Milena y yo

Merano-Untermais / Pensión Ottoburg

Abril de 1910

Estimada Señora Milena:

Yo le envié unas líneas desde Praga y otras desde Merano. No he tenido respuesta. A decir verdad, ellas no exigían una urgencia y si vuestro silencio apenas traduce uno de esos estados de bienestar, que se expresan en general por el hastío de la escritura, no estoy descontento. También pudiera ser –es la razón por la cual le escribo- que esas cartas la hayan disgustado de una manera u otra (pudiera ser que, contrariando mi ánimo, yo haya tenido en ese caso la mano pesada). Lo que sería aún peor, que el lapso de tregua que me comentó haya finalizado y esté reviviendo malos momentos. En el primer caso, no sabría qué decir, considerando que mi intención era pura y aplicada a todo lo contrario; en el segundo, no adivino – ¿cómo podría adivinarlo? – y apenas le sugiero: ¿por qué no salir un poco de Viena? Usted no es, como tantos otros, apátrida. ¿Una temporada en Bohemia no sería beneficiosa? ¿Tal vez otro lugar si por razones que ignoro usted no quisiera Bohemia? ¿Merano podría ser una posibilidad? ¿Conoce usted Merano?

Una de dos: o bien persiste en el silencio y ello significa “Todo va bien”. De lo contrario usted me envía unas líneas.

Con mi amistad,

Franz

De pronto me doy cuenta de que, en el fondo no recuerdo ningún detalle particular de vuestro rostro. Solamente la silueta y el traje en el momento cuando partió entre las meses del café. Si: de eso me acuerdo.

Merano, 31 de mayo de 1920

Lunes

He aquí pues la explicación prometida ayer:

No quiero (ayúdeme Milena y entienda más de lo que digo), no quiero (tampoco es tartamudear), no quiero ir a Viena porque supone un esfuerzo moral que sería insoportable. Estoy moralmente enfermo; el mal de los pulmones no es otra cosa que un desborde del mal moral. Estoy enfermo desde hace cuatro o cinco años, después de mis dos primeros noviazgos. (No he podido explicarme de inmediato la alegría de vuestro último correo; la explicación sólo me llegó más tarde: usted es tan joven, quizá no llega a los veinticinco años, puede que apenas veintitrés. Yo tengo treinta y siete, dentro de poco treinta y ocho, casi una pequeña generación más que usted, mis añejas noches y mis dolores de cabeza me han dejado los cabellos casi blancos.) No quiero contarle esta larga historia con su maraña de detalles que todavía me horrorizan como a un niño, pero un niño sin capacidad de olvidar la infancia. El punto común de mis tres historias de noviazgos, es que todo fue culpa mía, sin duda de mi culpa. Hice la infelicidad de mis dos novias y –es mejor no hablar de la primera; de la segunda no puedo hacerlo, ella es demasiado sensible; cualquier palabra, aunque sea la más amigable, la heriría horriblemente y la comprendo- yo hice pues la infelicidad de la primera tan sólo por no poder devenir por ella (que de haberlo yo querido ella se hubiera tal vez sacrificado) feliz en todo momento, sereno, decidido, capaz de ser un marido, si bien le había renovado en toda libertad constantemente la seguridad y la hubiera amado con constancia de manera desesperada, y no hubiera conocido nada en sí de más dignos esfuerzos que el matrimonio. Me ensañé sobre ella casi cinco años (o sobre mí si usted prefiere); felizmente ella era indestructible, combinación pruso – judía, una aleación robusta y triunfal. Yo no era tan resistente; es cierto que ella sólo sufría, mientras yo golpeaba más y más.

A fin de cuentas no puedo escribir nada y menos explicar, aunque no haga otra cosa que comenzar la descripción de la enfermedad moral que debía arrastrar las otras razones de mi no venida. Me llegó telegrama: “Cita en Carlsbald el 8, se ruega confirmar por carta.” Debo confesar que, cuando lo abrí, encontré su horrible máscara aunque ella fuera del ser más modesto, el más sereno, devoto y que todo en el fondo depende de mi voluntad. Ahora no lo sabría explicar, no pudiéndome referir a una descripción de mi enfermedad. Lo cierto, es que partiré el lunes; a veces miro el telegrama y apenas si llego a leerlo. Como si una escritura secreta borrara los caracteres, una escritura que dijera: “Pasar por Viena”. Una orden de toda evidencia, pero sin el carácter horripilante que tienen las órdenes. No lo haría; materialmente, es una locura no tomar el camino más corto, por Munich, de hacer por Linz un doble trayecto y prolongar por Viena. Hice una experiencia: hay sobre el balcón un gorrión que espera que le tire pan de mi mesa sobre el balcón, en lugar de que lo haga sobre el piso, a un lado, en medio de la habitación. Él está afuera y ve aquí, en el claro oscuro, el alimento de su vida; ¡qué loca tentación! Se sacude, está más aquí que allí, pero aquí es la oscuridad y junto al pan estoy yo: potencia secreta. Él supera sin embargo el umbral, hace unos saltitos sin atreverse a más: sale volando aterrorizado por completo. ¡Y sin embargo cuántas fuerzas en esa pobre criatura! Algunos instantes después está de regreso y examina la situación; hago más miguitas para facilitarle las cosas, de no haberlo espantado sin quererlo intencionalmente (es la característica de las potencias secretas), él hubiera venido a buscarlo.

Mi asueto se termina a fines de junio y para la transición –por otra parte por aquí comienza a hacer mucho calor, lo que por sí mismo no me incomoda- quiero ir a la campaña. Ella también quería partir, por tanto nos encontraremos allá. Permaneceré algunos días; luego quizá otros días con mis padres en Konstantinsbad, después iría a Praga. Cuando pienso en estos viajes y me preocupo por el estado de mi cabeza, me siento más o menos como se debió sentir Napoleón si, mientras organizaba sus planes para la campaña rusa, hubiera sabido exactamente cómo terminaría todo.

Cuando recibí la primera carta suya, creo que era poco antes de la fecha en que debía concretarse el casamiento (el programa no era responsabilidad sólo mía), yo estaba feliz y lo mostraba. Más tarde… No, eso es todo y no reescribiré esta carta; nos parecemos en ciertos aspectos, pero no tengo la sartén por el mango, y temo casi como un presagio haber escrito un día a esa muchachita en el reverso de una carta comenzada como ésta.

Todo eso carece de importancia: incluso sin el telegrama hubiera sido incapaz de ir a Viena. El telegrama sería también un argumento para decidirme a viajar. Si usted duda no iré; si debiera en todo caso y para mi gran sorpresa –no será el caso- hallarme algún día en Viena, no tendría necesidad de almorzar ni cenar, en todo caso de una camilla donde recostarme un momento.

Adiós; aquí la semana será difícil.

Suyo F.

Si usted quiere enviarme algunas líneas a Carlsbad, poste restante… No, que sea a Praga solamente.

Qué enormes escuelas parecen esas donde usted enseña; doscientos alumnos, cincuenta alumnos… Desearía tener un lugarcito cerca de la ventana, en la última fila, durante una hora, entonces podría renunciar a nunca jamás encontrarla (como será, por otra parte, de cualquier manera), renunciaría a todo viaje y… suficiente. Este papel blanco que nunca finaliza me quema los ojos y es la razón por la cual escribo.

Estas líneas datan de esta tarde; ahora, dentro de poco serán las once. Hice la única cosa que me fue posible por el momento. Telefoneé a Praga para informar que no podría ir a Carlsbad; lo explicaré por mi deterioro, lo que es cierto, si bien por otra parte poco consecuente, ya que era a causa de ese deterioro que quería ir antes. He aquí como juego con un ser sensible. Pero no puedo hacer nada, ya que en Carlsbad no sabría hablar ni callarme, más bien: hablaría, incluso si me callara, ya que todo mi ser no es otra cosa que una sola palabra. La única certeza es que no pasaré por Viena, partiré el lunes a Munich y no sé todavía por donde, Carlsbad, Mariembad, pero solo. Puede que le escriba, pero no recibiré cartas suyas antes de llegar a Praga, dentro de tres semanas.

Merano, 4 de junio de 1920.

Hoy, a la caída de la tarde hice por primera vez una larga caminata en solitario. En general salía con otra gente o las más de las veces, me quedaba acostado en mi casa. ¡Qué país éste! ¡Ah, mi Dios! ¡Milena, si usted estuviera aquí! ¡Dios mío! ¡Pobre razón incapaz de pensar! Y sin embargo le mentiría si le dijera que usted me falta; ya que, es la más cruel y perfecta de las magias, usted está aquí, como yo, más que yo mismo; donde estoy está usted, como yo, más que yo. No estoy bromeando, me acusa de pensar que soy yo que le falto aquí, ya que usted está aquí y que usted se interroga: “¿Dónde está él? ¿No me había dicho por escrito que estaba en Merano?”

F.

¿Recibió las dos cartas en las cuales le respondía?

Merano, 12 de junio de 1920

Todavía sábado

Estas cartas en zigzag deben cesar Milena. Ellas nos vuelven locos; ya no sabemos lo que escribimos ni a lo que responde el otro y de todas maneras temblamos. Comprendo muy bien tu checo, entiendo también tu risa, pero en tus cartas me enredo entre la palabra y la risa, entonces entiendo sólo la palabra y por otra parte todo mi ser es temor.

¿Quisieras todavía encontrarme después de mis cartas del miércoles y jueves? No puedo darme cuenta; conozco el vínculo que me une a ti (tú formas parte de mí e incluso si yo no te volviera a ver), lo conozco en la medida en que él no pertenece al inconmensurable dominio del miedo que no sabríamos encerrar con la mirada, pero el lazo que te une a mi lo ignoro por completo, él pertenece por entero al miedo. Lo repito, Milena, tú tampoco lo conoces. Lo que me sucede es formidable, mi mundo se derrumba y se construye, examina (es a mí que me dirijo), examina tu actitud. De su caída no me quejo, él estaba en proceso de derrumbarse. Me quejo de su edificación, de mis escasas fuerzas, me quejo de nacer y de la luz del sol.

¿Cómo viviremos nosotros de aquí en adelante? Si dices sí a mis cartas / respuesta tú no tienes derecho a vivir en Viena, es imposible.

Al mismo tiempo que tus dos cartas llegó una carta de Max Brod en la cual me escribe entre otras cosas: “Ocurrió una historia extraña que quiero “informarte”, al menos someramente. Reiner, el joven redactor de la Tribuna (un muchacho distinguido, dicen, y muy joven, no más de veinte años) viene de envenenarse. Ello ocurrió, creo, cuando tú estabas todavía en Praga. Venimos de conocer la razón. Willy Hass tenía una relación con la mujer de Reiner (una amiga de Milena Jasenská; ella nació Ambrozova); esa relación, dicen, fue platónica. Nadie fue sorprendido en flagrante delito, nada de eso sucedió; pero la mujer parece haber atormentado a su marido de tal manera con sus propósitos y por su conducta, que se dio la muerte en la redacción. Ella llegó temprano con el señor Haas a la redacción, para saber por qué él no había regresado de su servicio nocturno. Él ya estaba en el hospital y había muerto antes de que ellos llegaran. Haas, que estaba a punto de pasar su último examen, interrumpió sus estudios, se peleó con su padre y dirige en Berlín un diario sobre cine. Se comenta que no está en buen estado. La mujer vive en Berlín y se dice que van a casarse. No sé por qué te cuento esta horrible historia. Será porque nosotros sufrimos del mismo demonio y esta historia nos pertenece tanto cono nosotros le pertenecemos.”

He ahí la carta. Repito que no puedes permanecer en Viena. ¡Qué historia horrible! Un día atrapé un topo y lo llevé al campo sembrado. Desde que lo puse en el suelo él se hundió como un loco furioso en la tierra, como si se metiera en el agua y desapareció. Uno quisiera esconderse de la misma manera cuando escucha esta historia.

No se trata de eso, Milena, para mí no eras una mujer, eres una muchacha. Nunca conocí a una muchacha que sea más muchacha que tú. No osaría tenderte la mano, muchachita, esa mano sucia, temblorosa, agarrotada, inconstante y mal asegurada, esa mano glacial y ardiente.

F

El hombre de Praga es una mala idea. Tú sólo hallarás una casa vacía. Estaré instalado en mi escritorio. Altstaedter Ring, número 6, tercer piso, la cabeza metida entre mis manos.

Además, hay veces que no me comprendes, Milena. La “cuestión judía” sólo era una broma de mal gusto.

Praga, 4 de julio de 1920

Domingo.

Hoy, Milena, Milena, Milena… no puedo escribir otra cosa. Si, pero hoy Milena, con prisa solamente y terriblemente fatigado, ausente (por otra parte, también mañana. ¿Y cómo no podría estar fatigado? Se le promete a un hombre enfermo tres meses de asueto y le otorgan apenas cuatro días, una fracción de martes, una parte de domingo, además le recortan atardeceres y mañanas. ¿No tengo razón diciendo que no estoy del todo curado? ¿No tengo razón, Milena? (Te murmuro todo esto en la oreja izquierda mientras duermes profundamente en tu modesta cama, con un sueño de origen feliz y que te das vuelta despacio sin saberlo, de derecha a izquierda, hacia mi boca.)

¿El viaje? Al principio bastante simple, no había donde comprar un periódico en los andenes. Excelente razón para salir, tú no estabas y era en el orden de las cosas. Luego yo subí, el tren parte y comencé a leer el diario, estaba todavía en lo previsible. En cierto momento paré de leer y ya no estabas; o más bien sí, tú estabas, lo sentía en todo mi ser. Esa especie de presencia era extremadamente diferente a lo de los últimos cuatro días; fue necesario que me habituara. Volvía a la lectura, el Periódico de Bahr comenzaba con una descripción de los baños de Kreuzen, cerca de Grein-sur-le-Danube. Lo dejé caer, cuando miré por la puerta un tren pasaba con la inscripción “Grein”. Miré mi compartimiento, frente a mí había un hombre leyendo el Nárdoní Listyu del domingo pasado. Descubro un folletón de Ruzena Jesenska y lo tomo, comienzo la lectura y es en vano, entonces lo abandono y me encuentro desamparado delante de tu rostro tal cual estaba, exactamente, sobre el andén de la estación, cuando nos dijimos adiós. Ocurrió sobre ese andén de estación un fenómeno que nunca había observado antes; la luz del sol que se ensombrece ella misma sin intervención de las nubes.

¿Qué contarte además? Mi reloj de bolsillo, mis manos dejaron de obedecerme.

Tuyo

Mañana, la prodigiosa historia de la continuidad del viaje.

Praga, 10 de julio de 1920

Sábado

Todo va mal; anteayer tus dos cartas tristes, ayer sólo un telegrama (era tranquilizador, cierto, pero parecía algo incoherente como son todos tus telegramas), hoy nada.

En tus dos cartas, como se las mire, no había nada de consuelo para mí. Ahí me decías que ibas a escribir, aún no lo has hecho. Anteanoche te envié un telegrama apresurado con respuesta urgente, la respuesta debería estar aquí hace bastante tiempo. Te repito mi texto: “Era la única cosa a hacer, quédate tranquila, esta es tu casa, Jilovsky estará en Viena en ocho días con su mujer. ¿Cómo hago para enviarte el dinero?” Ninguna respuesta. Yo me dije: “Ve a Viena. Pero Milena no quiere, ella no lo quiere de ninguna manera. Tú llevarás una decisión; no eres tú lo que quiere, ella está en la duda y la preocupación y por ello pide a Stasa.” A pesar de todo yo debería partir, pero no me encuentro bien. Estoy calmo, relativamente calmo, no hubiera jamás osado esperar estarlo estos últimos años, pero durante el día me ataca una tos fuerte y durante la noche dura un cuarto de hora. Puede que se trate sólo de la primera etapa de adaptación a Praga y las consecuencias de la terrible etapa de Merano, cuando todavía no te conocía, cuando todavía no había mirado en tus ojos.

Cómo se ha puesto de sombría Viena, ella que estuvo tan luminosa durante cuatro días. ¿Qué se prepara allá para mí, mientras que aquí chupo mi lapicera y meto la cabeza entre las manos?

F

Luego miré caer la lluvia por la ventana abierta desde mi sillón. Varias posibilidades me vinieron al espíritu: que estuvieras enferma, fatigada, en cama. Que Mme. Kohlker sirva de intermediaria entre nosotros y luego –cosa extraña, era lo que me parecía lo más normal y natural- que la puerta se abriera y tú estuvieras ahí.

Praga, 18 de julio de 1920

Domingo

Siempre a propósito de los asuntos evocados ayer: luego de leer tu carta, intenté contemplar la situación desde una perspectiva que casi siempre me prohibí ensayar hasta ahora. Ella curiosamente transforma las cosas. He aquí el resultado:

No me enfrento ya más con tu marido para conquistarte, el combate sólo ocurriría en ti misma; si la decisión sólo dependiera de una lucha entre tu marido y yo, todo se habría arreglado después de mucho tiempo. No se trata de subestimar a tu marido, probablemente lo subestimo, pero sé lo siguiente: que si él me estima, es el amor del rico por la pobreza (hay algo de eso en la relación entre nosotros). En la atmósfera de nuestra existencia común, sólo soy un ratoncito en el rincón de una “gran casa”, ratoncito al que sólo se le permite atravesar la alfombra una vez al año.

Eso es natural y no me sorprendo. Lo que me sorprende y que sin duda es inexplicable, es que tú que vives en ese “ritmo de gran casa”, que le perteneces por entero, que obtienes de él la más clara de las fuerzas, que allí reinas, tú tienes no obstante –me consta- las posibilidades, pero precisamente porque todo lo puedes, “yo no me detengo por delante –ni siquiera por delante- tampoco por delante” no solamente de amarme sino de ser mía, de atravesar mi propia alfombra.

No es todavía el colmo de lo inconcebible. El colmo, es que si quisieras venir a mí, si quisieras –para hablar musicalmente- renunciar al mundo entero por descender hasta mí, tan bajo que desde tu punto de vista se distinguen pocas cosas, y no solamente pocas, más bien nada, tu estarás obligada-; ¡extraño asunto!- no a descender sino a elevarte sobrehumanamente, bien por encima de ti, bien por debajo, tan fuerte que correrías peligro de quebrarte, de caer y desaparecer (¡y bien entendido yo contigo!) Todo ello para terminar en un lugar donde nada atrae y me estanco sin felicidad ni dolor, sin mérito y sin pecado sólo porque allí fui destinado. Sobre la escala de la humanidad soy como un almacenero minorista de antes de la guerra en las barriadas (ni tan siquiera violinista callejero); incluso si hubiera conquistado yo mismo esta situación –que no supe conquistar- ello no sería un mérito.

Me escribes para decirme que quizá el mes próximo vendrás a Praga. Hasta tengo ganas de decirte que no vengas. Déjame la esperanza de que si un día te pido venir estando desamparado llegarás inmediatamente, pero ahora es preferible que no vengas. Estarías obligada a partir de inmediato.

Franz

Praga, 26 de julio de 1920

Lunes

Entonces, el telegrama no era una respuesta pero la carta del jueves de noche lo era. Mi insomnio era justificado y mi horrible tristeza de la mañana estaba en lo cierto. ¿Hablaste de la sangre con tu marido? Tampoco hay que exagerar, puede que no sea nada. La sangre puede tener mil razones diferentes, pero es sangre y no debemos olvidarlo. Tu vives allí tu vida, alegremente heroica como si le dijeras a la sangre: “¡Estás aquí, finalmente estás aquí!” Y ella llega. De lo que yo debo hacer aquí, no te inquietas ni un segundo; ¡pero no eres un bebé! ¡lejos de eso! ¡sabes muy bien lo que haces! ¡pero quieres que así sea, que permanezca en mi orilla de Praga mientras te ahogas bajo mi mirada, voluntariamente, en el mar de Viena! ¿Cuando no tienes nada para comer no es una necesidad en sí? ¿Piensas que es la mía más bien que la tuya? ¡En ese caso tienes razón! No te enviaré más nada, a mediodía regreso a mi casa y meto este dinero inútil en el horno de la cocina. Es evidente que ya no tenemos nada en común. Excepto un deseo que, en apariencia sentimos ambos con todas nuestras fuerzas: que estés aquí, tu rostro lo más cerca posible del mío. Y así, naturalmente, el deseo de morir, ese deseo compartido de muerte “cómoda” pero es un deseo infantil, como yo tenía durante la lección de cálculo, cuando miraba al profesor, en lo alto del pupitre, hojear en su carné buscando mi nombre y que yo comparaba mi desierto de conocimientos a esa imagen del poder, terror y realidad, soñando, de miedo, que podía levantarme sobrenatural como un espíritu; como un espíritu deslizarme delante del profesor, entre los bancos, etéreo como mi bagaje científico; atravesar, sólo dios sabe cómo la puerta, y encontrarme libre en el aire puro que no había cambiado en el mundo que conocía de las mismas tensiones que en la clase.

Praga, 31 de julio de 1920

Sábado, más tarde

De cualquier manera que mire y remire tu querida carta, tan alegre, la de hoy tan contagiosa de alegría, es una carta salvadora. He aquí entonces Milena en nombre de los salvadores (¿si yo también estuviera allí estaría ella cerca mío? Claro que no), Milena a quien la vida por tanto no cesa de enseñar, aunque ella se resiste, que jamás podemos salvar a alguien que mediante la presencia y por nada más. ¡He aquí que, habiéndome salvado por su presencia ella intenta todavía otros medios microscópicos! Salvar a alguien del agua es espléndido, pero ofrecerle de inmediato un abono gratuito a una escuela de natación: ¿qué quiere decir? ¿Por qué el salvador busca facilitar la tarea? ¿Por qué no quiere el salvador continuar a salvar al otro por su sola presencia, su constante presencia siempre disponible? ¿Por qué quiere trasladar esa tarea a los profesores de natación y a los hoteleros de Davos? Por otra parte ¡ahora estoy pesando 55 kg. 400 gr.! ¿Cómo podría salir volando si estamos tomados de la mano? ¿Qué pasaría si los dos salimos volando? Por otra parte, es la idea de todo lo que precede, yo jamás partiré tan lejos de ti. ¡Es a duras penas que regreso de los Ploms de Merano!

Praga, 1º de agosto de 1920

Domingo de noche.

Apresurémonos, he aquí el sistema que nosotros tenemos todas las semanas. ¿Cómo no lo pensé antes? Primero necesito, a decir verdad, mi pasaporte, lo que no es tan sencillo como puedes pensar y sin Ottla sin duda jamás llegaré.

Tomo el Expreso un sábado de tarde, llego a Viena a eso de las 2 de la madrugada; mañana consultaré el horario preciso. Por tu parte, tú compraste el viernes un billete para el Expreso de Praga del domingo, me telegrafiaste diciendo que lo tienes en tu poder; sin ese telegrama no podía salir de aquí; tú me esperas en la estación, tenemos más de cuatro horas para nosotros y yo regreso el domingo a las 7 de la mañana.

He aquí el plan. Reconozco que es poco estimulante: sólo cuatro horas para nosotros, la noche, fatigados (¿Y además dónde? ¿En un hotel de la zona de la estación Francisco José? En fin, al menos es una posibilidad; que puede mejorarse enormemente si vienes a mi encuentro en Gmünd (¡sería posible?) Nos quedaríamos ahí toda la noche. ¿Gmünd es en Austria? en tal caso no necesitarías pasaporte. Yo llegaría sobre las 10 de la noche, quizá más temprano y saldría el domingo en el Expreso de las once de la mañana (los domingos siempre hay lugar), puede que más tarde si hubiera un ómnibus. Pero no sé cómo harías tú para venir y luego para volver.

¿Qué piensas de esto? No resulta extraño tener que preguntártelo habiendo pasado todo el día contigo.

Dirección de Krasa: Hotel Stern, Mariembad.

Praga, 2 de agosto de 1920

Lunes.

El horario de los ferrocarriles es más preciso de lo que yo pensaba, hay que desear que no estén equivocados. Así pues:

Primera posibilidad, de lejos la peor de las dos: parto de aquí a las 4.12 el sábado de tarde, llego a Viena a las 11.10 de la noche y tenemos siete horas para nosotros, ya que regresaría el domingo a las 7 de la mañana. A decir verdad, las siete horas compartidas suponen que yo haya dormido un poco la noche previa (dura tarea), de lo contrario tendrías delante de ti un pobre animal enfermo.

Segunda posibilidad, que el horario de los ferrocarriles la vuelve fantástica: parto igual a las 4.12 pero estaría ya (¡ya, ya!) en Gmünd desde las 7.28 de la noche, e incluso si vuelvo el domingo por el Expreso de la mañana, sólo sería a las 10.46. De ser así tendríamos más de quince horas, algunas de las cuales podríamos dedicarlas a dormir. Pero es todavía más bello de lo que tú puedes suponer: en tal caso yo no estaría obligado a regresar por el Expreso. A las 4.38 de la tarde hay una correspondencia para Praga; sería ese tren el que yo tomaría. En tal caso nosotros tendríamos veinticuatro horas para pasar juntos y podríamos (¡imagínate Milena!) al menos teóricamente, tener esas horas todas las semanas.

Pudiera haber un traspiés, pienso que nada grave; de cualquier manera tendrías que informarte. La estación de Gmünd es en efecto Checa y la ciudad austriaca. ¿Llevan la tontería de los pasaportes al punto de exigir a los vieneses un pasaporte para cruzar el umbral de la estación checa? Sería necesario que la gente de Gmünd que va a Viena tuviera, ellos también, un pasaporte con visa checa. No puedo creerlo y sería dirigido contra nosotros. Ya es bastante desagradable que tenga quizá que esperar una hora en la aduana antes de salir de la estación y que nuestras veintiuna horas se vean reducidas otro tanto.

A tantas grandas cosas nada podía agregarse. Igual, muchísimas gracias, todavía, por no haberme dejado sin carta hoy. ¿Y mañana? No telefonearé, primero porque es perturbador, luego imposible (ya me informé) y porque en tercer lugar nosotros nos veremos pronto. Por desgracia, Ottla no tuvo tiempo hoy de ir por mi pasaporte a la Dirección de la Policía; ella irá mañana. Con los sellos tú te acomodas magníficamente (por desgracia no sé dónde dejé aquellas dos cartas “urgentes”, el hombre hubiera llorado cuando se lo hubiera dicho). Para agradecerme de lo que te envío, a decir verdad, te has tomado la tarea a la ligera pero igual estoy contento, al punto que voy a enviarte (¡te das cuenta!) sellos de “Legionario”.

En cuanto a contar historias, hoy ya no tengo ganas. Mi cabeza es apenas una estación: trenes que parten y trenes que llegan; visitas de aduana; el inspector jefe de fronteras se queda bizco frente a mi visa, pero por esta vez está correcta. “Por aquí; vaya viendo. Si, está bien; he aquí la salida – ¿tendría usted la amabilidad Señor Inspector en jefe de las fronteras de abrirme la puerta ahora mismo? No logro hacerlo. ¿Estoy tan débil porque Milena me espera afuera? – Pero por favor, me dice él. ¡Yo no estaba al corriente!” Y he aquí la puerta que vuela, bien abierta delante de nuestros pasos.

Praga, 2 al 3 de agosto de 1920

Lunes de noche

Se hace tarde; es el final de un día algo sombrío a pesar de todo. Mañana, es seguro que no tendré carta tuya; tengo la del sábado; una del domingo recién llegaría pasado mañana; la jornada no podrá sufrir entonces la influencia directa de una carta. Es curioso, Milena, cómo tus cartas me deslumbran. Y sin embargo siento, desde hace una semana o algo más que pasó alguna cosa, súbitamente o poco a poco, alguna cosa esencial o episódica, de consciente y semiconsciente; de toda manera lo sé. Percibo menos en los detalles de tu texto, si bien no faltan algunos que sean reveladores, que finalmente está cargado de recuerdos (de recuerdos bien particulares); a lo que respondes como habitualmente, pero no a todo necesariamente; a que tú estás triste sin razón, a que me envías a Davos; a que tú quieres que nos encontremos súbitamente. (Habías aceptado de inmediato mi consejo de no venir aquí. Hallabas Viena poco conveniente para un encuentro; habías dicho que nosotros no buscaríamos vernos antes de tu viaje y ahora, luego de dos o tres cartas, esta prisa. Yo debería estar feliz, pero no puedo; leo en tus líneas una especie de inquietud que me es hostil o favorable, ya ni sé, y hay de la inquietud en tu deseo súbito de un encuentro inmediato, en esa prisa. En todo caso estoy feliz de haber descubierto un medio, ya que es uno en verdad. Si no puedes abandonar Viena por toda la noche, podemos arreglar las cosas sacrificando algunas horas en común. Tomarás el Expreso de Gmünd hacia las 7 de la mañana –como lo hice la vez anterior-, llegarás a Gmünd a las 10, te estaré esperando y como partiré recién a las cuatro y media de la tarde, tendremos seis horas sólo para nosotros. Para el regreso, con el Expreso nocturno estarás en Viena a las 11 y cuarto; ¡una pequeña salida dominical!)

Es por eso que estoy inquieto; pero no, no estoy inquieto, -Milena, tal es tu potencia-: en lugar de que aumente mi inquietud porque siento que callándote quieres esconder alguna cosa (o que estás obligada a hacerlo o que te callas a pesar tuyo), en lugar de que mi inquietud aumente permanezco calmo, tan grande es sin importar las apariencias, la confianza que tengo en ti. Me digo que si me ocultas alguna cosa, es que tienes buenas razones para hacerlo.

Permanezco calmo por otro motivo extraordinario. Tienes una particularidad que forma parte, yo creo que de tu ser profundo y es por la culpa de los otros si ella no siempre reacciona. No la he todavía encontrado en nadie, no puedo representármela de manera precisa a pesar de haberla hallado en ti. No era por piedad que no puedes hacer sufrir sino porque eres incapaz de hacerlo. Es fantástico. Toda la tarde pensé en ello y ahora no oso escribirlo, ya que quizá todo ello, más o menos, no es otra cosa que una enorme excusa para besarte.

Ahora, a la cama. ¿Qué otra cosa podrías hacer hacia las once de la noche?

Martes

¡Al menos una carta! ¡Y ésa! Lo que te decía al comienzo no se aplica a las cartas de la noche, pero desde el momento que esa inquietud está aquí (una inquietud calma, lo dije), ellas mismas no pueden suprimirla. ¡Nosotros vamos a vernos! Quizá te telegrafiaré mañana o pasado mañana. (Ottla fue hoy mismo a consultar por el pasaporte) si puedo ir el sábado a Gmünd (esta semana para Viena ya es tarde, haría falta que el billete del Expreso dominical sea comprado), tú me confirmarás mediante telegrama si puedes venir. Pasaré todas las noches por el Correo para que recibas el mío bien pronto. Vamos a proceder de la siguiente manera: si telegrafío “imposible”, querrá decir que no puedo ir esa semana. En tal caso no esperaré la respuesta, seguiremos hablando mediante cartas (nuestro encuentro del mes próximo, dependerá del lugar a donde tu irás a la campaña y que sin duda te alejará más de mí, lo que nos impedirá vernos durante un mes). Si yo telegrafío: “Puedo estar el sábado en Gmünd” esperaré como respuesta: “Imposible” o “Estaré el sábado en Gmünd”” o “Estaré en Gmünd domingo”. En los dos últimos casos, el asunto está arreglado sin necesidad de telegrama (sí: para que estés segura de que recibí el tuyo haré acuso de recepción), nosotros dos vamos a Gmünd y nos encontraremos desde ese sábado o domingo. Todo eso tiene un aire extremadamente simple.

Praga, del 8 al 9 de agosto de 1920

Domingo de noche

Hay una cosa que me molesta desde el comienzo en tu argumentación; ella es evidente en tu última carta. Es una falta sin duda y sobre la cual tú puedes interrogarte: cuando dices (lo que es verdad) que amas a tu marido a tal punto que no puedes abandonarlo (si por mi fuera, no lo hagas; entiendo que si igual tú lo abandonas, eso sería algo terrible para mi), yo te creo y te doy la razón. Cuanto dices que podríamos abandonarlo, pero que moralmente él te necesita, no sabría vivir sin ti y que por esta razón no puedes abandonarlo, también te creo y sigo dándote la razón. Pero cuando afirmas que materialmente sin ti él no saldría adelante, y que de ello tú haces un argumento central o bien es para ocultar los motivos precedentes (no para reforzarlos, esos son motivos que no necesitan refuerzos), o bien no es otra cosa que bromas mentales (de las que hablas en tu última carta), bajo las cuales el cuerpo se debate y no sólo el cuerpo.

Lunes

Me acuerdo de la primera noche. Por entonces vivíamos en la Zeltnorgasse frente a una tienda de confección: en la puerta de la tienda siempre estaba una empleada; yo, que tenía poco más de veinte años pasaba el tiempo dando vueltas en mi cuarto, memorizando al precio de una gran tensión nerviosa, para mi primer examen de Estado, cosas a las cuales no le encontraba sentido. Sucedió el verano, hacía mucho calor y la temperatura era insoportable; yo permanecía cerca de la ventana masticando la repelente historia del derecho romano; finalmente, mediante signos nos propusimos una cita. Debía ir a buscarla a las ocho de la noche; pero cuando me presenté otro tipo se me había adelantado; ello no cambió gran cosa; como yo tenía miedo de todo, tenía miedo del tipo e incluso si no hubiera estado ahí igual hubiera tenido miedo de él. Pero, sin separarse de él la muchacha me hacía signo de que la siguiera. Así fuimos avanzando hasta la Schützeninsel, donde los tres tomamos una cerveza, ellos en una mesa y yo en otra mesa cercana. Luego ellos salieron y marcharon lentamente, seguidos por mí, hacia la zona donde ella vivía (en la esquinada del Mercado de Carne). En el umbral el hombre se fue y la muchacha entró apurada; esperé un minuto, luego ella salió para encontrarme y fuimos a un hotel de la Kleinseite. La situación, ya delante del hotel tenía algo de excitante, emotivo y abominable; lo mismo se reprodujo en el hotel. Cuando volvíamos al amanecer por la Karlsbrïcke –seguía haciendo calor y el tiempo era espléndido-, yo sin duda estaba feliz, pero esa felicidad estaba hecha de haberme alivianado de un cuerpo que había gemido demasiado; sobre todo consiste en el hecho de que no hubiera sido todavía peor, más abominable, más sucio. Una vez más encontré a la muchacha, creo que fue dos noches después; todo pasó igual de bien que la primera vez pero cuando, inmediatamente después, salí de vacaciones a la campaña y tuve un pequeño asunto con una muchacha, no pude volver a ver a la empleada de la tienda. No le dije ni una sola palabra, ella se volvió para mí el enemigo –siendo como era una muchacha honrada y gentil- y no paraba de perseguirme con una mirada de incomprensión. No quiero decir (sería falso) que mi hostilidad provenga únicamente de lo que la muchacha hizo en el hotel, de manera inocente, una pequeña abominación (que no vale la pena detallar), que ella dijo una pequeña porquería (que tampoco merece ser evocada), pero el recuerdo permanece; yo supe desde el comienzo que él no se borraría jamás; supe o creí saber, que ese horror e impudicia formaban parte del todo, no en el plano material, pero extrema y necesariamente sobre el plano moral, y que eran precisamente esa inmundicia y ese horror (del cual el pequeño signo se sostenía en su pequeño gesto, la pequeña palabra) que me habían atrapado con una loca violencia en ese hotel, que intento evitar con todas mis fuerzas en los tiempos normales.

Como sucedió esa vez, así ocurrió siempre y después. Mi cuerpo, que generalmente permanecía apacible durante años, luego resultó sacudido por el deseo hiriente de una pequeña abominación, un pequeño horror extremadamente preciso. De una cosita incómoda, sucia, repugnante; hasta en lo mejor del placer quedaba un recuerdo, yo no sé qué mal olor, un poco de azufre, algo de infierno. Había allí la impulsión parecida a la que padece el judío errante empujado, abandonado, siempre absurdamente nómada en un mundo absurdamente sucio.

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Ahora estás informada. Es por ello que yo tenía “miedo”, en efecto, de pasar la noche en Gmünd. Era solamente un “miedo” ordinario –y que, por desgracia, es ampliamente suficiente- él miedo que también siento en Praga y no un miedo particularmente gmundoise.

Ahora háblame de Emilia, quiero tener tu carta de Praga.

No agrego nada a mi carta de hoy, veremos mañana. Esta carta es importante y quiero que la recibas tal cual.

Praga, 9 de agosto de 1920

Sábado / Lunes de tarde

 (manifiestamente, sólo pienso en el sábado)

Haría falta que fuera un buen mentiroso para no decir también esta noche más que en mi carta de la mañana, sobre todo a ti a quien yo puedo hablar más libremente que a nadie, porque nadie estuvo jamás a mi lado como tú te has puesto, sabiendo, queriendo como lo haces, contra todo, a pesar de todo. (Te pido que distingas el gran “a pesar de todo” del gran “por lo tanto”)

Las más bellas de todas tus cartas (las más bellas es mucho decir, pues ellas son, todas juntas y casi en cada una de sus líneas, lo que me sucedió de más bello en la vida), son aquellas en las cuales le das la razón a mi “miedo” y a la vez intentando explicar por qué no lo debo tener. Porque yo mismo, incluso si tengo la apariencia de su abogado asalariado, probablemente le doy la razón en lo más profundo de mí mismo, ¿qué digo? él compone mi sustancia y es quizá eso lo que tengo de mejor. Como es lo que tengo de mejor, tal vez es lo único que tú amas en mí. ¿Se podría en efecto hallar en mi persona otra cosa para amar?, pero él, él es digno de amor.

Una vez me preguntaste como pude decir “bueno” ese sábado que pasé con el corazón angustiado; es fácil de explicar. Como te amo (y te amo empecinadamente, como el mar ama a las profundidades; mi amor no te devora menos; ¡y puede ser también para ti, con el permiso del cielo, eso que es el fondo profundo para el mar!); como te amo yo amo al mundo entero; tu hombro izquierdo forma parte; no, el derecho fue el primero y por ello lo beso, si él me hace fantasear (y tienes la amabilidad de separar un poco la blusa); tu otro hombro también forma parte, tu rostro por encima del mío en el bosque y mi cabeza reposando sobre tu seno casi desnudo. Es por ello que tienes razón de decir que nosotros ya hacemos uno. No es eso lo que temo, al contrario es la única felicidad, mi solo orgullo y no lo limito al bosque.

Pero justamente, entre ese mundo del día y esa “media hora en la cama” de la cual me hablaste cierta vez en una carta con desprecio, como de una historia masculina, para mi hay un abismo que no puedo cruzar, probablemente porque me niego. Por otra parte es un asunto de la noche; desde todo punto de vista, en todos los sentidos es un asunto de la noche; aquí es el mundo y lo poseo. ¿Haría falta que durante la noche saltara al otro costado del abismo si deseo recuperar la posesión? ¿Se puede recuperar la posesión de algo? ¿No significa perderla? Aquí es el mundo que poseo. ¿Pasaría al otro lado por el amor de un filtro inquietante, un malabarismo, una piedra filosofal, una alquimia, un anillo mágico? Pensando en ello me asalta un miedo terrible.

Quieres captar por magia en una noche, con prisa, la respiración opresora, desamparada, poseída, querer, digo, captar por magia aquello que cada día se da a los ojos abiertos. (“Puede ser” no podemos tener niños de otra manera, “puede ser” los niños son algo mágico, dejemos la cuestión por el momento). Es por ello que tengo tanta gratitud (y por ti y por todo) y es por ello que es evidente que halle en ti la más gran inquietud al tiempo que una enorme paz, y la libertad suprema al mismo tiempo que la suprema dificultad. Habiéndolo comprendido renuncié a toda otra vida – ¡Mírame a los ojos!

Es la señora Kahler la primera en decirme que los libros de la mesa de luz fueron a dar bajo la mesita del escritorio. Debieron antes preguntarme si yo autorizaba esa migración. Habría dicho que no.

Ahora dame las gracias. Felizmente pude suprimir aquí las ganas de escribir, en estas últimas líneas alguna locura (una locura de celos)

Por ahora es suficiente, y háblame de Emilia.

Praga, del 26 al 27 agosto de 1920

Viernes.

En lugar de dormir pasé la noche con tus cartas (debo confesarlo que no del todo voluntariamente), sin embargo no llegué todavía a las de abajo. A decir verdad no recibí ninguna carta, pero eso es sin importancia. Sería mejor dejar de escribirse cada día; antes que yo y en secreto fuiste tú que te diste cuenta. Las cartas cotidianas en lugar de fortalecer deprimen; antes, yo devoraba tu carta de un tirón y de inmediato devenía (hablo de Praga y no de Merano) diez veces más fuerte y alterado. ¡Pero es tan triste ahora! mientras te leo me muerdo los labios; nada es más seguro salvo las pequeñas punzadas en las sienes. Poco importa excepto una cosa, una sola cosa. Milena: primero, no caer enfermo. Dejar de escribir es bueno (¿cuántos días son necesarios para llegar al final de dos cartas como las de ayer? Pregunta tonta: ¿se puede alcanzar el final en dos días?), pero que la enfermedad no sea la causa. Hablando así sólo pienso en mí. Sólo pienso en mí hablando así. ¿Qué podrías hacer si cayeras enferma? Probablemente lo que hago ahora, ¿pero cómo? Ni siquiera quiero pensarlo. Sin embargo, cuando pienso en ti, siempre acostado en mi cama, como estabas en Gmünd la nochecita, en la pradera (donde te hablaba de mi amigo y casi ni escuchabas). No es una imagen dolorosa, es límpidamente lo mejor al contrario de lo que fui capaz de pensar en aquel momento: tú estás en la cama, yo te mimo un poco, voy y vengo, te paso la mano por la frente, me abismo en tus ojos cuando me inclino sobre ti, siento tu mirada que me sigue cuando voy y vengo por el cuarto y siento todavía, con orgullo que no puedo dominar, que vivo por ti, que tengo la autorización y le agradezco al destino porque un día tú te detuviste cerca mío y me tendiste la mano. No será más que una enfermedad que pasará dentro de poco y te dejará más fuerte de que lo estabas antes, de lo cual saldrás agrandada, mientras que un día, dentro de poco y esperemos que sin ruido ni dolor, yo me hundiré en la tierra. No es por ello que me atormento, sino por la idea de que puedas enfermarte lejos de mí.

Praga, septiembre 1920

¿Por qué hablarme Milena de un futuro común que nunca llegará? ¿Lo haces precisamente porque nunca será? Ya en Viena, la noche cuando evocamos el asunto, tuve la impresión de que las cosas se pasaban como si buscáramos a alguien que conociéramos bien, que nos hace mucha falta y que por esa razón le dábamos los más bellos nombres, pero que no nos llegaba respuesta. ¿Cómo habría él podido responderte ya que él no estaba ahí, sino tan lejos como podíamos imaginarlo?

Pocas cosas son seguras, pero una entre ellas es que nunca viviremos juntos, en la misma casa, codo con codo en la misma mesa, jamás; tampoco en la misma ciudad. Casi digo que ello me parece tan seguro como no levantarme mañana de mañana (¡sólo yo mismo puedo levantarme! Luego, me veo debajo mío aplastado sobre el vientre, como una pesada cruz, necesito un enorme esfuerzo antes de poder arrodillarme y levantar apenas el cadáver que tengo encima mío). Estuve a punto de decir que ello me parece tan seguro como no ir mañana de mañana a la Oficina. Si, es verdad, casi seguro que no me levantaré; por tanto el gesto apenas supera la fuerza humana; que así sea, yo llegaré, yo la superaré apenas lo suficiente.

No tomes al pie de la letra esta historia de levantarse; tampoco es tan grave como lo digo. De cualquier manera, hay muchas más probabilidades que me levante que lo contrario y más posibilidades para que jamás vivamos juntos. Por otra parte, tú misma Milena seguramente me piensas diferente cuando te lo preguntas y yo, en el “mar” entre “Viena” y “Praga”, con sus enormes olas hasta que se pierde la vista.

¿En cuanto a mi suciedad por qué dejaría de exponerla? (¡Ella es mi única posesión! la sola propiedad de todo hombre, pero eso lo conozco menos). ¿Por modestia? Esa sería la sola razón que puede defenderse.

¿Tienes miedo cuando piensas en la muerte? Yo sólo tengo un terrible miedo de sufrir. Es mal signo. Querer la muerte sin sufrimiento es mal signo. Por otra parte puedo osar la muerte. He sido enviado como la paloma de la Biblia, no encontré nada verde y entonces vuelvo al Arca oscura.

Recibí los prospectos de dos sanatorios. No tienen para mi sorpresa alguna, salvo los precios y la distancia a las cuales se encuentran de Viena. Desde ambas perspectivas son parecidos. Tremendamente caros, más de 400 coronas diarias, digamos 500 y sin compromiso. Tres horas de ferrocarril de Viena, luego media hora en auto. En consecuencia demasiado lejos; más o menos como Gmünd, pero en tren ómnibus. Grimmenstein será posiblemente un poco más económico; allí sería pues en caso de necesidad – ¿sólo en caso de necesidad! – que yo elegiría.

Ya ves Milena, como nunca pienso en mí o más bien al estrecho dominio que tenemos en común, el estrecho dominio que, según mi sentimiento y voluntad es para nosotros decisivo ¡y cómo descuido el resto! Todavía no te agradecí por Kmen y la Tribune, bien que el envío haya estado hecho, como siempre, con particular gentileza. Te enviaré mi ejemplar, lo tengo aquí en mi cajón. ¿Quizá quieres que agregue unas anotaciones? Es necesario que te relea y no es sencillo. ¡Cómo me gustan tus traducciones de los escritores extranjeros! ¿La entrevista de Tolstoi está traducida del ruso?

Praga, noviembre de 1920

Sábado de noche

No recibí todavía tu carta amarilla y te la devolveré sin abrirla.

Si no es bueno que nosotros cesemos de escribirnos, es que estoy muy equivocado. Pero no me equivocaba, Milena.

No puedo hablar de ti, no porque ella no es asunto mío, es mi asunto, pero no quiero hablar de ti.

Por tanto de mí solamente: lo que tú eres para mí, Milena, lo que eres para mí más allá de este mundo donde vivimos, no está escrito en estos trapos de papel que te envío cada día. Esas cartas, tal cual son, sólo pueden ser buenas a torturar; y si no torturan sería peor todavía. Sólo pueden ser buenas a producir algún día un Gmünd, suscitar malentendidos y vergüenza, una vergüenza imborrable.

Quiero verte luminosa como la primera vez en la calle. Las cartas me lo impiden más que la Lerchenfeldestrasse con todo su ruido.

Esa no es la razón esencial; la razón verdadera es la impotencia, que va acentuándose en nuestras cartas, de salir de esas mismas cartas, tanto para ti como para mí. Mil cartas tuyas, mil deseos míos no cambiarán en nada la situación; la razón principal es esa voz irresistible, es tu voz, sí literalmente, que me da la orden de callarme. Hasta ahora nada de lo que te concierne fue dicho todavía; la mayor parte del tiempo eso se halla sin duda en tus cartas (quizá en la carta amarilla o precisamente: en el telegrama donde me pedías, legítimamente, de reenviártela); bastante seguido en los pasajes que temo, en los pasajes que evito como el diablo huye los lugares consagrados.

Es curioso, yo también quería telegrafiarte (especulé bastante tiempo con esa idea, tirado de tarde en la cama, en el Belvedere la noche), pero no se trataba de otra cosa que de este texto; “pido respuesta formal y aprobatoria a los pasajes subrayados en mi última carta”. Vi finalmente en ello una sórdida desconfianza y sin fundamente, entonces no telegrafié.

Vengo de pasar todo mi tiempo en esta carta, sin hacer ninguna otra cosa hasta la una y media de la madrugada: la miré y a ti a través de ella. Por momentos (no en un sueño), esto es lo que veo: los cabellos ocultando tu rostro, alcanzo a separarlos y tirarlos sobre la derecha y la izquierda, entonces aparto tu cara, paso mis dedos sobre tu frente y tus sienes y los mantengo entre mis manos.

Lunes

Quería romper esta carta, no enviártela ni responder al telegrama, -los telegramas son ambiguos- y he aquí que tu postal y tu carta están aquí; esta postal y esa carta. Pero, estando frente a ellas, Milena, y cuando debía cortar con mis dientes esta lengua que quisiera hablar tanto… ¿Cómo podría creer que tengas necesidad de estas cartas, cuando ahora lo que necesitas es descansar, como lo has dicho tantas veces y dándote cuenta de ello sólo a medias? Esas cartas son tan solo tormento, ellas llegan de un tormento incurable, ellas sólo pueden crear un tormento incurable. ¿A qué nos llevará ello este invierno? Ello no hace más que empeorar. El único medio de vivir es callarnos, aquí y en Viena. Está bien: el dolor en el corazón: ¿y luego? La tristeza hace que el sueño sea más infantil y profundo. El tormento es un arado con el cual labramos todas las noches, todos los días y eso no es algo soportable.

(Al margen, a derecha de la tercera página)

Si voy a un sanatorio, naturalmente que te escribiré.

Berlín, octubre de 1923

Cuando desapareciste de repente (tampoco de manera sorprendente) luego de nuestro último encuentro, no supe más nada de ti hasta el comienzo de septiembre, cuando tuve novedades tuyas de una manera desagradable.

Mientras tanto, en julio me ocurrió algo grandioso – ¡cuántas cosas grandiosas hay en este mundo! -: había ido a Müritz, al borde del mar Báltico con la ayuda de mi hermana mayor. ¡En todo caso lejos de Praga y mi habitación cerrada! Los primeros días me sentía muy mal. Luego, la posibilidad de Berlín fue creciendo en ese Müritz increíblemente. Quería ir a Palestina en el mes de octubre, nosotros hablamos al respecto; nosotros jamás iremos, era una fantasía como puede tener alguien que está convencido de que nunca se levantará de su cama. Exonerado de no salir de mi cama ¿por qué no ir al menos a Palestina? Así pues, en Müritz encontré la colonia de vacaciones de un Hogar judío de Berlín; sobre todo judíos del Este. Me sentí muy atraído y estaba en mi camino. Comencé a reflexionar sobre la posibilidad de instalarme en Berlín. Esa posibilidad no era tampoco grande en ese momento que nuestras probabilidades por la Palestina, pero más adelante ello fue creciendo. Evidentemente, vivir solo en Berlín era imposible desde toda perspectiva y no sólo Berlín; no importaba donde. Sobre ese punto también encontré en Müritz una ayuda en esa línea realmente inesperada. Luego, a mediados de agosto, volví a Praga y paré más de un mes en casa de mi hermana menor en Schelesen. Allí y de casualidad la historia de la carta quemada; estaba desesperado; te escribí inmediatamente para aliviarme un poco, pero no envié mi carta ya que no sabía nada de ti y terminé por quemarla antes de salir para Berlín. De las otras tres cartas que me hablas hasta hoy lo ignoro todo. Estaba desesperado de no sabía qué afrenta vergonzosa que había sido hecha a alguien, sin saber demasiado a cuál de los tres interesados. Pero claro, de todas maneras, no había evitado la desesperanza –era acaso de otra naturaleza. Sí había recibido regularmente la carta en Müritz. A finales de septiembre fui a Berlín; antes de partir tuve tiempo de recibir tu carta de Italia. En cuanto a la partida la ejecuté con los últimos despojos de fuerzas, que pude encontrar todavía o más bien sin fuerza alguna, fúnebremente.

Ahora heme aquí; hasta el momento eso va menos mal en Berlín de lo que tu pareces creer. Vivo casi en la campaña, en una casita con jardín, me parece que nunca había tenido hasta ahora un hospedaje tan bonito. Seguramente lo perderé dentro de poco, es demasiado bello para mí, por otra parte es el segundo que ocupo por aquí. La comida no es muy diferente hasta el presente de la de Praga, por supuesto que hablo de la mía. Lo mismo sobre mi estado de salud. Es todo. Del reto no me atrevo a decir nada, lo que dije es demasiado, los espíritus aéreos lo absorben glotonamente con sus buches insaciables. Tu cuentas mucho menos en tu carta. ¿El estado general es bueno y soportable? No llego a descifrarlo. ¡Evidentemente! Uno no llegó no siquiera a descifrar el suyo propio. El “miedo” no es otra cosa.

F

Tarjeta postal

Tampón de correo:

Berlín-Steglitz 23. 12. 23.

Dirección: Sra. Milena Pollak

Viena VII

Lerchesnfelderestrasse 113/5

Querida Milena:

Hace bastante tiempo que hay aquí un fragmento de carta pronto para usted, pero aguarda todavía su continuidad ya que mis antiguos males vinieron todavía a encontrarme aquí, para atacarme y abatirme un poco más. Todo me cuesta enormemente, la mínima palabra, todo aquello que escribo me parece desmesurado cuando considero mi debilidad y ¿cuándo escribo “amistades” esas amistades tendrán en verdad la fuerza de llegar hasta su Lerchenferlderstrasse, tan ruidosa, tumultuosa, tan gris y urbana? donde yo no podría respirar sino apenas aquello que es mío. Es por ello que no escribo nada, esperando tiempos mejores o peores, por otra parte bien y guardado con ternura hasta los límites de lo posible aquí. Del mundo, no sé nada sino (pero de la manera más elocuente) por el encarecimiento de la vida. No recibo la prensa de Praga y los periódicos de Berlín son muy caros para mí. ¿Me podrías enviar de vez en cuando algunos recortes del Národní Listy, del tono de aquellos que me hacían tanto placer en otros tiempos? Desde hace algunas semanas, mi dirección es

Steglitz

Grunewaldstrasse 13

Familia M. Seifert.

Siguen, a pesar de lo precedente mis mejores amistades. ¿Qué importa si están destinadas a caer desde la puerta de vuestro jardín? Pudiera ser que ellas fueran más fuertes.

Suyo K.