Walter Benjamin le escribe a Gershom Scholem

Svendborge, 11 de agosto de 1934

Aprovecho de este momento, mientras retomo –sin duda última- la revisión de mi “Kafka”, para volver explícitamente sobre varias de tus objeciones y agregar algunas preguntas relativas a tu punto de vista.

Digo “explícitamente” ya que la nueva versión considera implícitamente tus objeciones en varios aspectos. Ella contiene un número considerable de modificaciones. El manuscrito que tienes ahí a mano es, como te comenté, obsoleto. Aquí lo aguardo día tras día. Me resulta imposible, por razones técnicas, enviarte el manuscrito revisado antes de tener entre mis manos la versión original.

Mientras tanto, algunos pedidos urgentes:

1) Hazme llegar rápidamente, si es posible, “Halakha y Haggada” de Bialik, necesito leerlo. 2) Envíame tu carta abierta a Schoeps, de la cual me recordaste la existencia, para que me sirva de apoyo a nuestra explicación en suspenso.

Ahora, pasemos a los puntos decisivos:

1) Veamos cómo yo definía provisoriamente la relación entre tu poema y mi trabajo. Tu punto de partida es “la nada de la Revelación” (ver más adelante el punto 7) y la perspectiva –vinculada a la historia de la salvación- del procedimiento jurídico fijado. Mi punto de partida es la ínfima esperanza absurda, así como las criaturas que dicha esperanza anima y en las cuales se refleja dicha absurdidad.

2) Considerar la vergüenza como la reacción más violenta de Kafka de ninguna manera contradice el resto de mi interpretación. El mundo primitivo –que resulta, de manera oculta, el presente de Kafka- proporciona el índice, en el registro de la filosofía de la historia, permitiendo desprender esta reacción al campo de la constitución personal. Ya que la Thora –si nos atenemos a la presentación de Kafka- se ve impedida de concretar su obra.

3) La cuestión de la escritura está directamente unida al punto precedente. Que ella nada diga a los alumnos o que estos no lleguen a descifrarla resulta lo mismo, ya que la escritura sin la clave que la acompaña no es más escritura sino vida. Una vida como la que llevan los habitantes del pueblo al pie de la colina del Castillo. Transformar la vida en escritura, tal es para mi el sentido del “regreso” al cual tienden la mayor parte de las parábolas de Kafka- y cité varias: “El pueblo más cercano” y “Montado en el balde de carbón”. La existencia de Sancho Panza es ejemplar, en la medida en que ella consiste en releer su propia existencia, incluso si es carnavalesca y quijotesca.

4) Al comienzo subrayo que los alumnos –a quienes “la escritura nada les dice”- no pertenecen al mundo Hetaïrique, ya que las relaciono como los asistentes a las criaturas por las cuales, según la expresión de Kafka, “existe una cantidad infinita de esperanza.”

5) Que yo no niegue para nada el aspecto de la Revelación en la obra de Kafka, resulta del hecho de que le reconozco –si bien calificándola de “deforme”- un aspecto mesiánico. En Kafka, las categorías mesiánicas son el “estudio” y el “regreso”. Tu intuición es justa, cuando presumes que no pretendo obstaculizar por principio toda interpretación teológica –yo mismo practico dicha interpretación-, sino solamente la proveniente de Praga, insolente y superficial. Excluí mi argumentación basada en el comportamiento de los jueces (antes incluso de que me llegaran tus ideas al respecto) pues la encontraba indefendible.

6) Tengo la impresión de que la permanente insistencia de Kafka sobre la ley es el punto ciego de la obra. Lo que yo quiero decir con ello, es que la obra permanecerá estática si la interpretación se basa en ese punto ciego. Es cierto, por otra parte, que no deseo embarcarme en un cotejo explícito con ese concepto.

7) Te agradecería que precisaras tu perífrasis según la cual Kafka muestra “el mundo de la Revelación […] en una perspectiva donde ésta es dirigida a su negación.”

Aquí me detengo por hoy…

P.S. ¡Todavía ninguna respuesta definitiva de la parte de Weltsch! Ninguna línea tampoco de Spitzer en respuesta a mi larga carta con mis proposiciones.

París, 12 de junio de 1938

En respuesta a tu pedido, voy a escribirte in extenso sobre lo que pienso del “Kafka” de Brod. A continuación, hallarás algunas reflexiones personales sobre Kafka.

Desde el comienzo quiero que entiendas que esta carta será consagrada exclusivamente a ese tema que tanto nos preocupa (¿entusiasma?) a ambos: si esperabas novedades sobre mi persona, te ruego que tengas a bien aguardar algún otro día.

[Aquí se intercala el artículo de Benjamin sobre el Kafka de Max Brod]

Reseña de Kafka de Brod (1938)

El libro de Brod está marcado por una oposición fundamental entre, por una parte la tesis teórica avanzada por su autor y su actitud práctica por otra. La segunda contribuye a desacreditar la primera, por no decir nada de los escrúpulos que ella, de cualquier manera, había suscitado. La tesis teórica del autor es que Kafka se orienta hacia la santidad. La actitud práctica del biógrafo es una perfecta simplicidad cuya particularidad más remarcable es la falta de perspectiva.

El hecho de que una tal actitud haya podido articularse a una tesis como la evocada, despoja por adelantado el libro de toda autoridad. La manera tal como ella procede, se evidencia de manera emblemática en el giro mediante la cual se presenta al lector una foto de “nuestro Franz.” En la historia de las religiones, la intimidad con la santidad es la marca del pietismo, dicho de otra manera, por una actitud totalmente desamparada de piedad.

A estas imprecisiones en la economía de la obra, se agregan rutinas que sin duda el autor integró en el ejercicio de su oficio. En todo caso, las trazas de un periodismo apresurado son evidentes hasta en la tesis del libro: “La categoría de la santidad […] es la sola que permite percibir con certeza la vida y la obra de Kafka”. ¿Es necesario recordar que la santidad es un orden reservado a la vida y en ningún caso la producción literaria forma parte? ¿Hace falta precisar que, más allá de toda constitución religiosa basada en la tradición, el atributo de la santidad no es más que una expresión hueca?

Brod carece del rigor pragmático que estamos en derecho de exigir de un primer biógrafo de Kafka. “Nosotros no sabíamos lo que era un hotel de lujo y sin embargo estábamos despreocupados y de buen humor.” En razón de la falta flagrante de delicadeza del autor, y porque él escribe sin distancia ni matices, los clásicos estereotipos del folletín se deslizan en un texto que, por su tema, exige una actitud más digna. Estos elementos sirven menos, por otra parte, a explicar que ellos no testimonian sobre la total incapacidad de Brod para acceder a una intuición original de la vida de Kafka: su incapacidad a informar de esa existencia, se vuelve particularmente indecente cuando Brod evoca las célebres disposiciones testamentarias, por las cuales Kafka le impone la destrucción de su sucesión literaria. Era ese el momento ideal para abordar algunos aspectos fundamentales de la existencia de Kafka. (Sin embargo, Brod no quería manifiestamente asumir frente a la posteridad la responsabilidad de esta obra, de la cual él conocía pertinentemente la importancia.)

Como esa cuestión ha sido el objeto de numerosos debates después de la muerte de Kafka, parecía evidente que era necesario tomarla en consideración. Pero ello habría obligado al biógrafo a reconsiderarla e interrogarse sobre sí mismo. Kafka estaba bien obligado a confiar su sucesión a alguien que no llevaría adelante la ejecución de sus ultimas voluntades. Esta manera de presentar las cosas no habría causado daño, ni al ejecutor testamentario ni a su biógrafo. Pero ello, por otra parte, supone una capacidad a considerar las tensiones que atravesaron la vida de Kafka. 

Sin embargo, la carencia de tal capacidad es evidente en Brod cuando intenta comentar la obra de Kafka y su escritura. Brod no logra trascender su estrategia de diletante. La rareza del ser Kafka y de su escritura no es seguramente sólo “aparente”, como lo sostiene Brod, y afirmar que los aspectos de la realidad que Kafka desprende “son simplemente verdaderos”, no permiten hacerle justicia. Tales digresiones sobre la obra de Kafka, vuelven problemática por adelantado la interpretación brodiana de la visión del mundo de Kafka. Cuando Brod, por ejemplo, afirma que Kafka estaba en la misma línea que Buber, ello presupone buscar la mariposa en la red sobre la cual él proyecta su sombra cuando la sobrevuela. “La interpretación realista judía” de El Castillo evita los aspectos terroríficos y asquerosos que Kafka atribuye al mundo superior, en beneficio de una lectura ejemplar que debía suscitar las sospechas del sionismo.

Incluso a un lector poco escrupuloso, le ocurre algunas veces el percatarse de ese oportunismo que se ajusta muy mal al tema. Brod eligió ilustrar la compleja problemática del símbolo y la alegoría, con la ayuda del estoico “soldadito de plomo de Andersen”, que es un símbolo de pleno derecho pues expresa muchas cosas que “se pierden en el infinito”, y nos afecta por detalles de su “destino personal” de soldadito de plomo. Estaríamos curiosos de saber lo que daría el escudo de David interpretado a la luz de tal teoría del símbolo.

El sentimiento de la debilidad de su propia lectura de Kafka, hace a Brod sensible a la debilidad de otras lecturas. Resulta penoso verlo descartar de un manotón el interés más bien sensato de los surrealistas por Kafka, así como las lecturas de sus pequeños textos en prosa por Werner Kraft, algunas de las cuales son estupendas. Brod se esfuerza también por desvalorizar toda lectura de Kafka a venir: “Se podrá comentar indefinidamente (y ello sin duda se hará) pero, necesariamente, nunca se alcanzarán los objetivos. La oreja es golpeada por la insistencia por lo dicho, y por tanto en sordina. Provoca rechazo afirmar que, las múltiples “debilidades y dificultades personales y contingentes de las cuales sufría Kafka”, permiten comprender mejor su obra que las “construcciones teológicas” cuando alguien pretende presentarnos a Kafka bajo el aura de la santidad. Brod se desprende en un mismo gesto de toda aquello que lo incomoda en su intimidad con Kafka: el psicoanálisis paga un alto precio, lo mismo que la teología dialéctica. Ese gesto le permite confrontar la escritura de Kafka a la “falta de precisión” de Balzac –en tanto que él no piensa que a las fanfarronadas transparentes, que forman parte de la obra y grandezas de Balzac.

Todo ello no proviene de Kafka. Demasiado seguido Brod pasa al costado de la represión y la sangre fría que caracterizan a Kafka. Todo ser humano –dice Joseph de Maistre- se deja arrumar por una opinión moderada. El libro de Brod no tiene ningún encanto. No respeta ninguna medida ni en su manera de rendir homenaje a Kafka, ni en el tratamiento humano al que lo somete. Sin duda, todo ello proviene de la novela que agota la inspiración en su amistad con Kafka. Haberle confiscado algunas citaciones no es el menor de los defectos de esta descripción biográfica. El autor de la novela El reino encantado del amor se declara sorprendido que las personas menos próximas de Kafka, hayan podido ver el hecho de que él hizo hablar al difunto bajo el nombre de Garta una carencia de piedad hacia su persona: “No me han comprendido […] No han recordado que Platón, él también confiscó a la muerte su maestro y amigo Sócrates, y de manera todavía más decisiva, atribuyéndole el protagonismo en casi todos los diálogos que él escribió después de su muerte, habiendo hecho así de él un camarada todavía vivo, reaccionando y compartiendo en cada momento su pensamiento.”

Hay pocas probabilidades que el Kafka de Brod figure alguna vez junto a las grandes biografías literarias fundadoras, que sea citado luego del Hölderlin de Schwab, del Büchner de Franzos o del Keller de Bächtold. Se trata de un documento bastante ambiguo sobre una amistad y que constituye un enigma, y no de los menores, en la vida de Kafka. 

Ya ves, según lo que vengo de escribir, querido Gerhard, por qué la biografía de Brod me resulta poco adaptada a hacer aparecer mi idea de Kafka, incluso considerándola desde una perspectiva polémica. Quedaría por saber si las notas siguientes podrían sugerir esta idea de forma más convincente. En todo caso, ellas te presentarán un aspecto nuevo de Kafka, más o menos independientes de mis reflexiones previas.

La obra de Kafka es una elipse de la cual los dos epicentros más alejados son determinados, de un lado, por la experiencia mística (que es ante todo una experiencia de la tradición) y del otro lado, por la experiencia del hombre moderno de las metrópolis. Cuando hablo de la experiencia del hombre de las metrópolis, concentro en ellas varias experiencias. Hablo del ciudadano moderno, que se sabe entregado a una enorme maquinación administrativa, cuyo funcionamiento es manejado por las instancias cuyos órganos ejecutivos ellos mismos, para no decir nada de los sujetos que le son sometidos, permanecen indeterminados. (Es bien sabido que esta maquinaria es uno de los estratos interpretativos de sus novelas y más precisamente de El Proceso.) Pero el hombre moderno de las metrópolis designa igualmente y aún más lo contemporáneo de los físicos del presente. Cuando leemos un pasaje de La naturaleza del mundo físico de Eddington, uno creería estar escuchando a Kafka: 

“Estoy delante de la puerta, dispuesto a entrar en una habitación. Es una aventura compleja. Primero, debo luchar contra la atmósfera que pesa sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo con una fuerza de un kilogramo. Luego, debo intentar aterrizar sobre una plancha que vuela alrededor del sol a una velocidad de treinta kilómetros por segundo; un atraso de una fracción de segundo y la plancha se halla ya propulsada a miles de leguas más lejos. Y ese esfuerzo debe ser realizado mientras que estoy fijado a un planeta de forma esférica, con la cabeza hacia el exterior, hacia el espacio, donde un viento de éter sopla sólo Dios sabe a qué velocidad a través de los poros de mi cuerpo. En apariencia, la tabla no es demasiado sólida. Apoyar un pie en ella, es como apoyar un pie sobre un enjambre de moscas. ¿Y si el pie pasa al otro lado? Imposible, ya que, si tomo el riesgo de apoyar el pie, una de las moscas me toca y me propulsa a las alturas. Cuando yo caigo sobre mis pies, otra mosca me reenvía hacia lo alto, y así sin descanso. Al fin de cuenta, yo puedo esperar mantenerme siempre más o menos a la misma altura. Pero, si por desgracia a fin de cuenta lograra atravesar la plancha, o fuera violentamente propulsado hacia arriba, al punto de volar hasta el techo, ese accidente estaría siempre en acuerdo con las leyes de la naturaleza y no representaría otra cosa que un concurso de circunstancias extremadamente improbable […]. Sin duda es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un físico atravesar el umbral de una puerta. En el caso de un portón de granja o del pórtico de una iglesia, sería probablemente más sabio contentarse con ser un hombre ordinario y simplemente pasar, en lugar de que sean solucionadas todas las dificultades asociada a una entrada científicamente irreprochable.”

No conozco ningún otro texto literario que ilumine tan bien el gesto kafkiano. Cada frase o casi de esa aporía física podría sin problema estar acompañada de frases sacadas de los relatos en prosa de Kafka, y no sería sorprendente que varias de las “más ininteligibles” de esas frases tuvieran aquí su lugar. Cuando decimos, como yo mismo lo hice previamente, que las experiencias correspondientes de Kafka están en una fuerte relación de tensión con sus experiencias místicas, decimos entonces una verdad a medias. Lo que resulta particularmente y completamente delirante en Kafka, es que ese mundo de experiencia reciente le fue desvelado precisamente por la tradición mística. Eso no fue evidentemente sin haber causado también importantes estragos (sobre los cuales volveré luego) en el interior de esta tradición. La enseñanza de la historia es que, manifiestamente, fue necesario recurrir nada menos que a las fuerzas de esta tradición para que un individuo (llamado Franz Kafka) se pueda confrontar a esa realidad que se proyecta como nuestra en el plano teórico –en la física moderna, por ejemplo- y en el plano teórico –en la técnica de la guerra. Lo que quiero decir, es que esta realidad ya no es casi perceptible por el individuo y el mundo generalmente alegre de Kafka, ese mundo habitado de ángeles, representa el complemento exacto de una época que se prepara a liquidar masivamente a los habitantes de este planeta. La experiencia corresponde a aquella que Kafka hizo en tanto que persona privada, y que sin duda será dada a las masas de vivirla recién en el momento de su liquidación. 

Kafka vivía en el mundo complementario. (En esto Kafka se acerca a Klee, cuya obra se halla también aislada en la pintura como la de Kafka en la literatura) Kafka discernía el complemento, sin discernir lo que ello completaba. Sí podemos decir que él discernía aquello que llega sin discernir, aquello que existe en el presente en tanto que individuo afectado por lo que adviene. Sus gestos de horror se mutan de esta magnífica latitud a la cual la catástrofe pondrá término. Pero la experiencia de Kafka se fundaba únicamente sobre la tradición a la cual él se abandonaba. Ni clarividente, ni “visionario”, Kafka estaba solamente a la escucha de la tradición, y aquel que escucha con todas sus fuerzas, ese no ve.

Si la escucha es tensa, es ante todo porque sólo los sonidos más indistintos llegan a los oídos de quien escucha. Él no tiene doctrina que aprender, ni ningún saber a retener. Hay que captar al vuelo aquellas cosas que no están destinadas a ninguna oreja. Ello supone una situación invitando a caracterizar la obra de Kafka por su vertiente negativa. (Sin duda, su caracterización negativa tendría siempre más probabilidades de salir adelante que la positiva.) La obra de Kafka muestra que la tradición está enferma. Se llegó hasta que se definiera la sabiduría como el aspecto épico de la verdad. Se trata de describir la sabiduría como un bien tradicional; ella es la verdad en su consistencia haggadique. 

Es esta consistencia de la verdad que se perdió. Kafka estaba lejos de ser el primero a estar confrontado a esta situación. Muchos se fueron acomodando, aferrándose a la verdad o a lo que ellos toman por la verdad, renunciando mal que bien a su comunicación tradicional. El rasgo en verdad genial en Kafka es haber intentado algo completamente original: renunciar a la verdad conservando tan sólo la transmisibilidad, el elemento haggadique. Las creaciones de Kafka son esencialmente parábolas. Pero su miseria y belleza provienen de que les fue necesario volverse algo más que parábolas. Ellas no se conformaron con inclinarse a los pies de la doctrina, como la Haggada a los pies de la Halakha. Una vez rendidos a sus pies, las parábolas levantaron seguido una garra agresiva contra ella. 

Por ello no aparece el asunto de la sabiduría en la obra de Kafka. Sólo quedan unas secuelas después de la desintegración. Existen dos: el primer rostro resultante de esta “diathesis” es el rumor de las cosas verdaderas (una suerte de diario teológico clandestino que trata de asuntos desacreditados y obsoletos); el segundo es la locura, que liquidó integralmente el contenido propio de la sabiduría, pero que por el contrario conserva el tono calmo y agradable del cual el rumor está desprovisto. La locura es la esencia de los héroes preferidos de Kafka: de Don Quijote hasta los asistentes y animales (la animalidad, para él, no significaba sin duda otra cosa que la renuncia, por una suerte de pudor, a la apariencia y a la sabiduría humana. El animal reacciona como un señor distinguido que recala en una taberna de mala muerte y, por pudor, renuncia a limpiar su vaso). Dos cosas estaban conquistadas por Kafka: primero que hay que estar loco para ayudar, segundo que sólo la ayuda de un loco constituye una ayuda verdadera. Faltaría saber si ella todavía ayuda a los hombres. Ella ayuda quizá más bien a los ángeles (ver el pasaje –en el tomo VII de las obras completas- sobre los ángeles, a los cuales la transformación de su existencia en atención les da trabajo), que podrían por tanto desenvolverse de otra manera. Así, como afirma Kafka, hay una cantidad infinita de esperanza, pero no para nosotros. Esta frase contiene verdaderamente la esperanza de Kafka. Ella es la fuente de su felicidad expansiva. 

Es una imagen peligrosamente sintética y puesta en perspectiva que te trasmito aquí. Lo hago sin inquietud, sabiendo que tú podrás precisar con las ideas que desarrollé bajo otros ángulos en el trabajo publicado por la Jüdische Rundschan. Lo que hoy me molesta más en el texto, es el elemento básicamente apologético que lo atraviesa. Hay algo que no hay que perder de vista jamás, si queremos rendirle justicia a la figura de Kafka en su pureza y belleza singular: es alguien que fracasó. Las circunstancias de este fracaso son múltiples. Uno desea decir: una vez que se aseguró del fracaso final, todo le salía bien, en el camino, como en un sueño. Nada da más ganas de reflexionar que el ardor con el cual Kafka remarcó su fracaso. A mi parecer, su amistad con Brod es ante todo un punto de interrogación que él quiso trazar al margen de su vida.

Voilá, por hoy… el círculo se cierra sobre si mismo y es desde el centro de ese círculo que te envío mis saludos más afectuosos.

París, 12 de junio de 1938

Con la finalidad de hacer más presentable la carta adjunta, me parecía necesario aligerarla de todo elemento personal.

Ello no excluye que te está destinada, en prioridad, por razones bien personales y para agradecerte de tu incitación. Por otra parte, no sabría juzgar si es útil de darle a leer tal cual está a Schochen. De cualquier manera, creo que he ido bastante lejos en el complejo Kafka tal cual me es posible hacerlo en el presente. De aquí en más, todo ello debe desaparecer por algún tiempo ante mi trabajo sobre Baudelaire.

Constato con placer que ciertas cosas se acomodan desde que doy la espalda. ¡Qué reproche no me fue dirigido tiempo ha sobre ti o sobre Wiesengrund, por él o por ti! Y resultó que no era otra cosa que una falsa alerta. Nadie se puede alegrar más que yo.

En los próximos días voy a escribirle a Wiesengrund y evocaré la carta sobre Kafka. Evidentemente tú se la puedes comunicar; sin embargo, te rogaría no evocar el asunto que con la mayor prudencia y como si yo no estuviera al corriente de las eventuales perspectivas editoriales que podrían resultar. Te hago confianza para evaluar la situación, saber si no sería preferible callar todo al respecto. Hay que reflexionar muy bien sobre ese asunto, ya que si tu comunicas la carta a Wiesengrund, su carácter semi público no se le escapará. 

Eventualmente, podrías explicarle que has obtenido esta carta de mí para completar tus archivos de mis escritos esotéricos. Por ora parte, me temo que esta explicación salvo algunos pequeños detalles, se acerca bastante a la verdad.