Seis cartas a Max Brod y una esquela desesperada

Neumático

Praga

11 de diciembre de 1906

Querido Max:

mi muy interesante primo de Paraguay, del cual ya te hablé y que pasó algunos días en Praga durante su temporada en Europa, en el momento cuanto estabas a punto de pasar tu examen de Estado, se detuvo hoy en Praga en su camino de regreso. Él quería viajar esta misma noche; pero como yo deseaba que tú lo vieras, hice todo lo posible para que se vaya recién mañana de mañana. Me hace muy feliz y pasaré a buscarte esta noche para que lo conozcas.

Tuyo, Franz

Riva

29 de septiembre de 1913

Querido Max, te confirmo que recibí tu dos cartas pero no tengo la fuerza de responderte. No contestar también contribuye a hacer el silencio sobre alguien, yo quisiera por encima de todo hundirme en el silencio y no salir nunca más. ¡Si supieras cómo necesito estar solo y me perturba cualquier conversación! En el sanatorio no hablo con nadie, en la mesa estoy ubicada entre un viejo general (que tampoco dice nada, pero dice cosas bastante inteligentes cuando se decide a hablar, al menos superiores a todos los demás) y una pequeña suiza que parece italiana, con una voz un poco sofocada y que es infeliz por estar con esa compañía. De pronto, me percato que no sólo no puedo hablar sino que tampoco puedo escribir. Quisiera decirte tantas cosas, sin embargo no logro ordenar mis pensamientos o bien la maniobra parte en la dirección equivocada. Ahora hace unos 15 días que en realidad no escribo nada, no llevo ningún diario, no escribí carta alguna y más los días se suceden, sin consistencia, mejor es. No sabría decirte, pero creo que si alguien hoy no me hubiera dirigido la palabra en el barco (fui hasta Malcesine), y si no le hubiera prometido de venir esta noche al Bayerischer Hof no estaría aquí en este momento escribiendo, sino en la plaza del mercado.

Aparte de eso, llevo una vida muy razonable y me reposo; desde el martes me fui a bañar todos los días. Si pudiera solamente sacudirme esa cosa, si no estuviera obligado a repensar de continuo. Si eso no me cayera sobre la cabeza, generalmente de mañana bien temprano cuando me despierto, como algo compacto y viviente. Sin embargo todo resulta claro y terminado después de 15 días. Estuve obligado a decir que no puedo más y que sinceramente ya no quiero, en efecto. Pero por qué tengo de pronto, sin una razón particular, simplemente cuando lo repienso, de nuevo esa agitación en el corazón, como en Praga en los peores momentos. Por ahora, soy incapaz de dejar por escrito eso que está presente en mí de manera evidente y terrible, cuando el papel de correspondencia no está dispuesto delante mío.

Nada tiene importancia en comparación y no hago otra cosa que transitar por cavernas. Tú podrías creer que el hecho de estar solo y sin hablar daría más peso a esos pensamientos. Pero no es el caso, mi necesidad de soledad es algo muy natural, yo necesito la soledad. La sola idea de un viaje de bodas me llena de terror; cada vez que observo una pareja en viaje de bodas, ya sea que les hable o no lo hallo infecto; si quiero aumentar el asco en mí, es suficiente imaginar que estoy en situación de pasar mi brazo por las caderas de una mujer. Ya vez –y a pesar de todo, sabiendo que aquello se terminó y que ya no escribo y tampoco recibo cartas- a pesar de todo eso, a pesar de todo eso no logro salir adelante. Las imposibilidades están incrustadas en mis ideas de manera igual de espesa que en la realidad. No puedo vivir con ella y tampoco puedo vivir sin ella. Entrampado en esa encerrona, mi existencia que estaba hasta el presente cubierta, al menos en parte por un velo relativamente amable, está ahora por completo al descubierto. Haría falta que me echaran al desierto a golpes de cachiporra.

No puedes imaginar el placer que me dan tus cartas en medio de todo esto. Saber que Tycho progresa (jamás creí que pudiera contentarse con proyectos) y que Reinhart piense en “Abschied”. Sería ridículo de mi parte querer disipar, desde el fondo de mi antro, tus estados de nerviosidad, tú sabrás hacerlo bien y solo, en poco tiempo y por completo. Saluda de mi parte a tu querida mujer y a Félix (esta carta es también para él, no puedo escribir pero tampoco exijo que me escriban, ni tú ni él) y a los Baum.

Franz

De regreso tengo la intención de pasar un día en Múnich; si tienes algún mensaje a hacer pasar (no es necesario que sea más serio que eso), entonces escríbeme. Sería la única cosa útil que podría hacer en Múnich.

Zürau

13 de septiembre de 1917

Querido Max, el primer día no pude escribir, hay demasiadas cosas que me agradan aquí; tampoco quisiera exagerar, como estaría obligado a hacerlo, ya que en tal caso estaría obligado a darle al mal la última palabra. Pero hoy todo toma un aspecto más natural, las fragilidades interiores se manifiestan (no hablo de mi enfermedad ya que todavía nada sé); en la granja que está frente por frente, por momentos escucho todos los gritos reunidos del Arca de Noé. Un hombre rasca sobre un instrumento sin parar, no tengo apetito y como demasiado, falta luz cuando anochece, etc. Pero los aspectos positivos pueden más desde el momento que yo puedo tener una visión del conjunto: Ottla me lleva literalmente bajo sus brazos a través de este mundo complicado. Mi cuarto (que da por desgracia al norte) es perfecto, bien aireado, caliente, y el silencio en la casa es casi total (no tan total en este mismo momento); tengo todo lo que deseo comer en abundancia (sólo mis labios se retraen y se niegan, (y rechazan), pero siempre sucede así conmigo durante los primeros días de un cambio) y por encima de todo la libertad, la libertad.

Persiste sin embargo también aquí esa herida, y de la cual la herida en los pulmones es símbolo. Te equivocas Max en eso que últimamente has dicho en voz baja, pero quizá también yo esté equivocado. Frente a tales cosas (y será lo mismo para ti con tus problemas privadas) es imposible eso de nunca comprender nada porque nos falta una visión de conjunto y que la masa está siempre en movimiento, esa masa gigantesca que no cesa de moverse y agrandarse. Angustia, desampara y al mismo tiempo nada más que su propia naturaleza. Si alguna vez esa angustia terminara por ser desenredada (las mujeres son tal vez capaces de hacerlo) nosotros caeríamos, tu y yo.

En todo caso, me aferro a la tuberculosis como un niño lo hace a la pollera de su madre. Si la enfermedad proviene de mi madre sería todavía mejor, y mi madre en su infinita atención, me hubiera así dado ese favor sin comprender del todo la razón. No ceso de buscar una explicación a esa enfermedad ya que no fui yo quien fue a buscarla. Por momentos tengo la impresión de que mi cerebro y mis pulmones se pusieron de acuerdo sin consultarme ni tenerme en consideración. “Esto no puede seguir así” dijo el cerebro; entonces, habiendo pasado cinco años los pulmones decidieron asumir el asunto.

Visto bajo esta forma, todo eso todavía suena falso, si lo decido. Un conocimiento de primer grado. Primer escalón de esta escalera en la cual me espera allá arriba en la calma, como recompensa y sentido de mi existencia terrestre (casi napoleónica diría), la gran cama matrimonial. Sin duda la cosa no será nada fácil y yo me escaparé por Córcega.

No se trata de pensamientos que elaboré en Zürau, ellos fueron llegando durante el viaje en tren, y durante el trayecto lo más duro de cargar fue la carta que te mostré. Pero por supuesto, estando aquí no pararé de pensar.

Saluda a todo el mundo, en particular a tu mujer, de la parte de Tartufo. Suele tener una buena visión de las cosas, si bien de manera demasiado concentrada. Ella sólo ve el nudo y no se da el trabajo de seguir las fuerzas que parten de ese nudo.

Bien cordialmente, Franz

Matliary

13/14 de abril de 1921 (aprox.)

Muy querido Max, desde que recibí el libro lo he leído dos veces, casi tres, antes de prestárselo a algún otro para que sea bien pronto leído de nuevo; cuando me lo devolvieron lo leí una cuarta vez y volví a prestarlo, ya ves que estaba muy impaciente. Es bien comprensible ya que ese libro es intensamente vivo, y cuando uno ha pasado algún tiempo en una profunda oscuridad y descubre esa vitalidad, te vienen ganas de zambullirte. Esto no es un epitafio sino el compromiso entre ustedes dos, vitales, tristes y desesperados como es el compromiso para los que van a casarse, y felices, hasta hacer abrir los ojos bien grandes y latir de prisa el corazón de aquellos que están atentos, y que podría mirar sin casarse él mismo, incluso estando completamente solo en un cuarto. Ese aspecto vital se exacerba todavía más por el hecho de que tú eres el único en hablar de ello. Tú el gran superviviente, y que lo haces de una manera tan delicada que no acallas la voz del muerto, pero que puedes hacerlo hablar y que él puede darse a entender, con su voz carente de timbre, y que también puedes taparte la boca con la mano para atenuar tu propia voz cada vez que es necesaria. Es espléndido. Y sin embargo, si queremos –es así que el libro se entrega a la voluntad del lector, tanto le brinda la libertad de voluntad por encima de todo su fuerza- él único personaje activo es el narrador en todo su gigantismo que, enfrentado a la muerte, a la vida por los vivientes, y los pasajes que más me emocionaron fueron sin duda los más anodinos para ti, como por ejemplo el siguiente: “¿Era yo que estaba loco o él?”. Ahí encontramos al hombre fiel e inalterable, la mirada siempre atenta, la fuente que nunca se agota, el hombre que –voy a formularlo de manera paradojal pero lo pienso sinceramente- no puede comprender aquello que es comprensible.

Fue ayer, quería agregar todavía alguna cosa, pero hoy llegó una carta de M. No debería decirte nada al respecto pues ella te prometió, al parecer, dejar de escribirme. Digo esto como prólogo y es por tanto como si no te hubiera dicho nada al respecto de M; me consta. Que alegría de saberte presente, Max.

Es imprescindible que te escriba a propósito de esa carta por la razón siguiente. M. escribe que ella está enferma, enferma de los pulmones, ella estaba enferma de antes, antes de nuestro encuentro, pero en aquella época era benigno, nada grave, apenas esa manera tímida mediante la cual algunas veces se presenta la enfermedad. Según parece ahora la situación es más grave; en síntesis, ella es fuerte, su vida es fuerte, yo no tengo imaginación suficiente para imaginar a M. enferma. Por otra parte tú has tenido diferentes novedades sobre ella. De cualquier manera, ella le escribió a su padre, él estuvo amable, ella vendrá a Praga, ella vivirá en la casa de él antes de partir a Italia (rechazó la proposición de su padre de partir a los Tatra, ¿ir a Italia ahora, en medio de la primavera?). Resulta sorprendente que ella piense instalarse en casa del padre; si ellos está reconciliados hasta ese punto ¿qué pasó con su marido?

Pero no te escribiría sobre ello si sólo se tratara de ello, naturalmente que se trata de mí. Necesito que me tengas al corriente de la estadía de M. en Praga (tú estarás sin duda al tanto) y de su duración, para que yo no esté en Praga al mismo tiempo que ella y que también me digas si M. decide partir hacia los Tatra, para que yo pueda partir de mi lado al mismo tiempo. Me temo que un reencuentro, no sería la desesperación que lleva a arrancarse los pelos, sino la desesperación que te carcome el cráneo y el cerebro.

Si estás de acuerdo con este pedido, te ruego no volverme a decir otra vez que tú no me comprendes. Hacía un tiempo que deseaba escribirte al respecto, pero estaba tan fatigado, es cierto que avancé algunas alusiones y ello no será para ti una novedad, pero nada dije todavía de manera directa. Por otra parte no hay en ello nada de particular, y una de las primeras historias gira en torno a ello, si bien lo hace de manera placentera, es una enfermedad del instinto, una flor de estación; de acuerdo a la energía vital hay posibilidades de acomodarse; considerando mi energía vital yo no veo ninguna posibilidad otra que huir. Pero en tal estado, que hace que aquel que no está implicado (y yo más, como si fuera poco) no comprenda aquello que debe ser salvado todavía en esa historia; mismo la ceniza que se lleva el viento lejos del fuego no huye para escapar.

No hablo de los períodos felices de la infancia, felices en esa perspectiva, mientras la puerta aun estaba cerrada, puerta detrás de la cual el tribunal deliberaba (el principal entre los jurados, aquél que llena y bloquea todas las puertas con su presencia se impuso desde tiempo atrás), pero luego sucedió que el cuerpo de una muchacha cada dos me atrae, pero de ninguna manera el cuerpo de la muchacha en la que yo había depositado (¿a causa de ello?) toda mi esperanza. En tanto que ella me eludía a mi (F) o en tanto que estábamos unidos (M) ello no era más que una amenaza distante, y por otra parte no siempre tan alejada; pero desde que irrumpía la más mínimas cosa, todo se venía abajo manifiestamente, como resultado de mi dignidad, por causa de mi altivez (¡incluso si parece modesto ese judío occidental y bastante encorvado!) yo no puedo amar sino aquello que puedo ubicar bien alto por encima mío, al punto de que me resulte inaccesible.

Ello es sin duda el epicentro de todo, de ese todo que ha crecido hasta el “miedo de la muerte”. Eso no es sólo la superestructura del nudo central sino también las fundaciones.

En ese cataclismo, que se volvió terrible, no logro hablar. Una sola cosa: en el Hotel Imperial tú te equivocaste; lo que consideraste entusiasmo era apenas castañeteo de los dientes. La felicidad no fueron esas sobras de cuatro días arrancados a la noche y que estaban previamente encerrados en un armario, inviolables; la felicidad, era el suspiro y el deseo de llegar a ello.

Y ahora tengo de nuevo su carta, con la sola exigencia de escribirle una sola vez y para la cual no habrá respuesta; detrás mío, una tarde que machaca mis tímpanos; delante, una noche que me aguarda; no sucederá nada más: Ella me resulta inaccesible, es necesario que me acostumbre y mis fuerzas están en tal estado que lo hacen con alegría. Así la vergüenza se suma al sufrimiento, es un poco como si Napoleón le hubiera dicho al demonio que lo llamaba desde Rusia: “Ahora no puedo, primero hace falta que tome la leche tibia del anochecer”, y el demonio le pregunta entonces: “¿Eso llevará mucho tiempo?” y él: “Si, hace falta que la mastique bien.”

Todo ello, sufrimiento y vergüenza, está manifiestamente orquestado por estas mismas manos que te escriben.

¿Me puedes ahora comprender?

F

Esquela

sin duda otoño/primavera 1921

Muy querido Max, mi último pedido: todo lo que yo dejo detrás mío (en mi biblioteca, mi armario de ropa blanca, mi escritorio en casa y en el trabajo y todo lo que también pudieras encontrar disperso por ahí), diarios, manuscritos, cartas de otros y mías, dibujos, etc. todo deberá ser quemado sin ser leído, así como todos los escritos o dibujos que tú u otros, y tú deberás reclamárselos en mi nombre, poseen. Las cartas que no querrán devolverte, es imprescindible al menos que se comprometan a quemarlas ellos mismos.

Tuyo,

Franz Kafka

Praga

29 de noviembre (1922)

Querido Max, pudiera suceder que esta vez no me levante más. Hay muchas probabilidades que después de un mes de fiebre pulmonar se declarase una pulmonía; mismo el gesto de escribir no podrá impedirlo, suponiendo que ello tenga todavía un poder.

Ante esa eventualidad, aquí va mi última voluntad en lo que concierne a todo lo que escribí:

De todo lo que escribí, sólo son válidos los libros: El Veredicto, América, La Metamorfosis, La Colonia penitenciaria, Médico de campaña, y el relato Un Artista del hambre. (Los pocos ejemplares de “Miradas” pueden conservarse, no quiero darle a nadie el trabajo de destruir la edición, pero nada de lo que ellos contienen deberá ser reimpreso). Cuando digo que esos 5 libros y ese relato son válidos, ello no significa que deseo que ellos sean reimpresos y trasmitidos a las futuras épocas. Al contrario, si pudieran desaparecer totalmente, ello correspondería en verdad a lo que deseo. Simplemente, dado que existe no impido a nadie que los guarde si así lo quiere.

Por el contrario, todo lo otro que escribí (textos publicados en revistas, manuscritos, cartas), todo ello sin excepción desde el momento que puedan ser accesibles o recuperados, previo pedido a los destinatarios (la mayoría tú los conoces, se trata de la Señora Felice M. de la Señora Julie nacida Wohryzck y de la Señora Milena Pollack, no olvides en especial algunos cuadernos que están en manos de la Señora Pollack), todo ello debe, sin excepción y de preferencia sin haber sido leído (no te prohíbo darles una mirada, incluso si preferiría que no lo hicieras, en todo caso nadie más debería hojearlos)- todo sin excepción debe ser quemado y te suplico hacerlo lo más pronto posible.

Franz

Kierling

20 de abril de 1924

Muy querido Max, vengo de recibir tu carta lo que me da un enorme placer; tenía la impresión de no haber tenido noticias tuyas después de mucho tiempo. Ante todo quisiera que me perdones esta agitación, todas esas cartas y telegramas que has recibido por culpa mía. En gran parte ello era inútil, debido apenas a una debilidad de los nervios (como soy grandilocuente y esta noche lloré varias veces sin razón, mi vecino murió esta noche) y también por culpa de éste sórdido sanatorio opresivo en el bosque de Viena. Una vez que uno se acomoda al hecho de que se trata de una tuberculosis a la laringe, mi estado es soportable y puedo momentáneamente tragar de nuevo. La estadía en el hospital tampoco resulta tan terrible como lo puedes imaginar, al contrario, desde un cierto punto de vista incluso resultó un regalo. Luego de tu carta, tuve conocimiento de diferentes cosas bastante amables de la parte de Werfel: la visita de una mujer médico que es una de sus amigas y que habló con el profesor; también me dio la dirección del profesor Tandler que es su amigo, y me envió la novela (tenía unas ganas enormes de tener un libro que me convenga) y algunas rosas, y si bien le dije que no viniera (ya que si aquí es perfecto para los enfermos, los visitantes y por tanto también para los enfermos desde ese punto de vista es detestable); pero según la postal que recibí, tengo la impresión que quiere venir hoy; de noche, él parte para Venecia. Ahora yo iré a Kiesling con Dora.

Muchas gracias por todos estos molestos asuntos literarios que has resuelto por mí de manera magnífica.

Infinitas buenas cosas para ti y para todo aquello que forma parte de tu vida. 

F

Mi dirección, que tal vez Dora no les dio a mis padres de manera precisa:

Sanatorio del Doctor Hoffmann

Kierling, cerca de Klosternenburg

Baja Austria

PS

Por favor, envía el dinero a la dirección del Sanatorio. Cordialmente. D.