El cazador Gracchus

Un cuento del Dr. Kafka

Dos muchachos jugaban a los dados sentados sobre el borde del muelle. En los escalones de un monumento, un hombre leía su periódico a la sombra del héroe sable en mano. Una muchacha llenaba un recipiente en la fuente y acostado cerca de su puesto un vendedor de frutas contemplaba el lago. Al fondo de una taberna, con la mirada perdida, había dos hombres sentados frente a sus vasos de vino. El cantinero estaba también sentado delante de ellos y cabeceaba de modorra. Una barca se desliza en el pequeño puerto con tanta levedad que se diría llevada sobre las aguas. Un hombre vestido con una marinera azul salta a tierra y pasa las amarras en las argollas. Detrás del patrón de la embarcación, dos otros hombres en túnica oscura con botones de plata portaban una camilla, sobre la que era visible que transportaban a un hombre recubierto por una pañoleta de seda bordada con motivos florales.

Nadie entre quienes estaban en el muelle reparó en los recién llegados; ni tan siquiera cuando pusieron la camilla en el suelo, esperando al patrón del barco que seguía ocupado con los cordajes, nadie se acercó, nadie hizo la más mínima pregunta ni les prestó una atención particular.

El patrón de la embarcación fue retenido un instante por una mujer con los cabellos sueltos, que hizo irrupción en el puente teniendo un niño contra su pecho. Luego él avanzó y designó sobre la izquierda, cerca del agua, una casa amarillenta rectilínea, de dos pisos; los camilleros recuperaron su carga y avanzaron por la puerta de entrada, baja y con columnas delgadas a los costados. Un niño abrió una ventana, con el tiempo justo para observar al grupo desaparecer en el interior de la casa y con prisa volvió a cerrarla.

Entonces se cierra también la puerta que era de alcornoque negro y ajustada con precisión. Una bandada de palomas, que hasta entonces habían volado alrededor del campanario vino a posarse delante de la casa. Las palomas se concentraron delante de la puerta, como si su alimento estuviera guardado dentro de la casa. Una de ellas voló hasta el primer piso y golpeó en la ventana con leves golpes del pico. Eran volátiles de plumaje claro, bien cuidado y llenos de vitalidad. Con gesto expansivo la mujer de la barca les lanza los granos; ellas los picotearon y luego volaron a su encuentro.

Un hombre con galera y llevando un crespón negro apareció por una de las callejuelas que bajaban de forma empinada hacia el puerto. Miraba atentamente a su alrededor; todo lo preocupaba y la visión de las basuras lo llevó a hacer una mueca de asco. Las cáscaras de frutas estaban tiradas sobre los escalones del monumento; en su marcha las empujó hacia abajo con la punta de su bastón. Golpea la puerta de la casa y al mismo tiempo que con su mano derecha con guante negro se sacaba el sombrero. Le abrieron casi de inmediato. Cincuenta niños, por lo menos, formaron una guardia de honor a lo largo del corredor de entrada e hicieron una reverencia.

El patrón de la barca descendió la escalera, saludó al caballero, lo condujo al primer piso donde ambos dieron la vuelta al patio rodeado de delicadas logias de arquitectura ligera; en tanto que los muchachitos se apresuraban a seguirlos a distancia prudencial. Ellos entraron en una habitación amplia y fresca, situada en la parte posterior de la casa y donde el único panorama no era otra casa, sino una árida pared rocallosa de un gris casi negro. Los camilleros estaban ocupados en ordenar y alumbrar algunos cirios largos en la cabecera de la camilla, pero por ello la luz no se hizo; simplemente las sombras -hasta entonces inmóviles- se espantaron literalmente agitándose contra los muros. Habían sacado el paño que cubría la camilla. Un hombre parecía reposar, barba y cabellos enmarañados, la piel marcada: se parecía acaso a un cazador. El hombre descansaba, inmóvil, los ojos cerrados y al parecer había cesado de respirar; y sin embargo, por lo que sucedía alrededor daba a pensar que se trataba seguramente de un muerto.

El caballero se acerca a la camilla, posa una mano sobre la frente del doliente, luego se arrodilla y reza. El patrón de la barca le indicó a los portadores con un signo que abandonaran la habitación. El caballero halla que todavía no había suficiente calma. Mira al patrón de la barra que entiende y se dirige a la pieza contigua por una puerta lateral. De inmediato, el hombre sobre la camilla abrió los ojos y volviendo su rostro hacia el caballero, con una sonrisa dolorosa le pregunta: “¿Tú quién eres?” Sin sorprenderse, el caballero se pone de pie y responde: “El alcalde de Riva.” El hombre de la camilla mueve la cabeza en sentido afirmativo, tiende un brazo muy débilmente para designar un asiento y luego, cuando el alcalde hubo respondido a esa invitación, dijo: “Lo sabía muy bien, señor alcalde, pero, como los demás yo tampoco pude acordarme de inmediato; todo gira en mi cabeza y sería conveniente que me informara, incluso sabiéndolo todo. Usted también sin duda sabe que soy Gracchus, el cazador.”

“Por supuesto, respondió el alcalde. Me anunciaron vuestra llegada para esta noche. Estábamos durmiendo después de varias horas. Hacia la medianoche mi mujer me despertó”: “Salvatore –ese es mi nombre-, ¡mira esa paloma delante de la ventana!” Era sin duda una paloma pero tenía el tamaño de un gallo. Ella voló hacia mí y me dijo a la oreja: “Mañana vendrá Gracchus el cazador: deberás recibirlo en nombre de la ciudad.”

El cazador asintió con la cabeza y pasó la punta de la lengua sobre sus labios: “Si, las palomas me preceden. Señor alcalde: ¿cree usted que debo permanecer en Riva?”

“No estoy todavía en condiciones de decirlo, respondió el alcalde. ¿Está usted muerto?”

“Si, dijo el cazador, como puede verlo usted mismo. Hace de ello muchos años, un número de años incalculable caí de una roca en la Selva Negra –es en Alemania-, persiguiendo una gamuza. Desde entonces estoy muerto.”

“Claro, pero también está vivo”, acotó el alcalde.

“En cierto sentido es verdad, dijo el cazador, en cierto sentido todavía estoy con vida. Mi barca mortuoria falló en el pasaje; un error en el timón, un instante de descuido del pasante, una escapada en el esplendor de mi tierra, no sabría decir lo que ocurrió; sólo puedo decir que permanecí en tierra, y que desde entonces mi barca atraviesa todos los mares de la tierra. Es así que después de mi muerte viaje por todo el planeta, yo que anhelaba pasar la vida en mis montañas.

“¿Y usted no pertenece en parte al más allá?” se interroga el alcalde frunciendo la frente.

“Estoy siempre sobre la gran escalinata que conduce hacía allá arriba, responde el cazador. Sobre esa inmensa e interminable expansión de escalera vago tanto en lo alto como en lo bajo, ya sea hacia la derecha o hacia la izquierda en un movimiento incesante. El cazador se metamorfoseó en mariposa. No se ría.”

“Yo no me río” protestó el alcalde.

“Muy bien visto, dijo el cazador. Me muevo perpetuamente. Pero al tomar impulso con todas mis fuerzas y cuando la Puerta de allá arriba se me aparece en todo su esplendor, me despierto en mi vieja embarcación sin alma, que deriva en alguno de los siete mares. En la cabina todo lo que me rodea rememora el error de mi lejana muerte. Julia, la mujer del patrón a bordo, golpea y aporta hasta mi camilla la bebida que tradicionalmente se bebe al desayuno en el país que estamos pasando. Permanezco acostado sobre una plancha de tablas, vestido con una camisa mortuoria sucia –nada bonito a ver en mi- mis cabellos y mi barba, entrecanas, se entremezclan de manera confusa, mis piernas están recubiertas de un gran chal de mujer en seda con flores y largos flecos. Un cirio de iglesia está en la cabecera y me alumbra. Delante mío, un cuadro pequeño está colgado de la mampara; representa a ojos vistas un bosquimano que me apunta con su lanza, en tanto se protege lo mejor que puede con un enorme escudo con impresionantes pinturas. En los barcos es frecuente hallar cuadros representando escenas idiotas, pero ese es una de los peores. Además mi camarote en madera está completamente vacío. El aire caliente de la noche tropical entra por un ojo de buey lateral y escucho el agua chapotear a lo largo de la barcaza.

Es ahí que descanso después del día aquel, cazador Gracchus todavía en vida, cuando perseguía una gamuza en los bosques de mi Selva Negra y caí. Todo sucedía lógicamente. Perseguía y caí, perdí mi sangre en el fondo de una barranca, morí y esta barca debería pasarme el más allá. Todavía recuerdo el entusiasmo con el cual me acosté cual largo soy sobre la tabla por la primera vez. Los muertos nunca me habían escuchado cantar como me escucharon cantar esas cuatro paredes todavía teñidas de crepúsculo.

Había vivido de buena gana y de buena gana estaba muerto; antes de subir a bordo, me desembaracé con alegría de todo el sobrepeso que había soportado con orgullo, la cerbatana, el morral, la cartuchera, y me deslicé en mi camisa mortuoria como una muchacha lo hace en su traje nupcial. Estaba estirado y aguardaba. Fue entonces que llegó la desgracia.”

 “Un destino trágico, dijo el alcalde y como alejándolo con su mano elevada. ¿Y usted no es en nada responsable?”

“Para nada, retomó el cazador el relato; yo era cazador. ¿Por alguna razón es ello una falta? Era cazador integrado a la Selva Negra, donde en otro tiempo vivían todavía los lobos. Estaba siempre al acecho, tiraba, acertaba y desollaba. ¿Es un pecado? Allí bendecían lo que yo hacía. Me llamaba “el gran cazador de la Selva Negra”. ¿Es ello un pecado?”

“No soy competente para juzgar, respondió el alcalde. Sin embargo, me parece a mí también que no hay ninguna falta. ¿Pero quién puede conocer la verdad?”

“El patrón del barco, dijo el cazador. Nadie leerá esto que yo escribo aquí; nadie vendrá en mi ayuda; si se diera por misión venir en mi ayuda, todas las puertas de todas las casas permanecerán cerradas, cerradas todas las ventanas, todo el mundo estaría en el fondo de su casa, con las frazadas cubriéndoles la cabeza, la tierra entera parecería una posada durante la noche. Es una buena cosa pues nadie conoce mi existencia. Si alguien lo supiera no sabría como hallarme, y si lo supiera no sabría como retenerme y por tanto no sabría cómo ayudarme. El sólo pensamiento de venir en mi ayuda es una enfermedad de la cual hay que sanar quedándose en la cama, eso lo sé. Es la razón por la cual no pido ayuda con el corno y a gritos, incluso si por momentos lo pienso intensamente –como en este momento preciso, vehemente como soy. Para ahuyentar ese género de pensamientos, me resulta suficiente mirar a mi alrededor y representarme el lugar donde estaba y donde –puedo afirmarlo- vivo desde hace siglos.

“Extraordinario, dijo el alcalde, extraordinario. ¿Y ahora, tiene pensado permanecer entre nosotros, en Riva?”

“No lo creo, respondió el cazador sonriendo, y puso su mano en la rodilla del alcalde para endulzar la burla. Estoy aquí, es lo único que sé y no puedo hacer más nada. Mi barca no tiene timón y navega según el capricho del viento que sopla desde el fondo de las regiones inferiores de la muerte.”