos en los años sesenta del siglo pasado y sobrevivido hasta el año 2020. 

-Está el Sr. Janouch para usted. 

¿Por dónde empezar a ordenar los materiales? El libro de Janouch “Conversaciones con Kafka” es un buen camino, por eso lo ubiqué en primer lugar e hice una selección de fragmentos pensando en mí. De la bibliografía infinita sobre Kafka, es el único documento donde tuve la ilusión de escucharlo a través de la escritura. Era raro, sabía que Janouch –muchacho de los primeros profetas del culto y un visionario- estaba por ahí visitando al compañero de trabajo del padre. Podría ver a Kafka como si las fotografías que conocemos se pusieran en movimiento y sonara la voz deformada por la enfermedad. Trabajando esos textos escuché a Kafka conversando y era mágico: él hablaba en alemán y mi cerebro lo recibía traducida al castellano. Los trucos del viaje en el tiempo y el espacio, los posibles que permite la literatura; así es como el muerto habita desde el comienzo el libro que lo recuerda. 

En Cuanto a la versión fijada ya iré contando más abajo cuál fue la estrategia del trabajo. Como en cada zona de este Golem literario apenas avanzo unos fragmentos, lo correcto será acceder a la totalidad del libro. Mi criterio de selección fue arbitrario: la relación de Kafka con el trabajo que aleja de la escritura, secretos del gabinete hecho madriguera y pulsión suicida que son una maravilla. La relación con el mundo moderno, la cuestión judía –en toda la complejidad y generosidad que implica-, anatomía de temáticas obsesivas, integración a una Praga secreta y deseo de urdir el mito literario de la ciudad. Por fin –también se verá en otros documentos- la relación física con la escritura al punto de dejar la vida y legarnos como único objeto tangible un cepillo inglés, de la marca G. B. Kent & Sons.

El Índice Moldava.  

El Moldava es el río que cruza la ciudad de Praga, atraviesa los lugares de la historia y justifica los puentes, se lo escucha correr desde los cafés, fue allí donde el autor nadó y escribió al comienzo del siglo XX. Dentro del volumen es el capítulo segundo –este mismo- que expone el proyecto del libro y lo utilizaré para justificar el título del libro. El cazador Gracchus es una leyenda y un cuento de Kafka que tiene su propia historia; la del hombre que muere en la montaña durante una cacería y no puede pasar el otro lado de la muerte definitiva. Error o castigo es la versión marina del judío errante, la barca de la muerte se desplaza así por varios mares de la tierra buscando puntos de amarre intermedios a la espera. 

En el cuento de Kafka la acción ocurre cuando el vagabundo se detiene en el puerto de la ciudad italiana de Riva. Forzando acontecimientos, puede que para darle el peaje que lo libera de tan pesada carga, hice que la barca amarrara en Montevideo; por otra parte puedo jurar que la crucé una tardecita y cuando se acercaba a la escollera Sarandí, que era uno de los lugares a los cuales me llevaba mi padre a pescar.

Walter Benjamin le escribe a Gershom Scholem.

Quienes intentaron mirar a la Gorgona a los ojos para vencerla quedaron petrificadas, Perseo inventó la astucia del escudo espejado para proyectar la mirada indirecta y conocer los secretos del funcionamiento de la criatura sin sufrir los efectos. Tomar por los atajos, conocer a Kafka por itinerarios alternativos e intentar otras respuestas. FK es vital e imprescindible también porque Walter Benjamin escribió sobre él; siempre hay que pasar por WB: por la tentación de la droga y el enigma cabalístico, ser destino clave del pensamiento en el mundo contemporáneo y del judío en el siglo XX. Por el arte en la era de la reproducción industrial y la poesía de Baudelaire; recordando el ensayo inconcluso sobre los pasajes urbanos de París, que era en fórmula prodigiosa la capital del siglo XIX. 

Hace treinta años que vivo en esa ciudad, crucé todos los pasajes referidos en la obra y que sobrevivieron. El pasaje Brady me llevó a la India del dios Ganesch, el pasaje Vivianne a Julio Cortázar y el pasaje Choiseul a la noche de Céline. Benjamin era el hombre urbano literario desesperado y el retrato que hace Antonio Muñoz Molina en “Un andar solitario entre la gente” es una maravilla; ese hombre por judío, lector y porque no podía hacer otra cosa escribió sobre Kafka mientras la muerte lo expulsaba de hotel en hotel, le impedía subir a los barcos que cruzaban el Atlántico para alejarlo de la persecución, lo lanzó a las fronteras abusadas y lo llevó al suicidio en la frontera entre Francia y España. Sucedió el 26 de septiembre de 1940 en Portbou. En Francia encontré un libro que rescata lo escrito por Benjamin sobre Kafka, la pieza clave de ese dispositivo de varios años de fidelidad es el ensayo homenaje de 1934, en ocasión del décimo aniversario de su muerte y en este tiempo informático es sencillo de localizar.

Preferí la correspondencia y entre ella unas cartas a Gershom Scholem donde se imbrican asuntos de la modernidad y la religión (consideraciones sobre Haggda como relato y Halakha en tanto conjunto de prescripciones, costumbres y tradiciones), secretos de la Kábala como alfabeto y gramática, mística y retórica, y críticas a Brod en su intento de crear la leyenda de Kafka sobre bases endebles. 

Fragmentos del “Diario”. 

La literatura ocurre también fuera de los relatos; habría la poesía, pienso en la “Correspondencia” de Flaubert (que estaba entre las lecturas preferidas de Kafka) y en la periferia ≃ central kafkiana. En ello incluyo el conjunto de la correspondencia (que insume en la práctica fatiga, tarea cotidiana e insomnios de una segunda vida) así como los Diarios. Aquí el criterio utilizado es la utopía de la sinécdoque de tomar la parte por el todo, lo que es insustituible; pero al menos abrir una ventana a ese paisaje literario. Pensándolo con perspectiva diría que es la zona más subjetiva, pasé allí fragmentos que subrayé en viejas lecturas en español y repetidos en otras ediciones consultadas. 

Considerando que los temas kafkianos se pueden expandir al infinito, como el impulso atómico y la respiración divina del día en Creación, lo que más me interesó fueron las aproximaciones al taller del escritor. Quizá en un vano intento de descifrar una estrategia críptica de escritura, sabiendo que nunca alcanzaremos la razón por la cual esa escritura venció las fuerzas de la muerte sumadas al olvido y hallar el horror en lo diferente del cotidiano. 

La menor. 

Este apartado deriva del anterior. Es cierto que me interesé en la lectura de los “Diarios” en particular por hábitos de trabajo, taller del escritor, estrategias de composición; en el acto físico manual del paso invisible del pensamiento a la escritura. Durante esa búsqueda leí que Kafka se preocupaba por las condiciones de producción sociales; ello supone un amplio espectro, desde la iniciación a la sexualidad hasta el imperio austro húngaro cuando se apaga, callejones de la tradición judía en enigmas del texto y actuaciones de cabaret, producciones de la industria cultural (prensa, cine, arquitectura, novela policial) y misterios de Praga, que en lugar de redactarlos los incorporé. 

Luego estaba presente la relación con la enfermedad pulmonar y la lengua vehicular: el judío en el Imperio, en la patria checa, empleado en los seguros del trabajo y que escribe en lengua alemana. Lo explica con lucidez como si fuera plataforma necesaria al gesto de escribir, enfermedad contagiosa. FK considera tres modalidades básicas y elegí la tercera; primero está la relación con la lengua del culto tendiendo a la utopía sionista, la lengua de práctica sagrada que contiene relatos de la mitología que lo define; de eso no estoy en condiciones de hablar con propiedad estando lejos de la Tora. La segunda es casi un denominador común y se trata de los nexos de la lengua escrita con lo real, el mundo y los semejantes; cuestión sabida por todo interesado en cuestiones literarias. La tercera, es la expresión de una minoría –digamos el judío- en la lengua mayoritaria de vocación imperial; eso me atrajo porque podía explicar el caso Kafka. 

Al respecto propone como instrumento de metodología para definir, aclarar y acatar territorios de escritura la noción de “una literatura menor”. Fui sensible a ello, me recordaba la experiencia del escritor uruguayo confrontado a la caja de resonancia rioplatense, al conjunto latinoamericano que conduce hasta la entrada del mundo de los muertos en Comala, y luego al territorio de la lengua castellana, latifundio lingüístico que se extiende desde “Soldados de Salamina” hasta el “Amadis”. Lo que aquí se reproduce es un capítulo del libro “Kafka: por una literatura menor” de Gilles Deleuze y Félix Guatari que lo exponen en sus variaciones, atendiendo a la noción de desterritorialización que evoca la relación de la lengua con un territorio. Quizá desde ahí se puede entender la razón por la cual la barca mortuoria del cazador Gracchus recaló en la bahía de Montevideo.

Seis cartas a Max Brod y una esquela desesperada.

Max Brod es el famoso albacea de la orden de quemar los libros, amigo y confidente, contrapartida social del cotidiano, familiar y el que llegó a Israel, autor de la primera biografía reseñada por Walter Benjamin. Afinidades de religión y literatura, camaradería y encontronazos de la amistad, inevitable referencia al considerar a Kafka, una de las energías primeras de la supervivencia. Brod está entre los más asiduos corresponsales y bien citado en la gestión del cotidiano; el tratamiento de esa amistad mereció trabajos sesudos y proliferantes, en todos los departamentos de literatura alemana de cientos de universidades del mundo hay miles de textos sobre Kafka; en todas aparece el nombre de Max Brod. 

Aquí leemos algunas cartas que los sobrevivieron y quisiera recordar dos episodios para entender la cercanía; primero, que integró el Círculo de Praga creado en 1904 con el amigo y además con Oskar Baum y Félix Weltsch. Luego, una cita reveladora que resume la intención del proyecto: “Nuestro maestro y nuestro programa eran la ciudad de Praga”.

Los Aforismos de Zürau. 

 “Los aforismo de Zürau” son el corazón del reactor de la obra de Kafka y presiden el viaje a dicho reactor a tal punto que una simple introducción, la pequeña noticia de orientación nos dispara a varias aclaraciones. Sin los aforismo de Kafka casi nadie en el mundo conocería ese pueblo en la campaña de Bohemia. Allí vivía Ottla, una de las hermanas de Franz, él ya había pasado alguna semanas de retiro y retenía fechas precisas con iluminación. Entre las 22 h. del 22 de septiembre y las 6 de la mañana del 23 de septiembre de 1912 –noche del domingo al lunes- escribió de un tirón “El veredicto” que es la relación del ingreso a la ficción. Entre septiembre y octubre de 1913 pasa tres semanas de un sanatorio de Riva (ciudad donde sucede “El cazador Gracchus”) en la clínica termal del Dr. Von Hartunger. Ello inspiró un bello texto de W. G. Sebald en “Vértigos” (El Dr. K va a tomar baños a Riva) donde se glosan cuatro días misteriosos pasados por K. en Venecia. 

Había noticias preliminares de una salud frágil, pero la llegada de la gran enfermedad y que lo llevará a la muerte, la crisis de dos hemorragias intensas, sucede en la noche del 12 al 13 de agosto de 1917, la terrible noche del domingo al lunes. Un mes más tarde decide viajar a la casa de su hermana, llega el 12 de septiembre de 1917 y salvo dos breves escapadas a Praga, permanece en Zürau hasta el 30 de abril de 1918. Ahí continúa con las notas del diario y la correspondencia, también emprende el corpus de los textos que ahora nos ocupan. Aquí y allá, por no insinuar una unanimidad, se lee que para el escritor fueron los mejores siete meses de su vida. En el capítulo XV de “K” de Roberto Calasso (libro sagrado para la secta kafkiana) el italiano cuenta su encuentro con los manuscritos originales y propone un orden de presentación en la edición que tuvo a su cargo; orden que aceptamos por el simple hecho de la Fe en el criterio de ensayista italiano. Como en las grandes obras la epifanía es compleja y el encadenamiento de problemas surge en cada momento. En el comienzo hay notas en un cuaderno, luego 103 hojas sueltas (folios de correspondencia cortados en cuatro) y numeradas. La incorporación de textos exógenos, la denominación entre aforismos, apólogos, sentencias, textos breves, iluminaciones, etc. y luego las traducciones… Max Brod (siempre Brod) los publica en Francfort en el año 1953 con un subtítulo que eriza la sensibilidad de Calasso: Consideraciones sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino recto. Se deben sopesar esas dificultades, hay algo en esas sentencias que se denomina “el esplendor velado” y la sospecha que estamos ante una de las mayores manifestaciones de la literatura del siglo XX. 

Puede entenderse la tentación de ese juicio premonitorio para todo iniciado: era inevitable acercarse a los textos cuando se quiere ver de cerca al monstruo aún a riesgo de quemarse. Calasso sostiene que se trató de la llegada de la enfermedad liberadora, algo en el cuerpo que lo aliviana de los tres fardos de la existencia que le impedían lanzarse a la literatura: la ronda matrimonial durante cinco años de noviazgo con Felice, la rutina oficinesca recibiendo el peso alienante de una burocracia imperial, el conjunto hipnótico que ejercían la combinación de Praga y familia que conocemos. 

La felicidad era la soledad, cercanía de los animales domésticos de la campaña y poca gente que no le robaba el oxígeno necesario a la respiración. Como toda felicidad nunca es completa, durante la noche descubrió la actividad frenética, la sociedad infernal y subterránea de los ratones. En ese ambiente se atreve a una peregrinación de reflexiones sobre lo sagrado y una forma de escritura –el aforismo- tendiendo a la simplificación depurada buscando las esencias. Quizá a una forma especial de la magia, como se escribe en el citado Cap. XV de “K”: “La magia ha sido difamada para empezar por aquellos que la han asimilado a una creación. Que pensaban que, como la creación, ella operaba ex nihilo. Es una ingenuidad doble. Kafka jamás escribió sobre la magia, pero él tenía una noción precisa, tan precisa que una vez llegó a definirla con una soberana serenidad: “Sin ninguna duda se puede pensar que el esplendor de la vida lo envuelve a cualquiera, y siempre en su entera plenitud, accesible pero velada, en la profundidad, invisible, muy alejada. Pero ella está ahí, sin hostilidad, sin reticencia, sin ser sorda. Si uno la convoca con la palabra justa y con el justo nombre entonces ella se manifiesta. En eso consiste la esencia de la magia, que no crea pero convoca.”

Milena y yo. 

Las muchachas, hermanas, prostitutas, amigas, novias y las mujeres de Kafka tienen una historia particular y dos de ellas –Felice Bauer y Milena Jasenska- dieron lugar a una abundante e intensa correspondencia de la cual se guardan trazas estremecedoras en un sentido masculino del circuito. Esta vez decidí detenerme en Milena por varias razones, ella es hilo conductor de la cuarta versión de “Nunca conocimos Praga” que está en proceso de escritura y por ser el nudo kafkiano que tendrá uno de los finales más trágicos de la primera mitad del siglo XX. Kafka muere por enfermedad de los pulmones, Brod alcanza a concretar el sueño del sionista con el regreso a la tierra prometida, Felice irá a Estados Unidos a los cuales no pudo llegar Benjamin. Walter Benjamin se suicida en la frontera con España y Milena fallece el 17 de mayo de 1944 en el campo de Ravensbrück. 

A la lectura de la correspondencia hasta creía –siguiendo los pasos de Flaubert a Louise Collet- que las cartas a las prometidas se presentan como un genero literario en sí mismo, con su propia retórica y dramaturgia, siendo una variante distante de la escritura en colaboración. Allí todo es extraño, desde la entrada en materia iniciando el diálogo a la distancia, hasta las epístolas de los adioses. Kafka era sin duda un hombre complicado con la sexualidad y la gestión del tiempo, con el movimiento cotidiano de la escritura y el trabajo, en la forma de relacionarse con la familia y la manera de manifestar lo más parecido que él se acercó a la experiencia del amor. 

Hay mucho de frustrante y arbitrario en la sección de la correspondencia que hice; debería incluirlas todas en su vertiginosidad y es lo que aconsejo al lector, luego debía llegar a algún criterio de selección y queriendo ser riguroso terminé siendo sentimental e intimista. La correspondencia es la ocasión de recorrer los temas redundantes de la obra kafkiana; dije que en otros capítulos me preocupé por asuntos del oficio, así que llevado a leer varias veces las cartas a Milena, seleccioné aquellas donde los amantes quedan confrontados a ellos mismos. Creo haber llegado a cierta comprensión indirecta y de pronto, cuando Kafka exige respuestas en las horas siguientes, habla del casi asco de sus iniciaciones sexuales, cuando programa un sistema de buses, trenes, hoteles y horas para estar juntos, me pareció hallar una clave para entender ciertos textos. 

La bar mitsva de Kafka ocurrió en la sinagoga de los gitanos el 13 de junio de 1896, el mismo día del nacimiento de Milena. Ellos pasaron juntos cuatro días entre el 30 de junio y el 4 de julio de 1920 y la ve por última vez el 8 de mayo de 1922. Con esas pocas casualidades produjo una de las obras más tremendas. Que Milena esté allí para extrañarla pero no aquí para tocarla; en el escritor la lectura sexual puede ser pertinente siendo insuficiente para entender. Hay a la vez rechazo y dependencia, Milena es el corazón femenino del operativo y cuando se distancian porque así debía ser, las relaciones de Kafka son de sanatorio y convalecencia. Dejó de escribirle porque no podía más, había otra muchacha en el circuito y se marchaba al coito misterioso con la muerte que había conocido unos años antes. 

A Kra Pra Ga Kra. 

La obra kafkiana se nutre de ingresos satelitales, cartografías de la intimidad y la tradición judía confirmada en el dédalo del Ghetto, también con abundancia la referencia a la ciudad de Praga. La lectura e interpretación, la sospecha de que siempre hay un lenguaje secreto, leyes movibles otras que las conocidas, poderes superiores que los visibles en la vida política, el sístole diástole entre lo visible y lo invisible, la punta del iceberg y la montaña de hielo sumergida. 

Felisberto Hernández hablara de “lo otro” y los dramaturgos barrocos de la ilusión teatral. Yo hallé en la noción de magia un buen apoyo para intentar entender; recuerdo el plan del misterio cuando miraba a los primeros magos en directo en matinales dominguera baby del Cine Broadway, en la avenida 8 de octubre en Montevideo. Todo era sencillo, sombreros dobles, palomas prisioneras, agua de colores y pañuelos de falsa seda pero creía ¡yo creía! Lo mismo creo que hay una magia trascendente cuando se puede transfigurar el lenguaje común y corriente en expresión poética. La magia será otra manera de denominar el secreto, el misterio y lo inefable. Como se verá más adelante, en nuestro campo de trabajo Praga es ciudad mágica por excelencia; pero antes quise proponer un recorrido por la escenificación teatral espectacular, en la que siempre habita la explicación aunque sea ignorada. Luego recordar que la noción de magia es necesaria en la experiencia literaria, y traté de aprehenderla en unas prosas de Jorge Luís Borges que la detecta con brujería criolla, y no solamente en la historia del Dean de Santiago que visita a don Illán para ser iniciado en las artes toledanas. 

Lilias Pedibus Destrue. 

La obra de Kafka insinúa la extensión literaria del tercer reino; del encuentro fortuito del ser Kafka, la crónica de la judería en la historia Bohemia y la ciudad de Praga. En este trabajo la correspondencia proyecta la linterna mágica del escritor, y la leyenda de Praga se fue escribiendo en palimpsestos históricos, trágicos y esotéricos. Praga no sólo produce obra y relatos sino que es tomada como objeto de literatura por escritores de todos los horizontes. Praga desplaza los principios de la alquimia a la zona del lenguaje, el relato y la ficción. En esta zona me detengo en la lectura de la ciudad que aparece en dos novelas de gran tirada y en las cuales hallé elementos de admiración, un planteo de novela popular y que contienen también elementos que se salen de las leyes del mercado. 

De “El club Dumas” de Arturo Pérez Reverte me atrajo el amor a los libros y la colección, la intensidad abrasadora por primeras ediciones de obras maestras y los manuscritos, la pasión por la imprenta. También ese poder de la escritura y los libros para llevar La Palabra (de acuerdo a los creyentes) y todo el corpus esotérico perseguido, dando fórmulas de utopías desmesuradas y escatológicas de la humanidad, la urgencia de una escritura demoníaca para equilibrar excesos de la sagrada escritura, la coartada para el verdadero sentido de la vida entre aquellos que tienen una simpatía dependiente por el demonio. Sería largo de resumir el cruce de las dos intrigas que coexisten entre los tres últimos ejemplares del “Libro de las nueve puertas del reino de las sombras”, reimpresión ilustrada de un libro antiguo de autor anónimo y no tanto, hecha por Aristide Torchia y un manuscrito de Alejando Dumas titulado “Le vin d’Anjou” y que es capítulo 42 de “Los tres mosqueteros”. Ello se cruza en nuestro camino cuando seguimos al héroe de la picaresca bibliófila, y porque fue en Praga que el editor quemado en campo di Fiori en Roma, en la hoguera de la inquisición, vivió su educación a las ciencias ocultas y entregó alma y cuerpo a una tarea de revelación reivindicativa. 

En la novela de Umberto Eco “El cementerio de Praga” asistimos a otro cruce removedor entre historia, ocultismo, poder y literatura. A veces criticada, la novela de Eco es un viaje fascinante para conocer el origen de la tragedia moderna, saber cómo se pudo crear por cruzamientos ingobernables la noción y el pasaje al acto del antisemitismo, que comienza como intriga policial y culmina en el genocidio de la razón occidental, el mismo que llevó a la muerte a Milena. La articulación es compleja y fascinante; en el comienzo la invención de la escena del complot masónico –introducción a la novela “José Bálsamo” de Alejandro Dumas- con la finalidad de vencer a la Iglesia, derrocar la corona de Francia y que luego se trasladará a la Rusia del siglo XIX y los judíos, siendo ellos quienes llevan adelante el nuevo plan para la dominación del mundo en la nueva versión complotista. 

Distinguimos los ingredientes favoritos de la intriga que se suman: un falsificador que se desdobla en personaje travestido, odio de origen sexual freudiano en la adolescencia contra lo femenino judío, lectura del otro en tanto entidad hostil, necesidad del enemigo interior para consolidar el poder, violencia del movimiento anarquista e infiltración, servicios secretos contra ideas socialistas y aspiraciones imperiales, buena dosis de iluminados y espiritistas siempre rondando la tentación sexual, la creación de un falso manuscrito para la palabra de la verosimilitud del Internet de la época. El nuevo conflicto mundial halla en Praga el teatro creíble para montar la farsa que culmina en tragedia. En “El nombre de la rosa” el enemigo era el libro griego que hacia la apología de la risa, en “El cementerio de Praga” se trata del manuscrito de una falsificación que nos lleva a lo que estamos y siempre los puentes de Praga…

Las manzanas de la familia Samsa. 

El libro de Angelo María Ripellino “Praga mágica” tiene algo de Aleph vertiginoso para quienes nos interesamos a la vez en Kafka y la literatura, Praga y su alquimia novelesca. Llegué un tanto tarde a su lectura –se publicó en 1973 en Italia- porque las condiciones de recepción no eran para mí por entonces de las mejores. Es la pasión de una vida, allí se encuentran pistas conocidas y tiene una apertura hacia el infinito, lecturas para las cuales una sola vida en insuficiente. 

Los ensayistas italianos tienen ese poder de hacer amar la literatura y algunos de sus misterios, el libro de Ripellino se integra a la saga de Patricia Runfola, Italo Calvino, Claudio Magris y Roberto Calasso. Más adelante entraremos en materia, pero en relación a Praga asistimos al caos de la fragmentación que halla el sentido en el movimiento: la historia en el imperio y la destrucción del ghetto, los laberintos urbanos llevando hasta la disolución en los cementerios y la tradición de los cafés y otros antros sexuados, la ciencia cuando de cruza o depende del esoterismo, la vida de Corte y la corte de los tullidos, episodios históricos traumáticos y la vida siendo sueño, vagabundos y comediantes, abogados especialistas en seguro laboral, traductoras de alemán, culpables sin proceso, ingenieros sin castillo, comediantes judíos y viajeros de comercio que al despertar una mañana de un sueño agitado, se ven convertidos en un monstruoso escarabajo.

Gracchus, el cazador. 

La historia de Gracchus es la historia de un cazador, acaso del siglo IV que tiene un accidente de caza casi mortal en la montaña, y que por razones que son parte del misterio –otra variante del mito del judío errante y que Guillermo Apollinaire se cruzó en Praga- ve postergada su llegada a la muerte y vagabundea en su barca sin alcanzar la paz. Relato que tiene características de las parábolas donde se confunden destinos individuales con misterios de lo sagrado. Kafka habla –mejor dicho escribe- sobre esa leyenda en cercanía con Max Brod en su entrada del diario del 21 de octubre de 1913. Al parecer hay una primera versión entre enero y abril de 1917. Una segunda referencia al personaje se halla desarrollada, en la entrada del Diario del 6 de abril de 1917. Kafka muere en 1924 y “El cazador Gracchus” es publicado por primera vea en el año 1931. 

Edición de fragmentos al cuidado de Max Brod, el cuento es casi una parábola de la obra de Kafka: formaba parte del conjunto de la quema y de la promesa no cumplida. Faltó el vale para editar del autor y entre el manuscrito y lo publicado hay etapas textuales intermedias, luego los comentaristas hallan la perplejidad, todos los posibles “entre”. Entre promesa y renuncia, entre vida y muerte, sin saber la culpa que paga Gracchus en esa eternidad ni abrir una esperanza de redención, entre borrador kafkiano y retoques brodianos, entre lengua original y diferentes puertos traducidos de otras lenguas de amarre. En el cuento Gracchus llega a Riva, donde Kafka pasó unas semanas en curas termales. Gracchus llega a Montevideo porque es imposible alcanzar la muerte sin hacer escala en La Coqueta, hasta encontrar a Osiris o emprender el camino del Bardo. Gracches es cazador y personaje, un accidente, error de paralaje, leyenda de la montaña y cuento de Kafka, traducción y barco de lenguaje que sigue buscando el muelle huidizo de la muerte. Escribió Colasso: “Gracchus tiene una historia para contar que nadie escuchará hasta el final, o que nadie podrá entender. Gracchus está hecho de tiempo.”

El mito de Gracchus y su metamorfosis en cuento de Kafka pone proa a las corrientes de los significados. Sigue el instinto del cazador de la montaña con una función social y acepta las trampas de la Naturaleza; propone una ilusión de la muerte aceptada por quien la da y un viaje interrumpido hacia el otro reino por una razón que permanece misteriosa. Es el comienzo de la navegación infinita hasta una hipótesis de eternidad que sólo Dios puede epilogar, el cazador de la Selva Negra se vuelve navegante sin puerto final de reposo. El relato se hace Odisea y expedición de los Argonautas, evocación de Beowulf, Ismael y Maldoror. La travesía se transfigura en el navío sinécdoque, que emula a Argo con sus poderes y la Mary Celeste, el Holandés Errante y el Admiral Graf Spee, acorazado de bolsillo nazi que se suicida en la bahía de Montevideo.

Si aceptamos la ficción de que la historia de Gracchus es asimismo el navío, puede creerse que lleva en sus camarotes la tripulación heterodoxa del mito kafkiano: fragmentos de los Diarios, algunos relatos esbozados, los aforismos escritos viviendo con la hermana, las cartas terribles a las novias, los fantasmas judíos de Max Brod y Walter Benjamin, las huellas dactilares de novelistas de otras tradiciones que fueron seducidos por la magia de Praga. El Cazador Gracchus es un libro del Arte de Marear por la literatura.

Comunicado de prensa. 

Kafka muere y Milena escribe, una historia entre ellos se cierra y comienza la segunda parte del drama donde todavía estamos viviendo.

Santa Cecilia del Trastévere. 

Los textos atribuidos a Kafka en este libro no son traslaciones de versiones ya conocidas en castellano, tampoco se trata de nuevas traducciones y son sin embargo de mi responsabilidad. Quizá para proponer una nueva traducción –si ello fuera necesario- debí aprender un alemán superior en otra vida que ya no tendré; como debía hallar una puerta de salida para llevar a buen puerto el proyecto, debí dictarme algunos protocolos textuales y responder a la pregunta: ¿a quién leo cuando creo leer a Kafka? Luego de elegir los textos retenidos que volvían una y otra vez, pasé a confrontarlos en las diversas versiones que tenía a mi alcance en lenguas latinas que puedo leer con beneficio. Tomando notas, apuntes, borroneando aquí y allá me apliqué a proponer un texto manuscrito básico en cada instancia y que definí por el enunciado: esta es la aproximación inicial al castillo de la prosa de Kafka. Miraba a lo lejos torres en movimiento y el andar de centinelas armados en la niebla del amanecer, escuchaba el ruido de los animales subterráneos y la respiración de los tuberculosos.

Con esa partitura en borrador comencé a manejarme como lo haría un pianista que prepara un concierto para el próximo otoño. Casi todos los días repetía memorizando el programa y los bis hasta que una mañana quedé conforme con el resultado. La grabación resultante es pues la transcripción al uruguayo de lo que yo creo que podría ser acaso la escritura de Kafka, y hasta ahí podía llegar. El procedimiento tiene algo cíclico relacionado al eterno retorno y de volver a las lecturas juveniles, saber que no estamos al final de la literatura sino ante la salida inminente de la barca del cazador Gracchus, que abandona para siempre el puerto de Montevideo. Valery Larbaud aconseja a los interesados por estos asuntos que, en un próximo viaje a Roma vayan a la iglesia de San Jerónimo –patrón de los traductores- en peregrinación de reconocimiento; cuando regrese a Roma iré a la Basílica Santa Cecilia del Trastévere.