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Piazza Campo de’ Fiori

“-Época, mediados del XVII. Escenario, Venecia. Protagonista, un impresor llamado Aristide Torchia, a quien se le ocurre editar el llamado Libro de las Nueve Puertas del Reino de las sombras, una especie de manual para invocar al diablo… Los tiempos no están para esa literatura: el Santo Oficio consigue, sin mucho esfuerzo, que le entreguen a Torchia. Cargos: artes diabólicas y los anexos correspondientes, agravados por el hecho, dicen, de haber reproducido nueve grabados del Famoso Delomelanicon, el clásico de los libros negros, que la tradición atribuye a la mano del mismísimo Lucifer…”

“El Club Dumas o la sombra de Richelieu” (1993) de Arturo Pérez Reverte es una novela ardiente con encanto manual y encuadernada según las reglas del arte, podría tener más de un autor y hasta ser tres libros en uno. Los objetos codiciados -refutando el tópico de anillos, coronas, cetros y reliquias- son libros y manuscritos; los personajes de la intriga coleccionistas obsesivos e inmolados por una pieza irrepetible, bibliófilos monotemáticos y falsificadores en guardapolvo, complotistas lúdicos y maléficos, ángeles y demonios con alas de papel tipografiadas. También están en las entrelíneas de la intriga decisiva los hermanos Ceniza, encuadernadores y restauradores de genio, dándole a la novela un tinte de ironía picaresca y episodios de escamoteo, mentira, misterio y disfrute en la lectura cuando la acción ocurre en su taller madrileño.

Se imbrican en la misma hoguera narrativa dos historias fusionando por el fuego: un supuesto libro trinitario luciferino y las peripecias sobre un manuscrito de Dumas (“Le vin d’Anjou”, capítulo cuarenta y dos de los sesenta y siete de Los tres mosqueteros) que resulta la coartada amuleto para el argumento visible. La magia fluye en la vertiente popular de la novela decimonónica -un fantasma recorre la novela y es el fantasma de Alejandro Dumas- propiciando el avance y cuando la realidad se vuelve redundante, comienza la ficción. En un mundo organizado por los preceptos trasmitidos de los libros sagrados y haciendo la réplica de la teología, se proyectan las bibliotecas de los libres malditos trasmitidos a los hombres desde el archivo maléfico de Lucifer.

La Creación explora sus territorios menos luminosos donde la Anunciación se manifiesta a la manera de Regan McNell en lo más intensos de sus crisis y cuando la rosa de los vientos es incorporada por el rey Puzuzu. Lo ardiente a considerar es la historia de Aristide Torchia el elegido y su ópera magna como editor, que cometió la herejía suprema de apropiarse del dogma de la Santísima Trinidad Oscura e imprimirlo en secreto, para confundir a inquisidores con tenazas del potro al rojo vivo y perseguidores infatigables del Pacto Innombrable con las tinieblas eternas. Un Opus único y amenazante a la separación de poderes porque es tres a la vez: “Libro de las Nueve Puertas del Reino de las sombras” publicado a mediados del S XVII (mil 666) en Venecia y refutado por el Santo Oficio, que condenó al editor servidos de los Superiores a la hoguera junto con la tirada maldita. Exceptuando tres ejemplares, la edición heterodoxa ardió en una fogata catártica y Torchia fue quemado en Campo dei Fiori en Roma hacia febrero de 1667. La acusación de los prelados responsables del proceso giró en torno a tratos con las artes diabólicas, la vertebral entre ellas es que reproduce nueve grabados inspirados del DELOMELANICON; libro cuya autoría se atribuyó al mismísimo Lucifer y que deslizó su mensaje críptico de comunión y pasajes abriendo puertas prohibidas, en imágenes simbólicas dispuestas en mosqueta que pueden más que mil bienaventuranzas. A la historia en tiempos de confusión han sobrevivido tres ejemplares dispersos por las bibliotecas privadas y que aguardan su hora de revelación; se trata de buscar la única llave que abre el arcano entre probables falsificaciones pretendiendo confundir a los adeptos ambiciosos y autentificar sin error uno -al menos- de los ejemplares sobrevivientes. Donde anida y se trasmite según una tradición oral que Torchia calló ante la tortura, la fórmula combinatoria capaz de destrabar los precintos impenetrables: fue su estocada secreta de Nevers que el iniciado legó al ingenio interpelado de las futuras generaciones con una epifanía suprema al final de los enigmas, trabajos criminales y ecuaciones semióticas sobre grabados que llaman a engaño

Los propietarios son Varo Borga, millonario bibliófilo vecino de Toledo, dispuesto a todo y más si fuera necesario para lograr sus objetivos, coleccionista de obras únicas que tienen por tema obsesivo al Diablo. Víctor Fargas, aristócrata y violinista aficionado, caballero lusitano arruinado que acompaña resignado con alguna botella de oporto, el ocaso de un mundo ensimismado en la mediocridad que no merece ser vivido. La baronesa Frida Ungem es la número tres, cabeza de una fundación de vagas fuentes financieras, coleccionista que aguarda el retorno de los brujos al poder del mundo; escritor de best sellers esotéricos en la línea de Helena Blavatsky e Isis (esposa hermana de Osiris), que vivió una juventud agitada y fue fotografiada en uniforme del Reich con Heinrich Himmler… El detective mercenario de la intriga es Lucas Corso, un negociante en libros raros sin escrúpulos -que puede reconocer entre cientos de lomos la edición del Quijote de Joaquín Ibarra en cuatro volúmenes de 1780, pero con olfato literario rengo: piensa, como la musculosa camarera lésbico báltica Makarova, que Emma Bovary es una pobre idiota-; interpretado por Johnny Depp en la película de Roman Polansky de mil 999 -pecador irrecuperable perseguido por los aquelarre mediáticos: ver “Aradia o el Evanglio de las brujas”- y donde la sacerdotisa viuda negra del culto es la sueca Lena Olin en el esplendor de la cuarentena.

De eso trata la novela, aventura que de capa, espada y lanza en astillero pasa a ser relato de rituales y sospechas fundadas sobre personajes reales que aceptaron simpatizar con el Demonio, errores fatales de interpretación sobre mensajes tramposos y llamas dignas del infierno tan temido. La forma del enigma central es astuta y sorprendente, pero aquí nos interesa para nuestra pesquisa el momento de la iluminación tenebrosa de Torchia. Si pretendemos abrir la última puerta debemos pasar antes por la magia verdadera y así transitar los puentes de Praga. Unos fragmentos transcriptos de conversaciones grabadas por nuestros servicios secretos, pueden ayudarnos en la tarea.

“-El Delomelanicon… ¿De veras cree eso?

-A usted no le importa lo que yo crea. Pero las nueve láminas originales del libro no se atribuyen a la mano de un cualquiera… Según la leyenda, Lucifer, tras su derrota y expulsión del cielo, compuso un formulario mágico para uso de sus adeptos: el recetario magistral de las sombras. El terrible libro guardado en secreto, quemado varias veces, vendido a precio de oro por los escasos privilegiados que le poseyeron… Esas ilustraciones son en realidad jeroglíficos infernales. Interpretadas con ayuda del texto y los conocimientos adecuados, permitirían convocar al príncipe de las tinieblas.

Corso asintió con exagerada gravedad.

-Conozco mejores formas de vender el alma.

-No lo tome a broma, porque es más serio de lo que parece… ¿Sabe lo que significa Delomelanicon?

-Supongo que sí. Procede del griego: Delo, conocimiento. Y Melas: negro, oscuro.”

El libro del presente con aviones y teléfonos, coleccionistas suicidas y talleres sobre la herencia Dumas y sus fuentes, toma un giro vertiginoso porque irrumpe Praga la siempre sospechada, siendo una bruja vinculada a los SS que tiene la palabra cuando de la ciudad se trata. La misma nigromante que terminará ardiendo en su bunker empapelado de primeras ediciones, como cualquier muchacha humilde de Tolosa con gato negro y acusada de tratos carnales con el maligno en los siglos pasados.

“-Los Torchia eran una familia veneciana de comerciantes acomodados, que importaban papel de tina español y francés… el joven viajó pronto a Holanda, donde aprendió el oficio con los Elzevit, corresponsales de su padre. Allí se quedó un tiempo y después fue a Praga.

-Ignoraba eso.

-Pues ya ve. Praga: capital de la magia y el saber oculto europeos, como cuatro siglos antes lo había sido Toledo… ¿Va atando cabos? Torchia eligió para vivir santa María de las Nieves, el barrio de la magia, cerca de la plaza Jungmannovo donde se encuentra la estatua de Juan Huss… ¿Recuerda a Huss al pie de la hoguera?

– ¿De mis cenizas nacerá un cisne que no podréis quemar…?

-Exacto. Es fácil hablar con usted. Supongo que lo sabe, y eso es bueno para su trabajo… -la baronesa aspiró involuntariamente un poco de humo del cigarrillo de Corso y lo miró con leve reproche, pero éste se mantuvo imperturbable-. ¿Dónde habíamos dejando a nuestro impresor?… Ah, sí. Praga, segundo acto: Torchia se traslada ahora a una casa de la judería, no lejos de allí, junto a la sinagoga. Un barrio donde hay ventanas encendidas toda la noche; donde los cabalistas buscan la fórmula mágica del Golem. Después de una temporada cambia nuevamente de casa; esta vez al barrio de la Mal Strana…-le dirigió una sonrisa cómplice-. ¿A qué le suena eso?

-A peregrinaje. O viaje de estudios, que diríamos hoy.

-Eso opino yo –la baronesa asentía satisfecha, Corso, plenamente adoptado, progresaba con rapidez en su particular cuadro de honor-… No puede ser casualidad que Aristide Torchia se mueva por los tres puntos donde se concentra todo el saber hermético de la época. Y eso en una Praga cuyas calles conservan el eco de los pasos de Agripa y Paracelso, donde se hallan los últimos manuscritos conservados de la magia caldea, las claves pitagóricas perdidas o dispersas desde la matanza de Metaponto… -se inclinó un poco mientras bajaba el tono, casi confidencial, señorita Marple a punto de confiar a su mejor amiga que ha descubierto cianuro en las pastas del té-. En esa Praga, señor Corso, en gabinetes oscuros, hay hombres que conocen la carmina, el arte de las palabras mágicas; la necromancia, o arte de comunicarse con los muertos –hizo una pausa, conteniendo la respiración, antes de susurrar- y la goecia…

-…El arte de comunicarse con el diablo.

-Si –la baronesa se recostaba en el sillón, deliciosamente escandalizada de todo aquello. Le relucían los ojos; estaba en su elemento, con cierta precipitación en la voz cual si hubiese mucho por contar y no tuvieran tiempo-. Durante esa época, Torchia vive en el sitio donde se esconden las páginas y los grabados supervivientes de guerras, incendios y persecuciones… Los restos del libro mágico que abre las puertas del conocimiento y el poder: el Delomelanicon, la palabra que convoca las tinieblas.

Lo dijo en su tono clandestino y casi teatral, pero acompañado de una sonrisa. Parecía que ella misma no se tomara del todo en serio, o recomendase a Corso conservar una saludable reserva.

-Concluido su aprendizaje –prosiguió- Torchia regresa a Venecia… Fíjese bien, porque es importante: a pesar de los riesgos que corre en Italia, el impresor abandona la relativa seguridad de Praga para volver a su ciudad, publicando allí una serie de libros comprometidos que terminarán por llevarlo a la hoguera… ¿Es extraño, verdad?

-Parece una misión que cumplir.

-Si. Pero ¿encomendado por quién?… –la baronesa abrió Las Nueve Puertas por la página del título-. Este con privilegio y permiso de los superiores da que pensar, ¿no cree?… Es muy probable que, en Praga, Torchia se afiliase a un cofradía secreta que le encomendara la difusión de un mensaje; una especia de apostolado.

-Usted lo dijo antes: el evangelio según Satanás.”

La cita es extensa y necesaria lindando el plagio –con el permiso de los superiores… la anuencia del autor cartaginés nacido en 1951 y siendo por la buena causa- ante la imposibilidad de fragmentar el relato en esa entrevista cuando de Praga se trata. Dice mucho, a la vez del agregado en correntada de información desconocida del profano y acceso al plano secreto de la ciudad. Lugar donde se exploran cambios inducidos de naturaleza, transfiguraciones sobre materias sólidas y el campo inagotable de los posibles narrativos cuando se desatan las permutaciones: ¿cómo narrar todas las operaciones secretas de la creación escapando al rigor de la ciencia, el poder de las autoridades eclesiásticas y el terreno minado de la superstición?

Se busca la luz salvadora por el camino de las sombras y se instala la sospecha teatral, con su corte de los milagros y te deum desgarradores, gabinetes alambicados y cerebros consumidos por la misión prometeica, de que la historia representada por los humanos con gestual de infanterías, bombardas, saltimbanquis más coronaciones es ilusión coreográfica del único combate ininterrumpido, el mismo que se viene librando desde los orígenes. Hasta que llega el tercer movimiento de la iluminación del enigma: Le Prestige…

 “-Se trata, entonces, de conseguir el conocimiento.

-Claro. No va alguien a tomarse tantas molestias y pasear por la puerta del abismo por pasar el rato. La demonología erudita identifica a Lucifer con la sabiduría. En el Génesis, el diablo en forma de serpiente consigue que el hombre deje de ser un alienado estúpido y adquiera conciencia y albedrío, lucidez… Con el dolor y la incertidumbre que ese conocimiento y esa libertad implican.

La baronesa no puede detenerse en su parlamento de una vida dedicada al asunto, desde cuando la belleza juvenil dedicada a la orgía se vestía con uniforme nazi y el pasado le pertenecía tanto como el futuro por mil años.

– ¿Le gustan los juegos de adivinación? ¿Los problemas con clave oculta?… En cierto modo, ese libro que tiene en las manos lo es. Al diablo, como a todo ser inteligente, le gustan los juegos, los acertijos. Las carreras de obstáculos en las que quedan los débiles e incapaces y sólo triunfan los espíritus superiores; los iniciados –Corso se había acercado a la mesa, colocando sobre ella el libro abierto por la página del frontispicio, la serpiente auróbora enroscado en el árbol-. Quien sólo se ve una serpiente en la figura que devora su cola, no merece seguir más allá.

– ¿Para qué sirve este libro? -preguntó Corso.

La baronesa se llevó un dedo a los labios como el caballero del primer grabado. Sonreía.

-Juan de Patmos dice que bajo el reinado de la Segunda Bestia, antes de la decisiva y final batalla de Armagedón, nadie podrá comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la Bestia o el número de su nombre… En espera de que llegue la hora, nos cuenta Lucas (IV,13), al final de su relato sobre las tentaciones, el diablo, tres veces repudiado, se retiró hasta el tiempo oportuno. Pero dejó varias vías de acceso para los impacientes, incluyendo la forma de llegar hasta él. De pactar con él.

-Venderle el alma.”

En el origen entonces el pacto más viejo de los heterodoxos, dejar atrás la Fe evangélica esa que prescinde el ver para salvar el alma y pactar con el Diablo apurando los trámites durante la encarnación y el trato dominante con los otros mortales. ¿Además de Augusto Maquet y de Alejandro Dumas era el Diablo el tercer mosquetero que escribió la venganza del Conde de Montecristo? Desde siempre los libros malditos, la necesidad de enigmas crípticos, códigos matemáticos y ese universo de las ciencias ocultas (escondiendo y protegiendo el catálogo de iniciaciones tentando las fronteras infernales del mal). tiene en Praga uno de los centros magnéticos de mayor irradiación, ocultista y hermética; ese ocultismo también designa a la ciudad que la vincula a otros planos como Toledo y París. Así seguirá la historia, si bien se repiten libros condenados, tribunales maléficos de la Iglesia y la escena del hereje quemado vivo en la plaza pública, el alma se sublima a tareas mayores. La intriga complotista de la maquinación desborda de las fórmulas y penetra en la Historia que debe manejarse bajo cuerda.

En esa evolución tras el velo prudente que puso en novela Umberto Eco, la ciudad de Praga sigue inspirando la imaginación o la seduce de manera constante. En 1903 se editan sin firma “Los Protocolos de los Sabios de Sion” y en 1904 comienza la guerra ruso-japonesa; en 1915 se publican “El Golem”, “La metamorfosis” y dos años después era tomado el Palacio de Invierno de San Petersburgo. Bienaventurados los tiempos turbios y confusos en que los libros estaban tan cerca del poder, aunque se sintiera el azufre quemado y el temblor de las llamas; los tiempos cambian que es una barbaridad… la Fe fue desplazada y es dificultoso hallar personajes creyentes en la inmortalidad del alma, la vida eterna e incombustible del Conde de Saint-Germain, la existencia del Diablo como problema y un contrato posible entre las partes.

¿Por qué razón los personajes imaginados, narradores infiltrados en la novela y autores en seca de inspiración estarían dispuestos a vender el alma? Eso, claro está, si es que Lucifer se dignara enviarles un mail al Smartphone; tal vez lo más aconsejable es recordar la reglo de oro de la supervivencia de los iniciados al misterio: saber y callar.