Los aforismos de Zürau

El camino verdadero pasa por una cuerda que no está suspendida en el aire sino puesta a ras del suelo. Ella parece estar ahí para hacernos tropezar y no para que el pie avance.

Todos las culpas humanos son impaciencia, interrupción prematura de la iniciativa metódica, insistencia evidente de las apariencias.

Hay para los hombres dos pecados capitales de los cuales derivan todos los demás: impaciencia y negligencia. La impaciencia hizo que los expulsaran del paraíso y la negligencia les impide regresar. Pero quizá sólo hay un pecado capital: la impaciencia. La impaciencia hizo que los expulsaran del paraíso, la impaciencia les impide regresar.

Son numerosas las sombras de los desaparecidos que sólo se agitan para lamer las olas del río de los muertos, porque él viene de nuestro lar y conserva aún el gusto salado de nuestros mares. De asco espontáneo el río se subleva y remontando a contra corriente, arrastra los muertos que él rechaza a la vida: esos bienaventurados, cantan su gratitud y acarician al sublevado.

Habiendo llegado a un cierto punto el retorno es imposible. Es ese el punto que debemos alcanzar.

El movimiento decisivo de la evolución de la humanidad es siempre el instante presente. Por esa razón los movimientos intelectuales tienen el derecho de hacer tabla rasa de aquello que los precede, ya que nada nunca ha sido.

La invitación a combatir es uno de los instrumentos de seducción más eficaz de los cuales dispone el mal. Es como el combate con las mujeres, que termina en la cama.

Una perra apestada, paridora prolífica, ya sarnosa en algunas partes pero que lo era todo para mí en mi infancia, que no para de seguirme fielmente sin que yo me decida a pegarle, cuyo aliento por el contrario me hace recular paso a paso y que sin duda, si no tomo una decisión, me acorralará en ese rincón de ahí para terminar de pudrirse encima mío y conmigo, hasta el final -¿ello me honra?- su lengua purulenta y agusanada sobre mi mano.

A. está devorado por el orgullo, él supone estar muy adentrado en el bien ya que, siendo manifiestamente objeto cada día más de envidias, se siente expuesto a las tentaciones siempre más numerosas, venidas de horizontes que eran hasta hoy insospechados para él. La explicación verdadera, es que un enorme diablo se apropió de su cuerpo y que la muchedumbre de los diablitos acuden al servicio del grande.

Diferentes maneras de mirar, por ejemplo, una manzana: la manera del niño que debe estirar el cuello para distinguir la manzana puesta sobre la mesa, y la manera de mirar del dueño de casa, que toma la manzana cuando se le da la gana para ofrecerla al convidado.

Uno de los primeros signos del conocimiento en sus comienzos es el deseo de morir. Esta vida consciente parece intolerable y la otra inaccesible. No tenemos vergüenza de querer morir; suplicamos, desde el fondo del viejo calabozo detestado, ser trasladados a otro nuevo al que debemos aprender a detestar. Un resabio de fe nos lleva a creer que durante la transferencia el jefe pasará casualmente por el corredor y dirá, mirando al prisionero: “A este no lo encierren. Él viene conmigo.”

Si caminas por una llanura, si estás decidido a avanzar y a pesar de ello retrocedes sería un caso desesperado; pero como remontas una ladera escarpada, puede que tan escarpada como lo eres tú mismo visto desde abajo, los retrocesos quizá se deben a la naturaleza del terreno y en tal caso no debes desesperar.

Como un sendero en otoño: apenas terminamos de barrer él se cubre nuevamente de hojas muertas.

La jaula salió volando a buscar un pájaro.

Hasta ahora jamás había estado en ese lugar: allí el aliento es diferente, todavía más cegadora que el sol una estrella brilla en su entorno.

Si hubiera sido posible construir la torre de Babel sin tener que ascenderla, ello hubiera sido permitido.

No permitas al mal hacerte creer que puedes guardar secretos para él.

Los leopardos se introducen en el templo y abrevan en las jarras de ofrendas que terminan vaciando. El fenómeno no cesa de repetirse; termina por hacerse previsible y entonces se lo integra a la ceremonia.

Firme como la mano que tiene la piedra. Ella no la aprieta con otra finalidad que lanzarla lo más lejos posible, pero también el camino conduce a ese lejano lugar.

Eres el problema a resolver y no un escolar haciendo la ronda.

Es el verdadero adversario, él hace crecer en ti un coraje infinito.

Deberías agradecer esta suerte: el piso que te sostiene nunca puede ser más extenso que los dos pies que se apoyan en él.

¿Cómo podemos hallar placer en el mundo, al menos que no sea huyendo?

Los escondites son innombrables y la salvación única, pero las posibilidades de salvación son tan numerosas como los escondites.

Existe un destino pero carece de camino, eso que nosotros llamamos camino es la hesitación.

Es lo negativo que todavía nos incumbe realizar, lo positivo ya nos fue dado.

Cuando aceptamos el mal por la primera vez, él renuncia a exigir que creamos en su existencia.

Las segundas intenciones con las cuales tu recibes el mal nunca son las tuyas, sino las del mal.

La bestia arranca el látigo de las manos del señor y se azota ella misma para ser a su vez el señor, sin saber que ello es apenas fruto de su imaginación atizada por el agregado de otro nudo a la correa del señor.

En cierto sentido, el bien carece de esperanza.

El dominio de uno mismo no es mi ambición. Dominio de sí mismo significa: querer reaccionar en un punto tomado al azar en el esplendor infinito de mi existencia espiritual. Pero si fuera necesario describir esos círculos que me rodean, estoy más dispuesto a hacerlo sin reaccionar, mediante la simple observación de ese monstruoso complejo, y me llevo para mi casa apenas el consuelo que ofrece esa visión, a contrario.

Las cornejas pretenden que una sola corneja podría destruir el cielo. Sin ninguna duda, pero ello nada prueba contra el cielo pues los cielos, precisamente, significan: imposibilidad de cornejas.

Los mártires no subestiman el cuerpo, ellos logran elevarlo por encima de la cruz y haciéndolo están de acuerdo con sus enemigos.

Su fatiga es la del gladiador después del combate, su tarea fue blanquear a la cal el rincón de un despacho de funcionario.

No hay un tener sino el ser, el ser exigiendo el último suspiro, el ahogo.

Antes, yo no entendía por qué nadie respondía a mi pregunta, ahora no comprendo cómo pude haber creído que yo tenía el poder de formularla. Pero yo no creía en nada y sólo preguntaba, eso era todo,

A la afirmación según la cual era probable que poseyera pero en ningún caso que él fuera, él respondía temblando y con el corazón palpitante.

He aquí uno que se sorprende de transitar con facilidad el camino hacia la eternidad; en efecto, ese bajaba la pendiente a toda velocidad.

Es imposible pagar el mal por adelantado –y sin embargo lo intentamos de continuo.

Podemos imaginar al Gran Alejandro, a pesar de los logros militares juveniles, de la excelencia del ejército que formó y de las fuerzas que lo habitaban para cambiar el mundo, deteniéndose ante el Helesponto sin decidirse a cruzarlo. No por miedo, tampoco por indecisión, menos aún por falta de voluntad, sino únicamente por la fuerza gravitacional.

Siendo el camino infinito, nada hay para restar ni para agregar y sin embargo, resulta que cada uno lo mide según su pequeño rasero de niño. “Seguramente todavía te hace falta recorrer ese segmento del camino, nadie te va a exonerar de ello.”

Sólo nuestra concepción del tiempo nos hace nombrar el Juicio Final de tal manera, hablando francamente se trata de una corte marcial.

La desmesura del mundo –no deja de ser una consolación- parecería ser únicamente numérica.

Dejar caer sobre su pecho la cabeza cargada de repugnancia y odio.

Los perros de caza todavía juguetean en el patio pero la presa no escapará, por más rápida que sea su huida ya comenzada a través del bosque.

Te has emperifollado de manera ridícula para este mundo.

Más caballos tu enganchas, más rápido será –no por lo que es de arrancar el bloque de sus fundaciones, lo que resulta imposible, sino para romper las riendas y partir alegremente sin peso.

Ser uno y estar ahí: en alemán la palabra “sein” puede significar ambas situaciones.

Les dieron la elección: ellos podrían ser reyes o mensajeros de reyes. Como reaccionan los niños, todos ellos quisieron ser mensajeros. Por ello es que sólo hay mensajeros, corren por el mundo y como ya no hay reyes, ellos se gritan unos a otros mensajes que resultan absurdos. Voluntariamente pondrían fin a sus vidas miserables, pero no se atreven porque prestaron juramento.

Creer en el progreso no supone creer que cierto progreso ya ocurrió. De lo contrario, ello no sería una creencia.

A. es un ser virtuoso y el cielo es testigo.

El hombre no puede vivir sin tener confianza permanente en alguna cosa indestructible en él, incluso si ese algo indestructible, al igual que la confianza, permanece oculto de continuo. Una de las manifestaciones de ese ocultamiento es la creencia en un dios personal.

La intromisión de la serpiente era necesaria: el mal puede seducir a los hombres, pero no hacerse hombre.

En el combate entre tú y el mundo, vencido el mundo.

No hay que engañar a nadie y ni siquiera escamotearle al mundo su victoria.

No hay más mundo que el del espíritu. Lo que llamamos mundo de los sentidos, es el mal en el mundo espiritual y lo que llamamos el mal es apenas un momento necesario de nuestra eterna evolución.

La luz más intensa es suficiente para disolver el mundo. Los ojos débiles lo vuelven sólido. Otros más débiles le dan puños, los más débiles todavía el pudor, y él masacra a todo aquel que se atreve a mirarlo.

Todo es engaño: querer ilusionar lo menos posible, permanecer en el sentido común, pretender ilusionar lo más posible. En el primer caso engañamos al bien queriendo ganar con facilidad y al mal poniéndole reglas de combate no demasiado desfavorables. En el segundo caso engañamos al bien ya que ni siquiera aspiramos a alcanzarlo en este bajo mundo. En el tercer caso engañamos al bien alejándonos de él lo más posible, esperando por la exageración volver al mal impotente. En consecuencia, entre todos es preferible la segunda fórmula, ya que si siempre engañamos al bien, en ella no engañamos al mal, al menos según las apariencias.

Existen preguntas que nunca podríamos trascender si nosotros no estuviéramos liberados por naturaleza.

Para todo lo que es exterior al mundo de los sentidos, el lenguaje se utiliza sólo de manera alusiva, pero jamás de manera que sea incluso poco analógica, ya que de acuerdo al mundo de los sentidos, el lenguaje trata únicamente de la posesión y de los vínculos de posesión.

Mentimos lo menos posible sólo cuando mentimos lo menos posible, no cuando tenemos menos oportunidades de hacerlo.

Inclusive desde el punto de vista de la escalera, un escalón que los pasos no desgastaron de manera evidente es apenas un conglomerado hostil de maderas.

Quien renuncia al mundo forzosamente ama a todos los hombres, ya que también renuncia a su mundo. Haciéndolo él comienza a vislumbrar la verdadera naturaleza humana, que no podemos dejar de amar, a la sola condición de estar a su altura.

Aquel que ama a su prójimo en este mundo, no hace ni más ni menos daño que aquel que en este mundo se ama a sí mismo. Faltaría saber si el primer caso es posible.

El que no exista otro mundo que el del espíritu nos retira la esperanza y brinda la certitud.

Nuestro arte es un ser enceguecido por la verdad: es verdad la luz sobre la figura haciendo muecas y que recula, sólo eso.

La expulsión del paraíso es, en su mayor parte eterna: por tanto, la expulsión del paraíso es por cierto definitiva y la vida en este mundo inevitable, pero la eternidad del proceso también hizo posible no sólo que nosotros pudiéramos habitar el paraíso en forma permanente, sino que además estemos allí efectivamente en permanencia, indiferentemente del hecho de que lo sepamos aquí o no.

Es un ciudadano de la tierra en libertad y seguridad, pues está atado por una cadena lo suficientemente larga para permitirle libre acceso a todos los espacios terrestres, pero bastante corta para que nada lo pueda llevar más allá de los límites de la tierra. Al mismo tiempo, es también un ciudadano del cielo en libertad y seguridad, ya que también está atado por una cadena calculada nada menos que a partir del cielo. Él se dirige hacia la tierra, el collar del cielo lo estrangula, se dirige hacia el cielo y lo estrangula el collar de la tierra. Sin embargo todas las posibilidades están abiertas, él lo siente, e incluso se niega a atribuir esta situación a un error cuando se produjo la estiba original.

Él corre detrás de los hechos como un patinador de hielo debutante y que, además, se entrena en la zona prohibida.

¿Hay algo más risueño que la fe en un dios doméstico?

Teóricamente, existe una posibilidad de felicidad perfecta: creer en lo indestructible de sí mismo y no pretender alcanzarlo.

Lo indestructible es uno; cada hombre lo es de manera única y al mismo tiempo todos lo compartimos. De ahí el carácter único del vínculo indestructible que une a los hombres.

Hay en un mismo hombre conocimientos que, por más diferentes que sean entre ellos, tienen sin embargo el mismo objeto, de tal suerte que, necesariamente, debemos deducir la presencia de diferentes sujetos en un mismo hombre.

Él devora las sobras caídas bajo su propia mesa; de esa manera, por cierto su saciedad supera por un breve instante la de los otros, pero haciéndolo olvida cómo se come en la mesa; de esa manera, los restos también ellos terminan por faltar.

Si eso que se comenta que fue destruido en el paraíso era destruible, entonces no se trataba de algo decisivo; pero si era indestructible, entonces nosotros vivimos en una fe falsa.

Mídete a la humanidad. Ella vuelve escéptico al escéptico, creyente al creyente.

Ese sentimiento: “nada de amarras para mi aquí” y sentir de inmediato alrededor suyo el encrespamiento anunciando las aguas.

Un brusco viraje. Al acecho, temerosa, la respuesta ronda en torno a la pregunta con esperanza, indaga con desesperación su rostro inaccesible, la persigue por los senderos más insensatos: es decir aquellos que se dirigen hacia lo más alejado de la respuesta.

De tanto frecuentar a los hombres nos dejamos seducir por la introspección.

El espíritu no es libre mientras permanece aferrado / El espíritu nunca será libre hasta que decida ser libre / El espíritu sólo será libre cuando resuelva dejarse ir.

El amor carnal hace olvidar el amor celestial; por sí mismo él sería incapaz, pero como está en él sin él saberlo el elemento del amor celeste, él lo consigue.

La verdad es indivisible y no puede conocerse a sí misma; quien dice conocerla forzosamente miente.

Nadie puede desear en definitiva aquello que lo perjudica. Si acaso sucede que un hombres en particular da esa impresión –y quizá sigue siendo el caso- ello se explica como sigue: alguien desea del hombre alguna cosa que sin duda beneficia a ese alguien, pero que perjudica de cuidado a un segundo alguien que sólo consideramos a medias en esa apreciación. Si el hombre, desde el comienzo, tomó partido por el segundo alguien y no sólo mientras transcurre el juicio, el primero habría desaparecido y con él su deseo.

¿Por qué lamentarnos del pecado original? No es por su causa que fuimos expulsados del paraíso, sino por culpa del árbol de la vida y para que no pudiéramos comer de él.

Nosotros no somos pecadores solamente porque comimos del árbol del conocimiento, sino también porque todavía no comimos del árbol de la vida. El pecado es la situación en la cual estamos ahora, independientemente de la falta.

Fuimos creados para vivir en el paraíso que estaba destinado a servirnos. Nuestra finalidad resultó modificada; que la función del paraíso también lo haya sido, eso jamás fue dicho.

El mal es una emanación de la conciencia de los hombres y de ciertas situaciones transitorias. Eso no es, hablando francamente, el mundo de los sentidos que es apariencia, sino más bien el mal en él que, efectivamente, a nuestros ojos constituye el mundo de los sentidos.

Desde el pecado original el conocimiento del bien y del mal es una facultad que poseemos, por lo esencial, a partes iguales; y por tanto, es justamente allí que buscamos nuestras ventajas específicas. Es sólo más allá de este conocimiento que comenzamos a diferenciarnos. Lo que viene tiene la apariencia de lo contrario: ningún hombre puede contentarse solamente del conocimiento, forzosamente él debe reaccionar en consecuencia. La fuerza sin embargo le falta para hacerlo y por tanto necesita destruirse, al riesgo, aun así, de no disponer de la fuerza necesaria. Pero no tiene otra elección que esta última tentativa (está ahí el sentido de la amenaza de muerte, que acompaña la prohibición de comer del árbol del conocimiento; quizá sea ese el sentido primero de la muerte natural). Resulta que esta tentativa lo atemoriza; preferiría regresar al conocimiento del bien y del mal (el término de “pecado original” se vincula a dicho temor); pero no podemos regresar sobre aquello que está hecho, solamente hacerlo dudoso. Es con este objetivo que fueron creadas las motivaciones. El mundo entero está implicado, y también el mundo invisible en su conjunto no es tal vez otra cosa que la motivación de un hombre que quisiera descansar un momento. Una tentativa de falsificar el sentido del conocimiento, de hacer del conocimiento un fin en sí.

Una fe como la guillotina, pesada y leve.

La muerte está delante nuestro, algo así como en la pared del salón de clase una escena de la batalla de Alejandro. Es decisivo, mediante nuestros actos y mientras estamos todavía con vida, oscurecer la imagen o incluso borrarla.

Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo. La primera supone finalización y por tanto inactividad, la segunda implica un comienzo: así es.

Para evitar los errores de terminología: aquello que queremos destruir activamente primero hay que haberlo poseído con fuerza; lo que se disuelve se disuelve, pero no puede ser destruido.

La primera idolatría fue seguramente el terror de las cosas, pero ya que está unido, el miedo a la necesidad de las cosas y también, ya que está vinculado miedo de la responsabilidad ante las cosas. Esta responsabilidad resultaba tan monstruosa que ni siquiera osamos responsabilizar a una entidad sobrehumana única. La mediación por la vía de un solo ser habría sido insuficiente para alivianar la responsabilidad de los hombres, las relaciones con un único ser hubieran entonces estado saturadas de una responsabilidad demasiado grande, y por ello hicimos a cada cosa responsable de ella misma, incluso más: hicimos a las cosas en parte responsables del hombre.

La psicología… ¡ya basta!

Dos reglas para iniciar tu vida: reducir siempre lo más posible tu círculo y verificar cada vez que tú no estás oculto en el exterior de tu círculo.

Algunas veces, en nuestras manos el mal es un instrumento, destacado o inadvertido, que acepta ser dejado de lado sin protestar cuando tenemos voluntad suficiente.

Las alegrías de esta vida no son las “suyas” sino más bien “nuestro” temor de acceder a una vida superior; los tormentos de esta vida no son los suyos, más bien aquellos que nos infligimos a nosotros mismos en razón de ese miedo.

Salvo aquí y en ninguna otra parte el sufrimiento es sufrimiento. No en el sentido en que aquellos que sufren deberían ser elevados -en otra circunstancia- a causa de ese sufrimiento, sino más bien porque aquello que en este mundo llamamos sufrimiento, en otro contexto, incambiado y libre de su reverso, es la felicidad.

La representación del cosmos como extensión acabada e infinita resulta de una mezcla, llevada hasta las últimas consecuencias, de laboriosa creación y libre reflexión interior.

La más implacable convicción de nuestro estado pecaminoso actual está lejos de ser igual de triste que la convicción, inclusive la más tenue justificación pasada y eterna de nuestra temporalidad. Sólo la fuerza de soportar esta segunda convicción, que en su pureza contiene por entero a la primera, puede dar la medida de la fe.

Hay quienes suponen que además de la gran impostura primitiva, existe también en cada caso una impostura menor particular, especialmente organizada para ellos, de tal manera que en una escena de amor teatral, la actriz además de la falsa sonrisa que ella dirige a su amante, tiene una sonrisa particularmente intencionada para determinado espectador del último balcón. Es lo que se dice ir demasiado lejos.

Se puede tener un conocimiento de lo diabólico y sin embargo no creer en él, ya que lo más diabólico está aquí.

El pecado se presenta siempre a cara descubierta y se deja atrapar directamente por los sentidos. Avanza sobre sus raíces y tampoco es necesario arrancarlo.

Los sufrimientos que nos rodean también nos hacen sufrir. Nosotros todos no tenemos un cuerpo sino un crecimiento, y ello nos hace pasar por todos los dolores bajo una forma u otra. Como el niño que crece pasando por todas las etapas de la vida hasta alcanzar la vejez y la muerte (y cada etapa en el fondo parece inaccesible después de la precedente, ya sea que la deseáramos o la temamos), de tal manera nos desarrollamos (igual de hondamente unidos a la humanidad que a nosotros mismos) pasando por todos los sufrimientos de este mundo. En ese contexto no hay espacio para la justicia, pero tampoco lo hay para el miedo al sufrimiento y menos aún para la interpretación del sufrimiento como mérito.

Te puedes abstener de los sufrimientos del mundo, eres libre de hacerlo y ello de acuerdo a tu naturaleza, pero esa abstinencia es quizá el único sufrimiento que podrás evitarte.

El hombre tiene su libre albedrío y es más, lo tiene en tres ocasiones:

Al comienzo, él era libre cuando quiso esta vida: ahora, es cierto, no puede intentar retroceder ya que si no es aquel que quería ser entonces, quizá pueda serlo en la medida en que viviendo él alcance su voluntad de otrora.

En segundo lugar: él es libre en la elección de su avance y del camino a seguir en esta vida.

Tercero: es libre en tanto que aquel que él será un día –que tiene la voluntad de dejarse ir por la vida bajo cualquier condición y de volver sobre sí mismo de esta manera- seguirá un camino por cierto elegido, pero en todo caso tan laberíntico, que ningún recodo de esta vida le resulta evitable.

Tales son las tres variantes del libre albedrío, pero como impera la simultaneidad ello no hace que uno solo e idéntico; finalmente todo retorna tanto a lo mismo que no hay ninguna esperanza para el albedrío, ya sea libre o no.

El instrumento de seducción de este mundo y la garantía dada del carácter transitorio de este mundo son una unidad. En buena ley, ya que es la única manera que tiene el mundo de seducirnos y es en conformidad a la verdad. Por el contrario, lo que es grave, es que apenas seducidos olvidamos la palabra empeñada y que para hablar claro como el bien en los brazos del mal, la mirada de la mujer nos atrajo a su cama.

La humanidad ubica a cada uno, también al solitario al borde de la desesperación, en una relación intensa a su prójimo y ello de inmediato, pero sólo en el caso de una humildad íntegra y duradera. Ello tiene ese poder porque es el lenguaje verdadero de la plegaria, devoción y a la vez el vínculo más sólido. El vínculo al prójimo es el vínculo a la plegaria, el vínculo con si mismo el de la aspiración, ya que es en la plegaria que hallamos la fuerza de la aspiración.

¿Puedes acaso conocer algo que sea diferente a la mentira? Si algún día la mentira resulta aniquilada no te vuelvas a mirar y si lo haces serás convertido en estatua de sal.

Todo el mundo es extremadamente gentil con A. Algo así como si pusiéramos todos los cuidados a preservar un billar excelente, también los buenos billaristas, hasta la llegada del campeón que examina de cerca el paño, no admite ningún defecto previo pero que, una vez que él mismo comienzo a jugar, se desenfrena sin piedad.

“Y después, él regresa a su trabajo como si nada hubiera sucedido.” Esta es una fórmula que un confuso sinnúmero de relatos tradicionales volvió tradicional, si bien quizá no aparece en ninguno de ellos.

No podemos asegurar que carecemos de fe. Para empezar, el simple hecho de que estemos con vida posee un valor de fe inagotable.

“¿Y en qué ello tendría valor de fe? Es bastante obvio que no podemos no vivir.”

“Es precisamente en ese “es bastante obvio” que reside la fuerza enorme de la fe; es en esa denegación que ella adquiere sentido.”

No es necesario que salgas de tu casa. Permanece sentado en tu mesa de trabajo y escucha. Incluso no escuches, solamente oye. Es más: no oigas, permanece apenas solo y silencioso. El mundo se abrirá a ti y te mostrará su rostro verdadero, él no puede hacer otra cosa y se retorcerá de éxtasis delante tuyo.