Fragmentos del Diario

1910

Los espectadores se inmovilizan cuando pasa el tren.

Escribo esto movido por la desesperación que me causan mi cuerpo y el futuro de ese cuerpo.

Cuando la desesperación se manifiesta de manera tan categórica, cuando ella está fusionada a su objeto – apoyada en la retaguardia por un soldado cubriendo su retirada y que se haría despedazar por ella- significa que no es desesperación verdadera; la auténtica siempre y de inmediato trasciende su objetivo, (con la coma anterior advierto que sólo la primera oración es justa).

¿Tú estás desesperado?

¿Sí? ¿Estás de verdad desesperado?

¿Vas a huir? ¿Quieres esconderte?

Por fin… después de cinco meses de mi vida durante los cuales no escribí nada de lo que pudiera estar satisfecho –meses que ningún poder me devolverá, aunque todos ellos tuvieran la obligación de hacerlo- me regresa la idea de dirigirme de nuevo la palabra. Cada vez que realmente me interrogué respondí a ese llamado; siempre había algo para hacer salir de adentro, de ese montón de paja que soy desde hace cinco meses; parecía que el destino fuera ser encendido durante el verano y luego consumirse, más veloz que el parpadeo del espectador. ¡Si tan siquiera eso me pudiera pasar! Ello debería sucederme diez veces y por desgracia tampoco reniego de esa época. Mi estado no es la desgracia y menos la felicidad, tampoco indiferencia ni debilidad, ni fatiga, ni el interés por otra cosa. ¿Entonces qué es? El hecho de ignorarlo está relacionado a mi incapacidad de escribir. 

Este domingo 19 de julio de 1910 yo me dormí y luego me desperté; dormido, despierto, vida miserable.

No permitiré que la fatiga se instale en mí. Me hundiré con todo en el relato aunque en la caída deba partirme la cara.

Ninguna palabra –o casi- escrita por mi no concuerda con alguna otra. Escucho chirriar las consonantes unas contra las otras con ruido de chatarra y las vocales cantan acompañándolas como negros de Exposición. Mis dudas forman un círculo rodeando cada palabra, yo las distingo antes de identificar la palabra precisa, ¡quién lo diría! La palabra es invisible y por eso la invento. Eso no sería lo más grave, haría falta poder inventar palabras apropiadas para expulsar el olor de cadáver en otra dirección, con la intención de que no nos salte a la garganta, a mi y al lector. Cuando me siento en mi lugar de trabajo, no estoy más cómodo que alguien que cae en medio del tráfico sobre la plaza de la Opera, y se parte las dos piernas. 

Nunca dejaré este Diario. Es aquí donde necesito ser perseverante ya que sólo puedo serlo metido aquí adentro. Cómo desearía poder explicar el sentimiento de felicidad que me invade de tiempo en tiempo, ahora por ejemplo. Es algo más bien burbujeante que me recorre por completo de estremecimientos ligeros y agradables. Me persuade de estar dotado de capacidades de las cuales puedo –en todo instante, ahora mismo inclusive- convencerme y con absoluta certeza de que ellas no existen.

En respuesta a la acuciante pregunta: ¿Existe algo que sea realmente inmóvil? Zenón dijo: “Si, la flecha en pleno vuelo es inmóvil.”

De todas maneras, hay en el gesto de que haya borrado y tachado tantas cosas –en verdad casi todo lo escrito a lo largo de este año- un obstáculo enorme a mi trabajo literario. Ya que es una montaña –cinco veces más de lo que pude haber escrito en general- y esa masa, nada más que considerando su peso, atrae hacia ello todo lo que escribo a medida que va saliendo de mi pluma. 

Lamentable, lamentable y por tanto las intenciones son buenas. Por cierto es medianoche y ello no sería excusa –ya que estoy bien descansado- en la medida en que no hubiera escrito durante el día. La lámpara eléctrica encendida, el apartamento en silencio, afuera la oscuridad nocturna, últimos instantes de vigilia: todo ello me da el derecho de escribir aunque fuera de cosas lamentables. Ese derecho me apresuro a utilizarlo. Esto es lo que soy.

Cuando me comporto de manera humana durante algunas horas, como hoy en casa de Max y más tarde en lo de Baum, ya tengo el orgullo satisfecho al momento de meterme en la cama.

1911

Como consecuencia de un encantamiento (considerando que los obstáculos no provenían de circunstancias exteriores o interiores y son ahora más gratos que lo fueron desde hace un año), estuve impedido de escribir a lo largo de un día placentero (es domingo). A manera de consolación, tuve nuevas iluminaciones sobre la criatura desgraciada que soy.

Hay demasiadas cosas sobre mí mismo que no anoté estos últimos días (en estos momentos duermo mucho y profundamente durante el día, con un sueño pesado), en parte también por temor a traicionar el conocimiento de mi mismo. Este miedo tiene fundamento, ya que solo podría ser fijado por la escritura un conocimiento de si mismo que se alcanzara con la mayor integridad en todas sus consecuencias secundarias y con absoluta veracidad. Por tanto, si ello no ocurre así –en todo caso yo soy incapaz de hacerlo- las notas, obedeciendo a sus propios fines, sólo logran reemplazar, con la superioridad de lo que está fijado, el sentimiento vivido de manera puramente general. De tal manera que el sentimiento verdadero desaparece, en tanto que la ausencia de valor de lo anotado será reconocido demasiado tarde. 

La naturaleza particular del estado de inspiración con el cual voy a acostarme –yo, el más feliz y más desgraciado de los hombres- a la dos de la madrugada (puede que dicho estado persista sólo si soporto el pensamiento, considerando que me parece superior a todos los anteriores), reside en que todo lo pueda y no sólo en función de un trabajo determinado. Que escriba una frase al azar, por ejemplo: “Él miraba por la ventana” y ella resulta perfecta.

Los jóvenes aseados y buen vestidos que crucé durante el paseo me hicieron recordar mi propia juventud; por eso mismo me hicieron una impresión asquerosa.

Siento que una gran parte mía aspira a la teosofía y al mismo tiempo, ella me provoca un miedo extremo. Temo que ello ocasione en mí una nueva confusión, lo que sería grave puesto que mi presente infelicidad está hecha de confusión. Dicha confusión consiste en lo siguiente: mi felicidad, las capacidades potenciales y todas mis posibilidades de ser útil a alguna cosa desde siempre residen en la literatura. (…) Y por tanto, no puedo dedicarme todo lo que sería necesario a la actividad literaria, y ello por diversas razones. Sin evocar mi situación familiar, la literatura no podría hacerme vivir, quizá a causa de la lentitud de mi producción y del carácter específico de mis escritos. Además, mi salud y mi carácter me impiden decidirme por una vida que sólo podría ser incierta, en el mejor de los casos. Ello explica que me volviera funcionario de una compañía de Seguros sociales. Ahora bien, esas dos profesiones jamás podrán tolerarse una a la otra, ni admitir una felicidad común. La mínima felicidad que una me depara se transforma en la mayor desgracia de la otra. Aunque hubiera escrito alguna buena cosa durante la noche, a la mañana siguiente en la oficina ardo de impaciencia sin llegar a nada. Esa tensión no cesa de agravarse. 

Hoy es tu aniversario y ni siquiera te envié el libro habitual, ya que ello sería una hipocresía; en verdad, ni siquiera estoy en condiciones de enviarte un libro. Si te escribo, es sólo porque tengo una necesidad intensa de estar cerca de ti algunos instantes en el día de hoy, y lo hago gracias a esta carta. Comencé por quejarme y fue para que me reconozcas de inmediato. 

El período que vengo de pasar, durante el cual no escribí ni una sola línea ha sido para mi muy importante. En las piscinas de Praga, de Königssael y de Czernoschitz dejé de tener vergüenza de mi cuerpo.

Tengo la desgraciada idea de que el tiempo me falta para concretar el mínimo trabajo con algo de valor. Estoy sin tiempo para escribir un relato y dispersarme por los cuatro rincones del mundo como debería hacerlo. Me parece, por otra parte, que mi viaje tomaría un giro positivo y llegaría a una mejor comprensión si pudiera entredormirme escribiendo un poco, y hago por tanto una nueva tentativa. 

Diario de Goethe. Alguien que no lleve su propio Diario está en falsa perspectiva en relación al Diario de otro. Si él lee por ejemplo, en el Diario de Goethe: “11.1.1797. Pasé toda la jornada en mi casa tomando diversas disposiciones”, le parece que a él y todavía jamás le sucedió eso de hacer tan pocas cosas en un día.

Creo que el insomnio proviene sólo del hecho de que yo escribo. Ya que, por poco o mal que escriba, no es menos cierto que esos mínimos estremecimiento provocan mi susceptibilidad. Siento durante la noche y más a la mañana la llegada, la inminente posibilidades de grandes estados exultantes que me hacen sentir capaz de todo; pero luego, en medio del estruendo que hay en mi y al cual no tengo tiempo de impartirle órdenes, no logro hallar el reposo. Al fin de cuentas, ese ruido es una armonía reprimida, contenida, que una vez liberada me colmaría por entero. Incluso más: podría dilatarme sin cesar de colmarme. 

Por primera vez después de varios días recomienzo a estar inquieto también escribiendo este Diario.

Cólera contra mi hermana que entra al cuarto y se sienta en la mesa con un libro. Aguardo la primera ocasión aunque sea insignificante, que me permita expresar mi estado colérico. Como si fuera poco, ella toma una tarjeta de visita y con ella se escarba entre los dientes. Recomienzo la escritura con cólera decreciente y que me deja en la cabeza un arrebato desabrido, en tanto que siento un comienzo de alivio y confianza.

Esta tarde entró en mí el sufrimiento que me provoca mi abandono, tan rígido y penetrante que sentí agotarse la energía que acumulo escribiendo este Diario, y que nunca destiné en verdad a esta finalidad. 

Por primera vez después de mucho tiempo, esta mañana sentí placer imaginando un cuchillo que se revuelve en mi corazón.

De a poco intentaré redactar una lista de las cosas que en mi son indudables, luego vendrán las dignas de fe, después aquellas posibles, etc. Lo único seguro es mi avidez por los libros. No pretendo tanto poseerlos o leerlos que mirarlos y convencerme de su existencia en la vitrina de una librería. Si en alguna parte me encuentro con varios ejemplares de un mismo libro, cada uno de ellos me encanta. Es como si esa avidez partiera del estómago despertando un apetito insaciable. Mis propios libros me dan menos alegría que los otros, por el contrario los libros de mis hermanas me dan placer. Las ganas de poseerlo es en mi un deseo mas bien débil y diría que son casi ausentes. 

Tres noches seguidas sin dormir, al menor esfuerzo para hacer cualquier cosa alcanzo de inmediato los límites de mis fuerzas. 

Aceptamos las ciudades extranjeras como aceptamos un hecho. Los habitantes viven allí sin entender nuestra manera de vivir, de la misma manera que nosotros no comprendemos la suya. Estamos obligados a comparar sin poder defendernos, pero bien sabemos que ello no tiene ningún valor moral y ni siquiera psicológico. Al fin de cuentas también podemos renunciar a la comparación, puesto que la excesiva diferencia de las condiciones de vida nos dispensa de comparar.

Debo admitir que Max y yo somos profundamente diferentes el uno del otro. Si bien admiro sus obras cuando ellas se presentan ante mi como un todo inaccesible a mi intervención –y a la intervención de cualquier otro-, cada frase que él escribe de Ricardo y Samuel, al contrario, exige por mi parte una concesión. Concesión que asumo a regañadientes y lo siento con dolor hasta el fondo del alma. Al menos en el día de hoy. 

Ninguna escritura durante tres días.

Incluso sin considerar los otros obstáculos (estado físico, padres, carácter), llego a encontrar una muy buena excusa al hecho de que no limito mi actividad a la literatura contra viento y marea: no puedo arriesgar nada para mi, hasta que no haya concretado un trabajo de cierta importancia y capaz de satisfacerme plenamente. Lo que sin duda es irrefutable.

Cuando comienzo a escribir luego de haberme interrumpido durante un período prolongado, es como si trajera cada palabra de la nada. Apenas habiendo recuperado una, ya no tengo más que esa sola palabra y todo el trabajo recomienza.

Una de las ventajas que tiene llevar un Diario, es que uno toma clara conciencia y cierta de los cambios a los que está sometido de continuo. En los cuales –bien entendido- uno cree de manera general, que expone y confiesa y a la vez niega más tarde de manera inconsciente; desde que se trata de ahondar en determinada confesión de razones pacíficas y de esperanza. Un Diario aporta las pruebas de que, incluso siendo presa de esos estados que en el presente resultan intolerables, uno ha vivido, mirado a su alrededor y consignado las observaciones; de que esta mano derecha, entonces, se agitó como ahora. Ahora que la posibilidad de abarcar con una mirada nuestra situación de otro tiempo, nos hizo más perspicaces; de eso que nos obliga aún más a admitir la osadía de nuestros esfuerzos pasados, sustentados en la pura ignorancia.

La memoria de una nación pequeña no es más breve que aquella de una gran nación, y por tanto ella elabora más a fondo el material existente. Es claro que hay menos puestos para los especialistas de la historia literaria, pero la literatura es menos asunto de la historia literaria que del pueblo; así la literatura, si no se halla entre manos puras, al menos está en buenas manos. Considerando que las exigencias que la conciencia nacional plantea al individuo en un pequeño país, ello arrastra en consecuencia que cada uno debe estar siempre pronto a conocer la parte de la literatura que lo implica. A sostenerla y a luchar por ella; en todo caso a luchar por ella, también si la ignora y no la sostiene.  

1912

Es posible discernir en mí con claridad una concentración en beneficio de la literatura. Cuando fue evidente en mi organismo que la orientación de mi naturaleza hacia la creación literaria era la más productiva, todo se precipitó en ese sentido y dejé intactos los otros talentos que se inclinan hacia las delicias del sexo, la bebida, la comida, la reflexión filosófica y la música en sitial privilegiado. Yo adelgacé de todas esas tendencias. Era necesario; mis energías al fin de cuentas eran tan débiles que no podían servir, mal que bien mi objetivo literario, que a condición de estar reunidos. Por cierto no descubrí esa tendencia de manera consciente e independiente; ella se encontró a sí misma y sólo la oficina le hace obstáculo de manera radical. En todo caso, no tengo derecho a deplorar no poder tener una amante; que yo espere del amor casi lo mismo que de la música, me obliga a contentarme con recibir al vuelo las impresiones superficiales. Que en año nuevo haya cenado salsifis con espinacas tomando una copa de Jerez, y no pudiera interesarme el domingo a la lectura que hizo Max de su ensayo filosófico; lo que todo lo compensa irrumpe con total claridad. Ya que mi desarrollo parece finalizado y –en tanto pueda saberlo- no tengo más nada para sacrificar, sólo falta suprimir el trabajo en la oficina de esa vida rutinaria para comenzar mi verdadera vida. En la cual mi rostro podría finalmente envejecer de forma natural, acompañando los progresos de mi obra. 

Desde hace dos días, cuando quiero puedo notar la frialdad e indiferencia que hay en mí. Ayer de noche mientras me paseaba, cualquier ruido en la calle, una mirada anónima dirigida sobre mi, no importa qué fotografía colocada en una vidriera cualquiera, me importaban más que yo mismo.

Creo que fue la primera vez en mi vida que, desde la ventana, observé algo que me afectaba en lo profundo y sucedía en la calle. Esa precisa manera de observar me resultó familiar porque la descubrí en Sherlock Holmes.

es así que pierdo otro domingo calmo y lluvioso… estoy sentado en mi cuarto y en paz; pero en vez de decidirme a escribir –ya que, anteayer sin ir más lejos, hubiera querido desahogarme en el trabajo con todas mis fuerzas y por entero- vengo de pasar un largo rato mirándome la punta de los dedos. Creo haber estado influenciado totalmente por Goethe esta semana; vengo de agotar la energía recuperada gracias a esa influencia y me volví improductivo. 

El fervor, que me atraviesa de parte a parte cuando leo los detalles sobre Goethe (conversaciones sobre Goethe, años de universidad, cursos con Goethe; una temporada de Goethe en Francfort) y que me aleja de todo trabajo literario.

Ayer en el Café City donde estaba con Löwy ligero desvanecimiento, y la manera como me incliné sobre el periódico para disimularlo.

¡A partir de hoy tendré el Diario con firmeza! ¡Escribir con regularidad! ¡Nunca declararse vencido! Mismo cuando la liberación se haga esperar, yo quiero en cada instante ser digno de ella. Pasé la noche en la mesa familiar en una total indiferencia, la mano derecha sobre el respaldo de la silla de mi hermana que juega a las cartas a mi lado, la mano izquierda apoyada con flojera sobre mis muslos. De tiempo en tiempo intento tener conciencia de mi infelicidad y lo voy alcanzando a duras penas. 

Durante qué somnolencia y con cuánta felicidad yo pude escribir esta cosa inútil e inacabada.

Quién podrá confirmarme que es verdadero o verosímil, que es sólo en consecuencia de mi vocación literaria, que no me intereso en nada y soy por tanto un insensible.

Revisión de algunos viejos papeles. Es necesaria toda la fuerza imaginable para esa experiencia. La desgracia que debemos soportar cuando nos interrumpimos en medio de un relato que sólo podría ser logrado si es escrito de un tirón –es lo que siempre me ocurrió hasta ahora- una lectura rápida nos obliga todavía a soportarlo, si no con la misma intensidad al menos bajo una forma más compacta.

El recitador Reichman ingresó al asilo de alienados al otro día de nuestra conversación.

Ante todo no subestimar lo que ya escribí, ello me cerraría el acceso a lo que me queda todavía por escribir.

Por primera vez después de una semana fracaso casi completo en mi trabajo. ¿Por qué? Sin embargo atravesé todos los estados imaginables la semana pasada y preservé mi trabajo de toda influencia exterior. Ahora tengo miedo de escribir de eso.

Leo en este momento en la “Correspondencia” de Flaubert: “Mon roman est le rocher que m’attache et je ne sais rien de ce qui se passe dans le monde.” Parecido a lo que yo mismo anoté el 9 de mayo.

Nada escrito hasta el presente. Comenzar mañana. De lo contrario puedo caer en una insatisfacción que nada podrá impedir que se extienda; a decir verdad ya estoy dentro. Recomienzan mis crisis nerviosas. Pero suponiendo que fuera capaz de hacer alguna cosa, yo lo podría sin precauciones supersticiosas.

Nada, nada. Cuánto tiempo me hace perder la publicación de ese pequeño libro, qué sentimiento ridículo y nefasto de mi valor me invade leyendo textos viejos para publicarlos. Sin embargo no gané nada y mi presente malestar es la mejor prueba. Una vez el libro publicado deberé en todo casi, si no quiero tocar lo verdadero apenas con la punta de los dedos, mantenerme alejado de revistas y críticos. ¡Qué ser pesado me volví! Antes, me era suficiente con pronunciar una palabra opuesta a mi orientación y volaba de inmediato a la obra orilla. Ahora me conformo con mirar y aceptarme tal cual soy.

Mi tío de España. El corte de su chaqueta. La influencia de su presencia. Los detalles de su personalidad. –su manera de atravesar levitando el vestíbulo para ir al WC. él no responde si en ese momento alguien le dirige la palabra-. Cada día parece más amable, ello si no lo juzgamos por el cambio progresivo y en cambio retenemos ciertos momentos luminosos.

El pozo que la obra genial cavó con fuego en nuestro círculo inmediato, nos brinda un lugar acogedor donde acomodar nuestra pequeña llamita. Porque la obra de genio es una fuente, ella nos da ánimo, insufle un aliento que se ejerce de una manera general y nos aleja de la tentación mimética.

Yo  escribí ese relato –El veredicto- de una sola sentada, de las diez de la noche hasta las seis de la mañana, en la noche del 22 al 23. Quedé tanto tiempo pegado a la silla, que apenas si pude retirar mis piernas anquilosadas de debajo del escritorio. Mi terrible fatiga y mi felicidad viendo avanzar la historia debajo de mis ojos: avanzaba abriendo las aguas. Muchas veces durante la noche soporté todo el peso del cuerpo en mi espalda. Todo puede ser dicho, todas las ideas, por insólitas que sean, son alcanzadas por un fuego intenso en el cual ellas desaparecen y renacen. Todo se vuelve azul frente a mi ventana. Pasa un auto. Dos hombres caminan sobre el puente. A las dos de la madrugada miré mi reloj por última vez. Cuando la sirvienta atravesó el vestíbulo yo escribí la última oración. La lámpara apagada y la claridad del día. Ligeras punzadas en el corazón. La fatiga desapareció en el medio de la noche. Mi entrada temblando en el cuarto de mis hermanas. La manera como me desperecé ante la sirvienta y dije: “Trabajé hasta ahora.” La vista de mi cama intacta como si vinieran de instalarla recién en el cuarto. Mi certeza es confirmada, cuando trabajo en mi novela yo me encuentro en los vergonzosos bajos fondos de la literatura. Sólo así se puede escribir, con esa continuidad, con una entrega total del alma y del cuerpo 

1913

Se me hizo imprescindible recomenzar a llevar el Diario. Mi cabeza insegura, F., mi naufragio en la oficina, la imposibilidad física de escribir fusionada a la necesidad interior de hacerlo.

La terrible incertidumbre de mi existencia interior.

La imagen perpetua de un largo cuchillo carnicero que, comenzando por el costado, penetra rápido en mí con mecánica regularidad y separa filetes muy finos que salen volando, y casi enroscándose sobre sí mismos de tan precisa que es la faena.

El prodigioso mundo que tengo en la cabeza. ¿Pero cómo liberarme y liberarlo sin desgarrarme? Es preferible mil veces ser destruido que retenerlo en mi o enterrarlo. Por ello estoy aquí y soy plenamente consciente de la situación.

El deseo de una soledad llevando hasta el extravío de la conciencia. Solo y enfrentado a mí mismo. Quizá en Riva pueda lograrlo. 

Jamás hubiera podido desposar una muchacha con la cual no hubiera vivido al menos un año en la misma ciudad.

Cuando digo alguna cosa, dicha cosa pierde inmediata y definitivamente su importancia; cuando la escribo ella también la pierde, pero a veces gana alguna otra.

Arqueo de argumentos favorables y contrarios a mi casamiento:

1) Ineptitud a soportar la vida solo, lo que no significa incapacidad para vivir en soledad, bien al contrario, y es improbable que me avenga a vivir con alguien. Me siento impotente para soportar solo las cargas de mi vida, las exigencias de mi propia persona, la ofensiva del tiempo y la edad, el flujo vago de mi deseo de escritura, el insomnio, el asedio de la locura –estando solo sería incapaz de soportar todo eso. Y agregaría naturalmente: pudiera ser. Mi unión con F. daría mayor fuerza de resistencia a mi existencia.

2) Todo me da de inmediato a pensar. Una pequeña broma de un diario satírico, el recuerdo de Flaubert y de Grillparzer, mirar la ropa de noche sobre el lecho de mis padres, la relación con Max. Ayer, mi hermana me dijo: “Todas las personas casadas (las que nosotros conocemos) son felices, y ello me parece incomprensible.” Esas palabras también me dieron para pensar y fui atrapado por la intranquilidad.

3) Necesito mucha soledad. Lo logrado hasta ahora, no es más que el triunfo de la soledad.

4) Odio todo aquello que no concierne a la literatura. Las conversaciones me aburren (también si tratan de literatura), ir de visita me aburre, las penas y alegrías de los integrantes de mi familia me aburren hasta lo profundo del alma. Las conversaciones despojan a todo lo que yo pienso de su peso, la seriedad y la verdad.

5) Miedo de comprometerme y lanzarme al otro lado. De hacerlo, yo nunca volvería jamás a estar solo.

6) Con mis hermanas, me sucede seguido de ser alguien distinto por completo de quien soy en presencia de otras personas; sobre todo era así hace un tiempo. Yo era intrépido y curioso, potente, sorprendente y emotivo como sólo lo soy en la reacción literaria. ¡Si yo pudiera serlo a los ojos de todos por intermediación de mi mujer! ¿Pero ello no supondría arrebatarlo a la literatura? ¡Eso nunca, sobre todo eso nunca!

7) Soltero, quizá podría renunciar un día de estos de mi puesto en la Oficina. Casado, jamás podría hacerlo.

El coito considerado como castigo a la felicidad de vivir juntos. Vivir en el más gran ascetismo posible, más ascéticamente que un soltero, es para mí la única posibilidad de soportar el matrimonio. ¿Pero ella?

A pesar de todo, incluso si F. y yo tenemos iguales derechos, esperanzas y posibilidades idénticas, jamás me casaré. Sin embargo, el callejón sin salida en el cual empujé despacio su destino, hace del matrimonio una obligación que es por cierto ineluctable, pero en modo alguno sin límites. Ese es el resultado de yo no sé que ley secreta de las relaciones humanas.

Mi empleo me resulta intolerable, porque contradice mi único deseo y sola vocación que es la literatura. Como no soy ninguna otra cosa que literatura, que no puedo ni quiero ser otra cosa, mi trabajo jamás podría entusiasmarme; pero él podría trastornarme por completo. No ando demasiado lejos de estarlo. Crisis nerviosas de la peor especie me asedian de continuo y este año, tan marcado por tormentos y preocupaciones que me provocan mi futuro y el de su hija, ha demostrado de manera límpida mi falta de resistencia. Usted podría preguntarme por qué no renuncio al trabajo y por qué, considerando que no tengo fortuna personal, no intento vivir de mis trabajos literarios. A ello, sólo puedo oponer una respuesta lamentable. A saber de que me falta la fuerza y que, en tanto que puedo considerar mi situación en su conjunto, conservando ese empleo me dirigiría más bien a mi ruina; y es cierto que lo haría rápidamente. (…)

Todo aquello que no es literatura me aburre y lo odio en tanto me molesta y estorba, incluso si ello es apenas una presunción. Al mismo tiempo carezco de todo sentido de vida de familia, a lo máximo tengo el de la observación. No tengo sentimiento alguno de la paternidad y literalmente considero las visitas una maldad dirigida contra mi persona.

Un casamiento no lograría hacerme cambiar, como tampoco mi empleo puede hacerlo.

En mi opinión, mi estadía en Riva fue de una gran importancia. Por primera vez comprendí a una muchacha cristiana y viví por entero en su esfera de actividad. Me siento incapaz de anotar algo sobre lo cual tendría decisivas razones para recordarlo.

Decidí recomenzar con la escritura y entre tanto ¡cuántas dudas sobre mi creación literaria! Al fin de cuentas soy un ser incapaz e ignorante que, si no hubiera sido forzado a ir a la escuela –yo iba obligado, apenas sintiendo la obligación y sin ningún mérito personal- sería bueno sólo para quedarme arrollado en la casilla del perro; saliendo afuera cuando le llevaban el tacho con comida y entrando de un brinco después de haberla devorado.

propósito, voy por las calles donde están las putas. Caminar delante de ellas me excita como una lejana posibilidad, pero que no impide tampoco la de irme con alguna de ellas. ¿Es una bajeza pensar tales cosas? Pero no conozco nada que me resulte más agradable, y la realización de ese deseo en el fondo me parece inocente, sin que provoque en mí casi ningún remordimiento. Sólo deseo a las muchachas entradas en carnes y algo maduras, que tienen vestidos pasados de moda, y a quienes cualquier chuchería les dan sin embargo un aire mundano. Hay entre ellas una que sin duda ya me reconoce.

Anteanoche velada en casa de Max. Cada día lo siento más lejano, yo me distancié seguido de él en el pasado y ahora es él que se aleja de mi. Anoche, sin ir más lejos, yo simplemente me metí en la cama.

Maravillosa idea y por completo contradictoria, según la cual alguien que muere –por ejemplo- a las tres de la madrugada, ingresa inmediatamente después –digamos que al alba- en una vida superior. ¡Qué flagrante incompatibilidad entre los asuntos humanos visibles y todo el resto! ¡Cómo de un misterio se origina otro misterio todavía más grande! Desde el primer instante, el cálculo humano pierde la respiración. En verdad, deberíamos tener miedo de salir de nuestra casa.

Detestación de la introspección activa. Las interpretaciones psicologistas tales como: ayer me sentía así y era por tal razón, hoy me siento asá y es por otra razón. Todo es falso; no es por tal razón ni por tal otra ni a causa de aquello, y menos como así o asá. Soportarme tranquilamente, sin precipitación, vivir tal como estamos obligados. No dar vueltas cínicamente alrededor de uno mismo. 

Debate en la Asociación de funcionarios. Yo lo presidí. Orígenes cómicos del sentimiento que cada uno tiene de su propio valor. Mi frase de introducción: “Yo debo abrir el debate de esa noche deplorando que el mismo tenga lugar.” En efecto, no fui informado a tiempo y me faltaba preparación.

1914

¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas si tengo alguna cosa en común conmigo mismo; yo debería quedarme quietito en un rincón y agradecido de poder respirar.

En la oficina: angustia alternando con la conciencia de mí mismo. Exceptuando eso, puedo afirmar que estoy más bien confiado. Repugnancia en aumento en relación a La Metamorfosis. Final ilegible. Imperfecta casi hasta el final. El resultado hubiera sido mucho mejor de no haber sido molestado en aquellos momentos por un viaje de negocios.

Día perdido. La única alegría a consignar fue la esperanza, justificada por la noche pasada, de poder llegar a dormir.

¿Es esta en verdad la vida que deseaste?

Una vida de funcionario podría haberme convenido si estuvieras casado. Ella daría una buena base en varios aspectos, en relación a la sociedad y a mi esposa, también en relación a la literatura. Ello sin exigir demasiados sacrificios, sin el riesgo de caer en el confort y la dependencia; puesto que una vez casado no tendría nada que temer por ese lado. Permaneciendo soltero no podría llevar a bien una vida como esa.

Y entonces: ¿podrías haberte casado?

En aquella época me era imposible casarme. Todo en mi se opuso al matrimonio y por más intenso que fuera el amor por F. fue el deseo de preservar mi trabajo literario que lo impidió; puesto que suponía ese trabajo amenazado por el matrimonio. Pudiera ser que yo tuviera razón, pero en el marco de mi vida actual mi trabajo resulta destruido por la soltería. Durante un año no escribí ni una sola línea y de la misma manera sería incapaz de escribir algo más tarde. Sólo tengo ese único pensamiento insistente, que da vueltas sin parar en mi cabeza y me devora.

¿Qué quieres hacer?

Abandonar Praga. Ante la pérdida padecida por mi persona, lo más enorme que nunca jamás me afectó, reaccionar con el más poderoso reactivo de que dispongo.

¿Dimitir?

De acuerdo a lo precedente, en efecto, mi empleo forma parte de la intolerable situación que es la mía. La seguridad, los cálculos previstos por la extensión de la vida, un salario más que suficiente, un uso reducido de mis fuerzas, en tanto soltero, son cosas en realidad sobre las cuales no puedo incidir y se transforman en tormentos.

Por tanto, debo partir de Austria. Quiero decir, puesto que carezco del don para las lenguas y que laboriosamente podría ejercer una profesión manual o comercial, debo ir para empezar un mes a Alemania. En concreto a Berlín, que brinda un máximo de posibilidades de existencia. Allá podría utilizar de inmediato mis talentos literarios mejor que en otra parte, haciendo periodismo, y hallar un gana pan que responda más o menos a mis necesidades. En cuanto a saber si todavía sería capaz de producir un trabajo literario satisfactorio, por el instante no podría avanzar ninguna certeza. Lo único que creo saber es que, en esa situación más libre e independiente en la cual viviría en Berlín (por más lamentable que ella pudiera resultar), yo tendría el único sentimiento de felicidad que podría sentir. 

¿Aún estando habituado a una vida cómoda?

Salvo un cuarto y una dieta vegetariana, no necesito ninguna otra cosa. 

Ayer incapacidad total de escribir, aunque más no fueran un par de palabras. Hoy nada mejoró. ¿Quién me salvará? Y siempre esa multitud apenas visible agitándose en el fondo mío. Soy como una alambrada de púas viviente, una reja sólidamente enterrada en la tierra y que aspira a derrumbarse. 

Mañana salgo para Berlín. ¿La cohesión interna que siento es de origen nervioso, es una cohesión real en la cual puedo tener confianza? ¿Y si fuera eso? ¿Es verdad que, una vez alcanzado el conocimiento de la creación poética nada puede frenarlo ni hundirlo? ¿Que es bien raro que alguna cosa logre elevarse a una altura excepcional? ¿Será la vaga cercanía de mi casamiento con F.? Singular estado de ánimo, el cual por otra parte siento como algo que tampoco me resulta del todo extranjero, 

Yo pasé mis notas de viaje a otro cuaderno. Comencé a escribir algunas cosas que se presentan mal. Pese al insomnio no cederé, a pesar de mis jaquecas y mi incapacidad general. Mis últimas energías vitales se aunaron en mí con dicha finalidad. Noté que si huyo de los otros, no es tanto para poder vivir en paz sino para poder morir en paz. Ahora comienzo a defenderme. Tengo delante mío todo un mes, el tiempo que durará la licencia de mi jefe.

Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, piscina. 

Considerado desde una perspectiva literaria, mi destino es bien simple. El talento que tengo para describir mi vida interior, vida que se aparenta a un sueño, hizo caer el resto en lo accesorio, algo horrorosamente bloqueado y que no cesa de achicarse. Ninguna otra cosa jamás podrá satisfacerme. Por tanto, la energía de la cual dispongo para realizar dicha descripción resulta imprevisible, y quizá me abandonó de forma definitiva. Puede que todavía regrese, si bien las circunstancias en las cuales estoy viviendo para nada la favorezcan. Por tanto estoy como flotando, me lanzo sin descanso a la cima de la montaña y apenas si me puedo mantener unos instantes. Hay otros que también flotan en regiones más bajas y se agitan con más vigor. Apenas amenazan con caerse, son recogidos al vuelo por un familiar cercano que marcha a su lado, y se halla allí para ello precisamente. Yo levito en las alturas y no es por desgracia la muerte, son los tormentos eternos del tránsito al más allá.

Después de algunos días comencé a escribir y en todo caso espero que ello pueda durar. No estoy tan bien protegido por mi trabajo como aparenta, incluso bien acurrucado en él como lo estaba hace dos años; aún así él y a pesar de todo, me acerca un sentido. Mi vida regular, vacía, demente, mi vida de viejo solterón halla en ello una satisfacción. Soy capaz de recomenzar el diálogo conmigo mismo y mi mirada ya no queda fijada en el vacío. Para mí, sólo en esa vertiente pueden haber mejoras posibles. 

Escribí apenas dos páginas en un total desasosiego. Incluso habiendo dormido bien hoy perdí mucho terreno. Pero sé que si quiero prescindir de los sufrimientos inferiores de la creación literaria –que es mantenida en esclavitud y tal vez por el resto de mi vida- a la libertad suprema que quizá me aguarda, no tengo el derecho de rendirme. Como bien lo constato, la antigua apatía todavía me habita y la indiferencia quizá jamás me abandonará. El hecho de no retroceder ante ninguna humillación puede significar que nada hay para esperar; de la misma manera que ello puede darme una esperanza. 

Pedí una semana de asueto para hacer avanzar mi novela. Hasta el presente –hoy es miércoles (durante la noche) y mi licencia termina el lunes-, no logré hacerlo. Escribí poco y el resultado es flojo. Es cierto que venía en baja desde la semana anterior, pero me parecía inconcebible que ello se agravara a tal punto. ¿Estos tres días me permitirán suponer que soy indigno de vivir sin mi empleo en la oficina? 

No puedo continuar a escribir. Alcancé la última frontera, ante la cual quizá será necesario esperar todavía durante años; antes de comenzar un nuevo relato y que una vez más quedará inconcluso. Esa maldición me persigue. Una vez más me siento congelado e insensible. Lo único que permanece es mi amor senil por el reposo total. Como un animal separado de los hombres, comienzo a balancear el cuello y la cabeza y quisiera –durante el período intermedio- intentar recuperar a F. Por otra parte, voy a intentarlo de verdad, ello a menos que el asco de mí mismo me lo impida. 

El comienzo de cualquier cuento es por principio ridículo. Parece imposible esperar que ese nuevo organismo, inacabado y sensible en general, pueda llegar a mantenerse en el núcleo de la organización concluida del mundo que, como toda organización completada, tiende a cerrarse sobre ella misma. Sin embargo se olvida que, si ello puede justificarse, el relato incluye en sí la organización inacabada, aún considerando que ella no alcanzó todavía su desarrollo. Tomando ello en cuenta, la desesperación que nos provoca el comienzo de un relato parece infundado. Si tal fuera el caso, de la misma manera los padres deberían desesperar de sus bebés, ya que no es una miserable criatura y particularmente ridícula lo que ellos quisieron traer al mundo. Nunca sabemos si la desesperación sentida es aquella justificada o la injustificada. Esta reflexión puede aportar una cierta seguridad, la falta de experiencia al respecto ya me hizo bastante daño. 

1915

Yo resistí a un gran deseo de comenzar una historia nueva. Todo ello es inútil. Si no puedo continuar mis historias a lo largo de las noches, ellas huyen y se pierden en vaguedades. Es lo que ahora mismo me ocurre con “Sustituto”. Y mañana iré a la fábrica, y cuando P. sea convocado para servir a la patria, quizá yo esté obligado a presentarme todas las tardes; eso será el epílogo de todo. La obsesión de la fábrica es mi fiesta de Expiación perpetua.

Me percato que estoy bien lejos de haber utilizado con beneficio mi tiempo desde el mes de agosto. Los constante  esfuerzos para lograr prolongar mi trabajo hasta tarde en la noche no tenían sentido; también pude constatar, al cabo de los primeros quince días, que mis nervios me impedían acostarme después de la una, ya que luego era imposible dormirme. El otro día se hace insoportable y yo me destruyo. Fue así que permanecí acostado demasiado tiempo en la tarde, pero es raro que siga trabajando más allá de la una de la mañana, considerando que comenzaba siempre a eso de las once a más tardar. Fue un error. Necesito comenzar hacia las ocho o las nueve, la noche es para mi el mejor momento (¡liberación!), pero ello me está prohibido.

Las dificultades que tengo para hablarle a la gente –increíbles si me atengo al criterio de los otros- viene de que mi manera de pensar, o más bien el contenido de mi conciencia, es nebulosa por completo. Me siento cómodo –en la medida en que ello depende de mi- sin que nada me perturbe, e incluso con satisfacción; en tanto que una conversación humana exige un estado alerta, consistencia y coherencia permanente, cosas ellas ausentes de mi vida. Nadie jamás querría permanecer acostado conmigo en las brumas y menos consentiría que yo no pudiera hacer salir la neblina de mi frente, entre dos seres humanas, él se licuaría reduciéndose a nada.

Una vez más intento escribir y casi a pérdidas totales. Estos dos últimos días me acosté temprano, hacia las diez de la noche, lo que no me ocurría después de mucho tiempo. A lo largo del día, sentimiento de libertad, satisfacción a medias, crecimiento de mi capacidad de trabajo en la oficina, posibilidades de hablarle a la gente. Ahora mismo, intensos dolores en la rodilla. 

Infinito poder de atracción de la Rusia. Mejor que la troika de Gogol, lo que permite comprenderlo es la imagen de un gran río extendiéndose a pérdida de vista, con sus aguas doradas llevadas por las olas, olas impresionantes pero sin exceso. En las orillas los páramos salvajes desolados y las briznas de los juncos quebrados. Nada podría captar esa simultaneidad y al contrario todo lo disuelve.

Una mañana tipo: hasta las once y media permanezco en la cama. Entrecruzamiento de pensamientos que se forman despacio y se aglomeran de manera increíble. En la tarde lectura (Gogol: Ensayo sobre la poesía lírica). Al atardecer caminata acompañado parcialmente por las ideas matinales, las que pueden defenderse sin ser por ello dignas de confianza. Me senté en el parque Chatek. Es el lugar más bello de Praga. Los pájaros, el castillo con sus arcadas, los viejos árboles adornados con el follaje del año pasado, el crepúsculo. Más tarde, Ottla vino a mi encuentro acompañada por D.

Vísperas del aniversario de mi padre y nuevo Diario. No es tan necesario como habitualmente y no tengo necesidad de inquietarme. Inquieto lo soy ya suficientemente. ¿Con qué finalidad? ¿Cuándo se verá claro el objetivo de tanto esfuerzo? ¿Cómo un corazón que no es demasiado firme podría soportar tanta dosis de insatisfacción, tanto tironeo de tamaño deseo?

Cuestión sin solución: ¿estoy quebrado? ¿estoy viviendo mi decadencia? Casi todos los signos hablan a favor de dicha hipótesis (enfriamiento, insensibilidad, estado nervioso, distracción, incapacidad de trabajar en la oficina, insomnio), parece que sólo la esperanza tuviera algo para replicar.

1916

Cosa curiosa, mi director no habla jamás de mi trabajo literario. Lo hago sin demasiada convicción, a pesar de que en ello me va la vida. Insisto en que quiero ser soldado y que tres semanas de asueto son insuficientes. Llegados al caso concreto, él aplaza nuestra entrevista para más adelante. ¡Si solamente él no fuera amigable y tan lleno de interés por mi!

Debo perseverar con la idea: quiero ser soldado, satisfacer ese deseo de servir reprimido desde hace dos años; como corolario de diversas consideraciones que no me conciernen personalmente, preferiría una licencia de larga duración, en caso de poder obtenerla. Ello será sin duda imposible, tanto por razones administrativas como militares. Por licencia de larga duración –el funcionario tiene vergüenza de decirlo, al contrario del enfermo- yo entiendo un permiso se seis meses o un año. Me niego al tratamiento, pues no se trata de una enfermedad orgánica que se puede diagnosticar con certeza.

Todo ello en la continuidad de la mentira, pero si logra avanzar con perseverancia sus efectos estarán próximos de la verdad.

En despecho de mis dolores de cabeza, del insomnio, mis cabellos grises y mi desesperación, qué desorientación la provocada por las mujeres. Haciendo cálculos, después del verano hubo al menos seis. No puedo resistir más; si no cedo a la necesidad de admirar una muchacha, digna en apariencia de amarla hasta el agotamiento de mi admiración, es casi como si me arrancaran mi lengua de la boca. Con respecto a esas seis tengo apenas una culpabilidad interior, pero una entre ellas logró que otro alguien me hiciera serios reproches.

Olvidarlo todo. Abrir la ventana y vaciar el cuarto. El viento lo atraviesa. Se ve sólo el vacío, uno busca por todos los rincones sin lograr encontrarse.

Noche de angustia. Imposibilidad de vivir con F. Imposibilidad de soportar la vida en común con cualquier persona que sea. No lamentarlo: lamentar la imposibilidad de no estar solo. Dar un paso adelante: lamentarse es absurdo, someterse y finalmente comprender. Levantarse, ponerse de pie. Aferrarte a tu libro. Padecer el paso atrás; insomnio, dolor de cabeza, saltar por la ventana más alta; pero caer sobre un suelo ablandado por la lluvia y así el golpe no será mortal. Rodar sin parar de ojos cerrados, exponiéndose a no sé que mirada de ojos abiertos.

Vamos de una vez, ábrete. Que salga el ser humano.

Aspirar el aire y el silencio.

Era un café al aire libre, en una estación termal.

Durante la tarde había llovido y ningún cliente se había presentado. Fue recién hacia el atardecer que el cielo se aclaró. La lluvia fue parando despacio y las camareras comenzaron a secar las mesas. De pie, bajo el arco de la estrada, el patrón escruta los posibles clientes. De hecho, había uno que subía por el sendero del bosque. Llevaba una especie de manta de largos flecos sobre la espalda, tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y a cada paso apoyaba su bastón en la tierra, extendiendo el brazo bien lejos delante suyo.

Después de dos días y dos noches atroces se impone una conclusión: si no enviaste la carta destinada a F., puedes agradecer tus vicios de burócrata, debilidad, parsimonia, indecisión, arte del cálculo, precaución, etc. Es posible que tú no lo hayas hecho para repudiar, es posible y lo concedo. ¿Pero qué hubiera resultado? ¿Un acto, un cambio para mejorar? No. Ese gesto ya lo hiciste repetidas veces sin que nada se haya solucionado. No intentes explicarte: tú puedes explicar todo el pasado por cierto, ya que ni siquiera puedes arriesgar un futuro cualquier sin haberlo explicado previamente. Lo que es imposible. Tu sentido de la responsabilidad, que en tanto tal sería perfectamente respetable, en última instancia es apenas espíritu burocrático, puerilidad, consecuencia de una voluntad quebrada por tu padre. Es sobre eso que necesitas trabajar para corregirlo. Hazlo: he ahí una tarea que entra de inmediato en tus posibilidades. Lo que significa: no andes con medias tintas (sobre todo a expensas de una vida humana, la de F., a quien a pesar de todo amas), ya que las precauciones son inútiles, y hoy día los cuidados ilusorias casi te han aniquilado. No hablo sólo de las precauciones que conciernen a F., el matrimonio, los hijos, las responsabilidades; se trata también de la oficina donde te desintegras, de la miserable vivienda de la cual no puedes escapar. De todo. Coraje, termina con todo eso de una buena vez. Uno no puede seguir tomando precauciones, ni calcular por adelantado sus fuerzas. Desde la perspectiva de lo que más te conviene, tú no sabes nada sobre ti mismo. Esta noche, por ejemplo, un combate tuvo lugar en ti a expensar de tu cerebro y corazón, entre dos causas de valor y fuerza equiparables. En ambas partes había tormentos, es decir imposibilidad de cálculos estratégicos. ¿Qué queda de ello? Termina de degradarte, de ser el campo de batalla donde los enemigos sobre tu espalda se baten sin consideración; y donde no sientes nada exceptuando los golpes que te asestan los terribles guerreros. Vamos, toma impulso. Marca distancia, escápate de la burocracia y mira de frente a ese que eres en lugar de considerar al otro que deberías ser. La primera tarea que te compromete por entero es lograr sacudirte y reaccionar. Y luego, abandonar ese error insensato consistente en establecer comparaciones entre tú y Flaubert, Kierkegaard y Grillparzer. Esa es una actividad pueril. Como eslabones en la cadena de deducciones, los ejemplos son utilizables –es decir utilizables como todos los cálculos, pero considerados como término de comparaciones aisladas son en principio inconsiderables. Flaubert y Kierkegaard sabían exactamente donde estaban parados, tenían claras sus intenciones, no eran calculadores y actuaban en consecuencia. Por tanto, en tu caso concreto, estamos frente a la perpetua sucesión de cálculos, a una monstruosa levitación que dura hace cuatro años. La comparación podría ser justa en lo que concierne a Grillparzer, pero tú no dirás que te parece atinado imitar a Grillparzer; es un ejemplo infeliz que las generaciones futuras deberían agradecer porque él sufrió por ellas.  

Nos autorizan a aferrar con nuestra propia mano el látigo de la voluntad, y luego revolearlo por encima de nuestra cabeza.

1917

Estar sentado en un vagón de ferrocarril y olvidarlo, vivir como estando en casa, acordarse de repente, sentir la fuerza del tren que nos transporta, volverse viajero, sacar su gorra de la maleta, tratar al compañero de viaje con más libertad, más generosidad e insistencia, dejarse llevar hacia el destino sin haberlo merecido, sentir eso a la manera de un niño, volverse el favorito de las damas, padecer la incesante atracción de la ventanilla, poner al menos una mano sobre el borde.

La palabra “literatura” dicha como reproche es una condensación de lenguaje tan potente, que arrastra poco a poco –quizá había en ello y desde el principio la intención- una reducción del pensamiento, que elimina la perspectiva exacta y hace caer el reproche mucho antes de alcanzar la intención, y a un lado. 

Tu tienes, en tanto que ella existe, la posibilidad de proponer un comienzo. No lo desaproveches. Si deseas penetrar dentro tuyo, tampoco evitarás el barro que arrastras; pero evita revolcarte. Si, como lo pretendes, la herida de tus pulmones es sólo un símbolo –símbolo de la herida y de la cual la inflamación se llama F., de la cual la profundidad se llama justificación-, si ello es correcto, los consejos de los médicos (aire, sol, luz, reposo) son símbolo también. Aférrate a ese símbolo.

La plaza del pueblo abandonada a la noche. La sabiduría de los niños. Preeminencia de los animales. Las mujeres. Algunas vacas atraviesan la plaza con desconcertante naturalidad. Mi sofá sobrevuela la campiña.

Desgarrarlo todo.

Mi carta de ayer a Max. Mentira, vanidad, farsa. Una semana en Zürau.

En la paz no avanzas y en la guerra pierdes hasta la última gota de tu sangre fría.

No es criminal que un tuberculoso tenga hijos. El padre de Flaubert era tuberculoso. Alternativa: o bien el hijo tendrá pulmones que en algún momento chiflarán como flautas (bonita expresión para designar la música que el médico pretende escuchar cuando nos apoya la oreja en el pecho), o bien el niño será Flaubert. El padre tiembla, en tanto que nosotros discutimos con cierta vacuidad.

Todavía puedo sentir una satisfacción pasajera por relatos como el “Médico de campaña”, suponiendo (muy improbable) que yo lograra escribir algunos otros. Pero la felicidad, sólo podría alcanzarla si logro elevar el mundo hasta hacerlo entrar en lo puro y verdadero, en lo inmutable.

El paisaje que contemplo desde la ventana de Ottla al crepúsculo: al frente una casa e inmediatamente detrás la inmensidad del campo.

Hasta aquí no consigné las cosas decisivas, el río que soy todavía forma dos ramales. El trabajo que me aguarda es infinito. 

1919

Nuevo Diario, para ser sincero lo comienzo porque releí el anterior. Reconocí un cierto número de motivos e intenciones que ahora mismo no logro encontrar (faltan quince minutos para medianoche).

Siempre el mismo pensamiento, el deseo, el miedo. Sin embargo estoy más calmo que habitualmente, como si una gran transformación estuviera en vías de realización y de la cual yo sería un lejano estremecimiento. Es mucho decir. 

1920

Supersticiones, principios y medios para hacer la vida posible: ¿se gana el infierno de la virtud pasando por el cielo de los vicios? ¿Es así de fácil? ¿Resulta tan sórdido? ¿Tan imposible? La superstición es algo muy simple.

El presentimiento de una liberación definitiva no es refutado de ninguna manera por el hecho que, al otro día, el cautiverio continúa sin cambios. Se agrava o incluso se declara expresamente que no cesará jamás. Todo ello, por el contrario, puede ser una condición necesaria de la liberación.

1921

Hace más o menos una semana le di todos mis cuadernos a M. ¿Estoy por ello más libre? No. ¿Seré capaz todavía de llevar una especie de Diario? Si lo pudiera, sería en todo caso diferente y es probable que se esconda hasta no tener ninguna existencia; por tanto, me haría falta un gran esfuerzo para anotar alguna cosa sobre Hardt, que sin embargo me he ocupado bastante. Todo sucede como si después de mucho tiempo hubiera escrito todo lo que la concierne, o lo que sería lo mismo, como si yo ya no estuviera en vida. Podría sin duda escribir sobre M., pero no podría hacerlo de manera deliberada y por otra parte sería en exceso dirigido contra mi; no necesito considerar minuciosamente tales asuntos como lo hacía en otros tiempos. En relación a ello tampoco me siento inclinado al olvido. Soy una memoria que está viva y ello es una de las razones de mi insomnio.

Cuando tengo un intenso deseo de ser un atleta liviano, probablemente es como si deseara entrar al cielo para tener el derecho de estar allí tan desesperado como aquí.

No creo que exista otra gente para quien la situación interior sea análoga a la mía; yo podría, quizá, en todo caso, imaginar que tales seres existen. Pero que el cuervo familiar vuele sobre su cabeza como él lo hace alrededor de la mía, eso es algo para mi inconcebible.

La manera como me fui destruyendo sistemáticamente a lo largo de todos estoy años es sorprendente. Ello fue –a la manera como se fisura una represa, avanzando lentamente- una tarea plena de intenciones. El espíritu que lo logró debería ahora festejar su triunfo. ¿Por qué razón no me permite participar? Sin duda él no realizó por completo sus planes, de tal manera que no puede pensar en otra cosa. 

Es perfectamente concebible que el esplendor de la vida está pronto, dispuesto junto a cada ser y siempre en su plenitud; pero está velado, hundido en las profundidades, invisibles, lejano. Y por lo tanto está ahí. Ni hostil, ni malicioso, ni sordo; sería suficiente poder invocarlo con la palabra justa, llamarlo por su nombre verdadero para que él se manifieste. En eso consiste la creencia de la magia, que no crea pero invoca. 

Todo es quimera. La familia, el trabajo, los amigos, la calle, todo es quimera: y quimera más o menos lejana, la mujer. Pero la verdad más próxima, es que te partes la cabeza contra el muro de un calabozo sin puerta ni ventana.

Una melancólica e interminable tarde de domingo, que se compone y consume años enteros. Vuelta tras vuelta ando desesperado en las calles vacías y estoy más calmado luego sobre el sofá. Algunas veces me sorprenden las nubes absurdas y sin color que desfilan de continuo. “Te preparas para un lunes espléndido.” “Bien dicho, pero este domingo no terminará jamás.”

M. partió, ella vino a verme cuatro veces y mañana toma el tren. Cuatro días un poco más calmos entre otros dolorosos. Me queda un largo camino para recorrer entre el punto donde yo no estoy triste por su partida –realmente-, y aquel otro punto donde estoy infinitamente triste a causa de su partida. Claro, la tristeza no es lo peor.

De una carta: “Es con ese fuego que me caliento durante este triste invierno.” Las metáforas son una de esas cosas que más me hacen desesperar de la literatura. La creación literaria carece de independencia, ella depende de la mucama que enciende el fuego, del gato que se apelotona cerca de la estufa, también del pobre anciano que se calienta. Todo ello responde a funciones autónomas que incluyan sus propias leyes, sólo la literatura no habita ni halla ayuda alguna en ella misma, siendo a la vez juego y desesperación.

Es innegable que se siente una cierta felicidad cuando se puede escribir con tranquilidad: “El horror de la asfixia es inconcebible”. Sin duda inconcebible, de tal manera que todo sucede como si yo no hubiera escrito nada.

1922

Preguntas a M:

Dos detalles sin importancia, que tendría vergüenza de mencionar, me dieron la impresión de que tus últimas visitas fueron, por supuesto, orgullosas y afectuosas como siempre, pero un poco fatigadas, algo obligadas como las visitas que hacemos a los enfermos.

¿Esta impresión es justa?

¿Has encontrado en el Diario alguna cosa decisiva contra mi?

Sin ancestros, sin matrimonio, sin descendientes, con un intenso deseo de ancestros, de matrimonio, de descendientes. Todos, ancestros, matrimonio y descendientes me tienden la mano pero demasiado lejos de mi.

Existe para todas las cosas, los ancestros, el matrimonio, los descendientes, una compensación artificial y lamentable. Esa compensación la creamos en los espasmos del dolor y suponiendo que no seamos destruidos por la sola violencia de los espasmos, lo seremos por la desoladora pobreza de la comparación.

Hesitación ante el nacimiento. Si existe una trasmigración de las almas, la mía no alcanzó todavía el grado más inferior. Mi vida es hesitación ante el nacimiento.

Extraña, misteriosa consolación brindada por la literatura, puede que peligrosa, tal vez liberadora: salto hacia fuera del círculo de los homicidas, acto-observación. Acto-observación, porque una observación de una especie más elevada es creada, más alta pero no más aguda; y más ella se eleva más se hace inaccesible al rango, más ella es independiente y más obedece a las leyes de su propio movimiento, más su comienzo es imprevisible y alegre, más él asciende.

Perdí dos días, pero tenía necesidad de esos dos mismos días para aclimatarme.

Tres días en cama. Pequeña reunión ante mi lecho de enfermo. Cambio brusco. Huida. Derrota total. Y como siempre, la historia universal prisionera en los cuartos. 

Refugiarse en un país conquistado y no tardar en encontrarlo intolerable: uno no puede refugiarse en ninguna parte.

Durante la cena de esta noche, conversación sobre los asesinos y las ejecuciones capitales. La respiración calma de mi pecho no evidencia miedo alguno. Ninguna diferencia entre un homicidio proyectado y un homicidio concretado.

Esta tarde, sueño de un tumor en mi mejilla. Esa frontera perpetuamente oscilante entre la vida ordinaria y un terror más real en apariencia.

Lo sospechaba desde hace dos días, ayer tuve una crisis, la persecución continúa, gran potencia del enemigo.

Una de las causas: conversación con mi madre, bromas sobre el futuro. Proyecto de una carta a Milena.

Las tres Furias. Huida hacia el bosque sagrado. Milena.

La eterna juventud es imposible, e incluso si no hubiera ningún otro obstáculo se opondría la introspección.

Mi trabajo se termina, como puede cerrarse una herida que no está curada.

Ninguna anotación desde hace dos meses. Salvo algunas interrupciones, un buen período gracias a Ottla. Desde hace algunos días nueva recaída. El mismo día cuando eso comenzó yo hice un extraño descubrimiento en el bosque.

Durante la noche siempre tengo 37.6 o 37.7 de temperatura. Permanezco en mi lugar de trabajo sin llegar a nada y apenas si salgo a la calle. A pesar de ello, quejarse de la enfermedad sería comportarse como Tartufo.

1923

Estos últimos tiempos momentos terribles, imposibles de enumerar, casi ininterrumpidos. Caminatas, noches, días, incapaz de todo excepto de sufrir