El viaje a Escritura, XXIII a XXXIII y final (un capítulo)

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Temeroso de que el mundo se hubiera interrumpido ayer fui sacudido en mi retiro por la fuerza de los hechos. Estaba tan dormido anoche que ni escuché el temporal que se desató sobre la región, cuando desperté para carburar en mis cosas había en el cielo nubes raptadas por el viento de tal manera y tantas, que me hicieron pensar que esas oscuridades amenazantes y agua turbia suspendida -hace apenas dos horas- estaban sobre Oviedo. Sentía el fresco en la piel y descubrí las trazas de la lluvia; recluso como estoy en mis pensamientos tampoco pensé en episodios que ocurrieran fuera de esta atalaya donde llego entre tinieblas de día y noche a contemplar paisajes que nunca sucedieron.

El alerta de ayer fue real, un servicio especial llamaba a los médicos de vacaciones en la región para confirmar nuestra presencia, tenían información sobre la eventualidad de una emergencia. Algo ocurrió, como los fines de semana donde se conoce por adelantado la muerte de cien personas en la ruta, de tal forma, que la lucha se desplaza de la muerte accidental al conteo macabro del primer día laboral. Cuatro muertos menos que el agosto anterior tranquilizan por la mejora estadística. Aquí los desastres son menos localizables, se trataba de una barca de pescadores y ello ocurre ocasionalmente, a veces es la tragedia clandestina de catamaranes cuatro motores de contrabandistas, que a pesar de la pericia de sus baqueanos se precipitan en las curvas cerradas de las rías.

La desgracia hoy se había ensañado con una barca de pescadores. La espera de la catástrofe de los trabajadores es centenaria como la imprudencia de salir mar adentro, aún así la atención y ruegos, desesperación de colegas y el ingreso en el duelo de la familia afectada se reproduce sin pausa. El pasado de nada sirve ni la resignación ante el golpazo artero del azar, la muerte impone su tradición en una cultura ennoviada al horizonte considerando la vida como la ocasión de contraer riesgos. El naufragio tiene el ritual reglado como la misa, a pesar de radares y aparatos un hombre tragado por el mar continúa siendo cosa seria.

La población se entera por las radiodifusoras comerciales que interrumpen programas de entretenimiento para dar la información, así comienza la espera entre esperanza y confirmación. Durante ese tiempo se moviliza un grupo de voluntarios, los guardacostas salen del letargo, los miembros de la cofradía olvidan asuntos de comercialización del atún, los bomberos se estremecen por el incendio marino y convocan a los médicos que andamos por ahí. Se pone en estado de alerta hospitales y clínicas, las mujeres que saben lo desgarrante de la espera rezan, desgastan cuentas del rosario, mentras hablan y murmuran, recuerdan a sus hombres del purgatorio del reloj orando a santones telúricos archivados en antesalas de beatificación.

La llamada fue citación inmediata, le avisé a Carmen lo sucedido y en auto seguí la carretera que hace lo posible por acompasar la costa irregular hasta llegar al puerto cercano, a uno de los tantos y que dista nueve quilómetros de mi casa. Durante el trayecto de ruta sopló un viento fuerte y frío que me atemorizó, al punto de despertarme del sueño de los recuerdos; llegué hasta el puesto de mando del puertito y me puse a las órdenes del práctico, hombre curtido en tales situaciones y que dirigía la operación. En un banco de madera estaban sentadas tres mujeres que supuse las esposas, madres y hermanas de pescadores malogrados. Desde el equipo de radio salían voces en varios idiomas, la repetición de códigos comunes y descargas eléctricas congestionaban la comunicación como a propósito; vivo esos momentos como la espera de los cuerpos -si es que llegan a ser encontrados- cuando lo único verificable es el anuncio del desastre.

Entro y saludo a un colega del hospital local, modesto policlínico previsto para emergencias y primeros auxilios, comenzamos lo molesto de estar implicados en situaciones conociendo la inutilidad de nuestra ciencia, coincidiendo en que la probabilidad de rescate es remotísima. Llegué al comando una hora después de conocido el extravío de la embarcación y la pérdida de la comunicación en medio de la tormenta. Nunca fui hombre de mar, apenas de río turbulento; la población fija de por aquí sabiendo de eso igual sigue sorprendiéndose por lo abrupto del temporal, más cuando un fenómeno de características violentas anuncia su vehemencia para que nadie le salga al paso. Ese pareció el súbito invento de una fuerza trastornada.

-Fue imprevisible doctor, decía uno de los patrones del barco gemelo del desaparecido. Como supondrá, en esto del clima cambiante estamos acostumbrados, son generaciones de experiencia. Los temporales se sienten en la piel, están los satélites en alerta permanente y el instrumental que quisiera destrozar a garrotazos. Una ventisca tramposa se coló por algún lado aprovechando la distracción del verano, corta y terrible, sin dar tiempo a ninguna respuesta. Los barcos pudieron regresar a la costa y siempre queda alguno enganchado por falla de motor, el golpe del tablón a la deriva. Se lo esperó un tiempo prudencial con esperanza, ahora decretamos alerta y puede que sea tarde.

Mi situación allí era confusa, teniendo en cuenta el descanso y extravío en estas meditaciones a tientas, con un gesto egoísta sentía que ello me daba tranquilidad regresándome a un contacto violento con lo real de sacudidas. Durante años la realidad fue una laxitud de la vida familiar, el cuidado a conciencia de mis pacientes y a la larga toda enfermedad termina pareciendo la misma. Estaba inhabituado a la situación excepcional, el reintegro a emociones fuertes lo decretaba el naufragio de una barca de pescadores, demasiada aventura para mi corazón cansado y se habían invertido los términos, la realidad era morosidad de la memoria y el naufragio lo insólito interrumpiendo.

Los hombres mantenían la calma, cada minuto sin información significaba la aproximación a la tragedia. Una de las mujeres comenzó a sollozar de tal manera que hacía presumir la crisis de histeria, le administramos un sedante que se dejó inyectar mirándome a la cara extraviada en el dolor. Las instancias de la expectativa quedaron atrás, el rescate en tiempo, hombres y embarcaciones avanzaba, sabíamos que era tarde y la verdad avanzaba hacia nosotros. La sala comenzó a iluminarse, las últimas nubes desaparecieron por hechizo y un sol desconsiderado obligó a reacomodar el diafragma en las pupilas, enfrentados a tamaña agresión de felicidad ocho personas continuábamos encerradas en el local de gestión de la crisis rastreando despojos del desastre.

Estábamos por despedirnos cuando llegó una llamada. Habían encontrado restos contra un peñón en la parte escarpada de la costa, los divisó otra barca y confirmó la lancha de los guardias, decían que resultaba incomprensible la posición de la embarcación incrustada en la piedra, parecía que algo extraño y consecuente la hubiera colocada allí. Además del asombro faltaban noticias de los tripulantes, salieron de la madrugada por la pesca y se los reportaba desaparecidos como si la naturaleza los hubiera tragado. De ellos quedaban maderas rotas recostadas contra arrecifes y los pescadores eran espectros, los tres hombres pasaban a otra categoría de la existencia. Mediante ese artilugio de la muerte la esperanza se desplazó y consistía en recuperar los cuerpos antes de que fueran devorados por los peces. Se repetía el cuento regional, la historia de la desaparición del barco de pescadores al borde del mar sin tierra a la vista.

Al retirarme las mujeres decretaron el pasaje al duelo, los llantos de apagaban y cesó el entrecruzamiento de voces femeninas, quedaban en línea tripulaciones insistiendo en la búsqueda fingiendo que la vida era probable. En los muelles, sabiendo la experiencia del terror las barcas recomenzaron un vaivén calmo y perezoso. Los chillidos de las primeras gaviotas se filtraban por ventanales, durante los siguientes minutos llegaron navegantes saliendo de su escondite para evaluar el daño en las embarcaciones. Los niños corrían hacia los huecos de las piedras reiniciando la recolección del cangrejo, volvíamos a estar en un espléndido día de verano, sin señales de que hace unas horas hubiera sucedido una catástrofe. En la parte sumergida del naufragio quedaban las explicaciones de la historia siendo bombas de profundidad biológicas, las historias tienden a reflotar, retornar de otra manera a la superficie de como eran el día del hundimiento.

Esas fueron las últimas noticias, las autoridades nos exoneraban del compromiso de la espera y sólo había para recuperar cadáveres deformados. Cuando entre voces salí de la habitación fue imposible conciliar la tragedia contemplada desde dentro -hace apenas unos minutos- con el día soleado pretendiendo borrar el recuerdo de su mal momento. Miraba a la gente y sentía cómo ocurre en el mar la coexistencia de dos corrientes, la tibia arrastrando a los figurantes de paso para los cuales el naufragio era un incidente de la temporada; otra circular vertiginosa, comprometiendo a los habitantes permanentes, para quienes los otros éramos accesorio prescindible.

Se reiteraba la sensación de incomodidad y quedé caminando por los muelles del puerto, en otra ocasión lo habría disfrutado pero allí era un sacudón, la fuerza para sacarme de la espiral de dos horas mañanera. De haber sido un orden de escritura pude vivirlos de otra forma, pero eran tiempos distanciados en contacto como filamentos electrónicos.

La separación en tantos años se reducía a juego de palabras, mi cabeza estaba en varios lugares y en cada uno debía recurrir a inventarios para salir. Los compartimentos estancos y que la historia se encargó de organizar eran inestables, similar a un delta donde una violenta corriente de agua, venida de no se sabe dónde comenzaba a abrir canales sin contenerlos hasta conquistar vestigios de tierra firme. Al salir recuerdo que dije “quedamos en contacto”.

Un naufragio me reclamaba y no quería saber de nada, prefería permanecer en la ignorancia, tirarme en la tumbona y proseguir la reconstrucción en obra. Recuperar de ojos cerrados detalles para que nada se escapara en la introspección de la mañana, debería seguir con el asunto suspendido en el departamento alquilado. Sin lograrlo en el trayecto de regreso a casa procuré pensar distinto, quedaba como campana mareada desenganchado del punto asignado en el mar, encallada entre la memoria de Montevideo y la barca naufragada imaginando su ingreso en un puerto fantasma. En casa me esperaban inquietos, les conté lo mejor que pude las peripecias pues estaba agotado.

Eulogio me recordó que lo nuestro parecían ser los naufragios, temí preguntarle si lo había descubierto en la caja de zapatos y por si respondía afirmativamente. El resto del día y cada hora llamaba al comando de rescate por si había novedad, la probabilidad de hallar a los hombres con vida había desaparecido. Se trataba de considerar el movimiento de mareas y salir al encuentro de los cuerpos antes de iniciarse la fuga hacia el océano, rastrear cada ensenada en un radio de varios kilómetros e impedir que los cuerpos quedaran muchos días contra las rocas.

Esa historia se interrumpe, quiero decir que entré sin pretenderlo en el penúltimo acto y cuando el final está decidido. Hice de comparsa y salí sin incorrecciones, el naufragio que continúa me incumbe menos a cada hora, algún día sabré si llegó el deux ex machina de la Virgen del Mar y se produjo el milagro de la muerte. Ni la posibilidad tuve de mirar las escenas anteriores, igual que con la historia de la caja de zapatos nunca sé si se me está permitido ver nada. Una fuerza incita a creer como si debiera recuperar una fe que nunca tuve, fe en el naufragio y el dolor rechazado de mi doble, fe para tener que creerlo y lo que mi reacción tiende a desestimar.

Demasiadas agresiones para entenderlas, el porcentaje de credulidad flaquea en lo recordado y en lo que imagino escribir me asalta el temor de creerme mis versiones. Lo aceptable cuando las certitudes se evaporan, el ejercicio de ajuste memorioso se convierte en monstruo marino que comienza a desobedecerme, marca el ritmo, el camino y lo padezco en el desarreglo. Supuse que el episodio del naufragio me daría de narices con el dolor y resulté insensible a lo que no sea la influencia de aquello, nuevamente topé con equívocos, malentendidos inéditos de recapitulación y el Viejo Océano jugándome otra mala pasada.

Durante el día estuve tenso mientras dos historias demandaban mi atención, la inmediata que me tuvo por ocasional protagonista y vivida como escenificación de leyenda de la costa gallega; otra que -considerada en su conjunto y leída como adiviné en la caja de zapatos- tiene la apariencia de una invención erosionando certidumbres que confirman mi pasado. A lo largo del día busqué conciliar los contrarios, apelé a mis deberes profesionales y la tarea de formar una familia, hice un esfuerzo por reconocerme un hombre feliz y logré serlo a condición de distraer las dos entidades que me rondaban exigiendo atención.

Recién en el amanecer y pensando en la escritura a venir puedo conciliar esos mundos coexistiendo en el universo a inventar del cuaderno, naturalezas latentes ante los cuales es un esfuerzo mantenerlas en vida contingente. Lo sucedido hoy fue señal y demostración del artilugio que apelará mañana al recuerdo de una barca reventada en las rocas. Se produjo la falla en el sistema de trabajo, otros episodios buscan en la meditación que ronda el viaje a Escritura competir con el contenido de la caja de zapatos, cuestionar al Socio inestimable que hallé en un recodo de lo real. Topé con trazas de su pasaje y él se evade de la caligrafía, es un fugitivo refugiándose en escondites de la caja de zapatos legada por los muertos. A veces creo haberlo identificado y resulta que se oculta detrás de un paso de frontera, por momentos lo confundo con personajes de menos valía.

El enigma Gallarate me tiende celadas para distraerme, inventa un naufragio en medio de mi tarea de persecución hasta adoctrinarme de que las verdades están en una quilla partida. Ocurre aquí adentro y de ello debo convencerme aún más; afuera faltan referencias que puedan confirmar al menos un detalle, no son suspenso ni tensión la motivación principal, es el miedo, el olor del miedo en mi cuello y axilas lo que me impulsa a seguir adelante, intentar detenerme y regresar. Ellos y la silueta de lo no vivido allá o lo vivido por un doble mío que decidió permanecer en Montevideo y que me fuera asignado. Es mi Enemigo Jurado, tengo que salirle al paso escribiendo de su estrategia dentro de algunos días.

Cuanto más escriba al respecto más me mato y debe ser por ello que postergo el momento, cuanto más escriba –hasta ser escriba, escritura y texto resultante- seré consciente de estar avanzando hacia mi destrucción.

Temo pensar en exceso y regresan demonios confirmando la pérdida de la felicidad ilusoria. Lo vivido en las últimas horas fue una advertencia, alguien me alerta, oye: sucedió algo doloroso y estimemos que la barca destrozada es invención de la escritura de otro. Un naufragio verdadero con falsa alarma y si así lo pasé mal afectándome tanto en lo cercano, debo prepararme a enfrentar otros accidentes. En la destrucción hay componentes de hipnotismo, me escudo creyendo tener fuerza para detenerme a tiempo, tachar momentos cuya lectura incomoda y tomármelo a broma, suponer que lo sucedido es más verdad que el capítulo montevideano.

La barcarola podría ser imaginaria: Montevideo existe y es necesario un lugar. Si apruebo su inexistencia dejo de existir, si existo tal vez soñé para mí una memoria donde nunca hay nadie. Próxima al destino de ausentes en medio de la ruta, lugar transoceánico que nadie sabe cómo se denomina, tiene iglesias románicas y hay buenos salvajes entre sus padres antropófagos e idólatras.

Me rescata la disciplina de las mañanas, miro salir el sol y desaparecer las estrellas, compruebo las leyes celestes cumplirse y lo depositado en la caja de zapatos asume la incertidumbre de ser y refutar una invención, incluyendo la muerte accidental necesaria de mi amigo. Cesé de pensar y creer, que se detenga la hipótesis de la segunda escritura mía para asegurarme que existo y soy éste el real otro del personaje que quedó allá. Escritura es un rodeo hacia el nombre que me está aguardando, el último destino es la convicción sin picaporte. ¿Qué haré mañana cuando me despierte y el sueño haya sido el rumor persistente de la misma palabra repitiéndose?

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