El viaje a Escritura, XII a XXII (Un capítulo)

Descargar PDF de la obra

XII

Mi salida fue inoportuna en destiempo histórico y personal, la decisión de mis padre hizo que una vez lejos lo sucedido en el barrio del Cerro me afectara parcialmente, así pueden comprenderse las condiciones remontando en el tiempo y que tenían origen lejos de la ciudad donde nací. Si mis padres marchándose regresaban yo tenía un pasado equiparable a la memoria, el porvenir a construir, la imagen difusa de pocos amigos y un proyecto aproximativo.

Tampoco me opuse con firmeza a la separación, el compromiso con el cambio de la sociedad era parcial rondando la simpatía, La única verdad es que carecía de raíces, siendo un jazmín del aire floreciendo en una juventud marchando a la derrota sin admitirlo, condenada a marchitarse por falta de agua y filamentos conectados a tierra. Era de un lugar sin serlo totalmente, la historia patria aprendida en la escuela me interesaba ocasionalmente, la suponía de otro país del que habitaba y mi pasado en relación al Uruguay era antiguo como la edad que tenía. Quería, sin haberlo comprendido mi familia, abarcar un compromiso que afectara a todo un continente, un ser expansivo asimilando culturas diferentes y estaba dispuesto a cambiar el espejo comprometido que me tocó en suerte por la solidaridad.

Con mi inestabilidad emotiva más la inseguridad, tendía a la ficción de interpretar deseos revulsivos y la vida de otros. Creía que la osadía era suficiente, adopté melodías y estrofas de otros, hablando sobre las causas de sus luchas con certeza insostenible para entender traiciones de mi barrio, de la manzana donde vivía. Nunca entendí ese excedente de comprensión y agitación distante, tal capacidad de entendimiento sobre lo sucedido afuera, la naturalidad de solidaridad con marginales de Maracaibo. Era el temor a aceptar que vivimos un período de evanescencia y la manera de pagar una culpa sin identificar, ello es más desatinado y en la madurez tardía llega al ridículo retrospectivo. Aquel inexistente, que quiso participar de cambios radicales, creyendo tener a su favor la vida eterna para acompañar los procesos que fueran necesarios, resultó ser este alguien que ahora piensa en redactar, medita, indaga las razones del deseo y lo que vale la pena dejar por escrito. Busca como creyente de supersticiones conjurar la versión encerrada en una caja de zapatos Gallarate, que adquiere aspecto de objeto condenado e inventario maldecido.

Habiéndome sentido dispuesto a enrolarme allí donde fuera sin peligro de perder la vida, con tal de que la victoria resultara asegurada y más si era avanzada por otros, mal pude digerir la angustia militante con su antídoto de cinismo, la incertidumbre y ganas de pelear contra la esquizofrenia de la soledad. Mal tardío que comienza a cercarme en horas cuando se verifica el cruce de luz y oscuridad, el eterno inmutable mofándose de calendarios humanos que podamos proponerle. Luego de despreciar la palabra poética por blanda e ineficaz, haberla condenado en favor de formas de contacto revulsivas y próximas, confrontado al magma del pasado, hallo en el gesto de pasar pensamientos el alivio espiritual permitiéndome seguir adelante.

Estoy salvado, cuento mi supervivencia y olvido la historia de los muertos por mi propia causa, sin preguntarme dónde está el derecho para justificar mi salvación y no la de ellos. El láudano providencial ante derivaciones de historias incomprensibles para mi pensamiento, impensables en la juventud, mientras conocía el destino continental siendo incapaz de configurar el futuro de mi cuerpo, aquél espíritu que decidía con arrogancia sobre el porvenir floreciente de poblaciones enteras. Ese yo soporta apenas el silencio nocturno y el murmullo de su meditación, el dolor por la ausencia de los pocos amigos residuales de la juventud.

Algo ocurrió en las últimas horas, me sentí derrotado prematuramente y tejí una coraza de convencimientos más briosos que el poder de la hipocresía, que tiene la virtud relativa de desplazarse lentamente. Fueron muchas las vidas que pretendí vivir en pocos años, faltando espacio para el juego de universos paralelos, confinado en la terraza, igual que un coleóptero en una caja con vidrios intermediando un paisaje decorativo y la obstinada meditación sobre Escritura, llevándome de un puerto a otro, tengo la ilusión de hallar un muelle de equilibro.

Me resisto a terminar abrazando la caja de zapatos gritando que alguien ha muerto y mantengo la razón, prefiero creer que es otro yo que murió sin que me resta nada de él, excepto el cuerpo y los recuerdos. Dicho yo equidistante decidió retener las amarras de cierta coherencia, cabos que lo atan al trabajo y un proyecto, a seres que le importan. En la caja de zapatos, llegan a la orilla de responsabilidades residuos del naufragio atlántico del cual escapé por milagro. Maderas y objetos, restos informes pertenecientes al navío donde hace años permanezco embarcado y navegando sin tregua. Como un ataúd flotante, la caja de cartón Gallarate demuestra que el barco existió antes de hundirse y con tripulación a bordo. Objeto que debería pertenecer al sueño, escándalo llegando al presente luego de viajar por el tiempo, prueba que estuve allá y puede ayudarme a salvarme, copiloto necesario para emprender el viaje a Escritura; por si emerge el cuerpo diezmado de cicatrices del ahogado, escoltada por fantasmas y aparece al otro lado de los cristales. Como si estuviera en un aparato construido para soportar la inmersión hasta los abismos de fondo, el barro último y primordial del Río de la Plata.