A KRA PRA GA KRA

Le Prestige

Praga y magia son dos palabras que van muy bien juntas, se imantan a lo largo de la historia y fusionan en alquimia de lenguaje hasta confundirse en algunos relatos ejemplares; para argumentarlo en esta zona con señuelo del libro espectáculo, abusaremos acaso de las citas, que deben considerarse declaraciones transcriptas de los testigos claves de la defensa literaria. Me refiero en el proceso de transfiguración a varias Praga en palimpsesto y a dos magias complementarias cruzadas sobre el puente Charles:

La tradicional esotérica proveniente de Hermes Trismegisto, con la conciencia del secreto del Cosmos y la muerte pasajera, el afán humano de heterodoxias desafiando bordes matemáticos de estrategias divinas, la reincidencia al engaño del prójimo, mutando lo real en ilusión teatral a cara descubierta, el complot que pone en duda la capacidad sensorial deductiva de una platea inquisidora y la credulidad infantil, que en algunos seres perdura hasta el instante de la agonía y sublevación del alma eterna a la espera del la revelación y el Juicio Final.

Un segundo avatar se halla en la edad de oro de la magia espectáculo más reciente –el inicio a la ilusión sucedida en la niñez sobre escena en penumbras, entre palomas y conejos que aparecen y desaparecen, suspensión fundadora para la pulsión imaginativa- que abarca –acompañando de cerca la vida perturbada del viajero de comercio Gregorio Samsa- la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. El húngaro Harry Houdini (1874-1926) nacido en Budapest es el más famoso entre ellos, metonímico del fenómeno del hombre que escapa a sus trampas de candados, cadenas, inmersiones y encierros, chalecos de fuerza dentro de cubículos inundados y que a veces muere en el intento. Otros nombres tuvieron sus números secretos prodigiosos y marquesinas teatrales de gloria efímera en el período: Cheng Ling Soo (un americano llamado William Elkworth Robinson), Buatier de Kohtla, Servais Le Roy, Charles Joseph Carter y Ching Ling Foo.

Un generoso jardín de prodigios visuales con lógica laberíntica, maestros de desapariciones y metamorfosis, tramoyas ingeniosas y el engaño de la mirada, nutriendo la curiosidad del público deseoso de creer y ávido de mutaciones inexplicables. La memoria crédula del mundo recuerda aún el número del hombre metamorfoseado en escarabajo u otro ejemplar de coleóptero en el año 1915, al despertar de un sueño inquietante una mañana en Praga. La memoria retiene la hazaña del mago Gustav Meyrinck, que en 1918 para conjurar el espíritu destructor de la guerra, presentó su autómata llamado Golem y que utilizó para su realización elementos del esoterismo, dones telepáticos, nociones del yoga, secretos del budismo, protocolos del Tao y tradiciones de la Kábala.

Hasta podría avanzar maniobrando datos, la hipótesis conocida de que la puesta en escena de la magia espectáculo en teatros occidentales, es precipitado residual de la milenaria tradición de ciencias esotéricas y ocultas (alquimia, astrología, magia, adivinación, medicina alternativa, diálogo dificultoso con los difuntos) desde los jeroglíficos egipcios. Conservado en secretos momificados, hundidos en intestinos viscerales de las pirámides huecas, buscando por la astucia artesanal lo que no se logró por medios rituales de ancestros acosados hasta sus laboratorios, encarcelados, juzgados, torturados, quemados al aire libre –otra forma del music hall macabro- y puestos en ridículo público por el pacto del martillo de brujas y la razón. Una tradición que, durante el siglo de las Luces y otras atropelladas racionalistas, se preserva en mitos del dominar la historia, como los del Conde de Saint-Germain y Cagliostro.

La tradición teatral acompañó en el tiempo histórico el auge folletinesco de conspiraciones y complots, explicando de manera extraña los orígenes o incidir inventando en la Historia de la Modernidad considerada como lucha por el poder. Es lo que resiste en el pueblo de supersticiones ancestrales, cuando los secretos del Cosmos y la vida sobre Tierra se marchan al territorio de la ciencia, inaccesible al común de los mortales como las ecuaciones de la física cuántica. La magia se mudó del callejón de los Alquimistas a pliegues distorsionados del continuum espacio temporal más allá de los anillos de Saturno e inaccesibles a los planetarios. Un mundo excitante en su fricción recíproca; a los relatos llevando a extremos de la muerte, esquizofrenia, hipnotismo y aporías verificables en los relatos de Poe, venían en ayuda las tesis imantadas de agentes infiltrados de conocimientos ancianos, secretos y crípticos como Franz-Anton Mermer, Helena Blavatsky, Nikola Tesla que inventó una tecnología inaceptable y Alister Crowley, embajadores de imperios ocultos por reprimidos con odio. El engaño, superchería, falsificación y fraude estaban cerca en un campo magnético circense donde Luna, sexualidad, enfermedades mentales e incluso bacterias infecciosas eran enigmas perturbadores sin solución: Enciclopedia Paralela, mundo flogisto, antimateria, desplazamientos y mensajes de los difuntos. Universo no euclidiano, la continuidad espacio temporal que se refuerce, en tanto las explicaciones exponenciales en fantasía emulan los mismos misterios. Lo decía Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel: “La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere; in quiesto interregno si verificano i fenomeni morbosi piú svariati.”

Las referencias más convincentes sobre la magia y su puesta en escena codificada –retomando la leyenda del Golem, proponiendo el misterio del clone, preparando el mundo de Masamune Shirow y de Mamoru Oshi- las hallé en “Le prestige”, novela de Christopher Priest en su versión francesa (Folio S.F. Paris, 1996), así como en el filme de 2006 basado en la obra y realizado por Christopher Nolan. Siguiendo las recetas protocolares, los pasos retóricos y casi una poética de lo sobrenatural complotado, ocurre que todo acto de magia se declina en tres momentos y para estar seguros de que la magia opera, hay que seguirlos de forma estricta.

Transcribo las explicaciones narradas off por Michael Caine en las primeras escenas de la película, que me parecieron con más misterio que en el texto original.

Una vez hecha la presentación, cada acto de magia comporta tres partes o actos. La primera se llama LA PROMESSE. El mago presenta algo ordinario, un mazo de cartas, un pájaro o un hombre. Lo presenta, hasta puede invitar a examinarlo, a fin de que usted se percate de que en efecto es real, intacto. Normal. Pero, bien entendido, está lejos de serlo.

El segundo acto se llama LE TOUR. El mago utiliza eso ordinario para hacerle realizar algo extraordinario. Entonces usted busca el secreto pero no lo encuentra; porque –bien entendido- usted no mira atentamente. Usted no desea verdaderamente saber, lo que desea es ser engañado. Pero no se decide a aplaudir al final de LE TOUR, porque hacer que algo desaparezca es insuficiente. Todavía hay que hacerlo regresar.

Es por eso que, para cada acto de magia, existe un tercer momento. El más difícil, el que se llama LE PRESTIGE.”

Es momento tercero de revelación y epifanía, es la ilusión manifestada –el regreso de lo desaparecido- en el mundo real. Mientras nuestra conciencia es sorprendida por lo que ve, duda unos instante porque eso no puede ser y quiere entender. Sabe que hay un truco, no logra decodificarlo sobre la marcha –es difícil conciliar creencia y razón en la misma operación de la conciencia- y acepta la derrota feliz de la platea que asistió a lo inexplicable. La modificación aberrante consiguió operarse, una transfiguración mediante el traslado en espacio y tiempo, metamorfosis en el dominio inaccesible para nuestros sentidos y la razón hipnotizada; también la incapacidad de concebir la tramoya de ficción puesta en movimiento. La magia es un artificio – ¿“sólo” artificio? – que requiere tres momentos para alcanzar el efecto deseado. Lo increíble que impone ser creído y la renuncia de la razón para desentrañar el truco ante lo inconcebible. De eso trata también el filme El ilusionista, de Neil Burger del año 2006, que filma la historia del mago Edouard Abramovich en la Viena del 900 y que el empresario en el Teatro presenta de la siguiente manera:

“La vida y la muerte, el espacio y el tiempo, el destino y el azar… esas son las fuerzas del Universo. Esta noche, señoras y señores, les presentaré al hombre que penetró sus misterios; venido de los rincones más distantes de la Tierra, regresó entre nosotros para demostrar cómo se pueden dominar esas leyes del universo. Ante ustedes… Eisenheim!!”

La ficción es indisociable de esos procesos evocados, la única literatura imborrable –que alcanza el tercer momento prestigioso sin desaparecer en el sótano amnésico- es la que se atreve a extraviarse en el misterio hasta olvidar el punto de partida y premeditar el viaje de regreso. Enfrentar a la página en blanco es relativamente sencillo y más cuando se glosan asuntos que “ya” ocurrieron en el mundo. Trasladar una obra sobre episodios que sólo existen en la escritura, del pasado al presente y del presente al futuro, alcanzar ese viaje en el tiempo sólo se logra mediante la magia. En este libro –estamos en el medio del camino- traté de hallar algunas razones por las cuales el Dr. Kafka –dadas las minimalistas condiciones de producción, su biografía autopsiada hasta en detalles minúsculos y una estrategia de escritura en circuito cerrado- pudo instalarse en la literatura mundial. Esa es la visión del profesor que fui, con precipitados estructuralistas y sociológicas, pero antes me interesé –en la juventud cuando la educación a la lectura- al pasaje –en acepción arquitectónica y de judería laberíntica- menos evidente entre Praga y Montevideo (a la manera de “El otro cielo” de Julio Cortázar).

Las razones son muchas y cada texto aquí presente intenta dar una explicación parcial de dicha anomalía espacio temporal. Quiero decir: no tanto explicar Kafka –la bibliografía es infinita como la Muralla China, una vida de lectura haría avanzar sólo hasta la letra F del catálogo, que a esta hora sigue creciendo- sino entender que su obra haya llegado hasta Montevideo La Coqueta, en la década de los años sesenta del siglo pasado a encontrarse con mi propia juventud. Obsesión de topo ante el trabajo doblado sobre la mesa y la entrega de todas las horas a la literatura, la lucidez de confesarse en la correspondencia de sanguijuela sin darles tregua a las novias sumisas. El sino respiratorio de la enfermedad pulmonar, amigos escritores y comediantes, mujeres amadas y abandonadas de manera kafkiana. El azar del tiempo histórico arrastrando imperios y ciudades, poblaciones y armadas, el peso cabalístico de la tradición judía y el proyecto Palestina, la destrucción programada por el mero hecho de existir, el desacomodo en la lectura –también en el conjunto de lenguas occidentales-, tantos otros como la lista de amigos y la muerte incrustada en los pulmones.

En cada caso se observa un intento de acceder a lo inexplicable encorsetando la obra de Kafka en sistemas que lo preceden, como si los relatos fueran una confirmación de un saber teórico y nada más. Quise intentar en la zona oscura del laboratorio una propuesta a partir de la magia, considerando la polisemia del término, la ciudad de Praga en tanto ónfalo del proyecto con el barrio de los alquimistas. El misterio mágico de Praga proviene de la interacción de tres aspectos sumándose a la historia común de cualquier otra ciudad. Praga presenta la historia del crecimiento y personajes que la visitaron, inmigraciones obligadas, crónicas del poder, transfiguraciones urbanas, relaciones con otras ciudades o estados, el descriptivo de la demografía, planes de urbanización, los odios y la guerra; intuyo factores menos previsibles que se agregan a la lista, otras ciudades tienen uno o dos pero la influencia de tres aspectos es determinante. Me refiero a la literatura (para ello citaremos a Borges), la tradición de las ciencias ocultas (vendrá en ayuda Arturo Pérez Reverte) y la cuestión judía, indisociable del antisemitismo y la teoría del complot (ahí evocaré la novela de Umberto Eco). Es curioso que en dos de las referencias del apoyo aparezca la sombra de Alejandro Dumas: la historia además de social y militar es complotista, traicionera, folletinesca y fanática. El siglo XIX es el del marxismo y Napoleón, el auge de las Matemáticas y las ciencias esotéricas, de la novela y de la magia de Music Hall. La obra de Dumas es asimismo el aporte secreto de Augusto Maquet, el espectro del escritor proliferante y que además escribió “Montevideo o la Nueva Troya” publicada en 1850.

Llegué hasta aquí para tener la certeza de que en literatura no se trata tan solo de intertextualidad y diálogo con libros anteriores. Cuando el Conde de Lautréamont dice en inolvidable fórmula que la belleza es el encuentro fortuito de un paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de disección, la lectura surrealista primera deducía en ello el aglomerado heterodoxo de objetos preludiando el famoso urinario, un derivado de cadáveres exquisitos del azar donde los objetos sustituyen a las palabras. Considero que era la respuesta desesperada e ingeniosa a una pregunta sin respuesta otra que con otros textos; era decir que lo bello, lo que interpela o aquello que la tradición conserva -los “objetos” Duchamps- resistiendo la obsolescencia del olvido tienen explicaciones de órdenes diferentes.