Las manzanas de la familia Samsa

El encuentro fortuito entre Kafka y la familia Samsa en el espacio narrativo ocurrió entre noviembre y diciembre de 1912, el mismo año de la primera cita con Felicia Bauer. Durante esas semanas se consolida la trilogía de las manzanas que provienen de jardines bien diferentes; la primera es la bíblica del sexo fisiológico en tanto pecado original, frutos del árbol de la tentación y del conocimiento necesarios para comprender la relación entre Dios y su criatura con su cortejo de variantes, siendo de los pilares centrales del imaginario secreto del escritor. La segunda manzana la hallamos proyectada en “La metamorfosis” cuya lectura en mi juventud es lejana inspiración de este libro. En gesto que se multiplica al infinito en su catálogo de interpretaciones el padre de familia, molesto y violento, pretende hacer recular al hijo insecto a su madriguera; para ello utiliza en el Capítulo II una lluvia de manzanas como si fuera desafío de feria de atracciones. Una de ellas alcanza el objetivo de herir con tal precisión y fuerza que fractura la caparazón de Gregorio, incrustándose en la materia corporal por más de un mes con secuelas de putrefacción que pueden suponerse. La tercera manzana es metafórica y la empleo en la acepción urbana: el lugar donde vive la familia Samsa. Sabemos que la casa estaba sobre la Charlottenstrasse y que cerca había un Hospital. El relato es un drama cerrado en su angustia espacial y el afuera llega como rumor: prensa, inquilinos, funcionarios, mucamas que pueden hacer el trabajo sucio con los residuos del drama. La metamorfosis de Gregorio se produjo durante el descanso nocturno, y al despertar de un sueño agitado la mutación está operada en algún momento del otoño. El insecto muere hacia finales del mes de marzo, la familia busca con prioridad darse una tregua para recuperar un cotidiano normal como si ello fuera posible, dejan por unos días el hogar de la monstruosidad y en las últimas líneas del texto deciden salir de la ciudad donde lo inimaginable fue posible. Esa ciudad es Praga.

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Lo prodigioso del libro de Ángelo María Ripellino –objeto de esta zona del expediente- es que accionó tres átomos funcionando en sinergia y otros más que andaban sueltos. Praga resulta concentración grado cero de la Creación, centro del mundo secreto y límite del universo racional, bosón de Higgs que atrae todo lo que orbita a su centro molecular: el prestigio fantástico de Praga hecho relato.

Los libros que se revelan necesarios tienen dos fechas de referencia, la primera informa de la publicación y derivados mediante traducciones a otras lenguas, la segunda fecha invisible es cuando ciertos libros se cruzan en nuestra vida de lectores. Entre la versión III y la IV del proyecto “Nunca conocimos Praga” di por azar con este libro decisivo para mis investigaciones y búsqueda de asuntos ficticios circunvalando a Kafka, me refiero a “Praga mágica” de Ángelo María Ripellino. Acaso de inspiración periodística –la utopía de estar haciendo hace más de treinta años la reseña para Marcha de un libro recién editado- este acercamiento lo asumo sabiendo que las novedades se hallan en las bibliotecas circulares más que en mesas canvalache de comercios multimedia. Leí la traducción francesa de Jacques Michant-Paternó publicada por Plon de París, en 1993; la edición original fue obra de Einardi en Turín en el año 1973, el mismo año de la dictadura uruguaya mientras yo estaba en Montevideo. Hasta donde pude rastrar hay dos ediciones en español, la primera de Julio Ollero Editor en 1991 y la segunda de Seix Barral en el 2003.

Cuando publiqué “Nunca conocimos Praga” el original en 1986 el libro del alquimista estético nacido en Sicilia al año siguiente de la marcha sobre Roma, estaba en algún punto entre Italia y otras lenguas. El origen del proyecto para mí venía de antes, del sacudón de las primeras lecturas de los textos de Kafka a la salida de la adolescencia. Con errores de principiante decidí que la literatura además de la espuma estructural, tiene algo de secreto por misterioso y que eso indefinible –que la relaciona a la música, a la pintura- estaba circulando en la obra de FK. A partir de ahí comencé a leer textos traducidos a las lenguas latinas que barrunto, informes biográficos sobre las varias vidas breves del escritor, la correspondencia con novias y amigos, consulté la iconografía del personaje desde la primera imagen a los doce meses hasta el último retrato de los cuarenta años, su medio ambiente familiar y la fortuna crítica. Luego de tantos años apenas vi de lejos alguna certeza significativa –para lo contrario debería haber aprendido la lengua alemana como hizo Héctor Galmés- pero el camino valió la pena. El libro de Ripellino me consoló en la cognición de que nunca conoceré Praga, apenas llegué a distinguir sus perfiles en la bruma de la edad entre las torres de un castillo lejano e inaccesible. Dentro de ese plan de obra en progreso, Praga era pilar del dispositivo de cuando el misterio de las ciudades preexiste a la llegada de los escritores. Conocida en guías prácticas de viajeros la visité durante unos días que debían imperativamente llevar a la insatisfacción; la sensación que recuerdo era saber –de manera intuitiva y menos arqueológica- que allí ocurrieron episodios esenciales para la idea que nos hacemos de la literatura. Habiendo estudiado otras comarcas imaginarias, me parecía que había ciudades destinadas para la literatura –en lo íntimo quisiera que Montevideo correspondiera a esa categoría- y Praga resultaba paradigmática al respecto.

Lo que a veces comuniqué a tientas mediante la escritura el libro de Ripellino lo hace de manera luminosa. Trata de una historia de amor de juventud, la pasión de una vida compartida más bien dedicada, resumiendo en 116 fragmentos la crónica visible y secreta de Praga –el subtítulo del libro es “viaje iniciático a Praga”- desde los mitos traumáticos de los orígenes hasta eventos más recientes del conflicto con el socialismo real y el ocaso en la mundialización. La lectura de Ripellino oscila entre documentación certificada y esotérico arborescente aceptando lo mágico como parte de la realidad. En Praga lo mágico -también la idea mágico en su perímetro y polisemia- fue producido, ocurre secretamente y es posible en tanto creencia siendo el estrato oculto que logra emerger una epopeya de la cultura europea. Un lugar donde lo real condesciende a relativizarse mientras las fuerzas invisibles exigentes se activan al sentirse queridas y deseadas. Ciudad y libro son refugio confiable para decepcionados del racionalismo, vagabundos del intelecto insatisfechos del mundo tal cual se perfila en este siglo XXI problemático y febril.

De haberlo conocido antes quizá me hubiera evitado errores de lectura, horas de trabajo sobre lo que ya se sabía y tal vez el envión inicial del proyecto “Nunca conocimos Praga” hubiera quedado en el hangar de los intentos interrumpidos, si bien a veces la sorpresa se descubre en la redundancia. Después de leerlo más de dos veces creo que estuve acertado en haberle dedicado años de lectura al misterio de esa ciudad –y a uno de sus escritores paradigmáticos- sobre la que nadie puede decir que la conoce, siendo una ciudad que son varias serpenteando en la Historia y al mismo tiempo. ¿Por qué los caminos del esoterismo moderno y la novela conducen a Praga? Dejando de lado gatos negros de brujas y la ciencia ficción, las nociones de misterio y magia conservan allí un aura inquietante de afinidad epistemológica: hasta que logremos dilucidar un puñado de dudas testarudas persiguiéndonos desde las cavernas prehistóricas, cuando nadie pensaba presentar Informes a las Academias y menos viajar a los planetas con nombre propio. En un texto estupendo de Italo Calvino –“Por qué leer los clásicos”- el italiano avanza catorce definiciones para reconocer un libro canónico. Cualquiera de ellas (más todas en su conjunto) sirven para forjar la educación literaria, ahora quisiera recordar la décima: “Llamamos clásico a un libro que, a semejanza de los antiguos talismanes, se presenta como un equivalente del universo.” Creo que la definición se puede expandir más allá de la narrativa y el libro de Ripellino puede integrar ese conjunto cerrado. “Praga mágica” es el intento de darle una explicación a la pasión de una vida por la ciudad que tiene mucho de evidencia concluyente, secta sentimental cerrada y transmisión generacional. Sin ser imprescindible para organizar una vida (se puede ser feliz sin conocer Praga) resulta necesaria como la sal y el agua para quien se interroga sobra la novela contemporánea.

Cada uno de los interesados en esos asuntos tiene su Praga íntima en la mente, la que yo elegí hace décadas era literaria, acaso mecánica en el funcionamiento medio / texto explicando una escritura singular (“singular como el Félix de las alabanzas retóricas” diría Borges) resultado de la interacción ostensible entre lugar y vida. Más tarde un deseo de peregrinación a las fuentes para el archivo personal y título del proyecto resaltando la deducción. La vida asignada a mi disposición sería insuficiente para conocer Praga y me propuse en consecuencia cultivar esa ignorancia. Uno cree en paréntesis de fragilidad conocerla y apenas advierte siluetas confusas, colores mutantes, el teatro sublime de apariencias, la primera sala habilitada al público del gabinete abigarrado e infinito de curiosidades. El libro de Ripellino abre la puerta disimulada en el decorado a otra segunda sala que era tan solo el comienzo, siendo tanto el entusiasmo del discurso propuesto en el libro que por momentos resulta abrumador. Al punto que el interés por Praga puede hacer olvidar el mundo contingente que deviene periferia de la ciudad, convirtiendo la pasarela Charles en puente de todos los puentes: conectando escepticismo y creencia, pasado y futuro, amor y odio, vida y muerte, escritura y lectura siendo mirada poco complaciente y dolorosa, necesidad de creer en la potencia de lo oculto.

Hay mucho de gran circo gran de movimiento incesante, varias pistas en la apertura donde desfila la troupe completa y se intenta una explicación de lo maravilloso ambiguo partiendo de cuatro elementos. a) el episodio histórico traumático de la Montaña Blanca. b) el verdadero sentido represor del admirado barroco. c) el reinado de Rodolfo II, considerado el último intento de conciliar poder terrenal con apoyo de ciencias esotéricas; lo que margina y potencia la tradición judía incrustada en los subsuelos de Praga. d) la comedia final, versión del mundo de locos, payasos, actores, poetas y borrachos; misteriosa respuesta humana al desafío del misterio del Cosmos. Son esos estratos de la ciudad amarga –más la lengua alemana, judaísmo, horas de escritura carcomiendo pulmones- de donde emana la zoología extraña de Kafka e inconcebible sin la ciudad sublimada por Ripellino. Especulaciones que tiene algo de eterno siguiendo los pasos del judío errante y otros trashumantes delirantes de paso por la ciudad, de efecto surrealista si recordamos que fue André Bretón quien decretó que Praga era la capital mágica de Europa. Prisma óptico sobre un primer acercamiento: “Ciudad en medio de la cual vagabundean los extravagantes comandos de alquimistas, astrólogos, rabinos, poetas, templarios acéfalos, ángeles y santos barrocos, marionetas a lo Arcimbaldo, titiriteros, artesanos de porcelana y deshollinadores. Ciudad grotesca de humores bizarros, propicia a horóscopos, payasadas metafísicas, ráfagas de lo irracional, encuentros fortuitos, concursos de circunstancias, complicidades inverosímiles entre fenómenos opuestos, incluso esas “coincidencias petrificantes” de las que habla Bretón.”

Lo primero que destaca en paralelo a la definición es cierta coincidencia extraña, acumulación de baratillo que no sólo se explica por las rutas de comercio y movilidad de los imperios. Destila algo de entropía buscándose, las líneas de fuga del saber parecen tener allí el polo magnético de convergencia. Aporía repetida sin terminar de explicarse por casualidades ni el milagro de los heterodoxos dioses que la atraviesan, como si hubieran decidido encontrarse allí lo humano con lo sobrenatural posibilitando un tercer reino que abre pasajes hacia territorios irreconciliables. A la certeza orgullosa Praga opone la duda, a lo irrebatible la sospecha, a la ecuación científica la fórmula del signo, a lo explícito desencantado el misterio y a la ley consensual lo críptico ensimismado. Lugar de peregrinación instintiva y mandato para espíritus heterodoxos extraviados en la búsqueda sin fin de lo otro. ¿Qué fueron a buscar allí Charlie Parker, Billie Holiday, Dylan Thomas, Verlaine, Rimbaud, Nijisnky? Un solo de saxo irrepetible, el hombre que la amara, el vaso 27 de whisky en el mismo bar, la música de la poesía, la bitácora del barco ebrio, el salto interminable a lo desconocido.

Praga es distribución sobre el plano y enclaves de los cuales se duda su existencia, la ambigüedad de calles que llevan a cloacas, demonios tentadores instalados en iglesias con estigma y ángeles viciosos frecuentando lupanares infantiles. El recorrido es por tabernas pobres de vino traficado, cafés de poetas faltos de inspiración, catacumbas de comediantes dispensados de la noche de estreno, pasajes sin salida para borrachos y red de pasadizos destinados a extraviar la razón, la enumeración caótica es lo que se aproxima para rodear la definición lateral de la ciudad. Ripellino distingue dos maneras literarias de enchufarse con Praga, una es la forma Rilke sostenida en una superficie de casi dandismo literario con preeminencia estética; luego la estrategia Kafka que “absorbió todos los humores y venenos de Praga, y se dejó invadir por su demonismo.” Pero creando –siendo extraño por fascinante- una barrera de protección: la toponimia de la ciudad sólo se detecta en el relato “Descripción de un combate” y en la novela que parece decirla en cada página (“El proceso”) Praga nunca es nombrada.

Esa capacidad de sístole / diástole es lo que caracteriza a la ciudad, el prestigio opaco que la rodea producto residual de la obra interna del Tiempo –crea, conserva y destruye- que cualquiera puede detectar. La saga insinuada es resultado del deseo de los peregrinos que van a ella como otros buscan la Meca, el muro de las lamentaciones y la tumba de los ancestros. Ripellino recuerda como ejemplo del encuentro abusivo del esoterismo y la ciudad de Praga una novela de Francis Marin Crawford (1854-1909), “el Brujo de Praga” de 1891; allí aparece el tipo humano bien definido del peregrino que conoce de antes por oídas y está de paso por la ciudad. Los peregrinos son avatares, lo que debe explicarse son las brumas de la ciudad, la sensación del duelo guerrero y lo tenebroso que parece abatirse sobre Praga. “El héroe principal de la dimensión mágica de Praga es el que está de paso y reaparece constantemente en la literatura checa bajo nombres diferentes: peregrino, paseante, vagabundo, caminante, errabundo, testigo.” El efecto Praga resulta del encuentro entre el sedimento de conocimientos condenados desde los jeroglíficos egipcios. Poder terrenal fascinado por las posibilidades de grietas del misterio y desheredados de paso, fugitivos y desesperados yendo a buscar aquello que la razón, la Fe católica con fuerza imperial en Roma y Madrid se empeñan en condenar por la vida eterna, donde legisla el fuego enmendador. “El carácter sombrío y colérico de Rodolfo II, la hipocondría de los alquimistas, la ausencia del mar, el suplico de los 27 caballeros, el espíritu macabro del barroco, la truculencia de las historias judías, en síntesis, los componentes del fondo lúgubre de Praga se fueron confundiendo con el tiempo en un solo y mismo símbolo, el de la Montaña Blanca. Todos los hilos de la melancolía praguense se aferraron alrededor de la bobina de esta patética calamidad.”

 El 18 de junio de 1621 el verdugo de Praga Jan Mydlar trabaja duro durante cuatro horas y decapita a los 27 señores checos, resultado del combate final entre católicos imperiales de la casa de Habsburgo y protestantes de Bohemia, epílogo de la batalla del 8 de noviembre de 1620 que se conoce como el episodio de la Montaña Blanca. Fue el gran trauma histórico, luego en 1648 sucederá la invasión de los suecos que termina en la paz de Wetsfalia y marca el final del proceso irreversible. De ahí en más nunca podrá renacer el reino de Bohemia; ese episodio determina la caída del esplendor checo en la región, una situación cultural y política que deviene sumisión y derrota, inicio de una época contingente y provisoria –afirma Ripellino- que continúa hasta el presente. Escena fundadora que altera la historia, troncha una trayectoria obligando a la renuncia de planes originales aceptando una forma de vida impuesta por el orden vencedor venido de lejos. Praga será tristeza y melancolía, sensación de itinerario cortado; como esas novelas que no se terminan, manuscritos destinados al fuego y el reconocimiento después de la muerte. Lo inconcluso deviene una forma de final trágico. Después de la Montaña Blanca parecería que una bruma permanente recubre a la ciudad.

En la época de Rodolfo I (período que va del final del siglo XVI al comienzo del XVII) el poder acepta la incidencia de lo esotérico como si caminos secretos y atajos premeditados pudieran borrar el dolor de la historia pasada. Las leyes la escribían a sus horas los astros luminosos y la astrología tenía un poder legislador en la sociedad. El cielo era lenguaje cifrado con estrellas fugaces, la cola luminosa de meteoritos, animales fantásticos observados entre las nubes, lluvias de piedras incandescentes que algo querrían decir, jeroglíficos físicos y tarea de astrólogos emprendedores que traducían para hombres temerosos los intimidantes mensajes del cielo. “La época de Rodolfo II hormiguea de meteoritos, astrólogos y de “adivinadores del cielo”, sacando de las estrellas los presagios de calamidades. Praga ofrece refugio a Tycho Brahe y a Kepler. El de siniestras y melancólicas trazas de fuego es el anuncio de enfermedades, de trampas, de desastres, de derrotas para las armadas y de ruina para las campañas.” Si ello ocurre en la mecánica del poder es consecuente la proliferación de secuelas imprevisibles. La palabra secreta y prohibida es liberada dando curso a la experimentación penetrando los arcanos bien protegidos de la Gran Maquinaria. Saltan las barreras de la credulidad haciendo posible excesos de hipótesis y explicaciones, teorías y disparates; se sueltan cerebros censurados, mentes dislocadas confundiendo el parecer del sabio con el iluminado que oye voces. Será la época de crónicas fantásticas en tanto que los fenómenos naturales adquieren un sentido otro, el significado oculto inventa sus propias anomalías naturales. Es así que se aceptan soles nocturnos, gatos parlantes, campanas que se niegan a repicar.

La explicación es sometida a la fuerza y la realidad, el mundo físico violentado en su tautológica, lo que antes era terreno exclusivo de la imaginación enclaustrada formará parte del mundo físico siendo accesible a los sentidos cuando predomina la Fe. Era la reacción espontánea de un mundo entre religioso y supersticioso ante el avance de la armada de la ciencia; en Paris arrastrado por el Terror, Lavoisier terminó guillotinado: todo se transforma y nada se destruye. Si el mundo es complejo en su manifestación sensorial es posible admitir su final entre estertores, habiendo un código secreto inscripto en la alquimia y el antiguo testamento, en sabios del Egipto de Osiris y santones que habitan cavernas del Tíbet todo deviene signo arbitrario. El vuelo de los pájaros y la lluvia, estrellas fugaces y enfermedades, crecidas del río y movimientos de tropas. Semiología de catástrofe que debe codificarse y ser disciplina científica previendo el advenimiento de un caos último. La verdad está titilando en los astros del cielo a la espera, el destino de los hombres puede conocerse por adelantado hallando correspondencias entre signos, alfabetos y fórmulas. El futuro es una complejidad que puede deducirse entre fórmulas y visiones, escribirse sobre pergamino tal como lo hizo el boticario francés Miguel de Nostradamus. El pecado de hybris contamina a los hombres que se creen capaces de deducir los secretos de la Creación, bien resguardados por diferentes divinidades, la Fe cristiana es aceptada acompañada por el conocimiento relegado de otras civilizaciones que la precedieron. Astros y materia, deducción y transfiguración, cartas celestes y fórmulas para iniciados, el secreto del futuro mientras los planetas se transforman en relato adelantado de una vida y la obra en materias en equivalencia de la transformación personal: cambiar el mundo para ser otro desde dentro.

Macro y micro cosmos, lo inmóvil y mutante, lo inaccesible y tangible, astrólogos y alquimistas son crónicas en esa Praga mágica de protocolos del cielo y la materia inerte. Rodolfo II (1576-1611) asciende al trono en 1583 y siete años después traslada su residencia al castillo de Praga. Una vez más se trata de combinaciones y encuentros: “Cuando Rodolfo II transfiere la capital del Imperio a Praga en 1583, la ciudad deviene universidad y teatro del arte hermético. Como moscardones atraídos por la miel, los alquimistas llegan de los cuatro rincones de Europa. Esperando poder reestablecer gracias al oro alquímico las finanzas exangües por las sucesivas adquisiciones de objetos raros y de obtener, al mismo tiempo, un elixir de larga vida. Rodolfo amaba rodearse de una multitud de destiladores extravagantes que él ponía por las nubes y cubría de dones, para luego repudiarlos y hacerlos prisioneros si lo decepcionaban. Recipientes de arcilla, matraz, andróginos, perturbaciones, matrimonios, copulación de los elementos, el descenso a las regiones infernales, coito del rey azufre y de la reina Mercurio que genera el oro filosófico, la identidad entre la tortura de metales en los alambiques y la pasión de Nuestro Señor, el huevo, globos de cristal, árboles huecos, símbolo del atanor: todo lo maravilloso de la alquimia inflamaba la imaginación de Rodolfo y lo alejaba de los asuntos del Estado.”

Ese sería el punto culminante de Praga como imán donde coexisten poderes terrenos políticos y de lo oculto, actos administrativos entre leyendas tramando el mito de la ciudad; lugar elegido para vivir por el señor de Austria, Emperador romano también Rey de Hungría y de Bohemia. Al fasto del trono se agregaba una corte de los milagros que ningún otro trono europeo consentía. La empresa de la alquimia, horóscopos decidiendo la vida con fatalidad, el comercio de la piedra filosofal que todo lo transforma, jarabes de secreta producción dando acceso a la inmortalidad, el ghetto judío donde Rabbí Löw dio vida al Gólem y un afán de colección de híbridos e imposibles acumulados, descendiendo desde lo alto de la corona hasta mercados de pulgas de los miserables. El propio rey con sus conocimientos atípicos, el interés por la astrología, magia, objetos, alquimia, adivinos y relojería de suprema precisión establece una correspondencia tendenciosa entre la cabeza del rey y el espíritu de la ciudad… hasta dicen que jamás se casó por causa del horóscopo. Uno de los posibles Faustos –se rumorea- era checo y se llamaba Statsny antes de huir a Alemania; acaso podría ser Guttember el inventor de la imprenta… Otro personaje de esa tradición itinerante fue el italiano Genónimo Scotta. “Es alrededor de su personalidad que está centrada la novela gótica de Josef Jiri Kobar, “Progenitura infernal” (1862), el supremo kitsch del horror praguense, en el cual el autor presente y machaca de imágenes ruidosas sobre cadalsos, crímenes, la alquimia, la mandrágora, vampiros, ritos ocultos, congregaciones nocturnas, y donde los estereotipos del horror son a tal punto groseros que incitan la risa.”

Todo ello reengancha con la tradición judía y la historia del Gólem; Praga es la ciudad donde la tradición judía crea su mitología para el exterior, lugar de encierro y leyendas preservadas que se filtran en el mundo del otro. Josefov es otro avatar de la ciudad mágica y judía, el ghetto queda delimitado pero su influencia de infiltra por toda la ciudad. El reloj del barrio judío de Praga que marcha al revés contradice la noción de progreso anunciando casi que la historia de la humanidad avanza o retrocede a la vez en dos sentidos. Uno hacia la tradición que se preserva ritualmente y se ignora, otra hacia un futuro que no se adivina; los judíos de Praga estaban en lo cierto al desconfiar del tiempo hacia adelante y al parecer deseaban que nunca llegara la hora de la solución final evocada con anterioridad. El origen del ghetto de Praga es inmemorial y coinciden la versión de la historia y la versión del mito, es en los siglos XII / XIII que se forma la colonia judía en la ciudad y hasta la mitad del S XIX mantiene intacta su tipografía original de aspecto medieval. Al parecer ante la falta de árboles crearon pues un jardín cementerio –fundado en 1478- que todavía puede visitarse y había una sinagoga cada pocas casas. Topografía del secreto y la protección, laberinto para perder al intruso, pasajes simbólicos considerando la ciudad a escala como alfabeto que sólo pueden descifrar los iniciados, un plano urbano secreto puede ser otra causa del antisemitismo.

El cementerio al que hicimos referencia forma parte del clima de la ciudad; hoy mismo se lo puede visitar, la entrada está en el número 3 de la calle Siraká y tiene cerca las sinagogas Kalus y Pinkas. “La más vieja piedra tumbal es la del rabino Avigdor Karo, que lleva la fecha del 23 de abril de 1439”. El último muerto allí enterrado fue Moïse Beck en 1787. Se fusionaban en lo judío la necesidad de la supervivencia y la fascinación de lo prohibido como se vio en la novela de Eco. Una parte de la conciencia separatista decidió dejarlos encerrados y otra se extraviaba allí con discreción para buscar a las adivinadoras dadoras de la droga parlante, lo mismo para la prostitución como esencia en otro registro de la doble vida. Las lacras sociales se acumulan y superponen cual lozas tumbales del cementerio; la higiene traspone controles inexistentes, los tráficos clandestinos incitan enfermedades, las casas en ruina como los templos se derrumban, la muerte se hace invitada frecuente. Hay una repetición a escala urbana de la solución final: “Siguiendo a la ley de saneamiento del 11 de febrero de 1893, la ciudad judía, a la excepción de algunas sinagogas, de la Intendencia y del cementerio, fue enteramente arrasada.” En ese ámbito multicultural de asedio y discriminación, encierro y secreto, frontera violenta entre odio y desprecio era de esperar una construcción que sublime la venganza o la salida mental del ghetto. De ahí surge la leyenda del Gólem y su declinación narrativa a partir de dos tradiciones, La rural polonesa y otra emanada entre novelas cliché, cuerpo de Rey inclinado a vapores tóxicos de “l’oeuvre au noir”, auge de la Kávala, metamorfosis como procesos teológicos de creación, osamentas superpuestas en el cementerio y la escritura –las letras- como centro de la producción divina de la vida.

Ripellino le dedica varias páginas apasionantes a la leyenda verdadera del Gólem, la criatura artificial de arcilla con algo de inacabado, grumoso y embrionario. En la obra de Eleazar de Worms del siglo XII se conocían las instrucciones –purificadoras para el hacedor y prácticas en el laboratorio- para fabricarlo, el pasaje de lo inanimado a la movilidad y la vida se hace con ayuda del alfabeto, hay que grabarle la fórmula Emet (verdad) en la frente lo que confirma las virtudes mágicas de las palabras. La versión que se impone es la de Praga, el Rabbi Yehonda Löw ben Betsalal fabrica el suyo en el ghetto de la ciudad y con tres características interesantes. Se trata de un sabio distanciado de la Kábala, que requiere para su expansión a otras culturas del rito del pasaje por la novela y las condiciones ambientales evocadas. “Ello tal vez se explica por la atmósfera demoníaca de Praga, semillero de androides y de larvas, de la Praga de Rodolfo II de la cuál él fue uno de los personajes más considerables. La leyenda transformó a Rabbi Löw en cabalista y en mago experto en las ciencias del diablo: dicho de otra manera en muestra típica de una época donde las bandas de impostores y de estafadores dignos de desaparecer en el fono del infierno ocupaban la escena junto a profesores y sabios y donde la fe en las potencias sobrenaturales era grande.”

El Barroco es la continuidad simbólica formal del poder político y militar, la arquitectura que admiran los viajeros es resultado de imponer, aplastar, sustituir, cambiar forzando la fisonomía de la ciudad para que recuerde quien manda a cada paso. Cuando los turistas visitan las iglesias decoradas en especial San Nicolás, admiran fachadas de algunas calles y la plaza de la ciudad Vieja, se fotografían con estatuas del puente Charles conectan sin sospecharlo con la trágica historia de la arquitectura: el horror al vacío supone la supresión del que piensa diferente. “A la armada checa destruida en la colina de la iniquidad, el barroco sustituirá otra armada, una cohorte de santos, de estatuas agitadas que, en las iglesias fastuosas y sobre los parapetos del puente, se contorsionan y deliran, giradas hacia el cielo. De la confluencia entre el duelo de la Montaña Blanca y el carácter dramático del barroco, nace ese clima grotesco y febril propio a la literatura praguense, hecha de personajes exaltados y quiméricos, desgraciado en su cuerpo, de hombrecitos cargados de tics que algunas veces se diría salidos de un extraño juego de tarots.” Humillación de tradiciones después del campo de batalla, decapitación de la nobleza, tajo del espíritu de la civilización Bohemia, colonización de conciencias religiosas y paisaje posterior a la muerte, orientación en la buena vía católica del relato de la vida en tierra y transfiguración del aspecto urbano desde los cimientos. Eso es lo que hallan las nuevas generaciones que irrumpen en la historia; tras la apariencia de la Praga visible es imposible olvidar la ciudad “otra” que pudo haber sido, siempre ronda la especulación sobre esa segunda Praga entrevista. De ahí la desconfianza y el odio al integrismo de las apariencias, ese afán por erigir un mundo contingente; autómatas, transfiguraciones de seres y metales, marionetas, castillos que siempre quieren decir otra cosa, criaturas fantásticas reunidas en feria de monstruos, ciencias ocultas desconfiadas de la razón portadora del sometimiento. Mágica es la Praga que quedó frustrada, la sensación de que estamos en dos ciudades sin saber cuál es la real y cuál la espectral, en dos tiempos y de ahí el extravío.

Coexisten dos arquitecturas como hay un Kafka que trabaja cada atardecer en la madriguera de la calle de los alquimistas y otro que visita la iglesia de la mano disecada, en su condición de judío escribiendo en alemán, para tener presente el peso que tiene el locus y la circunstancia urbana en cada palabra que se escribe. “El jorobado Kyjosk Arabian afirma que la metrópolis checa tiene las mismas sinuosidades y las mismas circunvalaciones que el cerebro humano. Entre ellas están ocultas casas embrujadas, lugares de espectros, conglomerados de pústulas negras, carcasas cartilaginosas.” Esa arquitectura siempre queriendo significar brinda una escenografía para la proliferación de engaños; el de los sentidos primero y más cuando se los humedece con cerveza de la región, lugares que pueden dar hospedaje a horrores y criaturas que escapan del ghetto de la imaginación. Las casas de Praga –escaleras estrechas, bodegas, sótanos, buhardillas, altillos, piezas, recovecos, cuchitril, madriguera, sucucho, covacha, desvanes, trastero, sobrado- son el condicionamiento de vivir entre estilo opresor, ghetto de la cábala, cementerio de complot, tugurios sofocantes. El mito de Praga irrumpe de lo cotidiano de la miseria, donde la invención se incentiva para salir del infierno donde la gente sobrevive todos los días; para la salvación del alma están las iglesias. “Y como si ello no fuera suficiente, como una lluvia de ceniza prometedoras de tormentos, de enjambres de carmelitas, de jesuitas, de servites, de barnavites, de porta báculos, de hermanos de la Misericordia, de benedictinos españoles, se abatieron sobre el país sojuzgado. Al principio, el barroco fue introducido en la vida del pueblo checo, como un arte de domesticación y de propaganda, símbolo agresivo de la contra Reforma, espina de sumisión a los Habsburgo, se podría hasta decir ostentosa burla de la Iglesia triunfante sobre la agonía de una nación rebelde y vencida.”

La metonimia de lo dicho se concentra en el puente Charles, en homenaje al martirio de San Nepomuceno ahogado el 20 de marzo de 1393 en ese mismo lugar, comenzado a construir en 1357 bajo el reinado de Charles IV es recién en 1870 que recibe el nombre de su fundador; metonimia también en lo referente al Barroco: “Al comienzo del S XVIII el puente Charles se puebla entonces de estatuas simbolizando la victoria de la contra Reforma en Bohemia, la Iglesia triunfante después de la Montaña Blanca y la expansión del catolicismo en las comarcas lejanas.” El conjunto se pone en movimiento, dos ciudades que se superponen, leyendas que la recorren, habitantes que parecen no poder abandonarla, el poder de la Iglesia imperial y desafío del esoterismo, esos otros praguenses que están de paso como Apollinaire y el judío errante. Para ese mundo Praga se vuelve feria de viejas antigüedades restauradas y falsificaciones, otras que se trafican en secreto, para poetas, putas, artistas y músicos, borrachos, bandidos y lunáticos Praga se puebla de tabernas y refugios de los bajos fondos, cafés para pensar fumando el mundo que se derrumba y los café concierto donde escuchar todas las músicas. Ripellino recupera asimismo el aspecto circense, un lugar de clows que le hace recordar la estética chaplinesca.

Libro publicado en 1973 quizá falta por ello –el autor murió en 1978- información sobre lo ocurrido en la relación al socialismo real –al respecto la producción interna y del exilio es inmensa, con todo lo que tiene de auténtica aura de resistencia y posición ideológica-. Para el imaginario occidental una vez que Praga se integra a la Unión Europea se confunde con otras ciudades sin misterio, deja de ser mágica y se metamorfosea en las guías turística a un centro comercial, Como si el verdugo de la Montaña Blanca hubiera continuado, el Barroco moderno fuera el Liberalismo y hubiera que decapitar brujos y alquimistas, actores y escritores. El último gran momento que recupera para Praga el libro de Ripellino, es el “poetismo” de la primavera de 1923, un intermezzo de la historia como si la ciudad y sus habitantes, consciente de estar transitando entre Magia y Horror se quisiera dar un respiro con la ilusión más infantil, buscando humor y lo ligero. Ceremonia colectiva, exorcismo colorido, un Auto da Risa sacudiendo ese pasivo tan cargado de tragedia. “En el Logos de Praga, “ciudad de milagros creados por la poesía”, el poetismo representa entonces el triunfo de la arlequinada y de la fumistería sobre el horror del Golem, la línea anti Mayrink, anti Kafka, la huída lejos de la meditación en ensoñación, de la hipocondría, de la atmósfera lúgubre que constituyen la base continúa de la literatura praguense.

Al descenso hermético en las regiones infernales, a la palidez del fin del mundo, a la sangre de los espectros, a los desequilibrios, al metabolismo alterado de la literatura de Praga, ciudad que jamás sonríe, los poetistas oponen la risa que purifica la sangre, así como una alquimia diferente, la alquimia alegre de la asociación verbal, “alquimista más rápido que la razón”. Al laboratorio del nigromante le sigue el café, al Tribunal la taberna, a la sinagoga los antros, a los jesuitas los poetas, pintores, actores, directores de teatro. A la rigidez de la ciudad Barroca lo intangible de funámbulos, payasos y domadores. Las brujas se transfiguran en amazonas, el Golem se metamorfosea en ventrílocuo, los escarabajos en hombres serpientes, los funcionarios de la Ley en trapecistas y acróbatas, faquires y prestidigitadores. Pero ello se agrega, como los 12 niveles del cementerio judío, porque el circo es una naturaleza de la misma magia: fusionan como tragedia y comedia en la historia del teatro, el plomo y el oro, la vida y la inmortalidad, los miedos del hombre y la escritura. “Los huevos de los alquimistas son reemplazados por las bolas de los prestidigitadores. Los poetistas transforman la cité vitalina en Luna Park, en carpa (con luz de estrellas filtrándose a través de las carpas), levantando en medio de un campamento de carretas de comediantes.”

El final del libro es una interrogante sobre la verdad de lo contado, allí está concentrada la historia de la humanidad en su espectro, la tabla integral de los elementos como si Praga hubiera sido laboratorio a escala humana del mito de todos los posibles.

Ripollino le dio la vida a la ciudad, cuando regresa del viaje de esa iniciación son tantos los tesoros acumulados que se interroga si la crónica es testimonio de una verdad o resultado de un sueño, otra utopía, espejismo, lugar al cual hay que ir cuando se tiene la vocación de adorar quimeras, animales fantásticos, la conciencia de que todo no está explicado por la ciencia y la dimensión de la poesía.

Praga es cansancio, reposo, sueño, despertar del sueño, memoria, deseo, pasadizos de la imaginación, avanzada de la locura y la muerte, territorio que dejó de estar de este lado sin ser todavía el más allá. “La fascinación, la vida de Praga nunca tendrá fin. Los perseguidores, los verdugos desaparecerán en el abismo. Y tal vez entonces yo volveré. Seguro que volveré. Sombras de mi juventud, destapen una botella de Melnik en una taberna de Mala Strana. Yo iré a Praga, al cabaret Viola a declamar mis versos. Yo llevaré mis nietos, mis hijos, las mujeres que amé, mis amigos, mis países resucitados, todos mi muertos. Praga, nosotros no nos daremos por vencidos. Aguanta, resiste. lo único que nos queda es recorrer juntos el muy largo, el chaplinesco camino de la esperanza.”